South Of Heaven [Adriana P. Gregoletto]

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Re: South Of Heaven [Adriana P. Gregoletto]

Mensaje por Adriana P. Gregoletto el Miér Mayo 22, 2013 4:42 am

Cuando se trataba de Jack, siempre tendía a pensar que haría lo contrario a lo que yo quisiera porque desde que lo conocía era así como se había comportado. Por eso cuando aceptó la invitación que le hizo Maus para entrar a la casa tuve que reprimirme a la hora de dar saltitos y aplaudir... Aunque aquello era realmente lo que quería hacer y lo que en mi interior probablemente hacía felizmente. Una vez entramos fuimos directos al salón, algo lógico una vez quedaba descartada mi habitación como destino, así que Maus se sentó en un sillón pequeño mientras Jack, cogiéndome de la cintura me llevaba al sofá más grande y, casi con cuidado, dejaba que me acomodara sin caerme y justo después se sentó a mi lado, momento que aproveché para pegarme más a él, apoyando incluso mi cabeza en su hombro y parte de mi cuerpo en el suyo aunque aquello tampoco era tan difícil teniendo en cuenta que a su lado parecía aún más pequeña de lo que era de normal y más aún cuando rodeaba mi cintura con su fuerte brazo, como reclamándome ante un Maus que observaba la escena con ojo crítico... De no ser por la cantidad de alcohol que llevaba en el cuerpo me habría cortado y me habría comportado de otra manera delante de él, sobre todo, sabiendo las consecuencias que podría traer aquello, pero no podía pensar en nada más que en Jack, en el calorcito que me daba su cuerpo y en... en lo guapo que era. Me quedé tan embobada mirándolo que perdí la noción del espacio-tiempo y mi mente se fue muy lejos mientras ellos hablaban, aunque en un momento dado sentí como Jack me pegaba a él y como respuesta empecé a acariciar su pecho de manera distraída.

- El honor es todo mío, Thomas, no es fácil conocer a alguien que se lleve tan... “bien” con la signorina y menos alguien que parezca tan maduro y centrado... Por una vez tengo que reconocer que me ha sorprendido... Y para bien. – dijo Maus, con una sonrisita en los labios que indicaba lo bien que se lo estaba pasando con la situación, especialmente viéndome tan... ¿cariñosa? Como lo estaba con Jack en aquel momento en el que trazaba círculos imaginarios en su pecho, sin prestarles atención. - Lo que sí me sorprende es que la signorina no te haya hablado de mí... Aunque bueno, de los guardaespaldas que tuvo durante su adolescencia Carlo siempre fue su favorito así que supongo que es normal. - Maus se encogió de hombros, obviamente, buscando provocarme con aquellas palabras pero yo estaba demasiado ocupada mirando a la nada y pensando en eso mismo como para responder a sus provocaciones aunque no sabía hasta qué punto Jack podría obviar aquellas palabras pues tras conocer a Carlo no debía hacerle mucha gracia que le recordaran que él y yo... ¿Cómo decirlo? Bueno, básicamente que nos habíamos acostado. Mucho. - Eso sí, no tienes por qué preocuparte por tu cabeza o por despertarte en el fondo del Támesis con unos bonitos zapatos de cemento nuevos... Siempre y cuando trates bien a la signorina, claro... – le guiño un ojo, con una expresión afable pero a la vez con una clara advertencia (¿o debería decir amenaza?) en sus palabras pues pocas personas más fieles que Maus se me ocurrían y si alguna vez Jack me hacía daño de cualquier manera... Maus no se lo pensaría. Era demasiado fiel como para dejar que alguien que nos atacara a mí o a mi padre se fuera de rositas sin más.

En un momento dado y, sin siquiera pensármelo, mi mano bajó por su pecho hasta su muslo, que empecé a acariciar lentamente en dirección ascendente una y otra vez y, cuando finalmente me di cuenta de lo que estaba haciendo, decidí que hasta que no me apartara no pararía porque, después de todo, no había nada de malo en aquellas caricias tan inocentes. - No te pases, Maus, este es soldado y puede patearte el culo... - le saqué la lengua, metiendome en la conversación y pegándome un poco más a Jack, aprovechando la distracción que suponían mis palabras para rozar (sin querer) su entrepierna entre caricias. - Seguro que has buscado a un soldado para que te entrene y así dejes de morder el polvo cada vez que entrenamos juntos, ¿verdad? – abrí mucho la boca, sorprendida por sus palabras, y negué con la cabeza varias veces, obviamente, dejándome llevar por el alcohol y sin ser capaz de entender, en aquel momento, que se trataba de una broma. - ¡Pues claro que no! Yo no lo busqué... ¡Lo encontré! Y me gustó porque era guapo... - terminé, poniendo morritos al final de la frase, como enfurruñada porque Maus hubiera pensado que solo quería a Jack para entrenarme o... lo que fuera. Que insinuara que lo utilizaba no me gustó y por eso aquella reacción... Aunque un poco desmesurada, eso seguro, por causas externas a mí. ¡Maldito prosecco! Por desgracia, por culpa de mi enfurruñamiento momentáneo se me escapó la mirada que Maus le echó a Jack, como sorprendido por mis palabras.

