Wanted Dead Or Alive {Adriana P. Gregoletto}

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Wanted Dead Or Alive {Adriana P. Gregoletto}

Mensaje por Angelo Sforza el Mar Dic 18, 2012 9:29 am

Llevaba cuatro días durmiendo en la calle, y el tiempo de Londres pocas veces me había parecido tan adverso. Sabía que en esa ciudad llovía mucho, y también que hacía bastante frío, pero cuando venían temporales, según los periódicos medio rotos que conseguía atrapar en la basura, todo empeoraba demasiado. Después de unos años en aquella ciudad, había intentado que todos esos períodos me pillaran bajo un techo, que pese a estar inclinado y medio derruido, como el de mi buhardilla, daba más que una piedra. Aquella vez, sin embargo, el dinero se me había terminado hacía un par de días, cuando me había tocado elegir entre comer y pagar el alquiler. Obviamente, había elegido la primera opción, y como era esperable la casera me había echado sin la más mínima vergüenza. De hecho, creo que incluso se sintió satisfecha a la hora de hacerlo; sentía una extraña clase de odio hacia mí que yo le devolvía con la misma intensidad, puesto que era una vieja bruja amargada que me arruinaba la existencia siempre que podía, y la oportunidad de desahuciarme era la mejor que tenía, dado que mi conducta solía ser intachable. No podía ser de otra manera, en realidad, porque pasaba el menor tiempo posible en aquel piso oscuro y lleno de monstruos acechando en las esquinas, uno cuyos techos bajos hacían que mi corazón se acelerara en el pecho, que me mareara y que empezara a temblar incontrolablemente, sin motivo de peso para mí. Los médicos, que opinaban diferente, habían llamado a ese motivo claustrofobia.

A veces yo mismo me escapaba de aquel lugar porque las paredes se me echaban encima y era demasiado para mí. Aquella, sin embargo, yo no lo había elegido; me habían obligado, y no podía haberme tocado en peores condiciones. El rincón que había encontrado para dormir cuando me echaron del cajero automático era, con creces, el peor en el que había dormitado en mucho tiempo. Estaba en un callejón de las afueras, entre dos contenedores de vidrio, y justo debajo de una zona en la que la cornisa se había caído hacía bastante tiempo, así que cada vez que llovía acababa empapado hasta los huesos... y vivía en Londres, así que eso era muy frecuente. Para el primer día, ni los gatos se me acercaban, y cuando llegó el cuarto estaba tan harto de merodear aquel barrio humilde sin resultado que decidí arriesgarme y acercarme a una zona más céntrica de Londres, que atrajera más turistas con las carteras llenas y que me permitiera recolectar lo suficiente para poder pagar la mensualidad, seguramente acrecentada por el tiempo que había pasado desde que me la había exigido la casera. Maldita zorra...

Por eso, aunque supiera que no era una buena idea porque en el metro había cámaras de seguridad, me arriesgué a utilizarlo. ¿Qué perdía, a fin de cuentas? Vale, lo que estaba en riesgo era que me deportaran y me volvieran a meter entre las cuatro paredes blancas del psiquiátrico, perspectiva que me ponía los pelos de punta, pero era eso o morir de hambre y una neumonía en Londres, y la situación estaba tan mal que, por una vez, preferí arriesgarme. Me colé en el metro, aprovechándome de la marabunta que en la hora punta se acumulaba bajo tierra, y traté de pensar en lo encajonados que estábamos lo menos posible, puesto que eso no hacía sino aumentar el mal cuerpo que no había dejado de sentir desde que había bajado a aquellos túneles. El trayecto, como no podía ser de otra manera, transcurrió lentamente, entre la tensión por las cámaras y los revisores y la considerable distancia entre mi patético lugar de descanso y el centro de la ciudad. Encima llevaba todas mis escasas pertenencias en una mochila que estaba a buen recaudo de los carteristas, algo que sabía porque yo era uno, y cuando por fin salí a la superficie tanto la tela como yo lo agradecimos, porque de haber seguido un minuto más bajo tierra seguramente habría tenido un maldito ataque de ansiedad... y en mi experiencia, eso no me había traído más que problemas.

Por fin, pude centrarme en la calle, en los turistas que llenaban la ciudad con sus lenguas extranjeras (incluso de italiano, como noté con cierta nostalgia, pues hacía demasiado que no me juntaba con nadie de mi país y echaba de menos la sonoridad del idioma) y en sus carteras rebosantes de dinero. Me puse la capucha de la chaqueta negra y vieja que llevaba, como excusa por la insistente lluvia, aunque en realidad eso me venía perfectamente para ocultar mi rostro, y una vez listo escudriñé a la multitud. Enseguida localicé a los grupitos que más ricos parecían, y como una mosca a la luz me atrajeron tanto que me acerqué de manera disimulada. Obviamente, no podía colarme allí felizmente, sino que tenía que mantener las distancias. Reconocí sus acentos napolitanos, aunque había uno que hablaba con un deje más florentino, creía recordar, y la nostalgia casi me impidió centrarme en que, de hecho, uno de ellos me sonaba... Aunque aparté rápidamente esos pensamientos de mi mente, porque eso no podía ser cierto; ¿qué posibilidades había de encontrarme a una celebridad en el submundo de Milano en pleno Londres? Nulas. Al menos, eso creía. Esperé hasta que todos dejaron sola a la que parecía la jefa, una chica morena y vivaracha más joven que yo, y fue entonces cuando vi mi momento: era la ocasión perfecta. Me abrí paso entre la gente para acercarme a ella, y cuando pasé a su lado fui tan rápido como solía. Sin casi tocarla, en un abrir y cerrar de ojos su cartera estuvo en mi bolsillo y yo me alejaba como si nada hubiera sucedido, tranquilamente y con apariencia inocente.

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Re: Wanted Dead Or Alive {Adriana P. Gregoletto}

Mensaje por Adriana P. Gregoletto el Sáb Ene 05, 2013 12:35 am

El poder absoluto corrompe de manera absoluta. Eso había leído alguna vez en un cómic de los X-men y no tenía ni idea de por qué leches me había venido aquella frase a la cabeza en aquel momento. Estaba de mal humor y recordar aquella cita no hacía más que enervarme aún más mientras me arreglaba para salir, no había un momento más inoportuno para ponerme a pensar en cómics y en gilipolleces... ¿Qué sería lo siguiente? ¿Ponerme a pensar en Jack? No, por ahí sí que no pasaba... ¡Joder! ¿Qué leches me pasaba? Sacudí la cabeza y me peiné el pelo con la mano para no estropear demasiado los rizos naturales que aquella mañana tenía por arte de magia, me puse rimmel, pintalabios y eyeliner y ya estaba lista. Salí de mi cuarto y me encontré con cinco hombres trajeados que me esperaban, solté un bufido al verlos, cogí la cartera y las llaves y me fui directa a la puerta. - Podemos irnos. - Todos asintieron y salimos de casa rápidamente, como si tuviéramos prisa o algo... Y sí, la verdad era que la teníamos, pero no podía importarme menos.

Desde que Carlo había llegado y se había convertido en mi fantasma personal me costaba estar de buen humor pero por suerte Ezio estaba allí, soltando burradas y bromeando, intentando que le siguiera el juego como terminé por hacer. Junto a Ezio me acompañaban mis niñeras particulares, Enzo, Marco y Giovanni pero, además, una grata sorpresa que había aparecido hacía un par de días: Maus. Cuando lo había visto me había alegrado muchísimo porque, en cierto modo, aquella era una prueba de que mi padre seguía vivo... Aunque él no pudiera siquiera decirme cómo o dónde estaba. Al parecer tenía que actuar como si mi hermano fuera el capo y le debiera lealtad después de todo lo que nos había hecho... Y por si no fuera poco tenía que soportar que Carlo me vigilara constantemente, que se metiera en mi vida y que encima me dijera lo que debía o no debía hacer y lo que era bueno para mí o no... Como en el caso de Jack. Puse los ojos en blanco mientras caminábamos y me metí en la conversación de mis chicos a tiempo para escuchar cuales eran los planes de aquella mañana. Primero: Oxford, allí acudiría un tipo que nos debía dinero y a por el que teníamos que ir, después debíamos recaudar el dinero del mes de los camellos de la zona y, probablemente, dar alguna paliza más (justo lo que necesitaba) y por último nos reuniríamos todos en Wolfsbane para ver cómo iban las cosas, conocer a las nuevas chicas, hacer las cuentas y tomarnos algo antes de comer... Con Carlo. No tardamos demasiado en llegar a Oxford y una vez allí esperamos a que apareciera nuestro objetivo, un tratante de arte que creía que podía timarnos. Mientras esperábamos, Ezio y Maus hablaban sobre cómo estaba Florencia en aquella época del año, sobre las visitas a Milano que Maus había hecho últimamente y algunos rumores que corrían por la bota... Como echaba de menos todo aquello. - Vale, el plan es el siguiente. Enzo, Marco y Gio os ocupareis de Black. Maus y Ezio de los camellos de la zona norte y yo de la zona sur, que son menos... Además, si aparece Leone me ocuparé de entretenerlo lo suficiente para que no meta la pata... Cuando terminemos nos encontraremos todos en Wolfsbane, ¿os parece? – dije en dialecto napolitano, poniéndome seria y sacando mi vena de mafiosa que tantísimo me encantaba. Todos asintieron y justo en aquel momento, apareció el tipo al que buscábamos por lo que Enzo, Gio y Marco se escabulleron disimuladamente. - ¿Seguro que quieres hacerlo sola, Adriana? - asentí y Maus suspiró, me dio un apretón en el hombro y se marchó con Ezio, que me retó a una partida de beer-pong después a la que acepté entre risas sin pensármelo.

Entre risas y con mejor humor negué con la cabeza y me dispuse a cumplir mi trabajo de aquella mañana... Qué ganazas. Solo esperaba que Carlo no me tocara demasiado las narices y pudiera librarme de él durante un rato. Estaba sumida en mis pensamientos, sin prestar demasiada atención a la gente, turistas en su mayoría, de mi alrededor hasta que alguien pasó por mi lado, demasiado cerca, demasiado sospechoso, demasiado fácil... Vi como se alejaba sin más y no dejé de caminar pero busqué mi cartera en mis bolsillos y al no encontrarla me enfadé... Mucho. Dejé que creyera que había ganado y que pusiera tierra (más bien gente) entre nosotros aunque cuando salimos de Oxford él se dio cuenta de que lo seguía y aceleró el paso. Lo conduje como yo quise hasta un callejón sin salida en el que le bloqueé la única vía de escape que tenía, entonces, lo observé con detenimiento. No era más que un indigente con el pelo largo y sucio, barba de muchos días, quizá demasiados, su ropa negra, de la suciedad, parecía más bien marrón y lo único destacable eran los tatuajes que podían verse por su cuello y sus enormes ojos azules... Sin embargo aquello no sirvió para aplacarme, seguía siendo un jodido indigente que se había metido con la persona equivocada.

-¿Quién te crees que eres para robarme a mí? - solté con rabia y desprecio, dejando que se me notara aún más el acento en aquellas palabras y sin pensármelo más me acerqué a él y lo cogí del cuello de la camiseta, el tipo era mucho más alto que yo y aún así pude hacerlo porque parecía agotado y desmejorado, quizá enfermo... Pero de nuevo no me importó. Le di un puñetazo en la cara, y luego otro y otro, con el que cayó al suelo y entonces fue cuando empecé a darle patadas. - ¡Así aprenderás a no robar a quien no debes, stronzo di merda! - y con aquello me agaché, volví a cogerlo del cuello de la camiseta y a golpearlo una y otra vez solo parando para darle patadas y cambiar el lugar de los golpes, desde su cara a su estómago, sin olvidarme de estirarle del pelo o incluso de arañarlo, comenzando a darle una paliza de película, desahogandome por fin como necesitaba desde hacía unos días... Y es que, de todas maneras, ¿Quién reclamaría a aquel indigente? ¿Quien saldría en su defensa? No era ético, lo sabía, y sin embargo no iba a parar... Ni podía ni quería hacerlo... Solo esperaba controlarme lo suficiente como para no acabar perdiendo el control y desmembrandolo. Eso sí que sería mala suerte... Para él, claro.

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Re: Wanted Dead Or Alive {Adriana P. Gregoletto}

Mensaje por Angelo Sforza el Sáb Ene 05, 2013 1:24 am

La huida estaba siendo fácil, demasiado fácil. Eso me preocupaba, porque normalmente la gente tendía a sospechar y siempre me obligaban a esconderme entre la multitud, con lo que odiaba que los cuerpos de los demás me rozaran siquiera, pero en aquel caso no había pasado nada, tenía la cartera y me estaba yendo a revisar su contenido. Quizá por eso tenía un mal presentimiento respecto a aquel robo en particular, y por eso aceleré el paso inmediatamente después de alejarme varios metros de la escena. No podía evitarlo, y eso que no tenía ningún motivo para desconfiar, ¿no? O sea, ella no había notado nada, ni siquiera la había rozado directamente, y todo había sido rápido y limpio, así que no tenía por qué sospechar de mí. Cogería el dinero, dejaría la cartera en una comisaría y me compraría algo de comer, porque me rugían las tripas y hasta me dolía el estómago por no haber probado bocado en días. Sí, eso haría, y como quería que fuera cuanto antes para quitarme ese estúpido presentimiento de encima, que era lo único en lo que podía pensar ya que estaba tan cansado que la mayor parte de mi mente estaba centrada en convencerme de dar el siguiente paso, no dejé de acelerar y de dirigirme casi por instinto hacia un callejón en el que estaría tranquilo... O eso creí.

Tenía que haber hecho caso de mi presentimiento. Tenía que haber sabido que nunca nada era tan fácil, especialmente para mí, y que no existía un robo perfecto después de una racha tan mala como la que llevaba, pero quise creer que podía salirme algo bien aquel día y me confié, lo cual fue un error, como comprobé cuando la chica a la que había robado me cortó la única vía de escape en el callejón. Me di cuenta, entonces, de que me había estado siguiendo, y también de que si había terminado allí había sido por, precisamente, su culpa, y entonces fue cuando me di cuenta de que estaba jodido. Si hubiera sido una persona cualquiera no habría venido a encarar a un ladrón sola, pero estaba claro que era tan consciente de su superioridad que no necesitaba a nadie más para atacarme, y eso sólo podía significar que era alguien con quien no convenía meterse. En esa situación, lo primero que haría sería pedir disculpas y devolverle la cartera; después, me iría a robar algo de comida o lo que fuera, porque no me tenía en pie, y problema solucionado. Al menos, eso debería haber solucionado el problema, pero no pude llegar a ver si así era porque ella se me echó antes encima, literalmente.

Llegó antes de que pudiera reaccionar. En condiciones normales, habría sido capaz de defenderme, pero tenía demasiada hambre y estaba demasiado cansado para que eso fueran situaciones normales, así que fui presa fácil. Sus golpes me tiraron al suelo, y ni siquiera eso bastó para que se aplacara, porque cuando resultó aún más evidente que no podía defenderme ella siguió golpeándome e insultándome en... ¿italiano? ¿Con acento napolitano? Angelo Sforza, te has metido en un buen lío... Esa chica tenía que ser Gregoletto por fuerza, todo apuntaba a ello y aún así me había lanzado a atacarla, ¿qué mierda tenía en la cabeza para ignorar la primera ley de supervivencia que aprendí en las calles de Milano: no meterse en terreno de las mafias? Lo que fuera que me hubiera hecho cometer ese error iba a ser mi ruina, estaba claro porque lo único que podía hacer era encogerme y soltar quejidos de dolor por la paliza que me estaba dando, pero aún así intenté buscar entre mi ropa su cartera y devolvérsela... a lo mejor eso la aplacaba.

– Scusa... ¡Scusa! Io... Io non volevo... ¡Per favore, signorina! – supliqué, intentando ganar tiempo, aunque no sé si fue mi voz apenas audible o que ella estaba demasiado enfadada que no surtió efecto y ella siguió dándome la peor paliza que me habían dado en mucho tiempo. Encontré la cartera entre mi ropa casi por casualidad, y se la dejé en el suelo, en una zona limpia (creo, porque tampoco presté mucha atención), aunque ya había perdido toda esperanza de que me dejara arrastrarme a un rincón a lamerme las heridas con la (escasa) dignidad que me quedaba. Y bien que hice, en realidad, porque ella estaba demasiado obcecada, y yo demasiado dolorido y cansado. Sólo quería dejarme llevar... A lo mejor, con suerte me desmayaba, ella me creía muerto y me dejaba en paz. A lo mejor despertaba y todo había sido un mal sueño, yo seguía viviendo en Milano tranquilamente y los últimos años huyendo no habían pasado. A lo mejor... A lo mejor debería volver a la realidad. Pero era tan difícil... Las formas de mi alrededor bailaban, estaba a punto de desmayarme y me dolía el pecho al respirar por sus patadas. Quizá tenía una costilla rota, no lo sabía, pero dolía demasiado, y yo no podía más. Cerré los ojos...

