Closer [Jack Thomas] {+18}

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Closer [Jack Thomas] {+18}

Mensaje por Adriana P. Gregoletto el Miér Ago 03, 2011 11:19 pm

Todo poder conlleva una gran responsabilidad... O eso había leído una vez en un comic de Spiderman que había robado de pequeña... Tonterías! Me importaba una mierda la responsabilidad porque yo era lo suficientemente responsable y, además, molaba tanto que hacía las cosas a mi manera y aún mejor que como querían que lo hiciera y todas esas cosas las soportaba pero ¿MADRUGAR? No, lo siento, por ahí no pasaba. Había llegado a casa más o menos al amanecer y algo así como una hora después el teléfono me había despertado, obviamente, lo había apagado y lo había tirado a la otra punta de la habitación y había seguido durmiendo pero media hora después tenía a alguien aporreando la puerta de mi casa e impidiéndome dormir, con lo muchísimo que lo necesitaba. Enfadada y con ganas de asesinar a alguien me puse una camiseta ancha que tenía por el armario antes de ir a abrir la puerta (mi manía de dormir en ropa interior era lo que tenía) y, aunque encontrarme con los mandados de mi padre no me hacía nada de gracia, les dejé entrar.

Como si de madres preocupadas y horrorizadas en vez de mafiosos se tratara pusieron el grito en el cielo al verme aún sin vestir y sin arreglar y empezaron a meterme prisa… Otra cosa que odiaba muchísimo y que hizo que les amenazara con echarlos de mi casa si no se callaban. Me hicieron caso y, además, aprovecharon para asaltar la nevera y robarme unas cuantas cervezas de importación italianas que tenía mientras yo me vestía: pitillos negros destrozados, botines con mucho tacón, camiseta de tirantes con escotazo y una chaqueta por si refrescaba que, viviendo en Londres… Lo haría. Y todo eso adornado con tachuelas, cadenas, anillos y collares. Me maquillé un poco y me dejé el pelo suelto antes de salir y encontrarme a aquellos tres bebiendo y comentando el partido del Milan de la noche anterior. Puse los ojos en blanco y me senté con ellos, robándoles una cerveza (Buen desayuno, sí, señor) mientras pasaba un poco inadvertida hasta que uno tuvo que caer y decirme lo que me tocaba hacer: Pietro había llamado, al parecer había habido filtraciones a la policía sobre un pequeño cargamento de drogas que llegaría a Londres en un tren y quería que yo estuviera allí por si algo salía mal, para “arreglarlo”… Y no me gustaba demasiado el concepto que tenía mi hermano de “arreglar algo”. Pero eso no fue lo que más me cabreo sino que no serían más de las 9 de la mañana y el tren llegaría sobre las 11 y media o 12 y yo podría haber dormido aún mucho más. Los eché de mi casa, enfadada y me puse la música a todo volumen mientras perdía el tiempo en casa, desayunando en condiciones (una lata de Monster y empanadillas) y repasando las últimas “misiones” que Pietro me había mandado hasta que se hizo la hora.

No tardé demasiado en llegar a la estación de trenes y, por una vez, no fui en moto sino andando así que estuve paseando por allí, observando los trenes que llegaban y buscando por todos lados a la policía que no hacía acto de presencia, ni siquiera había agentes de paisano, que eran reconocibles y, además, teníamos las fichas de todos ellos. Así que no, nada de nada, y los trenes llegaba, la gente bajaba, las parejas se reencontraban, había despedidas, bienvenidas y ganas de potar por mi parte… Aunque eso quizá era del vodka que aún no había digerido bien por lo que me limité a quedarme en la zona de llegada de los trenes, junto a la puerta por la que todos salían, con la espalda apoyada en ella y los brazos cruzados sobre el pecho, observando atentamente todo lo que pasaba a mi alrededor, viendo a los galeses que llevaban la droga bajar sin problemas y cómo me reconocían al pasar por mi lado, ganándose una media sonrisa de felicitación y que les guiñara un ojo. A ellos ya los vería otro día para arreglar cuentas… Mi trabajo allí estaba hecho y no tenía por qué esperar más pero, como no tenía mejor que hacer y había algún que otro tío que estaba realmente bueno bajando de los trenes decidí alegrarme la vista un poco más antes de volver a casa y, quizá, volver a dormir un rato… Total, no tenía nada mejor que hacer que aquello así que… ¡A disfrutar!


Última edición por Adriana P. Gregoletto el Miér Sep 28, 2011 5:48 am, editado 1 vez

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Re: Closer [Jack Thomas] {+18}

Mensaje por Jack Thomas el Jue Ago 04, 2011 8:52 am

La última noche en Irak había sido un auténtico polvorín. Habíamos capturado por sorpresa, entre mis compañeros y yo, a una pequeña milicia de rebeldes del ejército irakí que se encontraba poniendo bombas en bases militares aliadas sin ton ni son, demostrando que no sólo eran estúpidos por ser musulmanes y carecer de todo entrenamiento adecuado que en aquel país no se daba, sino que además tenían alguna estúpida ley o norma que les obligaba a demostrarlo y hacerse, además, relativamente fáciles de capturas. Con un oportuno ataque por sorpresa todo se habría solucionado sin causar bajas a los aliados, ellos habrían caído y la victoria habría sido fácil y muy poco sangrienta, ergo aburrida. Con un ataque frontal, sin embargo, que previeron a tiempo y del que pudieron defenderse dieron a los a veces demasiado simples y benévolos de mis generales la oportunidad perfecta para que dijeran adiós a sus reticencias y nos permitieran capturar a dos de ellos, tras matar a todos los demás. La situación era de dos soldados irakíes que ni siquiera hablaban una lengua civilizada contra diez soldados británicos y americanos, porque nos habíamos unido (por el bien de la misión, me decía, pero seguía sin soportar a aquellos mascachicles y su constante afrenta a mi idioma...) para acabar con todo foco de rebelión en aquella zona, y además dos de nosotros empezábamos nuestro permiso al día siguiente, así que ni siquiera necesitamos pedirlo para que nos dejaran torturarlos, con el fin de que revelaran quién les había dado las armas en teoría pero, en la práctica, por puro aburrimiento. Aquellas armas eran tan efectivas como tratar de disparar con una rama caída de un árbol, y su interés era nulo tanto en cuestión de aprovisionarnos como de sacar algo de información de ellos, así que enseguida, tras preguntas en un perfecto árabe que me daba asco pronunciar por ser lengua de infieles que no creían en la fe verdadera, la tortura comenzó.

El aguante de aquellos irakíes desnutridos y desesperados fue apenas nulo, incluso aunque usara de vez en cuando mi poder sobre ellos para que dieran algo de guerra y nos entretuvieran, y ni siquiera había empezado a ponerme serio cuando ambos suplicaron clemencia y, por estar delante de todos los demás, nos vimos obligados a dársela y a partir sus sucios cuellos con nuestras manos para terminarlos de un modo venerable que no se merecían. No encontrarían la paz en vida si no servían al Dios verdadero, y mucho menos lo harían en muerte con su falso cielo lleno de vírgenes de ojos negros que no era más que el consuelo de los inútiles, y tras despedirse nuestros oficiales de nosotros enseguida nos dieron el visto bueno para partir.

El camino fue apresurado y poco tranquilo. Nos dieron tiempo a empacar nuestras cosas, asearnos y a mi compañero a que cogiera la botella de whisky que guardaba para ocasiones especiales, con mi mueca de asco correspondiente por el alcohol del que yo me abstenía, antes de que nos subiéramos en un avión junto a varios de los otros oficiales y demás cargos del ejército que también volvían al hogar, y todos ellos durmieron en aquel vuelo nocturno excepto yo, porque estaba demasiado ocupado cerrando los ojos y concentrándome en lo que el futuro depararía, con aquellos ramalazos en forma de imágenes que me venían cuando me concentraba gracias a aquel brujo irakí al que había torturado para que me ayudara a dominarlo como para dormir. Aquel vuelo aterrizó en Edimburgo, y una vez allí nos vimos obligados cada uno, sin cambiarnos de ropa y llevando aún el uniforme, aunque algo más relajado que de costumbre (yo, por mi parte, llevaba la chaqueta colgada al hombro y la interior a la vista, al igual que mi chapa colgada al cuello, además de los pantalones y las botas que no me había quitado), a montarnos en un tren en dirección al hogar, o en mi caso Londres porque allí era donde me instalaba cuando podía disfrutar de permisos como aquel. El viaje, con el traqueteo del tren, pasó enseguida e iba amaneciendo cuando yo me dispuse a sacar un libro, de Orwell, para entretenerme y perder el tiempo hasta que llegamos. En aquel tiempo pude leerme el libro entero e incluso molestarme en poner bien el equipaje, que se había descolocado con el viaje, y cuando llegamos ya estaba deseando levantarme del asiento y ponerme en marcha en dirección a mi piso para descansar, que después de todo me lo merecía.

Las normas de cortesía hicieron que permitiera salir a toda mujer y niño antes que yo, y sólo cuando ya hubieron salido cogí mis cosas y bajé del tren, respirando el aire contaminado de Londres aún con la chaqueta en el hombro y llevándome la mano libre a la cabeza para despeinarme y quitarme de encima los restos de cansancio del viaje, que había sido bastante largo por ir de una punta del mundo a otra. En cuanto vi un banco me acerqué hasta él y dejé la bolsa, no demasiado pesada, con mi equipaje y subí la pierna hasta apoyar el pie en él y poder, así, atarme la bota cuyos cordones parecían ser obra del diablo para poner a prueba la paciencia del hombre en cualquier situación... porque eso no podía ser normal, simplemente.

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Re: Closer [Jack Thomas] {+18}

Mensaje por Adriana P. Gregoletto el Vie Ago 05, 2011 3:00 am

Las estaciones, los aeropuertos y los propios puertos eran sitios en los que no me gustaba demasiado estar, precisamente, por el hecho de que absolutamente todo el mundo derrochaba alegría o tristeza, todos felices por reencontrarse con sus familiares o seres queridos o todos tristes por alejarse precisamente de estos y yo ya estaba empezando a cansarme de estar allí, viendo tanta tontería y tantas cosas que me daban ganas de potar… Y ya estaba a punto de irme, detrás de un par de chavales que llevaban fundas de guitarra en la espalda cuando me fijé en que aún, después de haber bajado casi todo el mundo de los trenes, bajaba alguien de uno de ellos. Ni siquiera me fijé, en un principio, porque ya me había girado para irme pero entonces volví la cabeza para encontrarme con semejante maravilla de la naturaleza. Un chico, alto, rubio, de ojos claros y con un cuerpazo de infarto bajaba del tren, con una camiseta interior de tirantes, chapas del ejército en el cuello, pantalones de camuflaje y botas… Por Dios, ¿A qué mujer en su sano juicio no ponía ver a un chico con uniforme? Sí, podría estar enferma y podría estar poniéndome jodidamente cachonda solo mirando al pedazo de bombón que estaba bajando del tren… Pero no podía evitar que me pusieran tantísimo los militares. El chico caminaba por la estación entre la gente a su rollo y se acercaba a un banco donde subió una de las piernas y empezó a atarse los cordones de las botas mientras yo me mordía el labio inferior, observando el culazo que tenía aquel chico.

No tenía nada mejor que hacer que quedarme babeando con aquel chico y se me ocurrió que, quizá, podría jugar un poco con él porque, después de todo, no tenía nada mejor que hacer así que, tras pensar lo que iba a hacer y con una amplia sonrisa divertida en los labios, me acerqué a él, primero lentamente para acabar corriendo antes de lanzarme a su cuello, rodeándolo con los brazos mientras me pegaba a él y aprovechaba para meterle mano, medio acariciando su espalda y bajando hasta su culo. - ¡Cielo! ¡Te he echado tantísimo de menos! ¡Me alegro de que ya hayas vuelto! ¡El pequeño ha crecido mucho y echa de menos a su papá! – sin más y, después de meterle mano todo lo que podía y más, cogí su cara con las manos y lo besé, metiéndole la lengua hasta la campanilla y jugueteando con la suya en su boca mientras me pegaba más a él y en un momento dado me separaba. - ¡Por Dios, si besas incluso mejor que cuando te fuiste! – mordí sus labios, estirando de ellos y separándome un poco para poder mirarlo a la cara y comprobar como alucinaba en colores mientras yo no podía evitar tener una media sonrisa en los labios, realmente divertida por la situación. No, si al final iba a tener que agradecerle a Pietro eso de haberme obligado a ir a la estación aquella mañana porque con semejante bombón a lo mejor me lo pasaba bien y todo… Después de todo, ya se sabe, los soldados pasan largos meses a base de pan y agua y siempre vuelven hambrientos… Y no sería ni el primer ni el último soldado al que le hacía más de uno y más de dos favorcillos porque, la verdad, estaban demasiado buenos como para negarles nada y este, además, besaba bien aunque yo misma le hubiera robado el beso… ¡Y prometía mucho, eso sin duda!

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Re: Closer [Jack Thomas] {+18}

Mensaje por Jack Thomas el Sáb Ago 06, 2011 2:36 am

Londres no había cambiado lo más mínimo desde la última vez que había estado, cuando había sucedido la tormenta. Aunque sólo estuviera viendo la estación de tren, sitios como aquellos siempre eran un reflejo perfecto de lo que la ciudad en sí contenía en cuanto a personas o, al menos, seres que se hacían llamar personas y que eran ofensas ante los ojos de Dios y de los que, como yo, eran personas de verdad. Todo aquello lo había visto muy claro al bajar del tren, con toda la gente de mi alrededor centrada en sus encuentros y desencuentros porque incluso desde donde estaba yo se escuchaban las discusiones de las personas, echándose en cara cosas que ni me iban ni me venían porque tenía cosas mejores que hacer, como en aquel momento atarme el cordón de la bota, que no tardó en dejarse someter (como todo...) y quedar, por fin y de una vez, atada para permitirme ir a mi piso a descansar antes de ir a buscar a mi familia y contarles que ya había vuelto, porque todos (a excepción de mi hermana) sabían que iba a volver alrededor de estas fechas, mas no exactamente cuándo.

Mis planes, sin embargo, se vieron frustrados por una especie de castigo divino en forma de italiana, porque estaba demasiado acostumbrado a aquel acento de tanto oírlo gracias a muchos de mis compañeros como para dudar o siquiera equivocarme en aquella clase de sentencias sobre las nacionalidades de las personas, que encima de no conocerme de nada tuvo las narices de venir a donde estaba yo y pretender no sólo que era mi novia sino que, además, nuestro hijo había crecido mucho... ¿Hijo? No, yo de eso no tenía, era bastante cuidadoso cada vez que me acostaba con alguna para evitar no dejar nada que pudiera inculparme hasta que no me casara y estuviera bien visto a los ojos de Dios, y sólo la sorpresa y el impacto inicial por su (innegable, por otra parte) desparpajo hicieron que ignorara el hecho de que me estaba metiendo mano como quien no quiere la cosa, y así lo hice hasta que se lanzó a besarme y exclamó, después, que besaba aún mejor que antes de irme a pesar de que ni siquiera sabía lo bien que había besado siempre... Alucinante.

Mi cara de estar flipando en colores pronto pasó a una mucho más seria, con la ceja alzada y mirándola a los ojos con cierta frialdad a la vez que recogía mi bolsa del banco porque no me había pasado desapercibido que ante su acercamiento a mí dos tipos claramente italianos por los rasgos y por el propio aspecto físico con más pinta de matones de discoteca que de personas y lo último que me apetecía en aquel momento era tener problemas con la mafia... más que nada porque los italianos no me caían demasiado mal, y no era plan de enemistarme con algo tan articulado como aquella clase de organización, y mucho menos por una mujer, a la que me acerqué, más concretamente a su oreja, con una expresión todavía fría y perfectamente controlada.
– Una actuación digna de un BAFTA, sin duda alguna, pero me temo que a tus gorilas no les ha hecho demasiada gracia que tengas semejantes ataques de efusividad conmigo y voy a darles el inmenso privilegio de salir indemnes de esta evitando un enfrentamiento, así que me temo, italiana, que vas a tener que seguir echándome tantísimo de menos como antes a no ser que me des motivos para ignorar a los guardias y pasar algo de tiempo con la madre de mi hipotético e inexistente hijo... Tú eliges. – le dije, deslizando los labios por su oreja y mordiqueándosela para devolverle el favor y bajando la mano por su espalda hasta llegar a la parte baja y pegarla a mi cuerpo de un golpe seco, con el que la distancia que nos separaba quedó reducida a absolutamente nada en el momento del “tú eliges”. Dicho todo aquello me separé de ella y giré sobre mis talones, sin mirar atrás, para dirigirme a la salida de la estación de tren con paso tranquilo.

