Caustic Are The Ties That Bind [Katerina Sorensen]

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Caustic Are The Ties That Bind [Katerina Sorensen]

Mensaje por Jack Thomas el Vie Jul 12, 2013 10:23 pm

Siempre solía pasarme que, cuando ya llevaba un tiempo lejos del frente, de vuelta en casa y sin la necesidad imperiosa de hacer nada salvo mantenerme al día con el papeleo, echaba de menos mi vida militar. Eso no significaba que añorara el infierno que era Irak; al contrario, no podía alegrarme más de que cada día que pasara siguieran pudriéndose en sus vicios corruptos (por mucho que supiera que parte de mi trabajo era librarlos de ellos) sin mí para caer preso, como ya me había sucedido, de todo lo que siempre pasaba allí, desde muerte hasta destrucción de la cordura de uno. El frío clima de Londres, ya que incluso en verano solía hacer fresco, actuaba como un bálsamo en mi mente que me ayudaba a olvidar las carnicerías que, allí, vivía a diario, y por eso la idea de volver no era una que me gustara, ya que sólo lo hacía cuando era necesario. No, por Irak no era, lo que yo echaba de menos era más la rutina que cualquier otra cosa de las relacionadas con los infieles y su asesinato. Allí tendía a establecerme una serie de pautas que me permitían no volverme loco y que, con su repetición, se convertían en una rutina a la que, paradójicamente, me había acostumbrado. Había gente a la que no le gustaba la rutina, que huían de ella de todas las maneras posibles, pero después de estar ya unos meses yendo y viniendo sin un objetivo definido por Londres yo había llegado a un punto en el que o me aferraba a algo o me volvería loco, eso si los psiquiatras que me habían visto no tenían razón y lo estaba ya.

En realidad, la falta de rutina no era totalmente culpa mía, ya que todo había comenzado, desde el mismo día en el que había vuelto, con la aparición de la italiana del demonio con la que ahora tenía citas, o algo así. Era bien sabido por todo europeo, por mucho que yo, en tanto que británico, no fuera el ejemplar más europeo de todo el continente, que los italianos tenían la facultad de ser impredecibles, y en buena hora yo lo había olvidado y me había dejado liar... Sobre todo porque, por mucho que ella aceptara quedar conmigo, era evidente que al final el país siempre tiraba y acabaría eligiendo a un italiano. La culpa era mía por creer que tenía una oportunidad con alguien así, ya que si me había llevado un mal rato al descubrir que había estado quedando con Carlo a la vez que conmigo (y mal rato era un eufemismo para decir que monté en cólera) era sólo culpa mía, y después del encuentro en casa de mi abuelo (que, a todo esto, ¿por qué conocía mi abuelo a mafiosos...? No sabía siquiera si quería saberlo) prefería centrarme en volver a tener una vida rutinaria en Londres, aunque estuviera abocada a no durar porque, tarde o temprano, tendría que volver al frente, ya que ese era mi trabajo. De todas maneras, mientras durara yo la agradecería, y por eso cuando recibí la llamada de mi mejor amigo, Michael Gray, pidiéndome que me pasara por el restaurante que tenía su familia (y en el que los dos solíamos trabajar cuando no estábamos de permiso) porque no les vendría mal que les echaran una mano yo no pude hacer menos que aceptar, ya que eso siempre significaba centrarme en lo rutinario, exactamente lo que necesitaba con tanta fuerza.

Aquel día, por tanto, me tocaba trabajar en el restaurante, y por eso mi humor mejoró notablemente desde el punto de la mañana. Por fin iba a dejar de pasearme por Londres para verlas venir, por fin iba a tener algo que hacer, y francamente me moría por empezar, así que cuando llegué, más pronto que lo que Mich me había dicho, tuve la oportunidad de ayudarlo a abrir y a limpiar, algo que entre los dos fue bastante más ameno. Había trabajado allí lo suficiente para saber que, una vez pasada la hora del desayuno, estaríamos bastante tranquilos hasta la hora de comer, y así fue. No fue necesario ni que estuviera Elisabeth ayudándonos, aunque teniendo en cuenta que era sábado por la mañana seguramente estuviera durmiendo aún porque se había ido de fiesta la noche anterior, igual que cuando la había visto en Wolfsbane... el local de la italiana. No pude evitar, mientras estaba limpiando una mesa, apretar la mandíbula porque no sabía a qué venía que, de repente, me pusiera a pensar en la italiana del demonio. ¿No había dejado ya claro que prefería al demente italiano de turno antes que a mí? La respuesta era sí, yo lo sabía, y aun así no podía evitar seguir pensando en ella por mucho que me fastidiara que alguien que ni siquiera era mi tipo me obsesionara así, demasiado para lo que me convenía, ya no tanto por su afiliación a la mafia (porque eso era ya lo de menos, teniendo en cuenta que hasta mi propio abuelo, conde de Suffolk, tenía algo que ver con ellos), sino más bien porque me hacía pecar, y eso no me gustaba absolutamente nada. Odiaba que tuviera ese poder sobre mí, sobre todo cuando yo no tenía absolutamente ninguno sobre ella (a las pruebas me remitía, si ni siquiera había dudado a la hora de irse con... eso), y esa mala leche se tradujo en un mayor brío a la hora de pasar la bayeta por encima de la mesa. Si seguía así, la mañana acabaría haciéndoseme eterna, y mis intenciones de centrarme en la rutina se irían a tomar viento fresco, así que tenía que controlarme, por lo que más quisiera.

– Jack, mis padres han llamado y tengo que ir al banco a hacer unas gestiones, no sé cuánto tardaré pero tengo que ir urgentemente, ¿puedes quedarte y ocuparte del restaurante...? – preguntó Mich, sacándome, por suerte, de mis pensamientos demasiado italianos para mi gusto y haciéndome asentir.
– Por supuesto, sabes que puedes contar conmigo. Yo atenderé a quien venga, pero mantenme informado, y si es serio avísame y te ayudaré con lo que haga falta. – respondí yo, y él se mostró tan agradecido que tuve que recordarle que tenía que irse porque, si no, capaz era de seguir agradeciéndomelo hasta que dieran las diez de la noche. En cuanto él se fue, pareció como si la calma se hubiera apropiado del restaurante, ya que se había terminado el turno del desayuno y los únicos clientes que había eran Muriel, una anciana del barrio, y su marido sordo, Wilbur, e incluso ellos no tardaron en irse. A partir de ese momento, el goteo de clientes, que me tuvo detrás de la barra muy tranquilo, fue lento y constante, así que pude relajarme y, tranquilamente (sin pensar en nada que no debía, además), preparar las mesas para la comida. Un mensaje de Mich, cerca de mediodía, cuando yo ya tenía todo listo y estaba ordenando las botellas de alcohol para que les fuera más fácil repartirlas, me informó de que casi había terminado y volvería pronto, pero no tuve tiempo de responder porque en ese momento llegó el primer cliente... ¿O debería decir la primera satánica? Porque la tipa, a falta de palabra mejor, tenía los brazos tatuados, incluso el cuello, y llevaba una ropa que, en fin, me dio tanto asco como vergüenza ajena. Por eso, sin decir apenas palabra, salí de detrás de la barra con una carta en la mano, y cuando se la dejé enfrente no tuve apenas delicadeza. Mich seguramente se molestaría, porque al fin y al cabo un cliente era un cliente, pero yo no podía evitar mirarla con asco, especialmente porque además de satánica parecía alelada mirándome, y yo no estaba de humor para soportar eso.
– ¿Has elegido ya?

