South Of Heaven [Adriana P. Gregoletto]

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South Of Heaven [Adriana P. Gregoletto]

Mensaje por Jack Thomas el Lun Oct 15, 2012 1:34 am

Aún notaba las heridas abiertas en la espalda, sangrantes y cubiertas por vendas improvisadas que la dificultad de la zona me habían obligado a poner; aún sentía, de cuando en cuando, el dolor, como chispazos muy breves que me recordaban que la facultad de sentirlo no me había desaparecido del todo, pero que, a efectos prácticos, no existía. Y, sin embargo, tener la espalda en carne viva, cubierta de surcos rojos que dibujaban en ella formas más propias de pueblos primitivos que de alguien perteneciente a una sociedad civilizada, no me había detenido a la hora de seguir hasta que la falta de sangre me había hecho casi desmayarme como, de normal, tendría que haber hecho el dolor. Era lo que me merecía, no me arrepentía en absoluto de haberme dejado el cuerpo en carne viva, como lo tenía; a fin de cuentas, era lo que Él esperaba de mí... Debía purgarme. Tenía que marcar la carne que había pecado para eliminar los rastros de mi falta de ella, y si para ello debía debilitarme lo haría gustoso, porque así podría ser digno de Él y de la misión que me había encomendado. Por eso no me había detenido ante nada a la hora de hacer las heridas que, ya vendadas, cubrían mi cuerpo; y por eso había estado tan cansado los últimos días, los que habían transcurrido desde el encuentro con Paola que tanto me había hecho pecar. Todo lo relacionado con ella debía terminar, como que me llamaba Jack Thomas; era la culpable de mis caídas en picado a la tentación, de que abandonara el camino recto y me centrara en el torcido. Ella era la culpable de que estuviera como estaba, porque había ejercido sobre mí algún tipo extraño de manipulación que hacía que me gustara, y por eso no me había negado, pero todo había terminado: la estaba evitando. Me había dicho que la llamara y no tenía la menor intención de hacerlo, y así pensaba seguir hasta que Él decidiera lo contrario.

Aquella mañana parecía que iba a ser todo normal, al menos dentro de lo que cabía. Todavía persistía algo de la debilidad que me habían producido las heridas al habérmelas hecho, y por eso me costó algo más de lo normal levantarme de la cama y, en general, hacer las cosas que se hacen cada mañana por pura rutina, pero al margen de eso todo fue lo habitual: me levanté, desayuné, me duché, me vestí, salí a comprar, comí, me quedé en casa leyendo y, por la noche, me preparé para salir. El plan era ir a tomar algo, tranquilamente, por ahí; nada que tuviera un matiz pecaminoso que no podía permitirme, y por eso la ropa que elegí fue acorde a esa situación: vaqueros, una camiseta gris, una chaqueta de cuero porque había empezado a refrescar y las Converse negras que apenas me ponía, ya que eran muy informales para mí, que prefería, cuando podía, ir medianamente elegante. Así, con el móvil, la cartera y las llaves, salí de casa dando un paseo por la zona más central de la ciudad, que a la vez era la que más ambiente tenía de fiesta por ser sábado por la noche. Si tenía que ser sincero, había olvidado por completo aquel detalle, y eso complicaba enormemente las posibilidades de encontrar hueco en el pub habitual al que iba cuando me apetecía tomar algo tranquilamente, y por eso aminoré el paso cuando llegué a la zona de bares, ya que tendría que elegir con atención.

No llegué, sin embargo, a hacerlo. En un momento dado, me acordé de que mi abuelo me había dicho que un día de aquella semana fuera a su casa a cenar y a ponernos al día, y se me había pasado por completo, otra cosa que añadir a mi ya larga lista de pecados, por lo que saqué el móvil para llamarle y decirle que iba a ir con él aquella noche, si no estaba ocupado, algo factible porque mi abuelo siempre tenía cosas que hacer. Pese a todo, algo aquella noche quería que ninguno de mis planes fueran como deberían ser, porque en cuanto tuve el móvil en mi mano vi cómo la batería exhaló su último suspiro y se terminó. Entonces me di cuenta de que había estado tan cansado los días anteriores que ni siquiera había prestado atención a cargar la batería del móvil, un error considerable por mi parte dado que aquel móvil, en particular, gastaba más batería que los anteriores que había tenido por eso de tener Internet, así que en ese momento me quedé sin medio de llamar a mi abuelo, cuando tenía que ir... Se lo había prometido, y yo era un hombre de palabra que siempre cumplía sus promesas, así que tenía que encontrar la manera de poder llamar a su casa y avisarle, y lo hice... de la manera más surrealista posible. Alguien, seguramente un estúpido borracho que no cuidaba del cuerpo que Él le había dado, me empujó y al girarme para encarar al gilipollas de turno las luces de una discoteca me dejaron, casi literalmente, deslumbrado... como si fuera un conejo al que le habían dado las largas. Me costó incluso leer el nombre en un primer momento, pero finalmente vi que se llamaba Wolsfbane, y entonces fue cuando pensé que el nombre me sonaba de algo, aunque no sabía de qué, así de importante sería. Lo que sí que me interesaba era si tenían un teléfono, así que ignoré a la multitud de menores que intentaban colarse –algo patético, pero en fin, así eran los jóvenes...– y aprovechando que mi aspecto resultaba lo suficientemente adulto para pasar por uno me adentré en el lugar.

El local estaba decorado como un antro motero de mala muerte, con el suelo de madera, guitarras en las paredes e incluso matrículas de motos y coches. En la barra, había barras de striptease en las que aún no había nadie subido, gracias al cielo, y el ambiente interior era bastante animado... si es que te gustaba estar rodeado de borrachos y de gente que bailaba sin el menor atisbo de ritmo bajo el influjo de música satánica, que despreciaba enormemente. Todo indicaba pecado, y todo gritaba a los cuatro vientos vicio, pero no había ni un triste teléfono a la vista, por lo que me adelanté entre la gente que había por allá mancillándose en dirección al fondo del local a ver si allí, desde esa perspectiva, encontraba uno... y lo que finalmente vi hizo que primero tragara saliva y, después, me quedara mirando fijamente unos segundos. No sabía qué hora era, pero parecía que habían elegido precisamente aquel segundo para que todas las camareras, ligeras de ropa a más no poder, se subieran a la barra para bailar y destacaran, a su manera... aunque yo sólo me fijé en una, que bailaba mejor que las demás y que parecía haber nacido para dedicarse a eso. ¿Cómo no me había dado cuenta antes de que Adriana era como un súcubo? Era increíblemente sensual, muy atractiva con aquella ropa que no ocultaba casi nada y dejaba poco a la imaginación, y por un momento incluso quise bajarla de la barra para que bailara conmigo y dejaran de comérsela los demás, que no se lo merecían, con la mirada... Y fue cuando tuve esos pensamientos que sacudí la cabeza y decidí que era mejor irme si quería mantener mi intención de evitarla para no volver a pecar, por lo que giré en dirección contraria: hacia la salida.

El hado de aquella noche, no obstante, no estaba de acuerdo con mis movimientos. En lugar de eso, prefirió que cuando apenas llevaba unos pasos y me quedaban bien pocos para llegar a la salida, alguien se plantara en mi camino, un chico más joven que yo, moreno de ojos verdes y que me sonaba de algo, pero ¿de qué? Además, yo también parecía resultarle conocido, pues me estudiaba como si estuviera pensándose mi nombre, y ya eran demasiadas coincidencias aquella noche para mi gusto.
– Espera un momento, tú eres el soldadito, ¿no? ¡Sí, Thomas, de quien me ha hablado la signorina Gregoletto! – espetó, y entre la mención a Paola y su acento italiano ya me quedó claro quién era... Ni más ni menos que el acompañante de Paola en aquella subasta de arte a la que habíamos ido los dos y que se había terminado yendo con mi hermana con, seguramente, erótico resultado, al menos conociéndola y teniendo en cuenta que él era italiano.
– Sí, y tú eres... ¿Ezio? El que se fue con mi hermana, vaya. – le dije, encogiéndome de hombros y, después, cruzando los brazos sobre el pecho mientras mantenía la fría mirada clavada en él. ¿Cómo no había caído antes en que aquel garito era el lugar de la mafia del que me había hablado Paola? ¡Si incluso había llevado su camiseta y les había hecho publicidad! Por el amor de Dios, ¿dónde estaba mi cabeza? Tenía que irme cuanto antes para volver a centrarme y que el influjo de Paola dejara de hacerme efecto y de atontarme, así que descrucé los brazos y relajé después la actitud para que no se la tomara como un desafío que me alargara la estancia en aquel lugar más de lo que prefería.
– Ha sido... bueno verte, pero yo ya me iba, tengo algo de prisa. – le dije, y empecé a intentar caminar, entre la gente que bailaba como si tuviera ataques de epilepsia y eso les pareciera sensual, en dirección a la salida.

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Re: South Of Heaven [Adriana P. Gregoletto]

Mensaje por Adriana P. Gregoletto el Lun Oct 15, 2012 7:18 am

Los últimos días habían sido una locura. Desde la llegada de Carlo podía decir, sin miedo a despertar la ira de nadie, que las cosas se habían vuelto un poco del revés. De repente teníamos montones de trabajo que salía de la nada como podían serlo ajustes de cuentas, temas de drogas y armas que deberían estar solucionados, pequeños motines internos que nos traían de cabeza... De todo. Y todo por su culpa, de eso estaba segura. No había sabido, además, nada de Jack en aquellos días lo que encima me molestaba aún más... Porque por si no fuera poco tenía a Carlo detrás de mí a todas horas, intentando cualquier cosa y yo, por una vez, no estaba de humor. No me apetecía despertarme y verlo durmiendo en mi cama como ya había hecho uno de esos días, mucho menos que me buscara en cuanto tuviera un rato libre para “hablar” (bonito eufemismo para decir que realmente lo único que quería era empotrarme contra la pared y hacerme de todo y nada bueno...) o que me besara sin permiso pero lo que ya me parecía el colmo era que me preguntara por Jack y encima se enfadara... ¡Como si él y yo fuéramos algo! No tenía ningún derecho a ponerse celoso y eso era, precisamente, lo que estaba haciendo... Y no me gustaba nada.

Aquel día, por suerte, había conseguido evitarlo y todo se debía a que por la noche habíamos tenido bastante lío y yo me había escaqueado pronto para irme a dormir mientras mi “queridísimo” (notese la ironía) Carlo se quedaba haciendo gala de su especialidad: la tortura, así cuando yo me había despertado él acababa de volver y estaba agotado por lo que no tenía ganas de ponerse a tontear ni de gilipolleces de ese tipo así que ni siquiera nos cruzamos y ahí fue cuando el día empezó a mejorar notablemente... o algo así. Fui a la cocina a desayunar y les hice a mis chicos la misma pregunta que llevaba haciéndoles todos los días desde la llegada de Carlo “¿Qué nos toca hoy?” y, por una vez, la respuesta no fue tan mala como esperaba teniendo en cuenta las de los últimos días: Wolfsbane. Aquello significaba un día de descanso y algo de fiesta así que en seguida me organicé el día entorno a aquel dato y se me pasó tan rápido que cuando quise darme cuenta ya me estaba duchando y arreglando para ir al Wolfsbane. Cuando salí de la ducha me sequé y me vestí rápidamente, poniéndome el uniforme que constaba de unas botas camperas, minifalda con cinturón de tachuelas y un top extremadamente recortado y, sin tiempo para nada más, dejé que mi pelo se ondulara de manera natural y me maquillé antes de salir del baño, encontrándome una agradable sorpresa al otro lado de la puerta.

-Vaya, vaya, Corleone, estás... Uffff... - Él negó con la cabeza, mirándome de arriba a abajo y comiéndome con la mirada mientras se mordía el labio inferior aunque no le di tiempo a nada más pues al ver a Ezio salté a su cuello y le be´se en las mejillas... Y es que por lo que recordaba nunca me había alegrado tanto de verlo. Cuando me separé de él me fijé mejor en su ropa y alcé una ceja al reconocer su vestuario (zapatillas, vaqueros oscuros, cinturón de tachuelas y cadenas además de una camiseta del Wolfsbane) como el típico uniforme de camarero y entonces me sorprendí porque aquello no estaba para nada planeado (al menos por mí) y él debió de ver en mi cara que estaba flipando y lo único que hizo fue reirse. - ¿Ya estás lista, signorina? Llegamos tarde, como siempre. – Lo miré mal y le di un golpe en el pecho algo fuerte del que se quejó, como siempre, pasé por su lado y me fui directa a coger las llaves, el móvil y todo lo que iba a necesitar aquella noche para terminar esperándolo en la puerta. Él no tardó nada y, con esa típica media sonrisa suya grabada en su rostro me guió hasta su moto, en la que me hizo subir de paquete (y al ponerme el casco me alegré de no haberme arreglado demasiado el pelo) hasta el local, una vez allí nos despedimos y cada uno se fue por su lado.

Lo primero que yo hice fue ir a ver a las chicas para que me refrescaran el baile que tocaba aquella noche. Acabábamos de abrir y no debían de ser más de las diez de la noche así que aún tenía un poco de tiempo para “socializar” (o algo así). Hablé con las chicas, cotilleamos un poco y aprendí el baile antes de ir a ver a Ezio y cenar con él un poco de comida china mientras nos poníamos al día y el local se iba llenando poco a poco. Así, me enteré que había sido Gio quien había hecho que Ezio viniera porque se fiaba tan poco de Carlo como yo y que estaría con nosotros unos días, noticia que fue todo un alivio y me hizo suspirar tranquila... Porque significaba no enfrentarme sola a Carlo. Cuando quise darme cuenta era casi media noche y me iba a tocar bailar en seguida así que me despedí de Ezio y fui a reunirme con las chicas para ultimas detalles antes de que, a las doce en punto, se apagaran las luces del local durante apenas unos segundos, lo que tardamos en subirnos todas a la barra y ponernos a bailar al ritmo de la música, de manera sensual y provocativa, sonriendo y dando lo mejor de nosotras mismas porque después de todo era nuestro su trabajo... Cierto, yo solo estaba allí para divertirme y controlarlo todo, ¡Poco más! El baile se me hizo demasiado corto y en seguida nos tocó bajarnos de la barra aunque cuando había estado subida en ella había visto algo que, simplemente, no podía ser así que cuando bajé, agotada y con ganas de más fiesta me bebí un trago enorme de lo primero que encontré en la barra, que resultó ser vodka y me quemó la garganta, automáticamente me bebí una fanta de naranja casi de un trago y mientras las otras chicas servían sus copas yo me dediqué a mirar a la multitud... Y entonces fue cuando me fijé mejor y vi a Ezio cogiendo a un chico del brazo y, con su habitual sonrisa, diciéndole algo... Probablemente que le invitaba a una cosa o lo que fuera. El chico parecía que tenía prisa y yo me limité a apoyarme en la barra mientras miraba la escena pero cuando él se giró y pude reconocer a Jack no pude evitar que mi cara se convirtiera en un poema que reflejaba claramente la sorpresa... Pues jamás habría imaginado que Jack iría al Wolfsbane o siquiera que me vería bailar.

Decir que no lo había echado de menos durante aquellos días habría sido mentir así que ni siquiera pensé en ello porque no me apetecía rallarme en aquel momento y, simplemente, actué. Crucé la barra de un salto y casi corrí, intentando pasar entre la gente que me comía con la mirada, me silababa, me decían piropos e incluso me metían mano hasta llegar a Ezio y a Jack... Y casi no llego a tiempo pues Jack ya se marchaba y Ezio parecía haberse rendido a la hora de intentar que no lo hiciera... Pero ahí estaba yo para salvar la situación. Corrí los últimos metros que me separaban de Jack y salté a su cuello sin dudarlo, rodeándolo con los brazos poco antes de besarlo con ganas, separándome rápido con una sonrisa en los labios. - Buona sera, soldadito. ¿Qué te trae por aquí? ¿Tengo que tomarme esto por un “Siento no haberte llamado estos días, espero que mi presencia aquí lo compense”? Porque si es así... Tengo que reconocer que lo compensa con creces. - me encogí de hombros y solté su cuello, quedando frente a él, examinándolo mientras me mordía el labio inferior y negaba con la cabeza. ¿Cómo podía estar tan guapo yendo tan normal? Aquello no podía ser sano ni normal y si no dejaba de mirarlo así volvería a lanzarme a su cuello... Y no era plan de hacerlo en mitad del Wolfsbane porque no quería que el resto de tíos que iban allí pensaran que podían hacer eso conmigo o con cualquiera de las chicas porque no era plan... Además, ¡Joder! ¿Se habían mirado al espejo? Ninguno de ellos era Jack ni lo sería en sueños así que sería mejor que dejaran de fantasear con cosas que jamás pasarían...Precisamente por eso, porque ellos no eran él. - Espero que no fueras a marcharte ya, venía a invitarte a algo... Si te apetece podemos ir al reservado a charlar un rato o lo que quieras. – sonreí ampliamente y esperé pacientemente su respuesta mientras jugaba con la cremallera de su chaqueta de cuero, ya que estábamos prácticamente pegados... No solo porque yo me muriera de ganas de él, que también, sino porque cada vez había más gente allí y no podíamos estar mucho más alejados nos gustara o no... Y tenía que reconocer que me encantaba. Sin duda, aquel día había mejorado muchísimo porque, ¿qué podía haber mejor que un día sin Carlo y, además, encontrándome a Jack en Wolfsbane? No se me ocurrían demasiadas cosas en aquel momento, la verdad, aunque tenía que reconocer que todas ellas tenían un claro erótico resultado entre Jack y yo... Definitivamente, lo había echado de menos, aunque no sabía hasta que punto se trataba de eso... O de las ganas que tenía de volver a repetir una de las mejores noches de mi vida.

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Re: South Of Heaven [Adriana P. Gregoletto]

Mensaje por Jack Thomas el Vie Nov 02, 2012 3:38 am

No podía creerme que no me hubiera acordado de que Wolfsbane era el sitio del que me había hablado Paola como una de las plazas fuertes de la mafia, donde blanqueaban dinero utilizando, para ello, una tapadera tan legal como lo era un club nocturno. ¿Qué parte de mi cerebro había ejercido la función de una memoria selectiva por la cual no era capaz de asociar un nombre de una planta con la camiseta que yo mismo había llevado para ir a mi casa? No lo sabía porque no era un experto en eso, pero a medida que la música iba sonando y el tiempo pasaba mi molestia conmigo mismo iba creciendo poco a poco, a un ritmo lento pero seguramente suficiente para convertirse en algo increíblemente destructivo, porque sabía perfectamente que, de seguir allí, tendría que levantar las vendas que ya llevaba para inflingirme nuevas heridas que sirvieran para purgar una culpa que se olía en el ambiente, igual que las feromonas. Me repugnaba aquel sitio, no tanto por el lugar en sí sino por el libertinaje que representaba, uno del que trataba de huir por todos los medios posibles porque lo odiaba, aunque Ezio a mi lado no estaba tan dispuesto a dejarme irme, porque se había puesto delante de mí fingiendo que había sido el empuje de la gente lo que lo había obligado y seguía hablándome, intentando convencerme para que me quedara... ¿Qué demonios había hecho yo para merecer a un italiano cotorro que no dejaba de hablar ni aunque se estuviera ahogando y cuyo destinatario era yo porque intentaba hacerme cambiar de idea, algo que era francamente difícil, sobre todo en unas circunstancias como aquellas? Porque, la verdad, no pensaba que mereciera aquello, y sin embargo me tocaba aguantarlo, así que todo lo estoicamente que pude me dediqué a escuchar sus intentos de razonamiento conmigo, infructuosos pero loables, eso tenía que admitírselo.

– Vamos, Thomas, seguro que si te quedas un rato te lo pasas bien, ¡y además así nos ayudas! Eres un buen amigo de la signorina Gregoletto, puedes estar un poco más... – decía, y yo me encogía de hombros, como si me importara lo más mínimo que fuera a utilizar mi papel de amigo de la familia (o algo así) para que consumiera en aquel bar cuyo ambiente tan poco me gustaba.
– Lo siento muchísimo, pero es que tengo bastante prisa, en serio. Tengo que ponerme en contacto con alguien y... – comencé, pero él me interrumpió, diciéndome que eso seguro que podía esperar. Me callé el hecho de que objetaba porque no conocía a mi abuelo ni, tampoco, lo que una promesa significaba para él, algo parecido a lo que significaba para mí ya que eso me lo había enseñado él, así que dejé que me soltara su perorata antes de cortarlo, porque no me apetecía ponerme a discutir. – Otro día me paso, de verdad, pero hoy no puede ser. – añadí, y fue entonces cuando (por fin) se dio por vencido y me dejó intentar irme de nuevo, y digo intentarlo porque la gente parecía que se había puesto de acuerdo con quien me había mandado al italiano del demonio y no sabía si de manera totalmente involuntaria estaban haciendo de tapón humano para que dar cada paso me costara como, en condiciones normales, me costaría dar veinte. Sin embargo no me rendía, porque quería salir de allí cuanto antes una vez había superado el primer obstáculo, y por eso me empeñé en avanzar... Hasta que, de nuevo, algo me lo impidió.

En contra de lo que hubiera podido pensar, lo que me había detenido no había sido una pelea, una vomitona o una zorra que intentaba entrarme pese a que claramente tenía planes mejores, como irme de allí. Cualquiera de esas cosas, propias de una multitud tan sumamente desenfrenada como lo estaba aquella, me la habría esperado y no me habría sido capaz de frenar, pero el hecho de que en un visto y no visto tuviera a la mismísima Adriana Paola Gregoletto encima, besándome como si no existiera el mañana, no solamente minó mis defensas, sino que también difuminó mis convicciones lo suficiente para que le devolviera el beso, o al menos empezara a hacerlo, ya que ella se separó enseguida y me permitió respirar hondo, darme cuenta de lo que acababa de hacer y, como era ya costumbre de los últimos momentos, sentir el odio hacia mí mismo crecer y crecer hasta límites que ella redujo cuando me habló y, por eso, me distrajo. Me echó en cara que no hubiera dado señales de vida, y me hizo lo que a todas luces era una proposición indecente, que una parte de mí quería aceptar mientras la otra, en pie de guerra, se esforzaba por ignorar. Tenía que llamar a mi abuelo, tenía cosas que hacer más importantes que estar allí, y sólo repetirme aquello muchas veces sirvió para mentalizarme y ser capaz de darle una respuesta negativa.
– De hecho iba a marcharme, pero vienes justo a tiempo... No tendréis un teléfono, ¿verdad? Al mío se le ha terminado la batería, y sólo he entrado a ver si podía llamar, así que si me dejas hacerlo te estaría enormemente agradecido. – le dije, con la típica sonrisa encantadora que utilizaba cuando quería conseguir lo que quería y que funcionó con ella, porque enseguida me encontré siendo conducido hacia la parte trasera del bar, donde estaba el almacén.

