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Closer [Jack Thomas] {+18}
Rol-Misfits :: Afueras :: estación
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Closer [Jack Thomas] {+18}
Todo poder conlleva una gran responsabilidad... O eso había leído una vez en un comic de Spiderman que había robado de pequeña... Tonterías! Me importaba una mierda la responsabilidad porque yo era lo suficientemente responsable y, además, molaba tanto que hacía las cosas a mi manera y aún mejor que como querían que lo hiciera y todas esas cosas las soportaba pero ¿MADRUGAR? No, lo siento, por ahí no pasaba. Había llegado a casa más o menos al amanecer y algo así como una hora después el teléfono me había despertado, obviamente, lo había apagado y lo había tirado a la otra punta de la habitación y había seguido durmiendo pero media hora después tenía a alguien aporreando la puerta de mi casa e impidiéndome dormir, con lo muchísimo que lo necesitaba. Enfadada y con ganas de asesinar a alguien me puse una camiseta ancha que tenía por el armario antes de ir a abrir la puerta (mi manía de dormir en ropa interior era lo que tenía) y, aunque encontrarme con los mandados de mi padre no me hacía nada de gracia, les dejé entrar.
Como si de madres preocupadas y horrorizadas en vez de mafiosos se tratara pusieron el grito en el cielo al verme aún sin vestir y sin arreglar y empezaron a meterme prisa… Otra cosa que odiaba muchísimo y que hizo que les amenazara con echarlos de mi casa si no se callaban. Me hicieron caso y, además, aprovecharon para asaltar la nevera y robarme unas cuantas cervezas de importación italianas que tenía mientras yo me vestía: pitillos negros destrozados, botines con mucho tacón, camiseta de tirantes con escotazo y una chaqueta por si refrescaba que, viviendo en Londres… Lo haría. Y todo eso adornado con tachuelas, cadenas, anillos y collares. Me maquillé un poco y me dejé el pelo suelto antes de salir y encontrarme a aquellos tres bebiendo y comentando el partido del Milan de la noche anterior. Puse los ojos en blanco y me senté con ellos, robándoles una cerveza (Buen desayuno, sí, señor) mientras pasaba un poco inadvertida hasta que uno tuvo que caer y decirme lo que me tocaba hacer: Pietro había llamado, al parecer había habido filtraciones a la policía sobre un pequeño cargamento de drogas que llegaría a Londres en un tren y quería que yo estuviera allí por si algo salía mal, para “arreglarlo”… Y no me gustaba demasiado el concepto que tenía mi hermano de “arreglar algo”. Pero eso no fue lo que más me cabreo sino que no serían más de las 9 de la mañana y el tren llegaría sobre las 11 y media o 12 y yo podría haber dormido aún mucho más. Los eché de mi casa, enfadada y me puse la música a todo volumen mientras perdía el tiempo en casa, desayunando en condiciones (una lata de Monster y empanadillas) y repasando las últimas “misiones” que Pietro me había mandado hasta que se hizo la hora.
No tardé demasiado en llegar a la estación de trenes y, por una vez, no fui en moto sino andando así que estuve paseando por allí, observando los trenes que llegaban y buscando por todos lados a la policía que no hacía acto de presencia, ni siquiera había agentes de paisano, que eran reconocibles y, además, teníamos las fichas de todos ellos. Así que no, nada de nada, y los trenes llegaba, la gente bajaba, las parejas se reencontraban, había despedidas, bienvenidas y ganas de potar por mi parte… Aunque eso quizá era del vodka que aún no había digerido bien por lo que me limité a quedarme en la zona de llegada de los trenes, junto a la puerta por la que todos salían, con la espalda apoyada en ella y los brazos cruzados sobre el pecho, observando atentamente todo lo que pasaba a mi alrededor, viendo a los galeses que llevaban la droga bajar sin problemas y cómo me reconocían al pasar por mi lado, ganándose una media sonrisa de felicitación y que les guiñara un ojo. A ellos ya los vería otro día para arreglar cuentas… Mi trabajo allí estaba hecho y no tenía por qué esperar más pero, como no tenía mejor que hacer y había algún que otro tío que estaba realmente bueno bajando de los trenes decidí alegrarme la vista un poco más antes de volver a casa y, quizá, volver a dormir un rato… Total, no tenía nada mejor que hacer que aquello así que… ¡A disfrutar!
Como si de madres preocupadas y horrorizadas en vez de mafiosos se tratara pusieron el grito en el cielo al verme aún sin vestir y sin arreglar y empezaron a meterme prisa… Otra cosa que odiaba muchísimo y que hizo que les amenazara con echarlos de mi casa si no se callaban. Me hicieron caso y, además, aprovecharon para asaltar la nevera y robarme unas cuantas cervezas de importación italianas que tenía mientras yo me vestía: pitillos negros destrozados, botines con mucho tacón, camiseta de tirantes con escotazo y una chaqueta por si refrescaba que, viviendo en Londres… Lo haría. Y todo eso adornado con tachuelas, cadenas, anillos y collares. Me maquillé un poco y me dejé el pelo suelto antes de salir y encontrarme a aquellos tres bebiendo y comentando el partido del Milan de la noche anterior. Puse los ojos en blanco y me senté con ellos, robándoles una cerveza (Buen desayuno, sí, señor) mientras pasaba un poco inadvertida hasta que uno tuvo que caer y decirme lo que me tocaba hacer: Pietro había llamado, al parecer había habido filtraciones a la policía sobre un pequeño cargamento de drogas que llegaría a Londres en un tren y quería que yo estuviera allí por si algo salía mal, para “arreglarlo”… Y no me gustaba demasiado el concepto que tenía mi hermano de “arreglar algo”. Pero eso no fue lo que más me cabreo sino que no serían más de las 9 de la mañana y el tren llegaría sobre las 11 y media o 12 y yo podría haber dormido aún mucho más. Los eché de mi casa, enfadada y me puse la música a todo volumen mientras perdía el tiempo en casa, desayunando en condiciones (una lata de Monster y empanadillas) y repasando las últimas “misiones” que Pietro me había mandado hasta que se hizo la hora.
No tardé demasiado en llegar a la estación de trenes y, por una vez, no fui en moto sino andando así que estuve paseando por allí, observando los trenes que llegaban y buscando por todos lados a la policía que no hacía acto de presencia, ni siquiera había agentes de paisano, que eran reconocibles y, además, teníamos las fichas de todos ellos. Así que no, nada de nada, y los trenes llegaba, la gente bajaba, las parejas se reencontraban, había despedidas, bienvenidas y ganas de potar por mi parte… Aunque eso quizá era del vodka que aún no había digerido bien por lo que me limité a quedarme en la zona de llegada de los trenes, junto a la puerta por la que todos salían, con la espalda apoyada en ella y los brazos cruzados sobre el pecho, observando atentamente todo lo que pasaba a mi alrededor, viendo a los galeses que llevaban la droga bajar sin problemas y cómo me reconocían al pasar por mi lado, ganándose una media sonrisa de felicitación y que les guiñara un ojo. A ellos ya los vería otro día para arreglar cuentas… Mi trabajo allí estaba hecho y no tenía por qué esperar más pero, como no tenía mejor que hacer y había algún que otro tío que estaba realmente bueno bajando de los trenes decidí alegrarme la vista un poco más antes de volver a casa y, quizá, volver a dormir un rato… Total, no tenía nada mejor que hacer que aquello así que… ¡A disfrutar!
Última edición por Adriana P. Gregoletto el Mar Sep 27, 2011 7:48 am, editado 1 vez

Adriana P. Gregoletto- Edad: 18
Empleo: Mafiosa
Mensajes: 243
Fecha de inscripción: 19/07/2011
Re: Closer [Jack Thomas] {+18}
La última noche en Irak había sido un auténtico polvorín. Habíamos capturado por sorpresa, entre mis compañeros y yo, a una pequeña milicia de rebeldes del ejército irakí que se encontraba poniendo bombas en bases militares aliadas sin ton ni son, demostrando que no sólo eran estúpidos por ser musulmanes y carecer de todo entrenamiento adecuado que en aquel país no se daba, sino que además tenían alguna estúpida ley o norma que les obligaba a demostrarlo y hacerse, además, relativamente fáciles de capturas. Con un oportuno ataque por sorpresa todo se habría solucionado sin causar bajas a los aliados, ellos habrían caído y la victoria habría sido fácil y muy poco sangrienta, ergo aburrida. Con un ataque frontal, sin embargo, que previeron a tiempo y del que pudieron defenderse dieron a los a veces demasiado simples y benévolos de mis generales la oportunidad perfecta para que dijeran adiós a sus reticencias y nos permitieran capturar a dos de ellos, tras matar a todos los demás. La situación era de dos soldados irakíes que ni siquiera hablaban una lengua civilizada contra diez soldados británicos y americanos, porque nos habíamos unido (por el bien de la misión, me decía, pero seguía sin soportar a aquellos mascachicles y su constante afrenta a mi idioma...) para acabar con todo foco de rebelión en aquella zona, y además dos de nosotros empezábamos nuestro permiso al día siguiente, así que ni siquiera necesitamos pedirlo para que nos dejaran torturarlos, con el fin de que revelaran quién les había dado las armas en teoría pero, en la práctica, por puro aburrimiento. Aquellas armas eran tan efectivas como tratar de disparar con una rama caída de un árbol, y su interés era nulo tanto en cuestión de aprovisionarnos como de sacar algo de información de ellos, así que enseguida, tras preguntas en un perfecto árabe que me daba asco pronunciar por ser lengua de infieles que no creían en la fe verdadera, la tortura comenzó.
El aguante de aquellos irakíes desnutridos y desesperados fue apenas nulo, incluso aunque usara de vez en cuando mi poder sobre ellos para que dieran algo de guerra y nos entretuvieran, y ni siquiera había empezado a ponerme serio cuando ambos suplicaron clemencia y, por estar delante de todos los demás, nos vimos obligados a dársela y a partir sus sucios cuellos con nuestras manos para terminarlos de un modo venerable que no se merecían. No encontrarían la paz en vida si no servían al Dios verdadero, y mucho menos lo harían en muerte con su falso cielo lleno de vírgenes de ojos negros que no era más que el consuelo de los inútiles, y tras despedirse nuestros oficiales de nosotros enseguida nos dieron el visto bueno para partir.
El camino fue apresurado y poco tranquilo. Nos dieron tiempo a empacar nuestras cosas, asearnos y a mi compañero a que cogiera la botella de whisky que guardaba para ocasiones especiales, con mi mueca de asco correspondiente por el alcohol del que yo me abstenía, antes de que nos subiéramos en un avión junto a varios de los otros oficiales y demás cargos del ejército que también volvían al hogar, y todos ellos durmieron en aquel vuelo nocturno excepto yo, porque estaba demasiado ocupado cerrando los ojos y concentrándome en lo que el futuro depararía, con aquellos ramalazos en forma de imágenes que me venían cuando me concentraba gracias a aquel brujo irakí al que había torturado para que me ayudara a dominarlo como para dormir. Aquel vuelo aterrizó en Edimburgo, y una vez allí nos vimos obligados cada uno, sin cambiarnos de ropa y llevando aún el uniforme, aunque algo más relajado que de costumbre (yo, por mi parte, llevaba la chaqueta colgada al hombro y la interior a la vista, al igual que mi chapa colgada al cuello, además de los pantalones y las botas que no me había quitado), a montarnos en un tren en dirección al hogar, o en mi caso Londres porque allí era donde me instalaba cuando podía disfrutar de permisos como aquel. El viaje, con el traqueteo del tren, pasó enseguida e iba amaneciendo cuando yo me dispuse a sacar un libro, de Orwell, para entretenerme y perder el tiempo hasta que llegamos. En aquel tiempo pude leerme el libro entero e incluso molestarme en poner bien el equipaje, que se había descolocado con el viaje, y cuando llegamos ya estaba deseando levantarme del asiento y ponerme en marcha en dirección a mi piso para descansar, que después de todo me lo merecía.
Las normas de cortesía hicieron que permitiera salir a toda mujer y niño antes que yo, y sólo cuando ya hubieron salido cogí mis cosas y bajé del tren, respirando el aire contaminado de Londres aún con la chaqueta en el hombro y llevándome la mano libre a la cabeza para despeinarme y quitarme de encima los restos de cansancio del viaje, que había sido bastante largo por ir de una punta del mundo a otra. En cuanto vi un banco me acerqué hasta él y dejé la bolsa, no demasiado pesada, con mi equipaje y subí la pierna hasta apoyar el pie en él y poder, así, atarme la bota cuyos cordones parecían ser obra del diablo para poner a prueba la paciencia del hombre en cualquier situación... porque eso no podía ser normal, simplemente.
El aguante de aquellos irakíes desnutridos y desesperados fue apenas nulo, incluso aunque usara de vez en cuando mi poder sobre ellos para que dieran algo de guerra y nos entretuvieran, y ni siquiera había empezado a ponerme serio cuando ambos suplicaron clemencia y, por estar delante de todos los demás, nos vimos obligados a dársela y a partir sus sucios cuellos con nuestras manos para terminarlos de un modo venerable que no se merecían. No encontrarían la paz en vida si no servían al Dios verdadero, y mucho menos lo harían en muerte con su falso cielo lleno de vírgenes de ojos negros que no era más que el consuelo de los inútiles, y tras despedirse nuestros oficiales de nosotros enseguida nos dieron el visto bueno para partir.
El camino fue apresurado y poco tranquilo. Nos dieron tiempo a empacar nuestras cosas, asearnos y a mi compañero a que cogiera la botella de whisky que guardaba para ocasiones especiales, con mi mueca de asco correspondiente por el alcohol del que yo me abstenía, antes de que nos subiéramos en un avión junto a varios de los otros oficiales y demás cargos del ejército que también volvían al hogar, y todos ellos durmieron en aquel vuelo nocturno excepto yo, porque estaba demasiado ocupado cerrando los ojos y concentrándome en lo que el futuro depararía, con aquellos ramalazos en forma de imágenes que me venían cuando me concentraba gracias a aquel brujo irakí al que había torturado para que me ayudara a dominarlo como para dormir. Aquel vuelo aterrizó en Edimburgo, y una vez allí nos vimos obligados cada uno, sin cambiarnos de ropa y llevando aún el uniforme, aunque algo más relajado que de costumbre (yo, por mi parte, llevaba la chaqueta colgada al hombro y la interior a la vista, al igual que mi chapa colgada al cuello, además de los pantalones y las botas que no me había quitado), a montarnos en un tren en dirección al hogar, o en mi caso Londres porque allí era donde me instalaba cuando podía disfrutar de permisos como aquel. El viaje, con el traqueteo del tren, pasó enseguida e iba amaneciendo cuando yo me dispuse a sacar un libro, de Orwell, para entretenerme y perder el tiempo hasta que llegamos. En aquel tiempo pude leerme el libro entero e incluso molestarme en poner bien el equipaje, que se había descolocado con el viaje, y cuando llegamos ya estaba deseando levantarme del asiento y ponerme en marcha en dirección a mi piso para descansar, que después de todo me lo merecía.
Las normas de cortesía hicieron que permitiera salir a toda mujer y niño antes que yo, y sólo cuando ya hubieron salido cogí mis cosas y bajé del tren, respirando el aire contaminado de Londres aún con la chaqueta en el hombro y llevándome la mano libre a la cabeza para despeinarme y quitarme de encima los restos de cansancio del viaje, que había sido bastante largo por ir de una punta del mundo a otra. En cuanto vi un banco me acerqué hasta él y dejé la bolsa, no demasiado pesada, con mi equipaje y subí la pierna hasta apoyar el pie en él y poder, así, atarme la bota cuyos cordones parecían ser obra del diablo para poner a prueba la paciencia del hombre en cualquier situación... porque eso no podía ser normal, simplemente.

Jack Thomas- Edad: 19
Empleo: Militar
Mensajes: 124
Fecha de inscripción: 01/08/2011
Re: Closer [Jack Thomas] {+18}
Las estaciones, los aeropuertos y los propios puertos eran sitios en los que no me gustaba demasiado estar, precisamente, por el hecho de que absolutamente todo el mundo derrochaba alegría o tristeza, todos felices por reencontrarse con sus familiares o seres queridos o todos tristes por alejarse precisamente de estos y yo ya estaba empezando a cansarme de estar allí, viendo tanta tontería y tantas cosas que me daban ganas de potar… Y ya estaba a punto de irme, detrás de un par de chavales que llevaban fundas de guitarra en la espalda cuando me fijé en que aún, después de haber bajado casi todo el mundo de los trenes, bajaba alguien de uno de ellos. Ni siquiera me fijé, en un principio, porque ya me había girado para irme pero entonces volví la cabeza para encontrarme con semejante maravilla de la naturaleza. Un chico, alto, rubio, de ojos claros y con un cuerpazo de infarto bajaba del tren, con una camiseta interior de tirantes, chapas del ejército en el cuello, pantalones de camuflaje y botas… Por Dios, ¿A qué mujer en su sano juicio no ponía ver a un chico con uniforme? Sí, podría estar enferma y podría estar poniéndome jodidamente cachonda solo mirando al pedazo de bombón que estaba bajando del tren… Pero no podía evitar que me pusieran tantísimo los militares. El chico caminaba por la estación entre la gente a su rollo y se acercaba a un banco donde subió una de las piernas y empezó a atarse los cordones de las botas mientras yo me mordía el labio inferior, observando el culazo que tenía aquel chico.
No tenía nada mejor que hacer que quedarme babeando con aquel chico y se me ocurrió que, quizá, podría jugar un poco con él porque, después de todo, no tenía nada mejor que hacer así que, tras pensar lo que iba a hacer y con una amplia sonrisa divertida en los labios, me acerqué a él, primero lentamente para acabar corriendo antes de lanzarme a su cuello, rodeándolo con los brazos mientras me pegaba a él y aprovechaba para meterle mano, medio acariciando su espalda y bajando hasta su culo. - ¡Cielo! ¡Te he echado tantísimo de menos! ¡Me alegro de que ya hayas vuelto! ¡El pequeño ha crecido mucho y echa de menos a su papá! – sin más y, después de meterle mano todo lo que podía y más, cogí su cara con las manos y lo besé, metiéndole la lengua hasta la campanilla y jugueteando con la suya en su boca mientras me pegaba más a él y en un momento dado me separaba. - ¡Por Dios, si besas incluso mejor que cuando te fuiste! – mordí sus labios, estirando de ellos y separándome un poco para poder mirarlo a la cara y comprobar como alucinaba en colores mientras yo no podía evitar tener una media sonrisa en los labios, realmente divertida por la situación. No, si al final iba a tener que agradecerle a Pietro eso de haberme obligado a ir a la estación aquella mañana porque con semejante bombón a lo mejor me lo pasaba bien y todo… Después de todo, ya se sabe, los soldados pasan largos meses a base de pan y agua y siempre vuelven hambrientos… Y no sería ni el primer ni el último soldado al que le hacía más de uno y más de dos favorcillos porque, la verdad, estaban demasiado buenos como para negarles nada y este, además, besaba bien aunque yo misma le hubiera robado el beso… ¡Y prometía mucho, eso sin duda!
No tenía nada mejor que hacer que quedarme babeando con aquel chico y se me ocurrió que, quizá, podría jugar un poco con él porque, después de todo, no tenía nada mejor que hacer así que, tras pensar lo que iba a hacer y con una amplia sonrisa divertida en los labios, me acerqué a él, primero lentamente para acabar corriendo antes de lanzarme a su cuello, rodeándolo con los brazos mientras me pegaba a él y aprovechaba para meterle mano, medio acariciando su espalda y bajando hasta su culo. - ¡Cielo! ¡Te he echado tantísimo de menos! ¡Me alegro de que ya hayas vuelto! ¡El pequeño ha crecido mucho y echa de menos a su papá! – sin más y, después de meterle mano todo lo que podía y más, cogí su cara con las manos y lo besé, metiéndole la lengua hasta la campanilla y jugueteando con la suya en su boca mientras me pegaba más a él y en un momento dado me separaba. - ¡Por Dios, si besas incluso mejor que cuando te fuiste! – mordí sus labios, estirando de ellos y separándome un poco para poder mirarlo a la cara y comprobar como alucinaba en colores mientras yo no podía evitar tener una media sonrisa en los labios, realmente divertida por la situación. No, si al final iba a tener que agradecerle a Pietro eso de haberme obligado a ir a la estación aquella mañana porque con semejante bombón a lo mejor me lo pasaba bien y todo… Después de todo, ya se sabe, los soldados pasan largos meses a base de pan y agua y siempre vuelven hambrientos… Y no sería ni el primer ni el último soldado al que le hacía más de uno y más de dos favorcillos porque, la verdad, estaban demasiado buenos como para negarles nada y este, además, besaba bien aunque yo misma le hubiera robado el beso… ¡Y prometía mucho, eso sin duda!

