Renegade {Katerina Sorensen}

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Renegade {Katerina Sorensen}

Mensaje por Angelo Sforza el Miér Ago 13, 2014 9:00 am

Padre... ¿Padre nostro che sei nei cieli? Me detuve enseguida, consciente de que si durante toda mi vida no había rezado de corazón no serviría de nada que empezara a hacerlo en aquel momento, por desesperado que estuviera. Suficiente tenía con intentar llenarme los pulmones de aire (otra vez) después de la apresurada carrera para esquivar a la policía, a la que había llamado la zorra de mi casera, sin hacer ruido para concentrarme en recordar el orfanato. Cuando un escalofrío me recorrió la espina dorsal y empecé a sentir el sudor frío cayéndome por la frente aparté los pensamientos de las monjas golpeándome con la Bibbia hasta que me aprendí las malditas oraciones y me centré en mi alrededor. Estaba pegado en una pared de ladrillo, mirando a mi alrededor más que a cualquier punto determinado y mordiéndome el labio inferior para no hacer ningún ruido que, en mi paranoia, permitiera a la policía localizarme. En buena lógica ya me había alejado lo suficiente de mi casa para que no siguieran persiguiéndome, y además era probablemente el único lo suficientemente loco (sí, literalmente también; en eso la bruja de mi casera no había exagerado, aunque ella no tenía ni idea) para acercarme a barrios conflictivos, pero ¿qué iba a hacer, terminar en Oxford Street? Tenía mejor aspecto que de costumbre, lo único fuera de lugar era el pelo revuelto y despeinado porque la ropa (vaqueros, zapatillas y un jersey) aún aguantaba sorprendentemente bien, o no tanto porque cuando la había robado me había asegurado de que fuera de marca, como poco. Ya que no podía permitirme comprarme yo lo que me gustaba, al menos lo conseguía y lo probaba por si alguna vez tenía dinero, ya que así podría decidir si era buena inversión o no... Cualquier excusa era buena para justificarme. En cualquier caso, una vez juzgué que ya no me escuchaban, me dirigí con paso rápido y silencioso (sí, de ladrón) a Hyde Park para demostrar que a loco con ideas de bombero no me ganaba nadie, y como era por la noche llegué enseguida a la paz del parque en el que apenas había gente, como me gusta a mí.

No me daba miedo meterme en esa clase de zonas, nunca lo había hecho. Me había criado junto a los mayores peligros que ofrecía la ciudad de Milano, y además era un ladrón acostumbrado a tratar con lo peorcito. Por si eso no fuera suficiente parecía tener un radar que decía que no merecía la pena robarme a mí, y si alguien lo intentaba tenía mis maneras de defenderme, especialmente por la noche... con todas las sombras a mi alrededor esperando a que las usara. Así se entendía que una vez entré en aquel espacio tan tranquilo pareciera relajarme e incluso me metiera las manos en los bolsillos mientras paseaba, sin rumbo fijo, pero mirando por costumbre a mi alrededor para ver si alguien me perseguía y para ver también si encontraba un lugar donde dormir aquella noche. Como la bruja me había echado la buhardilla no era una opción, y había refrescado aquella noche algo así como bastante, así que tendría que ser un sitio medianamente resguardado o, al menos, con acceso a mantas... Pero me negaba a acercarme a alguno de los refugios para mendigos que sabía que existían en la ciudad. Mi orgullo me lo impedía. Prefería robar antes que ser un vulgar mendigo, no había nada que me pareciera más humillante que rebajarme hasta el punto de buscar la lástima de la gente, y más cuando me había pasado toda mi vida intentando evitar que sintieran eso por mí. Así que con los ánimos renovados seguí buscando algún refugio en el que no me mojara si llovía (bueno, y ya sólo me faltaba desear servicio de habitaciones...) y casi ni me di cuenta de por dónde iba hasta que en un banco delante de mí una cabellera rubia me llamó la atención lo suficiente para hacer que me parara. Yo conocía ese pelo... Y efectivamente, cuando la miré a la cara la reconocí enseguida, aunque no entendía por qué demonios iba con una botella de champagne sola por la vida.
– Buenas noches, Katerina. – saludé, cuando ya estuve frente a ella para no asustarla al aparecer de golpe, y con las manos firmemente metidas en los bolsillos.

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Re: Renegade {Katerina Sorensen}

Mensaje por Katerina Sorensen el Miér Ago 13, 2014 9:47 pm

Desde siempre había encontrado irónico rebelarme, en un principio contra mi padre y más adelante contra cualquiera que me tocara las narices, mediante la auto-destrucción. Tan irónico como una tatuadora que trabajaba como camarera. Cuando me habían dado la botella de champán como “premio” a la empleada del mes casi se la estampo en la cabeza a alguien. Conocía perfectamente a toda la gente que trabajaba en Wolfsbane y las tías eran unas zorras falsas que no me soportaban porque era la única sincera de todas y los tíos solo querían llevarnos a la cama a todas así que el ambiente de trabajo no era, precisamente, mi favorito. Tan solo había un chico que se pasaba a veces, Marco o Maus o algo así, que era medianamente simpático y se portaba bien con todos pero es que no soportaba ni siquiera a la dueña. Aún no había averiguado quién era la tipa con la que el dios vikingo reencarnado en soldado inglés (sí, hablaba de Jack, por si no había quedado claro) se había enfadado pero es que por si vaga descripción podría ser cualquiera de ellas... Todas tan idiotas y prepotentes y... Joder! Quería volver a tatuar! ¿Tanto pedía? No, si en el fondo no me caían tan mal los que trabajaban en Wolfsbane pero yo no estaba hecha para aquello, yo necesitaba la aguja en las manos y escuchar el sonido relajante de la máquina de tatuar. Sí, eso era lo mío, no servir copas y de vez en cuando menearte como una gata en celo encima de la barra para que todos los tíos babeen y por tanto consuman más. A ver, que la estrategia era buena y todo (como se notaba que lo llevaban italianos que sabían perfectamente como liar a los hombres porque ellos eran los primeros que se liaban) pero yo prefería ser más directa y punto. El caso es que era la empleada del mes y, como tal, me habían hecho un numerito en medio de Wolfsbane, poniéndome una banda tipo Miss y dándome la enorme botella de champán e invitándome a chupitos... Todo justo antes de que terminase mi turno. Oportuno, ¿verdad? Sí, eso pensaba yo. Pero no le di más vueltas porque tras hacer el paripé y sin siquiera cambiarme salí de allí por piernas con mi enorme botella, que encima habían querido que compartiera... Ni de broma.