...y los abrí inmediatamente al escuchar una nueva voz ante la que ella paró. No sabía quién era, y no podía importarme menos, porque estaba ocupado haciéndome un ovillo y tratando de coger aire desesperadamente, con los dedos crispados sobre el suelo. Sin embargo, lo poco que escuché de la voz me sonaba familiar, y por eso traté de mirar hacia quien hablaba como pude, aunque era difícil tal y como estaba.
– ¿Sforza? – preguntó, y fue entonces cuando la tensión volvió a mí con fuerza, porque si ella era una Gregoletto y él la había hecho parar, es que él era un Gregoletto, y ¿por qué ellos sabían mi nombre... mi auténtico nombre? Traté de levantarme; me apoyé en la pared y me incorporé como pude, aunque sólo fui capaz de quedarme medio sentado, con la mirada puesta en él. Negué vehementemente con la cabeza, porque aún no era capaz de coger aire, y sólo cuando lo hice hablé.
– No, no... Il mio cognome è Buonarotti... – murmuré, sólo para terminar tosiendo violentamente, de tal manera que casi me convulsioné sobre mí mismo, pero no llegué a hacerlo, por suerte.

Ellos volvieron a hablar en un dialecto que no terminaba de entender pero del que captaba palabras sueltas, y aproveché ese minuto en el que no me prestaban atención para fijarme en él. ¿Por qué me era tan familiar? No podía ser por su implicación con la mafia, porque a esos los conocía de nombre y muy pocas veces de haberlos visto, tenía que ser por otra cosa. En Londres no lo había visto nunca, de eso me acordaría con claridad, así que tenía que haber sido por fuerza en Milano. ¿En el psiquiátrico? Lo dudaba, porque nadie iba nunca a visitarme. ¿Trabajando en alguno de los bares? Improbable, porque eran demasiadas caras para que una me resultara tan familiar. ¿Antes, quizá? ¿En el orfanato...? Y se me encendió enseguida la bombilla, si bien me resultaba extraño que él precisamente estuviera en Londres. ¿No decían que el mundo era un pañuelo? Esto lo confirmaba.
– Tu... Tu sei il fidanzato di Natalia... – concluí, y fue entonces cuando, por primera vez en mucho rato, me prestaron atención... y ella pareció dejar de querer matarme. Bueno, eso era un avance. Al menos, eso creía.

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Re: Wanted Dead Or Alive {Adriana P. Gregoletto}

Mensaje por Adriana P. Gregoletto el Sáb Ene 05, 2013 2:27 am

El sonido de los golpes no servía para calmarme, aquel chico quizá no tenía la culpa, pero había aparecido en el lugar inoportuno en el momento inoportuno... Por no decir que había robado a la chica equivocada. Estaba pagando toda mi rabia, toda mi frustración, todo lo que la vuelta de Carlo significaba con él... Estaba claro que no lo merecía pero no iba a parar después de haber empezado. Los golpes se repetían y sus quejidos, mientras se encogía, eran lo único que se escuchaba en aquel callejón hasta que comenzó a suplicar... En italiano. Aquello me hizo fruncir el ceño mientras lo golpeaba pero no parar, quizá sabía italiano y como a mí se me notaba la procedencia lo hacía para que parara y no pensaba hacerlo sino que golpeé más fuerte. Ni siquiera vi lo que hizo con mi cartera, estaba demasiado centrada en destrozarlo, en desangrarlo, en matarlo... Notaba la adrenalina, la sangre bullendo en mi interior, la fuerza de mis puños y de mis patadas que aumentaba cada vez más y más... Lo notaba, iba a perder el control y no me importaba... Pero entonces...

-¿Qué está pasando aquí? – de repente mis músculos se tensaron y lo atravesé con la mirada, dejando al indigente en el suelo. Aquellas palabras, en italiano, me enfadaron. - ¡Por Dios, Adriana! ¿Qué demonios estas haciendo? - gruñí, mirándolo y después mirando de reojo al deshecho humano que se hacía un ovillo en el suelo. - No te importa. Largate. Esto no es asunto tuyo. – me acerqué de nuevo al chico aunque Maus no me dejó hacerlo sino que me cogió del brazo, estirando con fuerza. - ¿Estás loca? ¡Casi lo matas! ¿Qué pasa? ¿Es que quieres hacer cualquier cosa para parecerte a Carlo? Porque lo estás consiguiendo... Tal para cual. - sus palabras, en aquel momento, tuvieron el efecto contrario que se esperaba, en lugar de ponerme de mal humor y hacer que me lanzara contra él sirvieron para que mi sangre se enfriara, la adrenalina desapareciera y, de golpe, el sentimiento de culpa apareciera. Bajé la cabeza cuando él miró al chico y, al parecer, lo reconoció. Los observé, con el ceño fruncido, pues el chico parecía tan sorprendido como yo mientras intentaba incorporarse como podía... Le había dado una buena paliza. Negó con la cabeza y le respondió en un perfecto italiano, con acento del norte, que se apellidaba Buonarotti, no Sforza justo antes de ponerse a toser violentamente.

-¿Quien es, Maus? ¿De qué lo conoces? - pregunté en dialecto napolitano con curiosidad. Maus negó con la cabeza y me miró, pude ver en sus ojos azules que algo pasaba. - Nadie... Creía que era un chico de Milano. Nada importante Adriana. Ahora ve con Ezio y ayudale con los camellos, yo me ocupo del chico, ¿Quieres? - alcé una ceja y negué con la cabeza, ¿qué era eso de darme ordenes a mí y de echarme tan poco disimuladamente? Quería quedarme. Quería ver quien era aquel chico y por qué Maus lo defendía. - No me voy a mover de aquí, ¿No decías que me parecía a Carlo? Él se largaría y te dejaría a ti ocuparte, yo soy quien lo ha dejado así y yo voy a ayudarte a... Lo que sea que vayas a hacer con él. ¡Y no me discutas! Desde que viniste has evitado el tema de mi padre y me lo debes... Lo sabes. – Maus sonrió casi con cariño y asintió, iba a hablar justo cuando, de fondo, escuchamos hablar al chico, de nuevo en italiano... Y nombrando a Natalia, reconociendo a Maus como su prometido. No sé quien se sorprendió más, si Maus o yo pero enseguida miramos al chico entre extrañados y sorprendidos, al menos yo, porque Maus se acerco a él y asintió.

-E tu sei Angelo... Cosa fai qui? – Maus ayudó al chico a levantarse, pasando uno de los brazos de él por detrás de su hombros para levantar su peso más fácilmente. - Non importa... Adriana, vieni qui. - asentí y me acerqué a ellos casi con cuidado, aunque antes de llegar me agaché al darle una patada a mi cartera y la cogí, observando que no faltaba nada y la guardé, llegando junto a ellos e intentando no resultar amenazante para el chico o lo que fuera. - Scusa... ¿Angelo? Yo... No suelo comportarme así. Tengo un mal día y lo he pagado contigo. - me disculpé, mirándolo de reojo y viendo como Maus asentía y me daba paladitas en el hombro. - Vale, ahora vamos a llevarlo a algún sitio y a curarlo... ¿Al piso? - me preguntó, como si en aquel momento yo tuviera alguna vela en aquel entierro y me encogí de hombros. - El piso está bien, sí. Vamos. - ayudé a Maus a llevar al chico y comenzamos a caminar, bastante lentamente por cargar con él, en dirección a mi casa... ¿Quién me habría dicho que el chico que me había robado y al que le había dado una paliza conocía a Maus? ¡Y a Natalia! Maus aún estaba destrozado por la muerte de ella y ya habían pasado años... Pero no se había recuperado y empezaba a pensar que nunca lo haría... Y menos cuando aparecían fantasmas de su pasado, de su vida con ella, que se lo recordaban... Y yo me quejaba de Carlo. ¡JÁ! Como se notaba que aún me quedaba mucho por vivir... Aunque, ¿para qué mentirnos? Prefería mil veces a aquel chico que a Carlo... ¿O no...? Aún era demasiado pronto para saberlo.

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Re: Wanted Dead Or Alive {Adriana P. Gregoletto}

Mensaje por Angelo Sforza el Sáb Ene 05, 2013 6:46 am

Es curioso cómo a veces se conoce a una persona sin haber llegado a tener nunca contacto directo con ella; eso era exactamente lo que me pasaba con aquel chico, que no solamente había conseguido que la mafiosa dejara de darme una paliza sino que me estaba, en aquel momento, ayudando a levantarme y me recordaba mejor que a él. Yo nunca había llegado a saber su nombre, porque si lo conocía era por su prometida, no por él mismo... Una vez lo ubiqué, los recuerdos de él yendo a buscarla al orfanato donde estaba yo recluido y donde, a veces, me saludaban cuando iban o venían, me vinieron a la mente, y ese fue el único motivo que tuve para no insistir en la mentira de mi nombre. Ese, que me llamara Angelo y que hacía tiempo que había decidido que a la mafia no podía mentírsele nunca, ya que de todas maneras yo era un don nadie que no afectaba para nada a sus planes y no me entregarían, al menos eso creía, pero no tenían motivos de peso reales para hacerlo, así que estaba seguro.

Desde el principio, cuando era un niño, había sabido que él era un mafioso, pero por alguna razón nunca me había parecido tan amenazador como los demás, que dominaban las calles como querían. A lo mejor era porque su prometida siempre era amable conmigo y pensaba que alguien como ella no podría estar nunca con alguien cruel o malvado, pero nunca lo había visto demasiado como un peligro, no como a Carlo. A Leone no había llegado a verlo nunca, pero sabía lo suficiente de él para no querer hacerlo, y eso mismo se intensificó cuando me enteré de que reclutaba a niños que, como yo, se habían criado en el orfanato para sus guerras personales, que acabaron matando a Natalia. Por supuesto, nunca había dicho nada a nadie al respecto; todos los que lo sabían, aparte de mí, estaban muertos porque habían sido soldados elegidos por Leone, y no quería correr esa misma suerte, así que lo había dejado pasar, pensando que no volvería a tener la oportunidad de volver al mundillo, pero la vida daba muchas vueltas y ahí estaba, con el chico al que mi atacante llamaba Maus y siendo conducido a no sabía dónde.

Estaba demasiado cansado para desconfiar, y me dolía tanto el cuerpo que, si fuera por mí, me hubiera quedado en aquel callejón durmiendo, pero no lo hice porque ellos me lo habían impedido. Lo único, de hecho, que pude hacer fue coger la mochila con mis escasas pertenencias y llevarla, medio colgada, para no perderla, no porque valiera mucho en lo sentimental (aunque también), sino más bien porque no tenía dinero para reemplazar lo que llevaba dentro en caso de pérdida.
– Grazie... – murmuré, y Maus lo escuchó, porque asintió, como quitándole importancia a mi agradecimiento. Él podía haberme conocido de niño, pero no conocía al Angelo adulto, y no sabía que, de hecho, escucharme agradecer algo era muy extraño, pero tampoco tenía por qué hacerlo y, en realidad, se lo debía.
– Prego, Angelo. ¿Por qué has dicho que te apellidabas Buonarotti? – contestó, y me mordí el labio inferior, dudando.

Que no pudiera ocultarles nada no significaba que me gustara tener que responder a sus preguntas, porque estaba acostumbrado a hacerlo con evasivas, mentiras o, directamente, ni hacerlo, y renunciar a esa costumbre me resultaba bastante complicado, lo suficiente para que me volviera a plantear si hacerlo o no. Finalmente, tras unos segundos de vacilación, opté por contar la verdad; al menos, la parte resumida de la verdad, porque no quería (ni mi cuerpo tampoco podía aguantarlo) contar la extendida, que al final acabarían descubriendo sin que yo se lo dijera.
– Angelo Sforza no puede estar fuera de Italia; ahora soy Dante Buonarotti. Así es como me presento y me relaciono. – expliqué, aunque eso sólo hizo que Maus frunciera el ceño, extrañado, ya que al parecer no entendía nada... y lo comprendía. A veces, yo mismo tampoco entendía por qué serie de catastróficas desdichas había terminado como un prófugo italiano en Londres.
– ¿Por qué? ¿Qué ha pasado durante estos años? – preguntó, y volví a dudar.

Aquella era la pregunta que más temía de todas las que pudiera hacerme, sobre todo porque era la que implicaba que se lo contara todo. Traté de convencerme de que él no me haría daño porque era quien me había salvado; traté de recordarme que para la mafia no valía nada, y el único motivo que Maus tenía para ayudarme era personal, y sólo por eso puse en orden mis pensamientos y me decidí a, por una vez, confesar.
– Me echaron a los dieciséis, cuando la ley no los obligaba a tenerme más. Hacía lo que podía, pero no tenía nada, y sólo me salvaban algunos trabajos que podía conseguir. En uno de ellos estuve más tiempo de lo normal, creía que podría durar, pero me despidieron sin motivo. Me enfadé, me volví... loco, no sé cómo explicarlo. Me encerraron dos años, y después me escapé y huí del país lo más lejos que pude. Al final, llegué aquí, y desde entonces me buscan. – resumí, lo más brevemente que pude porque me faltaban las fuerzas incluso para hablar, y además sabía que él deduciría por qué no podía utilizar mi nombre y, también, por qué ella me había confundido con un indigente en primer lugar.

Maus no respondió enseguida, sino que me dio un apretón amistoso en un brazo al que yo no reaccioné visiblemente, ya que no quería hacerlo. No me gustaba que sintieran lástima por mí, ese era uno de los motivos por los que no contaba nada de mi vida a nadie, aparte de los obvios, y que él lo hiciera cuando, por lo que sabía, tenía suficiente con que Carlo hubiera matado a su novia, me resultaba incluso ofensivo.
– No te preocupes, Angelo, nada de esto saldrá de aquí. Promesso. – añadió, pero yo volví a sumirme en el mutismo de antes y, salvo mirarlo con una ceja alzada, ni siquiera reaccioné. Ellos dos se pusieron a hablar en su extraño dialecto, pero yo no les prestaba atención, porque era complicado caminar y escucharlos tal y como estaba al mismo tiempo, así que me centré en lo primero. Nuestro paseo nos llevó a un piso, al que me subieron y en el que, honestamente, apenas me fijé, porque estaba demasiado cansado. Sólo escuché a Maus cuando me dijo que pasara a ducharme porque apestaba, y también que me afeitara, y como un autómata lo seguí al baño más lujoso en el que había estado en años, pese a que era bastante normal.

No necesitaba que me dijera lo que hacer allí. Cerró la puerta, y yo aproveché para quitarme la ropa vieja y meterme en la ducha, por primera vez en días. El agua caliente hizo milagros; me limpió las heridas y la sangre que caía de ellas, eliminó la suciedad y el agotamiento de mis músculos, aunque no de mis heridas, y finalmente me hizo volver a ser persona. Sólo tardé lo necesario para lavarme el pelo, y una vez listo me envolví en una toalla y salí de la ducha para encontrarme el set de afeitado que Maus me había dejado. Tendría que responder a sus preguntas al salir, por descontado, pero ya que podía volver a parecer alguien menos delictivo frente a un puñado de mafiosos trajeados lo haría, ya que eran de las pocas personas a las que respetaba y temía al mismo tiempo. Me acerqué al espejo y una vez allí me unté la cara de crema de afeitar sobre la que, después, pasé la cuchilla lentamente, con cuidado, ya que no quería hacerme más heridas que las que ya tenía y sólo mis tatuajes disimulaban en parte. Por una vez en días estaba bien, relajado casi totalmente, pero no quería confiarme... la vida me había enseñado que todo lo demasiado bonito para ser verdad no suele serlo, y eso no podía ser una excepción.