Adriana P. Gregoletto- Edad: 18
Empleo: Mafiosa
Mensajes: 243
Fecha de inscripción: 19/07/2011
Re: Closer [Jack Thomas] {+18}
Londres no había cambiado lo más mínimo desde la última vez que había estado, cuando había sucedido la tormenta. Aunque sólo estuviera viendo la estación de tren, sitios como aquellos siempre eran un reflejo perfecto de lo que la ciudad en sí contenía en cuanto a personas o, al menos, seres que se hacían llamar personas y que eran ofensas ante los ojos de Dios y de los que, como yo, eran personas de verdad. Todo aquello lo había visto muy claro al bajar del tren, con toda la gente de mi alrededor centrada en sus encuentros y desencuentros porque incluso desde donde estaba yo se escuchaban las discusiones de las personas, echándose en cara cosas que ni me iban ni me venían porque tenía cosas mejores que hacer, como en aquel momento atarme el cordón de la bota, que no tardó en dejarse someter (como todo...) y quedar, por fin y de una vez, atada para permitirme ir a mi piso a descansar antes de ir a buscar a mi familia y contarles que ya había vuelto, porque todos (a excepción de mi hermana) sabían que iba a volver alrededor de estas fechas, mas no exactamente cuándo.
Mis planes, sin embargo, se vieron frustrados por una especie de castigo divino en forma de italiana, porque estaba demasiado acostumbrado a aquel acento de tanto oírlo gracias a muchos de mis compañeros como para dudar o siquiera equivocarme en aquella clase de sentencias sobre las nacionalidades de las personas, que encima de no conocerme de nada tuvo las narices de venir a donde estaba yo y pretender no sólo que era mi novia sino que, además, nuestro hijo había crecido mucho... ¿Hijo? No, yo de eso no tenía, era bastante cuidadoso cada vez que me acostaba con alguna para evitar no dejar nada que pudiera inculparme hasta que no me casara y estuviera bien visto a los ojos de Dios, y sólo la sorpresa y el impacto inicial por su (innegable, por otra parte) desparpajo hicieron que ignorara el hecho de que me estaba metiendo mano como quien no quiere la cosa, y así lo hice hasta que se lanzó a besarme y exclamó, después, que besaba aún mejor que antes de irme a pesar de que ni siquiera sabía lo bien que había besado siempre... Alucinante.
Mi cara de estar flipando en colores pronto pasó a una mucho más seria, con la ceja alzada y mirándola a los ojos con cierta frialdad a la vez que recogía mi bolsa del banco porque no me había pasado desapercibido que ante su acercamiento a mí dos tipos claramente italianos por los rasgos y por el propio aspecto físico con más pinta de matones de discoteca que de personas y lo último que me apetecía en aquel momento era tener problemas con la mafia... más que nada porque los italianos no me caían demasiado mal, y no era plan de enemistarme con algo tan articulado como aquella clase de organización, y mucho menos por una mujer, a la que me acerqué, más concretamente a su oreja, con una expresión todavía fría y perfectamente controlada.
– Una actuación digna de un BAFTA, sin duda alguna, pero me temo que a tus gorilas no les ha hecho demasiada gracia que tengas semejantes ataques de efusividad conmigo y voy a darles el inmenso privilegio de salir indemnes de esta evitando un enfrentamiento, así que me temo, italiana, que vas a tener que seguir echándome tantísimo de menos como antes a no ser que me des motivos para ignorar a los guardias y pasar algo de tiempo con la madre de mi hipotético e inexistente hijo... Tú eliges. – le dije, deslizando los labios por su oreja y mordiqueándosela para devolverle el favor y bajando la mano por su espalda hasta llegar a la parte baja y pegarla a mi cuerpo de un golpe seco, con el que la distancia que nos separaba quedó reducida a absolutamente nada en el momento del “tú eliges”. Dicho todo aquello me separé de ella y giré sobre mis talones, sin mirar atrás, para dirigirme a la salida de la estación de tren con paso tranquilo.
Mi paso, sin embargo, se vio interrumpido por una voz que me llamó y que hizo que frunciera el ceño antes de girarme hacia la dirección de donde venía.
- ¿Jack? ¡Jack! ¡Has vuelto! – gritó aquella chica rubia, alta y de ojos verdes que enseguida vino hacia mí y quiso abrazarme, aunque me aparté sutilmente, tanto que ni siquiera notó el rechazo.
– Cuánto tiempo, Emily... – dije, aunque callándome el por desgracia no el suficiente que se me quiso escapar y manteniendo la calma aunque ella siguiera al borde de la ebullición por la alegría que sentía por verme... unilateral, por supuesto, ya que para mí ella era un objeto con el que satisfacer las necesidades que tenía, como hombre, y que servía lo mismo que una piña con agujero.
Mis planes, sin embargo, se vieron frustrados por una especie de castigo divino en forma de italiana, porque estaba demasiado acostumbrado a aquel acento de tanto oírlo gracias a muchos de mis compañeros como para dudar o siquiera equivocarme en aquella clase de sentencias sobre las nacionalidades de las personas, que encima de no conocerme de nada tuvo las narices de venir a donde estaba yo y pretender no sólo que era mi novia sino que, además, nuestro hijo había crecido mucho... ¿Hijo? No, yo de eso no tenía, era bastante cuidadoso cada vez que me acostaba con alguna para evitar no dejar nada que pudiera inculparme hasta que no me casara y estuviera bien visto a los ojos de Dios, y sólo la sorpresa y el impacto inicial por su (innegable, por otra parte) desparpajo hicieron que ignorara el hecho de que me estaba metiendo mano como quien no quiere la cosa, y así lo hice hasta que se lanzó a besarme y exclamó, después, que besaba aún mejor que antes de irme a pesar de que ni siquiera sabía lo bien que había besado siempre... Alucinante.
Mi cara de estar flipando en colores pronto pasó a una mucho más seria, con la ceja alzada y mirándola a los ojos con cierta frialdad a la vez que recogía mi bolsa del banco porque no me había pasado desapercibido que ante su acercamiento a mí dos tipos claramente italianos por los rasgos y por el propio aspecto físico con más pinta de matones de discoteca que de personas y lo último que me apetecía en aquel momento era tener problemas con la mafia... más que nada porque los italianos no me caían demasiado mal, y no era plan de enemistarme con algo tan articulado como aquella clase de organización, y mucho menos por una mujer, a la que me acerqué, más concretamente a su oreja, con una expresión todavía fría y perfectamente controlada.
– Una actuación digna de un BAFTA, sin duda alguna, pero me temo que a tus gorilas no les ha hecho demasiada gracia que tengas semejantes ataques de efusividad conmigo y voy a darles el inmenso privilegio de salir indemnes de esta evitando un enfrentamiento, así que me temo, italiana, que vas a tener que seguir echándome tantísimo de menos como antes a no ser que me des motivos para ignorar a los guardias y pasar algo de tiempo con la madre de mi hipotético e inexistente hijo... Tú eliges. – le dije, deslizando los labios por su oreja y mordiqueándosela para devolverle el favor y bajando la mano por su espalda hasta llegar a la parte baja y pegarla a mi cuerpo de un golpe seco, con el que la distancia que nos separaba quedó reducida a absolutamente nada en el momento del “tú eliges”. Dicho todo aquello me separé de ella y giré sobre mis talones, sin mirar atrás, para dirigirme a la salida de la estación de tren con paso tranquilo.
Mi paso, sin embargo, se vio interrumpido por una voz que me llamó y que hizo que frunciera el ceño antes de girarme hacia la dirección de donde venía.
- ¿Jack? ¡Jack! ¡Has vuelto! – gritó aquella chica rubia, alta y de ojos verdes que enseguida vino hacia mí y quiso abrazarme, aunque me aparté sutilmente, tanto que ni siquiera notó el rechazo.
– Cuánto tiempo, Emily... – dije, aunque callándome el por desgracia no el suficiente que se me quiso escapar y manteniendo la calma aunque ella siguiera al borde de la ebullición por la alegría que sentía por verme... unilateral, por supuesto, ya que para mí ella era un objeto con el que satisfacer las necesidades que tenía, como hombre, y que servía lo mismo que una piña con agujero.

Jack Thomas- Edad: 19
Empleo: Militar
Mensajes: 124
Fecha de inscripción: 01/08/2011
Re: Closer [Jack Thomas] {+18}
No podía evitar tener una media sonrisa divertida en los labios mientras aquel soldadito me miraba desde arriba (aunque yo llevara tacones él era un poco más alto y así aún me ponía más), con una cara difícil de descifrar pero que, sin duda, se le notaba que estaba, como poco, flipando. Justo como yo quería que él estuviera porque era un hecho eso de que me gustaba sorprender a los hombres porque, después de todo, si los sorprendes, después los tienes todos pillados y encaprichados contigo y es mucho más fácil tirártelos una vez... Y las que te apeteciera! Porque con semejante bombón delante de mí tenía bastante claro que iba a merecer la pena… Y mucho! Su mirada enseguida cambió y continuó mirándome a los ojos mientras recogía su bolsa del banco y, en apenas un momento, pasaba a mirar por encima de mí, haciendo que, sutilmente, desviara la mirada y me encontrara con mis “canguros” italianos, esos mismos que habían estado en mi casa cotilleando como marujas y que parecía que se fueran a acercar a nosotros, como si quieran protegerme o algo… Típico. Los mafiosos cuidando de la hija del jefe… Aunque cada vez estaba más convencida del que mandaba allí era Pietro y ni mi padre, que llevaba meses desaparecido en combate… Eso si, directamente, no estaba muerto.
El chico se acercó a mí, diciéndome que aquella actuación había sido de BAFTA (lo sé, era jodidamente buena, muy amable por recordármelo) pero que a mis matones no les había hecho mucha gracia el ataque de efusividad que había tenido y se ponía gallito diciendo que si iba a dejar que salieran ilesos o algo así que me hizo alzar una ceja, gesto que el soldadito no vio porque estaba demasiado ocupado susurrándome a la oreja más cosas como que iba a tener que seguir echándolo tantísimo de menos como antes a no ser que le demostrara que valía la pena como para ignorar a mis “amiguitos” (a los que llamó guardias, que detallazo) y pasar algo de tiempo con la madre de su hipotético e inexistente hijo. Y todo eso lo dijo mientras me comía la oreja, mordiéndola y acariciándola con sus labios antes de terminar pegándome del todo a él diciéndome que yo elegía y, sin más, terminó por separarse de mí, girándose y saliendo de allí, dejándome con el calentón y plantada en el sitio. Las miradas de odio que les lancé a aquellos dos estaba totalmente justificada y con un gesto con la cabeza les ordené que se largaran porque estaba todo arreglado. Ellos, a regañadientes, asintieron y se marcharon por otro lado antes de que yo, suspirando, seguía al soldadito. – Ay, Dios, dame paciencia porque como me des fuerza un día los mato… – murmuré, más para mí misma que para nadie más porque, de todas maneras, no había nadie cerca para escucharlo.
Caminaba en la misma dirección por la que se había ido el soldadito cuando, de lejos, observé la escena que, como todas las que había estado viendo en la estación, me daba ganas de vomitar. Puse los ojos en blanco pero, a la vez, tuve que aguantarme la risa al ver como el soldadito se apartaba “sutilmente” de su amiga, que parecía muchísimo más alegre de verlo que él a ella. La chica era rubia, de ojos verdes e igual de alta que él y parecía eufórica y entusiasmada con el regreso del soldadito, no pude evitar sentirme especialmente bondadosa aquella mañana y ayudar a aquel chico tan mono a salir del aprieto de la fan histérica así que corrí y, desde detrás, me enganché a su brazo mientras la chica hablando, ganándome una mirada de sorpresa y otra hacia el chico por parte de la rubita. Yo aproveché ese momento para mirar la chapa que tenía en el pecho el soldadito y poder saber su nombre para poder jugar un poco más. – Hola, ¿Quién eres? – pregunté con una amplísima sonrisa aunque no llegué a darle tiempo a contestar porque enseguida miré al chico, el tal Jack y le guiñé un ojo. – ¿Tú y yo no habíamos quedado para tomar algo, Jack? ¿Ya estabas intentando escaquearte? ¡Si es que no hay manera de que nos veamos, siempre estás ocupado! – la inexpresividad fácil de aquel chico me fascinaba y me ponía de los nervios porque yo era jodidamente buena actuando y él… Directamente ni era así que seguí con mi magnífica actuación, que un Oscar me iba mereciendo ya y miré de nuevo a la chica, aún sonriente. – Lo siento, creo que te lo voy a robar por hoy… ¿Me lo prestas? Prometo devolvértelo entero… - aunque espero que más marcado… pero eso no lo dije y me limité a sonreír, esperando que aquello colara y poder pasar un rato a solas con el soldadito que, después de aquello, prometía aún más… No sé, aquel chico tenía algo que me atraía y me llamaba la atención pero, a su vez, me hacía estar alerta y no fiarme de él… Y eso que ni siquiera habíamos hablado más de cinco minutos, de todas maneras, pensaba conseguir quedarme un rato a solas con él, costara lo que costase, que para algo me estaba currando la actuación, no como la sosa de la otra que no era siquiera capaz de hablar… ¡Novatas! ¡ya era hora de que aprendieran de la mejor! Si quería, estaba dispuesta a darle clases gratis... Solo por amor al arte... Y a cambio de un buen revocón con aquel chico, claro... Después de todo, era por una buena causa... ¡Acabar con el hambre en el mundo! De hecho, MI hambre... Así que, mucho mejor!
El chico se acercó a mí, diciéndome que aquella actuación había sido de BAFTA (lo sé, era jodidamente buena, muy amable por recordármelo) pero que a mis matones no les había hecho mucha gracia el ataque de efusividad que había tenido y se ponía gallito diciendo que si iba a dejar que salieran ilesos o algo así que me hizo alzar una ceja, gesto que el soldadito no vio porque estaba demasiado ocupado susurrándome a la oreja más cosas como que iba a tener que seguir echándolo tantísimo de menos como antes a no ser que le demostrara que valía la pena como para ignorar a mis “amiguitos” (a los que llamó guardias, que detallazo) y pasar algo de tiempo con la madre de su hipotético e inexistente hijo. Y todo eso lo dijo mientras me comía la oreja, mordiéndola y acariciándola con sus labios antes de terminar pegándome del todo a él diciéndome que yo elegía y, sin más, terminó por separarse de mí, girándose y saliendo de allí, dejándome con el calentón y plantada en el sitio. Las miradas de odio que les lancé a aquellos dos estaba totalmente justificada y con un gesto con la cabeza les ordené que se largaran porque estaba todo arreglado. Ellos, a regañadientes, asintieron y se marcharon por otro lado antes de que yo, suspirando, seguía al soldadito. – Ay, Dios, dame paciencia porque como me des fuerza un día los mato… – murmuré, más para mí misma que para nadie más porque, de todas maneras, no había nadie cerca para escucharlo.
Caminaba en la misma dirección por la que se había ido el soldadito cuando, de lejos, observé la escena que, como todas las que había estado viendo en la estación, me daba ganas de vomitar. Puse los ojos en blanco pero, a la vez, tuve que aguantarme la risa al ver como el soldadito se apartaba “sutilmente” de su amiga, que parecía muchísimo más alegre de verlo que él a ella. La chica era rubia, de ojos verdes e igual de alta que él y parecía eufórica y entusiasmada con el regreso del soldadito, no pude evitar sentirme especialmente bondadosa aquella mañana y ayudar a aquel chico tan mono a salir del aprieto de la fan histérica así que corrí y, desde detrás, me enganché a su brazo mientras la chica hablando, ganándome una mirada de sorpresa y otra hacia el chico por parte de la rubita. Yo aproveché ese momento para mirar la chapa que tenía en el pecho el soldadito y poder saber su nombre para poder jugar un poco más. – Hola, ¿Quién eres? – pregunté con una amplísima sonrisa aunque no llegué a darle tiempo a contestar porque enseguida miré al chico, el tal Jack y le guiñé un ojo. – ¿Tú y yo no habíamos quedado para tomar algo, Jack? ¿Ya estabas intentando escaquearte? ¡Si es que no hay manera de que nos veamos, siempre estás ocupado! – la inexpresividad fácil de aquel chico me fascinaba y me ponía de los nervios porque yo era jodidamente buena actuando y él… Directamente ni era así que seguí con mi magnífica actuación, que un Oscar me iba mereciendo ya y miré de nuevo a la chica, aún sonriente. – Lo siento, creo que te lo voy a robar por hoy… ¿Me lo prestas? Prometo devolvértelo entero… - aunque espero que más marcado… pero eso no lo dije y me limité a sonreír, esperando que aquello colara y poder pasar un rato a solas con el soldadito que, después de aquello, prometía aún más… No sé, aquel chico tenía algo que me atraía y me llamaba la atención pero, a su vez, me hacía estar alerta y no fiarme de él… Y eso que ni siquiera habíamos hablado más de cinco minutos, de todas maneras, pensaba conseguir quedarme un rato a solas con él, costara lo que costase, que para algo me estaba currando la actuación, no como la sosa de la otra que no era siquiera capaz de hablar… ¡Novatas! ¡ya era hora de que aprendieran de la mejor! Si quería, estaba dispuesta a darle clases gratis... Solo por amor al arte... Y a cambio de un buen revocón con aquel chico, claro... Después de todo, era por una buena causa... ¡Acabar con el hambre en el mundo! De hecho, MI hambre... Así que, mucho mejor!