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Re: Caustic Are The Ties That Bind [Katerina Sorensen]

Mensaje por Katerina Sorensen el Sáb Jul 13, 2013 1:02 am

Aquella semana tenía un turno de mierda. Después de que me “echaran sutilmente” de la tienda de tatuajes me había tocado hacer dobles turnos, madrugar, trasnochar, trabajar más que salía y cubrir  bajas, en fin, ganarme mi sueldo en Wolfsbane y precisamente por eso aquella era una mierda de semana. Todas las chicas estrella, es decir, las más zorras, tenían turno de noche y como eran las favoritas pues a mí me tocaba comerme los mocos y abrir por la tarde a las cuatro o cinco (según me diera a mí porque no es que viniera nadie a aquellas horas), aburrirme y estar allí hasta las diez o las doce cuando entraban ellas y yo me largaba a mi casa, agotada y aburrida. Como sabía lo que me esperaba había decidido que, al menos, iba a darme un caprichito y por eso madrugué un poco, al menos los que era para mí madrugar que yo antes de las diez me negaba a levantarme, luego me duché y me arreglé con toda la calma del mundo, dejando que me cayeran los bucles que se me formaban en las puntas por el cuello y di de comer a mis serpientes, lagartos y de más reptiles todo eso con algo de música de fondo para motivarme y no pensar en la tarde que me esperaba.

A la hora de comer, cogí el bolso con el uniforme de trabajo dentro y salí de casa pues aquella mañana tan solo había empezado con los caprichitos ya que aún me quedaba lo mejor: una de las mejores comidas que había probado en Londres desde que había llegado y, además, un camarero de quien prácticamente me había hecho amiga desde la primera noche que había ido allí a cenar al salir de trabajar. Michael, desde que empecé a trabajar en Wolfsbane y una de las primeras noches había acabado en el restaurante de su familia por pura casualidad, se había convertido en una especie de confidente y hacía casi una semana que no nos veíamos y me apetecía ver cómo le iba todo, si había fecha para que volviera al frente (pues era soldado) o si había conseguido convencer a su hermana Elisabeth (que también trabajaba allí a menudo y era casi tan simpática como él) de que el chico que le gustaba era un imbécil y solo iba a traerle problemas. La verdad es que cuando me metía en aquel restaurante familiar despertaba, gracias a Michael, mi vena más cotilla y me lo pasaba bien, además, aquello servía para terminar de ponerme de buen humor y después del día que me esperaba, probablemente, iba a necesitarlo porque por la tarde a Wolfsbane no iban más que borrachos y yonkis asquerosos que no entendían nada sobre el espacio personal.

Me convencí de que no tenía que pensar en eso y por fin llegué frente a la puerta del restaurante, no había aún nadie por lo que, con una amplia sonrisa, entré y me senté en una mesa alejada de la puerta pero cerca de una ventana y de la barra, donde solía ponerme siempre y donde a veces Michael solía acompañarme pero aquel día Michael no estaba... De hecho, el hombre que se me acercó y me pasó la carta parecía más un dios vikingo que un inglés típico. Alto, de espalda ancha, rubio y de ojos increíblemente azules, parecía que se me acababa de aparecer el mismísimo Thor y tuve que contenerme para no quedarme boquiabierta al verlo porque el chico era increíble... Aunque no podía ser perfecto pues me tiró la carta de mala manera y me preguntó, con las mismas maneras si ya había elegido. Balbuceé un momento una respuesta y aparté la mirada de golpe de él, para que no pensara que era idiota y me mordí el labio inferior, ojeando la carta que ya prácticamente me sabía de memoria y se la devolví con una sonrisa. - Sí, esto, tomaré el pescado a la plancha con patatas y de beber una cola zero. – el tipo, que parecía tener la misma elocuencia que una piedra no tardó en desaparecer tras la barra, dejándome sola en la mesa mientras miraba mi móvil por si por alguna extraña razón me cambiaban el turno y no tenía que ir por la tarde... - Pues será guapo y todo lo que quiera pero para simpático Michael... - murmuré, más para mí que para el camarero, sin importarme si lo escuchaba o no.

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Re: Caustic Are The Ties That Bind [Katerina Sorensen]

Mensaje por Jack Thomas el Dom Jul 21, 2013 7:25 am

Lo único que le faltaba a aquella satánica para serlo aún más era ponerse a hacer una misa negra en medio del bar, porque por lo demás lo tenía todo: las pintas, los tatuajes, la mirada de alelada que los que se creen que el demonio es quien merece ser adorado siempre tienen... Si le pasara un test en el que se mide el grado de satanismo ella sacaría seguramente la nota máxima, y a mí me repugnaba pasar más tiempo del necesario cerca de eso, pero ¿qué podía hacer yo? Mich no estaba, de hecho incluso tendría que cocinar lo que pidiera (esperaba que no fuera nada con sangre de gallina, porque si no apaga y vámonos), y no contenta con ello encima se picaba por mi manera tan directa de tomarle el pedido, como si quisiera estar de cháchara o algo. ¿Estaba de broma? Era evidente que Mich era más agradable que yo, nos lo habían repetido a los dos hasta la saciedad desde que lo conocí la primera vez y nos habíamos empezado a llevar bien, y una satánica de tres al cuarto no era nadie para juzgar mi comportamiento o dejar de hacerlo. ¿Empezaba yo con ella? Porque tenía tantas cosas criticables que dudaba que pudiera parar, sobre todo si así conseguía meterme en su dura mollera y conseguía que una chica como ella, que sin tanta modificación corporal podría ser preciosa, se dejara de estropear tanto como lo estaba haciendo.

– Lo he oído, y no sé si sabes que no es muy recomendable criticar a tu camarero cuando también es el encargado de preparar tu comida. – comenté tras la barra, encogiéndome de hombros antes de buscar la botella de Coca-Cola zero que me había pedido para quitarle la chapa y servírsela. En cuanto estuvo lista, me acerqué de nuevo a ella más de lo que me gustaría (porque ni cien mil kilómetros me parecerían separación suficiente) y le serví la Coca-Cola en un vaso con tanta habilidad como si hubiera nacido con una bandeja bajo el brazo y un delantal puesto, tal era la práctica que tenía a la hora de servir mesas. Además, le dejé una pajita delante por si quería beber y también le pasé los condimentos (ketchup, mostaza, sal y pimienta) para que, si lo deseaba, arruinara el pescado que estaba a punto de prepararle.
– Créeme, yo tampoco me muero por servirte, pero Michael ha tenido que irse y vas a tener que conformarte conmigo, así que haznos un favor a los dos y no abras un frente que no tienes oportunidades de ganar. – advertí, tranquilamente, y después me encaminé hacia la cocina para ponerme con el plato de pescado que había pedido.

La ventaja de que fuera a la plancha, sumada a la práctica natural que tenía ante los fogones por las muchas veces que había ayudado allí y, sobre todo, los años que llevaba viviendo solo, hacía que prácticamente en un abrir y cerrar de ojos su comanda estuviera lista, por lo que la puse de nuevo en la bandeja y, de nuevo con fría tranquilidad, se la llevé para servírsela. Estuve por un momento tentado de dejar caer su comida sobre ella, para que se quemara y le hiciera daño, pero ni eso era de buen cristiano (como yo sí lo era) ni tampoco me apetecía aguantar quejas o tener que ayudarla después, así que me abstuve por fuerte que fuera el sentimiento de querer hacerlo. Por el contrario, mi actuación fue digna del manual del buen camarero, y absolutamente intachable, de tal manera que pronto hube terminado (por fin) y me pude ir detrás de la barra a seguir esperando que Mich volviera, por fin con una distancia de seguridad con el espécimen aquel que tenía por cliente para evitar que me pegara nada, que seguro que tenía alguna enfermedad infecciosa de las de tipo sexual.
– Mich no tardará en volver y no tendremos que aguantarnos más ninguno de los dos. Eso sí, tengo curiosidad y tiempo libre, así que ¿por qué me has mirado como si fuera una aparición cuando me has visto la primera vez? – inquirí, cruzando los brazos sobre el pecho.