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Re: Wanted Dead Or Alive {Adriana P. Gregoletto}

Mensaje por Adriana P. Gregoletto el Dom Ene 06, 2013 3:10 am

Me sentía muy avergonzada por lo que había hecho. No solo porque Maus conociera al chico, pues eso no hacía más que aumentar la sensación de que era gilipollas, sino porque aquello no era propio de mí. ¿Pegarle una paliza tan brutal a alguien así porque sí? Definitivamente Carlo me afectaba demasiado y lo peor era que yo era completamente consciente de ello y por eso me enfadaba y me molestaba, odiaba que él tuviera semejante poder sobre mí pero no podía hacer nada al respecto... Excepto aquello, avergonzarme, callar como una mala puta y escuchar la conversación entre Maus y el chico, Angelo. Me enganché a la conversación justo cuando Maus le preguntaba por qué había mentido, algo que a mí también me interesaba y me centré en el chico, que parecía dudar a la hora de hablar, mordiéndose el labio inferior... Algo que le hacía estar bastante mono pese a sus pintas. Al parecer el chico había creado una falsa identidad por alguna extraña razón (que en seguida imaginé que estaba relacionada con los carabinieri) que Maus no dudó en intentar sacarle pese a que Angelo no parecía muy hablador... Quizá por mi culpa y por la paliza que le había dado.

Escuché atentamente su historia cuando se decidió a contarla, frunciendo el ceño porque me faltaban muchos datos como, por ejemplo, de dónde lo habían echado o qué había hecho para acabar en la cárcel... Porque lo de volverse loco podía entenderse de muchísimas maneras... Y yo lo sabía perfectamente. La verdad, cuando contó su historia pese a hacerlo de manera tan resumida entendí muchas cosas y pasé a mirarlo de otra manera... El chico había pasado lo que parecía un infierno y, sin embargo, ahí estaba, luchando por sobrevivir, haciendo lo que podía para escapar a una justicia que de eso tenía lo justo. Sí, creo que empecé a admirarlo en cierto modo en aquel momento... Pero no dije nada, ¿para qué? No me creería y mucho menos después de haberle dado una paliza como la que le había dado. No pensaba que fuera a confiar en mí así como así y no me arriesgué a intentarlo tampoco pues a veces era mejor callar... Solo a veces. Entonces Maus le prometió que no diría nada y ahí tuve que hablar yo también, pronunciando una simple palabra en italiano porque Maus me miró, esperando que lo hiciera. - Promesso.

Angelo volvió a quedarse callado y me fijé en como lo miraba Maus, como con pena, y alcé una ceja. - No creo que esa sea toda la historia... Quizá deberíamos llamar a Giani y a Teo para que se investiguen un poco, ¿no crees? - le dije a Maus en dialecto napolitano, que el chico parecía no entender por ser del norte y Maus asintió. - Estoy de acuerdo, quiero ver en qué está metido... Me gustaría responder por él. Quiero decir, si podemos hacer algo... Ya sabes, quiero ocuparme. ¿Te importa? - lo miré con el ceño fruncido sin esperarme sus palabras, sabía que Maus era como el hermano mayor de todo el mundo pero no recordaba haberlo visto así con nadie por lo que me sorprendió así que me encogí de hombros. - Esta bien. Pero espero que no lo hagas por pena... Ya sabes lo que pienso al respecto. Si vas a hacerlo busca una buena razón y luego hablamos. De todas maneras, no sabemos lo que ha hecho, aún no podemos juzgar... En casa decidiremos. – Maus asintió, sonriendo agradecido, con esa cara que a veces ponía y con la que era imposible negarle nada y medio sonreí, negando con la cabeza y poniendo los ojos en blanco... Justo en ese momento nos paramos frente al portal del piso, entramos y lo subimos. Una vez allí, Maus le dijo que pasara a ducharse y a afeitarse, lo guió al baño y mientras yo cogí el portátil y uno de los móviles y empecé a investigar por mi cuenta. Maus salió en seguida y se sentó a mi lado. - ¿Llamamos? - preguntó, al parecer, con mucho interés. - Yo llamo a Teo y tu a Giani, sabes que siente debilidad por ti. – asentí y llamé a Giani, en realidad se llamaba Gianluca pero todos lo llamábamos así. Mientras Maus llamaba a Teo y entre los dos preguntamos, primero por Angelo Sforza y después por Dante Buonarotti.

Giani se quedó pensativo unos segundos y enseguida comenzó a hablar, el chico había pasado su infancia en un orfanato, de ahí conocía a Natalia y después había trabajado aunque mayormente era un ratero y después no sabía exactamente qué había pasado con él pero que lo investigaría y me llamaría en cuanto lo supiera o que me enviaría un mensaje y en seguida empezó a preguntarme por mí, por cómo estaba y si tenía pareja... Típico de Giani. Respondí, riéndome y le pregunté por él antes de despedirme y colgar, encontrándome con Maus mirándome con una ceja alzada, preguntándome si tenía alguna información nueva, negué con la cabeza y él suspiró. - Bueno, llevale algo de ropa y curale las heridas, ¿Quieres? Yo voy a seguir investigando por mi cuenta y, de paso, haré algo de comer, seguro que Angelo tiene hambre... – puse los ojos en blanco y asentí, me levanté y fui por las habitaciones de los chicos, buscando algo de ropa que pudiera servirle y terminé con unos pantalones negros, una camiseta de tirantes del Wolfsbane y una de mis sudaderas de los Misfits. Con la ropa en la mano fui al baño y llamé a la puerta, esperé unos segundos de cortesía y abrí la puerta, entrando y cerrando tras de mí. - Te traigo algo de ropa para que te puedas poner algo limpio, si algo no es de tu talla o no te gusta dilo y te encontraremos algo... Ah, y...esto... Maus quiere que te cure, espero que no te importe. - me encogí de hombros y dejé la ropa a un lado, fijándome en él por primera vez desde que había entrado en el baño y tuve que tragar saliva. Lo primero en lo que me fijé fue en su espalda, grande y fuerte, después mi mirada bajó por su cuerpo hasta su culo, solo cubierto con la toalla, por no hablar de sus brazos tatuadisimos, su pelo largo y limpio, precioso... Sacudí la cabeza y me acerqué a él para coger el botiquín que estaba cerca del espejo en el que se afeitaba y una vez a su lado me mordí el labio inferior, mirándolo de reojo. Si de espaldas era increíble era porque no había visto sus ojos, su cuello y su pecho tatuados y la toalla que seguía cubriendo demasiado para mi gusto.

Me separé por fin y dejé de mirarlo, cogí una banqueta que había por allí y me senté en ella con el botiquín sobre mis piernas, esperando a que terminara de afeitarse como hizo bastante rápido porque estaba terminando cuando había entrado. Antes de que él preguntara donde sentarse o lo que fuera lo cogí de la mano y lo senté frente a mí en el aseo, evaluando las heridas. - Lo siento, en serio... No suelo ponerme así con nadie y no tenía excusa contigo, fueras quien fueras, amigo de Maus o no... No sé lo que me ha pasado... Scusa. - le dije, empezando a limpiar sus heridas y a curarlas rápidamente, con la mano experta de alguien que había hecho eso mismo una y mil veces... Lo que tenía ser de la mafia. - Si te hago daño o te molesta... Bueno, acabaré en seguida. He curado navajazos, heridas de bala, mordiscos de perros guardianes y... No sé, tantas cosas que he perdido la cuenta así que esto no es nada... Y se curará del todo en un par de días, Maus ha llegado a tiempo y no hay nada demasiado grave ni irreversible... Solo necesitarás descansar un poco y como nuevo. - me encogí de hombros y le sonreí, mirandole a los ojos, ¿qué tenía yo con los ojos azules? Carlo, Jack, él... Definitivamente a mí me pasaba algo pero no podía evitarlo, simplemente me encantaban. Aparté la mirada para centrarme en sus heridas, intentando darle conversación. - Maus va a preparar algo de comer y luego si quieres puedes echarte en alguna cama... Aunque evita hacerlo en la de Carlo, es un gilipollas y podría dejarte peor que yo y lo malo es que él no se pararía por nadie así que... Mejor prevenir que curar, ¿verdad? Espero que pronto se largue y vuelva con el imbécil de mi hermano porque como se quede aquí un mes más me volveré loca, en serio... Entre mi hermano y su maldito perro faldero no me dejan vivir tranquila, joder... - solté un bufido, más parecido a lo que haría un gato que una persona y negué con la cabeza. Maullé cual gato en voz muy baja y continué curándolo sin decir nada durante unos segundos hasta que me di cuenta de una cosa bastante importante. - Oh! No me he presentado, vaya descuido... Soy Adriana Paola Gregoletto, encantada. - sonreí ampliamente y sin pensármelo le di dos besos en las mejillas, como estaba acostumbrada a hacer desde siempre cuando me presentaba. - Y tú, por lo que he oído eres Angelo Sforza, ¿verdad? Te pega el nombre... Entero. - medio sonreí y me encogí de hombros, curándolo con mano experta y casi terminando de hacerlo, centrándome por último en las heridas que tenía en la cara, acercándome bastante a él... Solo esperaba que no se molestara por eso ya que era lo que me faltaba después de la paliza. Y, después de todo, ¿para qué mentirnos? A mí no me molestaba en absoluto acercarme a él y mucho menos después de ver lo que cambiaba tras una ducha y un afeitado... Era un hombre hecho y derecho... Y realmente guapo, muy guapo... Y ya estaba empezando a liarme, como siempre. ¡Si es que no se me podía dejar sola ni cinco minutos, de verdad!

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Re: Wanted Dead Or Alive {Adriana P. Gregoletto}

Mensaje por Angelo Sforza el Dom Ene 20, 2013 8:43 am

Hacía, literalmente, años que no me encontraba tan relajado. Por una vez no tenía que preocuparme por lo que pasaría después, por si entraría la casera esperando pillarme con las manos en la masa haciendo algo que le permitiera echarme o por si me cortaban el agua caliente o la calefacción: simplemente tenía que preocuparme de afeitarme, nada más. La sensación era extraña; para alguien tan acostumbrado como lo estaba yo a la tensión constante, a que estar en guardia sea algo básico que necesitas para garantizar tu supervivencia, no tener ninguna preocupación en la mente me resultaba curioso... quizá incluso desagradable, en cierto modo, porque me hacía sentirme en la calma previa a una tormenta y eso no me gustaba nada, me hacía estar aún más en tensión que antes sin tener motivos para hacerlo. No, no me gustaba nada. Por eso, además de porque no podía olvidar que seguía en la casa de unos mafiosos y me había jurado y perjurado a mí mismo que evitaría lo posible tener tratos con ellos, intenté afeitarme lo más rápidamente posible, algo que podía hacer porque afeitarse no era una tarea que requiriera demasiada atención, al menos no con la cuchilla de usar y tirar que me habían dejado. Sí, terminaría de pasarla, me daría el after-shave que iba incluido en los utensilios que me habían pasado (y que, la verdad, no creía haber usado nunca porque lo veía un gasto superfluo, igual que afeitarme), les agradecería su amabilidad y me iría por donde había venido... O, al menos, eso quería.

Mis intenciones, sin embargo, se fueron al garete cuando la chica llamó a la puerta y sin darme tiempo a decir nada pasó, cuando ni siquiera había terminado de afeitarme. Bueno, eso era incómodo, sobre todo teniendo en cuenta que no estaba solo con una mujer en circunstancias parecidas desde Cinzia y prefería no recordar cómo había terminado eso. Preferí, en su lugar, hacer como si no hubiera pasado nada porque ella estuviera allí y seguir a lo mío, dejando que hablara. Casi había olvidado lo mucho que las italianas (bueno, y los italianos, que en ese sentido yo era excepcional) disfrutaban hablando y lo poco que se cortaban, pero apenas unos segundos con ella bastaron para que lo recordara a la perfección, puesto que noté cómo me miró, de una manera tan diferente a antes de la paliza que resultaba curiosa... ¿Cómo podía cambiar tanto la impresión que producías en alguien después de una ducha? Vale que casi hubiera hecho milagros en mí después del tiempo que llevaba viviendo en la calle, pero aún así me parecía sorprendente... como poco. Ella siguió hablando, ignorando mi silencio, y me dijo que me había traído ropa y que me curaría. ¿Cuánto tiempo hacía que nadie me curaba? Por lo menos ocho años, desde que tenía que ir a menudo a la enfermería del orfanato y alguien se encargaba de los raspones que solía tener en el cuerpo, fruto de caídas. Que ella fuera a hacerlo era, de nuevo, algo nuevo para mí.

Tomó enseguida el control de la situación, como mafiosa que era, y no tenía ganas de ponerme a discutir y decirle que podía cuidar de mí mismo, ya que estaba demasiado débil para tener las de ganar y, si no iba a sacar nada, prefería no hacerlo. Me sentó frente a ella y comenzó a hablar, en una especie de monólogo que más parecía una serie de quejas expresadas en voz alta puesto que de la gente que mencionaba yo no conocía a apenas nadie... excepto a Carlo. Creo que incluso empalidecí ante la mención de ese nombre, que no necesitaba que uniera con su apodo, Leone, para que a la mente me viniera lo que había hecho y el miedo que de niño me había provocado, con su capacidad para aterrorizar las calles y, sobre todo, a los que como yo podíamos ser los siguientes y desaparecer sin que nadie supiera nada de qué habíamos sido de nosotros... o le importara. A fin de cuentas, sólo éramos huérfanos, ¿qué importaba si uno de nosotros no volvía al orfanato? Una cama más, un espacio que podría rellenar un niño con una familia desestructurada que se había roto, nada importante para quienes nos cuidaban, pero sí para quienes vivíamos de las calles, puesto que mencionar la palabra Leone solía bastar para producir una mezcla entre miedo, si tenías el sentido común de alejarte de él, y expectación, si estabas tan desesperado que lograba convencerte para que te unieras a él.

Ni siquiera presté atención a lo demás que dijo, o a su manera de curarme las heridas, algo en lo que debería aprender a manejarme porque nunca me vendría mal, ya que mis pensamientos estaban en el Milano de hacía años. ¿Seguiría reclutando niños para sus guerras particulares o lo habían capturado ya? Suponía que sería la primera opción, ya que si lo hubieran capturado no tendría cama en aquella casa. ¿Y si ellos estaban de acuerdo...? No, no podía ser, no de alguien que había estado con la chica a la que Carlo había matado. Era imposible, de eso estaba seguro, y sólo esa certeza me hizo volver a la realidad y mirar a la chica, que se presentó... como Adriana Paola Gregoletto. Ahí sí que la había fastidiado pero bien, y no pude evitar tragar saliva, nervioso.
– Yo no quiero molestar, cogeré mi ropa y me iré otra vez. No quiero problemas con los Gregoletto, allá era más fácil saber quiénes erais para evitar robaros, pero aquí... ha sido un error, no tendría que haber cogido tu cartera. Me iré enseguida, no quiero problemas. – murmuré, más para mí mismo que para ella, que aún así lo había oído y, por su cara, parecía querer una explicación que no estaba seguro de querer darle. ¿Qué iba a decirle? ¿Que no quería estar en la misma casa en la que vivía uno de mis mayores miedos infantiles? ¿Que no quería hundirme más en la mala suerte que me había acosado desde que me había echado la casera y no quería dar motivos a los mafiosos para que fueran detrás de mí? No me creería, eso seguro.

– Si no me conocías, es porque nunca he tenido problemas con vosotros. Hasta ahora, bien podía ser un ciudadano anónimo milanés más, como esos que hay a patadas en la ciudad, y eso es porque siempre me he apartado de vuestro camino. Sabía lo que hacíais, conocía a algunos de vosotros, no de los puestos más altos sino de los que estaban en la calle, y a algunos como a Maus sólo de vista, pero os tenía localizados porque erais y sois intocables. Si no quiero problemas, y no los quiero, sólo tengo que apartarme de vuestro camino. Mi apetito es menor que el vuestro, me conformo con las migajas de lo que dejéis y no quiero inmiscuirme en vuestros asuntos, así que por eso creo que es mejor que me vaya. – aclaré, y me alejé un poco de ella, como reforzando la idea de que lo que quería hacer era irme y hacer como si nunca me hubiera dado una paliza la hija del líder de los Gregoletto y, seguramente, heredera de la mafia, a no ser que su hermano, del que había hablado algo antes, fuera el elegido para serlo, pero algo me decía que no sería así. Ella ignoró lo que le expliqué y me dijo que no pasaba nada y que me quedara un rato más, y la manera que tuvo de decirlo (aunque quizá, y sólo quizá, influía el hecho de que al saber quién era me lo tomé como una orden) hizo que no me quedara más remedio que aceptar.