Adriana P. Gregoletto- Edad: 18
Empleo: Mafiosa
Mensajes: 243
Fecha de inscripción: 19/07/2011
Re: Closer [Jack Thomas] {+18}
Emily era un incordio peor que un dolor de muelas, o al menos lo sería si recordara lo que era sentir el dolor en todo su apogeo, cosa que desde un ataque a nuestra base militar en el que yo había resultado herido, una de las pocas veces que había sucedido eso de hecho, no sucedía. Según los médicos que se encargaron de curarme después de los primeros auxilios de emergencia que me habían practicado mis compañeros para que no la palmara allí mismo, de haber llegado antes podrían haber salvado parte de los nervios, pero el daño había sido tal que no iba a volver a sentir el dolor en todo su esplendor... cosa práctica donde las hubiera, tanto siendo militar como siendo una simple persona normal (já) que vivía su vida diaria en una ciudad como aquella. Aquel accidente me impedía, sin embargo, recordar exactamente qué era sentir el dolor que podía ser, por ejemplo, fruto de un golpe o del mismo dolor de muelas que había pensado antes para comparar a Emily con él y, por ende, poder compararla adecuadamente con algo, pero sí podía decir que era más pesada que cargar con una vaca en brazos que, además, está preñada y tiene dentro a una cría en amplio estado de gestación: muchísimo.
La razón por la que Emily era un incordio era sencilla: sus pretensiones. Desde que me conocía, que eran ya varios años, siempre había pensado que entre nosotros había habido algo especial y yo lo había aprovechado siempre que había podido para utilizarla a mi favor, que solía ser cuando tenía la necesidad de echar un polvo cogerla a ella y no andar buscando a alguna otra. Siendo ella, además, tan puritana (falsamente, por supuesto, porque estaba convencido de que sólo lo hacía por intentar, y remarco el intentar, gustarme más), desde la primera vez que nos habíamos acostado había pensado que yo era su novio, o algo así, y como no me había esforzado en negárselo para que ella siguiera viniendo a mí cuando yo tuviera ganas nos encontrábamos en aquella situación: ella feliz de la vida por verme y yo con las mismas ganas de verla que si hubiera visto una avispa delante de mí... nulas, vamos.
Ella, además, no parecía darse por enterada de que me daba igual la perorata incesante que estaba soltando sobre su vida (que si su madre estaba enferma, que si su hermano mayor estaba deseando terminar el postgrado para volver a Londres con su familia, que si blah blah blah) y que atajé con una expresión gélida y una sonrisa a juego que, por fin, consiguieron callarla y evitar que empezara a dolerme la cabeza porque, siendo ella, lo mismo terminaba consiguiéndolo y todo...
– La vida te trata bien, ya veo... – murmuré, como tratando de pasar a otro tema y callarme un porque yo no he estado aquí para acabar de joderte y no como quisieras en el momento en el que ella iba a empezar de nuevo, como si cualquier cosa que le dijeras bastara para darle cuerda... cosa que estaba empezando a sospechar en aquel momento.
Por suerte para ella y que siguiera con vida, la italiana de antes volvió a engancharse a mí (esta vez a mi brazo) y volvió a desarrollar el papel que le había valido la nominación a los BAFTA con una ligera modificación: de novia a amiga que hacía tiempo que no me veía, pero sí lo suficientemente creíble para callar (gracias al cielo) a Emily durante cinco minutos, que se quedó balbuceando mientras yo permanecía inexpresivo y la chica italiana decía que iba a robarme durante cinco minutos... y hasta más le dejaría que me robara con tal de librarme de la otra, pero en fin.
– Ya sabes que sí, siempre ando ocupadísimo... Tendremos que dejarlo para otro día, Emily, porque ahora tengo cosas que hacer como ponerme al día con una vieja amiga. Ya hablaremos, si eso. – dije, con lo más parecido a una sonrisa verdadera que había puesto desde que había llegado a Londres (y sólo gracias a que me libraba de una petarda) y girándome con la italiana del brazo y la bolsa en el otro en dirección a otra salida de la estación mientras, de fondo, escuchábamos a la otra gritar chorradas que a mí, particularmente, ni me iban ni me venían.
– ¡Te llamaré más tarde, Jack! ¡Nos vemos!
En cuanto ya estuvimos lo suficientemente alejados de Emily y ya habíamos salido de la estación de trenes, hice que soltara mi brazo para mirarla con la ceja alzada y expresión, en vez de burlona o indiferente, más bien llena de curiosidad.
– He de reconocerlo, italiana, te has ganado que vayamos a tomar ese algo que me decías para librarme de semejante incordio y así tal vez sepa con quien he intercambiado saliva hace cinco minutos. – dije, haciendo con la cabeza un gesto seco de agradecimiento y empezando a caminar, con ella al lado, en dirección a un bar no muy lejos de la estación en el que, además, siempre se podía contar con un poco de intimidad y de silencio, sobre todo a aquellas horas de la mañana, sobre todo porque en una ciudad como Londres la gente estaría comiendo o en las pausas de sus trabajos y no se meterían en una conversación de otras personas.
En cuanto llegamos al bar, abrí la puerta y ella pasó primero, eligiendo una mesa algo alejada y que estaba libre, junto a la ventana, donde pronto nos sentamos y donde yo dejé la bolsa, concienciándome de que tardaría más en llegar a mi piso y todas esas cosas que tantas ganas tenía de hacer... exceptuando la parte de ver a mi querida (apréciese el sarcasmo) hermana. El camarero vino y yo, que en aquel momento tenía la mano en la nuca tratando de descargar algo de la tensión de las últimas misiones acumulada en la zona, pedí una botella de agua, quedándome en silencio para que ella pidiera. En cuanto lo hizo, me recosté algo más sobre el asiento y clavé la mirada en ella, en aquella italiana con desparpajo con la que había terminado tomando algo.
– Tú sabes mi nombre, y yo ni siquiera sé el tuyo. Ese sería un buen sitio para empezar la conversación. – dije, mirándola a los ojos y encogiéndome de hombros porque, por mí, como si hablábamos del tiempo...
La razón por la que Emily era un incordio era sencilla: sus pretensiones. Desde que me conocía, que eran ya varios años, siempre había pensado que entre nosotros había habido algo especial y yo lo había aprovechado siempre que había podido para utilizarla a mi favor, que solía ser cuando tenía la necesidad de echar un polvo cogerla a ella y no andar buscando a alguna otra. Siendo ella, además, tan puritana (falsamente, por supuesto, porque estaba convencido de que sólo lo hacía por intentar, y remarco el intentar, gustarme más), desde la primera vez que nos habíamos acostado había pensado que yo era su novio, o algo así, y como no me había esforzado en negárselo para que ella siguiera viniendo a mí cuando yo tuviera ganas nos encontrábamos en aquella situación: ella feliz de la vida por verme y yo con las mismas ganas de verla que si hubiera visto una avispa delante de mí... nulas, vamos.
Ella, además, no parecía darse por enterada de que me daba igual la perorata incesante que estaba soltando sobre su vida (que si su madre estaba enferma, que si su hermano mayor estaba deseando terminar el postgrado para volver a Londres con su familia, que si blah blah blah) y que atajé con una expresión gélida y una sonrisa a juego que, por fin, consiguieron callarla y evitar que empezara a dolerme la cabeza porque, siendo ella, lo mismo terminaba consiguiéndolo y todo...
– La vida te trata bien, ya veo... – murmuré, como tratando de pasar a otro tema y callarme un porque yo no he estado aquí para acabar de joderte y no como quisieras en el momento en el que ella iba a empezar de nuevo, como si cualquier cosa que le dijeras bastara para darle cuerda... cosa que estaba empezando a sospechar en aquel momento.
Por suerte para ella y que siguiera con vida, la italiana de antes volvió a engancharse a mí (esta vez a mi brazo) y volvió a desarrollar el papel que le había valido la nominación a los BAFTA con una ligera modificación: de novia a amiga que hacía tiempo que no me veía, pero sí lo suficientemente creíble para callar (gracias al cielo) a Emily durante cinco minutos, que se quedó balbuceando mientras yo permanecía inexpresivo y la chica italiana decía que iba a robarme durante cinco minutos... y hasta más le dejaría que me robara con tal de librarme de la otra, pero en fin.
– Ya sabes que sí, siempre ando ocupadísimo... Tendremos que dejarlo para otro día, Emily, porque ahora tengo cosas que hacer como ponerme al día con una vieja amiga. Ya hablaremos, si eso. – dije, con lo más parecido a una sonrisa verdadera que había puesto desde que había llegado a Londres (y sólo gracias a que me libraba de una petarda) y girándome con la italiana del brazo y la bolsa en el otro en dirección a otra salida de la estación mientras, de fondo, escuchábamos a la otra gritar chorradas que a mí, particularmente, ni me iban ni me venían.
– ¡Te llamaré más tarde, Jack! ¡Nos vemos!
En cuanto ya estuvimos lo suficientemente alejados de Emily y ya habíamos salido de la estación de trenes, hice que soltara mi brazo para mirarla con la ceja alzada y expresión, en vez de burlona o indiferente, más bien llena de curiosidad.
– He de reconocerlo, italiana, te has ganado que vayamos a tomar ese algo que me decías para librarme de semejante incordio y así tal vez sepa con quien he intercambiado saliva hace cinco minutos. – dije, haciendo con la cabeza un gesto seco de agradecimiento y empezando a caminar, con ella al lado, en dirección a un bar no muy lejos de la estación en el que, además, siempre se podía contar con un poco de intimidad y de silencio, sobre todo a aquellas horas de la mañana, sobre todo porque en una ciudad como Londres la gente estaría comiendo o en las pausas de sus trabajos y no se meterían en una conversación de otras personas.
En cuanto llegamos al bar, abrí la puerta y ella pasó primero, eligiendo una mesa algo alejada y que estaba libre, junto a la ventana, donde pronto nos sentamos y donde yo dejé la bolsa, concienciándome de que tardaría más en llegar a mi piso y todas esas cosas que tantas ganas tenía de hacer... exceptuando la parte de ver a mi querida (apréciese el sarcasmo) hermana. El camarero vino y yo, que en aquel momento tenía la mano en la nuca tratando de descargar algo de la tensión de las últimas misiones acumulada en la zona, pedí una botella de agua, quedándome en silencio para que ella pidiera. En cuanto lo hizo, me recosté algo más sobre el asiento y clavé la mirada en ella, en aquella italiana con desparpajo con la que había terminado tomando algo.
– Tú sabes mi nombre, y yo ni siquiera sé el tuyo. Ese sería un buen sitio para empezar la conversación. – dije, mirándola a los ojos y encogiéndome de hombros porque, por mí, como si hablábamos del tiempo...

Jack Thomas- Edad: 19
Empleo: Militar
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Fecha de inscripción: 01/08/2011
Re: Closer [Jack Thomas] {+18}
Aquella chica parecía un auténtico fastidio y más pesada que el plomo así que, sin duda, había ayudado a mi nuevo amigo el soldadito a librarse de una buena así que seguramente me lo agradeciera a lo que ni siquiera se me pasaba por la cabeza negarme porque, después de todo, estaba dispuesta a dejarlo que me lo agradeciera como más le apeteciera… Y si no me gustaba cómo lo hacía, terminaría por ser yo quien me lanzara… Porque no sería la primera ni la última vez y podía sonar algo desesperada pero, la vedad, lo único que pasaba era que aquel chico estaba buenísimo y ya tenía el caprichito de pasar un buen rato con él y, ¿por qué no? Tirármelo ya que estaba… El caso es que el chico decidió seguirme el juego y actuar con aquella rubita como si hiciera tiempo que me conociera, respondiéndome que sí, que siempre estaba ocupadísimo y diciéndole a su amiguita, Emily, que tendrían que dejarlo para otro momento porque tenía que ponerse al día con una vieja amiga y no pude evitar sonreír ampliamente, sobre todo ante la cara de la chica, mientras él le decía que ya la llamaría y, sin más, se giró, conmigo aún enganchada a su brazo, dándole la espalda a su amiguita y empezando a caminar en dirección contraria. No pude evitar soltar una risita el escuchar como la tal Emily se ponía a gritar como una loca, despidiéndose de su amigo o lo que fueran esos dos con más efusividad de la que el mismo soldadito había llegado a mostrar por ella en más de tres minutos… Que no era demasiada. No tardamos demasiado en salir de la estación por otra de las salidas y una vez en la calle hizo que me soltara de su brazo “sutilmente” mientras me miraba con curiosidad antes de decirme que me había ganado eso de ir a tomar algo con él por librarlo de “semejante incordio” (como había supuesto desde un principio, más pesada que el plomo, la rubita) y que así quizá sabría con quién había intercambiado saliva hacía cinco minutos. No pude evitar sonreír de lado y encogerme de hombros ante sus últimas palabras, intentando parecer totalmente inocente y pareciendo más bien culpable antes de que empezáramos a caminar, por mi parte, sin destino alguno fijo mientras iba a su lado, en silencio, mirándolo de reojo… ¡Qué bueno estaba el condenado!
Al final, terminamos por llegar a un bar no muy lejos de la estación en el que no había estado nunca pero me daba igual ir a ese o a cualquier otro, después de todo, no importaba el sitio, sino la compañía. Él abrió la puerta del lugar, dejándome pasar a mi primero y, con un simple vistazo, elegí la mesa y fui directa a ella, una que estaba alejada de las pocas personas que había allí dentro y que nos proporcionaba algo de intimidad y, además, estaba junto a la ventana porque siempre tenía la manía de elegir mesas cercanas a ventanas para poder mirar al exterior de vez en cuando, así podría ver si alguien me seguía, espiaba o, simplemente, si había policía o mafiosos vigilándome. Nos sentamos y enseguida llegó el camarero, el soldadito pidió una botella de agua y yo, tras pensármelo un momento, pedí una cerveza con limón. El camarero se fue a traernos lo que habíamos pedido y el soldadito comenzó a hablar, mirándome mientras me decía que yo sabía su nombre y que él ni siquiera sabía el mío y ese sería un buen sitio para empezar la conversación. Se encogió de hombros y yo sonreí de lado. – Yo solo se tu nombre, Jack Thomas, porque lo pone en esas placas que llevas en el cuello y porque me he fijado… Si yo tuviera algo así, con mi nombre, seguro que tú también te habrías fijado… – me encogí de hombros y, justo en ese momento, el camarero nos trajo lo que habíamos pedido, le di un trago a mi cerveza y me encogí de hombros. – Aunque me has caído bien y no pareces un mal soldadito así que te diré mi nombre… - me acerqué a él, obviando el detalle de que teníamos la mesa en medio y me acerqué a su oreja, que acaricié con los labios. – Soy Adriana Paola Gregoletto… Pero puedes llamarme simplemente Paola. – le mordí el lóbulo de la oreja, devolviéndole la jugada de antes y me senté de nuevo en mi sitio, bebiendo otro trago de cerveza.- Y… ¿Acabas de volver de alguna misión? ¿Llevas mucho tiempo fuera, Jack Thomas? Estoy segura de que te echarán mucho de menos por aquí… ¿Una novia, quizá? ¿O no te van esas cosas…? – comencé, ganándome una de esas enigmáticas miraditas suyas que lo decían todo y a la vez no decían nada mientras, con una sonrisita en los labios, me acomodaba en mi asiento y bebía un poco más y es que, por alguna extraña y desconocida razón, estaba seca y necesitaba refrescarme… ¿Y qué mejor que una buena cerveza con limón bien fresquita? Pocas cosas se me ocurrían, la verdad, así que seguí ahí, sonriéndole y esperando a que me contestara.
Al final, terminamos por llegar a un bar no muy lejos de la estación en el que no había estado nunca pero me daba igual ir a ese o a cualquier otro, después de todo, no importaba el sitio, sino la compañía. Él abrió la puerta del lugar, dejándome pasar a mi primero y, con un simple vistazo, elegí la mesa y fui directa a ella, una que estaba alejada de las pocas personas que había allí dentro y que nos proporcionaba algo de intimidad y, además, estaba junto a la ventana porque siempre tenía la manía de elegir mesas cercanas a ventanas para poder mirar al exterior de vez en cuando, así podría ver si alguien me seguía, espiaba o, simplemente, si había policía o mafiosos vigilándome. Nos sentamos y enseguida llegó el camarero, el soldadito pidió una botella de agua y yo, tras pensármelo un momento, pedí una cerveza con limón. El camarero se fue a traernos lo que habíamos pedido y el soldadito comenzó a hablar, mirándome mientras me decía que yo sabía su nombre y que él ni siquiera sabía el mío y ese sería un buen sitio para empezar la conversación. Se encogió de hombros y yo sonreí de lado. – Yo solo se tu nombre, Jack Thomas, porque lo pone en esas placas que llevas en el cuello y porque me he fijado… Si yo tuviera algo así, con mi nombre, seguro que tú también te habrías fijado… – me encogí de hombros y, justo en ese momento, el camarero nos trajo lo que habíamos pedido, le di un trago a mi cerveza y me encogí de hombros. – Aunque me has caído bien y no pareces un mal soldadito así que te diré mi nombre… - me acerqué a él, obviando el detalle de que teníamos la mesa en medio y me acerqué a su oreja, que acaricié con los labios. – Soy Adriana Paola Gregoletto… Pero puedes llamarme simplemente Paola. – le mordí el lóbulo de la oreja, devolviéndole la jugada de antes y me senté de nuevo en mi sitio, bebiendo otro trago de cerveza.- Y… ¿Acabas de volver de alguna misión? ¿Llevas mucho tiempo fuera, Jack Thomas? Estoy segura de que te echarán mucho de menos por aquí… ¿Una novia, quizá? ¿O no te van esas cosas…? – comencé, ganándome una de esas enigmáticas miraditas suyas que lo decían todo y a la vez no decían nada mientras, con una sonrisita en los labios, me acomodaba en mi asiento y bebía un poco más y es que, por alguna extraña y desconocida razón, estaba seca y necesitaba refrescarme… ¿Y qué mejor que una buena cerveza con limón bien fresquita? Pocas cosas se me ocurrían, la verdad, así que seguí ahí, sonriéndole y esperando a que me contestara.