Mi paso, sin embargo, se vio interrumpido por una voz que me llamó y que hizo que frunciera el ceño antes de girarme hacia la dirección de donde venía.
- ¿Jack? ¡Jack! ¡Has vuelto! – gritó aquella chica rubia, alta y de ojos verdes que enseguida vino hacia mí y quiso abrazarme, aunque me aparté sutilmente, tanto que ni siquiera notó el rechazo.
– Cuánto tiempo, Emily... – dije, aunque callándome el por desgracia no el suficiente que se me quiso escapar y manteniendo la calma aunque ella siguiera al borde de la ebullición por la alegría que sentía por verme... unilateral, por supuesto, ya que para mí ella era un objeto con el que satisfacer las necesidades que tenía, como hombre, y que servía lo mismo que una piña con agujero.

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Re: Closer [Jack Thomas] {+18}

Mensaje por Adriana P. Gregoletto el Sáb Ago 06, 2011 10:05 am

No podía evitar tener una media sonrisa divertida en los labios mientras aquel soldadito me miraba desde arriba (aunque yo llevara tacones él era un poco más alto y así aún me ponía más), con una cara difícil de descifrar pero que, sin duda, se le notaba que estaba, como poco, flipando. Justo como yo quería que él estuviera porque era un hecho eso de que me gustaba sorprender a los hombres porque, después de todo, si los sorprendes, después los tienes todos pillados y encaprichados contigo y es mucho más fácil tirártelos una vez... Y las que te apeteciera! Porque con semejante bombón delante de mí tenía bastante claro que iba a merecer la pena… Y mucho! Su mirada enseguida cambió y continuó mirándome a los ojos mientras recogía su bolsa del banco y, en apenas un momento, pasaba a mirar por encima de mí, haciendo que, sutilmente, desviara la mirada y me encontrara con mis “canguros” italianos, esos mismos que habían estado en mi casa cotilleando como marujas y que parecía que se fueran a acercar a nosotros, como si quieran protegerme o algo… Típico. Los mafiosos cuidando de la hija del jefe… Aunque cada vez estaba más convencida del que mandaba allí era Pietro y ni mi padre, que llevaba meses desaparecido en combate… Eso si, directamente, no estaba muerto.

El chico se acercó a mí, diciéndome que aquella actuación había sido de BAFTA (lo sé, era jodidamente buena, muy amable por recordármelo) pero que a mis matones no les había hecho mucha gracia el ataque de efusividad que había tenido y se ponía gallito diciendo que si iba a dejar que salieran ilesos o algo así que me hizo alzar una ceja, gesto que el soldadito no vio porque estaba demasiado ocupado susurrándome a la oreja más cosas como que iba a tener que seguir echándolo tantísimo de menos como antes a no ser que le demostrara que valía la pena como para ignorar a mis “amiguitos” (a los que llamó guardias, que detallazo) y pasar algo de tiempo con la madre de su hipotético e inexistente hijo. Y todo eso lo dijo mientras me comía la oreja, mordiéndola y acariciándola con sus labios antes de terminar pegándome del todo a él diciéndome que yo elegía y, sin más, terminó por separarse de mí, girándose y saliendo de allí, dejándome con el calentón y plantada en el sitio. Las miradas de odio que les lancé a aquellos dos estaba totalmente justificada y con un gesto con la cabeza les ordené que se largaran porque estaba todo arreglado. Ellos, a regañadientes, asintieron y se marcharon por otro lado antes de que yo, suspirando, seguía al soldadito. – Ay, Dios, dame paciencia porque como me des fuerza un día los mato… – murmuré, más para mí misma que para nadie más porque, de todas maneras, no había nadie cerca para escucharlo.

Caminaba en la misma dirección por la que se había ido el soldadito cuando, de lejos, observé la escena que, como todas las que había estado viendo en la estación, me daba ganas de vomitar. Puse los ojos en blanco pero, a la vez, tuve que aguantarme la risa al ver como el soldadito se apartaba “sutilmente” de su amiga, que parecía muchísimo más alegre de verlo que él a ella. La chica era rubia, de ojos verdes e igual de alta que él y parecía eufórica y entusiasmada con el regreso del soldadito, no pude evitar sentirme especialmente bondadosa aquella mañana y ayudar a aquel chico tan mono a salir del aprieto de la fan histérica así que corrí y, desde detrás, me enganché a su brazo mientras la chica hablando, ganándome una mirada de sorpresa y otra hacia el chico por parte de la rubita. Yo aproveché ese momento para mirar la chapa que tenía en el pecho el soldadito y poder saber su nombre para poder jugar un poco más. – Hola, ¿Quién eres? – pregunté con una amplísima sonrisa aunque no llegué a darle tiempo a contestar porque enseguida miré al chico, el tal Jack y le guiñé un ojo. – ¿Tú y yo no habíamos quedado para tomar algo, Jack? ¿Ya estabas intentando escaquearte? ¡Si es que no hay manera de que nos veamos, siempre estás ocupado! – la inexpresividad fácil de aquel chico me fascinaba y me ponía de los nervios porque yo era jodidamente buena actuando y él… Directamente ni era así que seguí con mi magnífica actuación, que un Oscar me iba mereciendo ya y miré de nuevo a la chica, aún sonriente. – Lo siento, creo que te lo voy a robar por hoy… ¿Me lo prestas? Prometo devolvértelo entero… - aunque espero que más marcado… pero eso no lo dije y me limité a sonreír, esperando que aquello colara y poder pasar un rato a solas con el soldadito que, después de aquello, prometía aún más… No sé, aquel chico tenía algo que me atraía y me llamaba la atención pero, a su vez, me hacía estar alerta y no fiarme de él… Y eso que ni siquiera habíamos hablado más de cinco minutos, de todas maneras, pensaba conseguir quedarme un rato a solas con él, costara lo que costase, que para algo me estaba currando la actuación, no como la sosa de la otra que no era siquiera capaz de hablar… ¡Novatas! ¡ya era hora de que aprendieran de la mejor! Si quería, estaba dispuesta a darle clases gratis... Solo por amor al arte... Y a cambio de un buen revocón con aquel chico, claro... Después de todo, era por una buena causa... ¡Acabar con el hambre en el mundo! De hecho, MI hambre... Así que, mucho mejor!

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Re: Closer [Jack Thomas] {+18}

Mensaje por Jack Thomas el Sáb Ago 06, 2011 9:27 pm

Emily era un incordio peor que un dolor de muelas, o al menos lo sería si recordara lo que era sentir el dolor en todo su apogeo, cosa que desde un ataque a nuestra base militar en el que yo había resultado herido, una de las pocas veces que había sucedido eso de hecho, no sucedía. Según los médicos que se encargaron de curarme después de los primeros auxilios de emergencia que me habían practicado mis compañeros para que no la palmara allí mismo, de haber llegado antes podrían haber salvado parte de los nervios, pero el daño había sido tal que no iba a volver a sentir el dolor en todo su esplendor... cosa práctica donde las hubiera, tanto siendo militar como siendo una simple persona normal (já) que vivía su vida diaria en una ciudad como aquella. Aquel accidente me impedía, sin embargo, recordar exactamente qué era sentir el dolor que podía ser, por ejemplo, fruto de un golpe o del mismo dolor de muelas que había pensado antes para comparar a Emily con él y, por ende, poder compararla adecuadamente con algo, pero sí podía decir que era más pesada que cargar con una vaca en brazos que, además, está preñada y tiene dentro a una cría en amplio estado de gestación: muchísimo.

La razón por la que Emily era un incordio era sencilla: sus pretensiones. Desde que me conocía, que eran ya varios años, siempre había pensado que entre nosotros había habido algo especial y yo lo había aprovechado siempre que había podido para utilizarla a mi favor, que solía ser cuando tenía la necesidad de echar un polvo cogerla a ella y no andar buscando a alguna otra. Siendo ella, además, tan puritana (falsamente, por supuesto, porque estaba convencido de que sólo lo hacía por intentar, y remarco el intentar, gustarme más), desde la primera vez que nos habíamos acostado había pensado que yo era su novio, o algo así, y como no me había esforzado en negárselo para que ella siguiera viniendo a mí cuando yo tuviera ganas nos encontrábamos en aquella situación: ella feliz de la vida por verme y yo con las mismas ganas de verla que si hubiera visto una avispa delante de mí... nulas, vamos.

Ella, además, no parecía darse por enterada de que me daba igual la perorata incesante que estaba soltando sobre su vida (que si su madre estaba enferma, que si su hermano mayor estaba deseando terminar el postgrado para volver a Londres con su familia, que si blah blah blah) y que atajé con una expresión gélida y una sonrisa a juego que, por fin, consiguieron callarla y evitar que empezara a dolerme la cabeza porque, siendo ella, lo mismo terminaba consiguiéndolo y todo...
– La vida te trata bien, ya veo... – murmuré, como tratando de pasar a otro tema y callarme un porque yo no he estado aquí para acabar de joderte y no como quisieras en el momento en el que ella iba a empezar de nuevo, como si cualquier cosa que le dijeras bastara para darle cuerda... cosa que estaba empezando a sospechar en aquel momento.

Por suerte para ella y que siguiera con vida, la italiana de antes volvió a engancharse a mí (esta vez a mi brazo) y volvió a desarrollar el papel que le había valido la nominación a los BAFTA con una ligera modificación: de novia a amiga que hacía tiempo que no me veía, pero sí lo suficientemente creíble para callar (gracias al cielo) a Emily durante cinco minutos, que se quedó balbuceando mientras yo permanecía inexpresivo y la chica italiana decía que iba a robarme durante cinco minutos... y hasta más le dejaría que me robara con tal de librarme de la otra, pero en fin.
– Ya sabes que sí, siempre ando ocupadísimo... Tendremos que dejarlo para otro día, Emily, porque ahora tengo cosas que hacer como ponerme al día con una vieja amiga. Ya hablaremos, si eso. – dije, con lo más parecido a una sonrisa verdadera que había puesto desde que había llegado a Londres (y sólo gracias a que me libraba de una petarda) y girándome con la italiana del brazo y la bolsa en el otro en dirección a otra salida de la estación mientras, de fondo, escuchábamos a la otra gritar chorradas que a mí, particularmente, ni me iban ni me venían.
– ¡Te llamaré más tarde, Jack! ¡Nos vemos!

En cuanto ya estuvimos lo suficientemente alejados de Emily y ya habíamos salido de la estación de trenes, hice que soltara mi brazo para mirarla con la ceja alzada y expresión, en vez de burlona o indiferente, más bien llena de curiosidad.
– He de reconocerlo, italiana, te has ganado que vayamos a tomar ese algo que me decías para librarme de semejante incordio y así tal vez sepa con quien he intercambiado saliva hace cinco minutos. – dije, haciendo con la cabeza un gesto seco de agradecimiento y empezando a caminar, con ella al lado, en dirección a un bar no muy lejos de la estación en el que, además, siempre se podía contar con un poco de intimidad y de silencio, sobre todo a aquellas horas de la mañana, sobre todo porque en una ciudad como Londres la gente estaría comiendo o en las pausas de sus trabajos y no se meterían en una conversación de otras personas.

En cuanto llegamos al bar, abrí la puerta y ella pasó primero, eligiendo una mesa algo alejada y que estaba libre, junto a la ventana, donde pronto nos sentamos y donde yo dejé la bolsa, concienciándome de que tardaría más en llegar a mi piso y todas esas cosas que tantas ganas tenía de hacer... exceptuando la parte de ver a mi querida (apréciese el sarcasmo) hermana. El camarero vino y yo, que en aquel momento tenía la mano en la nuca tratando de descargar algo de la tensión de las últimas misiones acumulada en la zona, pedí una botella de agua, quedándome en silencio para que ella pidiera. En cuanto lo hizo, me recosté algo más sobre el asiento y clavé la mirada en ella, en aquella italiana con desparpajo con la que había terminado tomando algo.
– Tú sabes mi nombre, y yo ni siquiera sé el tuyo. Ese sería un buen sitio para empezar la conversación. – dije, mirándola a los ojos y encogiéndome de hombros porque, por mí, como si hablábamos del tiempo...

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Re: Closer [Jack Thomas] {+18}

Mensaje por Adriana P. Gregoletto el Dom Ago 07, 2011 9:54 am

Aquella chica parecía un auténtico fastidio y más pesada que el plomo así que, sin duda, había ayudado a mi nuevo amigo el soldadito a librarse de una buena así que seguramente me lo agradeciera a lo que ni siquiera se me pasaba por la cabeza negarme porque, después de todo, estaba dispuesta a dejarlo que me lo agradeciera como más le apeteciera… Y si no me gustaba cómo lo hacía, terminaría por ser yo quien me lanzara… Porque no sería la primera ni la última vez y podía sonar algo desesperada pero, la vedad, lo único que pasaba era que aquel chico estaba buenísimo y ya tenía el caprichito de pasar un buen rato con él y, ¿por qué no? Tirármelo ya que estaba… El caso es que el chico decidió seguirme el juego y actuar con aquella rubita como si hiciera tiempo que me conociera, respondiéndome que sí, que siempre estaba ocupadísimo y diciéndole a su amiguita, Emily, que tendrían que dejarlo para otro momento porque tenía que ponerse al día con una vieja amiga y no pude evitar sonreír ampliamente, sobre todo ante la cara de la chica, mientras él le decía que ya la llamaría y, sin más, se giró, conmigo aún enganchada a su brazo, dándole la espalda a su amiguita y empezando a caminar en dirección contraria. No pude evitar soltar una risita el escuchar como la tal Emily se ponía a gritar como una loca, despidiéndose de su amigo o lo que fueran esos dos con más efusividad de la que el mismo soldadito había llegado a mostrar por ella en más de tres minutos… Que no era demasiada. No tardamos demasiado en salir de la estación por otra de las salidas y una vez en la calle hizo que me soltara de su brazo “sutilmente” mientras me miraba con curiosidad antes de decirme que me había ganado eso de ir a tomar algo con él por librarlo de “semejante incordio” (como había supuesto desde un principio, más pesada que el plomo, la rubita) y que así quizá sabría con quién había intercambiado saliva hacía cinco minutos. No pude evitar sonreír de lado y encogerme de hombros ante sus últimas palabras, intentando parecer totalmente inocente y pareciendo más bien culpable antes de que empezáramos a caminar, por mi parte, sin destino alguno fijo mientras iba a su lado, en silencio, mirándolo de reojo… ¡Qué bueno estaba el condenado!

Al final, terminamos por llegar a un bar no muy lejos de la estación en el que no había estado nunca pero me daba igual ir a ese o a cualquier otro, después de todo, no importaba el sitio, sino la compañía. Él abrió la puerta del lugar, dejándome pasar a mi primero y, con un simple vistazo, elegí la mesa y fui directa a ella, una que estaba alejada de las pocas personas que había allí dentro y que nos proporcionaba algo de intimidad y, además, estaba junto a la ventana porque siempre tenía la manía de elegir mesas cercanas a ventanas para poder mirar al exterior de vez en cuando, así podría ver si alguien me seguía, espiaba o, simplemente, si había policía o mafiosos vigilándome. Nos sentamos y enseguida llegó el camarero, el soldadito pidió una botella de agua y yo, tras pensármelo un momento, pedí una cerveza con limón. El camarero se fue a traernos lo que habíamos pedido y el soldadito comenzó a hablar, mirándome mientras me decía que yo sabía su nombre y que él ni siquiera sabía el mío y ese sería un buen sitio para empezar la conversación. Se encogió de hombros y yo sonreí de lado. – Yo solo se tu nombre, Jack Thomas, porque lo pone en esas placas que llevas en el cuello y porque me he fijado… Si yo tuviera algo así, con mi nombre, seguro que tú también te habrías fijado… – me encogí de hombros y, justo en ese momento, el camarero nos trajo lo que habíamos pedido, le di un trago a mi cerveza y me encogí de hombros. – Aunque me has caído bien y no pareces un mal soldadito así que te diré mi nombre… - me acerqué a él, obviando el detalle de que teníamos la mesa en medio y me acerqué a su oreja, que acaricié con los labios. – Soy Adriana Paola Gregoletto… Pero puedes llamarme simplemente Paola. – le mordí el lóbulo de la oreja, devolviéndole la jugada de antes y me senté de nuevo en mi sitio, bebiendo otro trago de cerveza.- Y… ¿Acabas de volver de alguna misión? ¿Llevas mucho tiempo fuera, Jack Thomas? Estoy segura de que te echarán mucho de menos por aquí… ¿Una novia, quizá? ¿O no te van esas cosas…? – comencé, ganándome una de esas enigmáticas miraditas suyas que lo decían todo y a la vez no decían nada mientras, con una sonrisita en los labios, me acomodaba en mi asiento y bebía un poco más y es que, por alguna extraña y desconocida razón, estaba seca y necesitaba refrescarme… ¿Y qué mejor que una buena cerveza con limón bien fresquita? Pocas cosas se me ocurrían, la verdad, así que seguí ahí, sonriéndole y esperando a que me contestara.