Como aún no había terminado de curarme, volvió a acercarse a mí y se encargó de mis heridas, de las que ella me había provocado y también de algunas que tenía de antes mal curadas, puesto que pese a que solía ser cuidadoso no podía evitar, de vez en cuando, darme buenos porrazos que me dejaban marca, aunque esa marca la taparan muchos tatuajes. Esta vez sí que me fijé en cómo lo hacía, en su manera de echar alcohol a la herida (momento de apretar la mandíbula porque escocía como un condenado) para limpiarla y después taparlas con gasas, ya que ninguna era lo suficientemente grande para necesitar vendas. En un momento dado, ella paró, supuse que porque ya había terminado, y subí la mirada de mi cuerpo a los ojos de ella a ver si, efectivamente, me decía que se había detenido por ello. No sé si me sorprendió más verla tan cerca como lo estaba o que mi primer impulso no fuera apartarme, sino muy lentamente acercarme más, pero el caso es que eso fue lo que hice, sin decir nada, simplemente reduciendo la distancia que me separaba de ella hasta que, cuando debería haberme besado, la puerta del baño se abrió y yo aparté la cara bruscamente, muy incómodo y reprendiéndome a mí mismo mi estupidez.

¿Dónde estaba mi habitual control? Normalmente las mujeres no solían provocarme ninguna reacción más allá de querer que me alejara de ellas porque, como todos los demás, no traían más que problemas, pero en aquel caso había hecho exactamente lo contrario, y sólo pude pensar que era porque hacía mucho tiempo que había estado a solas con una y mi cuerpo había reaccionado antes que yo. Maus se disculpó por interrumpir algo, y yo negué con la cabeza rápidamente, como si tuviera que justificar que no había pasado nada allí para convencerme a mí mismo de que así era, y Adriana recogió sus cosas y se fue con él, cerrando la puerta tras de sí. Respiré aliviado, cerré los ojos un momento y me centré en que ella era la misma que hacía menos de una hora me había dado una paliza que a poco no cuento, lo cual bastó para tranquilizarme. Entonces, cogí la ropa interior que me habían dejado y me la puse por debajo de los pantalones negros y la camiseta de tirantes de ¿Wolfsbane? ¿Qué demonios era eso? Ni siquiera conocía la palabra... Daba igual, el caso era que como no hacía demasiado frío no me puse la sudadera, así que la dejé por ahí para que no me estorbara a la hora de adecentar el baño, como si nunca hubiera estado en él... la costumbre.

Una vez estuvo todo limpio y ordenado, cogí la sudadera y salí por la puerta para encontrarme con un pasillo oscuro, ya que el día no era, como solía ser lo normal en Londres por suerte para mí, soleado y la iluminación natural era escasa. Eché un vistazo a mi alrededor, tratando de orientarme, y sólo mi experiencia a la hora de robar casas italianas, pues aquella estaba distribuida a la italiana, además de delicioso olor que se extendía por la casa me hizo ubicarme y dirigirme rápidamente a la cocina, donde estaban Maus y ella preparando algo al fuego. Se callaron en cuanto me vieron, aunque al haber estado hablando en el dialecto que utilizaban no me habría enterado de nada, y no pude evitar que se me escapara por lo bajo un maullido que me hizo mirar a Adriana con una ceja alzada, ya que de pronto recordé que ella lo había hecho... Algo que teníamos en común, al parecer. Ellos me invitaron a entrar y yo asentí, sentándome a la mesa con Adriana al lado, y cuando estuvo la comida lista Maus sirvió en tres platos algo que olía como risotto alla milanese... y que lo era. Alcé la mirada hacia la otra cazuela, en la que bullía lentamente la típica cassöla, y los miré a los dos, sorprendido gratamente por aquello.
– Tienes rissotto y ¿cassöla? Vuestro dialecto siempre me ha costado un poco. Buon appetito, igualmente. – dijo, y yo hice un amago de sonrisa, que me costó porque hacía tiempo que no sonreía, y asentí.
– Sí, es cassöla... Grazie mille, hacía años que no probaba esos platos... Buon appetito. – respondí, e incliné un poco la cabeza antes de pinchar el risotto y empezar a comerlo, con la sorpresa (que realmente no era tal) de que estaba delicioso... y no solamente porque fuera de mi tierra o porque me muriera de hambre, que también.

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Re: Wanted Dead Or Alive {Adriana P. Gregoletto}

Mensaje por Adriana P. Gregoletto el Miér Feb 13, 2013 2:45 am

No era consciente de la reacción que provocaba la simple mención de mi nombre en personas ajenas a la familia. No decía mi nombre completo casi nunca, solo en contadas ocasiones en las cuales la gente con la que trataba sabia de qué iba el tema y que yo era una pieza clave de la familia y merecían saber a quién tendrían que rendirle cuentas... Pero en aquel caso, aquello era un mundo aparte. Angelo no tenía por qué saber quién era yo, quienes eran los cabecillas en Londres o las mierdas que pasaban entre mi hermano, Carlo y yo pero si había algo que tenía claro era que él no diría nada, no se iría de la lengua y permanecería calladito y sin armar follón para no meterse en líos pues era lo último que necesitaba. Por eso me presenté de manera tan sincera. Y por eso alcé una ceja en cuanto él se tensó y tragó saliva. ¿En serio no había pensado que podía ser la hija de don Gregoletto? ¿Cuantas mujeres más creía que había en la mafia? Porque pueden contarse con los dedos de una mano... Y sobran cuatro. Sin embargo ahí estaba él, murmurando que no quería problemas, que cogería su ropa y que se iría, que no quería problemas con los Gregoletto, que había sido un error, que no tenía que haber cogido mi cartera.... Mi ceño se iba frunciendo cada vez más mientras él seguía hablando. Me sorprendió lo que dijo acerca de que era mucho más fácil reconocernos en Italia que en Londres y supuse que tenía razón, aquí no parecíamos más que turistas adinerados con pinta de estar metidos en negocios muy sucios... Mientras que allí todo era nuestro.

Al parecer yo había seguido mirándolo con mi ceja alzada y mi cara de pocos amigos porque él, en cierto modo, se sintió obligado a darme una explicación que, la verdad, agradecí. Al parecer era uno de los pocos que sabían lo que hacer cuando tenían delante a la mafia: No cruzarse en su camino. Y por eso no sabía nada de él, para quien, según dijo, eramos intocables. Me gustaba como pensaba aquel chico. Sabía perfectamente que si no quería problemas tenía que alejarse de nuestro camino y por eso, según él, lo mejor era que se marchara. Con el ceño fruncido por su actitud negué con la cabeza. ¿Es que estaba loco? - Tu no te vas a ninguna parte, chico. No pasa nada porque te quedes un rato aquí, nadie te va a comer... Además, tengo que terminar de curarte y, ¿qué coño? Es lo menos que puedo hacer después de casi matarte de una paliza, ¿no crees? - sonreí y negué con la cabeza, acercándome de nuevo a él, que se había apartado, y continuando con el proceso de curar sus heridas, tanto las que le había hecho yo como algunas que veía a medio curar o que estaban a punto de ponerse feas... Total, lo mismo me costaba.

Seguí así un rato hasta que, tras observar su cuerpo sin cortarme lo más mínimo mientras lo curaba, subí la mirada y observe su cara, sus facciones, su pelo, sus labios, sus ojos... Sus ojos que en un segundo se toparon con los míos y en los que me perdí durante lo que me pareció una eternidad mientras, como movida por un motor en mi interior, me acercaba a él lentamente y reducía la distancia que nos separaba, cada vez más cerca, cada vez más perdida, cada vez más... Cuando nuestros labios casi se rozaban, la puerta del baño se abrió y Maus, tan inoportuno como siempre, apareció tras ella. Lo fulminé con la mirada cuando Angelo se apartó de mí como si el hechizo se hubiera roto y la idea de lo que estábamos a punto de hacer le horrorizara. - Scusate, no quería interrumpir. - vi como Angelo negaba con la cabeza con insistencia como si quisiera que Maus creyera que allí no había pasado nada y que no interrumpía nada. Hombres. - Adriana, ¿Puedes salir un momento, por favor? - asentí, recogí las cosas y salí del baño sin decir absolutamente nada más, cerrando la puerta detrás de mí.

-La próxima vez que vuelvas a hacer eso... - amenacé, sin llegar a terminar la frase. Maus me cogió del brazo y negó con la cabeza, llevándome a la cocina. - ¿Qué coño pasa, Maus? Me estás asustando. - con el ceño fruncido lo miré mientras le daba los últimos toques a la comida y luego se giró, mirándome con preocupación. - Giani ha llamado. Ha encontrado algo sobre Angelo... - su voz sonaba afectada y chasqueé los dedos con impaciencia, incitándole a que siguiera. - Salió del orfanato, se puso a trabajar de camarero y lo echaron del sitio porque, al parecer, tuvo un brote... Y entonces lo internaron en el hospital psiquiátrico para tratar su esquizofrenia. - Maus parecía realmente conmovido por la historia y yo lo escuchaba atentamente con el ceño fruncido. Así que el chico ocultaba mucho más de lo que parecía, interesante... - Escapó de allí y tiene a los carabinieri detrás. Hay orden de busca y captura, por eso no utiliza su nombre real... Y por eso está aquí y no en Milano. - Vaya. Eso sí que era una historia. Estaba alucinada, sorprendida, pero sobretodo, sentía una profunda admiración por ese chico. Miau. Qué pasada. -El chico es todo un superviviente. Ojalá no sintiera tanta aprensión por la familia... Sería un gran soldado. - murmuré, más para mí misma que para él. Maus me examinó con el ceño fruncido y negó con la cabeza. - Ni lo pienses.

Justo en ese momento apareció Angelo en la cocina y agradecí enormemente que hubieramos estado hablando en dialecto napolitano hasta el momento. Angelo llevaba los vaqueros oscuros y la camiseta de tirantes de Wolfsbane, dejando sus brazos al aire y haciendo que me apoyara en la encimera, deleitándome la mirada con él y con su cuerpo... Sonreí divertida cuando escuché su maullido. - Miau. Pasa, anda, la comida está lista. - sonreí y él se sentó a la mesa antes de que yo me sentara a su lado, Maus se quedó de pie un poco más y esperó a que todo estuviera preparado para empezar a servir los platos y decirle a Angelo lo obvio, que había preparado risotto alla milanese y cassöla. Angelo le agradeció que hubiera preparado aquello porque hacía mucho que no probaba esos platos y tras desearnos Buon appetito comenzó a comer. - Buon appetito. - murmuré divertida al verlo comer con tanta ansia. Maus también lo miraba desconcertado, preocupado y consternado... La verdad es que nunca lo había visto tan paternal con nadie y aquello era, cuanto menos, raro. - Asumo que te gustan los gatos por tu maullido... ¿O solo estabas imitandome? - alcé una ceja, haciéndome la ofendida. - Te preguntaría si tienes mascotas pero teniendo en cuenta como te hemos encontrado y cómo comes... Dudo que la respuesta sea afirmativa... - hice una mueca, encogiéndome de hombros. - Nosotros aquí no tenemos mascotas, excepto Carlo, claro... Pero mi padre tenía varios perros entrenados y algún gato. No estaba mal... – me encogí de hombros y continué comiendo con calma, no como Angelo que parecía muerto de hambre pese a que se notaba que intentaba ir despacio... Aunque bueno, la comida y yo eramos un tema aparte.

Esta vez fue Maus el que asaltó a Angelo con sus preguntas. - ¿Por qué estabas en la calle, Angelo? ¿Tienes donde vivir? Porque podrías pasar unos días aquí si lo necesitas, en serio, nos sobra mucho sitio y no molestarías, te lo aseguro. – puse los ojos en blanco ante el ofrecimiento repentino de Maus mientras comía porque se suponía que era yo la que decidía esas cosas pero al perecer a Maus se le caía la baba con Angelo y ni siquiera pensaba. Sacándome de mis pensamientos y sin que Angelo pudiera siquiera responder, escuchamos la puerta de la casa y al ver a Carlo aparecer en la cocina volví a poner los ojos en blanco. - Hablando del rey de Roma... - murmuré mientras él se quedaba en la entrada de la cocina, examinando a Angelo con ojo crítico antes de entrar y dirigirse hacia nosotros, acariciándome la cara desde detrás y dándome un beso en la cabeza. Hombres. Malditos ellos y sus egos. Eso por no hablar de sus celos y de su exacerbada necesidad de dejar claro lo que es suyo... Aunque en el caso de Carlo, ni eso. De hecho, ya le gustaría. - Leone, estoy comiendo. Apartate. - espeté, bufando y como única respuesta él se rió despreocupadamente. - Ya lo veo, Adriana, ¿Qué es esto? ¿La buena acción de la semana? No esperaba que fueras de las que dan de comer y visten a un indigente para sentirse mejor, la verdad... – Carlo chasqueó la lengua y le dio la vuelta a la mesa, sentándose sobre ella y mirando a Angelo de frente. En aquel momento, la tensión que había en la mesa era palpable, sobre todo por parte de Maus y mía... Pues sabíamos de lo que era capaz Carlo. - Y dime, amiguito, ¿De donde has salido tú? - preguntó, ladeando la cabeza, esperando, tanteando... cazando. Angelo ni siquiera pudo responder. - ¡No tengo todo el día! - rugió el león. - ¡Habla! ¿Es que se te ha comido la lengua el león, chico? - intimidante, amenazador, arisco, peligroso... Así se mostraba Carlo y Maus y yo estábamos tensos, inmóviles, preparados para reaccionar y detenerlo si fuera necesario. - Carlo, dejalo en paz. No le toques ni te acerques a él. ¿Me has oído? - dijo Maus, todo tranquilidad y serenidad. Carlo lo miró, retándolo, esperando a que volviera a hablar para atacar. Era como un león agazapado en la hierba, esperando pacientemente el momento perfecto para saltar al cuello de su presa... Quitaba el aliento. Tenía toda nuestra atención y disfrutaba del momento, lo saboreaba y lo explotaba al máximo... Miré por el rabillo del ojo a Angelo y lo vi moverse inquieto en su silla, Maus y yo estábamos acostumbrados a aquello pero Angelo no... Y como no nos deshiciéramos de Carlo cuanto antes saldría corriendo, se le notaba en la cara. La verdad era que prefería mil veces la compañía de Angelo a la de Carlo y por eso tenía que pensar en algo rápidamente... Miré a Maus, que me devolvió la mirada con complicidad y una sonrisa oculta que Carlo no llegó a ver, sin duda, pensaba lo mismo que yo. Era hora de mover ficha, y nos tocaba a nosotros.

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Re: Wanted Dead Or Alive {Adriana P. Gregoletto}

Mensaje por Angelo Sforza el Dom Feb 17, 2013 10:33 pm

A ellos les había dicho que hacía años que no comía cosas típicas de Milano, como si no recordara la última vez que lo había hecho, pero sí lo hacía. Me acordaba perfectamente de la que había sido mi última buena comida antes de que las cosas se torcieran, y también recordaba que había sido en el restaurante donde me habían contratado por última vez con mi auténtico nombre, Angelo Sforza. Parecía que hacía una eternidad, pero aquella comida que había preparado Maus sabía muy parecida a aquella clase de “Última Cena”, como la de Leonardo (que me había colado para ver varias veces), que tenía en mente. Entre eso, que hacía días que no comía nada sólido y que mi tripa rugía con hambre, pidiéndome que comiera todo lo que no había ingerido en los últimos días, tenía que hacer un auténtico esfuerzo por hacerlo tranquilamente y por no parecer un muerto de hambre, aunque lo fuera. Así, pensaba, la comida me duraría más, me llenaría antes y podría paliar un poquito de la debilidad que aún tenía encima, todo eran ventajas, pero a ver quién convencía a mi estómago, teniendo un manjar delante, para ir con calma... Por eso, no podía evitar comer con ansia, mientras ellos preguntaban cosas cuyas respuestas iba pensando (aún me costaba eso de decir la verdad, después de tantos años sin hacerlo ni siquiera un poco) para dárselas en cuanto tragara y bebiera un poco de agua para pasarlo todo, muy importante.

Sin embargo, mis planes se fueron al traste en cuanto la puerta se abrió y segundos después llegó él a la cocina. No necesité que Adriana se refiriera a él como rey de Roma primero y Leone después para saber que se trataba de Carlo di Luca, porque mi instinto de supervivencia y la alerta del peligro se dispararon en cuanto lo vi por primera vez. Respondía exactamente a las descripciones que los demás niños hacían de él en el orfanato, aunque entonces hubiera sido menor de lo que era ahora, y sus ojos azules eran totalmente distintos a los de Maus, porque mientras él parecía digno de confianza aunque fuera un mafioso Leone parecía estar pensando las mejores maneras de matarte. Todo eso, además, empeoró cuando se dirigió a mí. Por un momento, lamenté no ser capaz de ser como un camaleón y mimetizarme con el ambiente, e incluso dejé de comer instintivamente, aunque no por llamarme indigente (porque lo había sido cuando me habían encontrado Adriana y Maus), sino por el miedo que llevaba teniéndole desde pequeño y al que, ¿por fin?, había conseguido ponerle cara... por mucho que viviera felizmente sin hacerlo.