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Re: Caustic Are The Ties That Bind [Katerina Sorensen]

Mensaje por Katerina Sorensen el Miér Jul 24, 2013 4:26 am

¿Es que aquel día no podía salirme nada bien? Michael no estaba en el bar y tenía que soportar las miradas de desaprobación del chico nuevo y su hostilidad hacia mí y, para colmo, me había escuchado criticarlo abiertamente. ¿Qué le había hecho yo al karma aquel día? ¿Acaso Odín estaba enfadado conmigo y quería que pagara por olvidarme de mis dioses? Fuera la razón que fuera la causante de que aquel día todo me saliera mal, no podía negar el hecho de que así era y por eso, mientras el chico nuevo me servía la cocacola y preparaba mi mesa traté de ignorarlo y centrarme en mi móvil, especialmente en mis mails. Quizá, con suerte, habría alguna convención de tatuajes no demasiado lejos y podía irme un fin de semana y desconectar porque si no... Me suicidaba. El chico, ignorando la bandera blanca que en forma de silencio había le había ofrecido, no dudó en reconocer que no le hacía gracia servirme pero como ninguno de los dos podía hacer nada debería joderme, aguantarme y no empezar una guerra que te tenía todas las de perder... ¿Perdona? Menos mal que el chico se metió en la cocina rápidamente porque estuve a punto de empezar a discutir con él, gritándole que qué se había creído, que si trataba así a un cliente iba a durar en aquel sitio menos que un cristiano en un poblado vikingo. Me limité a sisear con mi lengua de lagarto, aprovechando que él no podía verme y le di un trago a mi cocacola mientras esperaba mi comida, que sorprendentemente llegó en seguida. Cuando me servía el plato, no pude evitar mirarlo con el ceño fruncido, sí, era imbécil... Pero era eficiente como el que más, quizá por ello tuviera asegurado el puesto y pudiera ser un capullo con los clientes, quién sabía.

En cuanto pudo, el chico huyó haciendo la croqueta y se ocultó tras la barra como si yo fuera un animal de zoo y él, tras alimentarme, volviera a ponerse tras el cristal a mirarme con superioridad. Empecé a cortar el filete de pescado que tenía en el plato con calma cuando me preguntó el por qué de mi cara cuando lo había visto, terminé de cortar el pescado con toda la calma del mundo y una vez lo hice, pinché un taquito. - Eres la viva imagen del dios del trueno. - medio sonreí y me llevé el taquito de pescado a la boca. Estaba riquísimo. Pero claro, eso no pensaba decírselo a él. - Me refiero a Thor, hijo de Odín. Parecías tener cara de no tener ni idea de qué te estaba hablando. -  me encogí de hombros y continué comiendo con calma, pinchando pequeños taquitos de pescado que iba alternando con algunas patatas. Lo que más me gustaba de aquel sitio, además de que el servicio (excepto aquel día) era impecable, simpático y te daba ganas de volver, era que la comida pese a ser bastante sencilla estaba riquísima y no necesitabas añadirle absolutamente nada pues tenía el aceite y la sal necesarios y sabía bien así que no era necesario arruinar el plato con otros aditivos. - Por curiosidad, ya que estamos preguntando... ¿Por qué me has mirado tú como si fuera la mismísima hija de satanás? ¿Tan poco te gustan los tatuajes, cielo? – antes de que el chico pudiera responder, escuchamos la puerta por lo que me callé y continué comiendo, dejando que el impresionante pero capullo rubio atendiera a los clientes.

- ¿Pero qué ven mis ojos? ¡Kat, ya pensaba que te habías vuelto a Oslo y nos habías abandonado sin decir nada! - me giré en cuanto escuché la voz de Michael, que se acercó a mí y me dio un abrazo rápido y me hizo un gesto para que siguiera comiendo y que no me levantara para saludarlo. Él fue tras la barra a ponerse el “uniforme” y a lavarse las manos. - Yo sí que pensaba que te habías vuelto al frente al venir y no verte por ninguna parte... Y ya iba a enfadarme contigo por no despedirte, ¿eh? – sonreí y bebí un poco de cocacola mientras él hablaba con su amigo y yo me limitaba a empanarme, mirando por la ventana. La gente caminaba tranquila pero rápidamente, con prisa para llegar a casa y comer o llegar al restaurante para hacerlo antes de volver al trabajo. Londres era así y en cierta manera me gustaba. Era una ciudad fría, sí, pero no era como Oslo. Cuando me quise dar cuenta del empanamiento que llevaba me encontré a Michael frente a mí, con el chico rubio al lado. Alcé una ceja, sorprendida de encontrármelos allí delante y me aclaré la voz. - Esto... ¿Pasa algo? - Michael sonrió, divertido, y negó con la cabeza consiguiendo que frunciera el ceño porque no tenía ni idea de qué leches pasaba aunque no tardó demasiado en disipar mis dudas. - Nada, Katerina, tranquila. Solo quería presentarte a mi amigo. Katerina, este es Jack Thomas.

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Re: Caustic Are The Ties That Bind [Katerina Sorensen]

Mensaje por Jack Thomas el Jue Ago 01, 2013 1:07 am

¿Es que se pensaba que todos éramos tan estúpidos como ella? Por supuesto que sabía quién era Thor, hijo de Odín, dios del trueno en la mitología nórdica y poseedor de un martillo llamado Mjölnir, y no tanto por ser cultura general, aunque gracias a los cómics tampoco era demasiado difícil de saber, sino más bien porque a diferencia de ella yo me enorgullecía de poder saber un poco de todo. No había ido a la universidad, sabía desde que había terminado el instituto que lo mío era el ejército, y por eso el vacío educacional que había podido llegar a tener lo había sustituido con libros que me habían hecho no tener ninguna carencia cultural grave, no como ella, que ni siquiera tenía lo que había que tener si se tomaba tantas confianzas conmigo como para llamarme cielo. ¿No era evidente que no me gustaban los tatuajes y que sí pensaba que era satánica? Vaya, y yo que ni siquiera me había esforzado en disimular, ahora resultaría que ni así era cristalino... Pero bueno, en fin, poco me importaba, o al menos poco lo hizo hasta que llegó Mich, ya que consiguió ponerlo todo un poco patas arriba al mostrar una relación con ella tan... cordial. Y eso que a Mich tampoco le iban, al menos que yo supiera, las satánicas tatuadas, y en la breve conversación que tuvimos sobre lo que había pasado en su ausencia no dijo nada al respecto.

Cuando nos presentó, era evidente que la rubia satánica, Katerina al parecer, se lo estaba pasando maravillosamente al verme tan sorprendido, con lo cual la preguntita de antes, al ser evidente que ya leía mis expresiones como un libro abierto, había sido directamente por joder. Sin embargo, a Mich le caía lo suficientemente bien para bromear con ella; por mucho que fuera simplemente un cliente y él fuera correcto con todo el mundo, cosa que yo solía intentar aunque no siempre se me diera bien, él no iba abrazando a los clientes del bar a menos que se llevara con ellos a nivel de amigo. ¿Sería posible que Katerina y él fueran amigos? ¿En serio? Porque si era así tenía dos opciones: o bien enviar a Mich al psicólogo, lo cual era contraproducente porque también era amigo mío y el psicólogo lo mismo era capaz de decirle que era cosa mía y no suya, o bien le daba una oportunidad a la rubia, basándome en que si Mich se llevaba bien con ella no podía ser tan mala... ¿no? O, al menos, eso era lo que quería pensar, porque con tantos tatuajes que llevaba encima yo tenía mis dudas, bastante fundadas a decir verdad, y por mucho que tuviera que ser educado me costaría...

– Encantado. La maldita palabra casi se me atragantó, pero al final no solamente la dije, sino que encima la acompañé de un gesto de estirar la mano para estrechársela. Eso era impropio de mí, habitualmente cuando se trataba de una mujer no tendía a hacerlo, y la mirada que me echó Mich, como preguntándose si estaba bien sin llegar a decirlo en voz alta, bastó para que cuando ella acercara la mano besara su dorso, aunque apenas lo rocé con los labios, no fuera a ser que la tinta de los tatuajes me volviera tan tonto como ella. Ah, me iba a costar y mucho darle una oportunidad, lo notaba... Por mucho que no tuviera más remedio. Mich, que a esas alturas resplandecía como si fuera un niño al que le hubieran dado un caramelo, por mucho que yo no sostuviera la mano de Katerina más tiempo del necesario, sonrió y nos miró alternativamente.