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Re: Closer [Jack Thomas] {+18}

Mensaje por Jack Thomas el Dom Ago 07, 2011 11:22 pm

No me sorprendió, en absoluto, que ella se pidiera una cerveza, incluso rebajada con limón, aunque fuera tan pronto por la mañana como lo era. Los italianos eran así, y ella era tan italiana como la que más porque ni su acento, ni su actitud ni su propio aspecto mentían al respecto: era un ejemplar más de aquella fauna que tan bien conocía. Eran fiesteros, habladores, carismáticos hasta un punto (antes de que quisieras arrancarles la cabeza para que dejaran de soltar chorradas por aquellas bocazas), dicharacheros y siempre tenían un punto de carisma, agilidad verbal o lo que fuera que los hacía muy... muy.... muy italianos, a falta de otra palabra mejor. Sin embargo, con ellos se cumplía un viejo dicho que era repetido hasta la saciedad pero que tenía más razón que un santo: “lo poco gusta, y lo mucho cansa”. Si su factor de italianidad era demasiado alto apaga y vámonos, porque mi paciencia con ellos no solía ser excesiva y mucho menos si no habían hecho nada para ganarse que me tomara mi tiempo, respirara hondo y les perdonara la vida por un plazo de cinco minutos con posibilidad (o quizá no) de renovarse y ampliarse.

Sabía de los italianos porque había convivido con ellos, y conocía lo celosos que eran pese a que ellos mismos se pasaban los celos por el mismo Coliseo, y sabía de las italianas porque no sería la primera vez, tampoco, que probaba a una, aunque no eran una fauna que frecuentase en exceso voluntariamente porque solían ser demasiado territoriales, a su manera, y también demasiado... ¿físicas? Sí, esa era la palabra, tan físicas que resultaban empalagosas, siempre encima de uno aunque el otro se las quitara de encima... Y la chica que tenía enfrente no era una excepción aunque, también tenía que admitirlo, su factor de italianidad estaba tan rebajado como la cerveza con limón que se estaba tomando desde que el camarero se la había traído y la hacía, cuando menos, soportable... además de que el hecho de haberme quitado de encima a Emily compensaba que estuviera allí, dando sorbos a mi botella de agua porque no bebía alcohol ni ninguna bebida estimulante o excitante y el agua era de las pocas cosas que cumplía con esas características.

Cómo no, tuvo que buscar una excusa para arrimarse a mí, en aquel caso comerme la oreja también estaba incluido en el paquete del acercamiento, aunque al menos me dijo su nombre que, también, rezumaba italiano por todas las letras: Adriana Paola Gregoletto. Después de separarse de mí y decirme que la llamara simplemente Paola, aunque probablemente terminara llamándola italiana porque era lo que más le pegaba, más incluso que su propio nombre, empezó con aquel tercer grado de preguntas que escuché mientras seguía bebiendo agua del vaso que me habían dado junto a la botella, cuando había pedido. Iba a responderlas, sí, pero ella no iba a librarse de escuchar alguna mía porque se me daban muy bien los interrogatorios y acabaría sabiendo cosas de ella aunque ella misma no quisiera decírmelas... ventajas de ser soldado.
– Acabo de volver de donde estoy destinado, Irak, y llevaba fuera algunos meses desde el último permiso que pude coger... Unos seis meses, o algo así, quizá más o quizá menos porque allí contar el tiempo no es demasiado fácil. Y sí, me echan de menos, aunque no una novia... o al menos no por mi parte, pero ya has visto a Emily y te aseguro que no es la única que está así de loca de las chicas con las que me he cruzado en toda mi vida, aunque no me vayan esas cosas. – dije, encogiéndome de hombros al final con la mirada clavada en ella, que cuerda precisamente no estaba, y bebiendo después otro trago de agua para darle tiempo a asimilar las respuestas que le había dado, demasiadas teniendo en cuenta que no tenía ni que haber respondido, y para que se preparara para mi propia ronda de preguntas.

– En cuanto a ti, Adriana Paola Gregoletto, ¿siempre vas acompañada de esos dos gorilas que están ahí fuera observándote o son sólo simples admiradores a los que has dejado con las ganas? Me haces preguntarme si eres una niña pija y rica más de las muchas que hay en tu país o si eres algo más, aunque con las pintas y el poco disimulo que tienen esos dos la respuesta es bastante simple y ni siquiera hace que dude demasiado. ¿Siempre sois tan poco discretos en la familia o es sólo que hoy he pillado a unos novatos, ellos, en período de prueba? Os tenía en más alta estima, la verdad... Quizá a los que he conocido me han puesto el listón demasiado alto, que todo puede ser. – pregunté, torciendo progresivamente la boca hasta terminar esbozando una sonrisa poco tranquilizadora que, junto a mi expresión habitual que no transmitía nada a no ser que supieras leer muy bien entre líneas, esperaba una reacción por su parte. No había sido un simple intento para ver si la pillaba o una suposición lanzada al aire sino, más bien, una cosa bastante obvia y evidente porque aquellos gorilas cantaban a mafia por los cuatro costados y hacía que ella, que lo disimulaba más, se descubriera sólo por estar constantemente seguida por aquellos dos... Aunque, al menos, así sabía a lo que me enfrentaba y podía tener una razón más para explicar que aquella chica fuera alguien que, como poco, estaba empezando a respetar... Y eso era una auténtica novedad, saliéndose de la mayoría de mis esquemas mentales, pero excepciones también tenía que haberlas, ¿no?

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Re: Closer [Jack Thomas] {+18}

Mensaje por Adriana P. Gregoletto el Mar Ago 09, 2011 6:56 am

Ahora que me había podido sentar y estar más o menos tranquilita estudiando a aquel chico seguía buscando la razón por la cual me llamaba tanto la atención a pesar de ser el típico inglesito rubio de ojos azules... Vamos, de esos que había a patadas miraras por donde miraras y aún más en Londres. Quizá eso de que fuera militar le daba un punto extra y que me había quedado casi hipnotizada con su culo... Pero no, los había visto mejores, de eso no cabía duda que para algo hacía gala de eso de ser italiana y me había liado con unos cientos de tíos... O más. La verdad es que ya había llovido mucho desde mi "primer chico" pero no me arrepentía de ninguno de todos a los que me había tirado porque, la verdad, repetiría con bastantes... Eso era tener buen ojo y lo demás tonterías, que aunque no lo pareciera, era una italiana exigente. El caso es que aquel chico, el tal Jack tenía algo, quizá estaba en su forma de mirar, en su frialdad, en algo que no sabía exactamente que era... Pero me atraía y me gustaba, me parecía peligroso pero, a su vez, me tenía intrigada y lo mejor que había para matar mi curiosidad o, al menos, mitigarla era preguntar como si de una vieja maruja me tratara y como quien no quería la cosa para averiguar más cosas del soldadito que tan jodidamente bueno estaba. En un principio incluso había llegado a dudar de que respondiera mis preguntas ya que él estaba muy tranquilo bebiendo agua sin más (soldadito, tio bueno y sano... Aquel día me había tocado la lotería) pero no tardó demasiado en comenzar a responder, diciéndome que acababa de volver de Irak, donde estaba destinado y llevaba fuera alrededor de seis meses. Asentí ante sus palabras, esperando a que siguiera respondiendo mis preguntas y, de hecho, incitándole a hacerlo y continuó, diciendo que lo echaban de menos pero no una novia, al menos por su parte (chico listo, se creía yo, o algo...) pero que Emily no era la única loca que conocía aunque a él no le iban esas cosas. No pude evitar alzar una ceja, divertida, al imaginarlo rodeado de "fans" como la tal Emily y que además se creían que era su novio... Sí, la verdad era una escena digna de ver, grabar y conseguir que todas empezaran a pelearse entre sí y sacarse los ojos por él, yo me reiría mucho... Y seguro que él también, que se le veía en la cara.

Jack bebió de nuevo un poco más mientras yo seguía con aquella expresión divertida en la cara, expresión que se me borró en cuanto volvió a hablar, preguntándome si siempre iba acompañada de los "dos gorilas que estaban fuera observándome" o si eran simples admiradores a los que había dejado con las ganas. Sutilmente miré por la ventana y me encontré ahí con ellos, Enzo y Marco, a los que creía que había dejado claro en la estación que no me siguieran pero estaban allí. Al menos Giovanni había seguido a los galeses que tenían que darnos las drogas porque si no... Mientras tanto, Jack seguía hablando diciendo que se preguntaba si era una niña pija y rica más de las muchas que había en Italia (insértese aquí cara de asco por mi parte al pensar en esas idiotas) o si era algo más aunque por las pintas de "los dos de ahí fuera" y su poco disimulo quedaba bastante claro y ni siquiera lo hacía dudar demasiado. Ahí yo ya quería darme golpes contra la pared de lo imbéciles que eran aquellos dos pero aun así Jack seguía hablando preguntándome si siempre éramos tan poco discretos en la FAMILIA (palabra clave para que ambos supiéramos de qué estaba hablando) o si había pillado a unos novatos en periodo de prueba porque dijo que nos tenía en más alta estima porque quizá a los que había conocido le habían puesto el listón muy alto. Puse los ojos en blanco porque ya no valía la pena disimular y él sonrió, victorioso. Empecé a maldecir en italiano y les hice un gesto a Enzo y a Marco para que entraran que enseguida vieron y enseguida se presentaron en la mesa y, sin más, empecé a echarles la bronca en italiano. - ¿Vosotros sois idiotas o qué pasa? ¡Me importa una mierda que Pietro os haya dicho que no me dejéis sola ni un segundo porque no sabéis disimular! ¡Hasta el puto soldadito os ha visto y estoy segura de que no es el único! Así que más os vale aprender a disimular más o confiar en mí de una jodida ver porque estoy harta, ¿Vale? Así que largaos, dejadme sola e iros a comentar el partido del Milan tranquilitos con una Nastro Azzurro y bebéosla a mi salud, ¿Vale? Pero juro que como os vuelva a ver hoy llamaré a mi padre para que os mande unos sustitutos y volváis derechitos a Italia en el primer jodido vuelo, ¿Entendido? - ambos mantuvieron la cabeza gacha mientras yo les hablaba, más bien, les gritaba y en cuanto terminé de hablar asintieron y se marcharon, dejándonos de nuevo solos a Jack a mí, que aún seguía maldiciendo en italiano a aquellos inútiles.

-Creo que es inútil y estúpido negarte algo obvio porque esos dos son menos discretos que una puta falta de dinero… Así que, sí, soy lo que piensas que soy pero espero que no te vayas de la lengua, soldadito, porque no me apetece tener que cortártela… Ya sabes, besas bien… Y sería todo un desperdicio. Además, eres demasiado guapo como para, además, joder tu cara a base de cortes por todas partes… Especialmente aquí… - dije acariciándole las comisuras de los labios con una sonrisa muy poco tranquilizadora mientras me relamía. – Así que ya sabes, soldadito, calladito y así hasta puedas tener unos amigos importantes y que te puedan ayudar en ciertos momentos… ¿Alguna pregunta más o puedo seguir yo atacándote con las mías? – me encogí de hombros, sonriendo con inocencia y volví a darle un trago a mi cerveza. – Bueno, de momento, solo tengo una más… ¿Qué opinas de “mi familia”? – dije, mordiéndome la lengua porque también iba a preguntarle por mí pero eso… quizá más tarde. En aquel momento lo primordial era saber si el soldadito era de fiar, si era un amigo o un enemigo y si podría fiarme de que iba a mantener el pico cerrado o no… Aunque esperaba que así fuera… Y es que pensaba de verdad que sería todo un desperdicio eso de tener que torturarlo… Estaba demasiado bueno y empezaba a caerme extrañamente bien… Enajenaciones mentales las tenía todo el mundo, no? Pues que nadie se extrañara de que yo también las tuviera que después de todo era humana… e italiana! Eso seguro que también contaba…

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Re: Closer [Jack Thomas] {+18}

Mensaje por Jack Thomas el Miér Ago 10, 2011 8:33 am

La situación empezaba a ser, cuando menos, extraña a más no poder. No sólo por el hecho de que alguien de la mafia, que normalmente era un sistema más bien camuflado entre el submundo y el mundo más elevado por así decirlo, tuviera unas niñeras tan poco disimuladas, sino también porque no fuera capaz de atarlas más cortas y que no dejaran de demostrar a todo el mundo que supiera mirar que ella no era una simple chica italiana más, no, sino que tenía detrás a toda una familia que la protegería y tomaría vendetta contra todo el mundo que amenazara a su niña y blah blah blah, todo el rollo. La verdad era que en aquel momento yo estaba empezando ya a dudar de que mereciera tanto la pena respetarla, al menos, porque si alguien así iba disimulando tan poco su capacidad de provocar una reacción de respeto por mi parte desaparecía con la misma velocidad con la que lo hacía la virginidad en Italia: altísima, tanta que a veces hasta te planteabas si de verdad la había llegado a haber en algún momento. Pero algo me decía, quizá lo que había visto de ella y que me había demostrado que era bastante inesperada en cuanto a reacciones, que sólo tendría que esperar sentado para que le diera la vuelta a la situación como si de una tortilla se tratara y en cuanto llamó a los dos gorilas, niñeras o lo que fueran para que entraran dentro del bar supe que, de un modo u otro, conseguiría hacerme flipar.

Lo que no me esperaba, sin embargo, fue que empezara a echarles la bronca en italiano allí delante de todo el mundo, así como tampoco ella debía de esperarse, a juzgar por lo que hacía, que yo entendiera algo de italiano... porque había convivido con demasiados soldados italianos y ciertas nociones había adquirido, no para escribir un libro (porque antes lo haría, evidentemente, en mi propio idioma que en otro...), pero sí para entender más o menos, a excepción de ciertos trozos, lo que ella les estaba diciendo y para que me costara un esfuerzo sobrehumano no ponerme a sonreír y seguir con expresión de búho que no entiende lo que está escuchando. La risa no era para menos, teniendo en cuenta que había insinuado que los iba a devolver a Italia en el siguiente vuelo que saliera y que los había mandado a ver el partido del Milán... como unas marujas italianas cualesquiera, vamos, aunque al parecer aquella bronca les había servido para además de agachar la cabeza darse por enterados de que Adriana no los quería delante de ella vigilándola como si fuera una niña... enternecedor el cambio de papeles, o lo sería si no estuviera demasiado ocupado fingiendo que no entendía ni una palabra de italiano cuando no era así.