Aquella era una de esas noches en las que se veía a la legua que no iba a poder dormir, mi maldita hiperactividad atacaba de nuevo así que en lugar de irme directa a casa empecé a pasear por la ciudad con mi enorme botella (al menos era de las grandes de verdad, en eso se lo habían currado), que abrí en la primera esquina que pude para beber mientras caminaba, muy bohemia yo. ¿Qué había dicho de la auto-destrucción? Pues eso, que se me daba de maravilla. No sé cómo ni después de cuánto tiempo terminé en Hyde Park, solo sé que en un momento dado estaba allí, sola, con mi botella de champán y la cabeza dándome vueltas por lo que me senté en un banco. La estampa era graciosa pues aún llevaba mi “uniforme” de Wolfsbane que se componía de una camiseta por encima del ombligo que había recortado para que el escote fuera palabra de honor, vamos, que era prácticamente un sujetador más que nada y además de eso unos mini-shorts vaqueros extremadamente cortos con un cinturón de tachuelas más de adorno que otra cosa y mis botas de cowboy. Las malditas botas de cowboy. Estaba harta de ellas, daban un calor brutal y mientras que el resto del cuerpo lo tenía a temperatura ambiente, los pies los tenía recalentados. Suspiré y miré la botella a la que le quedaba aún más de la mitad así que me encogí de hombros y le di un trago. Y casi me atraganto cuando escuché como alguien me saludaba. Ni siquiera había visto u oído como se había acercado y casi me da un ataque. ¡Joder! ¡Casi me mata! Y entonces lo miré para echarle la bronca por aquello aunque me quedé callada al ver a Dante parado delante de mí. Vaya, me habría esperado ver a cualquiera allí a esas horas menos a él así que mi cara debió de ser un poema aunque me recompuse rápidamente, levantándome de un salto y enganchándome a su cuello. - ¡DANTEEEEEEEEEE! - solté un gritito agudo y le di un beso en la mejilla. - ¿Qué haces tú aquí? Eres la última persona que esperaba encontrarme aquí y a estas horas... - entonces me dio por mirarlo de arriba a abajo y me mordí el labio inferior. - Jo, que guapo vas, ¿has quedado con alguien? Si no quedate conmigo un rato... Pero aquí no, ven, vamos a la hierba, me apetece tumbarme! - sin darle tiempo a responder lo cogí del brazo y, con la otra mano, agarré bien fuerte mi botella y me lo llevé a un claro con hierba en el que me tumbé en el suelo, quedándome empanadísima mientras miraba el cielo y la estrellas. Definitivamente no sabía qué era peor, si mi hiperactividad o haber mezclado alcohol y estar algo contentilla... Bueno, ambas cosas contaban, estaba segura. Pero pobre Dante, ¡lo que iba a tener que aguantar!

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Re: Renegade {Katerina Sorensen}

Mensaje por Angelo Sforza el Mar Sep 02, 2014 8:22 am

Yo, de verdad, no quería molestar... Aunque era complicado pillarme por sorpresa sabía perfectamente lo que era que alguien te asustara cuando menos te lo esperabas, esa sensación de que se te para el corazón y se te pone el estómago en la garganta antes de tranquilizarte un poco si resulta que sólo ha sido un susto sin importancia. Precisamente por saberlo, si podía quería evitárselo y por eso había intentado no merodear demasiado, evidentemente sin éxito porque ella se asustó. A juzgar por su reacción, sin embargo, me imaginé que ya llevaba la botella de champagne bastante mediada y el alcohol la había hecho exagerar un poco, porque si no yo no me explicaba que su primera reacción fuera abrazar a la persona que la había asustado. Mi primera reacción, después de calmarme, habría sido saludar incómodamente a la persona en cuestión e intentar que la conversación durara lo menos posible, pero eso podía ser sólo porque a mí no me gustaba tratar con la gente si podía evitarlo, y ella era muy distinta a mí. Si no, ¿cómo se explicaba que se hubiera acercado a mí después de haberle robado la cartera? Aunque eso ella no lo sabía oficialmente, a diferencia de Adriana, que incluso me había dado una paliza y... en fin, me estaba desviando. Además, Adriana y Katerina no podían ser más diferentes, y hasta donde yo sabía Katerina (que además sólo me conocía como Dante, igual que la mayor parte de la gente de mi alrededor) no estaba metida en temas de mafias que pudieran hacerla peligrosa, así que podía relajarme. O, al menos, todo lo que fuera capaz de relajarme yo delante de alguien que me había abrazado como si le fuera la vida en ello y yo fuera un peluche en vez de una persona a la que el contacto humano le gustaba lo justo. Por suerte me llevó a la hierba tan rápido que apenas tuve tiempo de pensar demasiado en su efusividad, así que eso me dio tiempo para respirar tranquilo y preparar la mentira que iba a contarle aquella noche.

– No, en realidad no esperaba a nadie, sólo paseaba... – respondí, y en parte era cierto, si correr para evitar que la policía londinense me atrapara contaba realmente como pasear por la ciudad como cualquier otra persona, normal a diferencia de mí. Pero bueno, eso ella no tenía por qué saberlo, y era preferible si no lo hacía. – Y la verdad, tampoco esperaba terminar precisamente aquí, pero no sé, es a donde me han llevado mis pasos. – terminé, aunque en realidad no sabía si me había escuchado o si estaba demasiado ocupada haciendo botellón, literalmente. De todas maneras yo casi prefería que no me hubiera escuchado porque mis excusas habían sido malas hasta para lo que yo acostumbraba, así que si no me decía nada al respecto tanto mejor... igual que respecto a lo de ir guapo. Había decidido pasar por alto sus palabras porque, de lo contrario, terminaría poniéndome rojo y no era plan, odiaba cuando me pasaba eso y últimamente ya iban demasiadas veces en demasiado poco tiempo. No se me daba bien socializar, y por eso recibir cumplidos no era lo mío; en el extraño caso de que me creyera lo que me decían, lo menos habitual, no sabía cómo tomármelo, y no quería que ella tuviera que verme más incómodo de lo normal porque ni borracha lo dejaría pasar. Nadie lo hacía. Ni siquiera en el extraño caso de que no lo viera, aunque había poca luz y la posibilidad existía, prefería ahorrarme el mal rato, y ¿qué mejor manera de hacerlo que no pensando en ello? Además, la que estaba en una situación rara (vestida de... en fin, ¿de camarera de Wolfsbane?, tumbada en la hierba y con una botella gigante de champagne) era ella, y no yo, así que era normal que quien sintiera curiosidad fuera yo... Sobre todo si así evitaba hablar demasiado de mí mismo. No había cosa que más odiara que tener que hacerlo...
– ¿Qué haces tú aquí? Y con una botella así, nada menos... ¿Celebras algo? Y ¿por qué celebras sola? ¿No dicen que es mejor hacerlo en compañía? Aunque no quiero meterme donde no me llaman... – me callé justo después de decirlo, incapaz de entender por qué demonios parecía que últimamente no era capaz de controlar lo que salía por mi boca. Luego así me iba...

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Re: Renegade {Katerina Sorensen}