Adriana P. Gregoletto- Edad: 18
Empleo: Mafiosa
Mensajes: 243
Fecha de inscripción: 19/07/2011
Re: Closer [Jack Thomas] {+18}
No me sorprendió, en absoluto, que ella se pidiera una cerveza, incluso rebajada con limón, aunque fuera tan pronto por la mañana como lo era. Los italianos eran así, y ella era tan italiana como la que más porque ni su acento, ni su actitud ni su propio aspecto mentían al respecto: era un ejemplar más de aquella fauna que tan bien conocía. Eran fiesteros, habladores, carismáticos hasta un punto (antes de que quisieras arrancarles la cabeza para que dejaran de soltar chorradas por aquellas bocazas), dicharacheros y siempre tenían un punto de carisma, agilidad verbal o lo que fuera que los hacía muy... muy.... muy italianos, a falta de otra palabra mejor. Sin embargo, con ellos se cumplía un viejo dicho que era repetido hasta la saciedad pero que tenía más razón que un santo: “lo poco gusta, y lo mucho cansa”. Si su factor de italianidad era demasiado alto apaga y vámonos, porque mi paciencia con ellos no solía ser excesiva y mucho menos si no habían hecho nada para ganarse que me tomara mi tiempo, respirara hondo y les perdonara la vida por un plazo de cinco minutos con posibilidad (o quizá no) de renovarse y ampliarse.
Sabía de los italianos porque había convivido con ellos, y conocía lo celosos que eran pese a que ellos mismos se pasaban los celos por el mismo Coliseo, y sabía de las italianas porque no sería la primera vez, tampoco, que probaba a una, aunque no eran una fauna que frecuentase en exceso voluntariamente porque solían ser demasiado territoriales, a su manera, y también demasiado... ¿físicas? Sí, esa era la palabra, tan físicas que resultaban empalagosas, siempre encima de uno aunque el otro se las quitara de encima... Y la chica que tenía enfrente no era una excepción aunque, también tenía que admitirlo, su factor de italianidad estaba tan rebajado como la cerveza con limón que se estaba tomando desde que el camarero se la había traído y la hacía, cuando menos, soportable... además de que el hecho de haberme quitado de encima a Emily compensaba que estuviera allí, dando sorbos a mi botella de agua porque no bebía alcohol ni ninguna bebida estimulante o excitante y el agua era de las pocas cosas que cumplía con esas características.
Cómo no, tuvo que buscar una excusa para arrimarse a mí, en aquel caso comerme la oreja también estaba incluido en el paquete del acercamiento, aunque al menos me dijo su nombre que, también, rezumaba italiano por todas las letras: Adriana Paola Gregoletto. Después de separarse de mí y decirme que la llamara simplemente Paola, aunque probablemente terminara llamándola italiana porque era lo que más le pegaba, más incluso que su propio nombre, empezó con aquel tercer grado de preguntas que escuché mientras seguía bebiendo agua del vaso que me habían dado junto a la botella, cuando había pedido. Iba a responderlas, sí, pero ella no iba a librarse de escuchar alguna mía porque se me daban muy bien los interrogatorios y acabaría sabiendo cosas de ella aunque ella misma no quisiera decírmelas... ventajas de ser soldado.
– Acabo de volver de donde estoy destinado, Irak, y llevaba fuera algunos meses desde el último permiso que pude coger... Unos seis meses, o algo así, quizá más o quizá menos porque allí contar el tiempo no es demasiado fácil. Y sí, me echan de menos, aunque no una novia... o al menos no por mi parte, pero ya has visto a Emily y te aseguro que no es la única que está así de loca de las chicas con las que me he cruzado en toda mi vida, aunque no me vayan esas cosas. – dije, encogiéndome de hombros al final con la mirada clavada en ella, que cuerda precisamente no estaba, y bebiendo después otro trago de agua para darle tiempo a asimilar las respuestas que le había dado, demasiadas teniendo en cuenta que no tenía ni que haber respondido, y para que se preparara para mi propia ronda de preguntas.
– En cuanto a ti, Adriana Paola Gregoletto, ¿siempre vas acompañada de esos dos gorilas que están ahí fuera observándote o son sólo simples admiradores a los que has dejado con las ganas? Me haces preguntarme si eres una niña pija y rica más de las muchas que hay en tu país o si eres algo más, aunque con las pintas y el poco disimulo que tienen esos dos la respuesta es bastante simple y ni siquiera hace que dude demasiado. ¿Siempre sois tan poco discretos en la familia o es sólo que hoy he pillado a unos novatos, ellos, en período de prueba? Os tenía en más alta estima, la verdad... Quizá a los que he conocido me han puesto el listón demasiado alto, que todo puede ser. – pregunté, torciendo progresivamente la boca hasta terminar esbozando una sonrisa poco tranquilizadora que, junto a mi expresión habitual que no transmitía nada a no ser que supieras leer muy bien entre líneas, esperaba una reacción por su parte. No había sido un simple intento para ver si la pillaba o una suposición lanzada al aire sino, más bien, una cosa bastante obvia y evidente porque aquellos gorilas cantaban a mafia por los cuatro costados y hacía que ella, que lo disimulaba más, se descubriera sólo por estar constantemente seguida por aquellos dos... Aunque, al menos, así sabía a lo que me enfrentaba y podía tener una razón más para explicar que aquella chica fuera alguien que, como poco, estaba empezando a respetar... Y eso era una auténtica novedad, saliéndose de la mayoría de mis esquemas mentales, pero excepciones también tenía que haberlas, ¿no?
Sabía de los italianos porque había convivido con ellos, y conocía lo celosos que eran pese a que ellos mismos se pasaban los celos por el mismo Coliseo, y sabía de las italianas porque no sería la primera vez, tampoco, que probaba a una, aunque no eran una fauna que frecuentase en exceso voluntariamente porque solían ser demasiado territoriales, a su manera, y también demasiado... ¿físicas? Sí, esa era la palabra, tan físicas que resultaban empalagosas, siempre encima de uno aunque el otro se las quitara de encima... Y la chica que tenía enfrente no era una excepción aunque, también tenía que admitirlo, su factor de italianidad estaba tan rebajado como la cerveza con limón que se estaba tomando desde que el camarero se la había traído y la hacía, cuando menos, soportable... además de que el hecho de haberme quitado de encima a Emily compensaba que estuviera allí, dando sorbos a mi botella de agua porque no bebía alcohol ni ninguna bebida estimulante o excitante y el agua era de las pocas cosas que cumplía con esas características.
Cómo no, tuvo que buscar una excusa para arrimarse a mí, en aquel caso comerme la oreja también estaba incluido en el paquete del acercamiento, aunque al menos me dijo su nombre que, también, rezumaba italiano por todas las letras: Adriana Paola Gregoletto. Después de separarse de mí y decirme que la llamara simplemente Paola, aunque probablemente terminara llamándola italiana porque era lo que más le pegaba, más incluso que su propio nombre, empezó con aquel tercer grado de preguntas que escuché mientras seguía bebiendo agua del vaso que me habían dado junto a la botella, cuando había pedido. Iba a responderlas, sí, pero ella no iba a librarse de escuchar alguna mía porque se me daban muy bien los interrogatorios y acabaría sabiendo cosas de ella aunque ella misma no quisiera decírmelas... ventajas de ser soldado.
– Acabo de volver de donde estoy destinado, Irak, y llevaba fuera algunos meses desde el último permiso que pude coger... Unos seis meses, o algo así, quizá más o quizá menos porque allí contar el tiempo no es demasiado fácil. Y sí, me echan de menos, aunque no una novia... o al menos no por mi parte, pero ya has visto a Emily y te aseguro que no es la única que está así de loca de las chicas con las que me he cruzado en toda mi vida, aunque no me vayan esas cosas. – dije, encogiéndome de hombros al final con la mirada clavada en ella, que cuerda precisamente no estaba, y bebiendo después otro trago de agua para darle tiempo a asimilar las respuestas que le había dado, demasiadas teniendo en cuenta que no tenía ni que haber respondido, y para que se preparara para mi propia ronda de preguntas.
– En cuanto a ti, Adriana Paola Gregoletto, ¿siempre vas acompañada de esos dos gorilas que están ahí fuera observándote o son sólo simples admiradores a los que has dejado con las ganas? Me haces preguntarme si eres una niña pija y rica más de las muchas que hay en tu país o si eres algo más, aunque con las pintas y el poco disimulo que tienen esos dos la respuesta es bastante simple y ni siquiera hace que dude demasiado. ¿Siempre sois tan poco discretos en la familia o es sólo que hoy he pillado a unos novatos, ellos, en período de prueba? Os tenía en más alta estima, la verdad... Quizá a los que he conocido me han puesto el listón demasiado alto, que todo puede ser. – pregunté, torciendo progresivamente la boca hasta terminar esbozando una sonrisa poco tranquilizadora que, junto a mi expresión habitual que no transmitía nada a no ser que supieras leer muy bien entre líneas, esperaba una reacción por su parte. No había sido un simple intento para ver si la pillaba o una suposición lanzada al aire sino, más bien, una cosa bastante obvia y evidente porque aquellos gorilas cantaban a mafia por los cuatro costados y hacía que ella, que lo disimulaba más, se descubriera sólo por estar constantemente seguida por aquellos dos... Aunque, al menos, así sabía a lo que me enfrentaba y podía tener una razón más para explicar que aquella chica fuera alguien que, como poco, estaba empezando a respetar... Y eso era una auténtica novedad, saliéndose de la mayoría de mis esquemas mentales, pero excepciones también tenía que haberlas, ¿no?

Jack Thomas- Edad: 19
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Fecha de inscripción: 01/08/2011
Re: Closer [Jack Thomas] {+18}
Ahora que me había podido sentar y estar más o menos tranquilita estudiando a aquel chico seguía buscando la razón por la cual me llamaba tanto la atención a pesar de ser el típico inglesito rubio de ojos azules... Vamos, de esos que había a patadas miraras por donde miraras y aún más en Londres. Quizá eso de que fuera militar le daba un punto extra y que me había quedado casi hipnotizada con su culo... Pero no, los había visto mejores, de eso no cabía duda que para algo hacía gala de eso de ser italiana y me había liado con unos cientos de tíos... O más. La verdad es que ya había llovido mucho desde mi "primer chico" pero no me arrepentía de ninguno de todos a los que me había tirado porque, la verdad, repetiría con bastantes... Eso era tener buen ojo y lo demás tonterías, que aunque no lo pareciera, era una italiana exigente. El caso es que aquel chico, el tal Jack tenía algo, quizá estaba en su forma de mirar, en su frialdad, en algo que no sabía exactamente que era... Pero me atraía y me gustaba, me parecía peligroso pero, a su vez, me tenía intrigada y lo mejor que había para matar mi curiosidad o, al menos, mitigarla era preguntar como si de una vieja maruja me tratara y como quien no quería la cosa para averiguar más cosas del soldadito que tan jodidamente bueno estaba. En un principio incluso había llegado a dudar de que respondiera mis preguntas ya que él estaba muy tranquilo bebiendo agua sin más (soldadito, tio bueno y sano... Aquel día me había tocado la lotería) pero no tardó demasiado en comenzar a responder, diciéndome que acababa de volver de Irak, donde estaba destinado y llevaba fuera alrededor de seis meses. Asentí ante sus palabras, esperando a que siguiera respondiendo mis preguntas y, de hecho, incitándole a hacerlo y continuó, diciendo que lo echaban de menos pero no una novia, al menos por su parte (chico listo, se creía yo, o algo...) pero que Emily no era la única loca que conocía aunque a él no le iban esas cosas. No pude evitar alzar una ceja, divertida, al imaginarlo rodeado de "fans" como la tal Emily y que además se creían que era su novio... Sí, la verdad era una escena digna de ver, grabar y conseguir que todas empezaran a pelearse entre sí y sacarse los ojos por él, yo me reiría mucho... Y seguro que él también, que se le veía en la cara.
Jack bebió de nuevo un poco más mientras yo seguía con aquella expresión divertida en la cara, expresión que se me borró en cuanto volvió a hablar, preguntándome si siempre iba acompañada de los "dos gorilas que estaban fuera observándome" o si eran simples admiradores a los que había dejado con las ganas. Sutilmente miré por la ventana y me encontré ahí con ellos, Enzo y Marco, a los que creía que había dejado claro en la estación que no me siguieran pero estaban allí. Al menos Giovanni había seguido a los galeses que tenían que darnos las drogas porque si no... Mientras tanto, Jack seguía hablando diciendo que se preguntaba si era una niña pija y rica más de las muchas que había en Italia (insértese aquí cara de asco por mi parte al pensar en esas idiotas) o si era algo más aunque por las pintas de "los dos de ahí fuera" y su poco disimulo quedaba bastante claro y ni siquiera lo hacía dudar demasiado. Ahí yo ya quería darme golpes contra la pared de lo imbéciles que eran aquellos dos pero aun así Jack seguía hablando preguntándome si siempre éramos tan poco discretos en la FAMILIA (palabra clave para que ambos supiéramos de qué estaba hablando) o si había pillado a unos novatos en periodo de prueba porque dijo que nos tenía en más alta estima porque quizá a los que había conocido le habían puesto el listón muy alto. Puse los ojos en blanco porque ya no valía la pena disimular y él sonrió, victorioso. Empecé a maldecir en italiano y les hice un gesto a Enzo y a Marco para que entraran que enseguida vieron y enseguida se presentaron en la mesa y, sin más, empecé a echarles la bronca en italiano. - ¿Vosotros sois idiotas o qué pasa? ¡Me importa una mierda que Pietro os haya dicho que no me dejéis sola ni un segundo porque no sabéis disimular! ¡Hasta el puto soldadito os ha visto y estoy segura de que no es el único! Así que más os vale aprender a disimular más o confiar en mí de una jodida ver porque estoy harta, ¿Vale? Así que largaos, dejadme sola e iros a comentar el partido del Milan tranquilitos con una Nastro Azzurro y bebéosla a mi salud, ¿Vale? Pero juro que como os vuelva a ver hoy llamaré a mi padre para que os mande unos sustitutos y volváis derechitos a Italia en el primer jodido vuelo, ¿Entendido? - ambos mantuvieron la cabeza gacha mientras yo les hablaba, más bien, les gritaba y en cuanto terminé de hablar asintieron y se marcharon, dejándonos de nuevo solos a Jack a mí, que aún seguía maldiciendo en italiano a aquellos inútiles.
-Creo que es inútil y estúpido negarte algo obvio porque esos dos son menos discretos que una puta falta de dinero… Así que, sí, soy lo que piensas que soy pero espero que no te vayas de la lengua, soldadito, porque no me apetece tener que cortártela… Ya sabes, besas bien… Y sería todo un desperdicio. Además, eres demasiado guapo como para, además, joder tu cara a base de cortes por todas partes… Especialmente aquí… - dije acariciándole las comisuras de los labios con una sonrisa muy poco tranquilizadora mientras me relamía. – Así que ya sabes, soldadito, calladito y así hasta puedas tener unos amigos importantes y que te puedan ayudar en ciertos momentos… ¿Alguna pregunta más o puedo seguir yo atacándote con las mías? – me encogí de hombros, sonriendo con inocencia y volví a darle un trago a mi cerveza. – Bueno, de momento, solo tengo una más… ¿Qué opinas de “mi familia”? – dije, mordiéndome la lengua porque también iba a preguntarle por mí pero eso… quizá más tarde. En aquel momento lo primordial era saber si el soldadito era de fiar, si era un amigo o un enemigo y si podría fiarme de que iba a mantener el pico cerrado o no… Aunque esperaba que así fuera… Y es que pensaba de verdad que sería todo un desperdicio eso de tener que torturarlo… Estaba demasiado bueno y empezaba a caerme extrañamente bien… Enajenaciones mentales las tenía todo el mundo, no? Pues que nadie se extrañara de que yo también las tuviera que después de todo era humana… e italiana! Eso seguro que también contaba…
Jack bebió de nuevo un poco más mientras yo seguía con aquella expresión divertida en la cara, expresión que se me borró en cuanto volvió a hablar, preguntándome si siempre iba acompañada de los "dos gorilas que estaban fuera observándome" o si eran simples admiradores a los que había dejado con las ganas. Sutilmente miré por la ventana y me encontré ahí con ellos, Enzo y Marco, a los que creía que había dejado claro en la estación que no me siguieran pero estaban allí. Al menos Giovanni había seguido a los galeses que tenían que darnos las drogas porque si no... Mientras tanto, Jack seguía hablando diciendo que se preguntaba si era una niña pija y rica más de las muchas que había en Italia (insértese aquí cara de asco por mi parte al pensar en esas idiotas) o si era algo más aunque por las pintas de "los dos de ahí fuera" y su poco disimulo quedaba bastante claro y ni siquiera lo hacía dudar demasiado. Ahí yo ya quería darme golpes contra la pared de lo imbéciles que eran aquellos dos pero aun así Jack seguía hablando preguntándome si siempre éramos tan poco discretos en la FAMILIA (palabra clave para que ambos supiéramos de qué estaba hablando) o si había pillado a unos novatos en periodo de prueba porque dijo que nos tenía en más alta estima porque quizá a los que había conocido le habían puesto el listón muy alto. Puse los ojos en blanco porque ya no valía la pena disimular y él sonrió, victorioso. Empecé a maldecir en italiano y les hice un gesto a Enzo y a Marco para que entraran que enseguida vieron y enseguida se presentaron en la mesa y, sin más, empecé a echarles la bronca en italiano. - ¿Vosotros sois idiotas o qué pasa? ¡Me importa una mierda que Pietro os haya dicho que no me dejéis sola ni un segundo porque no sabéis disimular! ¡Hasta el puto soldadito os ha visto y estoy segura de que no es el único! Así que más os vale aprender a disimular más o confiar en mí de una jodida ver porque estoy harta, ¿Vale? Así que largaos, dejadme sola e iros a comentar el partido del Milan tranquilitos con una Nastro Azzurro y bebéosla a mi salud, ¿Vale? Pero juro que como os vuelva a ver hoy llamaré a mi padre para que os mande unos sustitutos y volváis derechitos a Italia en el primer jodido vuelo, ¿Entendido? - ambos mantuvieron la cabeza gacha mientras yo les hablaba, más bien, les gritaba y en cuanto terminé de hablar asintieron y se marcharon, dejándonos de nuevo solos a Jack a mí, que aún seguía maldiciendo en italiano a aquellos inútiles.
-Creo que es inútil y estúpido negarte algo obvio porque esos dos son menos discretos que una puta falta de dinero… Así que, sí, soy lo que piensas que soy pero espero que no te vayas de la lengua, soldadito, porque no me apetece tener que cortártela… Ya sabes, besas bien… Y sería todo un desperdicio. Además, eres demasiado guapo como para, además, joder tu cara a base de cortes por todas partes… Especialmente aquí… - dije acariciándole las comisuras de los labios con una sonrisa muy poco tranquilizadora mientras me relamía. – Así que ya sabes, soldadito, calladito y así hasta puedas tener unos amigos importantes y que te puedan ayudar en ciertos momentos… ¿Alguna pregunta más o puedo seguir yo atacándote con las mías? – me encogí de hombros, sonriendo con inocencia y volví a darle un trago a mi cerveza. – Bueno, de momento, solo tengo una más… ¿Qué opinas de “mi familia”? – dije, mordiéndome la lengua porque también iba a preguntarle por mí pero eso… quizá más tarde. En aquel momento lo primordial era saber si el soldadito era de fiar, si era un amigo o un enemigo y si podría fiarme de que iba a mantener el pico cerrado o no… Aunque esperaba que así fuera… Y es que pensaba de verdad que sería todo un desperdicio eso de tener que torturarlo… Estaba demasiado bueno y empezaba a caerme extrañamente bien… Enajenaciones mentales las tenía todo el mundo, no? Pues que nadie se extrañara de que yo también las tuviera que después de todo era humana… e italiana! Eso seguro que también contaba…