- Parece, Thomas, que la signorina te ha cogido aprecio muy rápido... ¿Puedo preguntar desde cuando os conocéis? Y, ya que estoy preguntando... Tu edad no estaría mal saberla... ¡Ah! ¿Y cómo te has enterado de quienes somos? Eso sería un grandísimo tema para comenzar una nueva conversación, ¿no crees? – Y, señoras y señores, ahí estaba Maus en todo su esplendor. Su alma de portera cotilla y su instinto (sobre)protector hicieron acto de presencia en aquel momento, preocupado por lo que Jack pudiera hacer con la información tan valiosa que tenía... Como podía serlo nuestra localización. En el fondo entendía la preocupación de Maus (especialmente cuando se trataba de hombres elegidos por mí, pues lo de mi mal gusto era un tema que le encantaba tratar conmigo) pero sin embargo no pude evitar atravesarlo con la mirada y... ¿abrazar? (o algo así) a Jack... Como demostrándole que estaba con él... Pero no estar de estar si no que lo apoyaba, claro. ¡Qué mal me sentaba el alcohol, de verdad! Solo esperaba no recordar nada la mañana siguiente o, si no, sería incapaz de mirar a la cara a Maus... Eso por no hablar de Jack.

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Re: South Of Heaven [Adriana P. Gregoletto]

Mensaje por Jack Thomas el Miér Jun 05, 2013 12:59 am

De todas las situaciones surrealistas que había vivido en mi vida, y habían sido unas cuantas entre unas cosas y otras, probablemente aquella se llevara la palma porque jamás en toda mi vida había estado así. Tal y como estábamos Paola y yo, ella abrazándome y yo acercándola a mí, frente a un Maus que no se perdía detalle de nada y que nos vigilaba, especialmente a mí para que no intentara propasarme con ella, aquello parecía la típica situación de conocer a los padres de tu novia y aguantar un tercer grado, y pese a que Maus podía parecer su padre, no por edad sino por actitud, lo que más me recordaba a esa situación era, precisamente, el interrogatorio. De manera sutil pero efectiva, aprovechó para intentar sonsacarme cosas que, evidentemente, no podía ocultarle, no en esa situación, y francamente me sorprendió su capacidad de leer tan bien en mí pese a que apenas le había dicho nada de mí mismo y todo lo que había visto entre Paola y yo fuera precisamente lo contrario a lo que acostumbraba a hacer con una mujer. Ella era diferente, de eso no cabía ninguna duda, y precisamente eso, que había condicionado nuestros anteriores encuentros y mi reacción cuando llegamos a aquel en el que nos encontrábamos, era lo que hacía diferente la situación... Porque, normalmente, cuando conoces a los padres de una chica con la que sales (como no era el caso de Paola y yo) ella no está metiéndote mano ni poniéndote lo de pensar tan difícil como lo estaba poniendo ella.

No pude evitar tensarme, tanto por sus caricias como por la mención del imbécil de Carlo, ya que no podía creerme que teniendo a alguien mejor como Maus, ya que pese a no conocerlo apenas se veía a la legua que valía muchísimo más que el león egocéntrico, hubiera preferido dedicarle su atención al otro, sencillamente no me entraba en la cabeza. En mi defensa, también, había que decir que no era capaz de pensar demasiado ya que estaba muy ocupado intentando aguantarme las ganas de empotrarla contra alguna pared, ya que ni era el momento, ni era el lugar ni, directamente, podía hacerlo, con lo cual mi capacidad de raciocinio estaba bastante mermada y suficiente hacía manteniéndome como si nada, cuando era evidente que me estaba costando y mucho controlarme... demasiado, teniendo en cuenta que solía dárseme estupendamente.
– A decir verdad, no me ha hablado demasiado de ninguno de vosotros... Al de ojos verdes, Ezio, lo conocí cuando nos encontramos por accidente en una subasta de arte a la que fui por hacerle un favor a alguien, y aparte de eso a los otros tres, Enzo, Marco y Giovanni si no recuerdo mal, simplemente los vi. Todo entre nosotros ha sido bastante casual, igual que lo fue descubrir lo que erais. Supongo que fue intuición, o que he podido conocer a la gente suficiente relacionada con vuestro mundillo para calaros simplemente viéndoos, pero si es por eso tienes mi palabra de que no diré nada, y soy un hombre que cumple lo que promete. – afirmé, centrándome en él para evitar centrarme en ella... porque no podía permitírmelo.