Sus preguntas me pusieron en un compromiso. Por un lado, sabía que a la mafia no se le mentía, y que él era un miembro de la mafia de tan pleno derecho como podía serlo Maus, que encima me conocía en persona. Por otro, él era el culpable de que murieran no solamente Natalia, sino también muchos de los huérfanos con los que me había criado, y una vez más el instinto de supervivencia me decía que me fuera, mintiera e hiciera que se olvidara de un simple indigente sin peligro alguno, que no sabía nada de nada. Eso sería lo mejor para que no se interesara por mí más de lo que ya lo hacía, pero algo me decía que una vez se centraba en alguien no pararía, y si le mentía como mi instinto pedía a gritos que hiciera averiguaría la mentira, al final, y se estropearía todo mucho más. Aparte, nunca nos habíamos llegado a cruzar frente a frente, así que daba igual si sabía quién era yo porque no era ningún peligro y él no tenía por qué saber que yo sabía que había matado a Natalia, así que decidí arriesgarme y decirle la verdad... a mi manera.

– Soy Angelo Sforza, de Milano. – repliqué, mirándolo a los ojos (aunque supiera que a los animales no era bueno mirarlos tan fijamente como lo estaba haciendo yo con él) para, después, apartar la mirada y centrarla en la comida. Se lo pudo tomar como que me daba miedo, o quizá como que no podía aguantar mucho rato ante él y era un rival débil, pero en realidad estaba intentando pensar, poner cara a Leone y asimilar que él era quien durante tanto tiempo había sido mi monstruo del saco particular... Viéndolo, uno pensaría que había visto demasiadas veces los documentales de la sabana africana y se creía un león, pero no pensaría en un asesino, al menos no hasta ver la locura que había en sus ojos y que a mí, que había vivido dos años rodeado de esa clase de demencia, no me pasaba desapercibida.
– Así que de Milano, ¿eh? Maus y yo estuvimos allí un tiempo, pero seguro que ya lo sabías... – comentó, con un tono de voz que indicaba claramente que sabía que yo sabía algo pero que, como cantara, me colgaría de la fachada del Duomo por las orejas.

Tenía que pensar, y tenía que hacerlo rápido, porque lo que había sobre la mesa era una auténtica amenaza velada proveniente de uno de los miembros de la mafia, uno que, encima, era capaz de matarme sin pensárselo un momento porque ya había hecho cosas peores, y yo no quería ser el siguiente. La única ventaja que tenía era que no tenía pensado decir nada de lo que sabía; eso podía significar para él que no sabía nada, ¿verdad? Era mi único as bajo la manga, así que decidí jugarlo y optar por la estrategia que más odiaba de todas: hacerme el tonto.
– Lo siento, nunca había oído hablar de ti, ni tampoco de él. Acabo de conoceros. – respondí, con tono de voz lento y dudoso, como si me costara cada palabra y sintiera miedo irracional igualmente con su presencia, todo aquello para que se pensara que era estúpido y se convenciera de que no valía la pena ir a por mí... Y, por suerte, mi estrategia funcionó, o eso o se aburrió, porque puso los ojos en blanco.
– No puedo decir que me alegre conocerte, Sforza, pero más te vale tener cuidado con donde te metes... En fin, yo me voy a ir a hacer cosas de provecho y trabajar, no como vosotros, holgazanes. Ci vediamo, piccola. Maus. – finalizó, pasando del tono de amenaza al de flirtear al de amenaza velada en menos de tres segundos y dejándome alucinado mientras se iba, por fin, de la cocina.

Sólo cuando me aseguré de que había escuchado la puerta de la casa cerrarse pude respirar de nuevo, y bebí un poco de agua para que me bajara el nudo que tenía en la garganta por la presencia de quien, seguramente, ahora me veía como alguien peligroso. No tenía que haber aceptado ir a la casa de la mafia... En cualquier caso, ya era tarde para lamentarme, y recordé que me habían hecho algunas preguntas, así que dejé el tenedor sobre el plato y los miré, sin rastro de la lentitud de la que antes había hecho gala.
– No te imitaba, me encantan los gatos. No puedo tener mascotas, pero a veces alimento a alguno de los gatos que me encuentro por ahí, cuando puedo, y no sé, se me suelen acercar desde que era pequeño. Supongo que les caigo bien. – respondí, primero, y después me llevé un poco de comida a la boca. Quizá con las respuestas a sus preguntas podía decelerar el ritmo y, así, que me durara la comida lo suficiente para no tener hambre en un par de días, aunque lo dudaba bastante. Volví a dejar el tenedor sobre la mesa, me limpié con la servilleta y, entonces, miré a Maus, porque iba a responder a su pregunta. – Sí, tengo casa... Bueno, vivo de alquiler en una buhardilla en la zona vieja de la ciudad, supongo que por eso la casa está como está. La casera es una auténtica zorra, no porque no me deje tener mascotas sino porque me echa cuando tardo un poco en pagarle el alquiler, y eso es lo que ha pasado esta vez. Cuando ella me ha encontrado estaba intentando conseguirlo. – añadí, bajando el tono de voz inconscientemente hacia el final, al admitir que estaba robando para poder volver a mi piso (o lo que fuera, ya que a eso no se le podía llamar piso) porque no quería que sintieran (más) lástima aún por mí.

– Prefiero eso a vivir otra vez como lo hacía en Milano los últimos meses antes de venirme. – murmuré, casi más para mí que para ellos, y rememorando en mi cabeza las semanas de preparativos, de huida de los carabinieri, de despedirme de la ciudad, de vigilar mis espaldas constantemente... Ahora era parecido, pero no era exactamente igual, porque al menos tenía el objetivo fijado en la cabeza de volver a casa, no como entonces que me movía a ciegas. No dije nada más al respecto porque supuse que ellos ya me habrían investigado y sabrían a lo que me refería, así que comí de nuevo, esperando que aquella pequeña pausa les diera la idea de dejar pasar el tema y preguntarme por otra cosa que estuviera más dispuesto a compartir que aquello.
– Grazie... Por lo de Leone. Aunque hubiera vivido mejor sin conocerlo, como antes... Así era más fácil no colarme en su camino y asegurarme de acabar bie... oh. No me había dado cuenta de que Leone y tú... – me detuve, mirando a Adriana a los ojos un momento y, de nuevo, sintiendo que probablemente la hubiera fastidiado al decir tanto ya que, según me había parecido entender, o bien estaban juntos o lo habían estado o lo que fuera, pero ahí había habido algo, y si ella era una aliada de a quien yo acababa de poner como una amenaza... bueno, ya podía despedirme de seguir viviendo en Londres o, en general, de seguir haciéndolo. ¿Por qué, además de ser la hija de don Gregoletto, tenía que ser encima la... lo que fuera de Leone? ¿Es que no podía conocer a nadie que pareciera respetarme y que no fuera un arma de doble filo...?

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Re: Wanted Dead Or Alive {Adriana P. Gregoletto}

Mensaje por Adriana P. Gregoletto el Lun Feb 18, 2013 12:04 am

Definitivamente Carlo tenía el maldito don de la oportunidad y es que ya iban dos veces en las que aparecía cuando menos se le esperaba (ni se le quería cerca). Al menos tenía que dar gracias de que no hubiera sido él quien había abierto la puerta del baño cuando Angelo y yo casi nos besamos porque eso sí que habría sido inoportuno... Y Carlo no se habría disculpado por interrumpir como había hecho Maus si no que lo veía capaz de entrar, coger a Angelo del pelo y arrearla a golpes con él. Ese chico era un superviviente y cada vez lo tenía más claro pero no me apetecía que se enfrentara a un depredador como Carlo pues las gacelas, por muy rápidas que sean, son la comida de los leones y no me gustaba pensar en Angelo como en una gacela. La tensión podía cortarse con un cuchillo en aquel momento, Maus había salido a defender a Angelo y Carlo quería respuestas. No sabía cuanto aguantaría sin obtenerlas y por suerte Angelo habló, diciéndole su nombre y procedencia simplemente. No se me pasó por alto el hecho de que había dejado de comer pese a que se le notaba con hambre pero al parecer Carlo lo intimidaba. Carlo, a su vez, intentó saber si Angelo lo conocía a él o a Maus ya que de repente parecía realmente interesado en Angelo por alguna razón que se me escapaba y no entendía en absoluto pero Maus, a mi lado, parecía entender perfectamente pues se había puesto tenso en seguida. ¿Qué estaba pasando ahí? ¿Me había perdido algo? Claramente me perdí la época en la que Maus y Carlo estaban en Milano, por aquel entonces mi padre los necesitaba allí y mis guardaespaldas pasaron a ser los mismos que me acompañaron más tarde a Londres, Marco, Gio y Enzo, supuse que lo que quería mi padre era alejarnos a Pietro y a mí de Carlo y, que a su vez, Maus lo controlara... Pero al parecer no funcionó y aquello acabó mal, con la prometida de Maus muerta y un pequeño motín en las calles contra nosotros que nos hizo mucho daño. Sin embargo, parecía que había mucho más y yo ni siquiera podía entenderlo o saber de qué hablaban o a qué se referían. Me sentía como una simple espectadora de todo aquello, como si no pintara nada... Pero no pensaba marcharme. No dejaría solo a Angelo con Carlo.

Me sorprendió que Angelo negara que conocía a Maus y que dijera que a él tampoco lo conocía. Lo de Maus era obvio, porque sí que se conocían pero lo de Carlo, podía no conocerlo en persona pero por como se comportaba con él parecía que sí que lo conocía... ¿Quién no había oído hablar de Il Leone? Además, su manera de comportarse me resultó tremendamente extraña porque hasta entonces no se había comportado... así. De todas maneras, si lo que quería era librarse de Carlo, lo consiguió, porque este puso los ojos en blanco, lo amenazó como quien no quiere la cosa y se despidió diciendo que iba a trabajar y hacer algo de provecho y llamándonos holgazanes a Maus y a mí... Capullo. Todos nos quedamos en silencio sepulcral hasta que el sonido de la puerta volvió a escucharse, noté como Maus se relajaba a mi lado y Angelo bebía antes de responder a las preguntas que le habíamos hecho antes de la ¿cómo llamarlo? Intromisión de mi querido leone. Primero respondió a mi pregunta sobre los gatos y sus maullidos que, al parecer, teníamos en común. A él también le gustaban los gatos pero no podía tener mascotas, aún así alimentaba a los gatos callejeros con los que se encontraba cuando podía y decía que solían acercarsele... Cosa rara ya que los gatos, especialmente los callejeros, solían ser muy ariscos con las personas. Tras comer un poco más, con algo más de calma que al principio, respondió a la pregunta de Maus diciéndole que estaba alquilado en una buhardilla, no necesité mirarlo para ver la expresión de disgusto de Maus y tuve que reprimir una sonrisa por lo padrazo que era con aquel chico. Al parecer, habíamos encontrado a Angelo como lo habíamos hecho porque su casera era una bruja que lo echaba en cuanto tardaba un poco en pagar el alquiler y había intentado robarme, precisamente, para conseguir el dinero. Y en aquel momento no sabía si sentir culpa por la paliza que le había dado por, simplemente, intentar sobrevivir o admiración por él... Que me recordaba a un león joven al que habían echado de la manada por considerarlo un adversario del león dominante y ahora vagaba solo en busca de una nueva manada, sobreviviendo día a día... Por Dios, ¡Tenía que dejar de tragarme todos los documentales del National Geographic de una vez!

Cuando dijo que prefería aquello a vivir como sus últimos meses en Milano, Maus me dio un codazo porque sabía que yo iba a soltar cualquier cosa, a preguntarle por el psiquiátrico y me tocó morderme la lengua. ¿Qué mosca le había picado? Me mordí el labio inferior y me limité a terminarme mi plato tranquilamente y sin prisas, justo estaba bebiendo un poco de agua cuando Angelo volvió a hablar, dándonos las gracias por lo de Carlo y diciendo que habría vivido mejor sin conocerlo pues así resultaba más fácil no colarse en su camino... E iba a decir algo más pero no terminó la frase porque entonces soltó algo que me hizo atragantarme con el agua y empezar a toser, casi ahogándome yo sola por lo que había dicho. ¿Que no se había dado cuenta de que Leone y yo...? ¿Leone y yo, qué? Maus me dio unas palmaditas en la espalda para que consiguiera respirar y dejar de toser y cuando lo conseguí miré a Angelo con el ceño fruncido. ¿Qué sabia él? - Eso fue hace mucho tiempo y los dos hemos cambiado. - espeté de mala manera, tanto que Maus me miró mal y se aclaró la garganta, como diciéndome que me comportara. Lo atravesé con la mirada y suspiré, intentando calmarme. - No hay nada entre Leone y yo y no lo habrá, como mucho... - me mordí el labio inferior y no dije nada, ¿cuanta confianza se suponía que tenías que tener con alguien para decirle a quien te follarías y a quien no o simplemente para hablar de sexo? Porque sí, Carlo estaba loco, todo el mundo lo sabía pero aún recordaba lo bueno que era en la cama y sabía perfectamente que a falta de algo mejor Carlo era la opción fácil... Pero no era algo de lo que me enorgulleciera o que me gustara compartir. - La verdad es que lo que tú insinúas es lo que le gustaría a él y como le llevo la contraria, entonces se pone más pesado... Pero tampoco pienso dejar que gane. - me encogí de hombros, dando el tema por zanjado o al menos intentándolo.

-Por cierto, Angelo, si tienes más hambre ha sobrado un poco de comida y además hay gelato de postre. Si quieres puedes llevarte un poco a casa. - Maus, todo amabilidad, se terminó su plato y justo cuando yo me terminaba el mío y le dedicó una sonrisa a Angelo. - Y otra cosa más... Si necesitas algo para tu situación, pídelo, por favor, no nos deberás nada pero lo que te diagnosticaron puede traerte problemas sí ocurre donde no debe y no me gustaría que volvieras a ese lugar... – me giré para mirar a Maus sorprendida, sin esperarme aquel arrebato ni aquellas palabras. Realmente parecía que se preocupaba por aquel chico, quizá le recordaba a su prometida, Natalia y eso despertaba en él cierto sentimiento sobreprotector con Angelo... O algo así. - Ya has pasado por mucho y no me gustaría que volvieras a tener que huir por culpa de algo que podría prevenirse o tratarse. – en aquel momento yo no sabía qué decir y simplemente miré a Maus y a Angelo antes de levantarme, recoger mi plato (en el que aun quedaba comida pero no tenía más hambre) y el de Maus y llevarlos al fregadero antes de sacar un rico gelato del frigorífico y varias cucharas, empezando a tomarme el postre tranquilamente mientras ellos seguían a lo suyo y mientras yo miraba a Angelo con la cabeza ladeada... Tenía que reconocer que me encantaban sus tatuajes y eso me hizo fruncir el ceño. - Oye, Angelo, si tan mal vas de pasta... ¿Como es que tienes tantos tatuajes y son tan buenos? Porque son todos una pasada y encima a color... Toda esa tinta que llevas no debe de ser barata. - comenté, sumida en mis pensamientos y sin saber exactamente si cortaba una conversación o simplemente el silencio porque comía gelato de sandía, directamente traído desde Italia... Pese a que muchos de mis chicos sabían preparar un gelato casero riquísimo. Como se notaba que Leone por fin se había marchado y es que la atmósfera era muy diferente en aquel momento a la que había habido hacía unos minutos... Y ahora estábamos todos mucho más tranquilos y relajados, eso sin duda... Aunque yo aún estaba realmente intrigada por aquel chico y su historia. Solo esperaba que no tuviera que irse demasiado pronto porque lo cierto era que lo estaba pasando bien, sobre todo, a la hora de saciar mi inmensa curiosidad. Aquel chico era un italiano de lo más atípico, diferente a todos los que había conocido hasta la fecha... Y eso en parte me intrigaba y en parte me gustaba. Pero me hacía querer saber más cosas sobre él.