Me indicó dónde estaba el teléfono, y pese a que aún se escuchaba ruido del bar porque la insonorización no era demasiado buena, marqué el número de memoria y esperé a que se escuchara la familiar voz de mi abuelo al otro lado de la línea. Como era habitual, hicieron falta varios tonos hasta que cogió el teléfono, perfectamente despierto y preguntando quién era con su educación de siempre, una a la que yo solamente podía aspirar con el tiempo.
– Soy Jack, señor Cromwell. – le dije, medio sonriendo aunque él no me viera por la costumbre que tenía, en ciertas ocasiones, de llamarlo así, y enseguida recibiendo sus palabras, que en vez de ser inquisidoras fueron casi un monólogo de él hacia mí diciéndome que no me preocupara, porque escuchaba la música de donde estaba y él no tenía prisa por cenar conmigo. Intenté replicar, pero al final no lo conseguí salvo para darle la razón y terminar colgando, con una cara de confusión considerable, porque dado que mi abuelo me había dado el beneplácito para seguir en aquel antro de perdición, ¿qué excusa me buscaba ahora para evitar permanecer allí más tiempo del necesario? No se me ocurría ninguna, y mucho menos cuando delante de mí estaba Paola vestida con el sugerente uniforme de las camareras, que además le quedaba muchísimo mejor que a las demás y me traía buenos recuerdos de la última noche que habíamos pasado juntos y... ¡Ya basta! Tenía que ser capaz de vencer a la parte de mi cabeza que me pedía ir con ella y escuchar a la otra, una que estaba intentando buscar una excusa creíble y que, como cada vez me quedaba más claro, no era capaz de hacerlo. En serio, ¿qué había hecho yo para merecer aquello...?

Al final, como no podía ser de otra manera, me rendí a la evidencia de que lo que realmente me apetecía desde que Paola había entrado en escena era irme con ella y que pasara lo que tuviera que pasar. Sabía que eso traería consecuencias después, que me culparía una vez dejara de estar cerca de ella y que volvería a tener que purgarme, pero todo eso en aquel momento estaba en un segundo o incluso tercer plano, porque una vez asimilé que me apetecía irme con ella todo parecía haber cambiado, como si el cambio de perspectiva hubiera hecho el antro aquel algo más aceptable que como era o como si ella me pareciera aún más atractiva, algo que era bastante imposible, pero bueno.
– Supongo que se me acaba de arruinar el plan y puedo aceptar tomar algo contigo para compensar que haya estado algo ausente. – comenté, algo dubitativo, aunque no tuve demasiado tiempo de dudar porque, enseguida, ella me cogió de la mano y me sacó a la zona donde sonaba la música: al cuerpo del bar en sí. Apoyados en la barra, ella se cogió algo que llevaba alcohol y que yo no quería saber siquiera qué era y yo le pedí un refresco de limón, como los que casi todo el mundo a nuestro alrededor utilizaba para rebajar el alcohol y darle un poco de sabor para que dejara de parecer que estaban bebiendo colonia. En un momento dado, intenté darle conversación o preguntarle qué tal estaba, pero el jaleo era tal tanto por la música como por la gente que tuve que acercarla a mí y buscar su oído para que me escuchara, algo que de no haber llegado hasta ese punto no habría hecho.
– Creo que si queremos hablar, deberías llevarme al reservado... – le dije, con la mano firmemente apoyada en la parte baja de su espalda, aunque cuando me di cuenta de lo que hacía la separé para que ella me llevara y no fuera al contrario. No llevaba con ella ni diez minutos y ya empezaba a hacer cosas que no debía, ¿qué pasaría cuando llevara más rato...? Sólo el tiempo lo diría.

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Re: South Of Heaven [Adriana P. Gregoletto]

Mensaje por Adriana P. Gregoletto el Sáb Nov 24, 2012 10:09 pm

No podía creerme que finalmente estuviera viendo otra vez a Jack. La verdad, por muy increíble que hubiera sido última la noche que habíamos pasado juntos tenía la impresión de que él no querría volver a verme... Y había estado luchando contra aquello desde que había tenido que marcharme aquella mañana para recoger a Carlo en el aeropuerto. Ahora que lo tenía frente a mí, que incluso me había devuelto el rapidísimo beso con el que le había saludado era como si las cosas hubieran cambiado, como si aquello no hubieran sido más que paranoias mías a las cuales no quería encontrarles el sentido porque sabía que eso sería mucho peor. Sin embargo, todas mis convicciones de que Jack realmente quería verme se esfumaron de un plumazo cuando me dijo que ya se marchaba... ¿Sin siquiera verme o saludarme? ¿Por qué? Tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano por mantener mi amplísima sonrisa y seguir escuchándolo antes de empezar a preguntarle cosas como aquellas. Me preguntó si tenía un teléfono que pudiera usar, diciéndome que solo había entrado para ver si podía llamar y que me estaría agradecido y blah blah blah... Todo aquello decorado con una encantadora sonrisa falsa que no me convenció más que sus palabras pero como después de todo una llamada era lo menos que podía hacer por él lo cogí el brazo y lo conduje al almacén, donde teníamos un teléfono que solo usábamos para hacer pedidos y cosas “legales”.

Una vez en el almacén le señalé el teléfono con la cabeza y apoyé la espalda en unas cajas, con los brazos cruzados sobre el pecho mientras lo miraba detenidamente. Marcó el número de memoria, como si fuera algo importante y alcé una ceja... Quizá aquella noche tenía una cita y por eso no había querido verme o quizá no quería verme más. Tuve que negar con la cabeza cuando se identificó con su interlocutor, llamándolo señor Cromwell... De nuevo aquel apellido. Me sonaba demasiado y volví a intentar descubrir de qué o por qué pero fue inútil aunque así conseguí que se me pasara más rápido el tiempo que Jack pasó hablando... Sin embargo, como me conocía, me apunté aquel nombre en mi móvil para preguntarle más tarde a mis chicos si a alguno le sonaba. No quería que lo investigaran, era solo pura curiosidad. Él terminó por fin de hablar pero aún se quedó mirando el teléfono, con el ceño fruncido, un poco antes de dejarlo en su sitio y aceptar tomar algo conmigo para compensar que hubiera estado ausente ya que el plan se le había fastidiado. Me encogí de hombros porque aquello era mejor que nada, sin duda, así que sin pensármelo mucho más (ni darle tiempo a él a que se lo pensara) lo cogí de la mano y lo saqué de allí, llevándomelo a la zona de la barra donde me pedí un tequila con redbull mientras él, tan mono como siempre, se pedía un refresco de limón. Nos quedamos apoyados en la barra, bebiendo y mirando a nuestro alrededor mientras la gente bailaba, saltaba y gritaba y él yo estaba tan en mi mundo que ni siquiera me di cuenta de que él intentaba hablarme hasta que no se acercó más a mí, hablándome al oído y con su mano en la parte baja de mi espalda, diciéndome que si queríamos hablar lo mejor sería que lo llevara al reservado... Y tuve que tragar saliva y beberme de un trago mi copa antes de poder hacer nada más. - Tus deseos son ordenes. - le guiñé un ojo y me giré para hablar con mis chicos que aquella noche estaban de camareros. - Voy al reservado, ¿os ocupais vosotros? Si pasa algo o lo que sea ya sabeis donde estoy... Ah, y ponme otro tequila con redbull, vita! Grazie!

En cuanto me sirvieron la copa volví a coger a Jack de la mano y me lo llevé en dirección contraria a la de los almacenes, cruzando una puerta granate, decorada hasta la saciedad en la que ponía V.I.P con letras que parecían más sacadas de tatuajes que otra cosa. Una vez dentro lo conduje por el lugar y le enseñé los diferentes espacios, separados entre sí por unas cortinas que podías correr si querías más intimidad. Me senté en uno de los enormes sofás y dejé mi copa en la mesa, subí mis piernas al sofá y apoyé mi cabeza en mi mano, mirándolo. - ¿Ahora vas a decirme por qué no me has llamado? Y no me vale la excusa de que has estado muy ocupado o que podía haberte llamado yo... Que podría pero no quería parecer desesperada ni nada por el estilo.... – terminé tumbándome boca arriba en el sofá, apoyando la cabeza en su regazo y suspirando. - Además, he tenido mucho lío últimamente, demasiado para mi gusto... Pero eso no creo que te interese. - sonreí ampliamente y me incorporé un poco, acariciándole la mejilla y luego pegándolo a mí para poder besarlo con ganas, jugando con su lengua y, por una vez, tomándome todo el tiempo del mundo, disfrutando del beso y de él como solo había conseguido hacer realmente la última noche que nos habíamos visto. Finalmente me separé de él, solo cuando fue estrictamente necesario porque tenía que respirar y mordisqueé sus labios antes de volver a apoyar la cabeza en sus piernas. - Y bien, ¿de qué te apetece hablar? – pregunté, medio sonriendo y cogiendo mi vaso para beber un poco más porque con él todo el alcohol del mundo no bastaba. Me ponía nerviosa y a la vez me hacía pensar que era capaz de cualquier cosa... Era una sensación extraña pero me gustaba... Casi tanto como él. Oh, espera. ¿Qué? El alcohol ya estaba empezando a afectarme, seguro. Si es que no podía ser, tenía que controlarme a la hora de beber o acababa pensando tonterías.... Y en ese momento lo único que quería era centrarme en Jack, en sus ojos, en sus labios, en sus palabras... Y quizá pasar una noche la mitad de buena que la última... Porque valdría la pena. ¿Con él? Sin duda.

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Re: South Of Heaven [Adriana P. Gregoletto]

Mensaje por Jack Thomas el Lun Nov 26, 2012 1:23 am

Si no fuera pecado jurar por Dios, ya que no hay que pronunciar Su nombre en vano, lo habría hecho para dejar aún más claro que yo no quería nada con ella. Podía parecer lo contrario, porque Adriana tenía una absurda habilidad para lograr que yo dejara de pensar con la cabeza que tocaba y me liara y, por ende, pecara, pero mi objetivo no había sido ni mucho menos irme con ella, sino llamar a mi abuelo, irme con él y terminar con aquello cuanto antes. Sin embargo, las cosas nunca salen como se espera que salgan, y por eso mismo mis planes se trastocaron enteramente cuando mi abuelo me dijo que podía hacer lo que quisiera ya que él estaba ocupado y no podía atenderme. Eso me dejaba en un aprieto, porque no podía ignorar el hecho de que me habían criado como a un perfecto gentleman británico y entre las cosas que me habían enseñado figuraba, como una de las más importantes, tratar a las damas que lo merecieran como correspondía. Que Paola fuera o no una dama era discutible, aunque teniendo en cuenta su familia y que seguramente la habían educado para adoptar un papel más relevante cuando creciera yo apuntaba por que lo era, pero no ejercía, y eso me obligaba a comportarme con ella, cuando menos, con respeto, y a no dejarla sola... Una buena excusa para justificar que, sin tener que pensármelo, hubiera sido yo quien había sugerido irme solo con ella pese a que sabía lo que muy posiblemente pasaría, ya que no sería la primera vez que sucedía, como las heridas de mi cuerpo bien revelaban. Daba igual cuánto me culpara y cuántas veces me recordara que ella me hacía pecar, porque en la batalla de lo que debía hacer contra lo que quería hacer siempre ganaba lo segundo, y esa era la única razón por la que pese a estar insultándome en todos los idiomas que conocía mentalmente la había acompañado hasta el reservado, y no sólo eso, sino que también la había besado con ganas cuando ella se había lanzado.

Traté de olvidar que aquel, como casi siempre me pasaba con ella, era de los mejores besos que había dado, porque lo único que quería hacer era hablar, y con la boca ocupada en otras cosas eso no era posible, y me costó bastante centrarme en sus preguntas, pero al final lo hice, ya que aquella era la única manera de comportarme como un adulto normal, y no como alguien desesperado por empotrarla, algo que después de nuestros encuentros iba a empezar a pensar que era... para mi desgracia.
– A decir verdad, sí que he estado bastante ocupado últimamente, por mucho que pueda llegar a sonarte a excusa. Hace tiempo que volví, pero parece que no acabo de instalarme por completo, ya que sigo teniendo cosas que hacer, sobre todo papeleo. – repliqué, siendo fiel únicamente a una parte de la verdad, porque si bien era cierto que muchas veces tenía que presentarme ante mis superiores para ocuparme de documentos pendientes o, incluso, pasarme por la base para ver cómo iban los nuevos reclutas, aquello no me ocupaba una parte suficientemente grande de mi tiempo para no haber podido llamarla... Si no lo había hecho había sido porque no había querido, ya que sabía el efecto que tenía en mí y no quería repetirlo, si bien en aquel momento todos mis argumentos estaban perdiendo fuerza y me parecían totalmente estúpidos al lado de pasar un rato con ella. ¿Qué coño me estaba pasando...?
– También he estado ayudando a Mich en el restaurante de su familia, eso es algo habitual, y dedicándome a la mía propia, lo cual me lleva a tu lío... ¿En qué problema te has metido ahora, Paola? – añadí, cambiando de tema magistralmente.

No era que no quisiera seguir diciéndole verdades a medias, porque Él me perdonaría por ello y hasta por la mentira si llegaba a decir alguna en pos de un bien mayor; era que, en realidad, me interesaba todo el tema de su familia. Era, a fin de cuentas, su aliado, y todo tema que tuviera que ver con ella teniendo problemas y líos con sus chicos me influía, aunque no tan directamente como a ella, porque seguía sin ser parte oficial de su familia y, en realidad, podía no querer contármelo... Había dicho que no creía que me interesara, y quizá lo había dicho porque no quería meterse más en el tema, pero lo cierto era que me interesaba, también porque me ayudaba a centrarme en algo que no fuera mi cacao mental respecto a ella, así que hice que se incorporara y se quedara sentada sobre mí, en vez de tumbada sobre mi regazo como había estado hasta aquel momento. La miré a los ojos, y ladeé un poco la cabeza, con mi atención totalmente centrada en la guapísima italiana que tenía sentada encima y no dejaba de tentarme aunque no hiciera nada más que estar ahí...
– Lo creas o no, como aliado tuyo que creo que soy me interesa. Al menos, creo que es parte de mis deberes como... ¿amigo? ayudarte en estas cosas, si es que lo necesitas. ¿Lo necesitas? ¿Es algo en lo que pueda serte útil? Cuéntamelo. – le dije, y antes de que pudiera darme cuenta de que lo había hecho tenía las manos en sus muslos, afianzándola sobre mí. Además, tampoco fui muy consciente de cuándo lo hice, pero para el momento en el que me di cuenta ya estaba cerca, muy cerca de sus labios, a una distancia que únicamente requería un pequeño impulso para estar besándola... como terminé haciendo, pese a que mi mente gritaba con relativa fuerza que eso estaba mal y que luego ya sabía lo que pasaría, aunque por una vez me daba igual, porque todo lo que me interesaba era ella.

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Re: South Of Heaven [Adriana P. Gregoletto]

Mensaje por Adriana P. Gregoletto el Mar Nov 27, 2012 10:57 pm

Me había dado cuenta, con el tiempo, de que las causas perdidas y de las posibilidades remotas eran lo mío. Por ejemplo con Jack, después de la primera vez que nos habíamos visto en la estación y luego en el bar, cualquiera habría podido pensar que intentar algo con él era una locura... El tipo de causa perdida que a mí me encantaba. Además, ¿cuantas posibilidades había de que nos volviéramos a encontrar aquel día? Muy pocas y aún así ocurrió... Y ha seguido haciéndolo una y otra vez en lugares en los que ninguno de los dos podría imaginarse encontrar al otro. Por cosas me gustaban tanto las causas perdidas, porque si te esforzabas lo suficiente no eran tal, pero sobre todo me encantaban las posibilidades remotas... Porque sin ellas Jack no estaría en aquel momento en el reservado del Wolfsbane conmigo tumbada sobre él y hablando tan tranquilamente... O al menos intentándolo después de comerle la boca como si no hubiera mañana pero, ¿qué podía decir en mi defensa? ¡Me perdían sus labios! Y en ellos me estaba fijando cuando finalmente habló, excusándose por no haberme llamado diciendo que había estado ocupado y que tenía que hacer muchas cosas, en especial papeleo. Decidí creerle porque pensaba que no tenía motivos para mentirme con aquello (o sí, pero los ignoré porque no me interesaban) aunque aún no me entraba en la cabeza que eso le ocupara tantísimo tiempo... Y no tardó en añadir más tareas a su lista de quehaceres que lo convertían en un hombre tan ocupado como parecía serlo él, entre las cuales estaban ayudar en el restaurante de Mich y ocupándose de su familia... Que si era por eso que no me había llamado era mucho más perdonable que lo del papeleo porque lo de la familia lo entendía pero ¿que prefiriera un par de informes aburridos más que hablar conmigo? Eso no podía ser y los dos lo sabíamos.

Al hablar de su familia, cambió de tema y me preguntó por la mía y por el problema en el que me había metido, mostrándose más interesado de lo que en un principio podría haber podido pensar que estaría... Intenté ordenar cronológicamente en mi cabeza todos los líos en los que nos habíamos metido desde la última vez que Jack y yo nos habíamos visto, estando todos relacionados en mayor o menor medida con Leone, cosa que más que sospechosa me parecía demasiado típica conociéndolo... Porque él no era más que otra causa perdida y era sabido por todos que yo era la única que aún tenía esperanzas en que Leone pudiera volver a ser el mismo de siempre... Pero, en el fondo, sabía que él sí que era una causa perdida de manual aunque me negara a admitirlo. Jack me sacó de mis pensamientos al hacer que me incorporara y quedara sentada sobre él mientras me miraba a los ojos con la cabeza ligeramente ladeada. Estuve a punto de preguntarle por aquello pero él se me adelantó y me dio las razones por las cuales los problemas que pudiera tener yo o mi familia le interesaban porque, después de todo, era mi aliado y que ayudarme con lo que pudiera era parte de sus deberes como amigo. Escuchar aquella palabra de sus labios me hizo alzar una ceja mientras él me preguntaba si necesitaba mi ayuda o si podía serme útil, pidiéndome finalmente que se lo contara. Y yo iba a hacerlo, juro que iba a hacerlo, pero pronto sentí sus manos en mis muslos y tragué saliva, mirándolas de reojo mientras mi cabeza se dedicaba a ser cruel e inoportuna y me hacía pensar en la de cosas que él era capaz de hacer con sus manos... Aparté rápidamente la mirada de ellas y al volver a clavarla en los ojos de Jack él estaba cada vez más cerca y, al final, me besó. No me lo pensé demasiado y le devolví el beso con ganas, cogiéndolo del pelo para pegarlo más a mí e intensificar el beso, jugando con su lengua e incluso mordisqueándola.

Mientras lo besaba, me acomodé mejor, quedando a horcajadas sobre él poco antes de morder sus labios y separarme, mirándolo con diversión. Mentiría si dijera que no me gustaba que me besara porque la verdad era que me encantaba, lo hacía con tanta... intensidad que me volvía loca e incluso me hacía dejar de pensar en nada que no fuera él, sus labios y su lengua. Tuve que tomarme unos segundos para, por fin, volver a aclarar mis pensamientos antes de hablar o lo que le dijera no tendría sentido alguno. - ¿En serio quieres que te lo cuente? Porque parece que prefieres hacer otras cosas en lugar de hablar... - le di un mordisco juguetón en el cuello y al separarme le dediqué una sonrisa. - O quizá son solo imaginaciones mías. – me encogí de hombros, con cara de no haber roto un plato en la vida pero antes de que pudiera hacer o decir nada le puse un dedo sobre los labios porque lo primero era lo primero, si quería saber lo que pasaba, lo sabría, para algo era, como él muy bien había dicho, mi aliado aunque lo de amigos tendríamos que discutirlo más tarde... Después que pasara lo que tuviera que pasar. - ¿Recuerdas la última vez que nos vimos? Esa mañana tuve que salir pitando a recoger a uno de mis chicos que acababa de llegar desde... Bueno, realmente no sé muy bien desde donde el caso es que mi hermano lo quería aquí, probablemente para vigilarme o... qué se yo. El caso es que desde que él llegó todo se ha descontrolado un poco... – suspiré y negué con la cabeza antes de empezar a enumerar todas las cosas que se habían descontrolado en aquel periodo de tiempo tan corto en el que parecía una locura que hubieran pasado tantas cosas y sin embargo así era. - Los irlandeses quieren obligarnos a comprarles armas a ellos o dicen que sufriremos las consecuencias, los galeses están subiendo el precio de la droga y se están poniendo bastante exigentes así que necesitamos darles una lección, la policía ha cogido a algunos camellos que trabajaban para nosotros a los que habrá que liquidar para que estén calladitos, las bandas callejeras se creen que pueden hacernos frente y quieren declararnos la guerra y además creo que los Mancini están tramando algo contra nosotros... – me quedé pensativa unos segundos y asentí. - Sí, creo que eso es todo y me parece que no puedes hacer mucho para ayudarnos así que... - volví a acercarme más a él, con nuestros labios casi rozándose. - ¿Qué tal si me ayudas a que me olvide de todo...? – sonreí en sus labios y lo besé de nuevo con ganas, pegándome a él todo lo que pude y más e incluso moviendo mis caderas contra él, dejándole más claro (si es que se podía) a lo que me refería exactamente. Decir que no tenía ganas de aquello mismo desde el preciso instante en el que lo había visto en Wolfsbane sería mentir descaradamente por eso no pensaba hacerlo... Pero lo cierto era que Jack me liaba. Y tenía que reconocer que me encantaba.