La distracción era la única opción que tenía para no dejarme llevar, y si distraerme pasaba por centrarme en la conversación, una en la que ni siquiera me importaba estar, lo haría gustoso, ya que mi deber era lo primero. Además, desde el momento en el que había decidido convertirme en su aliado, me había comprometido a ayudar en lo que estuviera en mi mano, y para ello tenía que averiguar más cosas del funcionamiento de su familia, algo que estando Paola muy ocupada acariciándome y tentándome pasaba por hablar con Maus, que al parecer quería calarme tanto como quería hacerlo yo con él.
– Nos conocimos hará unos meses, cuando yo volví del frente porque empezó mi permiso. Ese también es el motivo por el que ahora estoy aquí, aunque supongo que me tocará volver a irme en unos meses, no lo sé. Dependo de las decisiones que tomen mis jefes. – añadí, encogiéndome de hombros y con la mirada fija en Maus. Por importante que fuera, ya que tenía que serlo si había cuidado de Paola, él no era más que alguien que dependía de las decisiones que tomaran otros por encima de él, y como soldado que era, aunque no fuera del ejército sino de la mafia, sabía que debía cumplirlas, así que suponía que me entendía cuando, al final, lo que le decía se reducía a que era un simple mandado.
– Soy mayor que ella, pero creo que es evidente. Cumplí veintiséis hace no demasiado. – concluí.

Ahora que él lo había preguntado, me di cuenta de que había muchas cosas de ella que yo no sabía y que, en realidad, tampoco habían impedido que nos hiciéramos aliados o, incluso, que nos acostáramos, algo hacia lo que, por mucho que debiera focalizar mi odio, sólo podía sentir cosas encontradas. Sin embargo, eso no me importaba demasiado, porque además de que siempre podía preguntárselo (aunque por su edad no iba a interesarme, ya que era de mala educación preguntársela a una dama) no necesitaba saber ciertas cosas para hacerme una idea de cómo era ella, y eso era precisamente lo que me había llevado y me llevaba a hacer cosas como aliarnos o acercarme más de lo que me convenía. Lo que, por un lado, me gustaba, por el otro era sumamente problemático y era el causante de que me encontrara tan cerca del pecado como lo estaba cada vez que nos juntaba, y ante semejante contradicción no sabía cómo actuar. Esa era la base de mi problema con ella: ¿debía dejarme llevar por lo bien que me lo pasaba cuando estábamos juntos o debía controlarme por el bien de mis creencias? No lo sabía, y la duda, en sí misma, me torturaba tanto como todo lo demás.
– Planeo cuidar bien de ella, Maus, no tanto por lo que podría pasar si no lo hiciera sino porque es mi deber como aliado y como amigo. Además, me han educado para asegurarme de no tratar mal a ninguna dama, y ¿qué dama mejor que ella para demostrarlo? Si queréis, podría entrenarla. Lo habéis dicho de broma, pero a mí no me importaría hacerlo, seguro que es más entretenido y fructuoso que hacerlo con los nuevos reclutas. – propuse, desviando la mirada hacia una Paola que, cada vez, parecía más soñolienta... culpa del alcohol, supuse.

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Re: South Of Heaven [Adriana P. Gregoletto]