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Re: Wanted Dead Or Alive {Adriana P. Gregoletto}

Mensaje por Angelo Sforza el Lun Mar 04, 2013 7:45 am

Estaba jodido. Eso era lo único que tenía claro de toda la situación en la que había terminado metido, y no era una perspectiva que me gustara demasiado, porque resultaba frustrante que pese a haberme pasado más de media vida huyendo de Carlo al final había terminado encontrándome con él... no, al final había casi besado a su lo que fuera. ¿Es que el agua caliente de la ducha de antes me había frito el cerebro y yo no me había enterado? Porque eso era lo único que explicaba que me encontrara en una situación como esa, con la chica que parecía estar liada con Leone delante de mí y a quien sabía que había hecho más daño que a nadie al lado. Si no hubieran estado mirándome habría fruncido el ceño, porque no entendía la razón por la que Maus estaba con Carlo pese a lo que había hecho, pero no lo hice, sino que simplemente lo pensé. Lo único que se me ocurría para explicarlo era que Maus no supiera seguro que Leone había matado a su prometida, ya que sin ese conocimiento no podía ejercer la vendetta contra un miembro de su misma mafia. Si no era por eso, no lo entendía, y Maus me parecía lo suficientemente inteligente y de fiar para no llevarse bien con Leone, así que supuse que lo ignoraba, y por mi parte seguiría así. En cuanto llegué a esa conclusión, Adriana casi se atragantó con el agua y consiguió que levantara la vista y la mirara, con el ceño (por fin) fruncido, al menos hasta que me explicó que, en resumen, las ganas locas de Leone porque ella no estaba dispuesta.

Aquello hizo que la respetara un poco más que antes y, sobre todo, que dejara de sentirme tan en un aprieto como cuando creía que los dos tenían algo y ella iba a chivarse de mí a la peor de mis pesadillas de la época de Milano, eso y que Maus me ofreciera la comida que había sobrado para llevármela a casa, pero no sólo eso sino gelato, ¡gelato! Hacía años que no comía tampoco gelato, porque el que había en las tiendas de Londres no sabía ni parecido al de Italia y por mucho que el Ben&Jerry’s estuviera bueno, porque lo estaba, no era lo mismo... Tenía muchas ganas de probar algo tan típico de casa como lo era el gelato, al parecer hecho a mano por alguno de ellos, y cuando me dieron la cuchara para que pudiera probar el que habían puesto delante de mí lo hice sin dudar, con hambre pero con calma, para no parecer un desesperado, porque no lo era... o, al menos, no quería serlo.
– Sí, me gustaría llevármela si puedo, así tengo algo para comer cuando pueda volver a casa y no me quede dinero porque lo he gastado todo en el alquiler y los intereses. Grazie, Maus y Adriana. Por todo, incluso por el gelato... está riquísimo. – les dije, bajando la mirada para no tener que enfrentarme a ellos y, con la excusa, mirando la textura del helado, surcado por los rastros de las tres cucharas con las que lo estábamos devorando.

Aún me sentía incómodo por su amabilidad, por mucho que cierta parte de mí me gritara que lo disfrutara porque no sabía lo que iba a durar aquella racha de suerte, y no podía evitar preguntarme qué era lo que querían a cambio aun cuando no me lo hubieran dicho ni parecieran esperar que hiciera nada por ellos. La desconfianza que había adquirido con los años, necesaria para sobrevivir, hacía acto de presencia en aquel momento que parecía demasiado bonito para ser verdad y me hacía cuestionarlo todo, incluso a ellos, aunque con Adriana ya lo había hecho cuando había supuesto que estaba con Leone. En mi defensa cabía decir que les pegaba, y que a él se le veían las ganas de liarse con ella a leguas, pero en el caso de Maus no parecía haber nada detrás de su amabilidad... Él había sido quien había intercedido por mí, y no contento con ello había preparado la comida y se estaba ofreciendo para darme medicina para cuando tuviera algún episodio, así que ¿por qué dudaba? Quizá porque no estaba acostumbrado a que me dieran nada gratis, sin esperar nada a cambio, en mi vida, pero llevaba conociéndolo desde que únicamente había sido Angelo Sforza y no Angelo y Dante, así que decidí, sin que sirviera de precedente, darle una oportunidad... y convencerme de que no me lo ofrecía por lástima, sino porque de verdad quería ayudarme, fueran cuales fuesen sus motivos.

– Cuando estaba allí solían darme muchas pastillas con cada comida. Yo creo que muchas eran placebos, porque a veces las escupía y me sentía igual que si las hubiera tomado. Otras veces, cuando las tomaba me sentía más débil, y una de las enfermeras me dijo que esa dosis era la suficiente para tener dócil hasta a una anaconda. No sé si lo decía en serio o no, pero las únicas pastillas que me tomaba sin rechistar eran los tranquilizantes que me daban cuando tenía algún ataque. Al final, lo que veía terminaba yéndose, pero los efectos secundarios eran malos. No recuerdo el nombre de lo que me daban, sé que eran calmantes, pero si pudieras conseguir esas para mis... episodios, te lo agradecería. Son peores cuando no tengo nada con lo que atajarlos. – expuse, mirándolo esta vez a los ojos, y después comiendo un poco de helado para tratar de aligerar el nudo que tenía en la garganta, más por el tema del que hablábamos que por estar hablando con él. Odiaba sobremanera que me recordaran el tiempo que había pasado en el loquero, era tan blanco... Y siempre estaba rodeado de gente que estaba mucho peor que yo, me sentía el único cuerdo en esa panda de locos de atar que eran peligrosos para sí mismos y los demás, y no me gustaba, como tampoco soportaba no ser libre. Por muchas miserias que pasara en Londres y por mucho que me persiguieran o tuviera que robar para sobrevivir, algo que en realidad no estaba tan mal, prefería eso mil veces a que me tuvieran atrapado en las cuatro paredes del psiquiátrico alegando que estaba mal de la cabeza, y eso era un hecho tan evidente como que odiaba que sintieran lástima por mí, y seguramente con eso que había dicho lo harían, así que tenía que cambiar de tema pero ya, y la pregunta de Adriana me venía de perlas.

– Si me has encontrado ha sido porque he cogido tu cartera, ¿recuerdas? Eso es lo que hago: robo. No me avergüenza hacerlo, creo que mucha gente tiene más de lo que merece y yo sólo cojo lo que necesito para sobrevivir, no suelo derrochar nada, pero cuando consigo tener un poco ahorrado lo utilizo para los tatuajes. Nunca, de ningún trabajo que he conseguido, he dedicado los sueldos a hacérmelos, porque son gastos secundarios de los que prefiero ocuparme cuando tengo algo de dinero de sobra. Así que no, no han sido baratos, no pueden serlo cuando son tantos, tan grandes y a color, pero bueno, llevo como desde los dieciséis haciéndomelos, he tenido tiempo de hacer esta colección. – expliqué, estirando los brazos y el cuello para que vieran los tatuajes aunque no creía que hiciera falta, porque al menos Adriana ya había estado pendiente de ellos. En realidad, llevaba bastante rato atenta a lo que yo hacía y dejaba de hacer, sólo que para no incomodarme demasiado había optado por ignorarlo, pero había llegado a un punto en el que ya no podía hacerlo más, así que la miré y busqué tatuajes en ella... aunque no vi ninguno, por cómo iba vestida.
– Ya sabéis, en Italia es bastante frecuente lo de tatuarse, seguro que vosotros mismos tenéis... Creo recordar que tú, Maus, tenías uno en el brazo, ¿no? – pregunté, pasando la mirada a Maus, concretamente a donde creía que tenía el tatuaje del que estaba hablando, y esperando por todos los medios cambiar otra vez el tema de conversación para dar por zanjado todo lo que tuviera que ver con el psiquiátrico.

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Re: Wanted Dead Or Alive {Adriana P. Gregoletto}

Mensaje por Adriana P. Gregoletto el Jue Mayo 09, 2013 11:05 pm

No había nada como un buen gelato casero de fruta, hasta yo misma sabía prepararlo bastante bien y es que no tenía misterio... Pero toda madre y abuela tenían su propio secreto para hacerlo y, por suerte, mi madre me había enseñado a hacerlo desde bien pequeña y lo recordaba a la perfección. Aquel que comíamos, sin embargo, estaba preparado por alguno de mis chicos que también lo hacían bastante bien y así hacían algo en la casa a parte de ver el fútbol, beber cervezas y pelearse. Que cocinaran era un buen entretenimiento y evitaba bastantes problemas, eso era algo que había aprendido de mi padre y trataba de poner en práctica en cuanto podía, especialmente cuando la situación era tensa porque así los chicos podían desconectar. Yo miraba el gelato, sumida en mis más profundos pensamientos acerca de lo bueno que era para la dieta ya que su composición no tenía más que fruta, agua y los ingredientes secretos pero nada demasiado nocivo y ni siquiera escuché como Angelo nos daba las gracias por todo lo que habíamos hecho por él... Aunque si lo hubiera escuchado me habría sentido terriblemente mal tras haberle dado semejante paliza. Por suerte, volví al mundo de los mortales a tiempo de escuchar a Angelo hablar de su época en el manicomio y todas las pastillas y dosis excesivas que le daban y pidiéndole finalmente a Maus únicamente calmantes para sus ataques. Miré a Maus de reojo, perfectamente consciente de que aunque Angelo no supera el nombre de las pastillas él lo averiguaría y las conseguiría al precio que fuera y negué con la cabeza de manera sutil. Cuando Maus se preocupaba por alguien aquel era el resultado pero lo que no entendía era por qué él, qué había hecho aquel milanés para merecer su preocupación... Aunque en cierto modo lo entendía, alguien que había pasado por todo lo que lo había hecho Angelo y aún seguía en pie, intentando sobrevivir día a día era alguien tan respetable como el que más.

Por fin respondió a mi pregunta sobre los tatuajes con una respuesta tan obvia que deseé darme un cabezazo contra la pared por lo idiota que había sido mi pregunta. ¿En serio no había sido capaz de deducir que robando conseguía el dinero para sus tatuajes? Porque entonces tendría que mirármelo porque aquello quería decir que estaba perdiendo facultades. Y lo odiaba. Observé una vez más sus tatuajes cuando los mostró, aunque cuando lo había visto en el baño solo con la toalla alrededor de la cintura había tenido una visión mucho mejor pero no dije nada y simplemente los observé en silencio, reprimiendo mis ganas de tocarlos y delinear los dibujos con mis manos. No se me pasó, sin embargo, el hecho de que él parecía buscar algún tatuaje por mi cuerpo y no pude evitar sonreír, más aún cuando nos preguntó directamente si nosotros teníamos alguno, recordando perfectamente el hecho de que Maus llevaba un tatuaje en el brazo. Maus asintió y, como aún llevaba puesta la americana del traje se la quitó y la puso sobre la silla con cuidado, subiéndose las mangas de la camisa y enseñándole sus nuevos tatuajes. - Cuando tú me conociste tan solo tenía el del hombro, ahora tengo alguno más como este. - señaló la frase que tenía en el antebrazo “Impossible is... Nothing”, esa frase que me repetía tantísimo desde siempre y que me parecía recordar que era lo que su prometida solía decirle siempre. - Estando en la familia es muy difícil no llevar tatuajes, además, el símbolo de la familia es una cruz, algo tan sencillo que todos podemos tenerlo tatuado, yo tengo la mía en la espalda, no es demasiado grande pero es bonita. - se encogió de hombros y yo suspiré, tenía que hacerme aquel tatuaje y lo sabía, llevaba años queriendo hacérmelo pero no sabía dónde pero supuse que no importaba demasiado.

-Por mucho que lo odiemos, el mejor tatuaje con la cruz es el de Leone. - murmuré, recordando aquel enorme tatuaje que llevaba en el omóplato en el que aparecía un león agazapado alrededor de una cruz. - Yo no tengo demasiados tatuajes pero me encantan, mi propio padre lleva bastantes pero siempre ha querido que no me pase, la educación y la elegancia ante todo... - puse los ojos en blanco y termine por mostrarle mi muñeca, donde tenía el tatuaje más fácil de enseñar, en honor a mi madre. - Este me lo hice a los quince, cuando murió mi madre. - expliqué y a continuación me giré un poco y me aparté el pelo del cuello, pidiéndole a Maus ayuda para que me bajara la camiseta y mostrarle un poco del ángel que tenía tatuado en la zona del omóplato. - Y este un poco después, como ves, soy más “tradicional” que tú y me gustan más en blanco y negro y en cuanto a la cruz... Aún sigo pensando dónde tatuarmela. Mi madre la llevaba en el dedo, bajo el anillo de matrimonio. - volví a sentarme bien y me encogí de hombros, atacando una vez más el helado para ver si así ellos volvían a hablar de lo que fuera y podíamos cambiar de tema.

-Te conseguiré lo que me has pedido, Angelo... Pero dime, ¿pasarás la noche con nosotros? Si te marchas y no tienes un sitio donde dormir mi conciencia no estaría tranquila, no puedo permitirlo. – el Maus sobreprotector atacaba de nuevo y me hacía observarlos sorprendida y extrañada por su extraña amistad si es que se le podía llamar así pero me hacía gracia, era como si Maus lo tratara como a un hermano pequeño al que tuviera la obligación de cuidar y proteger, como si su instinto paternal estuviera muchísimo más activo con él que conmigo... y eso ya era decir. Al ver la cara de preocupación de Angelo, sin embargo, entendí perfectamente que estaba entre la espada y la pared y podía hacerme una idea de la razón. - No te preocupes por Carlo, me ocuparé de que pasé la noche fuera y no tengas ni que cruzarte con él si no quieres... Solo espero no tener que ponerme demasiado convincente con él o irme yo también. Espero que hoy esté de buen humor... Aunque bueno, eso es como desear que un inglés no sea jodidamente frío y soso. – dije, sin darme cuenta del tono que había utilizado para decir aquello último hasta que vi la sonrisita de Maus que quería decir tantas cosas que... en fin, decidí ignorarla por el bien de todos porque no me apetecía discutir ni sacar aquel tema. - Vamos, que si el problema es Carlo no tienes por qué preocuparte pero que si es cualquier otra cosa puedes decirlo sin compromiso, no te vamos a comer... - sonreí y me mordí el labio inferior, sin poder evitar hablar de nuevo. - … si tú no quieres. - murmuré con voz melosa y alzando las cejas, sin siquiera mirar a Maus porque no me apetecía enfadarme con sus miradas de desaprobación ni nada por el estilo... Y es que lo conocía lo suficientemente bien como para saber exactamente la cara que debía estar poniendo e ignorarla porque una cosa era que estuviera en plan sobreprotector con Angelo y otra que no lo dejara disfrutar, ¿no? Que hiciera lo que quisiera, era libre... Y así, por fin, podría descubrir cómo besaba que ya me había quedado con las ganas una vez por Maus y no pensaba dejar que me cortara el rollo dos veces.

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Re: Wanted Dead Or Alive {Adriana P. Gregoletto}

Mensaje por Angelo Sforza el Miér Jun 05, 2013 1:40 am

Uno de los primeros recuerdos que tenía de Maus era de cuando él era más joven, poco más que un adolescente, e iba a buscar a su novia Natalia al orfanato cuando se le acababa el turno del voluntariado. Yo me despedía de ella en la puerta, ella siempre me prometía que al día siguiente volvería, y la veía irse con él a donde fuera, realmente nunca le pregunté lo que hacían porque eso era cosa suya y de su intimidad. Sin embargo, sí me fijaba en su novio, que ya entonces me parecía alto y muy maduro y a quien le vi el tatuaje en el brazo por primera vez. Mucha gente en Milano los llevaba, tanto los extranjeros como los propios habitantes de la ciudad, pero su samoano, el primero que vi tan de cerca, me pareció distinto a los demás. Quizá fue eso lo que alimentó mi gusanillo, o sencillamente lo que me hizo tener la idea de probar a hacerme yo mis tatuajes, pero el tatuaje de Maus no lo podría olvidar nunca, y verlo otra vez era, en cierto modo, como volver a casa... Y lo más cerca que estaría, probablemente, de hacerlo. Para mí, eso era lo que representaba que lo hubiera seguido, que recordaba el pasado pero que sabía que no volvería y que había que avanzar, por mucho que yo quisiera volver a mis dieciocho años, algo que jamás podría conseguir. Mucho menos podía hacerlo cuando miraba, además, su otro tatuaje.

Que nada es imposible era algo que Natalia solía repetirme siempre, incluso cuando las cosas iban mal (especialmente entonces). Esa frase, que resumía bastante bien cómo era ella, la llevaba Maus tatuada y significaba para los dos mucho más que las palabras en sí o su propio significado, ya que las identificábamos con ella. Ese era el significado que solían tener los tatuajes, pero en mi caso simplemente los llevaba porque me gustaba cómo quedaban, nada más. Cuando ella había muerto, el recuerdo de mi hermana mayor se había vuelto demasiado doloroso para rememorarlo a menudo, y mucho menos sería capaz de grabarlo en mi piel, así que en cierto modo admiraba su valor por hacerlo. Todos los tatuajes que ellos llevaban significaban algo, incluso la cruz que mostraba su unión con los Gregoletto, y sin embargo ¿qué significaban los míos? Nada. Eran tan falsos como la vida que había construido en Londres, muy similares a ella en realidad, así que era precisamente esa falsedad lo que les daba significado. Mi razonamiento era tan retorcido que decidí que lo mejor sería volver a centrarme en la conversación, ya que empezaba a delirar, pero cuando lo hice fue para escuchar que me proponían quedarme a dormir y que ella no me comería... si yo no quería.