Mensaje por Katerina Sorensen el Jue Sep 11, 2014 9:57 pm

El cielo estaba especialmente oscuro aquella noche y las estrellas resaltaban aún más, dando un toque de luz a esa oscuridad tan atrayente. Sin embargo, los enormes nubarrones negros eran lo que atraía toda mi atención al formar todo tipo de seres en el cielo y, como si volviera a ser una niña de no más de seis años, los observaba anonadada. Veía serpientes, sátiros, caras molestas que parecían a punto de estallar de tan enfadadas que estaban y un millón de cosas más. Estaba perdida en mis pensamientos, observando el cielo como si fuera la primera vez que lo hacía en años y por un momento me olvidé de que no estaba sola. Después de tanto tiempo siendo el alma de la fiesta, de estar acostumbrada a tener siempre todas las miradas y la atención fijas en mí ya me había acostumbrado a evadirme, a perderme en mis pensamientos aunque no estuviera a solas porque realmente había muchas veces que lo estaba por mucho que tuviera a mi alrededor a mil personas. Pero aquello no era algo que me quitara el sueño. Los seres del cielo cambiaban rápidamente, parecían entrar en batalla entre ellos y del resultado de su pugna surgía una nueva forma, algo completamente diferente a lo que había visto antes. Y entonces la voz de Dante me sacó de mi ensoñación. Oh, sí, Dante. Pese a que sus palabras pudieran ser lo más normal del mundo pese a las horas que eran, había algo en él, en su forma de decirlo, que me hacía dudar. Sí, yo también había estado paseando, no podía dormir y no quería ir a casa porque de hacerlo se me caería la casa encima y mis pasos me habían llevado allí... Pero si yo dijera aquello, que era verdad, no sonaría como lo había hecho al decirlo él. Me encogí de hombros y volví a centrar toda mi atención en el cielo y las nubes que, pese a que amenazaban tormenta, me calmaban. ¿Qué necesidad tenía Dante de mentirme? Desde el primer momento en que lo había conocido sabía que él no era como yo, que no podíamos ser más opuestos y aún así había puesto todo mi empeño para que fuéramos amigos pero sabía que desde el primer momento me había topado con un muro y que él no me iba a dejar atravesarlo más que para lo justo y necesario. Aún así, no podía evitar comportarme con él como lo hacía con todo el mundo, ser efusiva, sonreír... en fin, ser yo. Si se me había metido en la cabeza que conseguiría ser su amiga, lo haría costara lo que costase y punto y para conseguirlo, primero, tenía que creerlo cuando hablaba y eso haría. Justo entonces en el cielo apareció un león agazapado, esperaba con calma el momento de atacar a su presa y cuando Dante volvió a hablar, él león se abalanzó sobre la serpiente y aparté la mirada de golpe, como si no quisiera ver el resultado de la cacería.

- He salido de trabajar y no quería ir a casa así que me he perdido por la ciudad con la botella hasta que he llegado hasta aquí y he decidido quedarme un rato y... Ah, la botella. Tienes ante ti a la empleada del mes de Wolfsbane. - hice una mueca y, como si él me hubiera recordado la existencia de la botella, le di un nuevo trago antes de volver la mirada al cielo. No quedaba nada de la serpiente y el león empezaba a difuminarse. Inconscientemente apreté los labios como una niña pequeña y solté un suave siseo. - Así que no, no celebro nada. Más bien al contrario. Me han dado el “premio” con todo el recochineo del mundo para que me quedara más tiempo trabajando allí hoy y encima gratis y para colmo querían que abriera la botella y la compartiera con ellos... Vamos, ni de broma. Antes la comparto con mi amigo el morenazo italiano. - sonreí y le miré, guiñándole un ojo y me incorporé para quedar medio sentada y poder así ofrecerle la botella con más comodidad. No tenía ni idea de si aceptaría o no pero con él nunca sabía nada. Suponía que era la gracia de Dante aunque me preguntaba si alguna vez, aunque nos hiciéramos amigos, llegaría a conocerlo tanto como para que no me sorprendiera... Realmente lo dudaba. - ¿Has visto ese león? - comenté señalando el cielo. Apenas quedaba la cara y parte de la melena del león pues el resto ya se había difuminado y cambiaba de forma rápidamente con el viento. - Hace años que no hago esto... No recordaba lo divertido que era. ¿Te apetece sentarte o tumbarte conmigo un rato y buscar formas en las nubes? - sonreí ampliamente, intentando que mi proposición que tendría mucha más lógica viniendo de una niña pequeña que de mí pero, ¿qué podía decir? Yo era así y por mucho que Dante estuviera para hacerle unos cuantos favores, se veía a la legua que yo no le interesaba así que tampoco iba a insistir porque no quería que las cosas estuvieran raras... Más, quiero decir. Sin esperar su respuesta, volví a tumbarme en la hierba con la mirada perdida, una vez más, en el cielo.

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Re: Renegade {Katerina Sorensen}

Mensaje por Angelo Sforza el Dom Dic 14, 2014 10:10 pm

Tal y como me lo temía, sí que había terminado metiéndome donde no me llamaban. Estaba claro que no se llevaba bien con la gente de Wolfsbane, y aunque a mí la jefa del local podía decirse que no me caía mal (conmigo eso ya era bastante...) podía entenderla, a la perfección además: eran demasiado italianos. Y si algo teníamos en común Katerina y yo era que no teníamos nada de esa italianidad tan empalagosa de la mayoría de gente que trabajaba en ese sitio al que yo sólo había ido alguna vez, por suerte. Aunque, en realidad, por parte de ella me sorprendía bastante... Lo que recordaba de cuando nos habíamos conocido era que Katerina era optimista, abierta y sonriente, al menos conmigo, y eso era algo que normalmente los italianos eran. ¿Cuál era la diferencia...? Probablemente que ella parecía no tener mal fondo y sin embargo los míos, porque ahí sí me incluía, pocas veces éramos buenos... salvo excepciones como Maus y Natalia y únicamente porque ellos eran ángeles, no había más explicación que esa. Aun así, me sorprendí pensando que prefería mil veces pasar un rato con ella antes que con cualquiera “de los míos”, y aún más sentándome a su lado para compartir la botella de champán que se había ganado en un trabajo que consistía en zorrear, aparte de ser camarera. Bueno, en realidad no podía culparla; tampoco tenía que poner demasiado esfuerzo en conseguir que alguien se volviera loco con esos ojos tan bonitos que tenía... y yo, a diferencia del resto, sí que me fijaba en los ojos en la cara, no más abajo. Seguramente era el único, si ella trabajaba en un sitio como Wolfsbane, pero es que no podía evitarlo. Me sentía demasiado incómodo cuando se trataba de mujeres incluso desde antes de que Cinzia me jodiera la vida, así que después de todo no era como si mi incomodidad fuera a esfumarse, y precisamente por eso me sorprendía que sin pensarlo siquiera hubiera decidido sentarme con ella, que me incomodaba mucho... pero con quien me sentía más o menos cómodo. Menuda contradicción, Sforza.

– No me gustan mucho los leones... Pero sí, lo veo: está ahí. – respondí, arrugando la nariz y señalando a la nube que ya se estaba deshaciendo pero a la que creía que ella se refería. Después me tumbé a su lado, sin tocarla (porque eso sí que habría sido demasiado) y me puse a mirar al cielo, intentando buscar sentido al batiburrillo de nubes que había en el cielo incluso aunque fuera de noche. Ni por un momento se me pasó por la cabeza que lo que estábamos haciendo era una tontería o que parecíamos críos, más que los adultos que se suponía que éramos; estaba relajado, me lo estaba pasando bien porque estar así implicaba hablar lo justo y a mí hablar no me gustaba, y me estaba por fin tranquilizando. Nada mal teniendo en cuenta que hacía tan sólo unos... ¿cuánto, diez o quince minutos como mucho?, me estaban persiguiendo y tenía que huir despavorido. Como casi siempre... Debería estar acostumbrado pero por algún motivo no conseguía adaptarme a esa constante tensión que me provocaba vivir como un fugitivo de la ley que ha huido a otro país y que sigue cometiendo delitos (porque no le queda otro remedio). Quizá porque, en el fondo, me aferraba a la esperanza de que podría limpiar mi nombre, o quizá porque sabía que si me acostumbraba dejaría de estar alerta y me pillarían. Fuera cual fuera el motivo, pensar en ello no lo mejoraría, así que me limité a mirar al cielo y a coger la botella de champán que me había ofrecido para darle un trago, a ver si el alcohol me hacía ver más cosas. Lo sorprendente (o, bueno, en realidad no tanto) fue que coló y que empecé a ver algo que sabía que le gustaba porque lo recordaba de cuando estuve la última (y la única) vez en su casa: reptiles.
– Mira, Katerina: ¡son geckos! – señalé a un punto donde las nubes lo parecían y me quedé mirando, sonriendo... Hasta que, de lejos, escuché sirenas que no me gustaron un pelo y mi primer impulso (después del de huir, claro, que deseché enseguida) fue acercarme a Kat para que de lejos pareciera que éramos una simple pareja, no una chica inocente (o algo así) y un ladrón huido. Con lo que no conté fue con las ganas de besarla que me provocó estar junto a ella, con sus labios a centímetros de los míos y mirándola a esos ojos que, al reflejar el cielo, me parecía que tenían galaxias dentro.