Mensaje por Adriana P. Gregoletto el Miér Jun 05, 2013 2:55 am

Me aburría mucho. Que Maus y Jack me ignoraran como si yo no existiera me aburría mucho y me hacía que, con toda la sutileza que era capaz de reunir en semejantes condiciones, es decir, borracha como estaba, intentara emplearme al máximo a la hora de meterle mano a Jack. Podía escucharlos de fondo aunque sus palabras me llegaban amortiguadas, como si no estuviéramos en el mismo lugar y, aún así, consciente de que no hablaban conmigo. Recordé gracias a lo que dijo Jack cuando lo había encontrado en la subasta de arte y, por una vez, había disfrutado como nunca de una conversación, hablando con él, preguntándole infinidad de cosas y también recordé como me había ignorado cuando le había propuesto subir a mi casa. Habría bufado de no ser porque sus siguientes palabras me recordaron a nuestro primer encuentro, al menos, a la parte no violenta y sexual y no pude evitar soltar una risita al recordar la bronca que les había echado a Enzo, Marco y Gio delante de él y que había entendido a la perfección, lo cierto es que de no ser por mi italianidad jamás habría tenido la oportunidad de conocerlo y me alegraba muchísimo de que mis genes me hicieran tan impulsiva y que, nada más verlo, me hubiera echado a sus brazos porque, por una vez, acerté de pleno. Ambos ignoraron mi risita y continuaron a lo suyo, con Jack dando detalles (no demasiados para que Maus no pusiera el grito en el cielo aunque podía imaginárselo todo) de cuando y cómo nos habíamos conocido además de cómo había sido nuestra “relación” hasta el momento muy casual todo... Aunque cuando Jack dijo la edad que tenía no pude evitar mirarlo alzando una ceja y es que hasta ese momento no había tenido ni idea de su edad y, pese a que era mayor, tampoco demasiado y no se notaba mucho... Aunque no era el mejor momento para comprobarlo estando yo casi encima de él, abrazándolo y metiéndole mano cual adolescente hormonada, eso, por no hablar de que estaba borracha y la cabeza empezaba a darme vueltas. Si al principio sus palabras ya habían sido como ecos lejanos ahora lo eran aún más y me costaba concentrarme en lo que decían por lo que terminé de apoyar la cabeza en el pecho de Jack, sorprendentemente cómodo y mullidito, mientras ellos hablaban un poco más.

-No depende de mí el tema de su entrenamiento pero... Lo cierto es que hasta que sepamos como actuar con o sin Don Gregoletto no nos vendría mal si nos ayudas. Aunque sea con ella que, como ya sabrás, es una testaruda y una cabezota. Así que te deseo toda la paciencia del mundo porque hay veces que con ella hasta el más paciente de los santos es capaz de desesperarse. - Maus medio sonrió, mirándome y no sé si Jack respondió o no porque, cuando el silencio se me hizo demasiado largo y mis párpados amenazaban con cerrárseme, me incorporé un poco, con movimientos lentos y felinos y le mordí el lóbulo de la oreja. - Ven a la cama conmigo. - susurré en italiano al oído de Jack, esperando que, por fin, reaccionara de alguna manera, visible o no, pero que lo hiciera y dejara de parecer la estatua de mármol más perfecta que había visto nunca... Porque sabía lo ardiente que podía llegar a ser y me parecía todo un desperdicio de potencial que se mostrara tan... frío aunque, por una vez, mi proposición no había sido nada indecente pues solo quería que durmiera conmigo, justo como habíamos hecho la última vez que nos habíamos visto en mi misma cama. Jack no se inmutó, ni se movió ni hizo nada en lo que me parecieron horas y no pude evitar volver a apoyarme en su pecho y rendirme al cansancio y al sueño, que poco a poco se iban abriendo camino hasta dejarme en un estado de duerme vela en el que era consciente de todo lo que sucedía a mi alrededor sin realmente serlo.

Fue entonces cuando, pese a tener los ojos cerrados, noté que me movía. Escuché de nuevo sus voces de fondo, hablando entre ellos mientras me llevaban a alguna parte y, cuando por fin sentí la mullida cama bajo mi cuerpo, me acomodé mejor en ella, sintiendo de repente un frío que casi me hace temblar por lo que me giré y alargué el brazo para coger la mano de Jack, quien me había llevado allí y, abriendo un poco los ojos, me perdí en su mirada azul fija en mí antes de poder hablar, demasiado maravillada con ese azul tan intenso y bonito que podría pasarme tanto tiempo mirando y con un silencio nada incómodo mientras compartíamos una mirada que podía decirlo todo y a la vez nada. - Quedate. - fue lo único que dije, prácticamente rogándole con el tono de mi voz y con un marcadísimo acento italiano que dejaba claro que ya no era muy consciente casi de lo que hacía o decía... Y aún así tenía claro que quería que se quedara allí conmigo, que me diera calor con su cuerpo y no se fuera hasta la mañana siguiente para después, si quería, volver a ignorarme como había estado haciendo hasta que nos habíamos vuelto a encontrar por casualidad aquella noche... Y aún así valdría la pena porque, después de todo, se estaba bien entre sus brazos, era cómodo y me sentía bien... muy bien. Pero quizá aquello era todo cosa del alcohol, que hablaba por mí y me jugaba malas pasadas porque yo jamás pensaría semejantes cosas... O quizá, solo quizá, el alcohol me hacía tener el valor de ver ciertas cosas que sobria jamás reconocería... Porque mi orgullo era demasiado grande como para reconocer que alguien me hacía sentirme tan fuerte y tan débil, tan protegida y tan insegura, tan bien y tan mal... Todo al mismo tiempo.