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Re: South Of Heaven [Adriana P. Gregoletto]

Mensaje por Jack Thomas el Lun Dic 10, 2012 6:36 am

Adriana me liaba, era la única explicación razonable y verídica que se me ocurría para explicar por qué había terminado besándola cuando mis intenciones habían sido únicamente las de hablar, desde un principio. En mi defensa cabía decir que yo lo intentaba, Dios bien sabía que yo intentaba no caer en la tentación y que, cuando lo hacía, me castigaba por ello, pero ella era demasiado para mí, sobre todo porque no lo intentaba lo más mínimo y, no contenta con ello, disfrutaba siendo como era, tan jodidamente italiana que no podía evitar ir provocando por la vida... Si ya encima se tenía en cuenta que me atraía más de lo que cabría esperar, sobre todo por el hecho de que ella no era mi tipo, sino que más bien mi tipo eran más británicas que mediterráneas, al menos hasta aquel momento en el que me habían roto todos los esquemas mentales que tenía, lo que pasaba era que me liaba, pero no por mi culpa, sino por la de ella. Si no lo fuera buscando, si no me besara y se sentara en mis piernas, si no me mordiera y se moviera contra mí... ¡si no fuera tan ella que se sobraba, joder! Pero tenía que serlo, y yo tenía que ser inmune a todos los intentos de zorreo que me venían por todas partes salvo al suyo, que era el que más peligroso podía salirme, porque no todas las chicas que intentaban algo conmigo eran mafiosas ni, tampoco, mis aliadas, por suerte, ya que si tuviera tratos de ese tipo con toda mujer que me hubiera cruzado en mi vida andaba listo. Por eso no solamente no la aparté, sino que encima le devolví los besos y la acerqué a mí en la medida de lo posible, consciente de que estaba perdido de antemano y de que, si llegaba el tiempo de castigarme, lo haría después...

– Los irlandeses son uno de los mayores dolores de cabeza del Imperio Británico desde siempre, pero a la hora de la verdad la fuerza es lo mejor que puedes utilizar con ello. Recuerda a Cromwell... al histórico. Él los sofocó así, y te recomiendo que hagas una exhibición de fuerza y les demuestres quién manda. Respecto a los galeses y al resto de tus problemas, más de lo mismo: la insubordinación se soluciona reforzando tus posiciones, así que asegúrate de fortalecerte y tarde o temprano todo lo que está mal volverá a su cauce. Tómatelo como un consejo de un aliado y mi última contribución a tus problemas profesionales hoy... – le dije al oído después de separarme de su último beso, y una vez hube terminado pude dedicarme a recorrer el lóbulo de su oreja con los labios primero y con los dientes después, mordisqueándoselo mientras mis manos hacía ya un rato que habían tomado la iniciativa y se deslizaban por su cuerpo, encima de la ropa todavía porque no teníamos ninguna prisa y prefería tomarme mi tiempo, ya que podía. ¿No era esa la ventaja de estar en un reservado en el que nadie entraría a molestarnos...? Al menos, a mí me lo parecía, dado que ya había decidido mandar a la porra todo lo que me decía que no debería estar allí con ella y prefería disfrutar ahora y ya culparme después, una vez tuviera motivos de peso para hacerlo.

Sin que supiera muy bien cómo ni cuándo lo había hecho, enseguida noté las manos de Paola quitándome la chaqueta y dejándola por ahí, sobre uno de los asientos en los que estábamos sentados, eso no importaba porque estaba muy ocupado colando las manos por debajo de su camiseta para quitársela y dejarla también por ahí. Una vez quedó sólo con el sujetador, quiso hacer lo mismo conmigo y quitarme la camiseta, pero en ese momento recordé que tenía la espalda llena de vendas y gasas y no sería lo más recomendable si quería que no hiciera preguntas cuyas respuestas no me apetecía darle en aquel momento, así que cogí sus manos antes de que se desviaran demasiado e hice que las llevara a mi culo, que con suerte le serviría de distracción. Si eso no funcionaba, de todas maneras, tenía otras cosas en mente que sí lo harían, y con esa idea en la cabeza enterré la boca en su cuello para llenárselo de fuertes mordiscos y chupetones que de delicado no tenían absolutamente nada mientras mis manos se colaban por debajo de su sujetador para acariciarla rápidamente, todo con tal de volverla loca... y funcionaba, a juzgar por cómo se movía contra mí, como jadeaba y cómo me besaba cada vez que tenía la oportunidad de hacerlo, cosa que no pasaba demasiado porque me las apañaba para tener la boca ocupada entre sus pechos y su cuello, que como toda ella (y todo yo, para qué mentirnos) empezábamos a arder. Todo iba bien, estaba a punto de quitarle el sujetador y ella volvía a estar peligrosamente cerca de quitarme a mí la camiseta cuando, de repente, escuché una voz en italiano que me hizo separarme de sus pechos y fruncir el ceño, molesto por la intrusión, por el tono de quien lo había dicho y, sobre todo, por las palabras que desgraciadamente entendía.

– Piccola, dove sei? Aquí viene tu león a devorarte... – exclamó, y yo miré a Paola como esperando una explicación mientras ella parecía estar tan extrañada de escuchar esa voz como molesto lo estaba yo... aunque aparentemente la molestia no era exclusiva mía, a juzgar por sus rasgos. Sin querer separarme de ella aún, escuchamos los pasos de aquel insensato que se atrevía a molestarnos, y sólo cuando lo tuve frente a mí lo miré de arriba abajo, con desprecio más que patente y comparable al suyo, aunque él parecía mucho más a punto de lanzarse a matarme que yo, que me controlaba mucho mejor. De hecho, todo él parecía, de manera tan apropiada como el mote que él mismo se había puesto, bestial, desde sus ojos claros a su mirada de loco recién escapado de un psiquiátrico, aunque no me inmuté, porque ya lo hizo él por mí.
– ¿Quién eres tú y qué haces con MI Adriana? – escupió, y ahí fue cuando yo fruncí el ceño, porque quien debería preguntarlo era yo... ¿Y desde cuándo Adriana era suya, vamos a ver? Si así fuera no estaría medio desnuda sobre mí, besándome a mí y deseándome a mí, además de que me repateaba el hígado que aquel gilipollas se creyera con derecho a poseer a mi aliada, cuando evidentemente era él quien sobraba, y no yo... Y cuando ella y yo teníamos una química innegable.
– Jack Thomas. ¿Quién coño eres tú para interrumpir a los mayores cuando hacen cosas que no son de tu incumbencia...? – pregunté, con mi voz más gélida y sin esforzarme en mirarlo, porque prefería mirarla a ella, que parecía tener algo de frío desde que había dejado de besarla. Esa fue la razón por la que busqué mi chaqueta y se la puse sobre los hombros, casi con cuidado, y también fue esa la razón por la que, como si él no estuviera, le dediqué una breve sonrisa a la italiana y le mordí los labios antes de bajar las manos por su espalda hasta rodear su cintura y apretarla contra mí, que evidentemente era, en aquel momento, donde debía estar.

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Re: South Of Heaven [Adriana P. Gregoletto]

Mensaje por Adriana P. Gregoletto el Lun Dic 10, 2012 9:53 am

Decir que un hombre me volvía loca era como decir que las pistolas matan: Algo tan normal, simple y cierto que no tenía nada de extraño ni de peculiar... A no ser que precisara un poco más y dijera que, precisamente, era Mr. Jack Thomas quien me volvía loca. Si nos fijábamos en su físico tampoco es que fuera nada raro pues tenía un cuerpo 10 (¿Qué digo 10? ¡1000!), era alto, guapo, con unos ojazos increíblemente azules y preciosos, rubio, con unos biceps más grandes que mi cabeza y con una sonrisa que, en las raras ocasiones en las que la mostraba, se contagiaba... Sí, teniendo en cuenta todo eso era la cosa más normal de la tierra pero si nos centrábamos en su carácter la cosa cambiaba, y mucho. Tenía la típica mentalidad de templario medieval digna de las cruzadas en la que Dios estaba por encima de todas las cosas, era un nazi egocéntrico y narcisista que además odiaba los tatuajes y la música que no fuera clásica por no hablar de la gente con pintas un poco raras... Y de los musulmanes mejor ni hablar. Esa era la parte que no encajaba en todo el planteamiento y, aún así, no importaba lo más mínimo porque eso no me impedía estar devorando su boca y moviéndome contra él, buscando despertar a la bestia y darle ganas de pasar otra noche inolvidable y digna de repetir conmigo... Porque no podía pensar en absolutamente nada que me apeteciera más que eso en aquel momento y él parecía pensar lo mismo porque me pegó a él todo lo que pudo y más y me devolvió el beso con intensidad, haciéndome sonreír en sus labios... Y es que tenía ganas de él.

Jack se separó un momento y me aconsejó utilizar la fuerza para tratar con los irlandeses y, básicamente, con los galeses y cualquiera con quien tuviera problemas o que se me hubiera insubordinado pues, según él, esa era la clave, demostrarles quien mandaba... Era un buen consejo y, además, según dijo, su última aportación para solucionar mis problemas profesionales del día como aliado... Y es que en seguida estuvo demasiado ocupado acariciando mi oreja con los labios antes de llenarla de mordiscos mientras sus manos acariciaban todo mi cuerpo por encima de la ropa... aún. Yo, por mi parte, también acaricié su cuerpo, dejándome hacer mientras, como él, iba poco a poco, quitándole la chaqueta de cuero en primer lugar y dejándola por ahí, en uno de los sofás cercanos. Él por su parte no se quedó atrás y me quitó la camiseta en un visto y no visto, y como yo no podía ser menos en seguida me puse a jugar con la suya, subiéndosela un poco, divertida, con intenciones de quitársela... Aunque él no me dejó pues en seguida cogió mis manos y las llevó a su culo, que apreté con fuerza mordiéndome el labio inferior justo antes de gemir al notar sus mordiscos y chupetones en mi cuello y cuando él coló las manos bajo mi sujetador y empezó a acariciar mis pechos rápidamente yo no pude evitar jadear mientras me movía más rápido contra él, pidiéndole más, dejándole claro que me encantaba y, simplemente, dejando de pensar en nada que no fuéramos nosotros dos. Intentaba cazar sus labios cada vez que podía pero no era muy a menudo ya que Jack apenas se separaba de mis pechos y mi cuello, cada vez más cerca de quitarme el sujetador mientras yo jadeaba y luchaba por quitarle la camiseta.... Hasta que escuché su voz.

Me quedé helada en cuanto escuché su voz y sus palabras. No me molesté y ni siquiera me importaron porque ya estaba muy acostumbrada a él, a cómo me trataba y a cómo me hablaba... Pero él no debería estar allí en aquel momento, aquel era mi día libre de Carlo y lo único que quería era estar a solas con Jack y pasar un buen rato con él, pero al parecer los astros se habían alineado y no querían que aquello pasara... Y por la cara de Jack a él le hacía tanta gracia aquello como a mí. Carlo no tardó mucho en llegar donde estábamos nosotros y en cuanto nos vio a Jack y a mí pude ver el fuego en su mirada, el odio y la rabia se reflejaban a la perfección en aquellos pozos azules en los que podías perderte... Y volverte loca, literalmente. Sus siguientes palabras me hicieron poner los ojos en blanco ante su ataque de territorialidad injustificada a la que Jack respondió presentándose, haciendo gala de su educación inglesa, antes de demostrarle lo molesto que estaba dejándole claro que aquello ni le iba ni le venía... Pero para entonces yo ya sabía que aquello no iba a llegar a buen puerto y es que conocía perfectamente a Carlo, y empezaba a conocer bastante bien a Jack...Así que sabía que de una manera u otra aquello no podía acabar bien... Y yo estaba en medio.

Jack me puso su chaqueta sobre los hombros antes de dedicarme una sonrisa y rodear mi cuerpo con sus brazos, pegándome más a él mientras mordisqueaba mis labios y en aquel momento yo ya no sabía si enfadarme también con él o besarlo. ¿Es que hacía aquello para demostrarle a Carlo de quien era yo? ¿Quería cabrearlo demostrándole realmente quien quería el control? ¿O solo quería ignorarlo y seguir con lo que teníamos entre manos? No lo sabía y había más posibilidades de que fuera una de las dos primeras opciones que la última así que me quedé inmóvil y en silencio, esperando pacientemente la tempestad... Que no tardó en llegar, con un acento napolitano muy sexy. - ¿Pero quién te has creído que eres para hablarme a mí así? No eres más que un pijito inglés que no merece ni lamer el suelo por donde pisa Adriana y ella no debería perder el tiempo con tipejos como tú... Pero le gustan demasiado los animales, no puede evitarlo. – se acercó más a nosotros, hasta que estuvo lo suficientemente cerca como para coger mi camiseta y pasármela. - Ahora aparta tus sucias manos de ella, nos vamos.

Por mi parte, yo me quité la chaqueta de Jack de encima de los hombros y me puse la camiseta pero no me moví de las piernas de Jack, provocando así aún más a Carlo. - No me voy a ninguna parte, Carlo, ¿No tienes nada que hacer? Ya sabes, gente a la que torturar, piernas que romper o zapatos de cemento que preparar... ¿Nada? Eres de la familia, encuentra algo que hacer y dejame en paz, ya soy mayorcita para hacer lo que quiero... – Aquello tenía que cabrearlo, lo había dicho precisamente para eso, para cabrearlo, molestarlo y que se largara a dar palizas pero obtuve el efecto contrario y terminó sentándose a nuestro lado, con los pies sobre la mesa mientras se desabrochaba la chaqueta del traje. - Perfetto, entonces no me moveré de aquí. Tu hermano me envió para que te vigilara, cuidara y protegiera y eso es, precisamente, lo que voy a hacer... – se encogió de hombros y sonrió mientras yo miraba a Jack, sin saber muy bien qué hacer o decir... Y es que Carlo se había convertido en la persona más inoportuna y cortarrollos del planeta en aquel preciso instante y yo me había quedado sin saber qué hacer o decir... Porque me parecía que aquello solo era posponer lo inevitable y es que el final de aquella situación estaba claro desde el principio y yo trataba de evitarlo por todos los medios pensando una solución... Pero si encontraba alguna ya sería muy tarde. Seguro.

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Re: South Of Heaven [Adriana P. Gregoletto]

Mensaje por Jack Thomas el Mar Dic 18, 2012 9:16 am

Todas las dudas que hubiera podido tener hasta aquel momento de por qué acercaba a Adriana a mi cuerpo como si temiera que fuera a irse cobraron sentido cuando aquel italiano, que no tenía nada que ver con el tal Ezio al que había conocido la última vez, entró en escena para, evidentemente, joder... y seguro que, si por él fuera, de todas las maneras posibles. En cuanto vi cómo se comportaba, dejé de preguntarme si estaba bien o estaba mal lo que estaba haciendo con Adriana; es más, ni siquiera lo pensé, puesto que toda partícula de mi cuerpo me empujaba violentamente a demostrarle que no tenía nada que hacer allí porque, al menos por una noche, Paola era mía, y no suya, y no tenía ningún derecho a tratar de evitar que aquello fuera así. Por eso, me costó un auténtico esfuerzo no volver a morderla y a marcarla y centrarme en el tercero en discordia, que me demostró con sólo estar allí cinco minutos que bien podía echarlo a patadas porque, realmente, el mundo no se perdía nada si él no estaba... Si no puse los ojos en blanco ante la basura que empezó a salir de su boca fue porque era demasiado caballero británico para ello, y porque mi educación, a diferencia de la de aquel mafioso de tres al cuarto que no tenía nada que hacer contra mí, como era más que evidente, me impedía caer tan bajo como lo era él, al menos sin provocación previa, pero él se lo estaba ganando con creces, porque no hacía más que lanzar pullitas que iban a impactar directamente contra mi paciencia, en aquel momento lejos de su habitual tamaño, desde luego suficiente para aguantar eso y mucho más.

Había algo en él que me ponía de los nervios, quizá el desparpajo que mostró cuando se sentó al lado de Paola y de mí o, quizá, su incapacidad para meterse en sus propios asuntos y dejarme hacer lo que quisiera con Adriana, que me tenía tantas ganas como yo a ella. No sabía qué era aquello que me hacía detestarlo, pero pese a haberlo visto un máximo de cinco minutos ya sabía que lo odiaba y que era mutuo, sólo había que ver cómo nos mirábamos y cómo intentábamos echar al otro de allí... todo por culpa de Paola. ¿Era consciente del efecto que tenía en la gente? Solamente con estar de allí había conseguido que dos personas, a priori, sin ningún motivo por el que discutir nos estuviésemos planteando matarnos lenta y dolorosamente sólo porque nos sobraba la presencia del otro, ya que queríamos estar a solas con ella. Si era consciente de aquello y lo hacía a propósito, me parecía una broma de pésimo gusto y algo que me hacía enfadarme y mucho con la italiana, pero cuando había entrado el tal Carlo su sorpresa había sido tan genuina que supe que ella tenía tantas ganas de verlo como yo... y aquello, siendo de su familia, no podía significar nada bueno, sobre todo con lo que me había dicho la última vez que habíamos hablado de que él era quien había ayudado a que se pusiera todo patas arriba.

Mi instinto, por todo eso, debería ser ignorarlo y pasar de lo que dijera para no ganarme un enemigo dentro de mis aliados, especialmente si cumplía órdenes directas del hermano de Adriana. Sin embargo, aquella noche algo en mí estaba definitivamente mal, porque por mucho que me dijera mi instinto que no lo provocara mi mente me exigía que no le dejara pasar tan felizmente por encima de mí y que le hiciera tragar sus palabras, a ser posible de un puñetazo, para que se le indigestaran y nos dejara en paz a todos con tanta tontería.
– Mejor un animal que alguien con la inteligencia de una col de Bruselas, ¿no crees? Además, creo que es evidente que ella no quiere irse y que no va a aceptar tus órdenes tan fácilmente, cosa que dice mucho de su inteligencia frente a la tuya, porque mira que intentar mandarle algo a Adriana Paola Gregoletto... – comenté, poniendo los ojos en blanco y mirando a Carlo, exclusivamente, de tal manera que si las miradas mataran (cosa que, para mi desgracia, aún no hacían...) estaríamos hablando con un cadáver, que sin embargo estaba demasiado vivo; desde luego, mucho más de lo que a mí me gustaría.
– Oh, pero ¿dónde están mis modales de, como dices, pijo inglés? ¡Si casi se han asemejado a los tuyos, que ni siquiera te has podido presentar...! Disculpa, soy todo oídos. – añadí, burlón, y mirándolo con claro desprecio.

Él, como no podía ser de otra manera, no podía tomarse bien mis pullas, que eran pura defensa ante sus ataques constantes, pero no por ello menos ofensivas, pues cuando quería (la mayor parte del tiempo, en realidad...) podía ser bastante hostil y estaba acostumbrado a que no me saliera, de entrada, el celebrado saber estar británico, más que nada porque los ambientes en los que me movía normalmente no daban ocasión de hacerlo. Aquella no era ninguna excepción, y mucho menos cuando Adriana estaba encima de mí y casi me obligaba a dejar claro que quien sobraba era el pegote añadido a la escena después de que ella y yo la compusiéramos, no yo, que estaba tan cómodo allí.
– Soy Carlo, pero me conocen como Il Leone. – dijo, con un orgullo italiano tal que casi me hizo bostezar de puro aburrimiento al tiempo que me aguantaba la risa porque, en fin, había apodos malos y luego estaba ese... y yo de apodos sabía, que los que nos poníamos los soldados entre nosotros son los más célebres de todos y los que acompañan aún después de haber salido del ejército.
– De todas maneras, no todos pueden ir a colegios de pago ni permitirse coches caros, la calle enseña más que modales, pero eso es algo que tú nunca podrás entender, pijito... Además, prefiero ser criado por leones que por ovejas, porque al final está claro quién se come a quién. – espetó, de tal manera que ya no pude evitar alzar una ceja ante la osadía de quien pensaba que sabía algo de mí cuando, en realidad, no tenía ni puta idea... y aún así se atrevía a juzgarme.

En cualquier caso, no iba a entrarle al trapo, porque eso iba en contra de mis principios y me parecía una pérdida de tiempo demasiado flagrante para dedicarme a hacerlo. En lugar de eso, prefería seguir manteniendo la discusión a un nivel en el que sólo eran verbales los puñales que nos lanzábamos, ya que era mucho menos problemático que arrearla a golpes con él pese a que, en el fondo, estuviéramos deseando hacer algo que, de acabar él muerto, minaría mi alianza con la familia de Paola y la reduciría a escombros, con lo que me convertiría en el objeto de una vendetta que prefería evitarme, de ser posible... y lo era, pues sólo dependía de mantenerme civilizado.
– Nunca he sido demasiado admirador de los leones, carecen de la capacidad estratégica que da tener una base táctica que no sale, precisamente, de la calle. Hay cosas mucho peores que la calle para que te enseñen a sobrevivir, créeme, pero ¿qué sé yo de eso, si me he criado entre ovejas? – comenté, sonriendo de medio lado, de nuevo con la burla implícita en el rostro, pero con algo más... Él no sabía nada del desierto, que era lo que verdaderamente forjaba a un hombre como tal y lo separaba de quienes sólo fingían serlo mediante arrogancia y amenazas a un tiempo, como era él, pero de todas maneras me daba igual, si quería menospreciar a su enemigo allá él, porque luego no sería yo quien pagaría las consecuencias de su error.
– Al menos mi ovejuna educación me ha permitido saber cómo tratar a una mujer sin hacer que se sienta una niña, cosa que en tu caso... – finalicé, negando con la cabeza y, de manera casi inconsciente, acariciando la cintura de Paola con los dedos, como recordándome que seguía allí y que era el motivo no sólo de que estuviéramos en aquella situación, sino de que las cosas no estuvieran peor de lo que estaban.