Adriana P. Gregoletto- Edad: 18
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Fecha de inscripción: 19/07/2011
Re: Closer [Jack Thomas] {+18}
La situación empezaba a ser, cuando menos, extraña a más no poder. No sólo por el hecho de que alguien de la mafia, que normalmente era un sistema más bien camuflado entre el submundo y el mundo más elevado por así decirlo, tuviera unas niñeras tan poco disimuladas, sino también porque no fuera capaz de atarlas más cortas y que no dejaran de demostrar a todo el mundo que supiera mirar que ella no era una simple chica italiana más, no, sino que tenía detrás a toda una familia que la protegería y tomaría vendetta contra todo el mundo que amenazara a su niña y blah blah blah, todo el rollo. La verdad era que en aquel momento yo estaba empezando ya a dudar de que mereciera tanto la pena respetarla, al menos, porque si alguien así iba disimulando tan poco su capacidad de provocar una reacción de respeto por mi parte desaparecía con la misma velocidad con la que lo hacía la virginidad en Italia: altísima, tanta que a veces hasta te planteabas si de verdad la había llegado a haber en algún momento. Pero algo me decía, quizá lo que había visto de ella y que me había demostrado que era bastante inesperada en cuanto a reacciones, que sólo tendría que esperar sentado para que le diera la vuelta a la situación como si de una tortilla se tratara y en cuanto llamó a los dos gorilas, niñeras o lo que fueran para que entraran dentro del bar supe que, de un modo u otro, conseguiría hacerme flipar.
Lo que no me esperaba, sin embargo, fue que empezara a echarles la bronca en italiano allí delante de todo el mundo, así como tampoco ella debía de esperarse, a juzgar por lo que hacía, que yo entendiera algo de italiano... porque había convivido con demasiados soldados italianos y ciertas nociones había adquirido, no para escribir un libro (porque antes lo haría, evidentemente, en mi propio idioma que en otro...), pero sí para entender más o menos, a excepción de ciertos trozos, lo que ella les estaba diciendo y para que me costara un esfuerzo sobrehumano no ponerme a sonreír y seguir con expresión de búho que no entiende lo que está escuchando. La risa no era para menos, teniendo en cuenta que había insinuado que los iba a devolver a Italia en el siguiente vuelo que saliera y que los había mandado a ver el partido del Milán... como unas marujas italianas cualesquiera, vamos, aunque al parecer aquella bronca les había servido para además de agachar la cabeza darse por enterados de que Adriana no los quería delante de ella vigilándola como si fuera una niña... enternecedor el cambio de papeles, o lo sería si no estuviera demasiado ocupado fingiendo que no entendía ni una palabra de italiano cuando no era así.
Cuando volvió su atención a mí, lo hizo con una amenaza totalmente gratuita que hizo que volviera a salir la media sonrisa que me había comido antes mientras ella acariciaba las comisuras de mis labios antes de volver a amenazarme (claro, se nota que es gratis...) y terminar por preguntarme qué opinaba de su familia, eufemismo que al parecer habíamos adoptado de mutuo acuerdo para referirnos al tema de la mafia sin ponernos luces de neón que indicaran que hablábamos de eso porque a ella no le convenía, y a mí... a mí me daba bastante igual, la verdad.
– De tu familia opino que practicáis demasiado el chantaje emocional, aunque se haya demostrado totalmente efectivo, y que pese a que en muchas cosas sois burdos como sólo vosotras en otros sois dignos de respetar. No tengo nada a favor ni en contra de la familia, italiana, y sé de buena tinta cómo funciona porque he conocido a varios de vosotros, aunque muchísimo más disimulados que tus gorilas, y eso que ni siquiera se habían bebido la Nastro Azzurro delante del partido del Milán para tener excusa como el alcohol que justificara su comportamiento... Por cierto, buena bronca la que les has echado, con las amenazas suficientes para que se tomen en serio tu posición de autoridad y esa clase de cosas. – dije, con la mirada clavada en sus ojos y entrecerrando los míos con cierta diversión para estudiar su reacción cuando asimilara que había entendido lo que había dicho, porque yo no parecía la típica persona que sabía muchos idiomas y la realidad era otra totalmente diferente... aunque no por ganas propias, la verdad.
– Y créeme, no es plan de decir nada porque os conozco y sé de vuestros métodos para callar a la gente, y pese a que enfrentar al ejército británico y a la familia sería algo digno de verse no va a suceder de momento porque no tengo razones para enfadaros. Supongo que, en vez de resultarme indiferentes, os respeto... Y me mantengo al margen de vuestros asuntos siempre que no se mezclen con los míos, aunque si alguno de vuestros amigos abusa de la Nastro Azzurro y se mete en mis asuntos como comprenderás no voy a quedarme de brazos cruzados, pero eso es perfectamente razonable por mi parte... Así como defenderme si por lo que sea me atacan. ¿Alguna pregunta más, italiana? Porque tiene toda la pinta de que no vas a dejar pasar la oportunidad de seguir cotilleando como si no hubiera mañana y aprovechando que estoy de buen humor y hasta te contesto supongo que hasta te recomendaría hacerlo... ya sabes, por eso de no perder la oportunidad de hacerlo. – añadí, jugueteando con la botella de agua entre los dedos y aún con la mirada clavada en sus ojos antes de bajarlos a la botella, medio vacía, y abrirla con gesto rápido y mecánico para rellenar el vaso también medio vacío y llevármelo a los labios, no por estar particularmente seco ni tener sed en exceso, sino por esa especie de necesidad que se tiene de acometer contra el vaso lleno de líquido y beber de él en cuanto se tiene uno delante, como era el caso, aunque fuera llenado de agua y no de cualquier otra sustancia que pudiera causar más daño que bien. Esa era la principal razón por la que no bebía alcohol ni sustancias estimulantes, porque con el trabajo que tenía dependía casi en exclusiva de mi cuerpo (aunque no era de esos idiotas que desentrenaba la mente como si no sirviera para nada, en absoluto) y si lo fastidiaba, adiós a muchas cosas a las que no iba a renunciar... porque a mí me gustaba así.
Lo que no me esperaba, sin embargo, fue que empezara a echarles la bronca en italiano allí delante de todo el mundo, así como tampoco ella debía de esperarse, a juzgar por lo que hacía, que yo entendiera algo de italiano... porque había convivido con demasiados soldados italianos y ciertas nociones había adquirido, no para escribir un libro (porque antes lo haría, evidentemente, en mi propio idioma que en otro...), pero sí para entender más o menos, a excepción de ciertos trozos, lo que ella les estaba diciendo y para que me costara un esfuerzo sobrehumano no ponerme a sonreír y seguir con expresión de búho que no entiende lo que está escuchando. La risa no era para menos, teniendo en cuenta que había insinuado que los iba a devolver a Italia en el siguiente vuelo que saliera y que los había mandado a ver el partido del Milán... como unas marujas italianas cualesquiera, vamos, aunque al parecer aquella bronca les había servido para además de agachar la cabeza darse por enterados de que Adriana no los quería delante de ella vigilándola como si fuera una niña... enternecedor el cambio de papeles, o lo sería si no estuviera demasiado ocupado fingiendo que no entendía ni una palabra de italiano cuando no era así.
Cuando volvió su atención a mí, lo hizo con una amenaza totalmente gratuita que hizo que volviera a salir la media sonrisa que me había comido antes mientras ella acariciaba las comisuras de mis labios antes de volver a amenazarme (claro, se nota que es gratis...) y terminar por preguntarme qué opinaba de su familia, eufemismo que al parecer habíamos adoptado de mutuo acuerdo para referirnos al tema de la mafia sin ponernos luces de neón que indicaran que hablábamos de eso porque a ella no le convenía, y a mí... a mí me daba bastante igual, la verdad.
– De tu familia opino que practicáis demasiado el chantaje emocional, aunque se haya demostrado totalmente efectivo, y que pese a que en muchas cosas sois burdos como sólo vosotras en otros sois dignos de respetar. No tengo nada a favor ni en contra de la familia, italiana, y sé de buena tinta cómo funciona porque he conocido a varios de vosotros, aunque muchísimo más disimulados que tus gorilas, y eso que ni siquiera se habían bebido la Nastro Azzurro delante del partido del Milán para tener excusa como el alcohol que justificara su comportamiento... Por cierto, buena bronca la que les has echado, con las amenazas suficientes para que se tomen en serio tu posición de autoridad y esa clase de cosas. – dije, con la mirada clavada en sus ojos y entrecerrando los míos con cierta diversión para estudiar su reacción cuando asimilara que había entendido lo que había dicho, porque yo no parecía la típica persona que sabía muchos idiomas y la realidad era otra totalmente diferente... aunque no por ganas propias, la verdad.
– Y créeme, no es plan de decir nada porque os conozco y sé de vuestros métodos para callar a la gente, y pese a que enfrentar al ejército británico y a la familia sería algo digno de verse no va a suceder de momento porque no tengo razones para enfadaros. Supongo que, en vez de resultarme indiferentes, os respeto... Y me mantengo al margen de vuestros asuntos siempre que no se mezclen con los míos, aunque si alguno de vuestros amigos abusa de la Nastro Azzurro y se mete en mis asuntos como comprenderás no voy a quedarme de brazos cruzados, pero eso es perfectamente razonable por mi parte... Así como defenderme si por lo que sea me atacan. ¿Alguna pregunta más, italiana? Porque tiene toda la pinta de que no vas a dejar pasar la oportunidad de seguir cotilleando como si no hubiera mañana y aprovechando que estoy de buen humor y hasta te contesto supongo que hasta te recomendaría hacerlo... ya sabes, por eso de no perder la oportunidad de hacerlo. – añadí, jugueteando con la botella de agua entre los dedos y aún con la mirada clavada en sus ojos antes de bajarlos a la botella, medio vacía, y abrirla con gesto rápido y mecánico para rellenar el vaso también medio vacío y llevármelo a los labios, no por estar particularmente seco ni tener sed en exceso, sino por esa especie de necesidad que se tiene de acometer contra el vaso lleno de líquido y beber de él en cuanto se tiene uno delante, como era el caso, aunque fuera llenado de agua y no de cualquier otra sustancia que pudiera causar más daño que bien. Esa era la principal razón por la que no bebía alcohol ni sustancias estimulantes, porque con el trabajo que tenía dependía casi en exclusiva de mi cuerpo (aunque no era de esos idiotas que desentrenaba la mente como si no sirviera para nada, en absoluto) y si lo fastidiaba, adiós a muchas cosas a las que no iba a renunciar... porque a mí me gustaba así.

Jack Thomas- Edad: 19
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Re: Closer [Jack Thomas] {+18}
Me tenían hasta las narices, mi padre, Pietro y aquellas niñeras de tamaño 4x4 que me habían impuesto. Yo era mucho más inteligente que Pietro y siempre lo había sido pero como él era el mayor, era el que tenía que heredar todo lo bueno y tratarme como si fuera una cría que ni pinchaba ni cortaba en aquella mierda de situación. Lo único que me perdía, y mi padre lo sabía demasiado bien, eran los hombres… Y desde que a Pietro le había tocado irse a América y controlar prácticamente todo el cotarro desde allí aún más porque ya no eran solo los hombres, ahora eran los hombre, la diversión y la fiesta, cuanto más de todo mejor… Y ahora que mi padre ni siquiera daba señales de estar vivo Pietro adoptaba el rol de padrastro/hermano cabronazo y se ponía en plan nazi conmigo, tratándome como si fuera una mierda y como si no valiera nada, fuera una estúpida y ni siquiera supiera cuidarme sola… Gilipolleces! Y eso no hacía más que cabrearme más junto al hecho de que mis propios hombres (Marco, Enzo y Giovanni habían sido enviados allí desde un principio para estar a mi mando y, de paso, cuidarme y protegerme si lo necesitaba) le hicieran más caso a mi jodido hermano que a mí… ¡Joder! Que ganas de destrozar cosas me acababan de entrar, de verdad…
Precisamente por eso, las amenazas a mis hombres y después al soldadito me habían salido prácticamente solas porque aunque por dentro estuviera hirviendo de rabia sabía disimular bastante bien y que eso, por fuera, no se notara demasiado así que me limité a esperar que el soldadito respondiera, esperando que fuera lo suficientemente inteligente como para no cavar su propia tumba con sus palabras y su comienzo no sabía exactamente como tomármelo… Lo del chantaje emocional nos encantaba, ahí tenía razón pero también la tenía en que era muy efectivo y cuando algo sale bien no es necesario cambiarlo así que por eso seguíamos aprendiéndolo desde pequeños, los mejores chantajistas éramos los que más alto llegábamos… Eso si no tenías un hermano mayor capullo que lo quisiera todo para él… Continuó diciendo que en unas cosas éramos burdos, haciendo que no pudiera evitar alzar una ceja porque aquel chico empezaba a ganarse demasiadas papeletas para no acabar bien por mucho que lo arreglara diciendo que en otras cosas éramos dignos de respeto. Al final me aclaró que no tenía nada a favor ni en contra de la familia(vamos, la mafia) y que sabía cómo funcionaba porque ya había conocido a varios de los nuestros aunque más disimulados que mis gorilas haciéndome poner los ojos en blanco y asentir con vehemencia cuando dijo que además no tenían excusa de haber estado bebiendo cerveza italiana para haberse puesto así y terminó diciéndome que les había echado una buena bronca, con las amenazas suficientes como para que se tomaran en serio mi autoridad y esas cosas con lo que no pude evitar fruncir el ceño. ¿Además entendía italiano? Vaya perlita me había encontrado aquel día, de verdad…
El soldadito siguió hablando diciéndome que no era plan de decir nada porque sabía de nuestros métodos y de nuestras formas para callar a la gente y que por mucho que pudiera resultar divertido enfrentar al ejército británico y a la mafia no tenía razones para enfadarnos ante lo que asentí mientras él decía que más que serle indiferentes nos respetaba y que se mantenía al margen de nuestros asuntos siempre y cuando nosotros no nos metiéramos en los suyos porque de hacerlo no iba a quedarse de brazos cruzados aunque eso fuera tan comprensible como el hecho de defenderse si lo atacaban. Justo después me preguntó si tenía alguna pregunta más porque parecía que no iba a dejar pasar la oportunidad de seguir cotilleando y que como él estaba de buen humor y hasta me iba a contestar me recomendaba hacerlo por eso de no perder la oportunidad. Y tenía razón, tenía bastantes preguntas que hacerle y unas cuantas dudas que él podría solucionarme… Mientras él seguía jugueteando con la botella de agua que tenía en las manos y volvía a llenar su vaso para ponerse a beber una media sonrisa apareció en mi rostro y, justo antes de que dejara de nuevo el vaso sobre la mesa y aprovechando que estaba distraído, me levanté y me senté sobre sus piernas, ignorando por completo la mirada que me echó en aquel momento y sonriendo ampliamente mientras rodeaba su cuello con mis brazos.
-Tienes razón, aún tengo más preguntas… ¡Me tienes intrigada, soldadito! Estarás contento… No muchos consiguen interesarme para algo más que para un polvo… - me encogí de hombros y alargué el brazo, cogiendo mi cerveza y dándole un trago para refrescarme un momento antes de volver a mirarlo a los ojos con un sonrisita en los labios. – Me parece perfecto eso de que no tengas nada contra nosotros y te preveo un futuro muy bueno… Casi de aliados. Aunque dices que has conocido a michos de nosotros, sabrás que no todos somos iguales, ¿De quienes eran? ¿La Sacra Corona Unita? ¿La Cosa Nostra? ¿La 'Ndrangheta? ¿o quizá la Camorra? Supongo que a alguien como tú no le importará, la familia es la familia, no? De todas maneras... ¿Cómo así sabes mi idioma? – pregunté acariciándole los labios con un dedo, divertida. – ¿Acaso has tenido una amante o algo así? ¿O quizá un amigo? O… ¿alguien del ejercito? Sí, suena más factible… Supongo que aún tengo una pregunta más, soldadito… Ya me has dicho lo que piensas de mi familia y que no vas a ser un mal chico y a irte de la lengua pero… - me mordí el labio inferior y empecé a recorrer su cuello a base de caricias con mis labios, marciéndolo de vez en cuando e incluso besándolo hasta llegar a su oreja, que mordí y lamí. – ¿Qué piensas de mí?
Sin más, volví a morderle el lóbulo de la oreja y me aparté de él de golpe, sin fiarme demasiado de su disposición a que le comiera el cuello y la oreja de manera tan gratuita y simplemente esperando, divertida, a que volviera a hablar… La mala leche había dejado paso a la diversión y a las ganas de jugar y me apetecía hacerlo con él… Y no solo porque fuera quien más a mano tenía sino porque parecía ser interesante, MUCHO, además… Por lo que me serviría, probablemente, para mucho más que para un simple polvo aunque con lo frígido que se lo veía si quería tirármelo tendría que currármelo bastante porque a él no se le veía por la labor… De todas maneras, quisiera él reconocerlo o no, yo estaba mucho más buena que su amiguita Emily, era mucho más inteligente y podría pasárselo mucho mejor conmigo… Ahora solo faltaba que él no fuera tonto y supiera aprovechar lo que tenía delante y que no se le pasara el arroz… Porque tampoco iba a pasarme toda la vida intentando tirarme a un tío cuando en el mundo había millones… Y la mayoría pagarían porque les hiciera de todo, y eso era un hecho!
Precisamente por eso, las amenazas a mis hombres y después al soldadito me habían salido prácticamente solas porque aunque por dentro estuviera hirviendo de rabia sabía disimular bastante bien y que eso, por fuera, no se notara demasiado así que me limité a esperar que el soldadito respondiera, esperando que fuera lo suficientemente inteligente como para no cavar su propia tumba con sus palabras y su comienzo no sabía exactamente como tomármelo… Lo del chantaje emocional nos encantaba, ahí tenía razón pero también la tenía en que era muy efectivo y cuando algo sale bien no es necesario cambiarlo así que por eso seguíamos aprendiéndolo desde pequeños, los mejores chantajistas éramos los que más alto llegábamos… Eso si no tenías un hermano mayor capullo que lo quisiera todo para él… Continuó diciendo que en unas cosas éramos burdos, haciendo que no pudiera evitar alzar una ceja porque aquel chico empezaba a ganarse demasiadas papeletas para no acabar bien por mucho que lo arreglara diciendo que en otras cosas éramos dignos de respeto. Al final me aclaró que no tenía nada a favor ni en contra de la familia(vamos, la mafia) y que sabía cómo funcionaba porque ya había conocido a varios de los nuestros aunque más disimulados que mis gorilas haciéndome poner los ojos en blanco y asentir con vehemencia cuando dijo que además no tenían excusa de haber estado bebiendo cerveza italiana para haberse puesto así y terminó diciéndome que les había echado una buena bronca, con las amenazas suficientes como para que se tomaran en serio mi autoridad y esas cosas con lo que no pude evitar fruncir el ceño. ¿Además entendía italiano? Vaya perlita me había encontrado aquel día, de verdad…
El soldadito siguió hablando diciéndome que no era plan de decir nada porque sabía de nuestros métodos y de nuestras formas para callar a la gente y que por mucho que pudiera resultar divertido enfrentar al ejército británico y a la mafia no tenía razones para enfadarnos ante lo que asentí mientras él decía que más que serle indiferentes nos respetaba y que se mantenía al margen de nuestros asuntos siempre y cuando nosotros no nos metiéramos en los suyos porque de hacerlo no iba a quedarse de brazos cruzados aunque eso fuera tan comprensible como el hecho de defenderse si lo atacaban. Justo después me preguntó si tenía alguna pregunta más porque parecía que no iba a dejar pasar la oportunidad de seguir cotilleando y que como él estaba de buen humor y hasta me iba a contestar me recomendaba hacerlo por eso de no perder la oportunidad. Y tenía razón, tenía bastantes preguntas que hacerle y unas cuantas dudas que él podría solucionarme… Mientras él seguía jugueteando con la botella de agua que tenía en las manos y volvía a llenar su vaso para ponerse a beber una media sonrisa apareció en mi rostro y, justo antes de que dejara de nuevo el vaso sobre la mesa y aprovechando que estaba distraído, me levanté y me senté sobre sus piernas, ignorando por completo la mirada que me echó en aquel momento y sonriendo ampliamente mientras rodeaba su cuello con mis brazos.
-Tienes razón, aún tengo más preguntas… ¡Me tienes intrigada, soldadito! Estarás contento… No muchos consiguen interesarme para algo más que para un polvo… - me encogí de hombros y alargué el brazo, cogiendo mi cerveza y dándole un trago para refrescarme un momento antes de volver a mirarlo a los ojos con un sonrisita en los labios. – Me parece perfecto eso de que no tengas nada contra nosotros y te preveo un futuro muy bueno… Casi de aliados. Aunque dices que has conocido a michos de nosotros, sabrás que no todos somos iguales, ¿De quienes eran? ¿La Sacra Corona Unita? ¿La Cosa Nostra? ¿La 'Ndrangheta? ¿o quizá la Camorra? Supongo que a alguien como tú no le importará, la familia es la familia, no? De todas maneras... ¿Cómo así sabes mi idioma? – pregunté acariciándole los labios con un dedo, divertida. – ¿Acaso has tenido una amante o algo así? ¿O quizá un amigo? O… ¿alguien del ejercito? Sí, suena más factible… Supongo que aún tengo una pregunta más, soldadito… Ya me has dicho lo que piensas de mi familia y que no vas a ser un mal chico y a irte de la lengua pero… - me mordí el labio inferior y empecé a recorrer su cuello a base de caricias con mis labios, marciéndolo de vez en cuando e incluso besándolo hasta llegar a su oreja, que mordí y lamí. – ¿Qué piensas de mí?
Sin más, volví a morderle el lóbulo de la oreja y me aparté de él de golpe, sin fiarme demasiado de su disposición a que le comiera el cuello y la oreja de manera tan gratuita y simplemente esperando, divertida, a que volviera a hablar… La mala leche había dejado paso a la diversión y a las ganas de jugar y me apetecía hacerlo con él… Y no solo porque fuera quien más a mano tenía sino porque parecía ser interesante, MUCHO, además… Por lo que me serviría, probablemente, para mucho más que para un simple polvo aunque con lo frígido que se lo veía si quería tirármelo tendría que currármelo bastante porque a él no se le veía por la labor… De todas maneras, quisiera él reconocerlo o no, yo estaba mucho más buena que su amiguita Emily, era mucho más inteligente y podría pasárselo mucho mejor conmigo… Ahora solo faltaba que él no fuera tonto y supiera aprovechar lo que tenía delante y que no se le pasara el arroz… Porque tampoco iba a pasarme toda la vida intentando tirarme a un tío cuando en el mundo había millones… Y la mayoría pagarían porque les hiciera de todo, y eso era un hecho!