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Re: South Of Heaven [Adriana P. Gregoletto]

Mensaje por Jack Thomas el Jue Jun 13, 2013 7:43 am

De mi cordura dependía que fuera capaz de ignorar que ella me estaba metiendo mano, casi abrazando y sobre todo a punto de subirse encima de mí, porque si no lo ignoraba me volvería loco, y eso no sería plato de buen gusto ni para Maus, que no se perdía un detalle de lo que pasaba a la vez que atendía a la conversación (cosas de la naturaleza marujona de los italianos, suponía), y también para Adriana y para mí. Por mucho que me costara, y me estaba suponiendo un esfuerzo mucho más grande de lo que parecía, debía aguantar y parecer una estatua que no sentía ni padecía aunque, en realidad, lo hacía. Su calor era contagioso, poco a poco mi propia temperatura iba subiendo, alentada por la maldita italiana y su cercanía, y las ideas se me iban haciendo cada vez más difusas en la cabeza, igual que las palabras de Maus, hasta un punto en el que casi fui capaz de ignorar su fuerte acento... y eso decía mucho de mí, dado lo mucho que me fijaba en esa clase de cosas. Por eso, lo de concentrarme era complicado, pero debía hacerlo tanto porque no quería pecar como porque me parecía una falta de respeto hacia Maus ponerme a liarme con su protegida delante de él cuando estábamos hablando y cuando, encima, acababa de decirme algo con lo que no podía estar más de acuerdo. Por mucho que la conociera, sabía perfectamente que había que tener una paciencia de santo con la italiana que me estaba abrazando, así que no tenía por qué decírmelo, aunque fuera de agradecer que lo hiciera.

– No te preocupes, aunque parezca mentira creo que estoy empezando a cogerle el truco a tratar con ella... Eso sí, no te voy a mentir, me está ayudando a desarrollar increíblemente mi paciencia, incluso ahora mismo, mientras hablamos y ella tiene tantas cosas en mente que no creo ni que nos esté escuchando... – comenté, justo a tiempo de escucharla hacerme proposiciones indecentes al oído en italiano. Era curioso, pero nunca antes me había dado cuenta de lo bien que sonaba aquel idioma en determinadas situaciones. Acostumbrado como estaba a escucharlo de boca de soldados maleducados que lo utilizaban para soltar burradas entre ellos, escucharlo de los labios de una chica como lo era ella era un cambio, agradable, pero un cambio a fin de cuentas. Creo que fue darme cuenta de lo distinto que era a lo que estaba acostumbrado lo que me ayudó a no rendirme ante la proposición que me había lanzado así por las buenas, sin preparación previa, pero la cuestión fue que me obligué a ignorarlo y a mirar a Maus, que parecía sorprendido por mi actitud, como si resistirme a los encantos de la italiana no fuera lo normal... y comprendía perfectamente por qué no lo era.
– Parece que la conoces bastante bien, ¿eh? – comentó, con un amago de sonrisa bastante amable que me descolocó, porque su tono me había parecido más directo a picarme que a otra cosa. Sin embargo, no dejé que se notara, puesto que hice acopio de la misma tranquilidad de antes a la hora de responder.
– No te creas, podría conocerla bastante más, pero no se me suele dar mal acostumbrarme a tratar con la gente como ella.

Maus iba a preguntar, se lo veía en la cara, pero no llegó a hacerlo porque ella casi se había quedado dormida encima de mí, con los ojos cerrados incluso. Me bastó un simple gesto de cabeza para que Maus asintiera, como dándome permiso para hacer lo que quería, y yo me levanté y la cogí en brazos, como si no pesara nada, ya que apenas lo hacía. Era tan ligera... No dejaría de sorprenderme nunca lo menuda que era y, pese a todo, la fuerza que albergaba en un cuerpo tan pequeño como lo era el suyo, sobre todo comparada conmigo. Como no tenía que guiarme, ya que me sabía la disposición de las habitaciones bastante bien, Maus aprovechó ese momento en el que yo la estaba transportando para cogerme por banda (no literalmente) y retomar el tema de antes.
– ¿A qué te referías con “como ella”? – preguntó, con la cautela suficiente para que alzara una ceja porque estaba seguro de que, si respondía algo que no debía, la tomaría conmigo... y no me apetecía lo más mínimo enfrentarme con otro mafioso de los de Paola, sobre todo teniendo en cuenta lo mucho que odiaba al tal Leone sin tener siquiera un motivo de peso para hacerla.
– Tan... italiana, tan opuesta a mí. Ella es puro fuego, apasionada como lo que más, mientras que, como has visto, yo suelo ser lo contrario. Al principio me costaba más, pero poco a poco he aprendido a tratar con alguien tan ardiente como lo es ella. – aclaré, y él pareció lo suficientemente conforme con mi explicación para que me diera permiso para dejarla en la cama, despidiéndose de mí con un guiño cuyo significado no entendí... o no quise entender.