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Re: South Of Heaven [Adriana P. Gregoletto]

Mensaje por Adriana P. Gregoletto el Mar Ene 08, 2013 5:27 am

Desde que Carlo había hecho acto de presencia ya veía venir lo que pasaría y es que con él era imposible un resultado diferente. Era como si fuera sembrando el caos allá por donde pasara y esta vez le tocaba jodernos a mí y a Jack, especialmente a él ya que era el culpable de que no pudiera joderme como a él le gustaría. Sabía que Jack no era como él, que ignoraría sus burdos intentos de provocarlo porque era el soldadito, tan soso y frío cuando quería que no caería en los juegos de Carlo... O eso fue lo que yo había pensado y deseado desde un principio porque entendía a la perfección el plan de Carlo: Provocar a Jack, que él lo atacara y así tener una excusa para poner a la mafia, al menos la parte de mi hermano, contra él. Por desgracia Jack no lo ignoró, no se centró en mí como debería haber hecho... Le siguió el juego, aunque solo verbalmente, por suerte. Jack llamó tonto y maleducado a Carlo con tanta elegancia que por un momento dudé que el león fuera a pillarlo y tuve que aguantarme la risa porque la verdad no era un momento para reírse ni para bromear... Era un momento, más bien, para estar en guardia porque sabía de lo que era capaz Carlo... Y no me gustaría enfadarlo.

Carlo respondió a Jack como mejor sabía, orgullo, arrogancia y amenazas escondidas en sus palabras, estuve a punto de saltar en aquel momento porque empezaba a estar harta de estar en medio de todo aquello pero Jack volvió a la carga, obligándome a poner los ojos en blanco, volvió a burlarse de él, dejándole claro que había mucho de él que no sabía (y yo sí, por ejemplo que era soldado) antes de usarme a mí en sus burlas hacia Carlo, lo que me pareció lo último y me hizo alzar una ceja. Vale, Jack tenía razón a veces Carlo me hacía sentirme como si fuera una cría porque era como me trataba, al menos cuando no estábamos en la cama pero de ahí a usarlo en su contra... Lo único que consiguió aplacarme fue sentir a Jack acariciando mi cintura, recordándome cómo habíamos estado hacía unos segundos y quien era el que sobraba... Y haciéndome tomar una decisión: Si quería acabar de una maldita vez con aquella situación tenía que actuar.

Mordí el lóbulo de la oreja de Jack, mirando de reojo a Carlo con diversión porque sabía lo mucho que le enfadaría aquello y en seguida me centré en comerle la oreja a Jack, aprovechando para susurrarle mi plan al oído. - Ahora voy a seguir como si Carlo no estuviera aquí, él se cabreará y tratará de apartarme de ti... Yo me iré con él y haré que los chicos lo distraigan en la barra o donde sea. En cinco minutos volveré a ser tuya, lo prometo. - tras susurrarle aquello devoré sus labios con hambre, jugando con su lengua mientras escuchaba a Carlo de fondo diciéndome en italiano que debería darme vergüenza, que si mi padre pudiera verme renegaría de mí y un montón de gilipolleces más aunque aquella última en particular fue la que más me enfado, me hizo coger las manos de Jack y llevarlas a mi culo mientras mordía con fuerza su cuello y lo llenaba de chupetones. Si había algo que Carlo no soportaba era que lo ignoraran y justo como había supuesto se levantó y me agarró del pelo con fuerza, separándome de Jack de mala manera.

-Suéltame si no quieres que te rompa la nariz. -espeté, levantándome yo también y quedando frente a él mientras nos matábamos con la mirada, él finalmente me soltó. - Soldadito, ¿Nos disculpas un momento? Carlo y yo tenemos algo que discutir. – le guiñé un ojo sin que Carlo pudiera verlo y cogí a Carlo del brazo para llevármelo de allí y ocuparlo con lo que fuera pero no me esperaba que él no se moviera pues se quedó de pie frente a Jack, mirándolo con superioridad. - ¿Ahora qué, ovejita? ¿Quién ríe ahora? Estaba claro a quién elegiría porque, en fin, solo hay que mirarnos... - medio sonrió y me cogió por la cintura, pegándome a él y haciendo que yo me separara y le diera un puñetazo, él me cogió la muñeca y me la retorció tras la espalda, apartó mi pelo del cuello y lo acarició desde detrás con su nariz, mordiéndolo justo después mientras me imaginaba que miraría a Jack. - Es toda una fiera, ¿eh? Es lo que siempre me ha gustado de ella... Su forma de moverse en la cama, como te clava las uñas... – puse los ojos en blanco, dejando que hablara y hablara... - ¿Es que nunca te cansas de escucharte, Leone? - conseguí librarme de él y me aparté, miré a Jack y me mordí el labio inferior. Tenía que cambiar el plan y rápido o llegarían a las manos y no podría evitarlo... Y tenía que hacerlo costara lo que costara.

Al final me senté junto a Jack, acariciando su pierna con la mano mientras con la otra escribía un mensaje rápido para Ezio, rogándole que me librara de Carlo y diciéndole que haría lo que me pidiera. Envíe el mensaje rápidamente y apoyé la cabeza en Jack bajo la atenta mirada de Carlo. - Al menos Jack no me hace daño, Carlo, y como vuelvas a tocarme sin mi permiso te juro que doy la alarma y hago que te juzguen por traidor, ¿capisci? – lo atravesé con la mirada y justo en en ese momento Ezio apareció, junto a un par de chicos más detrás de Carlo, esperando una sola orden para cogerlo y llevárselo. Carlo nos miró a Jack y a mí y luego a mis chicos y negó con la cabeza. Solo esperaba que Carlo no hiciera ninguna locura y que Jack se aguantara tan bien como hasta el momento porque mis chicos podrían separarlos... Pero sería imposible evitar que se odiaran para siempre... Y no se me ocurría nada peor para nadie que tener a Carlo como enemigo pues no había nadie más rastrero y vengativo, todo heredado de su padre, sin duda... Y Jack era MI aliado, no dejaría que Carlo hiciera nada que lo pusiera en peligro aunque eso significara ponerme a Carlo y a mi hermano en mi contra porque, después de todo, Pietro ya intentaba quitarme de en medio, solo necesitaba una excusa... Y entonces entendí qué era lo que estaba haciendo Carlo allí y tuve que apretar la pierna de Jack de pura rabia y frustración para no saltar al cuello de Carlo... Y no precisamente como a él le gustaria... ¡Maldito león rastrero, lo odiaba!

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Re: South Of Heaven [Adriana P. Gregoletto]

Mensaje por Jack Thomas el Dom Ene 20, 2013 2:45 am

Tenía la impresión, sin conocer siquiera a Carlo de más que de un rato y de oídas, de que me había metido en una guerra cruel entre dos facciones y que estaba en medio de algo que no entendía pero que me afectaba sobremanera si es que Adriana, mi aliada (entre otras cosas), estaba implicada, y por eso mismo sabía perfectamente que aunque hubiera entrado en el conflicto sin comerlo ni beberlo ya había elegido un bando... y también creía que era el bando correcto. No lo creía solamente porque Adriana estaba en él, que también, sino porque lo que tenía frente a mí, aquel Leone como lo llamaba todo el mundo, incluida ella, me recordaba mucho a los suicidas a los que me tenía que enfrentar cuando iba a Irak, y cuanto más lejos estuviera de los que eran así, que ni gente podían llamarse, mejor. Veía en él la misma locura que nublaba los ojos de los terroristas, la misma falta de miedo y de escrúpulos que los hacía cometer los peores crímenes en nombre de aquello en lo que creían sin tener la más mínima mesura y sin que les importara qué o a quién se llevaran por delante, y eso me hacía resistirme aún más a la idea de dejar que se saliera con la suya, porque a fin de cuentas me dedicaba a matar a engendros como él, y la costumbre, sobre todo cuando es tan correcta como esa, es algo difícil de erradicar... mucho más cuando no entraba en mis planes hacerlo, sino al contrario. ¿Por qué iba a desear meterme en el bando perdedor cuando Paola, encima de mí, me estaba dando motivos de peso para que me olvidara de todo y quisiera centrarme en lo que teníamos antes entre manos...? No necesitó insistir mucho para que aceptara, deseoso de seguir besándola y aferrándola a mí, y por eso mismo aproveché que seguimos liándonos para disfrutar de ella... al menos, hasta que él me la quitó de encima y lo miré con tanta rabia que, si las miradas matasen, él sería un fiambre.

Sabía que era parte del plan y que ella podía valerse por sí misma, pero no podía evitar desear meterme en medio y apartarlo de ella, porque sus sucias manazas no merecían tocarla ni la mitad de lo que lo merecía yo... Ni siquiera merecía tenerla cerca, porque como él había dicho sólo había que mirarnos, y lo único que evitó que me lanzara a darle una paliza fue mi fría mente, que hizo honor a lo que habitualmente la caracterizaba y me frenó antes de hacer cualquier tontería que pudiera lamentar, como habría hecho de haber actuado, puesto que Paola parecía acostumbrada a quitarse de encima al famoso Carlo y no le costó demasiado hacerlo. Tuvo que intervenir enviando un mensaje, sí, y también amenazando a Carlo con algo que, si no lo hacía ella, muy gustoso lo haría yo, porque me había quedado con ganas de darle una buena paliza, pero por fin volví a tenerla cerca, tanto que solamente me costaría un segundo aferrarla... y eso hice. La cogí de la cintura e hice que volviera a sentarse, como antes, encima de mí, mientras Carlo nos fulminaba con la mirada a los dos y yo, victorioso, sólo podía sonreírle con sorna. Sabía que había ganado aquella batalla pero que, aún así, la guerra seguiría, y no podía sino tener ganas de que así fuera, puesto que estaba deseando darle una lección a ese cretino insolente que se lo tenía demasiado creído y se veía con la potestad de tomar algo que no le pertenecía: la libertad de una persona... que, en aquel momento, era evidente que apuntaba más hacia mí que hacia él, puesto que de no ser así sería yo quien estaría yéndome y él quien la tendría encima.

– Sabes tan bien como yo que no quieres librarte de mí, piccola... Te encanto, y cuanto antes dejes de engañarte y de ir con ovejas antes podrás disfrutar del león. – dijo, guiñándole el ojo, y fue entonces cuando yo me harté de estar allí como un pasmarote dejando que lo hicieran todo los mafiosos cuando yo, como aliado, tenía el mismo derecho a quitarlo de en medio que los demás.
– ¿Cuándo aprenderás a darte cuenta de que no eres bienvenido...? Largo, Leone. No se te ha perdido nada aquí. – espeté, y solamente que estuvieran Ezio y los demás chicos de Adriana impidió que Carlo la arreara a golpes conmigo, como a juzgar por su expresión se moría por hacer... Y es que, de los dos, yo era el único con un mínimo de frialdad que me permitía controlar lo que expresaba y lo que no, y cuando quería matar a alguien, como era el caso con él, no cometía el error de principiante de dejar que la otra persona lo viera... Era total y absolutamente contraproducente, porque si la persona a la que quieres matar saber que, de hecho, quieres hacerlo, te libras del factor sorpresa y pierdes una oportunidad de hacer de una muerte por lo demás pesada y costosa algo rápido y casi sin esfuerzo, pero allá él. Resultaba claro que yo era el único de los dos que tenía un mínimo conocimiento de estrategia, pero lo aprovecharía siempre y cuando me permitiera quedar por encima de él, como era el caso, así que no dije nada más mientras él se iba, sino que me limité a asegurarme, con la mirada, de que ya no quedaban rastros de león en la habitación... Por fin.

Después de lo que me parecían siglos me quedé solo con Paola, que gracias a mi movimiento de antes estaba encima de mí, y para celebrarlo la besé con ganas, pero con menos prisa que antes, ya que lo único que me apetecía, en ese momento, era disfrutar de aquel beso, en el que mi lengua jugaba con la suya y mis manos acariciaban su perfil lentamente, como si nunca nos hubieran interrumpido o como si llevara tiempo sin verla y quisiera recuperar lo que no había podido tener hasta ese momento. En cuanto tuvimos que separarnos para respirar, estiré de su labio inferior con los dientes para que no se alejara mucho pero no hice amago de volver a besarla, sino que me limité a clavar los ojos en los suyos y a mirarla con cierta sorna.
– Así que este es el hombre de confianza de tu hermano... Si quieres mi opinión, tiene pinta de ser un perro rabioso que, más que ser útil, contamina de la enfermedad a todo lo que tiene alrededor, mucho más que un león, como todos parecéis llamarle. Ahora que lo he visto, me he convencido más que hasta ahora de que he elegido la parte correcta de la mafia con la que aliarme, gracias a ti. – comenté, apartándole un mechón de pelo de los ojos y medio sonriendo, con la mirada clavada en ella. No había dicho ninguna mentira, puesto que de verdad creía todo lo que había salido por mi boca, pero tampoco había sido totalmente sincero en el sentido de que, en mi mente, yo ya tenía claro que tarde o temprano Carlo y yo terminaríamos enfrentándonos, y seguramente yo sería quien terminaría matándolo como alguien que hace una obra de caridad y mata al perro para que se acabe la rabia. Eso, sin embargo, prefería no decírselo, puesto que era demasiado pronto para que comprendiera hasta qué punto aquel había sido el inicio de un intenso odio entre dos personas que apenas se conocían, por increíble que pudiera parecer la situación.

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Re: South Of Heaven [Adriana P. Gregoletto]

Mensaje por Adriana P. Gregoletto el Jue Feb 14, 2013 1:05 am

Odiaba aquella situación. No se me ocurría un momento peor para que apareciera Carlo y con una compañía más inadecuada. Jack no le tenia miedo y Carlo querría llegar a las manos en cuanto pudiera y por suerte, como pude, conseguí atajar el problema pero si Ezio y los chicos no hubieran aparecido en aquel momento... Quizá ahora estaría presenciando cómo Leone y Jack se destrozaban en mi cara... Y no sabía si quería saber el resultado de aquello. En cuanto me volvía sentar junto a Jack, él volvió a hacer que me sentara encima, como antes, y no necesité girarme y mirar a Carlo para saber que debía de estar fulminándonos con la mirada porque lo conocía bien... Y la sonrisita de Jack lo decía todo. Si que escuché, sin embargo, sus palabras y para no variar puse los ojos en blanco por ellas. Ya no era la chica de catorce años a la que desvirgó, conocía a los hombres, había estado con muchos y había descubierto que había muchos mejores que él... Por nada del mundo querría “disfrutar del león” si ello supusiese decirle adiós a la “ovejita” sobre la que estaba sentada. Ni muerta. No necesité hacer ni decir nada más porque fue Jack quien, harto de él, le respondió echándolo de una vez por todas de manera brusca pero siempre elegante y educada... No había color entre ellos. Con aquellas palabras sabía que ardería Troya y decidí girarme y mirar a Carlo con cara de pocos amigos para que pillara la indirecta, es decir, que estaba totalmente de acuerdo con Jack. En ese momento Carlo miró a los chicos que había cerca de él y después a nosotros y con un gruñido se giró y se marchó rápidamente, entre maldiciones en italiano, apartando de él a mis chicos a empujones... Estaba realmente enfadado. Aquella noche quizá debería evitar mi casa... Por si acaso.

Y, de repente, Jack y yo estábamos solos de nuevo. Suspiré aliviada y lo miré aunque no me dio tiempo a hacer nada más pues él me besó, pillándome por sorpresa. No me esperaba aquel beso por lo que tardé un poco en reaccionar y devolvérselo, con la misma calma y sin prisas, simplemente disfrutando de la sensación de saber que estábamos solos y no nos volverían a molestar... Sus manos acariciaban mi perfil mientras yo apoyaba mis brazos en sus hombros y le acariciaba el pelo, pegándolo a mí porque me moría de ganas de besarlo... De él. Al final tuvimos que separarnos, por mi parte, para recuperar el aliento mientras él mordía mis labios para que no me alejara y me miraba... Y yo me perdía en sus ojos azules. No esperaba que hablara porque, por mi parte, sobraban las palabras sin embargo hizo un comentario sobre Carlo al que al parecer, por sus comentarios, se esperaba de otra manera ya que según él parecía más un perro rabioso que un león y me hizo sonreír cuando dijo que había elegido el bando correcto para aliarse gracias a mí. Me mordí el labio inferior mientras me recogía el pelo detrás de la oreja y acerqué mi cara a su mano. - Yo también me alegro de que hayas elegido el equipo ganador en esto... - murmuré. - Aunque ahora no lo parezca, mi hermano no tiene nada que hacer con nosotros, ahora tiene más poder pero nosotros somos como un Ave Fénix... Y pronto renaceremos. Estoy segura. - dije, convencida de mis palabras y con fuego en la mirada. Sabía que aquello solo era una mala racha, que no siempre sería así... Mi padre volvería y todo aquello se normalizaría y Pietro dejaría de una vez por todas de intentar hacerse con el poder y el control total de la familia, no tenía madera de capo y eso mi padre lo sabía... Esa era una de las razones de su destierro... Entre otras tantas...

-La verdad es que Leone me ha cortado un poco el rollo... - bajé la mirada y me encogí de hombros. - Pero algo me dice que esta noche debería buscarme un sitio donde dormir si no quiero enfrentarme a él así que había pensado en autoinvitarme a tu casa... ¿Te molesta? - sonreí y le mordí los labios, moviéndome inconscientemente contra él. No me apetecía discutir con Carlo, que se le fuera la mano y que acabáramos a golpes y aquello era, precisamente, lo que pasaría si dormía en mi casa y no sabía hasta qué punto podría controlar... Lo mío si eso pasaba. Sí, Carlo me caía mal, había cambiado y no era el chico con el que había vivido prácticamente desde que era pequeña... Era muy diferente y aquello no me gustaba... Pero de ahí a desearle lo que podría pasar si perdía el control... Me tensé en cuestión de segundos y cuando fui consciente de ello me encogí de hombros, mirando de nuevo a Jack y forzando una sonrisa que apareció con naturalidad en mis labios. - Si no quieres, no pasa nada, ya encontraré algún sitio donde ir... Supongo que alguien aceptaría gustoso una visita mía... Aunque tampoco le diría que no a una fiesta de esas en las que no vuelves a casa en días, ¿Sabes? - solté una risita, acariciándole el pecho por encima de la ropa y le robé un beso rápido, separándome sin darle tiempo siquiera a reaccionar. La verdad, me apetecía ir con Jack a su casa, me parecía la mejor idea del mundo y así quizá podría calentarme de nuevo... Y dejarle claro que me gustaba mucho más que Carlo. Eh... ¿Gustar? Quería decir poner, claro... Jack me ponía muchísimo y eso era un hecho. Solo había que ver como me ponía cuando estaba cerca de él... Me volvía completamente loca... En todos los sentidos.

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Re: South Of Heaven [Adriana P. Gregoletto]

Mensaje por Jack Thomas el Lun Feb 18, 2013 6:43 am

Desde que Carlo se había ido, todo parecía mucho mejor entre Paola y yo, la atmósfera parecía haberse aligerado perceptiblemente y los dos estábamos muchísimo más relajados, tanto que habíamos compartido un beso lento... como hacía mucho tiempo que no daba ninguno. Eso era preocupante, eso y también que me molestara sobremanera que el tal Leone se mostrara tan posesivo con MI aliada, ya que lo veía como algo que no tenía derecho a hacer y... bueno, eso es otro tema. En cualquier caso, ya se iban sumando demasiadas cosas preocupantes pequeñas, y no me gustaba el rumbo que estaba tomando todo, mucho menos cuando ella me dijo que se autoinvitaría a mi casa, dado que probablemente tenía en mente algo que implicaba verme la espalda y yo no estaba dispuesto a hacerlo, no teniéndola como la tenía. El problema era que la otra opción, la de irse a casa de algún otro o de fiesta para no volver en varios días, tampoco me convencía demasiado; es más, lograban que mi mala leche interna aumentara hasta unos niveles parecidos a los que había alcanzado cuando aún había estado Carlo presente, así que tenía que concentrarme y pensar que aquello no me llevaría a ningún lado salvo al de la senda del pecado, algo que no quería conseguir... Y que, de hacerlo, me llevaría a volver a marcar mi espalda, y no era plan. Estaba en una encrucijada, no tenía ni la menor idea de lo que podía hacer y tener a Paola sentada encima de mí no ayudaba, precisamente, pero tampoco quería quitarla de encima porque así estaba cómodo... Odiaba aquella maldita incertidumbre que siempre me venía con ella y nadie más que con ella, la detestaba.

– Tengo buen ojo para ponerme del lado del equipo vencedor, desde siempre... Por eso nadie apuesta contra mí en el rugby. – repliqué, divertido, y con una media sonrisa en el rostro que era la mayor concesión que haría a una risa auténtica en aquel momento. Un instante después, volví a clavar la mirada en sus ojos entre marrones y verdes, que seguían fijos en mí. – Puedo invitarte a cenar, si quieres. Teniendo en cuenta la hora que es y que has estado trabajando, no creo que hayas cenado, y da la casualidad de que yo tampoco lo he hecho, así que suena a buen plan, al menos para mí. – propuse, encogiéndome de hombros y, después, bajando la mirada por el cuerpo de ella, sin poder evitarlo. Era hacer mención a cualquier comida del día estando Paola cerca y me liaba lo suficiente para que no se me ocurriera lo normal, compartir alimentos bendecidos por Él con ella, sino más bien que ella fuera los alimentos... Y eso no me gustaba, porque me hacía estar más cerca del pecado y de tener que repetir las heridas que ya portaba en la espalda y que eran el principal motivo por el que no me había lanzado a aceptar su proposición indecente con lo que sabía que llevaba implícito, lo de siempre con ella. Mentiría si dijera que no tenía ganas, en realidad, porque ella lograba liarme de tal manera que siempre me ponía receptivo a probarla, pero no quería acumular tantas faltas en mi haber, así que opté por centrarme en cualquier otra cosa, lo cual en ese momento significó subir los ojos de nuevo hasta los de ella, que me miraban con curiosidad, seguramente por lo mucho que había estado mirando su cuerpo apenas cubierto por la escasa ropa que llevaban como uniforme las camareras del local.