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Re: Renegade {Katerina Sorensen}

Mensaje por Katerina Sorensen el Sáb Dic 27, 2014 5:05 am

¿Qué diablos me pasaba aquella noche? Estaba agotada, harta y lo único que quería era quedarme allí tumbada mirando el cielo, emborracharme y... Bueno, disfrutar de la compañía de Dante aunque seguro que él esa última parte prefería obviarla. ¿Había dicho ya lo complicado y difícil que era aquel chico? Me reafirmaba. Aunque estaba claro que aquella era, precisamente, una de las razones por las que me gustaba tanto su compañía. Lo normal nunca había sido lo mío y él tenía de normal lo mismo que tenía yo de cristiana... Absolutamente nada. Lo peor de aquello era que la gente solía ver la anormalidad como algo malo, lo diferente siempre era malo y probablemente él, que era tan diferente a todo lo que yo había conocido y a lo que estaba acostumbrada, había pasado toda su vida escuchando que su forma de ser no era buena o algo así y yo lo único que quería era demostrarle que la gente se equivocaba. Lo raro, lo diferente, lo anormal... Eso era lo bueno, lo especial, dijera la gente lo que dijera. Inconscientemente sonreía mientras miraba al cielo, el hecho de que a Dante no le gustaran los leones me parecía curioso siendo él medio felino pero no comenté nada, simplemente lo miré de reojo mientras él señalaba al león que ya se había casi difuminado del todo y se tumbaba a mi lado. Vaya, eso sí que no me lo esperaba. Aunque mantuvo las distancias en todo momento... Eso sí que me lo esperaba. Volví a sonreír, esta vez más ampliamente al pensar en que ya empezaba a conocerlo un poco y continué con la búsqueda de monstruos en el cielo.

Durante un buen rato me quedé con el ceño fruncido. Las nubes continuaban moviéndose pero yo era incapaz de encontrar un solo ser en el cielo. Era frustrante. Empeñada en encontrar algo en el cielo ni siquiera hablé y fue Dante el primero que lo vio. Abrí mucho los ojos y seguí con la mirada al lugar al que apuntó mientras me informaba de la presencia de geckos y cuando los vi mis ojos se iluminaron y mi sonrisa creció aún más. ¡Era cierto, allí estaban! Con la emoción apenas me di cuenta de que, de repente, Dante se había pegado más a mí hasta que no lo miré y me encontré con que estaba muchísimo más cerca que antes y nuestros cuerpos ya estaban en contacto. Vaya. Con todo el descaro del mundo y aprovechando que él había dado el primer paso yo me pegué aún más a él, tanto, que faltaba bien poco para que uno estuviera sobre el otro... más o menos. Estábamos tan cerca... - Veo que he conseguido que te gusten los reptiles... O, al menos, que los veas por todas partes! - sonreí ampliamente y me encogí de hombros, mirando de nuevo al cielo. - Por cierto, ¿Tienes frío? Puedes pegarte todo lo que quieras, eh? Ya sabes que a mí no me importa... O, bueno, deberías saberlo. - le guiñé un ojo y le quité la botella de las manos para darle un buen trago. Cuando la devolví a su lugar, es decir, al suelo cerca de nuestras cabezas, mi mirada acabo por alguna razón en sus labios y el recuerdo de aquel beso que me había dado cuando nos habíamos conocido como pago por el tatuaje me asaltó y me hizo tragar saliva y apartar la mirada. El cielo estaba lleno de gatos, calaveras, figuras antropomorfas y seres sin una forma clara con enormes ojos que parecían mirarnos.

Saber que no le interesaba en absoluto a Dante me hacía comportarme como una idiota. De haber sido cualquier otra persona habría hecho lo que más me apetecía hacer en aquel momento, que era besarlo... ¿Y por qué no lo hacía? Fruncí el ceño. ¿Dónde se había quedado la Katerina impulsiva e hiperactiva aquella noche? No tenía ni idea y precisamente porque era era la Katerina a la que todo el mundo adoraba (y me incluía en esa afirmación) decidí mandarlo todo a la mierda y hacer lo que ella haría. Sin pensar, me giré y aprovechando la cercanía, terminé con la poca distancia que nos separaba, besándolo con calma, como él había hecho aquel día. Apenas rocé sus labios al principio y, poco a poco, el contacto se iba haciendo más intenso, más profundo y, al final, mi lengua se abrió paso en su boca hasta encontrarse con la suya. Me separé poco después y me mordí el labio inferior mientras volvía a tumbarme en mi sitio, volviendo a mirar al cielo. - Lo siento, no he podido evitarlo. Eres demasiado besable, ¿sabes? - le dediqué una amplia sonrisa y señalé el cielo. - ¿Soy la única que ve un montón de gatos?

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Re: Renegade {Katerina Sorensen}

Mensaje por Angelo Sforza el Lun Mar 02, 2015 9:03 am

No podía dejar de mirarla. Lo rápido sería decir que no podía parar de mirar sus ojos, tan bonitos y tan increíbles que me parecía muy raro no haberme fijado en ellos hasta aquel momento, pero en general no podía dejar de mirarla a ella, y eso que lo estaba intentando con todas mis fuerzas. Desde el momento en que me pegué a su cuerpo para que nadie sospechara de mí, cada uno de sus movimientos se había registrado en mi cerebro y me había encandilado tanto que no podía, ni mucho menos quería, apartarme... Yo. La persona que siempre rechazaba el contacto físico. El ladrón que detestaba tocar a la gente a la que robaba porque, en fin, eran gente y a mí me gustaba mantener las distancias, por si acaso y porque era lo que tenía que hacer. Ese mismo tío, que había tenido las cosas claras desde siempre, ahora parecía tan totalmente dispuesto a echarlo todo a tomar viento que era sorprendente... por no decir tan extraño que me empezaría a preocupar por mi salud mental de no saber que era más bien mala, como siempre. Aunque, bueno, al menos no estaba alucinando todavía; eso siempre era una buena señal, si se me preguntaba a mí, que no solía ser precisamente objetivo en lo que respectaba a mi historial clínico ni, bueno, tampoco en lo demás. Si no, ¿cómo se entendía que me estuviera tomando tan bien que ella me hiciera actuar de manera tan diferente a como era normalmente...? En condiciones normales me habría apartado, seguramente me habría puesto a pensar en lo que estaba haciendo, pero con ella eso ni siquiera se me pasaba por la cabeza, y la excusa de la policía y de disimular se me había terminado hacía mucho, mucho rato. La que más fuerza empezaba a coger en ese momento era la del frío, como excusa, y si tenía que atenerme a lo que pensaba, sentía y quería, la idea de besarla era la que se me estaba pasando por la cabeza casi en exclusiva... aunque no sólo a mí, al parecer, porque ella tomó la iniciativa y me besó. Desde el instante en que sentí su boca me dejé llevar como no lo había hecho nunca, ni siquiera con Cinzia cuando no sospechaba que ella me quería arruinar la vida. De algún modo, Katerina estaba consiguiendo que yo sólo pensara en devolverle aquel beso que me estaba dando y en nada más, así que eso hice hasta el momento en que tuve que separarme.