Cuando volvió su atención a mí, lo hizo con una amenaza totalmente gratuita que hizo que volviera a salir la media sonrisa que me había comido antes mientras ella acariciaba las comisuras de mis labios antes de volver a amenazarme (claro, se nota que es gratis...) y terminar por preguntarme qué opinaba de su familia, eufemismo que al parecer habíamos adoptado de mutuo acuerdo para referirnos al tema de la mafia sin ponernos luces de neón que indicaran que hablábamos de eso porque a ella no le convenía, y a mí... a mí me daba bastante igual, la verdad.
– De tu familia opino que practicáis demasiado el chantaje emocional, aunque se haya demostrado totalmente efectivo, y que pese a que en muchas cosas sois burdos como sólo vosotras en otros sois dignos de respetar. No tengo nada a favor ni en contra de la familia, italiana, y sé de buena tinta cómo funciona porque he conocido a varios de vosotros, aunque muchísimo más disimulados que tus gorilas, y eso que ni siquiera se habían bebido la Nastro Azzurro delante del partido del Milán para tener excusa como el alcohol que justificara su comportamiento... Por cierto, buena bronca la que les has echado, con las amenazas suficientes para que se tomen en serio tu posición de autoridad y esa clase de cosas. – dije, con la mirada clavada en sus ojos y entrecerrando los míos con cierta diversión para estudiar su reacción cuando asimilara que había entendido lo que había dicho, porque yo no parecía la típica persona que sabía muchos idiomas y la realidad era otra totalmente diferente... aunque no por ganas propias, la verdad.

– Y créeme, no es plan de decir nada porque os conozco y sé de vuestros métodos para callar a la gente, y pese a que enfrentar al ejército británico y a la familia sería algo digno de verse no va a suceder de momento porque no tengo razones para enfadaros. Supongo que, en vez de resultarme indiferentes, os respeto... Y me mantengo al margen de vuestros asuntos siempre que no se mezclen con los míos, aunque si alguno de vuestros amigos abusa de la Nastro Azzurro y se mete en mis asuntos como comprenderás no voy a quedarme de brazos cruzados, pero eso es perfectamente razonable por mi parte... Así como defenderme si por lo que sea me atacan. ¿Alguna pregunta más, italiana? Porque tiene toda la pinta de que no vas a dejar pasar la oportunidad de seguir cotilleando como si no hubiera mañana y aprovechando que estoy de buen humor y hasta te contesto supongo que hasta te recomendaría hacerlo... ya sabes, por eso de no perder la oportunidad de hacerlo. – añadí, jugueteando con la botella de agua entre los dedos y aún con la mirada clavada en sus ojos antes de bajarlos a la botella, medio vacía, y abrirla con gesto rápido y mecánico para rellenar el vaso también medio vacío y llevármelo a los labios, no por estar particularmente seco ni tener sed en exceso, sino por esa especie de necesidad que se tiene de acometer contra el vaso lleno de líquido y beber de él en cuanto se tiene uno delante, como era el caso, aunque fuera llenado de agua y no de cualquier otra sustancia que pudiera causar más daño que bien. Esa era la principal razón por la que no bebía alcohol ni sustancias estimulantes, porque con el trabajo que tenía dependía casi en exclusiva de mi cuerpo (aunque no era de esos idiotas que desentrenaba la mente como si no sirviera para nada, en absoluto) y si lo fastidiaba, adiós a muchas cosas a las que no iba a renunciar... porque a mí me gustaba así.

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Re: Closer [Jack Thomas] {+18}

Mensaje por Adriana P. Gregoletto el Miér Ago 10, 2011 9:59 pm

Me tenían hasta las narices, mi padre, Pietro y aquellas niñeras de tamaño 4x4 que me habían impuesto. Yo era mucho más inteligente que Pietro y siempre lo había sido pero como él era el mayor, era el que tenía que heredar todo lo bueno y tratarme como si fuera una cría que ni pinchaba ni cortaba en aquella mierda de situación. Lo único que me perdía, y mi padre lo sabía demasiado bien, eran los hombres… Y desde que a Pietro le había tocado irse a América y controlar prácticamente todo el cotarro desde allí aún más porque ya no eran solo los hombres, ahora eran los hombre, la diversión y la fiesta, cuanto más de todo mejor… Y ahora que mi padre ni siquiera daba señales de estar vivo Pietro adoptaba el rol de padrastro/hermano cabronazo y se ponía en plan nazi conmigo, tratándome como si fuera una mierda y como si no valiera nada, fuera una estúpida y ni siquiera supiera cuidarme sola… Gilipolleces! Y eso no hacía más que cabrearme más junto al hecho de que mis propios hombres (Marco, Enzo y Giovanni habían sido enviados allí desde un principio para estar a mi mando y, de paso, cuidarme y protegerme si lo necesitaba) le hicieran más caso a mi jodido hermano que a mí… ¡Joder! Que ganas de destrozar cosas me acababan de entrar, de verdad…

Precisamente por eso, las amenazas a mis hombres y después al soldadito me habían salido prácticamente solas porque aunque por dentro estuviera hirviendo de rabia sabía disimular bastante bien y que eso, por fuera, no se notara demasiado así que me limité a esperar que el soldadito respondiera, esperando que fuera lo suficientemente inteligente como para no cavar su propia tumba con sus palabras y su comienzo no sabía exactamente como tomármelo… Lo del chantaje emocional nos encantaba, ahí tenía razón pero también la tenía en que era muy efectivo y cuando algo sale bien no es necesario cambiarlo así que por eso seguíamos aprendiéndolo desde pequeños, los mejores chantajistas éramos los que más alto llegábamos… Eso si no tenías un hermano mayor capullo que lo quisiera todo para él… Continuó diciendo que en unas cosas éramos burdos, haciendo que no pudiera evitar alzar una ceja porque aquel chico empezaba a ganarse demasiadas papeletas para no acabar bien por mucho que lo arreglara diciendo que en otras cosas éramos dignos de respeto. Al final me aclaró que no tenía nada a favor ni en contra de la familia(vamos, la mafia) y que sabía cómo funcionaba porque ya había conocido a varios de los nuestros aunque más disimulados que mis gorilas haciéndome poner los ojos en blanco y asentir con vehemencia cuando dijo que además no tenían excusa de haber estado bebiendo cerveza italiana para haberse puesto así y terminó diciéndome que les había echado una buena bronca, con las amenazas suficientes como para que se tomaran en serio mi autoridad y esas cosas con lo que no pude evitar fruncir el ceño. ¿Además entendía italiano? Vaya perlita me había encontrado aquel día, de verdad…

El soldadito siguió hablando diciéndome que no era plan de decir nada porque sabía de nuestros métodos y de nuestras formas para callar a la gente y que por mucho que pudiera resultar divertido enfrentar al ejército británico y a la mafia no tenía razones para enfadarnos ante lo que asentí mientras él decía que más que serle indiferentes nos respetaba y que se mantenía al margen de nuestros asuntos siempre y cuando nosotros no nos metiéramos en los suyos porque de hacerlo no iba a quedarse de brazos cruzados aunque eso fuera tan comprensible como el hecho de defenderse si lo atacaban. Justo después me preguntó si tenía alguna pregunta más porque parecía que no iba a dejar pasar la oportunidad de seguir cotilleando y que como él estaba de buen humor y hasta me iba a contestar me recomendaba hacerlo por eso de no perder la oportunidad. Y tenía razón, tenía bastantes preguntas que hacerle y unas cuantas dudas que él podría solucionarme… Mientras él seguía jugueteando con la botella de agua que tenía en las manos y volvía a llenar su vaso para ponerse a beber una media sonrisa apareció en mi rostro y, justo antes de que dejara de nuevo el vaso sobre la mesa y aprovechando que estaba distraído, me levanté y me senté sobre sus piernas, ignorando por completo la mirada que me echó en aquel momento y sonriendo ampliamente mientras rodeaba su cuello con mis brazos.

-Tienes razón, aún tengo más preguntas… ¡Me tienes intrigada, soldadito! Estarás contento… No muchos consiguen interesarme para algo más que para un polvo… - me encogí de hombros y alargué el brazo, cogiendo mi cerveza y dándole un trago para refrescarme un momento antes de volver a mirarlo a los ojos con un sonrisita en los labios. – Me parece perfecto eso de que no tengas nada contra nosotros y te preveo un futuro muy bueno… Casi de aliados. Aunque dices que has conocido a michos de nosotros, sabrás que no todos somos iguales, ¿De quienes eran? ¿La Sacra Corona Unita? ¿La Cosa Nostra? ¿La 'Ndrangheta? ¿o quizá la Camorra? Supongo que a alguien como tú no le importará, la familia es la familia, no? De todas maneras... ¿Cómo así sabes mi idioma? – pregunté acariciándole los labios con un dedo, divertida. – ¿Acaso has tenido una amante o algo así? ¿O quizá un amigo? O… ¿alguien del ejercito? Sí, suena más factible… Supongo que aún tengo una pregunta más, soldadito… Ya me has dicho lo que piensas de mi familia y que no vas a ser un mal chico y a irte de la lengua pero… - me mordí el labio inferior y empecé a recorrer su cuello a base de caricias con mis labios, marciéndolo de vez en cuando e incluso besándolo hasta llegar a su oreja, que mordí y lamí. – ¿Qué piensas de mí?

Sin más, volví a morderle el lóbulo de la oreja y me aparté de él de golpe, sin fiarme demasiado de su disposición a que le comiera el cuello y la oreja de manera tan gratuita y simplemente esperando, divertida, a que volviera a hablar… La mala leche había dejado paso a la diversión y a las ganas de jugar y me apetecía hacerlo con él… Y no solo porque fuera quien más a mano tenía sino porque parecía ser interesante, MUCHO, además… Por lo que me serviría, probablemente, para mucho más que para un simple polvo aunque con lo frígido que se lo veía si quería tirármelo tendría que currármelo bastante porque a él no se le veía por la labor… De todas maneras, quisiera él reconocerlo o no, yo estaba mucho más buena que su amiguita Emily, era mucho más inteligente y podría pasárselo mucho mejor conmigo… Ahora solo faltaba que él no fuera tonto y supiera aprovechar lo que tenía delante y que no se le pasara el arroz… Porque tampoco iba a pasarme toda la vida intentando tirarme a un tío cuando en el mundo había millones… Y la mayoría pagarían porque les hiciera de todo, y eso era un hecho!

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Re: Closer [Jack Thomas] {+18}

Mensaje por Jack Thomas el Jue Ago 11, 2011 8:22 am

A aquellas alturas, ninguno de sus intentos de intentar llevarme a la cama me resultaba descabellado, poco factible o simplemente imposible de suceder, sencillamente porque no me olvidaba de un hecho claro que era reforzado cada vez que hablaba, abría la boca o simplemente se movía, de tan implícito que era en ella: era italiana. Las italianas eran una fauna particular de mujeres, no tan guarras como las francesas o muchas británicas (por desgracia para mi apellido, mi hermana pequeña incluida, porque ella sí que era una zorra de cuidado) pero sí lo suficiente, además por motivos totalmente justificados que explicaban el porqué de su fama, como para que sus actos hablaran por sí mismos antes incluso de que llegaran a realizarlos del todo y por el que eso de no rendirse ni siquiera aunque le hubiera dejado claro (no con palabras, pero sí con el internacional lenguaje corporal) que no me interesaba tener nada con ella no por nada, sino más bien porque no tenía ganas en aquel momento de tirarme a una italiana, además de que yo no era de esa clase de personas que mezclan negocios con placer y, a fin de cuentas, que alguien de la familia en alguna de sus variantes (porque había muchísimas, y eso era un maldito hecho) fuera de quien estábamos hablando reducía bastante la posibilidad de relación aunque ella siguiera en sus trece... exactamente como se esperaba de un ejemplar de italiana tal y como lo era ella, delante de mí.

Poco tardó, sin embargo, en dejar de estar delante de mí. Apenas el tiempo que me costó volver a dejar el vaso de agua en la mesa después de beber fue lo que ella aprovechó para subirse encima de mis piernas, a horcajadas y muy cerca, disfrutando del contacto físico tal y como a las de su guerra les gustaba e ignorando la mirada de ”contigo no, bicho” que en un momento le lancé, porque además de ignorarla hizo exactamente lo contrario: acercarse más, aquella vez pasando los brazos por detrás de mi cuello y sonriendo ampliamente antes de darme la razón en cuanto a las preguntas (previsible en exceso, que es por todos conocido lo marujonas que son las italianas... será la sangre Mediterránea) y empezar a intentar, bastante cutremente, convencerme para echar un polvo... demostrando que la esperanza es lo último que se pierde de la manera más gráfica posible.

Aprovechando, también, la postura en la que estaba y haciendo que me planteara, por un momento, el riesgo de enfrentarme a una vendetta de la mafia sólo por quitármela de encima, ella continuó hablando, citando unas cuantas variedades mafiosas de las que conocía de oídas a todas y por contacto con mis compañeros militares especialmente a la Camorra y a La Cosa Nostra y preguntándome después por qué sabía italiano, enumerando la lista de posibilidades antes de, cómo no, morderme el labio y comerme el cuello antes de ir a mi oreja y preguntar lo que verdaderamente le interesaba de todo aquello, lo que pensaba de ella. ¿Tanta necesidad tenía de escuchar de mi boca las palabras que acreditaran que me caía bien o mal? ¿No le bastaba lo que Dios pensara de ella, que era más que suficiente se mirara por donde se mirase? Aunque teniendo en cuenta que yo era el mejor soldado de Dios, mi opinión podía servir como preámbulo a la de Él y era algo razonable que la pidiera, pese a que suponía e imaginaba (también porque era predecible a más no poder) que lo hacía por aumentar su ego y por ver si tenía oportunidades conmigo... y no exactamente.

– Sé el suficiente italiano para entenderos si no adoptáis el complejo de Ferrari o Lamborghini y empezáis a hablar tan rápido como si os fuera la vida en ello o con el dialecto más rural de la Italia más profunda, la de la 'Ndrangheta, y algo para defenderme, pero teniendo en cuenta que todo lo he aprendido a base de escuchar a mis compañeros militares no pretendas que mi dominio sea excesivo... Otros idiomas se me dan mejor que el italiano, aunque en un apuro podría defenderme. Y no niegues la posibilidad de haber tenido alguna amante italiana, Adriana, nunca se sabe y no voy a ser yo quien lo confirma o desmienta. – dije, separándome instintivamente de ella y de su cercanía e, incluso, apoyando las manos en sus muslos para separarla algo más de mí desde la propia base de su asiento sobre mis piernas. No entendía la manía que tenía de buscar el contacto físico, de verdad... con lo poco que me gustaba a mí que me tocaran cuando yo no quería, ella parecía buscar exactamente eso, demostrarme lo diferentes que éramos y que pese a que se suponía que tenía que odiarla (porque era una zorra por mucho que estuviera implícito en su acervo cultural y no pudiera quitárselo de encima así como así) no era así porque, en cierta manera, la respetaba... No tanto por ser mafiosa, que no me daban miedo en absoluto, sino más bien por haberme librado de alguien más pesado que un cadáver en brazos: Emily.

Adriana, sin embargo, no iba a darse por vencida tan fácilmente por esa cabezonería propia que mostraban siempre los italianos y, puesto a librarme de tenerla encima (que probablemente lo haría si contestaba y no le daba motivos para convencerme), la mejor opción que no implicara recurrir a la violencia, ya que apartarla sutilmente había tenido un resultado nulo al volver a acercarse ella a mí, eran las palabras.
– A ver, de ti... No comparto ni tu modo de pensar, ni tu modo de vida ni esa extraña afición que tienes por beber alcohol a estas horas de la mañana, aunque yo no lo beba nunca. Tampoco comparto tu falta de disimulo a la hora de hacer las cosas, como echar a los clientes del año de Nastro Azzuro y fanáticos del Milán en sus ratos libres, pero sí que es cierto que comparto contigo el disgusto por Emily y por la gente que nos vigila cuando es lo último que nos apetece. Eres... italiana, simplemente. De ahí puedes sacarlo todo: eres testaruda, orgullosa, con un desparpajo y una falta de vergüenza importante, incapaz de cerrar las piernas, echada para adelante... Y dejando aparte lo genérico, eres interesante y una aliada potencial que, pese a todo, me entretiene... cuando se me quita de encima. – respondí, aprovechando las últimas palabras para hacer exactamente eso, bajarla de mis piernas, y dejarla sentada a mi lado con una distancia prudencial de unos cuantos centímetros que, conociéndola, se encargaría de romper en cuanto tuviera la oportunidad de hacerlo... eso si no la distraía, claro, porque algo que también tenías los italianos que los asemejaba en cierto modo a animales como los gatos era que su atención era muy fácil de desviar de lo que tú no querías que trataran. ¿Cómo hacerlo? Fácil. Una pregunta mía hacia ella.