– Aún vas vestida de camarera, y aunque no voy a negar que tu aspecto tiene su punto no creo que a la clase de restaurantes que yo frecuento les parezca que tengas la mejor pinta para estar. Además, hace frío fuera, y tú eres de sangre mediterránea y eso lo notas más que yo, así que ¿por qué no vas a cambiarte de ropa y después nos vamos? – sugerí, y ella pareció encontrar mis argumentos correctos o, sencillamente, no tenía ganas de discutir, puesto que acabó por aceptar, no sin antes robarme un beso que no pude evitar alargar, con ganas de ella. ¿Qué había dicho de que me liaba...? Ahí estaba la prueba. Las únicas veces que había dado besos largos y lentos en mi vida había sido cuando estaba saliendo con la chica en cuestión, no cuando esa chica era mi aliada y lo que fuera, pero no había podido evitarlo, igual que tampoco pude evitar comérmela con los ojos mientras se alejaba en dirección a algún lugar más íntimo donde poder cambiarse de ropa. Por eso mismo, agradecí el momento en el que pude apartar la vista de su cuerpo y pude centrarla en el reservado en el que nos encontrábamos, una tregua que a mí mente le sirvió para recordarme que no tenía que volver a caer, que por eso tenía la espalda como la tenía y que si seguía alejándome del camino correcto me iría tan mal como todos aquellos a los que me encargaba de purgar en Su nombre. Tenía que concentrarme... Tenía que ser capaz de resistir la tentación como mil y una veces lo había hecho hasta ese momento, y sólo podría hacerlo si respiraba hondo y me convencía de que ella sólo era una más, alguien con quien me llevaba bien y ya está, pese a que los dos supiéramos perfectamente que no lo era. Paola era mi aliada... bueno, y lo que fuera, pero eso ya suponía que ella era algo más que una amiga y eso sólo podría traerme problemas, especialmente si no aprendía a controlarme mejor y a resistirme a su hechizo, algo que me parecía imposible en aquel momento, en el que estaba deseando que volviera. Aquello no acabaría bien...

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Re: South Of Heaven [Adriana P. Gregoletto]

Mensaje por Adriana P. Gregoletto el Lun Feb 18, 2013 10:44 pm

No me gustaba pensar demasiado las cosas ni antes ni después de hacerlas porque no me gustaba arrepentirme de nada de lo que hacía y con Jack aquello era tan natural y tan sencillo que era de agradecer. No había razón alguna para darle vueltas al por qué de nada de lo que pudiera pasar entre nosotros porque, simplemente, era tan obvio que no necesitaba explicación... ¿O sí? Lo cierto era que no me importaba lo más mínimo, tenía perfectamente claro lo que quería y cómo conseguirlo así que a partir de ahí solo me hacía falta actuar... Y espantar a cualquier mosca que intentara molestarme o impedirme conseguir lo que quería como Carlo, y es que, lo que en aquel momento quería, tenia nombre y apellido y estaba sentado justo debajo de mí. Por eso le dije lo de ir a su casa, por eso y porque en parte temía la reacción de Carlo pero ese era un tema a parte... Jack hizo un comentario sobre su buen ojo para ponerse del lado del equipo vencedor que me hizo alzar una ceja porque hizo alusión al rugby, un deporte que por alguna razón que no era capaz de explicar no le pegaba en absoluto pero en seguida me olvidé de aquello para centrarme en aquella media sonrisa que me hizo morderme el labio inferior, tratando de reprimir las ganas de volver a besarlo... Porque si por mí fuera podría pasarme noches enteras haciéndolo. Justo entonces, y para evitar la tentación, alcé la mirada y me encontré sus ojos fijos en los míos y finalmente habló... Aunque tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para ocultar mi decepción. ¿Una cena? ¿En serio? Yo en aquel momento no era capaz de pensar en comida, no tenía hambre más que de él y la sola mención me parecía incluso cómica pero no dije nada porque tras encogerse de hombros no me perdí la mirada que me echó.

Lo cierto era que en aquel momento Jack me tenía confundida. Primero no aceptaba mi proposición y decidía cambiarlo por algo más light y menos erótico y después me devoraba con sus ojos como si realmente lo que quisiera fuera cenarme a mí. ¿En qué quedábamos? Porque yo tenía muy claro lo que quería pero, ¿y él? Lo cierto era que nunca me había pasado aquello y mucho menos estando sentada a horcajadas sobre el chico en cuestión con el que quería pasar la noche pero como había descubierto nada más conocerlo, Jack no era como el resto... Era una autentica caja de sorpresas de la que nunca sabía qué esperarme. Y tenía que reconocer que aquello era exasperante porque me encantaba tenerlo todo bajo control y con él... Bueno, con él era simplemente imposible. Y me lo demostró cuando, de buenas a primeras, me dijo que como iba vestida en los restaurantes que él frecuentaba ni me dejarían entrar... Vamos, que básicamente me dijo que iba vestida como una fulana, así sin más y sin comerlo ni beberlo pero a la vez me dijo que tenía su punto. ¿En qué quedamos, soldadito? Intentó arreglarlo diciendo que hacía frío y que mi sangre mediterránea eso no lo llevaba bien y me invitó a que fuera a cambiarme de ropa antes de irnos. En aquel momento no sabía qué hacer, si darle un bofetón que le dejara la cara marcada o besarlo y, como no me apetecía discutir, opté por la segunda opción y le robé un beso bastante intenso que él alargó... ¿Qué había dicho de que no lo entendía? - Ahora vuelvo. – dije en un tono neutro, intentando que no se notara demasiado mi enfado... ¿Quería ver algo elegante y a la vez provocativo? Pues se iba a enterar.

Me levanté sin más de encima de él y me marché sin mirar atrás a la zona donde las bailarinas tenían algún pequeño backstage donde cambiarse de ropa y maquillarse. Allí sabía que había algunos vestidos y en vez de los vaqueros y la camiseta con las que había ido a Wolfsbane podría ponerme más “elegante” y así Jack se quedaría calladito, que estaba más guapo. Busqué por el lugar y finalmente di con algunos vestidos de fiesta, para ocasiones especiales, que no tenían plumas ni encaje ni enseñabas hasta el alma... Elegí uno que parecía llevar mi nombre, era un palabra de honor de gasa y en color borgoña, muy corto por delante, más o menos por medio muslo, y que por detrás era algo más largo y llegaba casi a los tobillos. Me quité la ropa y, sin sujetador para que no se vieran los tirantes y quedara aún peor, me puse el vestido que sorprendentemente era de mi talla y me subí en unos enormes tacones. Busqué mi bolso, que al ser negro iba con todo y la chaqueta de cuero con la que había ido y una vez lo tuve todo listo me retoqué el maquillaje, volví a pintarme los labio y los ojos un poco y me dispuse a volver con Jack, a ver si por fin le parecía bien lo que llevaba puesto... Aunque preferiría que me lo quitara y no llevar nada.

Por el camino me encontré a Ezio que me silbó y, con todo el descaro que solo él podía tener, me miró de arriba a abajo. - Vaya suerte tiene el soldadito, eh? Asumo que te vas a ir con él, y más aún después de lo de Carlo... – asentí y le miré con cara de cachorrillo abandonado ante lo que él puso los ojos en blanco y negó con la cabeza. - Sabes que si me pones esa cara no puedo decirte que no... Anda, largate antes de cambie de idea, yo te cubro. ¡Pero me debes una! – sonreí y le di un sonoro beso de abuela en la mejilla, dejándole la marca del pintalabios en ella, le di las gracias y continué hasta los reservados donde había dejado a Jack, que seguía exactamente igual que como lo había dejado. - Ya estoy aquí... ¿Me has echado de menos, soldadito? - me acerqué a él y me quedé de pie delante, esperando que hiciera o dijera algo aunque como la paciencia no era una de mis mayores virtudes no pude evitar hablar yo. - ¿Te parece lo suficientemente elegante para los sitios que frecuentas o sigo pareciendo una puta? Porque puedo volver a cambiarme... - solté, al parecer, sin que él se esperara mis palabras ni el tono que utilicé que pese a que había intentado que no fuera muy brusco me salió así. Para que el ambiente dejara de estar de repente tan tenso me incliné hacia delante y le besé los labios, apenas rozándolos con los míos y me quedé así, muy cerca de él. - ¿Nos vamos ya o esperas alguna otra intromisión indeseada? Porque, sinceramente, empiezo a tener hambre... – aunque no le dije exactamente de qué tenía hambre por mi tono estaba claro que no era, precisamente, de comida... Sino de él. Y era cierto, de repente tenía unas ganas terribles de salir de allí y de volver a estar solos, en un sitio en el que nadie pudiera molestarnos y pudiéramos... ¿Hablar? Sí, por qué no, al fin y al cabo eramos aliados... Pero sobre todo esperaba que pudiéramos hacer lo que llevaba con ganas desde que lo había visto allí: Rememorar una de las mejores noches de mi vida e incluso superarla. Aunque bueno, como ya había dicho, Jack era una caja de sorpresas... Solo esperaba que por una vez quisiera lo mismo que yo.

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Re: South Of Heaven [Adriana P. Gregoletto]

Mensaje por Jack Thomas el Lun Mar 04, 2013 6:03 am

Desde que era un niño, mis padres y mi abuelo se las habían apañado para educarme como un auténtico caballero británico que no solamente tendría un título nobiliario en el futuro (lejano, esperaba), sino que probablemente pasaría delante de la Reina para ser nombrado sir en algún momento de su vida, y mi comportamiento solía ser, cuando la ocasión lo merecía, intachable en ese sentido. Era evidente que con gentuza de tercera como los infieles o los desviados no tenía por qué esforzarme en hacerlo, ya que era tan fácil quedar bien como simplemente comportarme igual que correspondía a un británico normal, pero con ella la cosa cambiaba, porque era mi aliada en parte y, también, porque me caía bien (dentro de lo que cabía, eso era todo un acontecimiento) y creía que se lo merecía, razón por la cual había estado haciéndolo hasta ese momento... o eso creía. Su tono cuando me dijo que iba a ir a cambiarse al backstage no fue precisamente de estar normal; parecía ofendida, pero parecía también querer tratar de ocultarlo para que yo no me diera cuenta, por algún motivo que desconocía, aunque su gozo cayó en un pozo desde el momento en el que Él había decidido que una de mis características primordiales fuera ser observador. Pese a que no pudiera estar seguro al cien por cien de que lo que había visto no era algo que había imaginado, aunque dudaba que así fuera, tenía la impresión de que estaba enfadada o molesta por algo, y si echaba un vistazo a cómo había transcurrido la conversación sólo podía ser por una cosa: insinuar que no la dejarían entrar a algún sitio vestida como iba.

Mi intención al decírselo no había sido la de ofenderla, puesto que yo lo que quería era que no hubiera impedimentos para que me acompañara a cenar, ya participara en la comida o no, porque entre que por lo que la conocía sabía que no comía demasiado y parecía tener pocas ganas, siendo optimista, de ir conmigo a un plan como ese, dudaba que fuera hacerlo, y quizá tuviera que recurrir a mi educación para que disculpara mis desafortunadas palabras y actuáramos como si no hubiera pasado nada... o eso pensé hasta que ella volvió y me hizo olvidarme de todo salvo de lo que veía: ella con un vestido color borgoña que enseñaba lo justo para insinuar de manera increíblemente sensual y elegante a más no poder. Solamente cuando ya se había acercado pude reaccionar, y lo hice devolviéndole el suave beso, casi un pico, que me había dado, al parecer ya repuesta de lo que le había dicho que, efectivamente, la había ofendido, a juzgar por lo que ella misma había dicho.
– No quería ofenderte, Paola, te ruego que me disculpes si lo he hecho porque esa no ha sido mi intención. En cualquier caso, estás preciosa... Ahora soy yo a quien dudo que dejen entrar. – comenté, bromeando únicamente al final y, después, cogiendo una de sus manos para besarle el dorso con suavidad y poder aprovechar para llevármela de allí.

La conduje a través de la marea de cuerpos que poblaba Wolfsbane a esas horas, algo tempranas aún si se tenía el horario de ir de fiesta pero mucho más tardías si se tenía uno más racional, como yo, y la aparté de todos esos indeseables que se la comían con los ojos y a los que yo me apresuraba a mirar aún peor para que dejaran de verla como si fuera suya. Esa noche era mi privilegio pasar el mayor rato posible junto a la italiana, no el de los demás, y por eso mismo lo aprovecharía lo más que pudiera, aunque eso significara quitarme de encima a moscardones como el tal Leone o a otros a los que odiaba menos, aunque pareciera imposible, como eran los anónimos del bar, en el que el ambiente era demasiado agobiante para lo que a mí me gustaba, por lo que agradecí salir fuera y poder inspirar una profunda bocanada de aire, contaminado pero fresco igualmente. Ella, sin embargo, no estaba acostumbrada al frío de la noche londinense, y el vestido que llevaba no era precisamente abrigado, así que por segunda vez en lo que llevábamos de encuentro me quité la chaqueta de cuero y se la puse por los hombros, ya que yo no la necesitaba tanto como ella y, de todas maneras, era lo que tenía que hacer por ella, que encima había aceptado mi invitación pese a que no era lo que le apetecía más en ese momento. Yo lo comprendía, seguramente más de lo que ella se imaginaba, pero no debía... Aquel momento era el peor de todos los que podía elegir, seguramente, para caer en el pecado, y tenía que tratar de resistir lo más que pudiera.

Tras un breve paseo, terminamos en una calle bastante animada por los turistas que incluso a esa hora hacían fotos nocturnas de la ciudad y en la que un restaurante destacaba por encima de los demás por su elegancia y su discreta iluminación. Todos los viandantes, ya fueran autóctonos o no, se quedaban mirando el lugar, que parecía de tan alto nivel que estaba fuera de sus posibilidades y seguramente lo estaría, pero yo me limité a caminar hacia la entrada bajo la atenta mirada de varias decenas de personas y con Paola de la mano y me introduje en el cálido local. El encargado de distribuir las mesas no necesitó siquiera preguntarme si tenía reserva, ya que con una simple mirada carente de todo juicio hacia mí o mi pareja aquella noche le bastó para pedirme que, por favor, lo siguiera, tratándome de mister Thomas. Pronto y bien mandado, hice lo que me había pedido y al final terminamos en una mesa situada en la mejor parte del restaurante, pensada de tal manera que los demás no escuchaban tu conversación y tampoco te veían, si no lo deseabas, así que tenías toda la privacidad posible y deseable. En cuanto el camarero volvió, me sirvió agua y le preguntó a Paola lo que deseaba, al tiempo que nos acercaba un par de cartas, y cuando se fue la miré y no pude evitar sonreír por la sorpresa y la incredulidad, a un tiempo, que mostraba su rostro, ya que lo que acababa de pasar no era precisamente frecuente si no eras un mafioso o alguien así y yo no lo era, salvo por asociación con ella.

– Espero que te guste el sitio, como ves no exageraba cuando te he avisado de lo de la etiqueta. Conmigo han hecho una excepción, lo admito, pero no se le pueden negar muchas cosas al hijo del jefe. – comenté, explicando a grandes rasgos el motivo por el que siempre que lo deseara tenía una mesa disponible allí y, después, echando un ojo a la carta, si bien había llegado a un punto en el que me la sabía prácticamente de memoria. No solía ir mucho a aquel sitio en los últimos tiempos porque apenas había parado por Londres más que un par de días, lo que había sido capaz de rascar desde el último permiso, pero cuando había sido más pequeño siempre iba con mis padres y mi hermana allí, y siempre solía tocarme ir a aquella mesa. Con el tiempo, cuando mis padres habían empezado a estar más ocupados y mi hermana se había vuelto alguien con quien no quería coincidir bajo un mismo techo, había vuelto alguna vez, pero siempre solo... y, desde luego, nunca con ninguna chica. Paola era la primera mujer que me había acompañado a uno de los restaurantes de mi padre, y me resultaba algo extraño haberlo hecho, pero por distancia era el sitio que mejor nos pillaba y, además, cerraba de madrugada, así que podíamos permitirnos una cena allí.
– Tengo que reconocer que hacía tiempo que no venía, pero a juzgar por lo que pone en la carta todo sigue igual. Espero que te guste... ah, y te recomiendo el salmón. Es su especialidad. – finalicé, señalando en su carta el plato al que me había referido y, después, apartándome quizá algo más lentamente de lo necesario.

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Re: South Of Heaven [Adriana P. Gregoletto]

Mensaje por Adriana P. Gregoletto el Mar Mar 05, 2013 11:46 pm

No había demasiadas cosas que odiaba en el mundo pero, sin duda, una de ellas era precisamente que me trataran como a una persona vulgar y ordinaria con la que no se puede salir a la calle porque no lo era. Me gustaba vestir de manera diferente, con mi propio estilo y sin preocuparme de si le gustaría a los demás o no porque lo que importaba era que me gustara a mí, después de todo... Pero sabía cómo comportarme en sitios elegantes y con gente importante, me habían criado y educado para saber actuar en todas y cada una de las situaciones en las que me podía ver metida y que me consideraran una persona sin clase, que no sabía comportarse y que se vestía como una puta me enfadaba, y mucho. Por eso, que Jack insinuara aquello me molestó, no tanto por cómo lo dijo que probablemente lo hiciera sin pensar sino porque él mismo me había visto en una subasta de arte en la que no había que ir precisamente con ropa de calle y en la que me había comportado como si no fuera una simple chica italiana que tenía la suerte de ser hija de quien era. Sin embargo había decidido no darle más vueltas al asunto por una vez en mi vida ya que no quería discutir con él o pasarme toda la noche enfadada porque hacía días que no veía a Jack y no quería que la noche se fastidiara por un comentario así... Así que me mordí la lengua y esperé a que nos marcháramos de allí. No me esperaba por nada del mundo que él fuera a pedirme perdón por su comentario y lo cierto es que me dejó durante unos segundos sin saber cómo reaccionar, además, me dijo que estaba preciosa y bromeó incluso diciendo que ahora al que no dejarían entrar sería él, aquella broma casi e sorprendió más que su disculpa ya que después de todo Jack era todo un caballero inglés pero no recordaba haberlo visto bromear y aquello era nuevo... Y me encantaba. Sin más, me besó el dorso de la mano y me guió hasta la salida.

Una vez fuera me abracé y me froté los brazos, helada, el frío que hacía por la noche en Londres era horrible y me congelaba hasta los huesos, no era para nada como las noches en Nápoles, tan agradables con la suave brisa marina y la temperatura perfecta... En un momento dado, dejé de tener tanto frío porque Jack se había quitado la chaqueta de cuero y me la había puesto sobre los hombros, en otro gesto tan caballeresco que me hizo medio sonreír porque no se me ocurría nada que le pegara más que comportarse así. - Grazie. - murmuré, sin siquiera estar segura de que me había oído y comenzamos a caminar sin prisa alguna, simplemente paseando por las calles de Londres, o eso pensaba hasta que sin saber cómo llegamos a una calle llena de turistas y flashes de cámaras de fotos. Medio sonreí mientras los miraba entretenida, me recordaban a cuando yo misma había ido por primera vez a Londres, cuando aún ni siquiera sabía que tendría que mudarme de manera casi permanente... Me fijé más en los turistas anónimos que en nuestro destino y cuando finalmente llegamos frente a la puerta de un restaurante que parecía bastante elegante y caro me mordí el labio inferior, entendiendo por qué había insistido Jack en el cambio de ropa. Sin duda, si me presentara en la puerta de ese sitio con el uniforme de las camareras del Wolfsbane me echarían a patadas. Una vez dentro me quedé fascinada con el lugar, tan elegante, clásico y a la vez con toques modernos, con una iluminación cálida y un ambiente especial que ni reparé en el chico que debería haberle preguntado a Jack si tenía reserva... Pero que no lo hizo y que en seguida, con solo una simple mirada, lo pidió que lo siguiera, llamándolo Mr. Thomas. Decir que me quedé a cuadros sería un bonito eufemismo para describir sorpresa pero seguí a Jack y al camarero hasta la que debía ser la mejor mesa del restaurante por su ubicación y su privacidad. Aquello sí que no me lo esperaba.

Pero las sorpresas no hacían más que sucederse, cuando ya estábamos sentados, el camarero le sirvió agua a Jack y me preguntó qué quería yo de beber. - Eh... ¿Tienen prosecco? - el camarero asintió y pedí una copa. El camarero nos dejó un par de cartas y se marchó, dejándonos solos finalmente y no pude evitar mirar a Jack, que parecía divertido, con sorpresa. Él me dijo que esperaba que me gustara el sitio, diciéndome lo que ya había adivinado yo solita de la etiqueta y reconociendo que con él habían hecho una excepción... Por ser el hijo del jefe. Mi sorpresa fue mayúscula y continué mirándolo intrigada mientras él le echaba un vistazo a la carta, sabía que era de una buena familia, su propio abuelo había sido invitado a la subasta de arte y eso no era un evento cualquiera así que no sabía de qué me extrañaba. Aunque lo que realmente lo hacía era el hecho de que me hubiera llevado precisamente allí. Al parecer Jack llevaba un tiempo sin ir y no sabía por qué, precisamente aquella noche, lo había hecho, especialmente conmigo. Me recomendó un plato de salmón, que al parecer era la especialidad del lugar, señalándolo en mi carta y se apartó después lentamente aunque no dejé que lo hiciera del todo, cogiéndole la mano por encima de la mesa quizá con demasiada fuerza para que no se moviera, mirándolo a los ojos. - ¿Por qué me has traído aquí? – esa pregunta tenía demasiadas otras pequeñas preguntas implícitas, como por ejemplo qué era lo que pretendía llevándome allí, por qué si hacía tiempo que no iba había decidido hacerlo aquella noche conmigo... Y otras tantas que se formaban en mi cabeza cada segundo que pasaba mientras lo atravesaba con la mirada. Tenía que reconocer que desde que lo había conocido nunca había dudado ni sospechado de él, parecía sincero , honrado y leal y no me parecía que fuera una persona de la cual desconfiar... Pero con Carlo en escena empezaba a dudar de todo y de todos y en aquel momento le tocaba a él, simplemente, porque no entendía el por qué de todo aquello.