Adriana P. Gregoletto- Edad: 18
Empleo: Mafiosa
Mensajes: 243
Fecha de inscripción: 19/07/2011
Re: Closer [Jack Thomas] {+18}
A aquellas alturas, ninguno de sus intentos de intentar llevarme a la cama me resultaba descabellado, poco factible o simplemente imposible de suceder, sencillamente porque no me olvidaba de un hecho claro que era reforzado cada vez que hablaba, abría la boca o simplemente se movía, de tan implícito que era en ella: era italiana. Las italianas eran una fauna particular de mujeres, no tan guarras como las francesas o muchas británicas (por desgracia para mi apellido, mi hermana pequeña incluida, porque ella sí que era una zorra de cuidado) pero sí lo suficiente, además por motivos totalmente justificados que explicaban el porqué de su fama, como para que sus actos hablaran por sí mismos antes incluso de que llegaran a realizarlos del todo y por el que eso de no rendirse ni siquiera aunque le hubiera dejado claro (no con palabras, pero sí con el internacional lenguaje corporal) que no me interesaba tener nada con ella no por nada, sino más bien porque no tenía ganas en aquel momento de tirarme a una italiana, además de que yo no era de esa clase de personas que mezclan negocios con placer y, a fin de cuentas, que alguien de la familia en alguna de sus variantes (porque había muchísimas, y eso era un maldito hecho) fuera de quien estábamos hablando reducía bastante la posibilidad de relación aunque ella siguiera en sus trece... exactamente como se esperaba de un ejemplar de italiana tal y como lo era ella, delante de mí.
Poco tardó, sin embargo, en dejar de estar delante de mí. Apenas el tiempo que me costó volver a dejar el vaso de agua en la mesa después de beber fue lo que ella aprovechó para subirse encima de mis piernas, a horcajadas y muy cerca, disfrutando del contacto físico tal y como a las de su guerra les gustaba e ignorando la mirada de ”contigo no, bicho” que en un momento le lancé, porque además de ignorarla hizo exactamente lo contrario: acercarse más, aquella vez pasando los brazos por detrás de mi cuello y sonriendo ampliamente antes de darme la razón en cuanto a las preguntas (previsible en exceso, que es por todos conocido lo marujonas que son las italianas... será la sangre Mediterránea) y empezar a intentar, bastante cutremente, convencerme para echar un polvo... demostrando que la esperanza es lo último que se pierde de la manera más gráfica posible.
Aprovechando, también, la postura en la que estaba y haciendo que me planteara, por un momento, el riesgo de enfrentarme a una vendetta de la mafia sólo por quitármela de encima, ella continuó hablando, citando unas cuantas variedades mafiosas de las que conocía de oídas a todas y por contacto con mis compañeros militares especialmente a la Camorra y a La Cosa Nostra y preguntándome después por qué sabía italiano, enumerando la lista de posibilidades antes de, cómo no, morderme el labio y comerme el cuello antes de ir a mi oreja y preguntar lo que verdaderamente le interesaba de todo aquello, lo que pensaba de ella. ¿Tanta necesidad tenía de escuchar de mi boca las palabras que acreditaran que me caía bien o mal? ¿No le bastaba lo que Dios pensara de ella, que era más que suficiente se mirara por donde se mirase? Aunque teniendo en cuenta que yo era el mejor soldado de Dios, mi opinión podía servir como preámbulo a la de Él y era algo razonable que la pidiera, pese a que suponía e imaginaba (también porque era predecible a más no poder) que lo hacía por aumentar su ego y por ver si tenía oportunidades conmigo... y no exactamente.
– Sé el suficiente italiano para entenderos si no adoptáis el complejo de Ferrari o Lamborghini y empezáis a hablar tan rápido como si os fuera la vida en ello o con el dialecto más rural de la Italia más profunda, la de la 'Ndrangheta, y algo para defenderme, pero teniendo en cuenta que todo lo he aprendido a base de escuchar a mis compañeros militares no pretendas que mi dominio sea excesivo... Otros idiomas se me dan mejor que el italiano, aunque en un apuro podría defenderme. Y no niegues la posibilidad de haber tenido alguna amante italiana, Adriana, nunca se sabe y no voy a ser yo quien lo confirma o desmienta. – dije, separándome instintivamente de ella y de su cercanía e, incluso, apoyando las manos en sus muslos para separarla algo más de mí desde la propia base de su asiento sobre mis piernas. No entendía la manía que tenía de buscar el contacto físico, de verdad... con lo poco que me gustaba a mí que me tocaran cuando yo no quería, ella parecía buscar exactamente eso, demostrarme lo diferentes que éramos y que pese a que se suponía que tenía que odiarla (porque era una zorra por mucho que estuviera implícito en su acervo cultural y no pudiera quitárselo de encima así como así) no era así porque, en cierta manera, la respetaba... No tanto por ser mafiosa, que no me daban miedo en absoluto, sino más bien por haberme librado de alguien más pesado que un cadáver en brazos: Emily.
Adriana, sin embargo, no iba a darse por vencida tan fácilmente por esa cabezonería propia que mostraban siempre los italianos y, puesto a librarme de tenerla encima (que probablemente lo haría si contestaba y no le daba motivos para convencerme), la mejor opción que no implicara recurrir a la violencia, ya que apartarla sutilmente había tenido un resultado nulo al volver a acercarse ella a mí, eran las palabras.
– A ver, de ti... No comparto ni tu modo de pensar, ni tu modo de vida ni esa extraña afición que tienes por beber alcohol a estas horas de la mañana, aunque yo no lo beba nunca. Tampoco comparto tu falta de disimulo a la hora de hacer las cosas, como echar a los clientes del año de Nastro Azzuro y fanáticos del Milán en sus ratos libres, pero sí que es cierto que comparto contigo el disgusto por Emily y por la gente que nos vigila cuando es lo último que nos apetece. Eres... italiana, simplemente. De ahí puedes sacarlo todo: eres testaruda, orgullosa, con un desparpajo y una falta de vergüenza importante, incapaz de cerrar las piernas, echada para adelante... Y dejando aparte lo genérico, eres interesante y una aliada potencial que, pese a todo, me entretiene... cuando se me quita de encima. – respondí, aprovechando las últimas palabras para hacer exactamente eso, bajarla de mis piernas, y dejarla sentada a mi lado con una distancia prudencial de unos cuantos centímetros que, conociéndola, se encargaría de romper en cuanto tuviera la oportunidad de hacerlo... eso si no la distraía, claro, porque algo que también tenías los italianos que los asemejaba en cierto modo a animales como los gatos era que su atención era muy fácil de desviar de lo que tú no querías que trataran. ¿Cómo hacerlo? Fácil. Una pregunta mía hacia ella.
– Y ¿de cuál de todas esas ramas de la gran familia eres tú, Adriana? ¿Cuál es la historia que se esconde detrás de la italiana que tengo al lado? Y te preguntaría qué piensas de mí, pero a decir verdad me da bastante igual... Así que te preguntaré alguna otra cosa relacionada, ¿esto es sólo por cómo me queda el uniforme particularmente o eres igual con todos los tíos vestidos de soldados? Porque tendré que poner nuevos límites en la opinión que tenía de las italianas, a este paso... – dije, esbozando una sonrisa taimada que contrastaba con la frialdad general tanto de mi cuerpo como de mis ojos, especialmente de mis ojos.
Poco tardó, sin embargo, en dejar de estar delante de mí. Apenas el tiempo que me costó volver a dejar el vaso de agua en la mesa después de beber fue lo que ella aprovechó para subirse encima de mis piernas, a horcajadas y muy cerca, disfrutando del contacto físico tal y como a las de su guerra les gustaba e ignorando la mirada de ”contigo no, bicho” que en un momento le lancé, porque además de ignorarla hizo exactamente lo contrario: acercarse más, aquella vez pasando los brazos por detrás de mi cuello y sonriendo ampliamente antes de darme la razón en cuanto a las preguntas (previsible en exceso, que es por todos conocido lo marujonas que son las italianas... será la sangre Mediterránea) y empezar a intentar, bastante cutremente, convencerme para echar un polvo... demostrando que la esperanza es lo último que se pierde de la manera más gráfica posible.
Aprovechando, también, la postura en la que estaba y haciendo que me planteara, por un momento, el riesgo de enfrentarme a una vendetta de la mafia sólo por quitármela de encima, ella continuó hablando, citando unas cuantas variedades mafiosas de las que conocía de oídas a todas y por contacto con mis compañeros militares especialmente a la Camorra y a La Cosa Nostra y preguntándome después por qué sabía italiano, enumerando la lista de posibilidades antes de, cómo no, morderme el labio y comerme el cuello antes de ir a mi oreja y preguntar lo que verdaderamente le interesaba de todo aquello, lo que pensaba de ella. ¿Tanta necesidad tenía de escuchar de mi boca las palabras que acreditaran que me caía bien o mal? ¿No le bastaba lo que Dios pensara de ella, que era más que suficiente se mirara por donde se mirase? Aunque teniendo en cuenta que yo era el mejor soldado de Dios, mi opinión podía servir como preámbulo a la de Él y era algo razonable que la pidiera, pese a que suponía e imaginaba (también porque era predecible a más no poder) que lo hacía por aumentar su ego y por ver si tenía oportunidades conmigo... y no exactamente.
– Sé el suficiente italiano para entenderos si no adoptáis el complejo de Ferrari o Lamborghini y empezáis a hablar tan rápido como si os fuera la vida en ello o con el dialecto más rural de la Italia más profunda, la de la 'Ndrangheta, y algo para defenderme, pero teniendo en cuenta que todo lo he aprendido a base de escuchar a mis compañeros militares no pretendas que mi dominio sea excesivo... Otros idiomas se me dan mejor que el italiano, aunque en un apuro podría defenderme. Y no niegues la posibilidad de haber tenido alguna amante italiana, Adriana, nunca se sabe y no voy a ser yo quien lo confirma o desmienta. – dije, separándome instintivamente de ella y de su cercanía e, incluso, apoyando las manos en sus muslos para separarla algo más de mí desde la propia base de su asiento sobre mis piernas. No entendía la manía que tenía de buscar el contacto físico, de verdad... con lo poco que me gustaba a mí que me tocaran cuando yo no quería, ella parecía buscar exactamente eso, demostrarme lo diferentes que éramos y que pese a que se suponía que tenía que odiarla (porque era una zorra por mucho que estuviera implícito en su acervo cultural y no pudiera quitárselo de encima así como así) no era así porque, en cierta manera, la respetaba... No tanto por ser mafiosa, que no me daban miedo en absoluto, sino más bien por haberme librado de alguien más pesado que un cadáver en brazos: Emily.
Adriana, sin embargo, no iba a darse por vencida tan fácilmente por esa cabezonería propia que mostraban siempre los italianos y, puesto a librarme de tenerla encima (que probablemente lo haría si contestaba y no le daba motivos para convencerme), la mejor opción que no implicara recurrir a la violencia, ya que apartarla sutilmente había tenido un resultado nulo al volver a acercarse ella a mí, eran las palabras.
– A ver, de ti... No comparto ni tu modo de pensar, ni tu modo de vida ni esa extraña afición que tienes por beber alcohol a estas horas de la mañana, aunque yo no lo beba nunca. Tampoco comparto tu falta de disimulo a la hora de hacer las cosas, como echar a los clientes del año de Nastro Azzuro y fanáticos del Milán en sus ratos libres, pero sí que es cierto que comparto contigo el disgusto por Emily y por la gente que nos vigila cuando es lo último que nos apetece. Eres... italiana, simplemente. De ahí puedes sacarlo todo: eres testaruda, orgullosa, con un desparpajo y una falta de vergüenza importante, incapaz de cerrar las piernas, echada para adelante... Y dejando aparte lo genérico, eres interesante y una aliada potencial que, pese a todo, me entretiene... cuando se me quita de encima. – respondí, aprovechando las últimas palabras para hacer exactamente eso, bajarla de mis piernas, y dejarla sentada a mi lado con una distancia prudencial de unos cuantos centímetros que, conociéndola, se encargaría de romper en cuanto tuviera la oportunidad de hacerlo... eso si no la distraía, claro, porque algo que también tenías los italianos que los asemejaba en cierto modo a animales como los gatos era que su atención era muy fácil de desviar de lo que tú no querías que trataran. ¿Cómo hacerlo? Fácil. Una pregunta mía hacia ella.
– Y ¿de cuál de todas esas ramas de la gran familia eres tú, Adriana? ¿Cuál es la historia que se esconde detrás de la italiana que tengo al lado? Y te preguntaría qué piensas de mí, pero a decir verdad me da bastante igual... Así que te preguntaré alguna otra cosa relacionada, ¿esto es sólo por cómo me queda el uniforme particularmente o eres igual con todos los tíos vestidos de soldados? Porque tendré que poner nuevos límites en la opinión que tenía de las italianas, a este paso... – dije, esbozando una sonrisa taimada que contrastaba con la frialdad general tanto de mi cuerpo como de mis ojos, especialmente de mis ojos.

Jack Thomas- Edad: 19
Empleo: Militar
Mensajes: 124
Fecha de inscripción: 01/08/2011
Re: Closer [Jack Thomas] {+18}
Me encantaba jugar y eso era un maldito hecho por lo que cada vez que tenía cerca a alguien interesante y futuro polvo en potencia me gustaba jugar un poco y Jack no iba a ser una excepción, más bien, porque no había de eso. Me gustaba, era divertido ver lo serio e incluso soso que podía parecer pero ese toque de picardía, de misterio y de ego… Le daban ese puntito que tantísimo me traía y eso por no hablar de su cuerpazo que eso, simplemente, eran palabras mayores. Me había tirado a unos cuantos militares antes, iraníes con cuerpazos de infarto, italianos de permiso, americanos de visita, algún que otro británico, turcos incluso, griegos, españoles, franceses, egipcios… Y todos ellos habían sido increíbles en la cama y estaban buenísimos pero es que mi amiguito el soldadito tenía un culo que… Bufff, sin palabras, de verdad… Así que sí, por si quedaba alguna duda después de todo, quería tirármelo. Aunque por desgracia él no parecía pensar lo mismo aunque a lo mejor era gay y todo… No era demasiado descabellado pero, sin duda, sería un desperdicio tremendo! El soldadito parecía algo incómodo conmigo encima pero aún así no tardo demasiado en contestar, diciéndome que sabía el suficiente italiano para entendernos y diciéndome, básicamente, que no habría pillado una palabra de lo que había dicho de haber ido más rápido e iba a soltar una maldad pero me callé mientras él seguía hablando, también del dialecto ininteligible hasta para los propios italianos de de la 'Ndrangheta y que lo que había aprendido había sido por sus compañeros militares pero que otro idiomas se le daban mejor aunque podía defenderse. Me encogí de hombros porque si quería aprender italiano en condiciones yo me ofrecía como profesora particular… Aunque como mejor se aprendía era cuando se lo susurrabas a alguien al oído mientras le dabas, además, el mejor polvo de toda su vida. Jack terminó diciéndome que no negara la posibilidad de que hubiera tenido alguna amante italiana pero que él ni lo confirmaba ni lo desmentía y no pude evitar alzar una ceja, divertida. ¿Entonces no era gay? Bien, bien… Pues si había estado con alguna italiana antes se olvidaría de ella porque conmigo sería mucho mejor… Práctica y eso. Él se separó un poco de mí, apoyando sus manos en mis muslos y separándome también un poco de su cuerpo, buscando recuperar algo de espacio vital y, si quería separarme un poco, yo iba a darle el caprichito porque más tarde o más temprano volvería a pegarme a él… Y, la verdad, fue más temprano que tarde, porque enseguida me volví a pegar más aún que antes a su cuerpo, con una sonrisa inocentona mientras lo miraba a los ojos… Que no estaban mal, tampoco.
Finalmente, el soldadito, se decidió a contestar la pregunta realmente interesante de las que le había hecho y comenzó diciéndome que no compartía ni mi modo de pensar, ni mi modo de vida, ni mi afición por beber alcohol a esas horas de la mañana y que él no bebía nunca… Y solo con eso ya había ganado aún más puntos porque odiaba a la gente que se drogaba y los que bebían… Bueno, no me daban tanta rabia porque yo misma lo hacía pero tampoco eran santo de mi devoción los borrachos que no saben distinguir una mujer de una farola. Continuó con más cosas que no compartía, como mi falta de disimulo y la forma en la que había echado a “los clientes del año de la Nastro Azzurro y fanáticos del Milan en sus ratos libres” pero que compartía conmigo el disgusto por la pánfila de Emily y por la gente que nos vigila cuando no nos apetece… Bueno, algo era algo, no? No iba a ser todo malo. No pude evitar sonreír de lado, satisfecha cuando dijo que era italiana y que de ahí podía sacarlo todo, aumentando mi ego, mi orgullo y mi vena patriótica mientras me describía con sus palabras: testaruda, orgullosa, mucho desparpajo y sinvergüenza, incapaz de cerrar las piernas, echada para delante… Vamos, la historia de mi vida. Aunque, dejando aparte lo genético, según él, era interesante y una aliada potencial que lo entretenía… sobretodo cuando me quitaba de encima y aprovechó ese momento para hacer lo propio y sentarme a su lado mientras yo lo miraba, medio picada, porque me hubiera apartado así. No iba a quedarse tan de rositas después de apartarme así y yo ya estaba dándole vueltas a mi venganza, al igual que al tema ese de que mi amiguito podía ser gay al final y todo mientras él decidió volver a hablar, esta vez, preguntándome a mí de cuál de las ramas de la familia era yo y que cuál era mi historia. No pude evitar alzar una ceja, que se completó con una media sonrisa cuando él dijo que me preguntaría que pensaba de él de no ser porque no le importaba lo más mínimo pero que me preguntaría algo relacionado que era que si aquello era solo por cómo le quedaba el uniforme o porque era así con todos los tíos vestidos de soldado porque entonces tendría que poner nuevos límites a lo que pensaba de las italianas mientras sonreía. Yo no pude evitar soltar una risita, negando con la cabeza mientras me mordía el labio inferior y negaba con la cabeza. – Tranquilo esto no es cosa de TODAS las italianas… Yo soy especial aunque eso ya lo irás descubriendo… Y no es por cómo te quede el uniforme o porque sea así con todos… Porque en mayor o menor medida lo soy, pero suelo tener menos paciencia y querer menos cosas de ellos, es decir, no me pongo a hablar ni a intentar conocerlos porque no me suele importar quienes sean, de donde sean o a lo que se dediquen… Tú en cambio… Me tienes intrigada, la verdad, y como no soy idiota y sé que no quieres nada conmigo por muy convincente que me ponga, al menos de momento, aprovecho y te conozco un poco más… Aunque resulte que al final es al contrario… – me encogí de hombros y llevé la mano de nuevo a mi cerveza para darle un trago, casi terminándomela y dejándole claro que podría hacerme mucho la tonta… Pero que no tenía ni un pelo de ello.
Al final, me terminé mi cerveza y lo miré, suspirando, antes de pasarme una mano por el pelo mientras me pensaba en responderle de verdad o no a la pregunta que me había hecho… Él ya sabía que era mafiosa y, probablemente, si quería podría descubrir de qué rama y quién era yo solo con meterse en archivos a los que los militares tenían acceso y con mi nombre y apellido saldría todo así que era o decírselo por las buenas o que lo descubriera él por otras fuentes… Y si, como él decía, era un posible aliado, lo mejor sería decírselo. – Y en cuanto a lo de mi historia… Supongo que sabiendo lo que sabes de mí poco importa que te lo cuente yo o no porque podrías descubrirlo si quisieras así que… Mi padre es Alessandro Annibale Gregoletto, líder de una de las facciones más poderosas de la Camorra napolitana, mi hermano y yo nacimos en Roma para evitar sospechas pero pronto nos mudamos a Nápoles y desde bien pequeños empezamos a seguir las órdenes de mi padre: robar, extorsionar, traficar, pegar palizas… Más tarde fue torturar y ahora mi hermano está en América, haciéndose con cada vez más poder y controlando el contrabando de armas y de drogas además de otras muchas cosas y yo… Me tengo que quedar aquí sin poder hacer prácticamente nada porque corro peligro de que quieran matarme… Y esa, soldadito, es la historia de mi vida. – hice una mueca y solté un bufido, asqueada de mi propia historia, sobretodo, de la parte de tener que estar recluida en medio del reino unido para protegerme aunque me salté la parte de que yo era el contacto de mi hermano en el reino unido para traficar y eso de que seguía estando “en activo” aunque probablemente se lo imaginara porque sino no me seguirían tan de cerca mis “amigos”. – Los dos a los que les he echado la bronca son Enzo y Marco, de mi escolta personal, se mudaron aquí junto a algunos miembros más de mi “familia” para asegurarse de que todo iba bien y de que no pasaba nada pero han pasado de estar de las ordenes de mi padre a las mías y de las mías a la de mi hermano… Y ahora los tengo siguiéndome como perritos falderos todo el santo día… Y créeme, es insufrible. Con lo bien que se me da torturar deberían tenerme algo de respeto porque como me cabree un poco podrían enterarse, la verdad… – comenté pensativa, más para mí misma que para él, pero me limité a sonreírle ampliamente, como dejando claro que iba a pasar de tema.
-Y bueno, soldadito, yo te he contado mi historia y te he aburrido un rato… ¿Por qué no me cuentas tú tu historia ahora? Porque no me creo que seas un simple soldadito sin nada más interesante que contarme… Se te ve en los ojos… Escondes más… Aunque si no quieres contármelo puedo volver a intentar llevarte a la cama, por mí perfecto… Ganas no me faltan, además… Tengo curiosidad por saber cuál es la marca de tus bóxers… - me mordí el labio inferior, divertida, mientras volvía a acercarme a él, dándole un suave mordisco en el lóbulo de la reja y tentándolo a que hablara si no quería que me volviera a lanzar como antes… o peor. Que chantajista y que mala era, de verdad… Pero bueno, ¿Qué podía hacer? ¡Eran cosas de familia!
Finalmente, el soldadito, se decidió a contestar la pregunta realmente interesante de las que le había hecho y comenzó diciéndome que no compartía ni mi modo de pensar, ni mi modo de vida, ni mi afición por beber alcohol a esas horas de la mañana y que él no bebía nunca… Y solo con eso ya había ganado aún más puntos porque odiaba a la gente que se drogaba y los que bebían… Bueno, no me daban tanta rabia porque yo misma lo hacía pero tampoco eran santo de mi devoción los borrachos que no saben distinguir una mujer de una farola. Continuó con más cosas que no compartía, como mi falta de disimulo y la forma en la que había echado a “los clientes del año de la Nastro Azzurro y fanáticos del Milan en sus ratos libres” pero que compartía conmigo el disgusto por la pánfila de Emily y por la gente que nos vigila cuando no nos apetece… Bueno, algo era algo, no? No iba a ser todo malo. No pude evitar sonreír de lado, satisfecha cuando dijo que era italiana y que de ahí podía sacarlo todo, aumentando mi ego, mi orgullo y mi vena patriótica mientras me describía con sus palabras: testaruda, orgullosa, mucho desparpajo y sinvergüenza, incapaz de cerrar las piernas, echada para delante… Vamos, la historia de mi vida. Aunque, dejando aparte lo genético, según él, era interesante y una aliada potencial que lo entretenía… sobretodo cuando me quitaba de encima y aprovechó ese momento para hacer lo propio y sentarme a su lado mientras yo lo miraba, medio picada, porque me hubiera apartado así. No iba a quedarse tan de rositas después de apartarme así y yo ya estaba dándole vueltas a mi venganza, al igual que al tema ese de que mi amiguito podía ser gay al final y todo mientras él decidió volver a hablar, esta vez, preguntándome a mí de cuál de las ramas de la familia era yo y que cuál era mi historia. No pude evitar alzar una ceja, que se completó con una media sonrisa cuando él dijo que me preguntaría que pensaba de él de no ser porque no le importaba lo más mínimo pero que me preguntaría algo relacionado que era que si aquello era solo por cómo le quedaba el uniforme o porque era así con todos los tíos vestidos de soldado porque entonces tendría que poner nuevos límites a lo que pensaba de las italianas mientras sonreía. Yo no pude evitar soltar una risita, negando con la cabeza mientras me mordía el labio inferior y negaba con la cabeza. – Tranquilo esto no es cosa de TODAS las italianas… Yo soy especial aunque eso ya lo irás descubriendo… Y no es por cómo te quede el uniforme o porque sea así con todos… Porque en mayor o menor medida lo soy, pero suelo tener menos paciencia y querer menos cosas de ellos, es decir, no me pongo a hablar ni a intentar conocerlos porque no me suele importar quienes sean, de donde sean o a lo que se dediquen… Tú en cambio… Me tienes intrigada, la verdad, y como no soy idiota y sé que no quieres nada conmigo por muy convincente que me ponga, al menos de momento, aprovecho y te conozco un poco más… Aunque resulte que al final es al contrario… – me encogí de hombros y llevé la mano de nuevo a mi cerveza para darle un trago, casi terminándomela y dejándole claro que podría hacerme mucho la tonta… Pero que no tenía ni un pelo de ello.
Al final, me terminé mi cerveza y lo miré, suspirando, antes de pasarme una mano por el pelo mientras me pensaba en responderle de verdad o no a la pregunta que me había hecho… Él ya sabía que era mafiosa y, probablemente, si quería podría descubrir de qué rama y quién era yo solo con meterse en archivos a los que los militares tenían acceso y con mi nombre y apellido saldría todo así que era o decírselo por las buenas o que lo descubriera él por otras fuentes… Y si, como él decía, era un posible aliado, lo mejor sería decírselo. – Y en cuanto a lo de mi historia… Supongo que sabiendo lo que sabes de mí poco importa que te lo cuente yo o no porque podrías descubrirlo si quisieras así que… Mi padre es Alessandro Annibale Gregoletto, líder de una de las facciones más poderosas de la Camorra napolitana, mi hermano y yo nacimos en Roma para evitar sospechas pero pronto nos mudamos a Nápoles y desde bien pequeños empezamos a seguir las órdenes de mi padre: robar, extorsionar, traficar, pegar palizas… Más tarde fue torturar y ahora mi hermano está en América, haciéndose con cada vez más poder y controlando el contrabando de armas y de drogas además de otras muchas cosas y yo… Me tengo que quedar aquí sin poder hacer prácticamente nada porque corro peligro de que quieran matarme… Y esa, soldadito, es la historia de mi vida. – hice una mueca y solté un bufido, asqueada de mi propia historia, sobretodo, de la parte de tener que estar recluida en medio del reino unido para protegerme aunque me salté la parte de que yo era el contacto de mi hermano en el reino unido para traficar y eso de que seguía estando “en activo” aunque probablemente se lo imaginara porque sino no me seguirían tan de cerca mis “amigos”. – Los dos a los que les he echado la bronca son Enzo y Marco, de mi escolta personal, se mudaron aquí junto a algunos miembros más de mi “familia” para asegurarse de que todo iba bien y de que no pasaba nada pero han pasado de estar de las ordenes de mi padre a las mías y de las mías a la de mi hermano… Y ahora los tengo siguiéndome como perritos falderos todo el santo día… Y créeme, es insufrible. Con lo bien que se me da torturar deberían tenerme algo de respeto porque como me cabree un poco podrían enterarse, la verdad… – comenté pensativa, más para mí misma que para él, pero me limité a sonreírle ampliamente, como dejando claro que iba a pasar de tema.
-Y bueno, soldadito, yo te he contado mi historia y te he aburrido un rato… ¿Por qué no me cuentas tú tu historia ahora? Porque no me creo que seas un simple soldadito sin nada más interesante que contarme… Se te ve en los ojos… Escondes más… Aunque si no quieres contármelo puedo volver a intentar llevarte a la cama, por mí perfecto… Ganas no me faltan, además… Tengo curiosidad por saber cuál es la marca de tus bóxers… - me mordí el labio inferior, divertida, mientras volvía a acercarme a él, dándole un suave mordisco en el lóbulo de la reja y tentándolo a que hablara si no quería que me volviera a lanzar como antes… o peor. Que chantajista y que mala era, de verdad… Pero bueno, ¿Qué podía hacer? ¡Eran cosas de familia!