– Es una de nuestros mejores clientes, Jack, y bastante amiga mía, que sé que te lo estabas preguntando. En cuanto a ti, Katerina, a Jack lo conocí la primera vez que fui a Irak, y ha sido mi mejor amigo desde entonces. ¿Estáis satisfechos los dos? – dijo, riéndose, y yo me encogí de hombros, porque la verdad era que no, no lo estaba, y si la consideraba su amiga tendría que disculparme con ella, porque no estaba dispuesto a dejar que el restaurante perdiera un cliente por mi culpa, no me lo iba a permitir.
– Supongo que entonces me verás a menudo, suelo ayudar de vez en cuando por aquí cuando Mich me lo pide, y si tú vienes lo suficiente para llevarte bien con él... – comenté, guardándome para mí la opinión de que, en realidad, me hacía más bien poca gracia coincidir con ella porque haría el esfuerzo de, al menos, tragarla, todo fuera por Mich, que en aquel momento se disculpó y se fue a atender una llamada, dejándolos solos a Katerina y a mí. – A propósito, sé quién es Thor, y también Odín y el resto del panteón nórdico. Sólo que... ¿Thor? ¿Yo? ¿Y dónde narices escondería el Mjölnir, vamos a ver?

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Re: Caustic Are The Ties That Bind [Katerina Sorensen]

Mensaje por Katerina Sorensen el Miér Ago 14, 2013 3:22 am

En cuanto apareció Michael el ambiente hostil que había habido entre el rubio, al que me presentó como Jack, se volvió algo más sutil como si el intento de vikingo, al ver que me llevaba bien con Mich, quisiera compensar cómo me había tratado hasta el momento... O algo así. De hecho me sorprendió incluso dándome la mano y no solo eso sino convirtiéndose de repente en un caballero de brillante armadura que parecía sacado de novelas románticas de época cuando prácticamente besó mi mano. Mi cara de alucine era notable en aquel momento pero por suerte Michael no tenía intención de que aquello fuera tan raro como estaba siendo hasta el momento y nos habló un poco a ambos del otro, lo suficiente como para que fuéramos capaces de mantener una conversación y que, por mi parte, sintiera la suficiente curiosidad como para preguntar más cosas sobre él. Era soldado, el mejor amigo de Mich y aún así ambos eran como dos polos opuestos, de hecho, viéndolos juntos aquello ya quedaba más que claro pues el pelo moreno de Mich contrastaba con el rubio casi blanco de su amigo y sus ojos, verde contra azul, parecían competir entre ellos por ver cuál de los dos tenía los ojos más bonitos, después estaban sus tonos de piel pues mientras que el de Mich era casi aceitunado el de su amigo era pálido... Eso por no hablar de sus expresiones. Definitivamente, no podía haber dos personas más opuestas y que se llevaran mejor de ellos.

Al final, Mich nos dejó solos cuando se fue a contestar una llamada y Jack me hizo sonreír con la pregunta que me hizo, ¿que donde tenía escondido su Mjölnir? Me mordí el labio inferior y como única respuesta le eché un vistazo bastante descarado a su entrepierna, divertida. Si realmente se parecía a Thor y tenía un Mjölnir escondido entre las piernas yo me dejaba que hiciera conmigo lo que quisiera en la cama, la verdad. - Creo que no deberías hacer ese tipo de preguntas a una mujer hambrienta, Jack, nunca sabes lo que podría pasar. - bromeé, divertida por la cara que puso y justo en ese momento bebí un poco de coca cola, intentando aguantarme la risa de alguna manera. -  Vamos, solo bromeaba, no pongas esa cara... Ni que fuera a violarte ni nada. - puse los ojos en blanco y negué con la cabeza, picoteando un poco de mi pescado bajo su atenta mirada. Estaba claro que aquel chico me odiaba por alguna extraña razón desconocida, quizá eran mis tatuajes, quizá era yo misma o... No lo sabía, pero me resultaba algo incómodo estar a solas con él y aquello en mí era raro, sobre todo con un hombre tan guapo como él así que decidí que, al menos, intentaría llevarme bien con él o intentarlo... De todas maneras, no perdía nada. -  Oye, por muy amigo de Mich que seas y todo eso... Sé que no te caigo bien, no tengo ni idea de qué he hecho para molestarte pero si he hecho o dicho algo perdona, no era mi intención. Si quieres... No sé, podemos volver a empezar o... Lo que quieras. - me encogí de hombros y lo miré directamente a los ojos, esperando cualquier tipo de respuesta de él pero, como era incapaz de callarme ni debajo del agua no pude evitar continuar. -  Si no, bueno, tú serás mi camarero, yo tu cliente y no tendrás que soportarme aquí más de lo necesario. Tú eliges.

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Re: Caustic Are The Ties That Bind [Katerina Sorensen]

Mensaje por Jack Thomas el Miér Ago 21, 2013 10:56 pm

Tenía que haberme esperado que fuera a salir por ahí, era tan sumamente previsible que no sabía ni siquiera cómo no había contemplado la posibilidad y, sin embargo, no lo había hecho, así que no estaba mentalmente preparado y me sorprendió (para mal, por cierto) que con Mjölnir se refiriera a mi entrepierna. A lo mejor era porque no estaba tan enfermo como ella había demostrado estarlo, o quizá por cualquier otra cosa, pero la cuestión fue que mi cara resultó ser un poema tan obvio que incluso ella tuvo que aclarar que bromeaba... aunque, personalmente, dudaba que lo estuviera haciendo, al menos no totalmente. Sin embargo, mi sorpresa llegó a límites estratosféricos cuando, haciendo un alarde de una percepción que no sabía que tenía, dijo que era obvio que no nos caíamos bien (y lo era, para qué íbamos a mentirnos, pero viniendo de ella era toda una novedad que lo dijera, sobre todo en voz alta) y que podía elegir si quería empezar desde cero o limitarme a ser su camarero ante la ausencia de Mich, y ya iba a empezar a pensar que lo hacía a propósito. Pese a que en condiciones normales me habría disculpado, haciendo alarde de los modales que mi abuelo se había empeñado en enseñarme durante toda mi infancia, y le habría dicho que sí, que prefería limitarme a ser alguien que trabajaba para ella, hubo algo que me lo impidió y que me hizo sentarme con ella en vez de permanecer de pie, como hasta ese momento. A lo mejor se trataba del mal humor residual con el que me había levantado, o quizá que su proposición decía más de ella de lo que se veía simplemente, no lo sabía, incluso quizá podía ser que el hecho de ser amiga de Mich la hacía ganar puntos, pero la cuestión fue que acepté.

– No me gustan nada los tatuajes. – comencé, desviando la mirada hacia sus brazos, que era la parte más visible donde tenía tinta aunque, si me fijaba mejor, podía ver que no era la única. Con una mueca, volví a mirarla a los ojos. – Siendo militar debería estar acostumbrado, muchos de los que están conmigo cuando estoy en el frente llevan tatuajes, pero yo los veo como mancillar el cuerpo, igual que eso que llevas en las orejas. Y respecto a la ropa que llevas... en fin. Con todo respeto, pareces satánica, y eso es algo que no podría provocarme más repulsión. Por eso desde el principio te me has atravesado, y supongo que tu motivo para que yo lo esté para ti será cómo te he tratado. – deduje, encogiéndome de hombros al final y apoyando los antebrazos sobre la mesa. No le debía la verdad, ni siquiera le debía estar sentado con ella e intentando no tenerla tan atragantada por mucho que todos los indicios me llevaran a creer que ella y yo jamás nos llevaríamos bien, pero por algún motivo estaba decidiendo darle una oportunidad... Y antes podía haberlo hecho, pero ya no iba a engañarme más al respecto, puesto que sabía perfectamente por qué estaba hablando con ella: para olvidarme de lo mal que me había sentado lo de Paola con el imbécil de Carlo.
– No es ninguna excusa, pero hoy no ha sido el mejor de mis días y mi buen humor brilla por su ausencia, así que... no sé, Katerina, habitualmente habría sido más sibilino, supongo que en el fondo tienes suerte de que haya sido tan directo y de que, gracias a eso, esté dispuesto a empezar de cero.