Sin esperarmelo el camarero apareció de la nada, descorchando una botella de prosecco para mí mientras yo soltaba la mano de Jack y me apartaba un poco, aún mirándolo. El camarero me sirvió el prosecco y se preparó para tomar nota de lo que tomaríamos para cenar. - Yo de primero tomaré una ensalada de pasta y gambas y de segundo salmón al horno con nata y finas hierbas, grazie. – en cuanto Jack pidió el camarero recogió las cartas y volvió a desaparecer, dejándonos solos de nuevo, mirándonos mientras yo esperaba su respuesta. Bebí un poco de mi copa y ladeé la cabeza, pensando en la primera vez que nos habíamos visto en la estación de trenes y, entonces, recordé algo, más bien en alguien, irritantemente insoportable y no pude evitar preguntarle por quien me había dicho una vez que simplemente usaba para saciar sus necesidades... - Hace mucho que no te oigo hablar de Emily, ¿se ha olvidado de ti por fin? Ya te dije que nosotros podríamos ocuparnos... No me importaría hacerlo personalmente... - me encogí de hombros, medio sonriendo y volví a beber de mi copa, cruzando las piernas bajo la mesa y acariciando una de sus piernas con mi pie. Nuestra mesa estaba tan bien ubicada que nadie podía escucharnos ni vernos si nosotros no queríamos así que daba igual que hiciera hiciéramos piececitos bajo la mesa porque nadie se daría cuenta. - Y siguiendo con las preguntas personales... - ¿Qué es de Mich y su hermana? Me dijo que me llamaría pero no lo ha hecho, quizá su hermana le contara lo que vio en la discoteca y pensó que tú y yo... Ya sabes. - alcé las cejas varias veces y me encogí de hombros, lo cierto era que pensar que Jack y yo teníamos algo era lo más descabellado de la tierra, solo nos habíamos acostado dos veces, una en la fábrica abandonada y otra en mi casa y, ahora que lo pensaba, después de hacerlo él siempre parecía raro y... distante. ¿Es que tenía algún problema con el sexo? ¿O era por mi culpa? No quería rallarme tan pronto así que me limité a bajar la mirada y volver a beber un poco de mi prosecco, estaba riquísimo y hacía mucho que no tomaba por lo que disfruté del sabor en mi boca y tragué finalmente. - ¿Sabes? Siempre he imaginado que tus padres estaban bien situados económicamente pero nunca me he preguntado a qué se dedicaban hasta esta noche... ¿Piensas saciar mi curiosidad? – medio sonreí y justo en ese momento el camarero apareció con nuestros primeros, con un “que aproveche” antes de volver a desaparecer. Lo cierto era que la comida tenía una pinta increíble... Sin duda, su familia tenía un gusto exquisito y él era la viva imagen de ello. Aunque no sabía si todos eran tan complicados como él o en eso era tan único como parecía... Porque él era capaz de estar devorándome la boca en un momento y a los cinco minutos cambiar de idea y que no le apetezca en absoluto seguir con aquello... No lo entendía y no se me ocurría nada que odiara más que aquello. Bueno, sí, que me trataran como a una cualquiera... ¿Qué decía de que había pocas cosas que realmente odiaba en el mundo? Bueno, lo cierto era que había bastantes... Pero era italiana así que en cierto modo era normal, llevaba el fuego en la sangre... Y eso Jack lo sabía bien.

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Re: South Of Heaven [Adriana P. Gregoletto]

Mensaje por Jack Thomas el Sáb Mar 09, 2013 4:06 am

Mi intención había sido la de apartarme de aquel último gesto por el que no había apartado demasiado rápido la mano que estaba en su carta, pero ella no pareció querer atender a que ya hubiera comenzado la acción de apartarme porque, cogiéndome por sorpresa, me agarró la mano e impidió que volviera a mi sitio. Me costó un momento reaccionar, sobre todo porque estaba asimilando que hubiera hecho algo que le pegaba tan poco pese a que ya estuviera mentalizado de que, con ella, no podía esperarme nada ya que tenía la costumbre de ir por libre y ser impredecible, pero en cuanto lo hice y asimilé su pregunta me la formulé a mí mismo, igual de deseoso que ella de saber mis motivos. ¿Por qué, Jack Thomas, has traído a tu aliada a un restaurante que pertenece a tu familia y donde seguramente contarán que has ido con ella? Podía decir muchas cosas (que no se me había ocurrido otro lugar que abriera hasta esas horas, que me gustaba la comida que ponían porque solía ser buena y al mismo tiempo británica hasta la saciedad, que nos pillaba cerca y por eso me había parecido un buen destino...), y todas ellas tendrían al menos un poco de verdad, pero sabía que, en realidad, si la había llevado a aquel restaurante había sido porque quería llevármela a cenar a un lugar en el que ningún león pudiera interrumpirnos o, lo que era lo mismo, quería tenerla durante un rato solamente para mí, pero eso no podía decírselo, en parte porque seguramente le parecería tan raro como a mí y en parte porque era italiana y todo lo que se acercara a esa clase de cosas tendía a repelerla, sobre todo viniendo de alguien a quien apenas conocía.

Por lo complicado que me resultaba darle una respuesta opté por callarme, y así estuve hasta que me tocó pedir, algo que hice sin siquiera mirar al menú porque lo sabía de memoria, a aquellas alturas de mi vida.
– Yo tomaré como entrante tostadas con queso fundido y, después, rosbif con patatas asadas y salsa de menta, gracias. El camarero, en cuanto anotó lo que habíamos pedido, se fue a la cocina a pasar la orden y que lo prepararan, y por fin volvimos a estar solos, aunque eso sólo significaba que la ronda de preguntas de Adriana volvería a comenzar... y lo hizo. Prácticamente no dejó tema, de todos los que me incumbían, sin tocar: primero mencionó a Emily, después se refirió a Mich y a su hermana y, por último, a mis padres. Sin embargo, cuando dijo que creía que Mich no la había llamado porque creía que ella y yo teníamos algo, su tono al hacerlo dejaba tan claro lo remota que estaba la oportunidad de que aquello sucediera que volví a apartarme de ella para volver a mi sitio, que era de donde no tenía que haberme movido. Haberla llevado allí me parecía cada vez peor idea, sobre todo teniendo en cuenta que parecía pensar en mí simplemente como alguien a quien se tiraba y que la ayudaba a librarse de sus problemas, y por un momento me planteé irme de allí y dejarla cenando, o algo... Pero, inmediatamente después, me reprendí a mí mismo por esos pensamientos tan impropios de mí y decidí que, ya que había preguntado, respondería, porque era lo mínimo que se esperaba de mí.

– Hace tiempo que no veo a Emily ni sé nada de ella, lo cual es un alivio tan grande que ni siquiera había tenido en cuenta tu ofrecimiento. Te daré un toque si veo que te necesito, pero creo que de momento no vas a tener que molestarte. – comenté, y en aquel momento partí un trozo de la tostada que había pedido y que nos habían traído cuando ella había terminado de preguntar para llevármelo a la boca y empezar, así, a cenar. No fue hasta ese momento que realmente fui consciente del hambre que tenía, pero mis modales estaban por encima de todo y ni siquiera en el desierto me había comportado como una bestia incivilizada, así que comí con calma, dándole vueltas a la siguiente pregunta, que era más delicada, sobre todo porque a mí no me parecía tan malo que me llegaran a relacionar con ella como, al parecer, sí que se lo parecía a ella. Estaba acostumbrado a que la gente prefiriera a Mich antes que a mí, era algo que siempre pasaba porque él era mucho más sociable que yo, pero por algún motivo que desconocía no me gustaba que ella también fuera de ese grupo, y tenía que luchar por conseguir permanecer tranquilo y que no hubiera mala leche en mi voz a la hora de responder.
– No sé por qué no te habrá llamado, la verdad, Mich es un hombre de palabra y si te dijo que lo haría lo hará, da igual lo demás. Supongo que habrá estado liado estos días ayudando en el restaurante y por eso no habrá sacado un rato, pero honestamente no tengo ni idea. – añadí, encogiéndome de hombros y bebiendo un trago de agua para ayudar a aligerar el nudo que tenía en la garganta, fruto precisamente de lo que me había costado empezar a decirle aquello.

Por suerte, de lo que me había preguntado (obviando lo primero de todo, claro estaba) aquello era lo más espinoso y había pasado airoso la prueba, así que podía volver a relajarme, no literalmente porque mi cuerpo había permanecido tan tranquilo como siempre, y pasar a lo siguiente: mis padres. Me resultaba raro que no hubiera oído hablar de mi familia viviendo en Londres, puesto que éramos famosos tanto por los trabajos de mis padres como por la fama de mi hermana, algo tremendamente deplorable, pero mentalmente alegué que era extranjera y que no se interesaba demasiado por cómo funcionaba la vida social de la ciudad para justificar su ignorancia, por lo demás extraña, ya que tenía una posición lo suficientemente alta para haber tratado con alguno de nosotros.
– Mi madre se dedica a la medicina. Está especializada en neurología, es probablemente la mejor de su campo a nivel mundial y siempre está viajando de hospital en hospital, dando conferencias. Mi padre, por su parte, es empresario; tiene un gran grupo de compañías que han ido creciendo desde su fundación, en la época de Margaret Thatcher, y ahora mismo está presente en prácticamente todo sector comercial que te puedas imaginar. También suele estar bastante ocupado y viaja mucho, así que apenas los veo. – repliqué, y entonces me terminé las tostadas.

No había podido evitar el tono de orgullo de mi voz al hablar de mis padres, ya que eran, junto a mi abuelo, a quienes consideraba mi modelo a seguir y eso era algo evidente para cualquiera que me conociera. Pese a que no pasaran mucho por Bristol, donde había nacido, o incluso por Londres, donde actualmente residía por cercanía a la base militar, siempre me aseguraba de mantener el contacto con ellos en la medida de lo posible, como era propio de un buen hijo, y yo lo era, no como mi hermana.
– Espero haber satisfecho tu curiosidad... Aunque me queda una de tus preguntas, casi lo olvido. Si te he traído aquí ha sido porque es el mejor lugar para tener una conversación sin que nadie ajeno a ella te escuche y, además, porque tenía hambre. Es tan sencillo como eso. – le dije, callándome el auténtico motivo para darle otros, secundarios, que no habían sido los motivadores definitivos de que nos encontráramos allí juntos, cenando. En aquel momento, pasó el camarero para recoger nuestros platos, que ya estaban vacíos, y para rellenarle la copa de prosecco a Adriana, que no había podido evitar pedir algo italiano en un restaurante tan británico como aquel... típico de ella, y tan propio de Adriana Paola Gregoletto como tener seguridad.
– Por cierto, ¿qué ha pasado con tus tres niñeras? No los he visto en Wolfsbane, sólo he reconocido al chico de la subasta de la otra vez, Ezio... ¿Es tu nuevo cuidador ahora? – inquirí, curioso, y con la mirada clavada en ella, como siempre solía hacer porque era una manía que tenía muy arraigada desde que era niño, pese a que mucha gente no mereciera que se le diera semejante deferencia.

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Re: South Of Heaven [Adriana P. Gregoletto]

Mensaje por Adriana P. Gregoletto el Jue Abr 04, 2013 10:59 pm

En aquel momento estaba más atenta a Jack y a las respuestas que esperaba que diera a mis preguntas que de la ensalada que tenía frente a mí porque eso de que yo no tuviera demasiada hambre era algo tan normal en mí que ni siquiera me sorprendía o me preocupaba y esperaba que él también obviara aquel hecho porque comía lentamente, sin ganas y me costaba lo mío... Así que bien podría pasarse hablando hasta el día del juicio que yo seguiría comiendo mi ensalada que, tras pinchar un poco y llevármela a la boca, estaba riquísima. Acompañé el bocado con un trago de prosecco para que pasara mejor y sonreí por el buen sabor y los recuerdos que me traía algo tan italiano como aquello... Y el sentimiento de añoranza hacia mi hogar crecía en mi interior con aquellos pequeños gestos, aquellas pequeñas cosas que me recordaban que seguía siendo poco más que una turista en una ciudad fría y gris en la que estaba condenada a vivir hasta que las cosas se normalizaran... O al menos eso era lo que yo quería pensar.

Por suerte para mi cordura y para evitar que no empezara a notarse en mi expresión lo que estaba pensando, Jack me sacó de mis pensamientos comenzando a responder a mis preguntas... Aunque de manera un tanto desordenada ya que comenzó por el tema de Emily, afirmando que hacía tiempo que no sabía nada de ella y diciéndome que me avisaría si me necesitaba “acabar con su problemilla” pero que de momento no iba a tener que molestarme. Me encogí de hombros, bastante contenta de repente por el hecho de que la pesada de la estúpida de Emily hubiera desaparecido del mapa y no lo molestara más aunque no pude evitar hacer una mueca porque estaba claro que me encantaría ocuparme de ella personalmente... Y no entendía aquel rencor que le tenía porque por muy repelente que fuera a mí no me había hecho nada después de todo. Sin embargo obvie aquello y continué comiendo sin prisa pero sin pausa mientras Jack hacía lo propio y parecía pensarse qué respondería a continuación. Finalmente se decidió por el tema de Mich, diciéndome que era un hombre de palabra y que si había dicho que me llamaría lo haría, que suponía que había estado liado en el restaurante pero que no sabía nada del tema ante lo que yo volví a asentir, bebiendo un poco más de prosecco a la vez que él se llevaba el vaso de agua a los labios y sonriendo por el hecho de que ambos incluso dejamos las copas en la mesa a la vez, como tuviéramos una extraña compenetración mental. Había preguntado por Mich porque el chico era muy mono y simpático y, además, era el mejor amigo de Jack así que supuse que sería un buen tema del que hablar pero por lo breve de su respuesta supuse que él no pensaba lo mismo así que lo dejé estar mientras esperaba la respuesta a la última de mis preguntas, la concerniente a su familia... Porque ya había perdido la esperanza de que me dijera por qué me había llevado allí. No tardó en desvelarme los trabajos de sus padres, su madre era una importante neuróloga, según él, la mejor en su campo y, por otro lado, su padre era un empresario bastante metido en el sector comercial y al parecer ambos pasaban la vida viajando de un lugar para otro y apenas los veía.

No pude evitar hacer una mueca mientras me terminaba mi ensalada (porque no me habían puesto demasiada, gracias a Dios), pensando en cómo sería crecer sin ver apenas a tus padres... Y de nuevo, volviendo a pensar en el mío propio, cuyo paradero desconocía desde hacía meses y a quien echaba muchísimo de menos cada día y además me negaba a pensar que podía haberle pasado algo malo. Sin embargo, Jack hablaba de ellos con orgullo y parecía feliz y contento con tener unos padres como los suyos por lo que no hice ningún comentario al respecto porque yo no era quien para juzgar a nadie ni opinar sobre sus vidas y mucho menos tratándose de un aliado como Jack. Aún así mientras yo intentaba no dejarme demasiado en el plato Jack me sorprendió hablando de nuevo... Y respondiendo a la pregunta que más me interesaba de las que le había hecho, el por qué me había llevado allí. Dijo que simplemente lo había hecho porque era el mejor lugar para hablar sin que nadie ajeno pudiera molestarte y porque tenía hambre... Y entonces alcé una ceja porque aquello no terminaba de encajarme del todo. ¿Si eso era así por qué no me había llevado allí la noche de la subasta? ¿O cualquier otra noche? Su argumento cojeaba un poco y mientras yo le daba vueltas a eso en mi cabeza, hacía lo mismo en mi plato con un par de trozos de lechuga que me había dejado.

En ese momento, apareció el camarero para retirar nuestros platos y rellenar mi copa de prosecco ante lo que murmuré un “Grazie” y sonreí antes de que se marchara tan rápido como había venido, dejándonos de nuevo a Jack y a mí en silencio, un silencio que no duró demasiado porque esta vez era el turno de preguntar de Jack, que se interesó por el paradero de mis “tres niñeras” y por si Ezio era mi nuevo “cuidador”, logrando que con esa última palabra alzara una ceja porque me hacía parecer una cría pequeña que necesitara que alguien estuviera pendiente de ella a todas horas... Y no podría haber nada más alejado de la realidad. - Yo no necesito que nadie me cuide, Thomas. Creo que ya ha quedado claro que sé cuidarme sola, ¿no? - sonreí y me encogí de hombros, llevándome la copa a los labios y mordisqueando el cristal. - Y si no, ya te tengo a ti. - bebí un poco de prosecco y dejé la copa en la mesa, mirando para ver si venía el camarero pero como aún no había ni rastro de él decidí responder a su pregunta. - Ezio solo está de paso, es uno de nuestros mejores hombres en Italia y además es el “sobrino” de Giovanni, una de mis niñeras, esas a las que tanto echas en falta. Y por cierto, están muy bien, hoy les tocaba ocuparse de algunos ajustes de cuentas y, bueno de vigilar a Carlo aunque en Wolfsbane le tocaba hacerlo a Ezio pero seguro que ha visto a alguna chica mona y se ha liado... Típico.

Sonreí divertida y justo en cuanto me callé el camarero apareció con nuestros platos, los sirvió con una eficiencia envidiable y por si acaso volvió a rellenarme la copa... ¿Es que acaso quería emborracharme? Oh, quizá ese era el plan maligno de Jack, no pude evitar sonreír algo más por pensar aquello ya que no había nada que le pegara menos a mi querido aliado que aquello. Él parecía mirarme extrañado, sin entender el por qué de aquella sonrisa. - El camarero no deja de llenarme la copa y he pensado que quizá quieres emborracharme... Como si te hiciera falta o algo. - sonreí de nuevo, divertida y bebí un poco más antes de centrarme en mi plato, que parecía delicioso. - Ah, y en cuanto al tema se tus padres, quizá te sorprenda que no sepa nada de ellos siendo quien soy, quiero decir, lo más probable es que pensaras que los había investigado o algo pero prefiero que me hables tú de ellos... No sé, no me gusta investigar a mis aliados, ¿qué clase de confianza en ellos voy a tener si me pongo a investigarlos a la mínima? – me encogí de hombros y me llevé un poco de salmón a la boca, estaba delicioso. Continué comiendo en silencio durante un poco más, bebiendo de vez en cuando de aquella copa sin fondo que parecía tener, notando como el alcohol finalmente empezaba a subirseme un poco a la cabeza... Y no se me ocurría una situación peor que aquella porque, después de todo, me lo estaba pasando bastante bien pese a que aquel no hubiera sido el plan que tenía en la cabeza para hacer con él... Y no quería estropearlo emborrachándome por lo que dejé de beber y me limité a comer sin prisas, observando a Jack y maravillandome con su calma y su saber estar. Nunca había conocido a un hombre como él... Al menos no de mi edad y es que, en cierto modo, me recordaba a mi padre. Y no podía ocurrírseme un halago mejor que aquel para nadie.

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Re: South Of Heaven [Adriana P. Gregoletto]

Mensaje por Jack Thomas el Lun Abr 08, 2013 5:18 am

Por algún motivo que desconozco, que me aclarara que Ezio no era su niñera sino el “sobrino” de Giovanni me tranquilizó, lo cual era aún más extraño porque hasta ese momento ni siquiera había sido totalmente consciente de que quería saber la respuesta a mi suposición, como si fuera importante o algo. Sin embargo, a juzgar por sus palabras lo tenía en muy buena estima, y pese a que eso racionalmente pudiera significar que el hecho de que se hubiera liado con mi hermana (porque no era tonto y la conocía lo suficiente para saber que ella y un italiano sólo podían acabar de una manera) no era tan malo, seguía sin gustarme nada su tono, no tanto por mi hermana, puesto que ya me había rendido del todo con ella, sino más bien por ella. Seguramente se habrían liado, conociéndola a ella e imaginándome cómo era él a juzgar por sus palabras la posibilidad estaba ahí, y me molestó tanto que ni siquiera escuché la parte de Carlo... al menos no en un primer momento, porque cuando lo hice y recordé a ese estúpido italiano que se pensaba que era mejor que yo solamente por el hecho de que tuviera el apodo de un animal. ¿Y qué? ¿Se pensaba que me daba envidia que no me compararan con una bestia que era muchísimo más inteligente? Porque lo de Leone era un apodo sumamente generoso teniendo en cuenta lo que había visto de él, y si ya estaba volviendo a ponerme de mal humor después de que se me hubiera pasado era muy mala señal, que por suerte se solucionó cuando la escuché hablar de nuevo.

Tampoco sabía por qué, pero el tono de voz de Adriana, o quizá era su acento (que en condiciones normales me parecería una afrenta directa a mi lengua), conseguían que me olvidara momentáneamente de lo que estaba pensando para hacerle caso y enterarme de sus palabras, que después de aclararme lo de Ezio consistieron en dejarme caer una indirecta que lo tenía todo de directa y no tenía nada de sutil y, después, en querer saber más cosas de mis padres, dos cosas que yo jamás mezclaría en dos frases separadas por apenas unos segundos. Precisamente por eso, me costó un poco cambiar el chip e ignorar la parte en la que ella me quería llevar a la cama y yo no quería que lo hiciera, más que nada porque Dios sabía que sí quería y las heridas de mi espalda, esas que me mantenían cuerdo y evitaban que hiciera algo de lo que acabaría arrepintiéndome, eran lo único que me apartaba la mente de aquellos pensamientos impuros.
– No soy partidario del alcohol en ninguna de sus formas, aunque reconozco el esfuerzo de los viticultores a la hora de fabricar lo que tienes en tu copa y estás bebiendo. No recurriría a esfuerzos tan burdos a la hora de conseguirte, Paola, pero entre nosotros, no creo que lo necesite, ¿no? – comenté, medio sonriendo y bebiendo un sorbo de mi copa de agua, tan diferente a la suya llena de prosecco.