No había sido rápido, lo sabía a la perfección, pero me sentí como si sólo hiciera un momento que me había acercado a ella y quisiera y necesitara más de lo que había sido aquel beso. Probablemente por eso no me aparté y seguí muy cerca aun cuando en condiciones normales no se me habría ocurrido ni compartir aire con ella, mucho menos espacio en aquel parque en el que los dos habíamos terminado tirados y bebiendo.
– Eres la primera persona que me dice algo así. – murmuré, y era cierto, porque si tenía que echar la vista atrás a mi maravillosa (véase la ironía) vida sentimental, lo cierto era que la única persona capaz de decirme algo así ni siquiera lo había hecho... Nunca. Igual que tampoco recordaba que me hubiera llegado a decir ningún cumplido, no sabía si porque no había nada que mereciera la pena recalcar o simplemente porque para ella era un juguete más, pero a la hora de la verdad poco importaba: sólo Katerina me había dicho algo así en toda mi vida. Por eso no sabía exactamente cómo tomármelo, si era un halago (porque lo era, ¿no?) o si buscaba decirme algo que no estaba entendiendo con esa frase o... lo que fuera. Una vez más volvía a salir a la luz que las mujeres no eran lo mío, y quien dice las mujeres dice las personas en general, así que no era de extrañar que terminara bloqueándome y sin saber qué decir o qué hacer salvo seguirle el rollo... O intentarlo, al menos.
– Yo también veo muchos gatos... Y me encantan, tanto que puedo decirte razas. ¿Ves aquel? Creo que podría ser un siamés... Si nos olvidamos de que es una nube, claro. – farfullé, porque no puede decirse que dijera nada con sentido, y como no podía ser de otra manera terminé apartando la mirada, sonrojado e incómodo a más no poder. Eso era algo que siempre me pasaba cuando estaba con una mujer y bajaba la guardia; mi falta de experiencia salía a la luz y era tan evidente que se me daba tan mal interactuar con humanas que terminaba bloqueándome y preguntándome por qué demonios me había dejado liar, en primer lugar. Aunque con ella, tenía que reconocerlo, podía comprender perfectamente cómo había terminado tirado en medio de un parque, besándola y mirando a las nubes sin que me pareciera que lo que hacía era raro o terminaría metiéndome en más problemas de los que ya tenía.
– Oye... ¿Quieres ir a algún sitio, o algo?

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Re: Renegade {Katerina Sorensen}

Mensaje por Katerina Sorensen el Jue Abr 02, 2015 1:24 am

A Dante le encantaban los gatos. No era algo nuevo pero sí que era algo que no dejaba de demostrarme una vez tras otra. Ya no solo él mismo parecía uno de esos felinos desapegados e independientes sino que como me demostró al reconocer hasta las razas de los gatos que veíamos en las nubes, sabía mucho de esos animales. No pude evitar mirarlo sorprendida en aquel momento, ignorando por un momento lo que había dicho antes porque no me creía que nadie le hubiera dicho hasta entonces que era besable (porque lo era) o algo por el estilo, especialmente teniendo como parecía mis años o incluso algunos más. Quizá eso se debía únicamente a que era un poco inseguro o incluso que le daba vergüenza hablar sobre eso conmigo pero no le presioné ni pensaba hacerlo porque estaba muy cómoda y a gusto con él como para arriesgarme y mandarlo todo a la mierda. Por una vez, iba a pensar antes de actuar. O eso creía.

Entonces, él propuso movernos e ir a algún sitio. No pude evitar hacer una mueca. ¿Es que acaso se aburría allí conmigo? Porque yo estaba cansada (por no decir agotada) y estar allí tumbados, bebiendo y mirando las nubes era lo que más me apetecía hacer en aquel momento. Pero él no parecía pensar lo mismo. No sabía qué pensar sobre aquel chico. De hecho, parecía incluso que había disfrutado del beso pero ahora solo parecía que quisiera huir. Por no hablar de que él era el que se me había pegado tanto a mí, ¿verdad? Finalmente, me encogí de hombros y me puse de pie de un salto, bebiéndome lo que quedaba de la botella antes de dejarla tirada en el césped en el que había estado tumbada hasta entonces.
- Sinceramente, no me apetece ir a ningún bar, discoteca ni nada por el estilo. Acabo de salir de trabajar y lo último que me apetece es volver a un sitio así… Pero si quieres pasear o venir a mi casa… – me encogí de hombro y le ofrecí las manos para ayudarlo a levantarse. – No se me ocurre ninguna otra cosa pero probablemente es porque tengo la cabeza embotada así que si tú tienes alguna idea mejor… Soy toda oídos, cielo.

Una vez Dante se puso de pie, no pude evitar acercarme a él y darle un mordisco juguetón en la mejilla antes de mordisquearle la oreja. ¿Realmente había creído que iba a pensar antes de actuar? Como si no me conociera. Sabía perfectamente que no iba a hacerlo o, más bien, que no podría por mucho que lo intentara así que simplemente me dejé llevar y me encogí de hombros.
- Déjame decirte que si nunca antes te han dicho nada como lo de antes… La gente con la que has estado es idiota. Y tienes suerte de haberme conocido! Ahora ya tienes a alguien que te piropee y haga que te pongas rojo y te mueras de vergüenza… Estás muy mono así. – me mordí el labio inferior y fruncí el ceño, ladeando la cabeza sin poder olvidarme de su proposición de “ir a algún sitio”. – Oye, Dante, dime una cosa… ¿Acaso te aburro... O te aburres conmigo?

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Re: Renegade {Katerina Sorensen}

Mensaje por Angelo Sforza el Lun Abr 20, 2015 9:21 am

Si ya me pareció incómodo el momento en el que tuve que cogerla de las manos para levantarme (incómodo y extrañamente agradable, como me pasaba cada vez que la tocaba), el momento en el que ella me mordisqueó primero la mejilla y luego la oreja casi pude sentir cómo mi cara explotaba y yo me moría de la vergüenza. ¿Por qué era incapaz de disimular, aunque fuera un poco, que ella me parecía demasiada mujer para lo que yo era? Con lo bien que se me daba mentir en, así a ojo, absolutamente todo, ¿por qué demonios era incapaz de hacerlo cuando había contacto humano de por medio? Y ya ni siquiera sabía si era porque tenía menos experiencia que ella o, simplemente, porque se trataba de ella; yo creía que era cosa de todas las mujeres con las que me encontraba, que me hacían parecer un adolescente, pero había algo en ella que me volvía aún más vergonzoso... Quizá el hecho de que, por una vez, quería acercarme. Con Katerina no era como con los demás, que me buscaba excusas para marcharme cuanto antes de cualquier tipo de interacción; ella hacía que fuera muy fácil y muy fluido relacionarme con otra persona y que, incluso, quisiera hacerlo. Yo. Que nunca en la vida había tenido más amigos que Natalia y ella había terminado muerta por culpa de una guerra en la que ninguno de los dos habíamos tenido más que ver. Yo, el antisocial por definición, me descubría queriendo acercarme a la chica que acababa de ser nombrada mejor camarera de Wolfsbane, que era un sitio en el que como mínimo había interacción entre trabajadoras y clientes. ¿Qué demonios me pasaba? ¿Qué me había hecho la tormenta, o Londres, o todo lo demás para que no se me pasara por la cabeza ni por un momento huir de la situación que tan incómodo me ponía? No lo sabía, y lo que era peor: no estaba demasiado seguro de querer averiguarlo.