Adriana P. Gregoletto- Edad: 18
Empleo: Mafiosa
Mensajes: 243
Fecha de inscripción: 19/07/2011
Re: Closer [Jack Thomas] {+18}
Su ego era tan grande como el Coliseo, la Torre de Pisa y, en general, todos los monumentos de los que dispone Italia sumados uno detrás de otro para abarcar la enormidad del mismo, y a pesar de todo no resultaba tan aburrida como lo resultaban las personas con esa clase de soberbia y esa tendencia a sobrevalorarse más de lo que realmente valen... que no suele ser mucho. El hecho de que fuera mafiosa anulaba aquella valía, porque si por ella misma no era capaz de librarse de los problemas o de atajarlos siempre tendría a alguien (subordinado, familiar, amigo o simplemente compañero) dispuesto a echar un cable, sobre todo si se trataba de una vendetta, y quizá era aquello lo que le daba, ante mis ojos, algo de justificación para que se creyera tan especial como no lo era, que tenía recursos. No hay que malinterpretar: la mafia es una secta a la que no le cae bien el nombre secta y tiene que buscarse uno diferente para tapar la misma realidad. Se dedican prácticamente a lo mismo (desde robar a extorsionar, pasando por violar y dar palizas entre otras muchas cosas); es tan difícil, por no decir imposible a no ser que no tengas nada que perder, salir de una como salir de la otra; hay una relación parecida, entre camaradería y deber, entre los miembros... y en cierto modo en eso se parecían al ejército, si bien nosotros éramos mejores se mirara por donde se mirase por la labor que desempeñábamos: defender. Luchábamos por nuestro país, por el bienestar de las personas de bien y por eliminar las amenazas externas en pos de la seguridad de nuestra patria... y las sectas y las mafias a veces luchaban por eso, pero la mayoría de las veces lo hacían por beneficio propio y eso minaba bastante sus objetivos y la valoración de cualquier persona con criterio sobre ellos.
Obviando la parte del ego, Adriana respondió que frente a las excepciones de otros soldados u otros hombres, yo le interesaba (qué... ¿halago?) y después contestó a mi pregunta de su vida, contándome que era la hija de uno de los líderes de la Camorra y que desde pequeñita había sido una joya mafiosa igual que todas las demás, además de que su hermano se había ido a América a hacerse poderoso y ella se había quedado en el Reino Unido según ella sin poder hacer nada porque corría peligro. Típica hija de papá de toda historia o sociedad que se precie, sólo que en su caso era con la variación de que era mafiosa y, por ende, más peligrosa... aunque igual de caprichosa, a juzgar por lo que había visto hasta aquel momento. Confirmó su carácter de niña de papá con los dos gorilas que tenía de escolta personal, y a los que presentó como Enzo y Marco, y añadió un dato más interesante que lo demás, que era que se le daban bien las torturas... algo que teníamos en común, pese a que ella no lo sabía... aún, porque no pudo dejar pasar la oportunidad de decirme que o le contaba yo mismo la historia de mi vida o volvería a atacar e invadir mi espacio vital... y que le encantaría, de paso, saber la marca de mis boxers, una excusa como otra cualquiera para decir que se moría de ganas de desnudarme y de hacerme de todo. Como si no lo supiera... Por favor, que era militar, no imbécil ni ciego, y que había visto su actitud desde que la había conocido, hacía menos de una hora a pesar de todo.
– Mi historia no tiene nada de especial, en realidad. Nací en Bristol hace veintiséis años, de una familia bien situada económicamente. Estudié, fui al colegio y esas cosas y nació mi hermana pequeña cuando tenía siete años. Crecí con ella porque mis padres apenas estaban en casa y cuando tuve la edad suficiente me alisté en el ejército, poca cosa más. Lo único que cabe destacar de la historia es que parece ser que las cosas se liaron pardas en mi ausencia porque, después, mi hermana empezó a estar fuera de control de lo que mis padres y yo le habíamos enseñado que era el camino correcto y se mudó a Londres para estudiar y vivir la vida loca... sin seguir el ejemplo de lo que es bueno y no a los ojos de Dios. – dije, mencionando a mi hermana Charlotte de pasada y volviendo a centrarme, enseguida, en retomar la historia que o le contaba o se me subía encima, y prefería tener a la italiana a una distancia prudencial... por si acaso, que tampoco me apetecía mezclar negocios y placer pese a estar ella tan dispuesta. Yo no lo estaba, y eso era lo más importante de todo.
– Cuando pude ir al ejército, primero estuve unos años aquí en Inglaterra en la base militar para entrenarme y después me enviaron a Irak. Allí, según cambiaban los generales como quien cambia de pasta de dientes, me tocaba ponerme en un puesto u otro: a veces interrogaba, a veces salía a campo abierto a realizar misiones con la población local, a veces torturaba... según tocaba, ya te digo. Y de vez en cuando he podido tener permisos para volver al Reino Unido y estar descansando algún tiempo antes de volver al frente de batalla, que es donde más se me necesita... El mundo está podrido, y hay que eliminar esa podredumbre de la manera más eficaz posible. – añadí, antes de encogerme de hombros y acariciar el vidrio del vaso de agua con los dedos un momento, medio sonriendo antes de volver a clavar la mirada en ella y, también, antes de llevarme una mano a la cintura de los pantalones y bajarla lo suficiente para que ella viera la cintura de mis boxers con la marca en ellos.
– Calvin Klein, italiana... Mis boxers son Calvin Klein. – murmuré, volviendo a poner los pantalones en su sitio y bajando de nuevo la camiseta interior hasta que estuvo a la altura a la que debía estar, tapando mis abdominales y mi torso en general en vez de seguir haciendo que me planteara ponerle el vaso vacío debajo de la barbilla para que lo llenara con sus babas.
No me importaba que mirara. Podía, de hecho, seguir haciéndolo si le hacía especial ilusión comerme con la mirada y convencerse de que esa era la única manera de la que podría comerme porque no habría otra por mucho que fuera el vivo ejemplo de que la esperanza era lo último que se perdía, sobre todo en cuestión de hombres... Italianas, siempre tan ardientes, por no decir directamente calentorras, que nunca pierden la oportunidad no vaya a ser que la otra persona se distraiga y diga que sí... aunque conmigo no iba a tenerlo tan fácil como lo tendría con los demás, y eso era mejor que lo asimilara de una vez.
– Así que tu padre y tu hermano te han dejado sola controlando el cotarro... Fascinante, aunque al menos eso dice mucho de mi nueva aliada. No aparentas ser un alto mando, Paola, y eso que sé de buena tinta que las apariencias no son nada comparadas con lo que realmente se es, pero aún así... Es bueno saberlo. Y algo me dice, llámalo instinto de soldado o simplemente que resulta bastante obvio, que si piensan que no vas a hacer nada sólo porque corres peligro de que te maten van listos porque no tienes pinta de que te vaya que te controlen... Ni tampoco de que sea fácil hacer que corras peligro. No pareces esa clase de persona, y en esto sí que puedo saber que tengo razón porque sé bastante. No eres la única buena en torturas... Y de eso se aprende mucho, sobre todo a conocer a las personas... o a los animales, que es en lo que la mayoría de ellos acaban convirtiéndose. – añadí, alzando las cejas al final porque había empezado a vibrar algo en el pantalón a la altura de mi bolsillo y resultó ser mi móvil, que había empezado a utilizar en cuanto había volado de vuelta al Reino Unido ya que en el frente tenía la misma utilidad que una pluma contra un enemigo armado. El mensaje que había sonado era de mis padres dándome la enhorabuena por haber obtenido el permiso y recordándome que tenía cena familiar con ellos y con mi “adorada” hermana, a la que probablemente tendría que ir a buscar para llevarla con ellos y, básicamente, hacer de canguro... como si no fuera mejor que eso.
– Acabo de llegar y ya tengo la agenda apretada... Parezco un integrante de tu familia, Paola... Y me gusta más Paola que Adriana, te pega más, aunque el mejor nombre que te va a ti es el de italiana, pero la historia de tu vida no me convence lo suficiente como para no preguntarte nada más, así que en vista de que tengo tiempo libre antes de los deberes y obligaciones voy a ello. ¿Tu ropa interior también es de marca o directamente ni llevas? ¿Cuánto tiempo llevas en el Reino Unido? ¿Toda tu escolta personal es tan mala como Enzo y Marco o son sólo lo peor que te has podido encontrar y que te han encasquetado, ya que dices que están a las órdenes de tu hermano? Y... ¿Alessandro Annibale Gregoletto no es el mismo que lleva dando esquinazo y quebraderos a la policía, la internacional incluso, bastante tiempo? Se dice que ha desaparecido... – pregunté, con genuina curiosidad aunque no excesivamente acuciante porque podía sobrevivir perfectamente sin saberlo y entrecerrando los ojos un momento al mirarla, estudiando su expresión... porque, con suerte, me diría más que unas simples palabras que tan bien podían ser utilizadas para mentir.
Obviando la parte del ego, Adriana respondió que frente a las excepciones de otros soldados u otros hombres, yo le interesaba (qué... ¿halago?) y después contestó a mi pregunta de su vida, contándome que era la hija de uno de los líderes de la Camorra y que desde pequeñita había sido una joya mafiosa igual que todas las demás, además de que su hermano se había ido a América a hacerse poderoso y ella se había quedado en el Reino Unido según ella sin poder hacer nada porque corría peligro. Típica hija de papá de toda historia o sociedad que se precie, sólo que en su caso era con la variación de que era mafiosa y, por ende, más peligrosa... aunque igual de caprichosa, a juzgar por lo que había visto hasta aquel momento. Confirmó su carácter de niña de papá con los dos gorilas que tenía de escolta personal, y a los que presentó como Enzo y Marco, y añadió un dato más interesante que lo demás, que era que se le daban bien las torturas... algo que teníamos en común, pese a que ella no lo sabía... aún, porque no pudo dejar pasar la oportunidad de decirme que o le contaba yo mismo la historia de mi vida o volvería a atacar e invadir mi espacio vital... y que le encantaría, de paso, saber la marca de mis boxers, una excusa como otra cualquiera para decir que se moría de ganas de desnudarme y de hacerme de todo. Como si no lo supiera... Por favor, que era militar, no imbécil ni ciego, y que había visto su actitud desde que la había conocido, hacía menos de una hora a pesar de todo.
– Mi historia no tiene nada de especial, en realidad. Nací en Bristol hace veintiséis años, de una familia bien situada económicamente. Estudié, fui al colegio y esas cosas y nació mi hermana pequeña cuando tenía siete años. Crecí con ella porque mis padres apenas estaban en casa y cuando tuve la edad suficiente me alisté en el ejército, poca cosa más. Lo único que cabe destacar de la historia es que parece ser que las cosas se liaron pardas en mi ausencia porque, después, mi hermana empezó a estar fuera de control de lo que mis padres y yo le habíamos enseñado que era el camino correcto y se mudó a Londres para estudiar y vivir la vida loca... sin seguir el ejemplo de lo que es bueno y no a los ojos de Dios. – dije, mencionando a mi hermana Charlotte de pasada y volviendo a centrarme, enseguida, en retomar la historia que o le contaba o se me subía encima, y prefería tener a la italiana a una distancia prudencial... por si acaso, que tampoco me apetecía mezclar negocios y placer pese a estar ella tan dispuesta. Yo no lo estaba, y eso era lo más importante de todo.
– Cuando pude ir al ejército, primero estuve unos años aquí en Inglaterra en la base militar para entrenarme y después me enviaron a Irak. Allí, según cambiaban los generales como quien cambia de pasta de dientes, me tocaba ponerme en un puesto u otro: a veces interrogaba, a veces salía a campo abierto a realizar misiones con la población local, a veces torturaba... según tocaba, ya te digo. Y de vez en cuando he podido tener permisos para volver al Reino Unido y estar descansando algún tiempo antes de volver al frente de batalla, que es donde más se me necesita... El mundo está podrido, y hay que eliminar esa podredumbre de la manera más eficaz posible. – añadí, antes de encogerme de hombros y acariciar el vidrio del vaso de agua con los dedos un momento, medio sonriendo antes de volver a clavar la mirada en ella y, también, antes de llevarme una mano a la cintura de los pantalones y bajarla lo suficiente para que ella viera la cintura de mis boxers con la marca en ellos.
– Calvin Klein, italiana... Mis boxers son Calvin Klein. – murmuré, volviendo a poner los pantalones en su sitio y bajando de nuevo la camiseta interior hasta que estuvo a la altura a la que debía estar, tapando mis abdominales y mi torso en general en vez de seguir haciendo que me planteara ponerle el vaso vacío debajo de la barbilla para que lo llenara con sus babas.
No me importaba que mirara. Podía, de hecho, seguir haciéndolo si le hacía especial ilusión comerme con la mirada y convencerse de que esa era la única manera de la que podría comerme porque no habría otra por mucho que fuera el vivo ejemplo de que la esperanza era lo último que se perdía, sobre todo en cuestión de hombres... Italianas, siempre tan ardientes, por no decir directamente calentorras, que nunca pierden la oportunidad no vaya a ser que la otra persona se distraiga y diga que sí... aunque conmigo no iba a tenerlo tan fácil como lo tendría con los demás, y eso era mejor que lo asimilara de una vez.
– Así que tu padre y tu hermano te han dejado sola controlando el cotarro... Fascinante, aunque al menos eso dice mucho de mi nueva aliada. No aparentas ser un alto mando, Paola, y eso que sé de buena tinta que las apariencias no son nada comparadas con lo que realmente se es, pero aún así... Es bueno saberlo. Y algo me dice, llámalo instinto de soldado o simplemente que resulta bastante obvio, que si piensan que no vas a hacer nada sólo porque corres peligro de que te maten van listos porque no tienes pinta de que te vaya que te controlen... Ni tampoco de que sea fácil hacer que corras peligro. No pareces esa clase de persona, y en esto sí que puedo saber que tengo razón porque sé bastante. No eres la única buena en torturas... Y de eso se aprende mucho, sobre todo a conocer a las personas... o a los animales, que es en lo que la mayoría de ellos acaban convirtiéndose. – añadí, alzando las cejas al final porque había empezado a vibrar algo en el pantalón a la altura de mi bolsillo y resultó ser mi móvil, que había empezado a utilizar en cuanto había volado de vuelta al Reino Unido ya que en el frente tenía la misma utilidad que una pluma contra un enemigo armado. El mensaje que había sonado era de mis padres dándome la enhorabuena por haber obtenido el permiso y recordándome que tenía cena familiar con ellos y con mi “adorada” hermana, a la que probablemente tendría que ir a buscar para llevarla con ellos y, básicamente, hacer de canguro... como si no fuera mejor que eso.
– Acabo de llegar y ya tengo la agenda apretada... Parezco un integrante de tu familia, Paola... Y me gusta más Paola que Adriana, te pega más, aunque el mejor nombre que te va a ti es el de italiana, pero la historia de tu vida no me convence lo suficiente como para no preguntarte nada más, así que en vista de que tengo tiempo libre antes de los deberes y obligaciones voy a ello. ¿Tu ropa interior también es de marca o directamente ni llevas? ¿Cuánto tiempo llevas en el Reino Unido? ¿Toda tu escolta personal es tan mala como Enzo y Marco o son sólo lo peor que te has podido encontrar y que te han encasquetado, ya que dices que están a las órdenes de tu hermano? Y... ¿Alessandro Annibale Gregoletto no es el mismo que lleva dando esquinazo y quebraderos a la policía, la internacional incluso, bastante tiempo? Se dice que ha desaparecido... – pregunté, con genuina curiosidad aunque no excesivamente acuciante porque podía sobrevivir perfectamente sin saberlo y entrecerrando los ojos un momento al mirarla, estudiando su expresión... porque, con suerte, me diría más que unas simples palabras que tan bien podían ser utilizadas para mentir.