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Re: Caustic Are The Ties That Bind [Katerina Sorensen]

Mensaje por Katerina Sorensen el Jue Ago 22, 2013 1:28 am

Si tenía que ser totalmente sincera, me sorprendió bastante que Jack se sentara conmigo. Estaba claro que no le gustaba, que probablemente mis tatuajes, mis dilataciones y mi forma de vestir lo echaban para atrás tanto como al resto de las personas con las que me cruzaba la mayor parte del tiempo y, aún así, él se había sentado conmigo y parecía dispuesto a hablar y a comportarse de una manera totalmente distinta a cómo lo había hecho hasta entonces. Tampoco me esperaba, en absoluto, que Jack fuera tan sincero, que me hablara sin tapujos y sin problemas diciendo exactamente lo que pensaba de mí y qué había sido exactamente lo que le había disgustado de mí desde un principio y que le había hecho tratarme... En fin, como lo había hecho. Como había imaginado, no le gustaban los tatuajes, no había que ser demasiado inteligente para darse cuenta de aquello, pero él me explicó cuál era la razón principal de su desagrado: Lo veía como una manera de mancillar el cuerpo, al igual que las dilataciones que llevaba en las orejas. Asentí, y continué escuchando como hablaba de lo “satánica” que le parecía mi forma de vestir y tuve que morderme el labio inferior con fuerza para controlarme lo suficiente y no reírme porque si él supiera las cosas que yo hacía en Oslo... Probablemente ni siquiera me dirigiría la palabra en aquel momento. Aunque decidí obviar mi pasado de quemaiglesias noruega porque en vistas de cómo era Jack no sería el mejor tema que sacar a la luz así que volví a asentir cuando dedujo correctamente que yo “no lo tragaba” por cómo me había tratado. Lo cierto es que no hacía falta que me dijera nada para que supiera que estaba teniendo un mal día pero era de agradecer tanto su mal día como su sinceridad porque, como él dijo, esa fue la clave para que quisiera empezar de cero... Y no podía haber nada que me apeteciera más que eso porque, en el fondo, no parecía mal chico pese a que pareciera extremadamente religioso. Además, si era amigo de Mich era imposible que fuera imbécil, ¿no?

- Pues perdona por esto pero me alegro de que tengas un mal día. Si eres el mejor amigo de Mich estoy segura de que tienes que ser, como mínimo, interesante y digno de conocer. - sonreí y le ofrecí la mano para estrechársela, como simbolizando que volvíamos a empezar. Deliberadamente ofrecí la mano izquierda pues era al brazo en el que menos tatuajes tenía y no quería incomodarlo en exceso. - Siento que te molesten mis tatuajes pero me temo que no puedo quitármelos y en cuanto a mi ropa... Créeme, es mucho mejor que lleve puesto esto a lo que tengo que ponerme para trabajar. Y no, no trabajo en ningún antro del pecado donde haya que quitarse la ropa ni nada, simplemente es un bar donde, bueno, explotan al máximo los cuerpos de sus empleadas sin necesidad de quitarse la ropa. Cosas de tener mal genio y no durar en ningún estudio de tatuajes demasiado. - me encogí de hombros y aproveché la pausa para picotear un poco más de mi plato con hambre y beber de mi coca cola antes de mirarlo a los ojos. - Perdona, hablo demasiado y no hay manera de que me calle, me lo dicen a menudo... Por no hablar de que soy especialista en meter la pata cuando hablo así que será mejor que me interrumpas o seas tú quien diga algo porque si no estoy segura de que diré cualquier cosa y lograré que me odies para siempre... - sonreí y alcé las cejas, como cediéndole la palabra aunque, para no variar, no logré permanecer callada durante mucho tiempo. - Y si no sabes qué decir, bueno, puedes hablarme de ti, por ejemplo, ¿Tienes novia? Seguro que sí, es imposible que alguien sin tatuajes ni nada por el estilo te encuentre el más mínimo defecto... Y viceversa. - y para ver si me callaba de una maldita vez me llevé más comida a la boca y me centré en terminarme todo lo que tenía en mi plato porque si no, como ya había dicho, la liaría y eso era lo último que me apetecía hacer y más aún después de volver a empezar con él.

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Re: Caustic Are The Ties That Bind [Katerina Sorensen]

Mensaje por Jack Thomas el Miér Sep 04, 2013 1:43 am

Si no hubiera hecho el ánimo de tenerle paciencia, por algún motivo que aún desconocía y que probablemente no sabría explicar nunca, me habría sulfurado inmediatamente que se alegrara de que tuviera un mal día, pero precisamente por esa decisión que había tomado hacía un momento y que estaba dispuesto a cumplir decidí pensarlo y, en el fondo, más o menos la entendía. Si hubiera tenido un día normal, con mi ánimo acostumbrado, no habría siquiera pensado en tratarla con la hostilidad que, a mi juicio, se merecía, y el hecho de que hubiera decidido no hacerlo, la mayor muestra de que estaba realmente mal aquel día, era de lo que se alegraba, o al menos eso quería creer. De todas maneras, aún tenía tiempo para fastidiarla o yo para cansarme; no iba a empezar a caerme bien tan rápido a mí, que tenía una incapacidad considerable para confiar en la gente, así que dejé que hablara (y que no callara, porque si algo había podido comprobar en el breve rato que llevábamos conociéndonos era que parlanchina era un rato largo) y no pude evitar negar con la cabeza al final, cuando me preguntó si tenía novia. A lo mejor, de haber tenido un buen día habría cometido la estupidez de decirle que sí, porque lo que hacía que estuviera molesto era, precisamente, que quien más cerca estuviera de estarlo prefería a un italiano gilipollas y egocéntrico antes que a mí, así que en el fondo iba a tener razón y hasta yo podía alegrarme... o, quizá, ella iba a conseguir mejorármelo, no lo sabía, pero la cuestión fue que solamente mi frialdad británica habitual consiguió que no reflejara en mi rostro la molestia que me llenó por el rumbo que habían tomado mis pensamientos, sobre todo al desviarse hacia Paola.

– No, no tengo novia por el momento. Encontrar a alguien así es más difícil de lo que crees, según tengo entendido los tatuajes están “de moda” y prácticamente cada mujer que he conocido se ha hecho o quiere hacerse alguno. Hasta mi propia hermana... aunque a ella sí puedo convencerla de lo contrario. – comenté, pensativo hacia el final, ya que aún no había tenido que llegar a ese punto con Charlotte, pero los dos sabíamos que era capaz de evitar a mi manera que hiciera algo que sonaba a tan mala decisión como lo eran los tatuajes, y si no me quedaba más remedio lo haría sin dudarlo un momento, igual que permitir que trabajara en un antro de perdición, como ya lo era esa tetería infiel en la que había encontrado un trabajo, como si lo necesitara.
– No sé si quiero preguntar dónde trabajas, tal y como lo has planteado no es como si dieras lugar a que piense demasiado bien, así que quizá la ignorancia me de la felicidad... Lo dejo a tu elección. – opiné, y en mi fuero interno no dejaba de preguntarme dónde demonios se habían quedado los trabajos tradicionales y normales, como camarero, tendero o cualquier cosa de esas. ¿Es que al mundo le había sentado tan mal el s. XXI? Porque, la verdad, estaba empezando a planteármelo en serio, sobre todo si una de sus consecuencias había sido que existieran los estudios de tatuajes y... en fin, mejor no seguía por ahí si no quería enfadarme más de lo debido.