Mis padres, los dos, bebían alcohol, aunque en cantidades bastante moderadas. Mi hermana, caso aparte donde los hubiera, se emborrachaba bastante a menudo, por lo que sabía. Mi tío Sam era como mi hermana, sólo que aún no había tenido (sorprendentemente y que yo supiera) ningún resacón de esos en los que no recuerdas absolutamente nada de lo que has hecho la noche anterior. El resto de mi familia tampoco se privaba del alcohol en sus diferentes variedades, e incluso mi abuelo disfrutaba de su copa de cognac al lado de la chimenea, con sus cigarros, y pese a que yo consideraba esa costumbre deplorable nunca había sido capaz de quitársela de la cabeza. Solamente había probado el alcohol una vez, que había sido cuando me había emborrachado y decidí dejarlo, cosa que había mantenido hasta el momento y que no pensaba dejar de cumplir a rajatabla. No era únicamente porque ser un soldado fuera algo que requiriera que mi cuerpo estuviera en perfecto estado y no con el hígado tocado por un mal vicio, también era una cuestión ideológica. Me gustaba estar en plenas facultades para tomar siempre decisiones lo más correctas posibles, y desde ese punto de vista era absolutamente ilógico defender una sustancia que anulaba el juicio y emborronaba la mente. No solía arrepentirme de lo que hacía, y cuando llegaba el momento en el que quería hacerlo, no lo olvidaba, sino que pagaba por mis acciones erróneas el precio que Él decidía que era correcto, así que por todos esos motivos fundaba mi elección, que a todo aquel que no me conocía le llamaba la atención, porque no era normal que un joven de mi edad hubiera renunciado a semejantes vicios, y precisamente esa anormalidad denotaba lo mal que estaba la sociedad y justificaba que me repugnara.

– Si tengo que serte sincero, me extraña que no sepas nada de ellos, no porque no los hayas investigado, sino porque son bastante famosos aquí y muchas veces sólo hace falta leer los periódicos para enterarte un poco de lo que hacen. Mi hermana y yo llevamos desde que éramos pequeños siendo reconocidos por ser de la familia Thomas, y uno de los halagos que más frecuentemente nos decían era que nos parecíamos a nuestros padres... Aunque, claro, mi hermana ha salido físicamente a mi padre y yo a mi madre, y por eso no nos parecemos tanto como cabría esperar. Pero no sé, yo por ejemplo sabía cosas de tu padre, no sólo la basura que cuentan los periódicos y de la que me fío lo justo porque creo que esconde mucho más de lo que se pueda estar orgulloso que de lo deplorable, así que verdaderamente me sorprende. – repliqué, encogiéndome de hombros y mirándola con curiosidad. A ella le parecía interesar el tema de mis padres, del que yo podía pasarme hablando horas y horas, pero la curiosidad era totalmente recíproca, puesto que a mí me interesaba el suyo porque la figura de don Gregoletto escondía tantas cosas contradictorias que me gustaría saber qué era verdad y qué no lo era. En cualquier caso, era bastante más complicado que ella hablara sobre su familia que el hecho de que yo lo hiciera sobre la mía, así que opté por continuar por ahí por el bien de la conversación y para evitarnos silencios incómodos, aunque con ella, parlanchina como la que más, era realmente complicado caer en uno de esos mutismos.

– Agradezco que no me hayas investigado. – sonreí, y alcé la copa de agua para hacer una especie de brindis que iba en contra de todas las reglas de la mesa, puesto que esos gestos se solían (y debían) hacer con algo de vino, y no precisamente con agua. Bueno, en mi caso se había dado la excepción. Tras beber un sorbo, apenas, dejé la copa de nuevo en la mesa y acaricié la base con los dedos, con la vista clavada en ella de nuevo, ya que por algún motivo que desconocía ella alimentaba aún más mi costumbre de mirar a los ojos a mis interlocutores.
– No tengo mucha más familia, aparte de mis padres. Mi madre es hija única, así que yo soy el heredero de mi abuelo, y mi padre tiene dos hermanos que también se dedican a los negocios y a los que apenas veo. Uno de ellos, Sam, está más o menos afincado en Estados Unidos, pero respecto a mi otro tío tan pronto está en Shangai como en Guatemala, así que no sabría decirte mucho más. Mi primo por esa rama está en un grupo. – hice una mueca bastante visible, mezcla de asco y desprecio no tanto por él sino por lo que tocaba, música infernal, y entonces volví a enderezar el gesto. – Y a mi hermana y a mí ya nos conoces. No hay mucho que investigar, sólo encontrarías cosas de los negocios de mi padre, que están totalmente limpios, y alguna investigación de mi madre, nada más. Hace bastante que no los veo, no sé en qué estarán trabajando ahora mismo... – finalicé, pensativo, para, después, pinchar un trozo de mi comida y llevármelo a la boca.

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Re: South Of Heaven [Adriana P. Gregoletto]

Mensaje por Adriana P. Gregoletto el Dom Abr 14, 2013 10:25 pm

No tardé demasiado en comenzar a jugar con los pequeños trozos de salmón ya cortados en mi plato, sin hambre y sin ganas de seguir allí por lo buena que fuera la conversación y pese al frío que pudiera hacer fuera. Simplemente me apetecía ir con él a cualquier otro sitio, poder dejar los buenos modales y besarlo como si no hubiera mañana... Sí, eso era lo que más me apetecía en aquel momento, desnudarlo y comérmelo a él, no el salmón que empezaba a enfriarse en mi plato, pero estaba claro que él no tenía la misma idea por lo que suspiré, intentando ignorar su respuesta a mi provocación de antes porque no me apetecía montar un numerito allí en medio subiéndome a la mesa para llegar a él y... Por Dios, si no dejaba de fantasear con aquello iba a acabar muy mal así que me centré en lo primero que dijo, eso del alcohol... Aunque yo ya lo sabía. Ni siquiera lo había estudiado y en cierto modo me sentía como si supiera más cosas de él que de mucha gente a la que sí que había investigado a fondo, era extraño, muy extraño... Para sacarme de mi mundo no tardó en volver a hablar con orgullo de sus padres, extrañado de que yo no supiera nada de ellos ya que al parecer eran bastante famosos... Y él sí que sabía cosas de mi padre. Cuando salió en la conversación lo miré a los ojos, intenté no mostrar absolutamente nada con mi mirada, que no notara que no era el mejor tema del mundo, que no quería hablar de mi padre, pensar en él o dónde podría estar... Porque temía que no me gustara la respuesta. No sé si lo hizo porque lo de disimular se me daba de pena cuando se trataba de ciertos temas o porque realmente tenía ganas de seguir hablando pero me agradeció que no lo hubiera investigado, brindando con su vaso de agua, haciéndome fruncir el ceño mientras yo alzaba mi copa y bebía un poco. Sabía que él no tomaba alcohol, que lo detestaba pero de ahí a brindar con agua... Yo preferiría mil veces beber un poco de alcohol a tener mala suerte, eso seguro. Suficiente tenía ya con lo mío. Antes de poder preguntarle por qué no bebía ni un solo sorbo pequeño de alcohol él se me adelantó y me habló de su familia, explicándome por qué era el heredero de su abuelo, que por parte de padre tenía dos tíos, uno que vivía en Estados Unidos y otro que vivía un poco por todo el mundo, el padre de Michael... O Moose como todos lo llamaban, el batería de aquel grupo que tanto me gustaba y que a él no parecía hacerle ni pizca de gracia.

Terminó diciendo que hacía mucho que no veía a sus padres y que no sabía en qué estarían trabajando y mientras él se quedaba en silencio, pensativo, yo me mordí el labio inferior. - Bueno, al menos en eso estamos empatados... No sé nada de mi padre desde hace... No sé, ¿un año? Tú al menos puedes saber que estarán bien y que no les va a pasar nada grave sin que te enteres... Yo no tengo esa suerte. - me encogí de hombros y continué jugando con mi comida, bajando la mirada y bebiendo un poco más de prosecco. No me apetecía hablar de aquello pero él me había hablado bastante de su familia y en cierto modo se lo debía... o algo así. - Supongo que no sabrás mucho más que lo que dicen los periódicos, ¿no? Básicamente mi padre está buscado por la policía italiana, la internacional y... Bueno, no sé, todos quieren su cabeza. Y por si no fuera poco el resto de las mafias de Italia intentan quedarse con nuestros territorios, hay cada vez más pequeñas guerras en todas las ciudades que controlamos y los rumores de que mi padre está muerto se difunden como la pólvora y no hacen más que avivar las llamas... - negué con la cabeza, intentando no mostrar la molestia, el enfado y la impotencia que me hacía sentir todo aquello. No le contaría algo así si no fuera porque Jack era un aliado porque si no... En fin, aquello no era algo que pudiera ir contando alegremente por ahí al primero que pasara... Pero Jack no era el primero que había pasado por la calle, me había ayudado mucho y se lo debía. Además, necesitaba contárselo a alguien, necesitaba desahogarme en cierto modo... -Y yo estoy aquí, obligada y sin poder hacer nada por defender lo que es nuestro. No sabes lo inútil que me siento cuando me llaman los chicos de Italia y me ponen al día... Y eso por no hablar de mi hermano, Italia le da igual, tiene su mafia montada en Estados Unidos y el resto no importa. Quiere controlar Estados Unidos y el Reino Unido... No quiere saber nada de Italia y por eso deja que arda. De no ser por nuestra gente no nos quedaría nada allí...

Me terminé la copa de prosecco de un trago y en seguida volví a tenerla llena como si no hubiera bebido en toda la noche así que volví a darle un trago, dejándola a la mitad, notando como la cabeza empezaba a darme vueltas y mis pensamientos iban tan pronto de mi familia a Jack y de Jack a Carlo, de Londres a Roma y de Roma a Nueva York. Dejé la copa en la mesa y traté de respirar profundamente para que todo dejara de dar vueltas, que el mundo, mi cabeza y mis pensamientos se quedaran quietos durante un segundo, que las ganas de gritar, de besarlo y de llorar desaparecieran y lo conseguí... Al menos en parte. - ¿Por qué has brindado con agua? Trae mala suerte. Y no sé tú, pero yo ya tengo suficiente como para ir buscando más... Y ya, sé que no bebes alcohol pero un trago de prosecco no te va a matar, ¿sabes? – de nuevo, volví a terminarme mi copa mientras evitaba sus ojos, probablemente, juzgándome. No tenía más hambre y no me entraba nada más que no fuera aquello por culpa del nudo que tenía en el estómago así que dejé de jugar con la comida de mi plato para pasar a hacerlo con mi copa que, como por arte de magia volvía a estar llena. Continué bebiendo en silencio hasta que de su plato no quedaba mucho más que un par de trozos de carne y un poco de guarnición. - ¿Podemos irnos? Necesito tomar un poco de aire, estoy algo mareada... – Para que mis palabras surtieran más efecto, o simplemente porque ya estaba algo borracha, acaricié su pierna bajo la mesa con mi pie desnudo, intentando provocar en él cualquier tipo de reacción, no sé, quizá que quisiera tanto como yo acabar en una cama (o donde fuera) conmigo... Porque no había nada que me apeteciera más que eso, bueno, quizá beber... Pero eso ya lo estaba haciendo en aquel momento así que lo de besarlo y dejarme llevar con él estaba en lo alto de mi lista de cosas que quería hacer nada más salir de allí... Pero, de nuevo, podía ser el alcohol quien hablaba y pensaba... O no. Porque que Jack me gustaba no era un secreto para nadie... Excepto para mí.

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Re: South Of Heaven [Adriana P. Gregoletto]

Mensaje por Jack Thomas el Mar Abr 16, 2013 8:07 am

Aunque lo fuera, no era necesario ser demasiado observador para darse cuenta de que ella había llegado a un punto, entre el prosecco que no dejaban de servirle y los trozos de salmón que bailaban en su plato, en el que lo que quería era irse lejos de allí, y sin embargo yo, pese a considerarme educado como un caballero inglés, no quería darle su capricho. Sabía lo que irnos de allí significaba, y probablemente lo que ella terminaría haciendo (y arrastrándome a hacer) en cuanto tuviéramos un poco de intimidad, y no estaba dispuesto a volver a caer en el pecado ni, tampoco, a enseñarle lo que había hecho para purgarme de la última vez que nos habíamos visto, así que quería evitarlo... y la mejor excusa que se me ocurría para ello era mantener viva la conversación. No era totalmente una excusa porque lo que estábamos hablando me interesaba, tanto por tratarse de mi familia como lo que podía escuchar de la suya, poco pero lo suficiente para hacerme una idea de lo que teníamos en común, que era más de lo que parecía a primera vista. Eso, en contra de lo bueno que podía parecer, era un arma de doble filo, ya que podía contribuir como, de hecho, lo estaba haciendo, a aumentar mi interés en ella y a que me fuera cada vez más difícil resistirme, sobre todo si Paola no dejaba de hacer piecitos por debajo de la mesa y yo, sobrio como estaba, lo notaba quizá mejor que ella. Al menos se me notaba más, y eso era algo que no me gustaba en absoluto, no allí al menos.

– Corrígeme si me equivoco, Paola, pero ¿no crees que si tu padre, alguien tan buscado como dices y sé que lo está, hubiera sido capturado, le habrían dado algo de bombo a la noticia? Los medios sensacionalistas se ceban con noticias como esas: criminales capturados, peligros públicos finalmente asesinados, terroristas eliminados... También tienen la costumbre de convertir en villanos a quienes no lo son tanto y de ignorar los peligros reales contra los que otros tenemos que luchar, pero no me quiero alejar demasiado de lo que quiero decir: si lo hubieran pillado, es un pez tan gordo que lo habrían aireado aunque sólo fuera para alabar la tarea del cuerpo responsable, así que creo que deberías tener fe en él. – razoné, y volví a dar un trago a mi copa, como si aquel breve discurso fuera suficiente para dejarme seco, que no era el caso porque estaba acostumbrado a dar arengas mayores cuando estaba en el frente y me pedían que explicara el porqué de mis decisiones, igual que si fuera un niño haciendo cosas de adulto. Lo mejor de aquellos casos era la cara de estupidez que se les quedaba cuando veían que tenía razón y, sobre todo, cuando se tragaban el pecado capital que era el orgullo para disculparse (sin hacerlo en realidad) y admitir que tenía razón, como yo había sabido desde el principio. Con ella no era el caso, pero aplicando la lógica mi argumento era más que factible, así que era preferible pensar eso a no tener ninguna certidumbre de si estaba vivo o no alguien tan importante como lo era un padre.

– He brindado con agua porque no quiero hacerlo con alcohol. Creo sinceramente que si Él quiere que las cosas no me vayan bien se encargará de que así sea, y que yo haga esto no modificará Su juicio de manera sustancial. – respondí, medio sonriendo sin poder evitarlo, porque hasta en eso me había demostrado que era italiana hasta el tuétano... Si había pueblo, de entre los mediterráneos, que fuera más supersticioso que ellos que viniera alguien y me lo enseñara, porque de los que había conocido de esa desafortunada zona del continente (por su cercanía a los infieles, más que nada) ellos se llevaban la palma, expresión sumamente acertada para referirme a ellos, los de las coronas de laurel. Yo, por mi parte, era creyente, sí, pero lo mío no era tanto superstición como fe, algo sumamente distinto a lo que ella había demostrado, así que no me importaba no romper mis principios por eso... o, al menos, no solía.
– Por supuesto, Paola, podemos irnos si te encuentras mal. El aire fresco te sentará bien, mejor que estar aquí comiendo sin necesidad. Sólo dame un segundo. – repliqué, inclinando la cabeza para dar muestra aún mayor de mi aceptación y, después, haciéndole un gesto al camarero para que se nos acercara, ya que al parecer no tenía pensado hacerlo si no era para rellenar la copa de Paola, algo que me ponía de mal humor, inexplicablemente.

En cuanto se acercó, le dije que anotara la cuenta a mi nombre de lo que habíamos cenado y que, en cuanto nos fuéramos, limpiaran la mesa. Me preguntó si quería que le dejara a la señorita (palabras textuales) la botella de prosecco, pero decidí que si ya estaba borracha (o casi) a aquellas alturas no sería muy buena idea echar más leña al fuego y conseguir que no se acordara de nada, por lo que denegué su propuesta. Finalmente se marchó, y pude levantarme de la silla para, rápidamente, dirigirme hacia la de ella y ayudarla a levantarse. El problema de la gente que solía vivir conmigo, sobre todo las mujeres, era que no entendían aquel gesto como algo de cortesía sino como una manera de comportarme como si ellas estuvieran indefensas y no pudieran hacer nada, nada más lejos de la realidad, así que el hecho de que ella comprendiera que los gestos como aquellos me salían solos y simplemente eran cosa de saber comportarme resultaba todo un alivio. No sé si fue por eso o porque ya tenía el alcohol demasiado subido, seguramente sería eso, pero incluso me dejó ayudarla a levantarse y conducirla aún bajo mi firme agarre hacia la salida del restaurante para, así, poder cumplir con su deseo de respirar aire fresco. Sin embargo, ni por esas me separé, puesto que no me fiaba de lo que el alcohol pudiera haberle hecho a su equilibrio y prefería prevenir que curar, así que continué sosteniéndola, bastante cerca pero intentando respetar su espacio, más que nada para que no intentara liarme como las últimas veces, que lo había conseguido.
– ¿Quieres que te lleve a casa? – propuse, igual de correcto que antes y sin la menor intención de quedarme, llegado el caso, porque mi deber tenía que ser más importante que mis deseos, y por mucho que no dejara de desearla desde que la había conocido sabía que no debía seguir por ahí o, de lo contrario, terminaría mal...

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Re: South Of Heaven [Adriana P. Gregoletto]

Mensaje por Adriana P. Gregoletto el Miér Abr 17, 2013 10:53 pm

Había llegado a un punto de la cena en el cual estaba tan enajenada por culpa del alcohol, del sitio y de la situación que no pensaba con demasiada claridad... Como si alguna vez lo hubiera hecho o algo. Me pareció realmente amable por su padre el hecho de decirme aquellas cosas sobre mi padre, como si quisiera que mantuviera la esperanza de que seguía vivo, como realmente quería pensar, y como si yo nunca hubiera pensado en todo lo que él me había dicho, cosa que por supuesto había hecho pero aún así me pareció muy tierno que quisiera que dejara de estar tan... No sé, ¿mal? Por todo el tema de mi padre ya que con solo pensar en ello estaba segura que debía cambiarme la cara por lo echaba muchísimo de menos... Aunque no más que a mi madre. Por suerte lo tenía a él ahí para seguir hablándome y entreteniéndome, no dejando que el alcohol me llevara a partes de mi memoria que prefería olvidar y haciendo que me centrara en él automáticamente, algo muchísimo más agradable de ver y de... todo, la verdad. Cuando hablaba, me quedaba embobada mirándolo, por su tono tranquilo, su voz grave y sexy y por cómo me miraba a los ojos con esa intensidad que me hacía querer dejarlo todo y lanzarme a su cuello en cuanto pudiera. Mi embobamiento mirándolo era tal que incluso tardé en reaccionar cuando aceptó mi propuesta de salir de allí y cuando lo hice el camarero ya estaba en nuestra mesa y Jack le daba indicaciones para que apuntara la cena en su cuenta y además se negó a que el camarero me diera la botella de prosecco ante lo que puse morritos, porque ahora me apetecía beber más. Apuré mi copa y en cuento el camarero se marchó, Jack se levantó y, caballero como él solo, me ayudó a levantarse, cosa que le agradecí con un simple “Grazie” ya que si no me hubiera ayudado me habría costado bastante en mi estado... Aunque de nuevo volvió a recordarme a mi padre con aquel gesto, cosas que pasaban.

Jack me acompañó hacia la salida del restaurante, aún cogiéndome y dejando que yo misma me apoyara en él para caminar sin matarme y una vez fuera, sin separarse demasiado de mí, me preguntó si me llevaba a casa. Decir que mi ceño fruncido pudo verse desde el interior del restaurante sería quedarse cortos pero me limité a negar con la cabeza, convencida. - No, quiero que te quedes. - dije, como si fuera algo obvio. Quizá (bueno, seguro) era el alcohol el que hablaba por mí ya que yo jamás le habría dicho algo así estando sobria, ni en un millón de años, vaya. Pero allí estaba yo, diciéndole con toda la felicidad del mundo que quería que se quedara en mi casa y, obviamente, cualquier cosa que surgiera de la que no me arrepentiría a la mañana siguiente porque aún antes del prosecco me moría de ganas por aquello. Así, para reforzar mis palabras, me puse de puntillas y cogí su cara con las manos, besándolo con ganas, jugando un poco con su lengua y mordisqueando sus labios al separarme. Como no aceptaría un no por respuesta me separé de él y desafiando a las leyes del equilibrio y la gravedad empecé a caminar yo sola camino a casa, esperando que me siguiera, como hizo, para llegar a mi casa. No estábamos demasiado cerca de mi casa por lo que caminamos durante un buen rato en silencio e incluso Jack tuvo que terminar guiándome él mismo y ayudándome a no caerme porque estaba un poco desorientada y mi equilibrio era cada vez peor cuanto más andaba así que finalmente me agarré a su cintura con un brazo, apoyándome en él y dejando que me guiara ya que, después de todo, aquella era su ciudad y la conocía mucho mejor que yo y como él ya sabía donde vivía podríamos llegar sin problemas... Y eso hicimos. En cuanto llegamos, en lo que a mí me había parecido una eternidad, nos paramos ante el portal y yo me quedé mirándolo, mordiéndome el labio inferior. - ¿Vas a subir, entonces? Hoy es la noche libre de los chicos así que solo estaremos tú y yo...