– Y ¿de cuál de todas esas ramas de la gran familia eres tú, Adriana? ¿Cuál es la historia que se esconde detrás de la italiana que tengo al lado? Y te preguntaría qué piensas de mí, pero a decir verdad me da bastante igual... Así que te preguntaré alguna otra cosa relacionada, ¿esto es sólo por cómo me queda el uniforme particularmente o eres igual con todos los tíos vestidos de soldados? Porque tendré que poner nuevos límites en la opinión que tenía de las italianas, a este paso... – dije, esbozando una sonrisa taimada que contrastaba con la frialdad general tanto de mi cuerpo como de mis ojos, especialmente de mis ojos.

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Re: Closer [Jack Thomas] {+18}

Mensaje por Adriana P. Gregoletto el Sáb Ago 13, 2011 10:01 pm

Me encantaba jugar y eso era un maldito hecho por lo que cada vez que tenía cerca a alguien interesante y futuro polvo en potencia me gustaba jugar un poco y Jack no iba a ser una excepción, más bien, porque no había de eso. Me gustaba, era divertido ver lo serio e incluso soso que podía parecer pero ese toque de picardía, de misterio y de ego… Le daban ese puntito que tantísimo me traía y eso por no hablar de su cuerpazo que eso, simplemente, eran palabras mayores. Me había tirado a unos cuantos militares antes, iraníes con cuerpazos de infarto, italianos de permiso, americanos de visita, algún que otro británico, turcos incluso, griegos, españoles, franceses, egipcios… Y todos ellos habían sido increíbles en la cama y estaban buenísimos pero es que mi amiguito el soldadito tenía un culo que… Bufff, sin palabras, de verdad… Así que sí, por si quedaba alguna duda después de todo, quería tirármelo. Aunque por desgracia él no parecía pensar lo mismo aunque a lo mejor era gay y todo… No era demasiado descabellado pero, sin duda, sería un desperdicio tremendo! El soldadito parecía algo incómodo conmigo encima pero aún así no tardo demasiado en contestar, diciéndome que sabía el suficiente italiano para entendernos y diciéndome, básicamente, que no habría pillado una palabra de lo que había dicho de haber ido más rápido e iba a soltar una maldad pero me callé mientras él seguía hablando, también del dialecto ininteligible hasta para los propios italianos de de la 'Ndrangheta y que lo que había aprendido había sido por sus compañeros militares pero que otro idiomas se le daban mejor aunque podía defenderse. Me encogí de hombros porque si quería aprender italiano en condiciones yo me ofrecía como profesora particular… Aunque como mejor se aprendía era cuando se lo susurrabas a alguien al oído mientras le dabas, además, el mejor polvo de toda su vida. Jack terminó diciéndome que no negara la posibilidad de que hubiera tenido alguna amante italiana pero que él ni lo confirmaba ni lo desmentía y no pude evitar alzar una ceja, divertida. ¿Entonces no era gay? Bien, bien… Pues si había estado con alguna italiana antes se olvidaría de ella porque conmigo sería mucho mejor… Práctica y eso. Él se separó un poco de mí, apoyando sus manos en mis muslos y separándome también un poco de su cuerpo, buscando recuperar algo de espacio vital y, si quería separarme un poco, yo iba a darle el caprichito porque más tarde o más temprano volvería a pegarme a él… Y, la verdad, fue más temprano que tarde, porque enseguida me volví a pegar más aún que antes a su cuerpo, con una sonrisa inocentona mientras lo miraba a los ojos… Que no estaban mal, tampoco.

Finalmente, el soldadito, se decidió a contestar la pregunta realmente interesante de las que le había hecho y comenzó diciéndome que no compartía ni mi modo de pensar, ni mi modo de vida, ni mi afición por beber alcohol a esas horas de la mañana y que él no bebía nunca… Y solo con eso ya había ganado aún más puntos porque odiaba a la gente que se drogaba y los que bebían… Bueno, no me daban tanta rabia porque yo misma lo hacía pero tampoco eran santo de mi devoción los borrachos que no saben distinguir una mujer de una farola. Continuó con más cosas que no compartía, como mi falta de disimulo y la forma en la que había echado a “los clientes del año de la Nastro Azzurro y fanáticos del Milan en sus ratos libres” pero que compartía conmigo el disgusto por la pánfila de Emily y por la gente que nos vigila cuando no nos apetece… Bueno, algo era algo, no? No iba a ser todo malo. No pude evitar sonreír de lado, satisfecha cuando dijo que era italiana y que de ahí podía sacarlo todo, aumentando mi ego, mi orgullo y mi vena patriótica mientras me describía con sus palabras: testaruda, orgullosa, mucho desparpajo y sinvergüenza, incapaz de cerrar las piernas, echada para delante… Vamos, la historia de mi vida. Aunque, dejando aparte lo genético, según él, era interesante y una aliada potencial que lo entretenía… sobretodo cuando me quitaba de encima y aprovechó ese momento para hacer lo propio y sentarme a su lado mientras yo lo miraba, medio picada, porque me hubiera apartado así. No iba a quedarse tan de rositas después de apartarme así y yo ya estaba dándole vueltas a mi venganza, al igual que al tema ese de que mi amiguito podía ser gay al final y todo mientras él decidió volver a hablar, esta vez, preguntándome a mí de cuál de las ramas de la familia era yo y que cuál era mi historia. No pude evitar alzar una ceja, que se completó con una media sonrisa cuando él dijo que me preguntaría que pensaba de él de no ser porque no le importaba lo más mínimo pero que me preguntaría algo relacionado que era que si aquello era solo por cómo le quedaba el uniforme o porque era así con todos los tíos vestidos de soldado porque entonces tendría que poner nuevos límites a lo que pensaba de las italianas mientras sonreía. Yo no pude evitar soltar una risita, negando con la cabeza mientras me mordía el labio inferior y negaba con la cabeza. – Tranquilo esto no es cosa de TODAS las italianas… Yo soy especial aunque eso ya lo irás descubriendo… Y no es por cómo te quede el uniforme o porque sea así con todos… Porque en mayor o menor medida lo soy, pero suelo tener menos paciencia y querer menos cosas de ellos, es decir, no me pongo a hablar ni a intentar conocerlos porque no me suele importar quienes sean, de donde sean o a lo que se dediquen… Tú en cambio… Me tienes intrigada, la verdad, y como no soy idiota y sé que no quieres nada conmigo por muy convincente que me ponga, al menos de momento, aprovecho y te conozco un poco más… Aunque resulte que al final es al contrario… – me encogí de hombros y llevé la mano de nuevo a mi cerveza para darle un trago, casi terminándomela y dejándole claro que podría hacerme mucho la tonta… Pero que no tenía ni un pelo de ello.

Al final, me terminé mi cerveza y lo miré, suspirando, antes de pasarme una mano por el pelo mientras me pensaba en responderle de verdad o no a la pregunta que me había hecho… Él ya sabía que era mafiosa y, probablemente, si quería podría descubrir de qué rama y quién era yo solo con meterse en archivos a los que los militares tenían acceso y con mi nombre y apellido saldría todo así que era o decírselo por las buenas o que lo descubriera él por otras fuentes… Y si, como él decía, era un posible aliado, lo mejor sería decírselo. – Y en cuanto a lo de mi historia… Supongo que sabiendo lo que sabes de mí poco importa que te lo cuente yo o no porque podrías descubrirlo si quisieras así que… Mi padre es Alessandro Annibale Gregoletto, líder de una de las facciones más poderosas de la Camorra napolitana, mi hermano y yo nacimos en Roma para evitar sospechas pero pronto nos mudamos a Nápoles y desde bien pequeños empezamos a seguir las órdenes de mi padre: robar, extorsionar, traficar, pegar palizas… Más tarde fue torturar y ahora mi hermano está en América, haciéndose con cada vez más poder y controlando el contrabando de armas y de drogas además de otras muchas cosas y yo… Me tengo que quedar aquí sin poder hacer prácticamente nada porque corro peligro de que quieran matarme… Y esa, soldadito, es la historia de mi vida. – hice una mueca y solté un bufido, asqueada de mi propia historia, sobretodo, de la parte de tener que estar recluida en medio del reino unido para protegerme aunque me salté la parte de que yo era el contacto de mi hermano en el reino unido para traficar y eso de que seguía estando “en activo” aunque probablemente se lo imaginara porque sino no me seguirían tan de cerca mis “amigos”. – Los dos a los que les he echado la bronca son Enzo y Marco, de mi escolta personal, se mudaron aquí junto a algunos miembros más de mi “familia” para asegurarse de que todo iba bien y de que no pasaba nada pero han pasado de estar de las ordenes de mi padre a las mías y de las mías a la de mi hermano… Y ahora los tengo siguiéndome como perritos falderos todo el santo día… Y créeme, es insufrible. Con lo bien que se me da torturar deberían tenerme algo de respeto porque como me cabree un poco podrían enterarse, la verdad… – comenté pensativa, más para mí misma que para él, pero me limité a sonreírle ampliamente, como dejando claro que iba a pasar de tema.

-Y bueno, soldadito, yo te he contado mi historia y te he aburrido un rato… ¿Por qué no me cuentas tú tu historia ahora? Porque no me creo que seas un simple soldadito sin nada más interesante que contarme… Se te ve en los ojos… Escondes más… Aunque si no quieres contármelo puedo volver a intentar llevarte a la cama, por mí perfecto… Ganas no me faltan, además… Tengo curiosidad por saber cuál es la marca de tus bóxers… - me mordí el labio inferior, divertida, mientras volvía a acercarme a él, dándole un suave mordisco en el lóbulo de la reja y tentándolo a que hablara si no quería que me volviera a lanzar como antes… o peor. Que chantajista y que mala era, de verdad… Pero bueno, ¿Qué podía hacer? ¡Eran cosas de familia!

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Re: Closer [Jack Thomas] {+18}

Mensaje por Jack Thomas el Dom Ago 14, 2011 8:49 am

Su ego era tan grande como el Coliseo, la Torre de Pisa y, en general, todos los monumentos de los que dispone Italia sumados uno detrás de otro para abarcar la enormidad del mismo, y a pesar de todo no resultaba tan aburrida como lo resultaban las personas con esa clase de soberbia y esa tendencia a sobrevalorarse más de lo que realmente valen... que no suele ser mucho. El hecho de que fuera mafiosa anulaba aquella valía, porque si por ella misma no era capaz de librarse de los problemas o de atajarlos siempre tendría a alguien (subordinado, familiar, amigo o simplemente compañero) dispuesto a echar un cable, sobre todo si se trataba de una vendetta, y quizá era aquello lo que le daba, ante mis ojos, algo de justificación para que se creyera tan especial como no lo era, que tenía recursos. No hay que malinterpretar: la mafia es una secta a la que no le cae bien el nombre secta y tiene que buscarse uno diferente para tapar la misma realidad. Se dedican prácticamente a lo mismo (desde robar a extorsionar, pasando por violar y dar palizas entre otras muchas cosas); es tan difícil, por no decir imposible a no ser que no tengas nada que perder, salir de una como salir de la otra; hay una relación parecida, entre camaradería y deber, entre los miembros... y en cierto modo en eso se parecían al ejército, si bien nosotros éramos mejores se mirara por donde se mirase por la labor que desempeñábamos: defender. Luchábamos por nuestro país, por el bienestar de las personas de bien y por eliminar las amenazas externas en pos de la seguridad de nuestra patria... y las sectas y las mafias a veces luchaban por eso, pero la mayoría de las veces lo hacían por beneficio propio y eso minaba bastante sus objetivos y la valoración de cualquier persona con criterio sobre ellos.

Obviando la parte del ego, Adriana respondió que frente a las excepciones de otros soldados u otros hombres, yo le interesaba (qué... ¿halago?) y después contestó a mi pregunta de su vida, contándome que era la hija de uno de los líderes de la Camorra y que desde pequeñita había sido una joya mafiosa igual que todas las demás, además de que su hermano se había ido a América a hacerse poderoso y ella se había quedado en el Reino Unido según ella sin poder hacer nada porque corría peligro. Típica hija de papá de toda historia o sociedad que se precie, sólo que en su caso era con la variación de que era mafiosa y, por ende, más peligrosa... aunque igual de caprichosa, a juzgar por lo que había visto hasta aquel momento. Confirmó su carácter de niña de papá con los dos gorilas que tenía de escolta personal, y a los que presentó como Enzo y Marco, y añadió un dato más interesante que lo demás, que era que se le daban bien las torturas... algo que teníamos en común, pese a que ella no lo sabía... aún, porque no pudo dejar pasar la oportunidad de decirme que o le contaba yo mismo la historia de mi vida o volvería a atacar e invadir mi espacio vital... y que le encantaría, de paso, saber la marca de mis boxers, una excusa como otra cualquiera para decir que se moría de ganas de desnudarme y de hacerme de todo. Como si no lo supiera... Por favor, que era militar, no imbécil ni ciego, y que había visto su actitud desde que la había conocido, hacía menos de una hora a pesar de todo.

– Mi historia no tiene nada de especial, en realidad. Nací en Bristol hace veintiséis años, de una familia bien situada económicamente. Estudié, fui al colegio y esas cosas y nació mi hermana pequeña cuando tenía siete años. Crecí con ella porque mis padres apenas estaban en casa y cuando tuve la edad suficiente me alisté en el ejército, poca cosa más. Lo único que cabe destacar de la historia es que parece ser que las cosas se liaron pardas en mi ausencia porque, después, mi hermana empezó a estar fuera de control de lo que mis padres y yo le habíamos enseñado que era el camino correcto y se mudó a Londres para estudiar y vivir la vida loca... sin seguir el ejemplo de lo que es bueno y no a los ojos de Dios. – dije, mencionando a mi hermana Charlotte de pasada y volviendo a centrarme, enseguida, en retomar la historia que o le contaba o se me subía encima, y prefería tener a la italiana a una distancia prudencial... por si acaso, que tampoco me apetecía mezclar negocios y placer pese a estar ella tan dispuesta. Yo no lo estaba, y eso era lo más importante de todo.

– Cuando pude ir al ejército, primero estuve unos años aquí en Inglaterra en la base militar para entrenarme y después me enviaron a Irak. Allí, según cambiaban los generales como quien cambia de pasta de dientes, me tocaba ponerme en un puesto u otro: a veces interrogaba, a veces salía a campo abierto a realizar misiones con la población local, a veces torturaba... según tocaba, ya te digo. Y de vez en cuando he podido tener permisos para volver al Reino Unido y estar descansando algún tiempo antes de volver al frente de batalla, que es donde más se me necesita... El mundo está podrido, y hay que eliminar esa podredumbre de la manera más eficaz posible. – añadí, antes de encogerme de hombros y acariciar el vidrio del vaso de agua con los dedos un momento, medio sonriendo antes de volver a clavar la mirada en ella y, también, antes de llevarme una mano a la cintura de los pantalones y bajarla lo suficiente para que ella viera la cintura de mis boxers con la marca en ellos.
– Calvin Klein, italiana... Mis boxers son Calvin Klein. – murmuré, volviendo a poner los pantalones en su sitio y bajando de nuevo la camiseta interior hasta que estuvo a la altura a la que debía estar, tapando mis abdominales y mi torso en general en vez de seguir haciendo que me planteara ponerle el vaso vacío debajo de la barbilla para que lo llenara con sus babas.

No me importaba que mirara. Podía, de hecho, seguir haciéndolo si le hacía especial ilusión comerme con la mirada y convencerse de que esa era la única manera de la que podría comerme porque no habría otra por mucho que fuera el vivo ejemplo de que la esperanza era lo último que se perdía, sobre todo en cuestión de hombres... Italianas, siempre tan ardientes, por no decir directamente calentorras, que nunca pierden la oportunidad no vaya a ser que la otra persona se distraiga y diga que sí... aunque conmigo no iba a tenerlo tan fácil como lo tendría con los demás, y eso era mejor que lo asimilara de una vez.
– Así que tu padre y tu hermano te han dejado sola controlando el cotarro... Fascinante, aunque al menos eso dice mucho de mi nueva aliada. No aparentas ser un alto mando, Paola, y eso que sé de buena tinta que las apariencias no son nada comparadas con lo que realmente se es, pero aún así... Es bueno saberlo. Y algo me dice, llámalo instinto de soldado o simplemente que resulta bastante obvio, que si piensan que no vas a hacer nada sólo porque corres peligro de que te maten van listos porque no tienes pinta de que te vaya que te controlen... Ni tampoco de que sea fácil hacer que corras peligro. No pareces esa clase de persona, y en esto sí que puedo saber que tengo razón porque sé bastante. No eres la única buena en torturas... Y de eso se aprende mucho, sobre todo a conocer a las personas... o a los animales, que es en lo que la mayoría de ellos acaban convirtiéndose. – añadí, alzando las cejas al final porque había empezado a vibrar algo en el pantalón a la altura de mi bolsillo y resultó ser mi móvil, que había empezado a utilizar en cuanto había volado de vuelta al Reino Unido ya que en el frente tenía la misma utilidad que una pluma contra un enemigo armado. El mensaje que había sonado era de mis padres dándome la enhorabuena por haber obtenido el permiso y recordándome que tenía cena familiar con ellos y con mi “adorada” hermana, a la que probablemente tendría que ir a buscar para llevarla con ellos y, básicamente, hacer de canguro... como si no fuera mejor que eso.