Jack Thomas- Edad: 19
Empleo: Militar
Mensajes: 124
Fecha de inscripción: 01/08/2011
Re: Closer [Jack Thomas] {+18}
No había nada que me interesara más que alguien que no caía fácilmente ante mis encantos y mis provocaciones. A ver, no es porque fuera masoca o porque me encantara ganar siempre y fuera una egocéntrica (que también) sino que, simplemente, me encantaban los retos y aquel soldadito era un reto con patas porque ya no es que no le pusiera con lo que fuera que le hiciera o que no demostrara siquiera que había algo de vida en sus pantalones, sino que ni siquiera estaba interesado en mí, en absoluto. ¿Por qué? Dios lo sabría porque lo que era yo… No tenía ni idea. Ya me había planteado antes unas cuantas veces eso de que, quizá, pudiera ser gay o algo así porque lo de la novia había quedado descartado por él mismo... Pero no, aquel soldadito no tenía pinta de que le gustara morder almohadas (o ser el que pone a otros a morderlas…) por lo que la opción de que fuera gay había quedado prácticamente descartada desde el principio porque solo había que verlo, tan estoico, tan frío, tan sexy, tan jodidamente misterioso y con semejante cuerpazo… Y lo mejor sería que dejara de pensar en todo eso para no ponerme a babear e inundar aquel sitio con mis babas, que capaz me veía, porque, además así solo me pondría cachonda y estar ahí, con el calentón, y sin planes de futuro de calmarlo… Como que no era nada agradable así que lo único que me quedaba era pensar ¿por qué leches el maldito soldadito se comportaba así conmigo?
Pero él no parecía dispuesto a dejármelo claro tan fácilmente como iba a contarme su vida cosa que, en aquel momento, empezó a hacer empezando desde el principio a decir que no tenía nada de especial antes de empezar diciéndome que había nacido hacía veintiséis años en Bristol y que su familia estaba bastante bien económicamente, fue al colegio, estudio, su hermana pequeña nació cuando él tenía siete años, creció con ella porque sus padres nunca estaban en casa y cuando tuvo la edad suficiente se alistó en el ejército. Yo asentía ante sus palabras, intrigada, porque, la verdad, aquello realmente me interesaba sobretodo si me servía para descubrir más cosas sobre aquel amiguito que me había encontrado por el camino. Comentó también que en su ausencia a su hermana le dio, básicamente, por vivir la vida loca y se había mudado a Londres “sin seguir el ejemplo de lo que era bueno y no a los ojos de Dios”. Aquella frase me hizo sonreír durante unos fugaces segundos, recordándome en exceso a mi padre y a lo extremadamente religioso que había sido y cómo cosas como esa eran las típicas que diría él sobre mi comportamiento… Aunque también dudé de si, con aquella descripción tan fugaz, podría yo conocer a su hermanita o no que, por la edad que tenía él y la que supuse que tendría ella, se movería por los mismos círculos que yo… Oh, joder, ¿Y si me había liado con su hermana en una noche loca y pasaba a encabezar su lista de enemigos? No me apetecía, como él mismo había dicho, enfrentar al ejército británico y a la mafia por muy divertido que pudiera llegar a ser así que decidí no decir nada ni preguntar más sobre ella para que él siguiera hablando y, básicamente, que fuera lo que Dios quisiera. Él también parecía pensar que lo mejor era dejar el tema de su hermana y continuó hablándome de su estancia en el ejército, diciéndome que primero había estado en Inglaterra pero que después lo habían enviado a Irak y que allí había sido de todo ya que a veces le tocaba interrogar, otras a realizar misiones a campo abierto con los locales, otras torturaba… Y no pude evitar sentir cierta curiosidad por saber cómo torturaba aquel chico porque, la verdad, ya teníamos algo en común y eso era mejor que nada… Y siempre era bueno tener un buen compañero de torturas o, al menos, algún consejero o alguien con quien intercambiar ideas o prácticas. Me dijo también que a veces tenía permisos para volver al Reino Unido y descansar antes de volver al frente, que era donde se le necesitaba, dejándome clara su visión de que el mundo estaba podrido y había que eliminar eso de la manera más eficaz, haciéndome alzar una ceja, flipando por lo colgado que estaba el soldadito de marras pero sin decir absolutamente nada… A veces era mejor callar y esa era una de esas veces, que no me apetecía hablar de más y, después, acabar mal…
Él se encogió de hombros y, segundos después, subió su camiseta interior (dejándome ver sus increíblemente definidos abdominales, tantos en lo poco que enseñó que aquello no podía ser sano ni normal, como mis babas) y bajó un poco la cintura de sus pantalones, enseñándome el borde de sus boxers, donde se leía perfectamente la marca que él repitió, por si estaba demasiado ocupada babeando (que sí) como para reaccionar y leerla o algo, dejando claro que eran Calvin Klein y haciendo que me relamiera visiblemente sin siquiera poder ni querer evitarlo mientras él volvía a bajar su camiseta y yo me despedía de su cuerpazo y es que, con aquello, me había dado aún más ganas de conseguir que aquel soldadito fuera mío… Al menos por una noche… O más si después merecía la pena, al menos, hasta que volviera a irse a la guerra que parecía ser lo que realmente quería. Él, haciendo que volviera a centrarme en sus palabras más que en la imagen de su cuerpazo grabada a fuego en mi mente (gracias memoria fotográfica) comenzó a hablar, esta vez sobre mí, diciéndome que no aparentaba ser un alto mando y ganándose que me encogiera de hombros antes de sonreír con expresión angelical, que no me pegaba en absoluto si me conocías, mientras seguía, clavándome al decir eso de que si pensaban que no iba a hacer nada porque corriera peligro la llevaban clara porque, como él mismo había adivinado, no me iba nada que me controlaran en absoluto y por el hecho de que no era alguien que pudiera correr peligro fácilmente y dijo que eso lo suponía porque, al ser bueno en torturas, aprendes a conocer a las personas… O a los animales en los que se convierten. Asentí ante sus palabras, murmurando un “Amén” mientras él alzaba las cejas y sacaba de su pantalón su móvil, leyendo un mensaje que acababa de llegarle, con él poniendo cara de poker y, conmigo, algo más intrigada por mi amiguito… Aquel chico, de tan misterioso, me tenía con toda la atención puesta en él… Y eso, sin sexo de por medio, no era algo sencillo, así que había que reconocerle que tenía bastante mérito.
Bromeó, diciendo que parecía un miembro de mi familia porque acababa de llegar y ya tenía cosas que hacer pero… Como tenía tiempo iba a seguir preguntándome sobre mi historia, diciéndome además que prefería llamarme Paola porque me pegaba más. Esta vez fue él el que me preguntó por mi marca de ropa interior (o directamente por si llevaba), por cuanto tiempo llevaba allí, por mi escolta y… por mi padre. Me sorprendió bastante que conociera siquiera a mi padre y más aún que supiera su nombre, lo que me hizo tragar saliva y bajar la mirada durante unos segundos antes de volver a mirarlo, con una media sonrisa en los labios, orgullosa. – Sí, ese mismo es. La policía siempre ha estado detrás de él y nunca han conseguido encontrarlo… Ni reunir las pruebas suficientes como para procesarlo. Solo tenían, como siempre, pruebas circunstanciales y sin valor con las que, en un par de días, siempre estaba fuera… Y sí… También tienes razón con eso de que ha desaparecido… Hace algo así como un mes, quizá algo más, dejé de recibir noticias suyas y entonces empecé a recibir órdenes de mi hermano… – callé, de repente, sabiendo que le había dado más información de la que debía a un soldado británico al que acababa de conocer así que me encogí de hombros y decidí pasar a responder otra pregunta. – Enzo y Marco son parte de mi escolta personal desde que tengo uso de razón, conmigo vinieron cinco pero realmente son ellos dos y un tercero, Giovanni, los que se ocupan de mí en exceso aunque desde que mi hermano pasó a tomar el mando se han vuelto más imbéciles, menos precavidos y menos sutiles que yo intentando llevarte a la cama… - sonreí de lado, divertida, antes de morderme el labio inferior. Las cosas claras como aquella había que reconocerlas y estaba bastante claro que él me ponía y que quería tirármelo así que… ¿Para qué negarlo? – En cuanto al tiempo que llevo aquí no llega ni a un año, la verdad, aún estoy prácticamente instalándome aunque conozco la ciudad y todo lo que necesito para empezar con mis “negocios”… En los que, por cierto, me vendría bien alguien como tú… - me encogí de hombros, llegando a la última pregunta en la que, con una sonrisa pícara, me miré por debajo de la camiseta, estirando un poco y prácticamente bajando el escote de mi camiseta para que mirara si quería y, después, miré dentro de mis pantalones y asentí. – Y sí, como ves, hoy llevo ropa interior… Dolce&Gabbana, por cierto… Aunque te aseguro que estoy muchísimo mejor sin nada encima… Al igual que tú.
Me terminé la cerveza prácticamente de un trago y me volví a acercar al soldadito, sin llegar a ponerme encima de él como antes pero sí bastante pegada a él pero sin llegar a meterle mano ni nada de nada. – Por cierto, soldadito… Ya que me he quedado sin mi escolta personal gracias a ti… ¿Me acompañarías a mi casa tú? Ya sabes, no es bueno dejar sola a una parte tan importante de la familia, piensa que si me pasa algo estando contigo irán a por ti… Y sería todo un desperdicio, que estás buenísimo y eso… Además, ya me has dicho que aún tienes tiempo para estar conmigo, ¿No? Pues aprovechemos… Y si te apetece puedes subir y cotillear que tiene pinta de que te gusta o algo… Y podríamos conocernos… Mejor… - acaricié su pecho por encima de la camiseta y le mordí el labio inferior, estirando de él, insistiendo para que nos fuéramos de allí y fuéramos a mi casa y pudiera arrancarle la ropa y montarlo hasta que no pudiéramos más… Porque era lo que más me apetecía en aquel momento, comérmelo enterito. Y es que sabía que más de lo que ya le había sacado hasta entonces no podría sacarle por mucho que quisiera y él a mí sí, cosa que no me beneficiaba en absoluto, más bien al contrario… Así que mejor pasar directamente a lo interesante y dejarnos de tonterías… Que ya había aguantado demasiado con aquel tio sin hincarle el diente… Y ya me estaba empezando a entrar el hambre… MUCHA hambre… Tanta que no podía ser sana, pero aquel chico, la verdad, lo merecía…
Pero él no parecía dispuesto a dejármelo claro tan fácilmente como iba a contarme su vida cosa que, en aquel momento, empezó a hacer empezando desde el principio a decir que no tenía nada de especial antes de empezar diciéndome que había nacido hacía veintiséis años en Bristol y que su familia estaba bastante bien económicamente, fue al colegio, estudio, su hermana pequeña nació cuando él tenía siete años, creció con ella porque sus padres nunca estaban en casa y cuando tuvo la edad suficiente se alistó en el ejército. Yo asentía ante sus palabras, intrigada, porque, la verdad, aquello realmente me interesaba sobretodo si me servía para descubrir más cosas sobre aquel amiguito que me había encontrado por el camino. Comentó también que en su ausencia a su hermana le dio, básicamente, por vivir la vida loca y se había mudado a Londres “sin seguir el ejemplo de lo que era bueno y no a los ojos de Dios”. Aquella frase me hizo sonreír durante unos fugaces segundos, recordándome en exceso a mi padre y a lo extremadamente religioso que había sido y cómo cosas como esa eran las típicas que diría él sobre mi comportamiento… Aunque también dudé de si, con aquella descripción tan fugaz, podría yo conocer a su hermanita o no que, por la edad que tenía él y la que supuse que tendría ella, se movería por los mismos círculos que yo… Oh, joder, ¿Y si me había liado con su hermana en una noche loca y pasaba a encabezar su lista de enemigos? No me apetecía, como él mismo había dicho, enfrentar al ejército británico y a la mafia por muy divertido que pudiera llegar a ser así que decidí no decir nada ni preguntar más sobre ella para que él siguiera hablando y, básicamente, que fuera lo que Dios quisiera. Él también parecía pensar que lo mejor era dejar el tema de su hermana y continuó hablándome de su estancia en el ejército, diciéndome que primero había estado en Inglaterra pero que después lo habían enviado a Irak y que allí había sido de todo ya que a veces le tocaba interrogar, otras a realizar misiones a campo abierto con los locales, otras torturaba… Y no pude evitar sentir cierta curiosidad por saber cómo torturaba aquel chico porque, la verdad, ya teníamos algo en común y eso era mejor que nada… Y siempre era bueno tener un buen compañero de torturas o, al menos, algún consejero o alguien con quien intercambiar ideas o prácticas. Me dijo también que a veces tenía permisos para volver al Reino Unido y descansar antes de volver al frente, que era donde se le necesitaba, dejándome clara su visión de que el mundo estaba podrido y había que eliminar eso de la manera más eficaz, haciéndome alzar una ceja, flipando por lo colgado que estaba el soldadito de marras pero sin decir absolutamente nada… A veces era mejor callar y esa era una de esas veces, que no me apetecía hablar de más y, después, acabar mal…
Él se encogió de hombros y, segundos después, subió su camiseta interior (dejándome ver sus increíblemente definidos abdominales, tantos en lo poco que enseñó que aquello no podía ser sano ni normal, como mis babas) y bajó un poco la cintura de sus pantalones, enseñándome el borde de sus boxers, donde se leía perfectamente la marca que él repitió, por si estaba demasiado ocupada babeando (que sí) como para reaccionar y leerla o algo, dejando claro que eran Calvin Klein y haciendo que me relamiera visiblemente sin siquiera poder ni querer evitarlo mientras él volvía a bajar su camiseta y yo me despedía de su cuerpazo y es que, con aquello, me había dado aún más ganas de conseguir que aquel soldadito fuera mío… Al menos por una noche… O más si después merecía la pena, al menos, hasta que volviera a irse a la guerra que parecía ser lo que realmente quería. Él, haciendo que volviera a centrarme en sus palabras más que en la imagen de su cuerpazo grabada a fuego en mi mente (gracias memoria fotográfica) comenzó a hablar, esta vez sobre mí, diciéndome que no aparentaba ser un alto mando y ganándose que me encogiera de hombros antes de sonreír con expresión angelical, que no me pegaba en absoluto si me conocías, mientras seguía, clavándome al decir eso de que si pensaban que no iba a hacer nada porque corriera peligro la llevaban clara porque, como él mismo había adivinado, no me iba nada que me controlaran en absoluto y por el hecho de que no era alguien que pudiera correr peligro fácilmente y dijo que eso lo suponía porque, al ser bueno en torturas, aprendes a conocer a las personas… O a los animales en los que se convierten. Asentí ante sus palabras, murmurando un “Amén” mientras él alzaba las cejas y sacaba de su pantalón su móvil, leyendo un mensaje que acababa de llegarle, con él poniendo cara de poker y, conmigo, algo más intrigada por mi amiguito… Aquel chico, de tan misterioso, me tenía con toda la atención puesta en él… Y eso, sin sexo de por medio, no era algo sencillo, así que había que reconocerle que tenía bastante mérito.
Bromeó, diciendo que parecía un miembro de mi familia porque acababa de llegar y ya tenía cosas que hacer pero… Como tenía tiempo iba a seguir preguntándome sobre mi historia, diciéndome además que prefería llamarme Paola porque me pegaba más. Esta vez fue él el que me preguntó por mi marca de ropa interior (o directamente por si llevaba), por cuanto tiempo llevaba allí, por mi escolta y… por mi padre. Me sorprendió bastante que conociera siquiera a mi padre y más aún que supiera su nombre, lo que me hizo tragar saliva y bajar la mirada durante unos segundos antes de volver a mirarlo, con una media sonrisa en los labios, orgullosa. – Sí, ese mismo es. La policía siempre ha estado detrás de él y nunca han conseguido encontrarlo… Ni reunir las pruebas suficientes como para procesarlo. Solo tenían, como siempre, pruebas circunstanciales y sin valor con las que, en un par de días, siempre estaba fuera… Y sí… También tienes razón con eso de que ha desaparecido… Hace algo así como un mes, quizá algo más, dejé de recibir noticias suyas y entonces empecé a recibir órdenes de mi hermano… – callé, de repente, sabiendo que le había dado más información de la que debía a un soldado británico al que acababa de conocer así que me encogí de hombros y decidí pasar a responder otra pregunta. – Enzo y Marco son parte de mi escolta personal desde que tengo uso de razón, conmigo vinieron cinco pero realmente son ellos dos y un tercero, Giovanni, los que se ocupan de mí en exceso aunque desde que mi hermano pasó a tomar el mando se han vuelto más imbéciles, menos precavidos y menos sutiles que yo intentando llevarte a la cama… - sonreí de lado, divertida, antes de morderme el labio inferior. Las cosas claras como aquella había que reconocerlas y estaba bastante claro que él me ponía y que quería tirármelo así que… ¿Para qué negarlo? – En cuanto al tiempo que llevo aquí no llega ni a un año, la verdad, aún estoy prácticamente instalándome aunque conozco la ciudad y todo lo que necesito para empezar con mis “negocios”… En los que, por cierto, me vendría bien alguien como tú… - me encogí de hombros, llegando a la última pregunta en la que, con una sonrisa pícara, me miré por debajo de la camiseta, estirando un poco y prácticamente bajando el escote de mi camiseta para que mirara si quería y, después, miré dentro de mis pantalones y asentí. – Y sí, como ves, hoy llevo ropa interior… Dolce&Gabbana, por cierto… Aunque te aseguro que estoy muchísimo mejor sin nada encima… Al igual que tú.
Me terminé la cerveza prácticamente de un trago y me volví a acercar al soldadito, sin llegar a ponerme encima de él como antes pero sí bastante pegada a él pero sin llegar a meterle mano ni nada de nada. – Por cierto, soldadito… Ya que me he quedado sin mi escolta personal gracias a ti… ¿Me acompañarías a mi casa tú? Ya sabes, no es bueno dejar sola a una parte tan importante de la familia, piensa que si me pasa algo estando contigo irán a por ti… Y sería todo un desperdicio, que estás buenísimo y eso… Además, ya me has dicho que aún tienes tiempo para estar conmigo, ¿No? Pues aprovechemos… Y si te apetece puedes subir y cotillear que tiene pinta de que te gusta o algo… Y podríamos conocernos… Mejor… - acaricié su pecho por encima de la camiseta y le mordí el labio inferior, estirando de él, insistiendo para que nos fuéramos de allí y fuéramos a mi casa y pudiera arrancarle la ropa y montarlo hasta que no pudiéramos más… Porque era lo que más me apetecía en aquel momento, comérmelo enterito. Y es que sabía que más de lo que ya le había sacado hasta entonces no podría sacarle por mucho que quisiera y él a mí sí, cosa que no me beneficiaba en absoluto, más bien al contrario… Así que mejor pasar directamente a lo interesante y dejarnos de tonterías… Que ya había aguantado demasiado con aquel tio sin hincarle el diente… Y ya me estaba empezando a entrar el hambre… MUCHA hambre… Tanta que no podía ser sana, pero aquel chico, la verdad, lo merecía…

Adriana P. Gregoletto- Edad: 18
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