Tuve que usar mis mejores armas porque algo me decía que él no quería quedarse y le puse cara de gatito abandonado pero ni siquiera aquello surtió efecto por lo que me vi obligada a insistir... Con lo que odiaba aquello. - Venga, Jack, soldadito... Prego... – y tras insistirle, que él siguiera sin contestar, me molestó. Y no solo eso sino que en seguida me puse a pensar en mil cosas que podrían ser causantes de que él no quisiera subir. ¿Y si ya se había cansado de mí? No, no podía ser porque en Wolfsbane habíamos estado bastante... Ardientes. Entonces, ¿y si no quería sexo conmigo y solo me veía como a una amiga? Si así fuera no me devolvería los besos ni parecería tan dispuesto a todo otras veces... Al final llegué a la conclusión de que aquello solo podía significar que había otra y que prefería irse con ella, a tirársela y hacer cualquier cosas con ella antes que conmigo por lo que no pude evitar ponerme echa una furia, aún más por el alcohol que llevaba en mi cuerpo. - Oye, que si tienes algún plan mejor solo tienes que decirlo, ¿eh? Que no me voy a poner celosa ni nada, ¡Já!, más te gustaría a ti eso... Pero si tantas ganas tienes de irte por ahí con otra, largo. Que tengo sueño. O no. O lo que sea. – me giré toda digna, picada, molesta y borracha y me puse a buscar las llaves de casa en el bolso, que tardaron milenios en aparecer y, a continuación, intenté abrir la puerta, cosa que me llevó aún más tiempo, creando así una imagen bastante patética para cualquier persona que me viera desde fuera, como Jack en aquel caso, lo que solo servía para enfadarme más e intentar con más ganas y fuerza abrir la puerta aunque de seguir así terminaría rompiéndola... Y no era plan, la verdad. Pero, ¿qué podía hacer yo? El idiota que no quería subir conmigo era él y además estaba borracha. Que se largara y que no mirara que ya conseguiría subir yo a casa un año de aquellos... Y si no, ¡pues me iba de fiesta, a aprovechar el vestido, que para algo me lo había puesto!

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Re: South Of Heaven [Adriana P. Gregoletto]

Mensaje por Jack Thomas el Dom Abr 21, 2013 2:17 am

Paola estaba tan borracha que daba igual cuánto quisiera su orgullo italiano imponerse y rechazar mi ayuda porque pensaba que lo hacía por algún motivo que no le gustaba, necesitaba que la acompañara a cualquier sitio al que fuera porque, de lo contrario, se daría de bruces contra el suelo y haría una escena bastante patética, algo que ni le pegaba ni, tampoco, deseaba, al menos eso creía a juzgar por lo que la conocía. Además de todos los motivos ideológicos que tenía, llegar a un estado de embriaguez tan flagrante como el que ella había alcanzado y, sobre todo, perder el control de mí mismo era algo contra lo que me rebelaba desde lo más profundo de mi ser, y por eso rechazaba con tanta vehemencia el alcohol, entre otras cosas. Sin embargo, sabía perfectamente que en momentos como aquel era mi deber, ya no solamente como caballero británico sino, además, como hombre y como persona, ayudarla, puesto que ¿dónde me dejaría no hacerlo? Seguramente no lejos de los infieles que tanto merecían la muerte, y por eso mismo estaba dispuesto a luchar contra ella todo lo que hiciera falta, a hacer acopio de los argumentos que necesitara para convencerse de que tenía que ir a casa por si no quería hacerlo, cualquier cosa... cualquier cosa, excepto, lo que escuché. Yo me había esperado que se negara y que me dijera que quería irse de fiesta, y ya tenía el discurso de “tienes que ir a descansar y no puedes beber más” ensayado en mi cabeza, pero no me esperaba para nada que quisiera que yo subiera a su casa con ella... o, al menos, si me lo esperaba había querido que ella no lo dijera.

Ir a su casa, besarla como lo estaba haciendo en aquel momento, mirarla incluso con aquel traje tan sumamente sensual que llevaba: todo eso eran motivos de peso para abandonarme con ella y hacerla mía, aunque fuera por una noche, pero no podía, ya que no quería que viera las heridas de mi espalda y, además, tampoco podía permitirme acostarme con ella... No otra vez. Eso no entraba en conflicto con comportarme de manera educada con ella, como si fuera una persona que merecía mi respeto (porque lo era), y por eso había estado haciéndolo hasta aquel momento, aunque ella me lo ponía sumamente complicado, y más cuando me obligaba a seguirla y a sostenerla para que no cayera al suelo, con lo que nuestra cercanía aumentaba aún más, si cabía. En cualquier caso, en cuanto llegué a su casa ella volvió a retomar sus argumentos pese a mi oposición, y se puso sumamente convincente aunque no llegara a hacerlo físicamente, ya que entre su tono y su cara de me estaba haciendo más que complicado negarme... y, al final, no pude hacerlo. Con cierta amargura, mi situación me recordaba a la de un alcohólico en rehabilitación entrando en un bar y prometiéndose que no bebería una copa, sólo que yo esperaba tener la fuerza de voluntad necesaria para no probar mi tentación particular, que era ella, por mucho que estuviéramos solos en su casa. Bien sabía Dios que lo esperaba...

– Anda, déjame ayudarte. – dije, resignado, y me acerqué a ella, que tenía las de perder en una apasionante batalla en la que se estaba disputando el destino de la humanidad... contra una puerta. Su borrachera era tal que era incapaz de abrirla, así que aproveché el manojo de llaves que, como San Pedro, llevaba en la mano para abrir la puerta y dejársela abierta para que pasara, antes que yo. De nuevo, el subconsciente de caballerosidad volvía a fallarme, aunque no me molestaba tanto como el hecho de que ella, con la escasa luz del portal, me parecía aún más atractiva que antes porque le daba un misterio que me moría por resolver, aunque lo hubiera hecho ya. Por un momento estuve tentado de dejar que ella cogiera el ascensor y yo, por el contrario, me valiera de las escaleras para subir, pero estaba tan borracha que la veía sumamente capaz de liarla parda aunque se encontrara sola en el habitáculo del ascensor, así que preferí arriesgarme a lo que sabía que sucedería ahí dentro y entrar con ella... con lo que mis temores, que en realidad no eran tales, se hicieron realidad en cuanto se cerraron las puertas y ella se me lanzó. En mi defensa cabe decir que rechazar a una dama es poco caballeroso, que tampoco tenía ganas de hacerlo y que, además, con sus besos el trayecto se me hizo bastante más corto, pero también me hizo más complicado que antes separarme de ella, lo que debía hacer y que terminé haciendo en cuanto llegamos a nuestro destino.

Agradecí el aire fresco del pasillo donde estaba la puerta de su piso porque me permitió volver a centrarme en no besarla para no caer en la tentación, y por eso me limité a sostenerla por la cintura y ayudarla a dirigirse hacia la puerta por la que una vez, hacía no tanto tiempo, había entrado con ella enganchada a mí, besándome como si no existiera el mañana que sí había existido. Precisamente por eso, porque existían consecuencias para cada uno de mis actos, tenía que evitar caer en su red, y lo hice respetablemente mientras la acompañé hasta la puerta, pero una vez allí sólo pude introducir la llave en la cerradura antes de que ella me cogiera por banda y yo no me negara... No podía, no cuando aún tenía en el cuerpo los restos de su anterior beso en el ascensor y cuando ella parecía encajar tan bien conmigo. Así, dejamos las llaves colgando en la cerradura y rodeé su cintura con los brazos para acercarla más a mí mientras la besaba con muchísimas ganas, más o menos las que llevaba toda la noche acumulando. El beso fue increíble, tanto que perdí la conciencia de lo que pasaba a nuestro alrededor, y por eso mismo no escuché el momento en el que se abrió la puerta de la casa y sólo pude verlo cuando me separé de ella para respirar y vi a alguien que tenía que ser mafioso en el umbral, observándonos. Sería algo mayor que yo, y sólo el tono de su voz al decir no sé qué cosa me dejó claro que era italiano, puesto que tanto su pelo rojo como sus ojos azules parecían indicar que era de mi mismo país. Sin poder evitarlo, me separé de ella y me puse firme, como si me hubieran pillado en falta, algo que ni siquiera estaba tan lejos de la realidad.
– Buona notte. Estaba acompañando a Paola... – saludé, excusándome torpemente porque, en aquel momento, mi incomodidad me impedía ser tan fluido en la conversación como lo había sido en el beso. Y qué beso...

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Re: South Of Heaven [Adriana P. Gregoletto]

Mensaje por Adriana P. Gregoletto el Dom Abr 21, 2013 9:40 pm

No había manera de que la maldita llave entrara en el jodido agujerito y vale que yo era mujer y aquellas cosas, de por sí, no se me daban demasiado bien pero estaba empezando a enfadarme ya porque no había manera y quería subir a mi casa de una maldita vez para poder darle con la puerta en las narices a Jack... ¿Tan difícil era que la dichosa puerta se abriera para que yo pudiera ser feliz, en serio? Pues al parecer sí porque no conseguí abrir la puerta e incluso Jack se acercó y la abrió por mí rápidamente, sin dejarme tiempo a negarme ni a ponerme a patalear porque no necesitaba su ayuda y, con la puerta abierta, lo miré con los ojos entrecerrados y pasé al interior del portal, esperando que me siguiera porque como no, se iba a enterar... Y como si supiera lo que le esperaba si se marchaba no tardó demasiado en entrar tras de mí y en meterse al ascensor conmigo. Entonces no lo pude aguantar más, llevaba con ganas de aquello mismo desde que había salido del restaurante y no quería ni podía controlarme así que me lancé a su cuello, mordiéndolo con fuerza y haciéndole algún pequeño chupetón antes de besarlo con ganas reprimidas, separándome de vez en cuando para morder sus labios y volver a besarlo, sin saber si me sorprendía o no el hecho de que él me devolviera los besos como lo hacía. Pero el ascensor era un hijo de satán porque no tardó nada en llegar a mi piso y abrir sus puertas, con lo que Jack se separó de mí y, aún cogiéndome por la cintura para que no me matara por el camino (todo un detallazo por su parte lo de preocuparse por la salud de quien iba a destrozarlo en la cama...), salió del ascensor y me guió hasta la puerta de mi casa. Él iba a abrir la puerta, como había hecho abajo, pero sabía perfectamente que si no hacía algo más se iría porque era un idiota y se le había metido en la cabeza que aquella noche no podíamos acostarnos por muchas ganas que tuviera (que las tenía, a su forma de devolverme los besos me remitía) así que no me lo pensé más y lo aparté un poco de la puerta de un empujón antes de besarlo con pasión, rodeando su cuello con los brazos al tiempo que él rodeaba mi cintura con los suyos y me pegaba a él, haciéndome sonreír en sus labios mientras nos besábamos de una manera... Simplemente indescriptible. Aquel beso debía ser uno de los mejores que me habían dado en toda mi vida porque todo el mundo a nuestro alrededor se detuvo, solo estábamos él y yo y nada más importaba, solo nosotros, solo nuestro beso... Que se terminó demasiado pronto para mi gusto y, por cómo había sido, para el de Jack incluso.

Sin embargo, ninguno de nosotros esperaba que, al separarnos para tomar un poco de aire antes de seguir con aquel beso, que más que eso parecía una declaración de intenciones en toda regla, apareciera alguien en la puerta, observándonos. - Has pescado uno bueno... - dijo Maus en dialecto napolitano, para que solo yo lo entendiera mientras sonreía. Mi sorpresa fue mayúscula porque no me esperaba para nada verlo allí, no recordaba haberlo visto cuando me había ido de casa aquel día, ¡joder! Me habría dado cuenta. No, Maus tendría que haber llegado aquella noche y mientras nos observaba con su mata de pelo pelirrojo y sus ojos azules yo no podía ser más feliz en aquel momento porque aquello significaba que mi padre seguía vivo. Lo sabía, porque él estaba con él... Hasta ahora. Y en contraste con la alegría que sentí al ver a Maus estaba Jack, que en seguida se apartó de mí como si de repente le asqueara o algo y se puso firme cual soldado, excusándose de manera bastante... ¿triste? Al decir que me acompañaba a casa. Estaba clarísimo que hacía mucho más que eso pero por alguna extraña razón Jack estaba nervioso o incómodo o... algo así. Pero yo, con una buena cantidad de alcohol en sangre, no estaba ni nerviosa ni incómoda, más bien podo lo contrario porque no pude reprimir la alegría que me daba verlo allí y, en vistas de que Jack ya no parecía querer contacto conmigo, me lancé al cuello de Maus, abrazándolo con fuerza. - ¡Maus! – grité, en parte por la felicidad y en parte por la borrachera. Le di dos besos en las mejillas y lo observé, seguía igual de siempre, trajeado y con su mirada amable, aquel hombre escuchaba a todos y cada uno de los miembros de la familia y los aconsejaba y ayudaba como podía... No se me ocurría un consigliere mejor que él. - ¿Cuando has llegado? ¿Qué haces aquí? ¿Has venido con papá? – pregunté enseguida, eufórica. La sola idea de poder volver a ver a mi padre me hacía olvidarme de absolutamente todo, incluso de que Jack estaba ahí mismo... Aunque eso le pasaba por soltarme tan alegremente como si de repente tuviera la peste ya que no era como si Maus no me hubiera visto con otros hombres... De hecho, todos muchísimo peores que Jack.

-Vamos por partes, signorina, ¿te parece? Primero, ¿quién es tu amigo? A este no lo conocía y para que lo traigas aquí no debe ser un cualquiera... - dijo él mientras estudiaba a Jack de arriba a abajo, no me di cuenta hasta aquel momento que habíamos estado hablando en inglés (Maus con el acento aún más marcado que yo por su procedencia toscana y su poca práctica en Inglaterra) por lo que Jack debía de haberse enterado de todo... Incluido lo que acababa de decir Maus. Yo me mordí el labio inferior y me encogí hombros antes de pegarme a Jack, rodeando su cintura con los brazos en una especie de abrazo mientras miraba a Maus, en mi defensa decir, que era el alcohol el que pensaba, hablaba y actuaba por mí... Solo esperaba que Maus y Jack también lo vieran así. - Jack Thomas, soldado del ejército británico y aliado de la familia... Además de muy guapo, como ves. - solté una risita y volví a morderme el labio inferior, terminando con la presentación. - Jack, él es Marco Emmanuele Biazzi, pero todos lo llamamos Maus. Pertenece a una de las familias más importantes de Nápoles y está con nosotros desde siempre, cuando yo esté al mando de la familia, él será mi consigliere. - dejé que el alcohol hablara demasiado por mí, revelándoles a ambos aquel pequeño dato que no venía a cuento y debería haberme ahorrado porque aún faltaba mucho para que la familia estuviera en mis manos... Aunque tampoco era como si yo me muriera porque eso pasara cuanto antes... Yo solo quería volver a ver a mi padre. - Encantado, Jack Thomas. Todo amigo y aliado de la familia y, especialmente de la signorina, es bienvenido. ¿Tenéis pensado entrar o vais a pasaros toda la noche en la puerta? – preguntó él, alzando una ceja mientras nos miraba. Yo me mordí el labio inferior y me limité a mirar a Jack desde abajo, como preguntándole qué quería hacer porque, a todo esto, yo seguía agarrándolo por la cintura... Quizá como excusa para que no se fuera o porque así mantenía mejor el equilibrio, lo que fuera. El caso es que ahí seguía yo, prácticamente abrazándolo y mirándolo con cara de cachorrillo abandonado, rogándole sin palabras que, al menos, se quedara un rato... Porque con Maus allí el plan inicial de follarnos hasta el amanecer o el cuerpo aguantase sería imposible. Ahora la decisión era suya y lo cierto es que esperaba que se quedara porque.... bueno, tenía ganas de estar con él, solo eso.

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Re: South Of Heaven [Adriana P. Gregoletto]

Mensaje por Jack Thomas el Vie Mayo 10, 2013 6:22 am

No podía estar ni siquiera un poco más incómodo en aquel momento en el que tenía la impresión de que el chico pelirrojo, cuyo nombre ni siquiera sabía, nos había interrumpido cuando estaba dando el beso de mi vida a mi aliada italiana, esa a la que no podía hacer más que besar pese a que quisiera hacer mucho más. Fue como bajar de nuevo a la realidad, o más bien darme un golpe en la cara con ella, sobre todo por el hecho de que sirvió para recordarme que no debería haberla besado ni tampoco dejarme llevar con aquel beso como lo había hecho, porque francamente había sido increíble... Y también debía dejar de pensar eso si quería mantenerme cuerdo, aunque en ese momento lo único que quería era que me tragara la tierra y los dos se olvidaran de que yo estaba ahí. En cierto modo no solamente estaba incómodo, también sentía molestia, no por lo que él había dicho (francamente, no tenía ni la más remota idea ni de si en lo que había hablado podía considerarse siquiera italiano, yo personalmente lo dudaba) sino, más bien, por lo que había implicado en la situación: que yo era uno más de sus ligues y ahí me quedaba. Eso me resultaba ofensivo, no solamente por el hecho de que yo ni siquiera tenía que estar allí, sino más bien porque me restaba casi toda la credibilidad como aliado estar liándome con ella como si jamás hubiera besado a una mujer, cosa que no era cierta. Por eso quería salir huyendo por patas, y por eso llegué incluso a planteármelo un momento pese a que fuera algo de pésima educación hasta que los escuché pasar al inglés, seguramente sin planteárselo siquiera, y no pude evitar poner el oído.

Pese a que no debiera haberme sorprendido, la efusividad de Adriana consiguió hacer que luchara contra el impulso de alzar las cejas, y ya la conversación que tuvieron aumentó aún más esa sensación, en parte porque no sabía si ofenderme por ser un simple ligue más y, en parte, porque él había dicho que debía de ser alguien especial si estaba con ella en casa... Y ya la panacea de la sorpresa vino cuando ella, como si el breve lapso en el que se había lanzado a los brazos del tal Maus, volvió a pegarse a mí y me abrazó. Hizo las presentaciones, de tal manera que tuve tiempo de estudiarlo, y en un breve análisis pude llegar a la conclusión de que, fuera quien fuera, parecía de fiar, no solamente porque ella quería tenerlo como consigliere cuando heredara la posición de su padre en la mafia, que también, sino porque su lenguaje corporal hablaba por sí mismo y en vez de mostrar la arrogancia de los mafiosos más jóvenes, a los que sí había tenido la oportunidad de conocer, infundía serenidad. Además, pese a su marcadísimo acento, se había tomado el esfuerzo de aprender mi idioma, así que sólo con eso a mí ya me tenía, de entrada, medio convencido, por lo que no tardé demasiado en tomar la decisión... o en justificar lo que ya había decidido hacía un rato porque me apetecía muchísimo estar con ella, ya fuera en la cama o en cualquier otro sitio.
– Encantado, Marco Emmanuelle Biazzi, o mejor dicho Maus. Por mí, podemos entrar, no sé a qué estamos esperando. – respondí, dirigiéndome a Maus pero incluyendo a ambos, y por fin nos adentramos en la casa.

Era lo suficientemente tarde para que no hubiera nadie, aparte de nosotros tres, allí, y no tenía ni la más mínima idea de lo que podíamos hacer, así que dejé que fueran ellos quienes guiaran, y lo hicieron hasta el salón de la casa, donde la primera vez que había estado allí, en unas circunstancias totalmente distintas, había habido un nutrido grupo de mafiosos viendo el fútbol. En aquel momento, sin embargo, estaba yo agarrando a Paola y la conduje hasta el sofá, frente al cual estaba sentado, en uno más pequeño, el tal Maus. La ayudé a acomodarse y ella lo hizo como si fuera una gatita, sobre todo cuando yo me senté al lado y pudo apoyarse en mí, y de nuevo no la aparté... No sabía si era por enajenación mental, porque el hecho de saber que con un sujetavelas no íbamos a hacer nada me daba cierta libertad o, simplemente, porque tenía ganas, pero la cuestión fue que incluso rodeé su estrecha cintura con un brazo para que no se le ocurriera moverse, no fuera a ser que se mareara con el alcohol y se cayera... Era curioso el efecto de su borrachera en mí, ya que mientras por un lado me hacía volverme tan protector que más parecía su hermano mayor que su aliado, por otro parecía desinhibirme tanto como a ella y darme ganas de algo que no podía tener, no mientras tuviera la espalda como tenía y mientras siguiera siendo un pecado tan grave como lo era la lujuria, uno de los capitales. Sencillamente, no podía.

– Lamento arruinar ahora tu presentación, Maus, pero esta no es la primera vez que estoy en esta casa, sé que soy bienvenido... – comenté, más para romper el hielo y porque me había venido de repente a la cabeza que por cualquier otra cosa. Además, a juzgar por lo que había oído ya había supuesto que ella y yo nos habíamos acostado, así que no importaba confirmárselo, puesto que de todas maneras no iba ocultándolo... o no demasiado, y no era producente hacerlo con un mafioso, que por encima de todo seguía siendo italiano y, bueno, todo el mundo sabe lo proclives que son en la bota mediterránea al chismorreo, yo lo había vivido en mis carnes precisamente gracias a ella.
– Esta, sin embargo, sí es la primera vez que escucho hablar de ti o te veo. No sé si considerarme afortunado por haber conocido a alguien tan importante o simplemente temer por mi cabeza por averiguar algo que no debo. – bromeé, con la sombra de una sonrisa en los labios, que pese a todo no terminó de calar ni de permanecer mucho rato esbozada. No podía olvidar, y de hecho no lo hacía, que como miembros de la mafia podían llegar a ser peligrosos, y lo que había dicho significaba que les dejaba claro que lo sabía, pese a haber decidido correr el riesgo. Yo no era un cobarde, cuando estaba en el frente me enfrentaba a los insurgentes casi a diario, y la mafia, por mucho que pudiera ser sibilina y peligrosa, era un riesgo que prefería porque, en el fondo, los respetaba, algo que no podía hacer con los talibanes.
– Lo que sí sé es que es un auténtico honor haberte conocido, si ella te tiene en tanta estima tiene que ser por un muy buen motivo. – afirmé, apretándola contra mí inconscientemente (lo juro) y volviendo a mirar a Maus con inusitado (y seguramente inexplicable por lo poco que lo conocía) respeto.

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Re: South Of Heaven [Adriana P. Gregoletto]

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