Durante un momento, iluso de mí, pensé que ella seguiría dormida y simplemente me tocaría dejarla en la cama e irme, pero Paola estaba más despierta de lo que aparentaba y, por eso mismo, aprovechó para cogerme del brazo y para pedirme que me quedara. Normalmente yo no me dejaba convencer tan fácilmente, y los acentos no solían tener un efecto demasiado fuerte en mí, pero quizá fue por la mezcla de su acento, de su tono, de mi sensación de responsabilidad por cuidar de alguien que había bebido demasiado o por la mezcla de todo que, al final, suspiré y me tumbé con ella, quitándome los zapatos por el camino. La noche era lo suficientemente fresca para que fuera necesario hacer maniobras para meternos bajo las sábanas, pero en cuanto estuvimos aposentados ella enseguida se me abrazó, exactamente igual que una de las últimas veces que nos habíamos acostado, con la diferencia de que aquella no lo habíamos hecho, así que supuse que, sencillamente, ella tendía a abrazar a todo aquel con el que dormía. Eso me molestó, por algún motivo que desconozco, y me hizo rodearla con uno de mis brazos inconscientemente, tanto como conscientemente le di un beso en la frente, absolutamente casto, y le deseé buenas noches antes de ponerme a dormir yo. ¿Quién me iba a decir a mí que la noche acabaría conmigo en la cama de ella, al contrario de lo que había deseado en un principio, y de forma totalmente distinta a como había pensado? Al final, Maus había tenido razón con su guiño... Y no dejaba de sorprenderme cómo todos, al parecer, veían mejor que la propia Paola y que yo lo que pasaba entre nosotros.

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Re: South Of Heaven [Adriana P. Gregoletto]

Mensaje por Adriana P. Gregoletto el Jue Jun 13, 2013 10:47 pm

Pese a que fuera lo que más me apetecía en el mundo, que se quedara, siendo él como era, me parecía una de las cosas más improbables de la tierra por lo que, inconscientemente, puse pucheros a modo de despedida pese a que aún seguía teniendo su brazo cogido. Si había desaparecido como lo había hecho después de dormir una vez en mi casa, ¿qué me decía a mí que volvería a quedarse si eso parecía tener en él un efecto así? Lo cierto es que, pese a que estaba medio dormida y borracha me molesté con él, por ser tan encantador y educado, por ser tan ardiente cuando quería y, a la vez, porque a veces me hacía pensar que solo le interesaba para echar un polvo y punto... Y otras ni eso. Jack era tan complicado que pensar en él, en lo que fuera que quisiera, me daba dolor de cabeza y aquel no era el mejor momento para ponerme a pensar en todo aquello por lo que solté su brazo, ya dispuesta a girarme en la cama y empezar a dormir pero algo me lo impidió... Él. Sin decir nada, se tumbó conmigo y nos cubrió a ambos con las sábanas de la cama y yo, que no podía creerme lo que estaba haciendo, me pegué a él y lo abracé con fuerza, apoyando la cabeza en su pecho antes de que él, por alguna extraña razón, rodeó mi cintura con uno de sus brazos y me besó en la frente, deseándome las buenas noches... Yo iba a responderle, lo juro, pero estaba tan agotada y, a la vez, tan feliz por haber conseguido lo que quería que no me salían siquiera las palabras y, con los ojos completamente cerrados y una amplísima sonrisa en los labios, me dormí entre sus brazos...