– ¿Aburrirme? Para nada, esto es lo mejor que he hecho hoy... – respondí, intentando por todos los medios que me creyera (sí, yo. Si me lo hubieran dicho tampoco me lo habría creído...), y sin saber si lo había conseguido o no. Se me daba bien mentir salvo en ciertas cosas, eso estaba más que claro, pero ¿decir la verdad? Ya no tanto. Llevaba demasiado tiempo ocultando partes de mí e incluso cosas que me gustaban o que me apetecía hacer que admitir abiertamente que me lo estaba pasando bien me era, como poco, muy raro, y si ya me sentía inseguro cada vez que ella se me acercaba, cada vez que me abría un poco más lo era en cantidades industriales.
– Tengo un poco de frío, por eso he dicho de movernos. Por eso y porque, no sé, quizá te apetezca ir a algún sitio distinto que este... ¿no? O sea, no digo un bar o algo así, yo no soy mucho de moverme por esa clase de sitios, pero quizá, no sé, ¿tu casa? O... ¿la mía? – murmuré, y sólo cuando terminé de hablar me di cuenta de que lo había hecho sin pensar y había tocado un tema tabú: mi casa. Nunca había invitado a nadie allí, principalmente porque no me relacionaba con nadie que me diera la suficiente confianza para hacerlo, y ni siquiera sabía por qué a ella se lo había dicho tan felizmente. ¿Qué demonios tenía en la cabeza? Mi casa era poco más que un zulo, estaba hecha unos zorros y además mi casera me mataría si descubría que había subido allí a una chica, era el último sitio al que podría ir. O al que quería ir, sobre todo si quería que ella no se enterara de que no tenía dónde caerme muerto.
– Olvídalo, ha sido una mala idea. Quedémonos aquí, ¿vale? – añadí, intentando convencerla, pero algo me decía que no iba a funcionar... en absoluto.

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Re: Renegade {Katerina Sorensen}

Mensaje por Katerina Sorensen el Mar Mayo 12, 2015 8:57 pm

La angustia se reflejaba en la mirada de Dante mientras intentaba convencerme de que realmente no se aburría conmigo y de que aquello, estar allí los dos sin hacer nada más que hablar y pegarnos, era lo mejor que le había pasado aquel día. Parecía genuinamente sincero y, ¿qué podía decir?, lo comprendía perfectamente. Aquello también era lo mejor que me había pasado a mí en todo el día después de aguantar hipócritas, mentiroso y víboras (humanas, esas son las peores). Cuando me explicó que todo se debía a que empezaba a tener frío empecé a entender un poco más la situación en conjunto y es que de no haber sido así probablemente ni siquiera se habría pegado tanto a mí. Por Odín, hablábamos de Dante, el hombre-gato huidizo y al que el contacto humano… No. Por mucho que me empeñara en ignorar ese pequeño detalle, claro. Otro detalle en el que caí es que era cierto que no tenía pinta de moverse por bares o discotecas y la verdad es que Wolfsbane era el último sitio donde imaginaba a alguien tan asocial como él. ¿Podíamos ser un poco más distintos? No, seguro que no pero precisamente eso era lo que me encantaba de él. Era totalmente opuesto a mí y lo cierto era que nunca había conocido a nadie como él… Y me encantaba y fascinaba a partes iguales.

- Podemos ir a mi casa, Dante. Ya has estado allí y no es como si escondiera armas de destrucción masiva… - respondí rápidamente cuando él, tras mencionar su casa, parecía cambiar de idea. – Bueno, eso sin contar a Jörmund. – bromeé y me encogí de hombros. No tenía ni idea de por qué su casa estaba fuera de toda discusión pero tampoco me importaba (bueno, me mataba la curiosidad pero si no era de mi incumbencia no iba a meterme donde no me llamaban) así que ofrecer mi casa era lo menos que podía hacer en aquella situación. - Además, no pienso dejar que te mueras de frío por mi culpa, gato, y menos teniendo una casa bien calentita, mantas de sobra y hasta una habitación de invitados por si acabas por dormirte.

Le mostré mi mejor sonrisa y, sin aceptar un no por respuesta, lo cogí de la mano y empecé a caminar con él hacia la salida del parque y, una vez fuera, en dirección a mi casa. Sabía lo incómodo que estaba. No era necesario ser medio lagarta para notar cómo su cuerpo se tensaba cuando algo no le gustaba o cuando se ponía nervioso o estaba incómodo pero lo cierto era que ayudaba bastante… Aunque una cosa era saberlo y otra bien distinta tener idea de cómo ayudar. Eso no era lo mío. Las personas, en general, y sus problemas más allá de la simpatía y el sexo era algo que me costaba horrores comprender aunque al menos lo intentaba. Especialmente si así podría ayudar a alguien como Dante.

- En serio, gato, deja de preocuparte. No me importa que vengas a mi casa, ¿vale? ¡Llevo a todo el mundo allí! – me callé de golpe y fruncí el ceño. ¿Era cierto eso? ¿Llevaba allí a todo el mundo? No, la verdad era que casi nadie entraba en mi casa porque allí era donde tenía a mis reptiles y para mí ellos eran sagrados pero por alguna razón había invitado a Dante allí varias veces. Quizá no pensaba que fuera a hacerles daño a mis bebés y por eso confiaba en él o quizá… No tenía ni idea. – Bueno, vale, quizá no a todo el mundo… Pero a ti sí y es lo que debería importar, ¿no? Además a Igor le gustaste, no creo que le moleste verte, más bien al contrario. – sonreí, intentando convencerlo de que dejara de estar incómodo e inquieto y de que era bien recibido en mi casa… Porque era cierto.

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Re: Renegade {Katerina Sorensen}

Mensaje por Angelo Sforza el Jue Jul 23, 2015 8:21 am

El zulo en el que vivía era barato: eso era lo único bueno que podía decir de él. Era barato, por supuesto, para una persona que tuviera un trabajo decente (o un trabajo a secas), pero ese no era mi caso y no lo había sido nunca, especialmente desde que había llegado a Londres. Lo había descubierto de casualidad, uno de los muchos días que me había tocado dormir en la calle y que había visto el diminuto cartel con el teléfono al que tenía que llamar. Entonces aún se me notaba mucho el acento cada vez que hablaba inglés, otro de los motivos por los que intentaba hacerlo lo menos posible, y entre eso y mi aspecto la casera me odió desde que me vio, pero como necesitaba el dinero me aceptó a regañadientes. Y así nos iba. Me había hecho la vida imposible desde el primer mes, echándome en cara cosas que no habíamos acordado y que, como no teníamos contrato, podía exigirme si le apetecía, y lo peor era cuando se buscaba excusas para echarme y obligarme a dormir otra vez en la calle o en algún cajero si tenía mucha suerte. Si había sido así estando solo, sin hacer siquiera caso del gato que a veces se me acercaba a la ventana para que le diera de comer, si se me ocurría llevar a Katerina seguramente me cambiaría la cerradura con mis (pocas) cosas dentro y no me dejaría volver a pasar nunca más. Por eso era una mala idea llevarla, lo sabía y lo había sabido desde que lo había soltado por mi enorme bocaza sin pensar, y aun así... Aun así me molestó que dijera que a su casa iba todo el mundo. Porque yo había ido a su casa, y yo estaba pensando seriamente llevarla a la mía por mala idea que fuera y por mucho que la casera me la fuera a liar, y ni siquiera entendía por qué demonios me ponía así con una chica a la que apenas conocía. O con otro ser humano, en general...
– De verdad, no quiero molestar, no hace falta que... – tuve que interrumpirme cuando me encontré enfrente de su casa y me di cuenta, aún más que antes, de que no había colado que lo intentara... por eso lo había hecho tan débilmente.