– Acabo de llegar y ya tengo la agenda apretada... Parezco un integrante de tu familia, Paola... Y me gusta más Paola que Adriana, te pega más, aunque el mejor nombre que te va a ti es el de italiana, pero la historia de tu vida no me convence lo suficiente como para no preguntarte nada más, así que en vista de que tengo tiempo libre antes de los deberes y obligaciones voy a ello. ¿Tu ropa interior también es de marca o directamente ni llevas? ¿Cuánto tiempo llevas en el Reino Unido? ¿Toda tu escolta personal es tan mala como Enzo y Marco o son sólo lo peor que te has podido encontrar y que te han encasquetado, ya que dices que están a las órdenes de tu hermano? Y... ¿Alessandro Annibale Gregoletto no es el mismo que lleva dando esquinazo y quebraderos a la policía, la internacional incluso, bastante tiempo? Se dice que ha desaparecido... – pregunté, con genuina curiosidad aunque no excesivamente acuciante porque podía sobrevivir perfectamente sin saberlo y entrecerrando los ojos un momento al mirarla, estudiando su expresión... porque, con suerte, me diría más que unas simples palabras que tan bien podían ser utilizadas para mentir.

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Re: Closer [Jack Thomas] {+18}

Mensaje por Adriana P. Gregoletto el Mar Ago 30, 2011 7:13 am

No había nada que me interesara más que alguien que no caía fácilmente ante mis encantos y mis provocaciones. A ver, no es porque fuera masoca o porque me encantara ganar siempre y fuera una egocéntrica (que también) sino que, simplemente, me encantaban los retos y aquel soldadito era un reto con patas porque ya no es que no le pusiera con lo que fuera que le hiciera o que no demostrara siquiera que había algo de vida en sus pantalones, sino que ni siquiera estaba interesado en mí, en absoluto. ¿Por qué? Dios lo sabría porque lo que era yo… No tenía ni idea. Ya me había planteado antes unas cuantas veces eso de que, quizá, pudiera ser gay o algo así porque lo de la novia había quedado descartado por él mismo... Pero no, aquel soldadito no tenía pinta de que le gustara morder almohadas (o ser el que pone a otros a morderlas…) por lo que la opción de que fuera gay había quedado prácticamente descartada desde el principio porque solo había que verlo, tan estoico, tan frío, tan sexy, tan jodidamente misterioso y con semejante cuerpazo… Y lo mejor sería que dejara de pensar en todo eso para no ponerme a babear e inundar aquel sitio con mis babas, que capaz me veía, porque, además así solo me pondría cachonda y estar ahí, con el calentón, y sin planes de futuro de calmarlo… Como que no era nada agradable así que lo único que me quedaba era pensar ¿por qué leches el maldito soldadito se comportaba así conmigo?

Pero él no parecía dispuesto a dejármelo claro tan fácilmente como iba a contarme su vida cosa que, en aquel momento, empezó a hacer empezando desde el principio a decir que no tenía nada de especial antes de empezar diciéndome que había nacido hacía veintiséis años en Bristol y que su familia estaba bastante bien económicamente, fue al colegio, estudio, su hermana pequeña nació cuando él tenía siete años, creció con ella porque sus padres nunca estaban en casa y cuando tuvo la edad suficiente se alistó en el ejército. Yo asentía ante sus palabras, intrigada, porque, la verdad, aquello realmente me interesaba sobretodo si me servía para descubrir más cosas sobre aquel amiguito que me había encontrado por el camino. Comentó también que en su ausencia a su hermana le dio, básicamente, por vivir la vida loca y se había mudado a Londres “sin seguir el ejemplo de lo que era bueno y no a los ojos de Dios”. Aquella frase me hizo sonreír durante unos fugaces segundos, recordándome en exceso a mi padre y a lo extremadamente religioso que había sido y cómo cosas como esa eran las típicas que diría él sobre mi comportamiento… Aunque también dudé de si, con aquella descripción tan fugaz, podría yo conocer a su hermanita o no que, por la edad que tenía él y la que supuse que tendría ella, se movería por los mismos círculos que yo… Oh, joder, ¿Y si me había liado con su hermana en una noche loca y pasaba a encabezar su lista de enemigos? No me apetecía, como él mismo había dicho, enfrentar al ejército británico y a la mafia por muy divertido que pudiera llegar a ser así que decidí no decir nada ni preguntar más sobre ella para que él siguiera hablando y, básicamente, que fuera lo que Dios quisiera. Él también parecía pensar que lo mejor era dejar el tema de su hermana y continuó hablándome de su estancia en el ejército, diciéndome que primero había estado en Inglaterra pero que después lo habían enviado a Irak y que allí había sido de todo ya que a veces le tocaba interrogar, otras a realizar misiones a campo abierto con los locales, otras torturaba… Y no pude evitar sentir cierta curiosidad por saber cómo torturaba aquel chico porque, la verdad, ya teníamos algo en común y eso era mejor que nada… Y siempre era bueno tener un buen compañero de torturas o, al menos, algún consejero o alguien con quien intercambiar ideas o prácticas. Me dijo también que a veces tenía permisos para volver al Reino Unido y descansar antes de volver al frente, que era donde se le necesitaba, dejándome clara su visión de que el mundo estaba podrido y había que eliminar eso de la manera más eficaz, haciéndome alzar una ceja, flipando por lo colgado que estaba el soldadito de marras pero sin decir absolutamente nada… A veces era mejor callar y esa era una de esas veces, que no me apetecía hablar de más y, después, acabar mal…

Él se encogió de hombros y, segundos después, subió su camiseta interior (dejándome ver sus increíblemente definidos abdominales, tantos en lo poco que enseñó que aquello no podía ser sano ni normal, como mis babas) y bajó un poco la cintura de sus pantalones, enseñándome el borde de sus boxers, donde se leía perfectamente la marca que él repitió, por si estaba demasiado ocupada babeando (que sí) como para reaccionar y leerla o algo, dejando claro que eran Calvin Klein y haciendo que me relamiera visiblemente sin siquiera poder ni querer evitarlo mientras él volvía a bajar su camiseta y yo me despedía de su cuerpazo y es que, con aquello, me había dado aún más ganas de conseguir que aquel soldadito fuera mío… Al menos por una noche… O más si después merecía la pena, al menos, hasta que volviera a irse a la guerra que parecía ser lo que realmente quería. Él, haciendo que volviera a centrarme en sus palabras más que en la imagen de su cuerpazo grabada a fuego en mi mente (gracias memoria fotográfica) comenzó a hablar, esta vez sobre mí, diciéndome que no aparentaba ser un alto mando y ganándose que me encogiera de hombros antes de sonreír con expresión angelical, que no me pegaba en absoluto si me conocías, mientras seguía, clavándome al decir eso de que si pensaban que no iba a hacer nada porque corriera peligro la llevaban clara porque, como él mismo había adivinado, no me iba nada que me controlaran en absoluto y por el hecho de que no era alguien que pudiera correr peligro fácilmente y dijo que eso lo suponía porque, al ser bueno en torturas, aprendes a conocer a las personas… O a los animales en los que se convierten. Asentí ante sus palabras, murmurando un “Amén” mientras él alzaba las cejas y sacaba de su pantalón su móvil, leyendo un mensaje que acababa de llegarle, con él poniendo cara de poker y, conmigo, algo más intrigada por mi amiguito… Aquel chico, de tan misterioso, me tenía con toda la atención puesta en él… Y eso, sin sexo de por medio, no era algo sencillo, así que había que reconocerle que tenía bastante mérito.

Bromeó, diciendo que parecía un miembro de mi familia porque acababa de llegar y ya tenía cosas que hacer pero… Como tenía tiempo iba a seguir preguntándome sobre mi historia, diciéndome además que prefería llamarme Paola porque me pegaba más. Esta vez fue él el que me preguntó por mi marca de ropa interior (o directamente por si llevaba), por cuanto tiempo llevaba allí, por mi escolta y… por mi padre. Me sorprendió bastante que conociera siquiera a mi padre y más aún que supiera su nombre, lo que me hizo tragar saliva y bajar la mirada durante unos segundos antes de volver a mirarlo, con una media sonrisa en los labios, orgullosa. – Sí, ese mismo es. La policía siempre ha estado detrás de él y nunca han conseguido encontrarlo… Ni reunir las pruebas suficientes como para procesarlo. Solo tenían, como siempre, pruebas circunstanciales y sin valor con las que, en un par de días, siempre estaba fuera… Y sí… También tienes razón con eso de que ha desaparecido… Hace algo así como un mes, quizá algo más, dejé de recibir noticias suyas y entonces empecé a recibir órdenes de mi hermano… – callé, de repente, sabiendo que le había dado más información de la que debía a un soldado británico al que acababa de conocer así que me encogí de hombros y decidí pasar a responder otra pregunta. – Enzo y Marco son parte de mi escolta personal desde que tengo uso de razón, conmigo vinieron cinco pero realmente son ellos dos y un tercero, Giovanni, los que se ocupan de mí en exceso aunque desde que mi hermano pasó a tomar el mando se han vuelto más imbéciles, menos precavidos y menos sutiles que yo intentando llevarte a la cama… - sonreí de lado, divertida, antes de morderme el labio inferior. Las cosas claras como aquella había que reconocerlas y estaba bastante claro que él me ponía y que quería tirármelo así que… ¿Para qué negarlo? – En cuanto al tiempo que llevo aquí no llega ni a un año, la verdad, aún estoy prácticamente instalándome aunque conozco la ciudad y todo lo que necesito para empezar con mis “negocios”… En los que, por cierto, me vendría bien alguien como tú… - me encogí de hombros, llegando a la última pregunta en la que, con una sonrisa pícara, me miré por debajo de la camiseta, estirando un poco y prácticamente bajando el escote de mi camiseta para que mirara si quería y, después, miré dentro de mis pantalones y asentí. – Y sí, como ves, hoy llevo ropa interior… Dolce&Gabbana, por cierto… Aunque te aseguro que estoy muchísimo mejor sin nada encima… Al igual que tú.

Me terminé la cerveza prácticamente de un trago y me volví a acercar al soldadito, sin llegar a ponerme encima de él como antes pero sí bastante pegada a él pero sin llegar a meterle mano ni nada de nada. – Por cierto, soldadito… Ya que me he quedado sin mi escolta personal gracias a ti… ¿Me acompañarías a mi casa tú? Ya sabes, no es bueno dejar sola a una parte tan importante de la familia, piensa que si me pasa algo estando contigo irán a por ti… Y sería todo un desperdicio, que estás buenísimo y eso… Además, ya me has dicho que aún tienes tiempo para estar conmigo, ¿No? Pues aprovechemos… Y si te apetece puedes subir y cotillear que tiene pinta de que te gusta o algo… Y podríamos conocernos… Mejor… - acaricié su pecho por encima de la camiseta y le mordí el labio inferior, estirando de él, insistiendo para que nos fuéramos de allí y fuéramos a mi casa y pudiera arrancarle la ropa y montarlo hasta que no pudiéramos más… Porque era lo que más me apetecía en aquel momento, comérmelo enterito. Y es que sabía que más de lo que ya le había sacado hasta entonces no podría sacarle por mucho que quisiera y él a mí sí, cosa que no me beneficiaba en absoluto, más bien al contrario… Así que mejor pasar directamente a lo interesante y dejarnos de tonterías… Que ya había aguantado demasiado con aquel tio sin hincarle el diente… Y ya me estaba empezando a entrar el hambre… MUCHA hambre… Tanta que no podía ser sana, pero aquel chico, la verdad, lo merecía…

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Re: Closer [Jack Thomas] {+18}

Mensaje por Jack Thomas el Miér Ago 31, 2011 1:29 am

Sinceramente, dudaba bastante que llevara ropa interior puesta. No era la clase de hombre que se fijaba en el escote de una mujer lo suficiente para saberlo en base a eso, básicamente porque tenía cosas mejores que hacer que fijarme en un canalillo que una camiseta dejaba evidentemente a propósito a la luz, pero en cualquier caso conocía muy bien a las de su calaña porque, una vez estudiabas el comportamiento de una, todas estaban cortadas por el mismo y aburrido patrón. Estaban más salidas que el pico de una plancha, y siempre que podían buscaban la oportunidad de ofender a Dios y romper lo más normal y razonable: llegar vírgenes al matrimonio que era lo que se suponía que tenía que suceder... con alguna excepción, como lo era yo. Por el regalo que Él me había hecho en aquella tormenta, además de los dones que desde mi infancia había poseído pese a haberlos desarrollado sólo en el frente de batalla, mis obligaciones eran mayores que las del resto de personas, sí, pero también lo eran más mis privilegios... y si Dios enviaba ansias a mi cuerpo lo hacía para que las pudiera satisfacer en pos de un mejor servicio a la divinidad, convirtiéndome así en una excepción que era la única, porque no contemplaba como tales a las zorras que vendían su cuerpo sin recibir ni un solo céntimo por ello, sino por amor al arte... Patético.

En la italiana, sin embargo, tenía que hacer la vista gorda respecto a aquello por una mera cuestión táctica: no podía permitirme tener a la mafia como enemiga. El ejército me respaldaría de hacerlo, evidentemente, pero teniendo en cuenta que tres de cada cuatro soldados eran unos cafres y que sólo los mejores, como yo, nos librábamos de aquella generalización que escondía una gran verdad, la capacidad efectiva de posicionarse como enemigo de un cuerpo como lo era la familia no era extremadamente amplia, por lo que la única opción que me quedaba era prevenir, ya que es mucho mejor que curar cuando es demasiado tarde para lamentar esto último, y si eso pasaba por hacer la vista gorda respecto a mi nueva “amiga” (aliada, más bien...) bienvenido fuera: cosas peores había hecho por mantener la vida en el frente de batalla y aquella situación, de llegar al extremo, no sería tan diferente de lo que había sido entonces.

El orgullo que llenó su expresión en cuanto mencioné a su padre fue digno de alabanza, porque iba en consonancia con el mandamiento aquel de “Honrarás a tu padre y a tu madre” que, en cierto modo, compensaba que se saltara el de “No cometerás actos impuros”, “No matarás” y muchos otros más... que ignoraba como tan obvio resultaba. Su orgullo por él era tal que la admiración que mostraba en sus palabras resultaba evidente, tanto como que su padre era tan buen mafioso que hasta en el ejército lo teníamos fichado, y yo mismo era consciente de que había desaparecido pero esperaba, en cierto modo, que ella supiera dónde estaba... aunque no lo hiciera, ya que así lo revelaron sus palabras negando implícitamente esa realidad al decirse subordinada forzada de su hermano... dato interesante, por cierto.

Lo siguiente de lo que me habló, cambiando de tema con menos sutileza que Judas traicionando a Jesucristo en la Última Cena, fue de sus niñeras de tamaño XXL o armario ropero: Enzo, Marco y un tercero que se llamaba Giovanni y que, al parecer, eran menos sutiles que ella intentando llevarme a la cama, palabras textuales... con muchísima razón, en ambas cosas porque las había vivido en mis propias carnes (sí, esa que como si fuera un trozo del cuerpo de Dios se moría por probar... o quizá aún más). Añadió que llevaba en Londres alrededor de un año pero que en ese tiempo le había dado tiempo a conocer la ciudad y a buscarse gente que le sirviera (como yo, según dijo) y lo último que dijo fue que sí, llevaba ropa interior de Dolce y Gabanna, como se empeñó en mostrarme pese a que no tuviera el menor interés en verlo y me fiara de su palabra como lo hacía... cualquier cosa con tal de no romper el contacto visual, porque no me apetecía hacerlo.