– A ti... no te pega tener novio, así que me guiaré por mi instinto, que no suele fallar demasiado, y asumiré que tampoco tienes. Por lo que has comentado antes supongo que eres escandinava, y a juzgar por tu comentario sobre Odín y Thor, me arriesgaré algo más y asumiré que eres noruega... ¿es así? – deduje, mirándola a los ojos con curiosidad, y la verdad era que realmente me la producía, puesto que había aprendido a hablar noruego gracias a más de un compañero de esa nacionalidad que había tenido en Irak y, aunque era bastante malo escribiéndolo, podía entenderlo y hablarlo con relativa fluidez, no tanta como el inglés pero sí la suficiente para hacerme entender. De todas maneras, prefería mi lengua natal, no había idioma que sonara mejor que el mío por mucho que cierta italiana quisiera empeñarse en demostrarme lo contrario y se acercara incluso a conseguirlo, así que no creía que fuera plan de decirle que podía hablar su idioma, más cuando ni siquiera sabía si era realmente noruega o no, porque una cosa era que siendo escandinava entendiera el noruego aunque no fuera de ese país y otra muy diferente que simplemente pareciera nórdica pero no fuera de más arriba que Austria.
– Dime, ¿qué te ha traído a Londres? Porque aunque mi deducción no sea correcta se nota que no eres de aquí, y me produce su punto de curiosidad saber qué motivos has podido tener para terminar precisamente en esta ciudad.

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Re: Caustic Are The Ties That Bind [Katerina Sorensen]

Mensaje por Katerina Sorensen el Miér Sep 04, 2013 7:04 am

Mi sorpresa fue mayúscula al escuchar que no tenía novia y estuve a punto de preguntar en voz alta qué era lo que le pasaba a las mujeres inglesas si eran capaces de decirle que a no a semejante hombre es que estaban peor de la cabeza que yo... ¡Y eso ya era decir! En serio, me costó lo mío reaccionar, incluso me había quedado con la boca abierta (literalmente) con un trozo de pescado que se había quedado a mitad de camino al escucharlo y que para no parecer maleducada, finalmente, e llevé a la boca. Según él era difícil encontrar mujeres que no llevaran tatuajes y puso el ejemplo de su propia hermana... Que en cuanto la mencionó me hizo sentir un poco de lástima por ella porque con semejante hermano le resultaría imposible hacer más de una y de dos cosas que le gustaría pero bueno, yo no era experta en temas familiares y prefería no meterme donde no me llamaban porque las cosas con Jack parecía que no iban tan mal después de todo así que me limité a morderme la lengua y casi terminarme mi plato mientras él seguía hablándome, esta vez, demostrando la curiosidad que le había hecho sentir sobre mi lugar de trabajo y me dejaba a mí la ardua decisión de decirle o no el sitio donde trabajaba... Cosa que no era demasiado inteligente por su parte porque conociéndome, en fin, no me callaba ni bajo el agua y esta vez las cosas no serían diferentes. También se aventuró a adivinar si yo tenía novio o no, si era escandinava o si era noruega y sorprendentemente acertó en todo pues dijo que yo no tenía novio, que suponía que era escandinava y que debía ser noruega pero no me dio tiempo a decirle que efectivamente había acertado de pleno porque en seguida se interesó por qué había terminado en Londres y, finalmente, me dejó responderle aunque me pilló bebiendo y tuve que tragar rápidamente, casi ahogándome yo sola y me reí por aquello antes de, por fin, tomar la palabra.

- Pues debo decirte que bien podrías ser detective privado o algo así porque lo has acertado todo. No tengo novio, soy escandinava, en particular, soy noruega, de Oslo. - sonreí ampliamente y me mordí el labio inferior, aquella era la parte sencilla de la conversación, ahora me tocaba explicarle por qué y cómo había terminado allí... Y esa historia era mucho más larga y complicada. - Y en cuanto a qué hago en Londres... Es complicado y tengo que explicarte mucho más y dudo siquiera que te interese la historia. Soy hija única, mi madre me dejó en la puerta de casa de mi padre cuando apenas tendría no sé, días, y desde entonces fue él quien me crío... Él y mis madrastras. El caso es que mi padre y yo nunca nos hemos llevado excesivamente bien, él es un empresario muy importante allí en Noruega y yo, bueno, le recuerdo demasiado a mi madre y era todo lo contrario a lo que él querría de su hija... Un día discutimos, me echó de casa y así fue como acabé en Londres. ¿Por qué Londres? Me gusta bastante, es una ciudad bonita y llena de vida además aquí puedes encontrar a todo tipo de gente y hay estudios de tatuajes realmente buenos... Me gustaba y mi padre me pagó el avión y me compró una casa para tener la conciencia tranquila y de eso hace ya más de... No sé, tres o cuatro años. ¿Te sirve como respuesta? – bebí algo más, terminándome mi coca cola al igual que hice poco después con mi comida y apoyé un codo en la mesa y la cabeza en la mano del brazo que tenía apoyado, mirándolo. - Estaba muy rico, por cierto. Lo que me recuerda a mi trabajo, soy camarera/bailarina en un bar-discoteca que se llama Wolfsbane. Conseguí el trabajo casi de milagro y ahora mismo es todo un alivio porque necesito el dinero... – bajé la mirada porque no me gustaba hablar de esas cosas con gente a la que acababa de conocer porque no me gustaba dar pena ni lástima a la gente así que en seguida volví a mirarlo con una amplísima sonrisa en los labios. - Bueno, cuéntame más sobre ti... Creo que acabo de contarte mi vida así que ahora cuéntame tú algo.¿Siempre quisiste ser soldado? ¿Vives también Londres, eres de aquí? ¿Sabes? Cuando quieres eres simpático, me caes bien... Ya entiendo qué ve Mich en ti.

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Re: Caustic Are The Ties That Bind [Katerina Sorensen]

Mensaje por Jack Thomas el Miér Oct 02, 2013 7:01 am

Wolfsbane... De todos los bares de la ciudad de Londres, y de no saberlo probablemente pensaría que era la que más tenía por milla cuadrada, tenía que trabajar precisamente en el único bar que yo no quería pisar ni muerto, no después de lo que había pasado la última vez que había visto a Paola y me había quedado claro que yo para ella sólo era una distracción, y nada más. Conociendo el humor cruel que solía tener la vida en determinadas circunstancias, y sobre todo con lo convencido que estaba de que todo eran palabras de Dios intentando hacerme ver hasta qué punto me había equivocado al ir por la senda que me había marcado la italiana del demonio, la verdad era que ni siquiera me extrañaba, al menos no tanto como lo hacía la sinceridad fulminante de Katerina, que no parecía tener ningún reparo a la hora de contarme cosas sobre su familia aunque apenas acabara de conocerme. Pese a que yo supiera que había un mandamiento que castigaba la mentira, habitualmente nadie solía cumplirlo, y que una satánica sí lo hiciera no dejaba de resultarme raro... pero no por ello desagradable, sorprendentemente para mí, que lo último que pensaba era que podría llegar a tener una conversación con ella. A lo mejor fue precisamente la sorpresa, o quizá su sinceridad aplastante, no lo sabía, pero la cuestión fue que me planteé abrirme, aunque no fuera tanto como ella, sí lo suficiente para responder a las preguntas que me había hecho y cuyas respuestas debía de querer saber, a juzgar por su tono, otra cosa que tampoco era precisamente normal... Pero que tampoco era mala del todo. ¿Quién sabía? Al final acabaría cayéndome bien (dentro de lo que cabía, claro, porque seguía sin ser capaz de ignorar sus asquerosos tatuajes y seguramente me costaría mucho tiempo hacerlo porque eran superiores a mis fuerzas) y todo, y probablemente Mich, a quien veía capaz de habernos juntado precisamente para que nos conociéramos, se sintiera orgulloso de que yo fuera capaz de ser amigo de alguien como ella.