– Me gustan las cruces por lo que significan para vosotros. Si tu padre te ha dicho que te controles con los tatuajes, yo creo que lo mejor sería que eligieras un sitio donde pudieras disimularlo o donde sólo lo viera quien tú quieras. Quizá detrás de la oreja, en la muñeca, o en el vientre, pero he oído que ahí pueden deformarse si... Ya sabes. – opiné, intentando cambiar a un tema menos incómodo y consiguiendo exactamente lo contrario, porque yo solo había ido de escuchar sus proposiciones indecentes a sugerir partes de su cuerpo (que imaginaba con demasiado detalle) donde podría tatuarse y, además, a afirmar que si se quedaba embarazada se le podría llegar a deformar. ¿Es que no iba a dejar de fastidiarla? Me iba mejor cuando no hablaba y cuando mentía; cuando era sincero, como tenía que ser con ellos porque no me quedaba más remedio, las palabras, poco acostumbrado a utilizarlas, se volvían contra mí y me hacían desear hacer como un avestruz y meter la cabeza en la tierra, bien profundamente, para así evitarme el mal rato.

– No quiero abusar de vosotros, puedo encontrar algún sitio, no pasa nada... En el fondo me molestaba defraudar a Maus, sobre todo porque lo conocía y él siempre había intentado protegerme por cosa de Natalia, pero no quería añadir aún más cosas a la lista de lo que les debía, que entre su atención, la comida y las pastillas era ya demasiado grande. La verdad, no me veía tatuándome la cruz Gregoletto y formando parte de ellos, era demasiado independiente para que me pudiera pegar meterme en su mafia por mucho que la compañía de Maus y Adriana, incluso y por mucho que me incomodara, me pareciera deseable. No tenía ningún amigo, ya que nadie conocía mi secreto, y en el fondo resultaba agradable tener a alguien que no me iba a traicionar porque era demasiado insignificante y no ganaban absolutamente nada haciéndolo, pero no quería confiarme. La mafia, a la que había temido desde pequeño, era un arma de doble filo que bien podía herirme por mucho que estuviera viendo su mejor cara, y no quería terminar arrasado por camorristas por un error.
– Además, no le deseo a nadie enfrentarse a Leone por una tontería, no quiero que sea cosa mía que se enfade y... acabes mal. Pero me callé a tiempo y no llegué a terminar la frase, no podía con Maus delante.

¿Sabría él que Carlo era quien había causado la muerte de su novia? Lo dudaba, de lo contrario no serían capaces de estar en la misma habitación sin sacarse los ojos, y pese a que era evidente que había rivalidad entre ellos habían mantenido las formas. No, yo era el único vivo, seguramente, que sabía a grandes rasgos lo que había pasado, y por mucho que se me hubiera desviado la vista inconscientemente hacia Maus cuando había hablado de las consecuencias que podía tener enfrentarse a Leone no podía decir nada, y tampoco lo haría. No era plato de buen gusto destapar secretos que ni eran míos, además de que si Carlo se enteraba de que yo había sido quien lo había dicho podía meterme en aún más líos de los que ya tenía. A él no le temblaría el pulso a la hora de deportarme ni de meterme en la cárcel, en vez de al loquero, y eso era algo que no podía permitir. Si para eso tenía que impedir que se hiciera justicia respecto a la muerte de Natalia lo haría... aunque me dolía. Y sobre todo aumentaba mi enorme deuda respecto a Maus, como si no tuviera ya las dimensiones del Duomo de Milano. ¿Cómo demonios la había liado tanto en tan poco tiempo...?

– Pero quizá sí podría quedarme un rato más. Aquí se está mejor que en la calle o en mi buhardilla, y supongo que por unos minutos más no va a pasar nada, ¿no...? – inquirí, dubitativo, y jugando con los cubiertos que aún estaban sobre la mesa. Era arriesgarme mucho, y lo sabía, pero no creía que Leone fuera a volver, al menos de momento, y eso me daba cierto margen. No había mentido, la verdad es que prefería quedarme allí que en la calle, durmiendo o lo que fuera, ya que la lluvia era demasiado intensa para que me sintiera a gusto bajo ella, y más estando algo enfermo como estaba, por mucho que eso fuera simplemente de comer poco y mal. Sin embargo, sólo podía quedarme un rato, no podía quedarme a dormir, tanto por Leone como por Adriana, ya que no quería que pasara nada con ella... y, a juzgar por sus insinuaciones, ella sí quería, y suficientemente incómodo estaba ya viéndola como una mafiosa a la que empezaba a deber demasiado como para, encima, verla como a una mujer tan italiana y atractiva como lo era ella.

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Re: Wanted Dead Or Alive {Adriana P. Gregoletto}

Mensaje por Adriana P. Gregoletto el Miér Jun 05, 2013 3:46 am

Desde que había conocido realmente a Angelo (vamos, desde que Maus me había parado para que no lo matara de una paliza) tenía una gran duda con respecto a él, una duda que con cada una de sus acciones y palabras me hacía querer saber la respuesta aún más. ¿Podía ser que aquel chico fuera tan inocente como parecía? Sabía, por cosas de familia, que nadie era culpable hasta que no se demostrara lo contrario pero Angelo no era inocente de esa manera si no... En el ámbito sexual. Llevaba desde que lo había visto recién salido de la ducha, afeitado y limpio haciéndole proposiciones indecentes y lanzándole las indirectas más directas que había enviado nunca... Y él parecía que, o bien no pillaba nada o lo ignoraba con una gracia y una elegancia envidiables y por ello me preguntaba si realmente era consciente de lo que hacía, como cuando cambió de tema para sugerirme zonas donde podría tatuarme la cruz de mi familia como detrás de la oreja, la muñeca, el vientre aunque según él esa era una mala zona porque había oído que se deformaría si... ¿Ya sabía? ¿Tanto le costaba decir que se deformaría si me quedaba embarazada? No era algo que entrara en mis planes de futuro más cercanos (ni en los menos cercanos, la verdad) pero podía hablar perfectamente de ello no como, al parecer, él, que no tardó demasiado en volver a cambiar de tema como pudo, que no fue otra que rechazar nuestra invitación. Si hubiera visto bien la cara que puso Maus cuando lo hizo, solo por compasión (y yo no era mucho de eso, pero con Maus me ablandaba, cosas que pasaban), habría aceptado porque fue como si volviera a tener la certeza de que ella estaba muerta, como si que él se fuera significara volver a la realidad tras un momento de tregua con ella en el que podía recordar el pasado con cariño y sin rencor ni frustración por no haber podido vengarse... De quien fuera que la hubiera matado. Que pusiera la excusa de Carlo, de nuevo y cuando le había dicho que yo podría ocuparme del tema, me molestó y más aún cuando tan felizmente dijo que se quedaría un rato más, recordándole a Maus que vivía en una maldita buhardilla de mala muerte que no podía ni pagarse y que ahora mismo estaba en la calle y no tenía otro maldito sitio al que ir, su tono de duda y cómo jugaba con los cubiertos me hizo que no pudiera reprimirme y soltara un sonoro bufido, levantándome de golpe de la mesa, haciendo incluso ruido con la silla y girándome. - Haz lo que te de la gana. - solté antes de encaminarme hacia la puerta de la cocina, molesta por su actitud de mosquita muerta porque era imposible que nadie fuera así, tan inocente, tan precavido, tan... ARG! ¡Tan así!

- Adriana. - dijo Maus en ese tono autoritario suyo que no permitía réplica y, en la puerta de la cocina, me hizo girarme para enfrentarme a él, con los ojos encendidos. - Chè? - Maus me sostuvo la mirada, sabía que podríamos pasarnos el día así pero no tardó demasiado en hablar para no incomodar (aún más) a Angelo. - Siéntate y comportate. Tenemos un invitado. - su tono, pese a que era tranquilo, dejaba clara una amenaza implícita que se quedó suspendida en el aire entre nosotros hasta que volví a hablar. - È il tuo, non il mio. – cuando me enfadaba, me costaba pensar con claridad y siempre utilizaba el italiano, por eso Maus hablaba en inglés, para demostrarme que estaba tranquilo y que aquello era una de mis chiquilladas por lo que no conseguía otra cosa que enfadarme más con su maldita calma y saber estar. - Si prefiere dormir en la maldita calle a pasar la noche aquí porque tiene miedo de Carlo o porque no se fía de mí es cosa suya, ¿sabes? Yo no puedo hacer absolutamente nada excepto irme y eso voy a hacer. - por fin, conseguí pasar al inglés pese a que mi cabreo era tal que mi acento era marcadísimo en aquel momento y no pude evitar soltar un nuevo bufido más propio de un gato enfadado que de una persona y, sin más, salir de allí dando portazo y yéndome a la sala de estar, muy cerca pero sin ser el mismo lugar por lo que pude respirar tranquilamente de nuevo tras aquel enfado tan repentino e impulsivo.

Me dejé caer en uno de los sofás y cerré los ojos, llevándome las manos a la cabeza y masajeandome un poco las sienes para intentar calmarme y desconectar, notando como mi cuerpo empezaba a vibrar por dentro, como si aquello hubiera despertado aquella parte de mí que trataba de reprimir y esconder de la mejor manera posible, esa misma que llevaba tanto tiempo sin aparecer y que no se me ocurría peor momento ni lugar para hacerlo pero, después de todo, ¿qué momento y lugar son buenos para que el Dr. Jekyll deje libre a Mr. Hyde? Me limité a cerrar los ojos con fuerza, controlar mi respiración, inspirar y expirar, como cada vez que me daba un ataque de ansiedad, tratando de relajarme e incluso mareándome durante unos segundos por el ímpetu que le estaba poniendo a aquella tarea pero no podía dejar que me pasara, otra vez no, no quería poner en peligro a Maus ni a Angelo y si aquello se liberaba yo... No quería siquiera pensar en lo que sería capaz de hacer. De fondo escuchaba sus voces apagadas y decidí concentrarme en ellas para no pensar en nada más, tratando de entender algo de lo que decían y llegando a escuchar, únicamente, cómo Maus decía que era muy complicada... Sí él supiera. Negué con la cabeza y continué con la difícil tarea de controlar algo incontrolable, de impedir que la fiera se liberara y se desatara el caos... Al final resultaba que la niñata estúpida y rarita era yo. ¿En serio pensaba que Angelo era raro por ser inocente y precavido y me enfadaba porque no quisiera pasar un rato conmigo? Definitivamente, era gilipollas. O eso o había algo en mí que no estaba bien. O ambas. Sí, probablemente ambas. Eso por no hablar de que debería disculparme por mi comportamiento, aunque lo mejor sería esperar un poco... Solo por si acaso.

- Dime, piccola, ¿Quién es el chaval? ¿Qué está haciendo aquí? Ya sabes, de verdad... No me creo una mierda de lo que me habéis contado y parece que incluso tú empiezas a hartarte de tanta mentira... Nunca fue lo tuyo. - aquella voz me hizo girarme y la media sonrisa de Carlo me cogió por sorpresa, el gruñido que solté justo entonces no sonó siquiera humano y toda la calma que había conseguido desapareció de un plumazo, haciendo que, de pronto, toda esa adrenalina acumulada y retenida explotara en mi interior y, como un animal, me lanzara sobre él sin ser consciente de lo que estaba haciendo pues perdí el conocimiento, aquello ya no era yo, era otra cosa que controlaba mi cuerpo y en aquel momento lo usaba para atacar a Carlo a base de arañazos, mordiscos, puñetazos y patadas mientras gruñía y rugía cual animal... Aunque no todos los rugidos los emitía yo pues Carlo, con una fuerza sobrehumana y envidiable conseguía aguantar los ataques como buenamente podía, defendiéndose y golpeándome lo menos que podía, intentando pararme y al final solo lo consiguió cuando acabó sobre mí en el suelo, con su brazo en mi garganta y mis manos aprisionadas por su cuerpo y, en aquel momento, la imagen que ambos mostrábamos debía de ser muy curiosa pues ninguno de los dos era del todo humano y su rugido hizo que aquel animal que había en mí se quedara inmóvil, lanzando únicamente algún zarpazo y mordisco al aire... Justo a tiempo.

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Re: Wanted Dead Or Alive {Adriana P. Gregoletto}

Mensaje por Angelo Sforza el Jue Jun 13, 2013 7:54 am

Yo nunca había entendido a las mujeres (bueno, tampoco a los hombres, en general me costaba entender a las personas, pero eran ellas quienes se llevaban la palma generalmente), y mucho menos a las italianas, que me parecían las más complicadas de todas. ¿Por qué no podían sencillamente ir de cara y ya estaba, sin comportarse casi como si fueran bipolares? La única que había conocido así era Katerina, e incluso ella era complicada... o sería yo, que lo creía porque me costaba mucho ignorar las indirectas poco sutiles como las que ella me había mandado cuando me había hecho el tatuaje, uno, por suerte, ya curado. Si no lo hubiera estado, la lluvia y el tiempo de Londres me habrían arruinado el proceso de curación y de limpieza, ya que lo mismo la lluvia ácida me lo infectaba, así que agradecía haberme quedado en la calle después... si es que podía decirse que agradecía de alguna manera que la zorra de mi casera hubiera decidido echarme, igual que tantas otras veces. De cualquier manera, la cuestión era que yo no entendía a Adriana, no comprendía por qué se había tomado así que le quitara la cartera, ya que aún sentía los restos de la paliza en forma de dolor residual. Las heridas estaban curadas, sí, pero la duda de por qué se había ensañado tanto conmigo estaba ahí, al igual que lo estaba la pregunta que me hacía de por qué se comportaba así... No la entendía. Pero, a juzgar por la cara que había puesto, Maus tampoco lo hacía, y eso era un consuelo.

Cuando ella se levantó, me sentí como si fuera un intruso en su conversación, por mucho que al ser en parte en italiano la entendiera, como ellos bien sabían. No tenía ni voz ni voto con alguien a quien no conocía, como lo era Adriana, y precisamente por eso callé, sólo para ver en silencio que ella se iba y que Maus suspiraba, resignado, como si él tampoco sabía qué mosca le había picado.
– Yo no quería que ella se fuera, puedo... – empecé, pero él, cansado y con el aspecto de haber envejecido varios años de repente, hizo un gesto con la mano que bastó para callarme, como si conseguir eso fuera demasiado difícil...
– No es culpa tuya, Angelo, ella es... complicada. Supongo que lo averiguarás si te quedas aquí con nosotros, ya sea hoy u otro día. Seguramente en cuanto pase un rato se le pasará la molestia, pero ahora mismo lo mejor es dejarla sola para que se tranquilice. – aclaró, y yo asentí, en parte agradecido porque eso significaba dejar de sentirme cohibido por las muchas indirectas que me lanzaba y en parte algo culpable porque, al final, la culpa era mía, y lo sabía por mucho que Maus quisiera quitarle importancia o restarme responsabilidad. En cualquier caso, asentí, y Maus aprovechó ese momento para mirarme con esa mirada suya que parecía que te estaba haciendo una radiografía dentro de la cabeza y con la que parecía que sabía todos tus secretos... aunque de una manera no del todo desagradable, porque daba al mismo tiempo una sensación de confianza que casi aseguraba que jamás contaría nada a nadie.