¿A quién quería engañar? Quería ir a su casa. No, en realidad quería ir con ella como si fuera un maldito gato faldero (¿existía eso? ¿No? Pues debería, porque era a lo que me parecía yo) que necesitaba la compañía de otra persona para estar bien. Así que, claro, cuando ella me condujo al interior de la casa, donde la temperatura era mucho más agradable que fuera (lo del frío no era una excusa del todo...), yo me dejé guiar, incluso hasta cuando apareció Jörmund me quedé quieto y dejé que me mirara lo que le apeteciera. Yo estaba ocupado esperando a que Katerina decidiera qué quería hacer conmigo, dócil como no creía nunca haberlo sido, y ella me llevó al sofá y me pasó una manta en la que me envolví un poco, de pronto mucho más a gusto que en todo el tiempo que llevaba en Londres, y era bastante. Demasiado... Echaba de menos mi casa, pero mi casa la de verdad, no en la que vivía como un maldito mendigo.
– Mi casa es un desastre. Por eso no... Es mala idea. Es pequeña, está mohosa y el barrio en el que está no es el mejor. Además, mi casera es una amargada a la que le molesta hasta si estoy yo solo, así que si llevo a alguien... – solté, abruptamente, cuando ella llegó y después sacudí la cabeza. – Lo que quiero decir es que mereces ir a un sitio mejor que ese y... lo siento. Estoy elucubrando. Creo que esto ha sido una mala idea y... – empecé, pero me interrumpí al sentir algo frío treparme por la nuca. Algo que llegó a mi cabeza y que toqué con un dedo sólo para descubrir que era Igor, el camaleón de Katerina, y que de verdad parecía contento de verme. Al menos, había acampado en mi cabeza, suponía que eso en lenguaje de camaleones era buena señal... seguro que la experta podría aclararme la duda.

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Re: Renegade {Katerina Sorensen}

Mensaje por Katerina Sorensen el Sáb Feb 13, 2016 2:09 am

No podía evitar sentirme un poco culpable porque parecía como si estuviera obligando a Dante a hacer algo que no quisiera y no había nada que odiara más que, precisamente, eso. Aun así, en mi defensa podía decir que si lo estaba haciendo era precisamente porque quería que estuviera bien, cómodo y, sobre todo, sin frío. Me hacía mucha gracia lo poco que aguantaba el frío aquel chico y no podía evitar imaginarlo viviendo en Noruega, helado de frío durante los trescientos sesenta y cinco días del año y cubierto por mantas e incluso pieles como si fuera un auténtico vikingo… Y esa era yo fantaseando con el chico vestido de vikingo, definitivamente no estaba bien de la cabeza porque justo venía a interesarme por el único hombre en el mundo al que yo no le interesaba, por si alguien dudaba de mi masoquismo, aquí tenía una prueba más.

Finalmente, llegamos a mi casa y una vez dentro lo conduje hasta la sala de estar, donde dejé que se sentara mientras yo iba a buscar una manta… Que me costó lo mío encontrar porque yo sabía que alguna debía tener ahora, el lugar específico en el que debían de estar… De eso no tenía ni la más remota idea porque yo no era demasiado dada a usar mantas. Cuando por fin encontré una manta después de un rato – no demasiado, por suerte – volví con el gato y le puse la manta por encima antes de sentarme junto a él, quien empezó a hablarme atropelladamente sobre su casa, haciéndome que entendiera un poco por qué no había querido llevarme allí. ¿Cómo podía aguantar a semejante casera? Lo único que se me ocurría era porque era lo único que se podía permitir y, por mi parte, me hizo sentirme egoísta porque yo tenía una casa enorme y me sobraba mucho espacio y podría ofrecérsela y… ¿en qué demonios estaba pensando? Ofrecerle mi casa a un extraño era una idea pésima. Pero Dante no era un extraño, ¿verdad?

Se interrumpió antes de terminar de hablar y yo fruncí el ceño, sin entender por qué se callaba tan de repente hasta que se llevó una mano a la cabeza y pude ver a Igor, mimetizándose con el color de pelo de Dante. No pude evitar sonreír y alargar la mano para coger al camaleón y que se apartara un poco de Dante, que parecía sorprendido por lo que acababa de hacer mi camaleón, a quien acaricié con cariño una vez estaba en mi mano, intentando mimetizarse con el color de mi piel. – ¿Ves? Te he dicho que se alegraría de verte. No suele subirse encima de nadie y mucho menos intentar mimetizarse… Y créeme, era del mismo color que tu pelo. Tendrías que haberlo visto, era muy gracioso. Si no llegas a darte cuenta, podrías habértelo llevado a tu casa y todo. – le dije, sonriendo divertida y encogiéndome de hombros, intentando introducir de nuevo el tema de su casa del que estaba segura que no quería hablar más pero que, por suerte o por desgracia para él, yo era incapaz de dejar.
En cuanto a lo de tu casa… Vas a pensar que estoy loca o que bromeo pero si tan mal estás allí, ¿por qué no te mudas conmigo? Quiero decir, la casa está pagada, no tengo que pagar alquiler ni nada, es mía… Solo tengo que pagar la luz y el agua al mes y es muy grande, me sobra mucho espacio y tengo una habitación de invitados vacía… No sé, solo digo que yo no sería tan mala como tu casera. Podrías pensártelo.

Tenía más que claro que Dante me diría que no y que se negaría en redondo a aceptar mi oferta pero también tenía muy claro que yo no me iba a rendir tan fácilmente porque no me parecía justo nada de aquello. Dante era, probablemente, la mejor persona que había conocido nunca y que tuviera que vivir como lo hacía me partía el alma. Y no era pena, más bien al contrario, admiraba que fuera capaz de vivir como lo hacía y que lo aceptara aunque también suponía que intentaba cambiar su situación y por eso, si podía, pensaba ayudarlo. – Por cierto, ¿te apetece comer o beber algo? Tengo alcohol, agua, refrescos, zumo… Y de comida tengo prácticamente de todo así que solo tienes que pedir por esa boquita. – sonreí y le di un beso en la mejilla, cerca de la comisura de los labios. ¿Qué había dicho de no poder evitar ponerme cariñosa y pegarme mucho a él? Seguro que se iba a poner rojo y me iba a dar aún más ganas de besarlo. Típico… Pero ¿qué podía decir? Me encantaba.