No pudo aguantar demasiado tiempo sin acercarse a mí y volvió a hacerlo, sugiriéndome que ya que había espantado a su escolta personal la acompañara yo a casa para que a nadie de la familia se le ocurriera tomar medidas contra mí por si le pasaba algo a ella (y, aunque lo dijo de broma, sabía que lo harían de verdad...) y añadiendo proposiciones indecentes que no me interesaban, que combinó con sus manos acariciando mi pecho por encima de la camiseta interior de tirantes y con ella mordiéndome el labio inferior... típico, y si pensaba que lo mismo que utilizaba con todo hombre funcionaría conmigo estaba aún más equivocada que aquellos pobres ilusos que pensaban que Dios no existía... Estúpidos.

– Tu padre es famoso no sólo por la policía, te lo puedo asegurar, y no creo que sea esto lo que quieras escuchar para que te libres del control de tu hermano, pero nadie en todo el mundillo sabe nada de su paradero... Una lástima, en realidad, porque seguro que es alguien con quien merecería la pena tener algún trato provechoso. Su fama lo precede... – dije, encogiéndome de hombros y sacudiéndolos lo suficiente para que ella dejara de invadir mi espacio vital y se separara un poco de mí, lo suficiente para que medio girara el cuerpo sin darle una hostia importante y pudiera coger la bolsa de viaje, que enseguida puse sobre mi regazo.
– Sí, te acompaño... No me conviene enemistarme con tu familia, italiana, sobre todo teniendo en cuenta que sois muy perseverantes cuando se trata de vendetta, algo en lo que sois demasiado expertos. Te aseguro que vas a llegar viva a tu casa. – añadí, con tono serio y solemne antes de moverme en el asiento para levantarme de aquella mesa, dejando un billete sobre ella para pagar ambas consumiciones y comenzando a caminar en dirección a la salida en cuanto ella abandonó la mesa y, cuando salimos de allí, me eché la bolsa al hombro y comencé a seguirla en la dirección que ella indicaba ya que, a fin de cuentas, era quien sabía donde estaba su casa... como la gran mayoría de la población masculina de Londres, seguramente.

Durante el trayecto, no demasiado largo porque vivía relativamente cerca de la estación, hablamos de algunas cosas sin demasiada importancia, sobre todo relativas a sus gorilas, a ella y en menor medida a su hermano, cuyo nombre, Pietro, descubrí prácticamente de casualidad antes de que ella se diera cuenta y cambiara de tema, demasiado tarde para lo que mis habilidades de torturador que acababa sacando siempre la verdad dominaban. Al final, llegamos a un portal y ella abrió la puerta, girándose después hacia mí como invitándome a subir y ganándose, por mi parte, una media sonrisa divertida, con mi vista clavada en la suya.
– Ya has llegado sana y a salvo, Paola, mi tarea aquí ha terminado. Tengo cosas de las que ocuparme, así que ya nos veremos por ahí... – dije, despidiéndome de ella antes de que ella lo hiciera a su manera y se me lanzara (otra vez), comiéndome la boca y en cuanto nos separamos y me giré tocándome el culo porque, a fin de cuentas, cualquier oportunidad que tuviera para hacerlo iba a aprovecharla y aquella no sería una excepción a la regla en cuanto a un comportamiento que, prácticamente, había heredado de sus propios padres y de lo que la cultura en la que había crecido le había grabado a fuego en la cabeza, hasta tal punto que lo asimilaba como suyo.

La casa de la italiana no quedaba demasiado lejos de la mía, y ese fue el camino que recorrí con la bolsa en la mano y que fue súbitamente cortado por una Emily que tenía toda la pinta de haber estado siguiéndome desde que había salido de la estación.
– Jack, ¿qué se supone que estabas haciendo con esa? Tenía unas pintas de fulana que no podía con ellas, y seguro que quería corromperte... Cuánto mejor haber estado con quien sabes que te ha echado mucho de menos... – me dijo, en cuanto logró frenar mi marcha al lado de mi casa y logrando que mi expresión de sorpresa enmarcara una cara que era de puro hielo, la que le estaba dedicando.
– Era una vieja amiga, Emily, y con quien esté o deje de estar queda entre el creador y yo... No tengo que hacerte partícipe de nada de lo que haga. – le espeté, dejándola clavada en el sitio a tiempo de volver a mi piso y poder sentarme a comer algo de lo que tenía por allí, que gracias a mi previsión era lo suficiente para permitirme aguantar toda la tarde pero no lo suficiente para aguantar toda una semana allí, así que tarde o temprano tendría que hacer la compra... mejor tarde.

En cuanto fue la hora, recogí a la zorra de mi hermana del centro comunitario y la llevé a casa de mis padres, donde estuvimos los 4 un rato antes de la cena en sí y donde ella aprovechó para irse en cuanto pudo, logrando que yo sintiera la ira de siempre ante sus desplantes recorrerme y que en cuanto mis padres me lo indicaran pudiera irme... aunque no a perseguir a mi hermana para darle su merecido, no a eso porque en aquel momento algo atrajo mi atención muchísimo más que una simple zorra. ¿Qué era ese algo? Fácil, la salida de uno de los supuestos lugares de culto que los infieles habían alzado en batalla directa contra Dios y de donde salió uno a quien yo conocía demasiado bien porque había luchado en el frente conmigo... ocultando al parecer que era un infiel y provocando que, con una sonrisa maquiavélica por mi parte, se iniciara la función.

Sonrisas falsas, muecas agradables y alcohol que llevaba él en vena favorecieron la comunicación y que confiara en mí lo suficiente, como tantas veces había hecho cuando le había salvado su estúpido y vulgar cuello, aquel que merecía que lo apretaran hasta la muerte, para que no sospechara nada malo de mí aparte de que quería reencontrarme con un viejo colega cuando lo conduje a un almacén abandonado, uno en una de cuyas sillas lo até para su enorme sorpresa porque no creía que nunca un compañero militar podría hacerle eso después de tantas experiencias juntos en el frente y, sobre todo, después de salvarnos la vida mutuamente unas cuantas veces... aunque, más bien, se la había salvado yo a él de la misma manera que salvaría su alma del pecado antes de que se entregara a adoradores de falsos ídolos de una vez por todas.
– Vas a morir, sucio infiel. – predije, con alegría en la voz y una sonrisa en los labios que vino antes de darle un puñetazo en la cara con el que sus huesos crujieron y su tabique nasal se rompió, dejando sangre en mis manos que me esforcé en limpiar en la ropa de aquel infiel ya que no quería manchar mi uniforme, que ni siquiera me había dado tiempo a quitarme. Después de aquel puñetazo vinieron más, bastantes más, que lo dejaron con los ojos morados y con la sangre corriéndole por el rostro, además de con su ropa manchada de la sangre que yo me había limpiado en ella. Con un preciso movimiento, cuando él me miraba aún incrédulo, saqué un cuchillo que ocultaba siempre en los pantalones, y empecé a hurgar en cada una de las uñas de sus manos, arrancándole gritos de agonía que terminaba por acallar con más golpes y que culminaban conmigo extrayéndole todas las uñas, con sus manos sangrantes y yo con muchas ganas de seguir.
– ¿Crees que esto es todo? Aún te espera muchísimo más por arrodillarte ante un falso ídolo... – añadí, jugando con el cuchillo entre los dedos antes de dedicarle otra sonrisa macabra y de que comenzara con los tajos, superficiales pero dolorosos y muy cercanos a sus arterias principales... Que comenzara el auto de fe.

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Re: Closer [Jack Thomas] {+18}

Mensaje por Adriana P. Gregoletto el Dom Sep 18, 2011 10:20 am

Jack Thomas… Aquel soldadito era realmente un hueso duro de roer y no había manera de que cayera pero no por ello yo iba a dejar de intentarlo… ¿Qué clase de italiana sería de hacerlo, por favor? Una de las peores, sin duda, y como quería honrar a mi patria y, de paso, llevarme como recompensa un polvazo con un hombre como él… tan jodidamente sexy y atractivo… Pensaba seguir insistiendo, probablemente, hasta que terminara aceptando o me mandara a un lugar no demasiado bonito ni agradable (¿Francia, quizá?). Total, a lo mejor se lo pensaba y decidía que le apetecía tener el mejor polvo de su vida aquel día y, ¿Quién era yo para negárselo? Estaba a su total y completa disposición para hacer que su cuerpo ardiera, que dejara de parecer una jodida estatua de mármol (de la época helenística, más o menos, porque esos músculos…), que gimiera de placer… Y que yo también me muriera un poco mientras tanto. No podía negar que aquel chico me ponía, los había visto (y probado) mucho mejores pero ninguno de ellos me había rechazado, ninguno había parecido un jodido cadáver cuando me había puesto encima y todos se habían lanzado a mi cuello sin dudarlo en apenas segundos… Sí, aquello empezaba a ser personal y me lo quería tirar, punto. Lo haría costara lo que costara y jodiera a quien jodiera porque no había nadie en el mundo capaz de resistirse a los encantos de Adriana Paola Gregoletto y eso ya era jauja, que no podía ser, joder, llevábamos demasiado de conversación y muy poco de conocernos realmente “a fondo”. Decir que era el chico con el que más había hablado desde que había llegado a Londres probablemente era decir toda la verdad pero, al menos, la conversación había sido agradable… Por mucho que yo fuera menos de hablar que de actuar que eso sí que era lo mío, la acción… Por eso precisamente había vuelto a las andadas y acariciaba su fuerte pecho por encima de aquella camiseta interior de tirantes con la que iba provocando por el mundo y también por eso estaba, de nuevo, casi encima de él, esperando su respuesta sobre lo de acompañarme a casa… Y lo que surgiera después… O durante.

Sin embargo, fue de mi padre de lo primero que me habló, volviendo a sorprenderme y haciéndome sentirme orgullosa de ser quien era al escuchar sus palabras diciendo que mi padre era famoso y no solo para la policía aunque nadie en el “mundillo” sabía dónde estaba, lo que era una lástima porque, dijo, que era alguien con quien valía la pena tener algún trato ya que su fama lo precedía… Y ahí no pude evitar sonreír de lado, orgullosa, y asentir a la vez que él se encogía de hombros y los sacudía, logrando apartarme de nuevo de él (MUY de mala gana, por cierto) que no tardó encoger de nuevo su bolsa de viaje y ponerla sobre su regazo, aceptando mi petición de acompañarme a mi casa por “miedo” a las represalias y a nuestras archiconocidas vendettas en las que, como bien había dicho el soldadito, éramos realmente expertos y terminó por asegurarme, con tono serio, que iba a llegar viva a casa antes de levantarse de allí, dejando un billete sobre la mesa para pagar ambas consumiciones, haciéndome sonreír de lado, divertida, mientras lo miraba aún en mi asiento porque aquel chico era todo un lujo, la verdad, además de estar como un queso, me invitaba a cerveza… Si todos los hombres fueran así…Uffff… Me levanté rápidamente y salimos de allí, conmigo delante, guiándolo por las calles de Londres en dirección a mi casa. Sin más, comenzamos a hablar, comentando lo inútiles que podían llegar a ser a veces mis queridas niñeras y contándole cosas aleatorias y sin importancia de mí o de las tareas o misiones que de vez en cuando mi hermano me mandaba… Hermano cuyo nombre dije una de esas veces, tratando de cambiar de tema rápidamente y con mi archiconocidísima sutileza, aunque él ya se hubiera enterado de todo... Porque, como siempre, ya estaba hablando más de la cuenta. La verdad, había algo en él que me hacía plantearme seriamente si era buena idea aquello, hablarle de mi familia y de mí, contarle cosas que no le contaría a ningún desconocido por muy bueno que estuviera… Pero por otra parte sabía que él no utilizaría nada de eso en mi contra o, al menos, quería creerlo… Y no sabía cómo, siendo yo tan desconfiada, parecía que de repente empezaba a confiar como por arte de magia en aquel desconocido… No tardamos demasiado en llegar a mi casa y me apresuré a abrir el portal, dejando hueco para que pasara y prácticamente invitándolo y dejándole claro que quería que subiera conmigo… Pero él estaba quieto allí, mirándome a los ojos con una media sonrisa divertida antes de decirme que ya había llegado sana y salva y que su tarea había terminado, despidiéndose al decir que ya nos veríamos por ahí… Y haciendo que mi parte más caprichosa y con más mal perder hiciera acto de presencia y no tardara ni dos segundos en lanzarme a sus labios, comiéndole la boca con intensidad una vez más hasta que nos separamos y él se giró… Y no pude evitar tocarle el culo porque iba provocando… ¡Y una no es de piedra! Me quedé apoyada en la puerta unos segundos, negando con la cabeza mientras él se marchaba y suspirando antes de subir a mi casa, abriendo la puerta, quitándome los botines y tirándolos por ahí sin mucho esfuerzo, dejándome caer sobre mis sofás y encendiendo el reproductor de música, dándole al aleatorio y relajándome un rato con las mezclas más raras de la historia de la música: Desde Vivaldi hasta Sepultura pasando por los Beatles e incluso por Trivium además de mil géneros más de música, alternando como solo un aleatorio sabe entre canciones lentas y rápidas… y al final terminé por dormirme, agotada después de todo…

Me desperté casi al anochecer, la mejor hora del mundo, y me preparé algo de comer bastante consistente y con fundamento ya que aquella noche, para no variar demasiado, tocaba fiesta e iba a beber mucho alcohol. Tras mi tentempié y limpiarlo todo rápidamente, tocaba una ducha rápida (aunque el término “ducha rápida” puede ser lo más relativo del mundo porque mis duchas NUNCA eran rápidas) y empezar a arreglarme con música de fondo, cantando, saltando, bailando y gritando y animándome de paso para la gran noche que me esperaba. El modelito era sencillo pero siempre funcionaba: un vestido palabra de honor corto, que no llegaba a más de medio muslo, y realmente ceñido, de color negro y con pequeñas calaveras blancas adornándolo y un cinturón ancho y blanco bajo mis pechos como único complemento, realzando mis curvas. En los pies unos tacones negros y blancos con el logo de los Misfits y alguna pulsera y collar… Aunque al ver el rosario que mi padre me había regalado hacía años y que un amigo mío al que se lo había dado me había devuelto hacía poco, lo cogí sin pensar y me lo puse al cuello, cogiendo un bolso y maquillándome algo antes de salir rápidamente de casa. Aquella noche fui al centro y empecé a beber y a bailar pronto, llegando incluso a irme al baño de alguno de los locales en los que entraba con tíos para comernos mutuamente y literalmente, empezando la noche con muy bien pie y divirtiéndome como solo yo sabía hacerlo. Volviendo de una de esas escapadas al baño con un chico que seguía pegado a mi oreja, comiéndomela y diciéndome de irme a su casa a pasarlo bien, fue cuando, para mi sorpresa, encontré al soldadito de aquella mañana con otro tío (que no estaba nada mal, por cierto) hablando y sonriendo, invitándole a copas y siendo todo amabilidad. Aquello me chocó tanto que ignoré al tío que intentaba calentarme otra vez y llevarme a la cama, yendo directamente a la barra, lejos de ellos y observándolos. Había descartado la idea de que fuera gay, sí, pero en aquel momento veía factible hasta que los cerdos volaran por lo que yo los espiaba con todo el sigilo del mundo y sin demasiadas copas aun en el cuerpo (por suerte), tratando de averiguar de qué iba aquello… Y al parecer, el chico era tan solo un compañero del ejército y nada más y se estaban contando batallitas. Enternecedor. Sin embargo, continué espiándolos y los seguí cuando salieron de allí con sigilo, el sigilo propio de alguien que ha hecho eso unas mil veces, por si después de aquello podía conseguir al fin mi primer premio y tener al soldadito solo para mí... No me esperaba que Jack condujera a su “amigo” a un almacén abandonado como aquel y, mucho menos, que lo atara a una de las sillas que había por allí, cosa que compartía con aquel pobre diablo que, medio borracho, no dejaba de hablar y hablar y preguntar por qué hacía aquello y, bueno, lo típico. Jack anunció que iba a morir y lo llamó “sucio infiel” antes de romperle la nariz de un puñetazo y limpiarse la sangre en la camiseta del otro. Continuó a base de puñetazos y más puñetazos, realmente fuertes y que lo hacían sangrar y dejaban su cara realmente amoratada aunque, no contento con eso, comenzó a utilizar un método de tortura con él, utilizando un cuchillo y metiéndolo por debajo de sus uñas, antes de arranárselas de golpe. Aquel espectáculo estaba siendo magnífico y me preguntaba cuánto tardaría en morir el pobre infeliz que estaba siendo torturado y, además, cuanto tardaría yo en dejarme ver porque aquello me estaba poniendo a cien, si no a mil y Jack anunciando que aún le esperaba mucho más no hacía más que darme ganas de ayudarlo…