La luz del sol fue lo que me despertó, no se nos ocurrió a ninguno bajar las persianas y la claridad que entraba en la habitación desde la ventana era demasiada y más aún cuando se tenía una resaca como la mía. Me acomodé mejor sobre su pecho, intentando ignorar durante unos segundos el dolor de cabeza que tenía y, al parecer, funcionó, porque se estaba tan bien entre sus brazos que era imposible que pudiera pasarme algo malo estando ahí. Intenté volver a dormirme pero fue inútil por lo que empecé a acariciar el pecho de Jack por encima de su ropa, abriendo muy lentamente los ojos y embobándome mirando como su pecho subía y bajaba al ritmo de su respiración mientras yo lo acariciaba. No pude evitarlo y cuando estuve un poco más espabilada me tumbé sobre él y empecé a acariciar su cuello con los labios antes de llenárselo de suaves besos que terminaron por subir a sus labios, que llené de picos mientras le acariciaba el pelo, sonriendo mientras él se despertaba y, con cara de estar bastante dormido, me miraba como si no entendiera por qué hacía aquello. - Buongiorno... - besé sus labios y sonreí. - ¿Has dormido bien? Porque yo he dormido de maravilla... Gracias por quedarte. – y entonces le di un beso como dios manda, que empezó como un simple pico que intensifiqué poco a poco, con mi lengua abriéndose paso entre sus labios y jugando con la suya, que aún parecía algo dormida como todo él por lo que lo besé con calma y sin prisas, simplemente, disfrutando de él, de su sabor y de sus labios y agradeciéndole de la mejor manera que se me ocurría que se hubiera quedado a dormir. Cuando me separé de sus labios volví a sonreír y bajé por su cuello, esta vez, mordisqueándolo de manera juguetona mientras mis manos se colaban bajo su camiseta y acariciaban su cuerpo al tiempo que le subían un poco la camiseta, justo la zona que, tras abandonar su cuello, comencé a besar y acariciar con mis labios, descendiendo lentamente por su cuerpo y sin dejarme ni un milímetro de su piel sin acariciar ni besar hasta que, poco antes que llegara a la cintura de sus pantalones, alguien llamó a la puerta. Maullé cual gatita, molesta por la interrupción, y le bajé la camiseta antes de volver a acomodarme de nuevo junto a él, abrazándolo justo a tiempo de que Maus abriera la puerta y nos echara una mirada bastante significativa... Mierda, Maus. Me había olvidado completamente de él y de que, en cuanto se fuera Jack, me haría un tercer grado digno del que se le haría a cualquier terrorista internacional. Pero lo cierto es que en aquel momento no podría importarme menos... Después de todo, seguía estando entre los brazos de Jack.

- Buenos días, espero que hayáis pasado buena noche... – la sonrisita de Maus me hizo poner los ojos en blanco y pegarme más a Jack inconscientemente porque no me apetecía enfadarme de buena mañana ya que seguro que era cancerígeno (lo menos). - Adriana, acuérdate de que hoy tenemos la reunión con los irlandeses, hemos quedado para comer con ellos en un sitio que controlamos así que no habrá más problemas pero... Intenta no tardar demasiado en prepararte, tenemos cosas que hacer. – asentí, sin demasiadas fuerzas ni para hablar y él volvió a observar la escena con detenimiento, como si no quisiera perderse ni un solo detalle para poder torturarme luego con preguntas, observaciones y... bueno, toda una consulta psicológica, su especialidad. - Ya os dejo solos, hay café recién hecho por si os apetece... - y sin más desapareció tan rápido como había llegado, cerrando la puerta y volviendo a dejarnos solos a Jack y a mí. Me desperecé y le robé un beso a Jack. - Parece que me espera un día largo, aburrido y agotador... Espero que el tuyo sea mejor. – cogí su mano, esa con la que no me rodeaba la cintura y la llené de mordisquitos juguetones mientras lo miraba, esperando, quizá, que me respondiera a la pregunta que no le había hecho pero que no dejaba de rondarme la cabeza desde antes de dormirme. - ¿Piensas desaparecer sin más como la otra vez o me vas a invitar, al menos, a hacer algo? - pregunté finalmente, dejándole claro que... en fin, quería volver a verlo, como cada vez que nos veíamos... Porque Jack tenía esa extraña facultad de dejarme siempre con ganas de más... Y esperaba tener la seguridad, con su respuesta, de que tendría más.

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Re: South Of Heaven [Adriana P. Gregoletto]