– Tú sabes algo, ¿no? Algo que no quieres decirnos, quiero decir. Entiendo que Leone te imponga, he visto muchos en la misma situación, incluso cercanos a mí, igual que también entiendo que habiéndote criado en Milano aprendieras a temerlo desde que eras pequeño, pero no te pega... No eres un niño, has pasado por mucho y estoy seguro de que ocultas mucho más de lo que parece detrás de esa máscara tuya. Así que dime, ¿qué es lo que pasa? ¿Cuál es el motivo real por el que no quieres ni verlo? – preguntó, y yo apreté los puños inconscientemente, mucho más incómodo que antes. La facultad de Maus para ver dentro de los pensamientos de las personas, no literalmente pero casi, podía ser buena, sí, pero también podía ser muy mala, y justo acababa de demostrarme por qué. Yo no podía admitir abiertamente que sabía que Leone había matado a Natalia, tanto porque no era totalmente seguro como porque seguía estando en casa de los Gregoletto y Leone, según decían, tenía ojos y oídos en todas partes... Por mucho que supiera que Maus jamás se aliaría con él, quizá porque intuía lo que había pasado, no podía hablar, no cuando tenía el recuerdo de Leone tan fresco en la cabeza. Eso suponía retrasar la justicia por la muerte de Natalia, sí, y me odiaba a mí mismo por ello, pero no tenía más remedio.
– No puedo contártelo, aún no, aquí no. – respondí, en un susurro que sólo él escuchó, y que le hizo fruncir el ceño, como queriendo saber más. – No es el momento, Maus. Tienes que confiar en mí... Te prometo que te lo contaré, pero no ahora. – supliqué, casi, y quizá fue mi tono lo que ayudó a que me creyera, pero yo más bien pienso que fue el rugido.

De pronto, donde hasta entonces había habido silencio casi absoluto, se escuchó un rugido seguido por varios gruñidos que parecían muy poco humanos. Estuve a punto de dejarlo pasar, convencido de que tenía que ser una alucinación, pero Maus frunciendo el ceño y mirando hacia la puerta de la cocina, que era de donde había provenido, me convenció de que o bien era una alucinación colectiva o bien era real. Y Maus era una de las personas más cuerdas que había conocido nunca, así que por surrealista que pareciera no podía habérmelo imaginado.
– ¿Tú también has oído eso...? – preguntó, mirándome tan extrañado como debía de estarlo yo, y asentí varias veces.
– Pensaba que era cosa mía, ya sabes... – respondí, señalando con los dedos a mi cabeza para recordarle que, según los médicos, estaba loco y alucinaba. Él negó con la cabeza y me miró a los ojos, de tal manera que supe que tenía que obedecer dijera lo que dijera, aunque me olía que no me iba a gustar... y no me gustó.
– Vayamos a ver.

Y, claro, no me quedó más remedio que hacerle caso e ir detrás de él. No había sacado ningún arma pese a que me pareciera evidente que llevaba alguna (era mafioso, seguro que en alguna parte del contrato decía que era obligatorio que llevara armas en todas las situaciones posibles), e iba tranquilo, aunque sólo aparentemente, porque yo conocía el gesto lo suficiente para saber cuándo se tenía la guardia alzada, y en ese momento la muralla de Maus debía de ser más o menos como los muros del castillo de los Sforza de grande. Todo pareció en vano cuando llegamos al salón, ya que allí no había ningún animal, al menos no literalmente, porque sí estaba Leone (pero ¿no se había ido?) sujetando a Adriana como si estuvieran a punto de echarse al cuello del otro... seguramente de manera sexual, o quizá era sólo impresión mía.
– Nos había parecido oír algo... – comenzó Maus, dubitativo, y Leone negó con la cabeza, con una sonrisa ¿más llena de dientes de lo habitual? O quizá simplemente era yo. A lo mejor tenía que mirarme lo de las pastillas, mis alucinaciones empezaban a ser preocupantes si no distinguía lo real de lo que no lo era.
– No ha pasado nada, vuelve con el chico a la cocina, no hay nada que ver aquí. – ordenó, y Maus se encogió de hombros, como si se lo creyera o como si pensara que no valía la pena discutir (yo más bien creo que era esa), dispuesto a irse, igual que yo... Hasta que vi que Leone tenía una cola de león. Y juro, por lo más sagrado, que eso no era ninguna alucinación, era tan real como que yo me llamaba Angelo y como que Adriana no parecía muy humana.

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Re: Wanted Dead Or Alive {Adriana P. Gregoletto}

Mensaje por Adriana P. Gregoletto el Jue Jun 13, 2013 9:28 pm

Lo peor de perder el control de aquella manera era la sensación, cuando todo había pasado, de saber que algo iba mal. Esa sensación que, junto al dolor de cabeza y al sabor metálico de la sangre (ajena, probablemente), me inundaba cada vez que volvía en mí después de cualquiera de esos... ataques. Pero en ese momento no era yo, no era consciente de lo que hacía y actuaba sobre todo por instinto y mi instinto me pedía destrozar y desgarrar todo lo que se me pusiera delante y que Carlo intentara pararme como lo hacía solo lograba que mi parte menos humana quisiera ensañarse con él y destrozarlo de la mejor (aunque peor para él) manera posible... Lo que mi yo menos humano no se esperaba, al parecer, fue su rugido que, como si le recordara a alguna situación pasada que, obviamente, yo sería incapaz de recordar en la que ya hubiera pasado algo parecido... Y fue el propio instinto lo que hizo que me detuviera, como si en aquel momento Carlo tuviera un control total y absoluto de mí y yo no fuera más que su mascota. Eso no parecía importarle a mi “otro yo” pero sí que lo hizo que, de repente, tuviéramos compañía pues cuando Maus y Angelo aparecieron no pude evitar gruñir en voz baja, como avisándoles de que como dieran un paso más, serían hombres muertos... Y entonces Carlo, para callarme, encajó uno de sus brazos en mi boca con tal fuerza que me impedía morder y hacerle daño y a la vez emitir cualquier sonido diferente a leves quejidos que, probablemente, parecieran otra cosa. Como pude intenté clavar mis dientes en su brazo con todas mis fuerzas y Carlo trató de mantener la compostura mientras convencía a Maus de que se fuera y, una vez hecho, volvió a centrarse en mí apartando el brazo de mi boca.

- ¡Ya está bien! - gruñó en voz baja, una voz que también sonó mucho menos humana de lo que estaba segura que él mismo pretendía. Y como si se sintiera observado, alzó su fría mirada y se encontró con que seguíamos acompañados pues Angelo parecía petrificado mientras nos observaba con... ¿Miedo? Sí, era miedo, podía olerlo a kilómetros de distancia y aquel olor solo hizo que empezara a resistirme con más violencia para atacarlo y despedazarlo por lo que Carlo tuvo que hacer aún más esfuerzos para que no me escapara. - ¿Qué parte de “aquí no hay nada que ver” es la que no entiendes, chico? ¡Largo! ¡Vete con Maus a la cocina! - Carlo bajó la cabeza, y ahogó un gruñido, como si le doliera algo, y en ese momento la presión que hacía sobre mi cuerpo aumentó, como si fuera más fuerte, más grande... Y yo dejé de resistirme, como si supiera lo que me convenía no como Angelo... Pues continuó de pie allí, parado delante de nosotros, paralizado. Maus seguía en la cocina y no había vuelto a hacer acto de presencia, quizá pensaba que Angelo tendría algo que decirnos a Carlo o a mí o cualquier cosa pero... Si quería que no le pasara nada a su protegido debería estar allí. - ¿Todavía sigues ahí? Como no te largues, te juro que voy a buscarte, a encontrarte y a destrozarte lentamente, sacándote las tripas por la boca y arrancándote el corazón del pecho antes de darme un festín con él y con tus entrañas... - Su voz parecía distorsionada, más grave, y parecía hablar entre gruñidos mientras lo atravesaba con la mirada, con aquella amenaza, tanto Carlo como yo empezamos a salivar y, de nuevo, comencé a resistirme, intentando escaparme de su agarre para destrozar y morder, arrancar la piel de aquel que se me pusiera delante a mordiscos... Y así fue como conseguí liberar uno de mis brazos, con el que le arañé en la mejilla, girándole la cara y ganándome un gruñido grave y bajo. - Ya estoy harto. - y sin más, me golpeó, medio noqueandome y se levantó del suelo. Una vez de pie y con la seguridad de que yo, después de dejarme medio tonta con su golpe, no le atacaría ni a él ni a Angelo, me cogió cual saco de patatas, colocándome en su hombro antes de acercarse a Angelo. - Procura que no te vuelva a ver por aquí. - y sin más se giró y salió de allí cargándome en su hombro y, en ese momento, en el que estaba luchando por recuperar la consciencia pero que seguía sin ser yo, atravesé con la mirada a Angelo y le gruñí antes de que Carlo me sacara, por fin, de aquel lugar y me llevara a un sitio seguro... Tanto para nosotros como para el resto de personas.

Lo último que me apetecía era volver a despertarme rodeada de miembros humanos y cuerpos desgarrados, de tripas y con un fuerte sabor a sangre en la boca y la barriga revuelta los días siguientes... Muchas veces pensaba en que me gustaría saber qué me pasaba cuando perdía la consciencia pero otras no estaba tan segura porque, quizá, me afectara demasiado... Y siendo quien era no podía dejar que nada me afectara tanto, tenía que ser fuerte, tenía que ser fría, tenía que ser la mejor... Lo que nunca me hubiera imaginado es que fuera precisamente Carlo quien me ayudara a no destrozar mi futuro ni mi reputación teniendo en cuenta que él mismo era el primero que deseaba mi muerte... o algo así. Cuando desperté, volvía a ser yo, y me dolía todo el cuerpo, rodé por el suelo en el que me encontraba para quedar boca arriba y miré hacia el cielo, era de noche y no recordaba nada. Solté un suspiro y me incorporé, soltando un quejido porque me dolía todo el cuerpo y cuando conseguí apoyar la espalda en la pared del callejón en el que me encontraba cerré los ojos, suspirando. - Me alegro de que ya estés de vuelta. - su voz me hizo abrir los ojos de golpe y girarme para encontrar a Carlo sentado a mi lado, con la ropa destrozada, la camisa hecha jirones y el cuerpo lleno de arañazos, mordiscos y golpes y una mirada... ¿Amable? - ¿Qué ha pasado, dónde estamos? - la cabeza me daba vueltas y la apoyé en las manos justo en el momento en el que él se acercó a mí. - A salvo, eso es lo que importa. Adriana, tengo que contarte una cosa... – y así fue como me enteré de que Carlo había impedido que matara a Maus y a Angelo y que él sabía lo mío... Desde la primera vez que me había pasado. Y, como si aquello fuera mi secreto más importante (que lo era), que él lo supiera suponía un cambio sustancial en todo lo referente a nosotros y a nuestra relación, fuera cual fuera... Porque ahora me veía obligada a confiar aún más en él tanto por mi propia seguridad como la de los demás... Y solo esperaba estar haciendo lo correcto.

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Re: Wanted Dead Or Alive {Adriana P. Gregoletto}

Mensaje por Angelo Sforza el Miér Jul 10, 2013 10:58 pm

Lo que estaba viendo no podía ser real, ¿no? Tenía que ser cosa de mi subconsciente, que había escuchado el apodo de Carlo, Leone, y por eso ahora se empeñaba en verlo como a un león. Sí, tenía que ser eso, seguro que si volviera a estar en el psiquiátrico los médicos dirían eso, pero ellos no sabían lo que yo tenía en la cabeza, y yo tampoco. Nunca, de todas las veces que había visto cosas, fueran las cosas que fueran, las había visto de manera tan real, tan nítida, como si pudiera acercarme la malo y agarrarlo, aunque no fuera a hacerlo, ni de coña, que era Carlo y, bestia o no, me arrancaría la cabeza de un mordisco. Además, estaba el hecho de que Maus había visto algo... Había puesto la cara que ponía todo el mundo cuando era testigo de algo que no quería ver o se salía de su patrón del mundo, seguramente la misma cara que había puesto yo cuando había tenido la primera alucinación, y él parecía cuerdo. Él no podía ser también esquizofrénico, de lo contrario no podría tener un puesto de responsabilidad en la mafia, y lo tenía... O eso era lo que yo quería creer para convencerme de que lo que veía era real y no una alucinación más sin pastillas que pudieran ponerle fin, si es que era un producto de mi mente enferma.

La duda, en contra de confundirme, me enfadaba, tanto conmigo como con él. ¿Es que no se daba cuenta de que era tarde para bravuconadas? Fuera real o no, ya había visto que Leone tenía más de bestia que de humano (como si, después de matar a Natalia, no lo supiera ya) y era un poco tarde para decirme que me fuera. ¿Qué me iba a hacer, eh, una lobotomía? Tampoco quería pensarlo demasiado, no fuera a ser que también pudiera ser el maldito profesor Xavier y me leyera la mente. ¡Eso sería ya lo que me faltaba! Y de eso sí que no tenía pruebas, porque no lo había visto, no como su casi transformación en león. Pero si yo había sido capaz de volverme un bicho raro que controlaba las sombras desde la tormenta, con lo afín que había sido a la oscuridad desde que era fotofóbico (aunque me reía yo de la fotofobia, porque según creía era relativamente normal que la luz molestara a la gente de ojos claros, como yo), ¿qué impedía que Leone se hubiera convertido en, bueno, un leone? Y ¿sería el único? Un vistazo rápido a Adriana, que había abandonado toda amabilidad para estar hecha una furia, me hizo creer que no, pero no podía saberlo. Nadie tenía tanta ira dentro, ni siquiera yo, y eso que tenía motivos de sobra relacionados, sobre todo, con Cinzia. No, ella tampoco podía ser normal. Y no sabía si eso me aliviaba o me enfadaba aún más.

– Probablemente lo hagas. Capaz eres, eso es evidente, incluso ahora. Pero dudo mucho que lo consigas si no has sabido nada de mí hasta ahora, ya que no voy a dejar que me atrapes. No volverás a verme, te lo aseguro, ni yo tampoco te veré a ti. Pero conozco tu secreto, Leone. Y aunque seguramente me esté metiendo en un lío con esto, y nadie aparte de mí vaya a creerse lo que he visto, yo sé que esto es real, y no me llevaré el secreto a la tumba si es que llegas a atacarme alguna vez. ¿Vas a permitir que sólo por esto sepan que eres un animal? – murmuré, justo cuando él se iba, y no supe qué había llegado a oír, pero estaba casi seguro de que no sabía que yo sabía que era real. ¿Cómo podría creerlo? Para cualquiera que estuviera clínicamente cuerdo era algo difícil de asimilar, y si me investigaba y veía que según los médicos yo no lo estaba pensaría que estaba a salvo, pero no. Incluso aunque hubiera oído lo demás, Leone ya no me daba más miedo, sólo me daba rabia y me enfermaba su pensamiento porque era un monstruo, y ahora veía hasta qué punto. Además, por la tormenta, yo también podía hacer cosas, no estaba indefenso, y ni siquiera el Scar mafioso sería capaz de matarme, no cuando había sobrevivido a tantas cosas como lo había hecho durante tanto tiempo.

No pude pensar, sin embargo, en nada más. Cuando Maus escuchó que Leone y Adriana ya se habían ido salió de donde había estado, donde no había podido escuchar que seguramente yo me había pasado al decirle eso a Leone (aunque sólo había podido escuchar que no volveríamos a vernos, ya que había dado el portazo justo en ese momento) y donde estaba tan felizmente, al menos aparentemente. Yo, aunque conocía más a Natalia, a él lo había llegado a conocer lo suficiente para saber que estaba preocupado, por mucho que lo disimulara, aunque no sabía las causas de que lo estuviera. Seguramente fuera por Adriana, porque dejarla sola al amparo del león salvaje no era muy buena idea, y dudaba que fuera por mí, porque yo podía cuidarme solo (o, al menos, eso creía. Y hasta la fecha había tenido razón), pero nunca se sabía. También estaba el hecho de que había empezado a soltarle una bomba antes que no estaba dispuesto a dejar explotar en su cara, no aún, sobre todo porque no me sentía preparado para ser el responsable de una guerra civil en la mafia. Estaba bastante seguro de que Maus, con lo mucho que la había querido, no dejaría que su muerte fuera en vano. Además, era italiano, desde luego mucho más que yo, y para él la vendetta era un plato tan de cada día como los gnocchi, así que entraba dentro de lo esperable, y por eso yo prefería no decírselo aún. Por si acaso.
– No vas a contármelo, ¿no? – suspiró, resignado, y yo me encogí de hombros, porque él había dado en el clavo y yo no pensaba hacerlo, no aún. – Entonces me debes una, Angelo. No pongas esa cara de gato asustado, sólo voy a sacarte de esta casa para que puedas ponerme al día, estoy seguro de que han pasado más cosas de las que he podido averiguar y prefiero que me las cuentes tú, así que vamos. Su tono no admitía réplica, y la verdad era que cualquier plan que significara irme de allí me parecía bien, sobre todo porque la presencia de Leone aún estaba demasiado presente, así que asentí y, aquella tarde, le conté a Maus más de mí mismo que a nadie en toda mi vida salvo, quizá, a la única persona que nos unía: Natalia.

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Angelo Sforza

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Re: Wanted Dead Or Alive {Adriana P. Gregoletto}

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