– No te pega tener novio, físicamente no pareces de por aquí aunque lo del rubio sea relativamente frecuente, y respecto a lo de ser noruega... Digamos que hablo un poco de tu idioma y sé reconocer el acento, misterio resuelto. – repliqué, aunque lo del Wolfsbane me volvía incapaz de sonreír por el momento, porque por mucho que supiera que lo merecía no dejaba de ser demasiado duro para mí recordar la última vez que había visto a la italiana... y esa vez que me había dado cuenta de que solamente era un tonto al que ella manejaba como quería. – Ah, y respecto a lo de antes es más que suficiente, Katerina, tu sinceridad es abrumadora en todo. – concluí, sin ser capaz de sentirme cómodo respecto al tema de su familia, porque a mi parecer eso que había hecho su padre con ella de mandarla lejos para que dejara de ser un problema no era de ser un buen padre, pero no iba a meterme porque no era asunto mío, al fin y al cabo por mucho que fuera todo desparpajo no quería meterme en su vida tanto como ella parecía querer saber de la mía, aunque las preguntas que me habían hecho eran más bien ligeras comparadas con lo que acababa de contarme sin casi pestañear.
– Vivo aquí, pero nací en Bristol. No sé si la conocerás, es una ciudad cercana al mar, al sudoeste, relativamente cerca de Gales. Desde que entré en el ejército me trasladé aquí, aunque antes estaba allí, porque Londres tiene mejores medios de comunicación y en caso de tener que ir o venir me viene mejor que estar tan al sur, sobre todo si estoy destinado en Oriente Medio. Quise ser militar desde siempre, supongo que era lo que me parecía más apropiado para defender a mi país, y por eso me alisté. Ah, y respecto a lo de Wolfsbane... He ido alguna vez, pero no te he visto nunca allí, y dudo que vuelva a hacerlo porque no quiero volver a ese sitio ni loco, no querría... encontrarme con alguien. – terminé por admitir, aunque la última frase fue casi un susurro acompañado por una mirada que dejaba claro que no quería que preguntara al respecto.

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Re: Caustic Are The Ties That Bind [Katerina Sorensen]

Mensaje por Katerina Sorensen el Dom Oct 13, 2013 2:28 am

Escuché atentamente a Jack casi sin pestañear mientras él respondía a todas mis preguntas, su historia parecía la de cualquier niño que soñaba con ser soldado de pequeño y finalmente lo conseguía cuando crecía y le gustaba lo que hacía, que fuera de Bristol, al parecer, no fue un problema pues cuando se alistó se había trasladado a Londres y por esos pequeños detalles pude deducir que o se ganaba mucha pasta en el ejército o simplemente venía de una familia bien... Aunque con lo rematadamente inglés que parecía me inclinaba más por lo segundo que por lo primero ya que tampoco había escuchado a muchos soldados hablar de lo ricos que se habían hecho gracias a su trabajo... Más bien al contrario. Sin embargo, lo que realmente me sorprendió de todo lo que me dijo fue lo último, aquello que vino acompañado de una mirada que me pedía que no preguntara nada al respecto, al parecer, Jack conocía a alguien que trabajaba en Wolfsbane y no quería volver a pisar el sitio, precisamente, por esa persona. Por cómo se puso me aventuré a imaginar que se trataba claramente de un lío de faldas pero lo cierto era que me costaba imaginar a Jack en Wolfsbane y mucho más imaginarlo con alguna de mis compañeras de trabajo... No, para nada, ninguna merecía a semejante dios vikingo y mucho menos sería capaz de hacer algo para cabrearlo como parecía estar con la desconocida.

La curiosidad me corroía por dentro pero sabía que si quería seguir tan bien cómo estaba en aquel momento con Jack no debía hacer mención de la razón por la que no quería volver a Wolfsbane así que ignoré la curiosidad que sentía, porque yo era mucho más inteligente que un felino capaz de morir por ser demasiado curioso y sonreí. - Lo cierto es que no imaginaba que conocieras el lugar, no tienes pinta de ir mucho a sitios... Así. Además, en cuanto me vaya de aquí tengo que ir a abrir y hacer el peor turno de todos, muerta del asco y del aburrimiento toda la tarde... ¿Y sabes por qué? Porque soy la menos egocéntrica y zorra de todas las que trabajan allí y no me creo más de lo que soy, por eso no soy la estrella, solo una pringada. - hice una mueca y negué con la cabeza, lo cierto era que en Wolfsbane o eras una zorra o no llegabas lejos y a mí se me daba mejor ser una lagarta y tampoco era una egocéntrica empedernida, más bien sabía lo que había, era realista y conocía mis posibilidades... Algo que no muchas en aquel lugar podían afirmar. - De todas maneras, mucho mejor si no vuelves, pareces un buen tío y sea quien sea a quien conozcas allí... Estarás mejor sin ella, eso seguro. - sonreí ampliamente y di por finalizado el tema justo a tiempo de ver a Mich acercarse a nosotros aunque en lugar de sentarse recogió mi plato y mi vaso y volvió un café con leche pues era lo que siempre pedía después de comer. - ¿No te sientas con nosotros? - pregunté antes de que volviera a desaparecer ante lo que él negó con la cabeza sin dejar de sonreír, como siempre. - No puedo, tengo que hacer cosas... Además, tú deberías ir pensando en ir a abrir, ya son casi las cuatro. – puse los ojos en blanco mientras me echaba azúcar en el café y lo miré mal. - ¿Y? Puedo abrir hasta a las cinco si quiero, no es como si hubiera cola en la puerta esperando a que abra, como mucho habrá un cliente en toda la tarde, con suerte, dos... Así que déjame hablar con tu amigo y no me trates como a una niña pequeña.

Escuché la risa de Mich mientras volvía a desaparecer de nuestra vista, divertido probablemente porque mi expresión había parecido justamente la de una niña pequeña enfadada en aquel momento pero no le di más importancia y me limité a mover mi café antes de darle un pequeño sorbo y comprobar que aún ardía. - Antes has dicho que hablas noruego... ¿Cómo aprendiste? ¿En el ejército? No hay muchos noruegos en Londres, lo digo por eso. Yo solo conozco a mi mejor amigo, que vino conmigo desde Oslo, así que... – sonreí una vez más, cambiando nuevamente de tema para que dejara de pensar en Wolfsbane y en la chica misteriosa que tanto lo había cabreado y se centrara de nuevo en mí y en nuestra conversación... O lo que fuera aquello. - Bueno, supongo que es una pregunta estúpida porque si estás en el ejército no tendrás tiempo de cuidarlos pero, ¿tienes algún animal de compañía? Y sí, ya sé que es una pregunta rara pero tengo curiosidad... Y a cambio tú puedes preguntarme lo que quieras, no es como si tuviera nada que esconder así que por eso siempre digo la verdad... Por muy raro que eso parezca. – y era cierto, tan solo tenía una cosa que esconder y dudaba enormemente que me preguntara si me transformaba en una mujer lagarto de vez en cuando así que mi único secreto estaba a salvo... Por el momento.

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Re: Caustic Are The Ties That Bind [Katerina Sorensen]

Mensaje por Jack Thomas el Sáb Nov 09, 2013 10:01 am

Hasta hacía no demasiado tiempo probablemente habría saltado cuando ella había dicho que era la menos zorra de todas y la habría corregido diciéndole que con esos tatuajes que llevaba tenía que ser igual que las demás, pero la experiencia de Adriana me había hecho contenerme porque me había enseñado que las apariencias engañaban y que la que menos lo parecía al final podía ser la peor persona de todas, esa a la que no le importa lo más mínimo jugar con alguien simplemente porque podía. Pese a que le había dicho que no quería hablar de ello, no podía evitar que a aquellas alturas mi mente hubiera puesto el automático e ignorara vilmente mis deseos recordando la última vez que habíamos estado en Wolfsbane, que había sido precisamente cuando había tenido el dudosísimo honor de conocer al maldito león de las narices. Inevitablemente lo asociaría con ellos, con la italiana que sin saberlo y sin que hubiera podido hacer nada por evitarlo me había hecho muchísimo daño y con el gilipollas al que había odiado a primera vista y que sabía que la única cosa que tenía en común conmigo era ese odio, ya no a Adriana porque mi intención era alejarme de ella cuanto pudiera. Por eso la idea de volver al local no me gustaba demasiado, ya que sabía que si era suyo había una posibilidad real de que nos encontráramos, aunque creía, o más bien quería creer, que Él no deseaba hundir los dedos en la herida como Santo Tomás en las yagas de Jesucristo porque sabía que ya había aprendido la lección y sería innecesario. Además, Katerina no me había hecho nada, en todo caso había sido yo quien la había identificado mentalmente con todas esas con las que trabajaba cuando en realidad parecía que era mejor, aunque seguía sin poder saberlo porque, quizá, ella también me salía rana... No podía evitar tener la paranoia de que una vez me había dejado engañar tan fácilmente como con Adriana podría acabar pasándome lo mismo con todo el mundo, aunque traté de quitarme los pensamientos de la cabeza cuando ella me preguntó por mí, al final.