Mensaje por Jack Thomas el Mar Jul 02, 2013 9:29 am

La última vez que había dormido con ella la recordaba con todo detalle porque pocas, muy pocas veces en toda mi vida adulta, cuando ya habían empezado a venir las preocupaciones y las pesadillas por el tiempo pasado en Irak, había dormido tan bien, y mucho menos con alguien. Yo no era amigo de dormir con mis ligues, y mucho menos con alguien con quien tenía una relación tan complicada como la que tenía con ella, ya que por mucho que fuéramos aliados la palabrita de marras daba para muchísimo y dejaba un vacío legal considerable, pero aun así allí estaba, dispuesto a dormirme con ella... otra vez. En mi defensa tenía que decir que era una afrenta directa contra mi honor de caballero no hacerle caso cuando se había puesto tan convincente, pero los dos sabíamos (por mucho que ninguno lo dijéramos ni lo fuéramos a decir en voz alta en la vida) que si me había quedado era porque quería... y porque estaba empezando a dejar de verla como una aliada. Eso quizá ella lo intuía, ya que dudaba que tuviera la misma experiencia sentimental que yo, pero para mí estaba tan claro como el agua, y no me gustaba, porque si éramos aliados y no cualquier otra cosa  era por algo, y no quería implicarme sentimentalmente con ella porque acabaría mal... Las miles de historias que circulaban sobre la mafia así me lo habían demostrado. ¿Y cómo actuaba pese a que mi deseo fuera no implicarme o hacerlo lo menos posible? Sí, muy bien, durmiendo con ella como lo estaba haciendo, y encima sin querer apartarme porque se estaba muy, muy bien... aunque ella pronto se movió y, sorprendentemente, me hizo estar aún mejor.

Recordaba bien, también, cómo la última vez se había despertado relativamente cariñosa, y era tanto porque mi memoria era buena como porque estaba haciéndolo también en aquella ocasión, besándome y acariciándome para conseguir que mis pensamientos fueran de la sorpresa inicial, medio dormido como seguía estándolo, a una sensación de que no quisiera que parara, sobre todo a raíz de su primer beso de verdad, con el que consiguió despertarme y hacer que sintiera cada una de sus caricias con intensidad que sólo se detuvo cuando llamaron a la puerta y, poco sutilmente, nos cortaron el rollo. El hecho de que me hubiera dado un (señor) beso hacía no demasiado me había despertado lo suficiente para que me fastidiara la interrupción, pero al mismo tiempo sabía que eso era lo mejor que podía pasarnos para no seguir liándonos (literalmente), y por eso en cierto modo agradecí la interrupción de Maus porque significaba seguir teniendo el dominio de mí mismo por un rato. Eso, sin embargo, no significaba que lo hubiera escuchado, y es que aún seguía lo suficientemente ido para escucharlo por encima y apenas prestar atención a sus palabras, motivo por el cual bien pudo mandarme a la mierda (que lo dudaba) que desearme buenos días... y, conociéndolo como empezaba a hacerlo, suponía que había sido la segunda opción. Lo que sí escuché fue a Paola soltándome una pullita en forma de indirecta muy directa, que básicamente me echaba en cara que no hubiera hecho nada con ella la última vez que habíamos dormido juntos y que esperaba que lo solucionara esta vez, con lo cual me dio un guante que recogí encantado porque ¿a quién quería engañar? Me apetecía quedar con ella y verla.

– ¿Estás sugiriéndome una cita, Paola? – pregunté, aún medio dormido, y eso fue lo que justificó que hubiera dicho eso, ya que probablemente la echaría para atrás... A lo mejor no quería una cita y la sola idea de algo tan en serio hacía que se negara, o vete tú a saber el qué, con ella todo podía ser porque tenía la capacidad de ser totalmente imprevisible y de hacer que nunca fuera capaz de prever por dónde pillarla, y eso no era ninguna excepción en aquel caso. Pese a todo, preferí retractarme, no fuera a ser que la asustara el concepto de cita (aunque en mi cabeza fuera a ser una, ya que eso podía significar justificar lo que teníamos y que, quizá, lo carnal no fuera tan sinónimo de pecado) y eso la hiciera echarse para atrás, o cualquier cosa.
– ¿Quieres venir esta noche conmigo a tomar algo? Puedo invitarte a cenar y después lo que surja, como si quieres ir a Wolfsbane o a cualquier otro sitio... Eliges tú. – propuse, y como ella aceptó enseguida decretamos la hora aunque sin movernos de la cama, porque eso suponía hacer un esfuerzo demasiado sobrehumano para lo que estábamos dispuestos a hacer. Además, ignorando vilmente a Maus, ella volvió a subirse encima de mí y volvimos a liarnos, de una manera más tranquila que antes pero calentándonos también, un poco más cada vez hasta que mi teléfono nos interrumpió y me hizo maldecir entre dientes, sobre todo al ver que la llamada era importante. ¿El resultado? Me tenía que ir a la base a hacer papeleos y a entrevistarme con algunos soldados que tomarían mi posición en Irak, así que tenía que ir moviendo si no quería llegar tarde. Por eso, me despedí de Paola con un beso, reiteré nuestra cita para que no se le olvidara y me levanté para irme... con la sensación de que, pese a todo, aquella había sido una de las mejores noches que había pasado en mucho tiempo y que, como la cita demostraría, me moría por repetir.

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