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Re: Renegade {Katerina Sorensen}

Mensaje por Angelo Sforza el Vie Abr 08, 2016 5:12 am

Llevarme al camaleón a casa habría sido genial, porque así tendría una excusa para volver a ver a Katerina y… me tuve que detener en ese momento porque no era buena idea. Ni llevarme al camaleón, porque mi casera me mataría lenta y dolorosamente (no sin antes pedirme que pagara la renta de cinco meses. Maldita bruja), ni tampoco verla a ella porque le estaba mintiendo, lo sabía, pero tenía que hacerlo porque no podía confiar en nadie. Por muchas ganas que tuviera o por mucho que ella me hiciera querer contarle todo, no podía hacerlo porque era demasiado peligroso, porque ¿y si alguien lo descubría y me denunciaba…? Alguien, no ella, porque quería creer que ella era buena persona y que no lo haría nunca, algo que jamás en mi vida había pensado de nadie, salvo únicamente de Natalia. Y comparar a Katerina con Natalia no sabía exactamente si era bueno o no, porque el león se había encargado de hacer desaparecer a Natalia y no quería que nadie hiciera desaparecer a Katerina, era demasiado buena para lo que el mundo se merecía. Si no, ¿cómo se explicaba que me hubiera ofrecido su casa…? Porque yo no podía decir que sí, de ninguna manera, si no quería meterla en un lío, y por primera vez en mucho tiempo no quería que a alguien le pasara algo malo. No se lo merecía, si había alguien en el mundo que debiera tener una vida feliz y a quien debieran pasarle cosas buenas era a ella, y estaba empezando a delirar un poco, así que era bien posible que ya hubiera cogido frío aunque estuviera protegido por la manta que ella me había dejado. Genial, lo que me faltaba, ponerme enfermo y que se me empezara a ir la cabeza más de lo que ya lo hacía a veces estando con ella, a quien quería… ¿qué? ¿Impresionar? ¿Para qué? Si en cuanto descubriera la verdad me rechazaría... como era lógico.

– Katerina, no quiero molestarte, de verdad. Tengo horarios muy raros y no tengo trabajo fijo, no podría pagarte tampoco a ti, y ofender a mi casera que se ofende con todo me da igual, pero no quiero ofenderte a ti. – le dije, y en cuanto me di cuenta (últimamente estaba pensando demasiado después de hablar, y no antes, como las personas normales. Aunque, bueno, yo nunca había sido lo que se dice normal…) me sonrojé entero y llegué incluso a esconderme un poco en la manta. No del todo, ¿vale? Sólo lo suficiente para que se me vieran los ojos y poco más. Pero ¿qué podía decir? Me daba mucha vergüenza la situación de por sí, y haber soltado algo tan… no sé, tan intenso cuando estábamos hablando de cosas normales me daba todavía más vergüenza. ¿Es que no podría nunca aprender a tratar a la gente…?
– No me apetece, estoy bien así, de verdad, yo… – empecé a decir, pero me puse aún más rojo (lo noté: mi cara estaba a punto de explotar) cuando me sonó el estómago de hambre porque, obviamente, tenía, y no estaba bien así, de verdad que no. En ese momento sí que llegué a esconderme del todo en la manta y quise que la tierra me tragara y me escupiera en la otra punta del mundo para no tener que soportar la vergüenza de ser un imbécil que no sabía decir ni una frase bien y con sentido. De verdad, daba igual que ella me dijera que no pasaba nada (y lo hizo), yo iba a seguir pensando que era un idiota y que debía aprender a relacionarme con la gente aunque me costara si era más allá de manipular, porque eso sí sabía hacerlo. Excepto a ella, pero a ella ni siquiera lo intentaba, me parecía de ser una persona odiosa, y yo lo era, pero no tanto… o eso quería creer. En cualquier caso, sólo me asomé un poquito cuando ella me acarició el pelo, y como la vi mirarme sin que pareciera que le importaran mucho mis tonterías, me asomé un poco más y hasta saqué un poco la cara. Aún roja, por supuesto.
– Esto… ¿Un poco de pan…? O cualquier cosa. Lo que tengas.

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Re: Renegade {Katerina Sorensen}

Mensaje por Katerina Sorensen el Vie Jun 24, 2016 11:23 pm

Ya sabía que Dante iba a decir que no y, aun así, no pude evitar sentirme extraña. No sabía exactamente si fue por la excusa que me dio o por qué pero el caso es que me sentí… ¿decepcionada? A mí no me solía gustar la gente para más que para pasar un buen rato y nada más pero con él solía sentirme más a gusto que con la mayoría de personas y no pensaba que si se mudaba eso fuera a cambiar, más bien al contrario y quizá el problema era que por un momento había tenido la esperanza de que iba a aceptar pero no había sido así y no me creía que fuera, precisamente, por lo que él dijo porque de ningún modo iba a molestarme ni ofenderme y eso estaba fuera de toda discusión.

Entonces él también rechazó mi invitación a comer o beber algo pero su cuerpo le jugó una mala pasada y le rugieron las tripas justo en ese momento. Medio sonreí, especialmente cuando se escondió casi por completo bajo la manta y negué con la cabeza. Era la persona más parecida a un animal que había conocido nunca y no, no era algo malo, más bien al contrario. Para alguien que solía preferir la compañía de reptiles que de personas, era algo buenísimo. Para mí, tratar con Dante era como hacerlo con un animal que no confía en ti y al que tienes que demostrarle que puede hacerlo porque no vas a hacerle daño y, en todo caso, lo único que quieres es ayudarle. – Vamos, Dante, no pasa nada… - sonreí y le acaricié el pelo, lo único que se veía de él, ya que el resto estaba escondido bajo la manta.

En aquel momento asomó un poco los ojos, más rojo que un tomate, y cambiando de opinión me pidió pan o cualquier cosa que tuviera. – Ahora voy a mirar qué tengo, no te preocupes… Pero no deberías mentirme, quiero decir, no es necesario, no sé. ¿Tan raro es que me guste pasar tiempo contigo y que me caigas bien? Si tú no quieres o no piensas lo mismo… Siempre puedes irte, no te obligo a estar aquí ni nada pero no hace falta que me mientas, ¿vale? – aún le acariciaba el pelo mientras hablaba y solo cuando terminé, dejé de hacerlo y me levanté para ir a la cocina a por algo de comer. Una vez en la cocina miré a ver qué tenía para comer y como yo también tenía que cenar algo y no sabía exactamente qué le gustaba o apetecía a Dante decidí preparar algo ligero y rápido y en unos minutos tenía listos un par de platos con tostadas y otros platos con cosas para ponerles ya fuera salmón ahumado, queso, jamón, bacon o cualquier cosa que le apeteciera.

Llevé los platos en un viaje e hice otro para llevar un par de vasos y agua, cerveza y refrescos y entonces me volví a sentar a su lado, sonriendo. – Como yo también tenía que cenar he aprovechado… Y como no sabía qué te apetecía he traído de todo un poco. – me encogí de hombros y bebí un poco de agua antes de volver a mirar a Dante y abordar, una vez más, el tema de su casa. – Por cierto, nada que hagas puede molestarme ni ofenderme. Bueno, quizá que me digas que prefieres vivir con tu casera y en las condiciones tan odiosas en las que vives antes que mudarte conmigo… ¿Tan mal te caigo? – bromeé y piqué un poco de salmón y de pan antes de continuar. – No sé, solo quiero ayudar a un amigo, ¿tan malo es? Pero supongo que estás en todo tu derecho de decir que no aunque no quiero que lo hagas por mí… Vamos, si apenas estoy en casa, no me molestarías en absoluto. Pero bueno… Eres libre de hacer lo que quieras. –  me encogí de hombros y continué comiendo, dándole tiempo a pensar en una nueva excusa para rechazar mi invitación porque por alguna razón que desconocía, no parecía tener demasiadas ganas de querer mudarse conmigo.

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Re: Renegade {Katerina Sorensen}

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