– Tengo un gato, se llama Abel. Mich lo encontró junto a otro de la misma camada hace ya bastante tiempo, él se quedó con el dócil, Theo, y yo me quedé al agresivo que no quiere que nadie se le acerque salvo para darle comida, y ni eso. La ventaja es que es tan independiente que cuando yo no estoy sabe sacarse las castañas del fuego él solo, y cuando estoy de mal humor parece notarlo porque entonces sí que se deja acariciar. ¿Tú tienes mascotas? – respondí, explicando probablemente más de lo que ella me había pedido, pero la historia siempre me había parecido curiosa porque confirmaba el dicho de que los animales se parecían a sus mascotas... y de qué manera. Yo era tan difícil de tratar como Abel, lo sabía perfectamente, mientras que Mich siempre había sido tan accesible como Theo y por eso siempre se le había dado lo de hacer amigos mucho mejor que a mí. Lo que no dejaba de sorprenderme era que hubiera terminado cayéndole bien cuando, al juntarnos, estaba claro que no podíamos ser más diferentes, pero la realidad era que así había sido y que parecía que iba a pasar algo parecido con Katerina, porque obviando el pelo rubio y los ojos azules (y ni eso) no nos parecíamos en nada... ni en lo blanco del ojo.
– Respecto a lo del noruego, siempre me han dicho que tengo buen oído para las lenguas aunque no me guste aprenderlas, y cuando estaba en Irak, sobre todo las primeras veces, me juntaba bastante con noruegos... Entiendo más de lo que hablo, y desde luego no me pidas que te escriba nada porque a eso sí que no he llegado nunca, pero puedo defenderme bastante bien, igual que en otros idiomas que no me gustan nada. – aclaré, sin entrar en más detalles y sin ánimo tampoco de lucirme porque, en realidad, no había motivos para ello. No veía necesario saber más idiomas que el mío porque el inglés era internacional, y sin embargo las circunstancias, unas en las que lo último que quería era pensar porque con ellas tenía un conflicto que venía de aún más antiguo que con lo de Paola, me habían obligado a aprender árabe a la fuerza por mucho que fuera lengua de infieles y la odiara... No, no la odiaba, esa palabra era demasiado suave: la detestaba infinitamente. Y por eso, para evitar volver a unos recuerdos que aún me acosaban en mis pesadillas cuando tenía la guardia particularmente baja, decidí encogerme de hombros y volver a la conversación.
– Puedo acompañarte a Wolfsbane, no tengo nada mejor que hacer y a estas horas, si como tú dices no va casi nadie, no creo que ella vaya a estar allí, aunque si lo estuviera daría igual porque no pienso hablar con ella, así que... – sentencié, con las manos sobre la mesa y esperando a que terminara su café para, entonces, ir a cambiarme de ropa y acompañarla.

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Re: Caustic Are The Ties That Bind [Katerina Sorensen]

Mensaje por Katerina Sorensen el Lun Mar 17, 2014 1:09 am

Si aquel día, al salir de casa, me hubieran dicho que iba a conocer a un tío con pintas de dios vikingo que se iba a comportar como un jodido capullo pero que luego sería hasta majo y que lo último en lo que pensaría estando con él sería en empotrarlo y tirármelo salvajemente... Bueno, probablemente no habría creído a quien fuera que lo hubiera dicho y me habría reído en su cara. Pero lo cierto es que Jack, con su forma de ser, me hacía olvidarme de las potenciales ganas que pudiera tener de follarmelo para, simplemente, hacerme pensar en él como algo diferente. Un amigo quizá. Jack me explicó la historia sobre su mascota y la de Mich, dos gatitos hermanos que se habían quedado cada uno de ellos y que, al parecer, tenían la misma personalidad que sus dueños. Sonreí al escuchar la historia y me quedé perdida unos segundos en mis pensamientos. Ninguno de mis reptiles era exactamente como yo, cada uno tenía su propia personalidad, sus cosas buenas y sus cosas malas aunque si tenía que quedarme con alguno que se pareciera a mí probablemente sería Jörmund, aunque como lo había cuidado desde que prácticamente había salido del huevo era bastante entendible que nos pareciéramos en carácter... Y que siempre intentásemos cuidar y proteger al otro. - Sí. Tengo mascotas... En plural. Aunque no es algo de lo que me guste hablar con la gente ya que no a todo el mundo le gustan los reptiles y mucho menos entenderían que, bueno, tenga tantos como tengo... Aunque mi mascota más impresionante es Jörmundgandr, mi pitón reticulada. La tengo desde que salió del huevo y ahora... Es casi tan grande como tú. - sonreí, orgullosa y me encogí de hombros. - También tengo geckos, tortugas, lagartos en general, serpientes... Y un camaleón que se llama Igor. Como vez, hablas con la loca de los reptiles.

Solté una risita y escuché atentamente la explicación que me dio sobre el por qué entendía y hablaba algo de noruego. Como había supuesto, era por el ejército y entendía perfectamente que alguien como Jack se juntase con noruegos ya que... Bueno, si ponías a Jack y a mi padre al lado parecían mucho más emparentados que mi padre y yo. Lo cierto es que siempre lo había sabido y pese a que nunca me hubiese gustado aceptarlo o reconocerlo, yo no era la típica noruega en lo referente a la personalidad... Y por eso debía atraer tanto a los hombres de allí, suponía. Bebí un poco más de mi café, algo más frío que antes, aunque casi lo escupo al escuchar su proposición de acompañarme a Wolfsbane. ¿Hablaba en serio? No podía creérmelo y por suerte tragué el café sin atragantarme ni ahogarme y lo miré a los ojos, con el ceño fruncido. - ¿Estás seguro? No importa ir sola, lo hago siempre, Jack... Aunque mentiría si dijera que, bueno, no me gustaría que me acompañases. Siempre alegra más el día que un chico... así te acompañe al trabajo. - me encogí de hombros y con un par de tragos más me terminé el café y él se marchó a cambiarse de ropa, algo para lo que no tardó demasiado pero que me dio el tiempo suficiente para pagar la comida y cotillear un poco con Mich, que me contó por encima y antes de que llegara Jack, que la famosa chica de Wolfsbane era italiana, morena y muy guapa. Fruncí el ceño porque no me sonaba ninguna camarera así pero no me dio tiempo a preguntar ni enterarme de nada más ya que en seguida Jack salió vestido de calle. -  Bueno, nos vemos otro día, Mich! No seas demasiado malo, eh? Dejame eso a mí. - me despedí de Mich con dos besos y un abrazo rápido y me giré hacia Jack al que le sonreí ampliamente. -  Bueno, ¿nos vamos, dios vikingo? - bromeé con una sonrisa y sin más me encogí de hombros y salí de allí, con él detrás y siguiéndome y me marché a Wolfsbane acompañada por él, hablando de todo un poco y de nada en particular. Aquello era extraño. ¿Podría ser el principio de una curiosa y extraña amistad? ¿O quizá Jack solo estaba siendo educado conmigo? Bueno, ya me había demostrado que era capaz de ser todo un borde y un capullo conmigo así que no tenía por qué ser educado y todo un caballero inglés... Quizá era cierto que quería empezar de cero. ¡Y yo estaba encantada de hacerlo!

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