Esta vez fue el turno de una serie de cortes superficiales cerca de las arterias importantes, aprovechando que su presa seguía consciente y que aquello jugaría un papel muy importante psicológicamente… Lo asustaría mucho más. La paciencia nunca ha sido una de sus virtudes y no pude evitar aplaudir desde mi posición, en la oscuridad, lejos de ellos, dejándome ver por fin y acercándome lentamente a los dos. – Brillante. Gran comienzo y buenas amenazas… No mentías al decir que eras un buen torturador… Pero deja a la experta. – comenté, acercándome a él y quitándole el cuchillo de la mano, acercándome a su amiguito e inclinándome hacia él, pasando el cuchillo por su pecho lentamente, hundiendo apenas la punta del cuchillo en su piel una y otra y otra vez, como pequeños picotazos de mosquito que no dejaban de sangrar al estar en sitios estratégicos. – Mira y aprende… - me volví hacia Jack, guiñándole un ojo, antes de rasgar con el cuchillo la camiseta de aquel chico, encontrando algunos tatuajes escondidos en su pecho, ladeando la cabeza al mirarlos con una mueca. – Son horrendos. – entonces procedí a clavar el cuchillo en su piel, rodeando los tatuajes con los cortes antes de proceder a serrar la piel, con cuidado y con paciencia, ignorando los gritos de aquel imbécil y quedándome al final con un trozo de su piel en la mano, cogiéndolo con dos dedos y mirándolo con asco antes de rebuscar en el bolsillo de su pantalón y, con un mechero que había ahí, quemar el trozo de piel y tirarlo por ahí. Como ya no tenía mucho más divertido que hacer sin apenas cosas por allí con las que poder divertirnos con aquel hombre al borde del desmayo, encendí de nuevo el mechero y lo acerqué a la zona donde no tenía piel y estaba en carne viva, quemándolo un poco y separándolo, soplando después en la zona para que los aullidos de dolor fueran aún mayores, repitiendo la acción unas cuantas veces hasta que el grado de la quemadura fue tal que incluso ya no dolía por lo que me giré y miré a Jack, sonriendo de lado.- ¿Quieres acabar? Ya sabes, el gran final… – me mordí el labio inferior acercándome a él, devorándolo con la mirada de arriba abajo una vez más y pegándome a su cuerpo, con los ojos clavados en los de él.- Enséñame de lo que eres capaz, soldadito... - mordí su labio inferior con fuerza, estirando de él mientras le devolvía el cuchillo y le daba el mechero por si quería utilizarlo… Después de todo había miles de cosas realmente interesantes que se podían hacer con fuego… Me aparté un poco y me quedé allí paraba observándolo todo, dejándole hacer y pensando que aquella noche había merecido la pena y, sin duda, iba a ser brutal, literalmente… Porque no había otra forma de definir aquello… Brutal.

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Re: Closer [Jack Thomas] {+18}

Mensaje por Jack Thomas el Lun Sep 19, 2011 1:48 am

El nombre de aquel soldado, antiguo militar destinado conmigo en Irak hacía ya bastante tiempo, era uno perfectamente inglés: Richard Stevenson. Lo había conocido en una misión en la que él me había aconsejado no saltar por detrás de las filas enemigas, y su consejo me había salvado el cuello al encontrarse en esas mismas filas una mina que destrozó la vida de uno de mis compañeros delante de mis ojos. A carnicerías como aquellas ya estaba acostumbrado entonces, por lo que eso no me afectó, pero sí que lo hizo en cierto modo que me salvara cuando no me conocía de nada, aludiendo a la camaradería entre compañeros que muchos de los que convivían con nosotros habían perdido, sin importarles si los demás iban hacia su muerte o si por el contrario cometían acciones que podían dejarlos tullidos. No habíamos coincidido demasiado: apenas un par de misiones juntos antes de que perdiéramos el contacto del todo, pero para mí siempre había sido alguien a quien le había debido la vida cuando, apenas siendo un crío recién entrado en el ejército, podía haber muerto a manos de sucias manos infieles manipulando tecnología que no comprendían y que no merecían ni tocar porque la contaminaban.

Nunca había mencionado que era musulmán, aunque tenía que haberlo sospechado. ¿Cómo, si no, habría sabido que había una mina colocada en esa parte del territorio enemigo? ¿Cómo, si no, habría mostrado que siempre poseía conocimientos tácticos del terreno enemigo con una precisión que sólo uno de ellos podría tener si Richard ni siquiera estaba especializado en la topografía de las bases enemigas sino que era un soldado raso? Porque estaba aliado con ellos, como un infiel más, y por eso mismo, además de por elegir una vida desviada de la auténtica obra del Señor todopoderoso, del auténtico y del único que podía garantizar la salvación eterna, merecía morir, pero no rápidamente, no, sino lenta y dolorosamente. Así comprendería lo que habían sufrido los inocentes soldados que morían por defender la cultura verdadera frente a la ingrata y falsa destructora de la mía, y así comprendería que no debía haber desobedecido a Dios porque sus auténticos y fieles servidores, como lo era yo, no perdonábamos... Sólo estaba en manos de Él hacerlo, y yo era un enviado en la Tierra para limpiarla de basura que no merecía llenar el purgatorio, sino directamente el infierno. A fin de cuentas, para eso había nacido ya con poderes psíquicos y para eso me había regalado habilidades Dios a través de aquella tormenta.

Por eso estaba con el cuchillo cortando zonas cercanas a sus arterias principales, porque la tortura psicológica que estaba ejerciendo era tan importante como la física y aquello dejaba aún más claro que mis palabras y mis actos, los que él conocía porque me había visto torturar más de una vez y más de dos, que iba a acabar con él y que era sólo cuestión de tiempo. Quien tenía el dominio de la situación era yo porque, a fin de cuentas, no era yo quien estaba atado a una silla y siendo herido por un cuchillo en manos de alguien que portaba la fe auténtica por bandera, ¿verdad? No, y por eso mismo aquel paso era totalmente necesario para que se diera cuenta de su error pese a que el alcohol nublara su mente como lo estaba haciendo y apenas pudiera distinguirme a mí de un sucio infiel... aunque el único infiel que había en la sala era él y el único traidor a su patria y a su Dios era él, nadie más que él. En la sala, no obstante, no estábamos los dos solos como hasta entonces había supuesto y sólo cuando comenzó a aplaudir, estando yo centrado en mi trabajo de hacerle cortes por el cuerpo, y cuando comenzó a hablar aludiendo mis obvias dotes de torturados profesional pero sacando el enorme ego que tenía dentro y que aún no sabía cómo no la había atragantado me di cuenta de que la maldita italiana de marras me había seguido.

No iba a comentar sus dotes de torturadora porque no la conocía en ese aspecto, de hecho apenas la conocía, pero si estaba dispuesta a mostrarme cómo se las gastaba alguien de la mafia yo estaba dispuesto, por mi parte, a atender a lo que hacía y calificar en base a eso el riesgo real que aquella integrante de la mafia a la que había conocido hacía un rato significaba, y también si me merecía la pena eliminarla como testigo de aquella tortura o si, por el contrario, me convenía mantenerla como una extraña suerte de aliada que me podía venir hasta bien... eso se vería, y por eso mismo no dije nada, sino que dejé que cogiera el cuchillo e incluso me aparté un par de pasos de donde Richard yacía, en la silla y con la italiana encima para, con los brazos cruzados sobre el pecho, estar pendiente del espectáculo que probablemente sería interesante de ver... y así fue.

Comenzó clavándole el cuchillo en el pecho sin demasiada profundidad ni haciendo cortes, sino más bien con incisiones que parecían picotazos de un insecto que se estaba ensañando con él aunque no lo suficiente porque eso no lo mataría, y los dos, los tres si me apuras, lo sabíamos extremadamente bien llegado el caso y pese a la borrachera del objeto torturado que tenía Paola entre manos. A los picotazos siguió utilizar el cuchillo para rasgar la camisa que llevaba y dejar a la vista unos tatuajes que eran, como bien dijo ella, horribles, y que merecían exactamente lo que ella hizo: ser sustraídos de él. Con el cuchillo le arrancó un trozo de piel y con un mechero del propio Richard lo quemó, quemando después la zona de carne donde antes había estado su piel y haciéndole una carnicería importante antes de separarse de él y acercarse a mí, pasándome el cuchillo y el mechero y dándome un permiso que no necesitaba para acabar con aquel sucio infiel que no hacía nada por acercarse a la fe verdadera y que por eso mismo merecía morir... y lo haría, en poco tiempo además.

Ignorando por el momento su acercamiento, tan típico de ella por otra parte porque aprovechaba cualquier excusa que estaba en su mano para acercarse a mí, como bien me había demostrado, jugueteé con el cuchillo entre mis dedos delante de Richard, que estaba cerca del desmayo pero que aún así pudo mirarme con horror... que aumentó cuando saqué del bolsillo una jeringuilla llena de un líquido que él sabía muy bien cual era y que le inyecté en una de las venas del cuello, de las más abultadas por la presión que estaba haciendo y por el propio miedo que lo recorría.
– Sabes lo que es, Richard, y ahora sientes lo mismo que tantos han sentido antes que tú cuando el émbolo cae y la adrenalina llena tus venas. La sientes, ¿verdad? La fuerza, la imposibilidad de caer desmayado, esa sensación corriendo por tus venas y contra la que no puedes luchar porque estás atado... Y esto es sólo el principio, ya lo sabes. Siempre dijiste que habías encontrado en mí a un buen alumno en cuanto a esta tarea, pero ahora verás que hace años que el maestro ha sido superado por el alumno. – le dije, con una amplia sonrisa en el rostro y con el cuchillo en la mano, por fin quieto y como reflejando la quietud que siempre viene antes de la brutal tormenta... algo parecido a lo que le sucedería a él.

Antes de que le diera tiempo a reaccionar, rajé ambas mejillas con saña, como en la calle se llamaba la “sonrisa del payaso” entre las mafias y sin importarme que llegara al interior de su boca en algunos estadios de los cortes que le había hecho porque, a fin de cuentas, no cerraría los ojos hasta que no muriera y aún tenía un par de minutos, tiempo más que de sobra para poder hacerle un sinnúmero de heridas y cortes que le dolerían tanto que el dolor de la quemadura, ya pasado, le parecería un maldito regalo de su falso ídolo... uno engañoso y que no significaba nada en absoluto, ni el ídolo ni el regalo. Así, enseguida volví a deslizar el cuchillo por su brazo, clavándolo hasta media hoja en su bíceps y rasgando músculo hasta que el cuchillo dio con el hueso y lo saqué para que la hoja no se mellara, que lo mismo lo hacía. Cómo se notaba que seguramente aquel cuchillo era hecho en China, porque ya ni siquiera hacían cuchillos como los de antes...

Para preservar aquel arma, enseguida le di un par de patadas en ambas piernas que fueron suficientes para romperle las tibias y los peronés, impidiendo que pudiera moverse y también impidiendo que se acallara los aullidos de dolor más tiempo, aullidos que abrieron sus heridas de las mejillas y que las hicieron aún más grandes de lo que ya eran, pero eso aún no era todo. Acerqué el mechero a su nuca, a la zona donde empezaba a crecerle el pelo por detrás, y enseguida, pese al sudor, empezó este a arder, quemando consigo la capa de piel más superficial que conformaba el cuero cabelludo y torturándolo aún más, acercándolo a la muerte a pasos agigantados. Acerqué el cuchillo a las llamas de su cabeza y calenté la hoja hasta que estuvo al rojo vivo, momento en el que la dejé caer en su pecho, grabando una cruz en él como la que debería haber hecho con los dedos bendecidos en vez de arrodillarse en dirección a la Meca para rezar a quien nunca lo escucharía. En cuanto la cruz estuvo hecha y el olor a quemado de su piel inundó el aire, separé el cuchillo de él y lo miré a los ojos, con frialdad absoluta.
– Adiós, Richard Stevenson. Diría que ha sido un placer, pero sólo lo será para Satanás al recibirte entre sus brazos como el infiel pecador que eres. – musité, sólo para que él lo escuchara, antes de que mi cuchillo fuera directo a cercenar su arteria más palpitante, la que estaba en su cuello y que enseguida comenzó a regar su cuerpo, mi cuchillo y no a mí porque me aparté, pero si no también a mi cuerpo, quitando la vida de aquel infiel a medida que cada gota se escapaba hasta que cayó muerto, finalmente, en la silla, con el cuchillo aún en el cuello y conmigo mirándolo con frialdad antes de hacer, de manera breve y apenas perceptible, la señal de la cruz en mi pecho, porque al fin y al cabo era por Él por quien había llevado a cabo aquel acto de justicia divina... Y aquello era parte de mi rutina.

No me había olvidado de la italiana que presenciaba la escena desde atrás, en aquella fábrica abandonada en la que reinaba la oscuridad por doquier, y con el mechero en la mano me giré sobre mis talones para encararla y me fui acercando con paso rápido hacia ella, dejándoselo en la mano y con la mirada clavada en la suya, seria por mi parte pero algo menos carente de sentimiento que como solía porque detrás de ella había algo, algo que salía a veces cuando torturaba y que era cierta libertad en cuanto a mis impulsos y mis necesidades, producida por el hecho de dejarme llevar... No lo hacía a menudo, todo había que decirlo, pero cuando lo hacía me volvía imprevisible y así empezaba a estar en aquel momento, imprevisible para ella, que no se esperó que empezara a caminar en dirección recta pese a estar ella en mi trayectoria y que se vio obligada a retroceder pasos y pasos en dirección a la pared hasta que, al final, quedó con la espalda apoyada en ella y con mis brazos a ambos lados de su cuerpo, también en contacto con la pared y conmigo cerca de ella, estudiándola e impidiéndole cualquier atisbo de movimiento o de huida con mi propio cuerpo casi encima del suyo.
– No voy a preguntarlo: sé que te ha gustado el espectáculo, y esto es apenas una milésima parte de lo que puedo llegar a hacer si se me da el instrumental adecuado, pero a falta de eso siempre es bueno un cuchillo, fuego y algo de imaginación... Y ahora dime, ¿por qué me has seguido hasta aquí? ¿Morbo, curiosidad, o alguna otra razón que no haya mencionado hasta ahora? – pregunté, mirándola sin cesar a los ojos y cerca, muy cerca de ella, tanto mis brazos de su perfil como mi propio cuerpo del suyo... tan cerca que la sentía respirar, y que escucharía su respuesta muy fácilmente.

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Re: Closer [Jack Thomas] {+18}

Mensaje por Adriana P. Gregoletto el Miér Sep 28, 2011 5:46 am

Sinceramente, no me lo esperaba. No me esperaba que, al seguir a Jack en una noche en la que parecía ir de fiesta con un viejo amigo, acabara viendo como el soldadito torturaba a un tío que parecía confiar en él por la cara de sorpresa de este. Su trabajo, todo había que decirlo, era profesional, limpio y efectivo tanto por su carga psicológica como por la física y yo de torturas sabía mucho… Porque había presenciado cientos y había llegado a participar en otras tantas aunque nunca había sufrido una por suerte para mí ya que sabía de lo que la gente era capaz… Y no me apetecía saber lo que se sentía cuando quemaban tu piel, cuando te llenaban de cortes o cuando incluso te impedían respirar o te privaban de la luz durante horas, si no días… Había torturas horribles, yo había visto y practicado muchas… Pero por el momento era virgen en cuanto a sufrirlas en mis propias carnes y aquello seguiría siendo así por muy raro que sonara eso de que yo fuera virgen en algo… Me apetecía ver cómo el soldadito remataba la faena por lo que no tuve inconveniente en apartarme en cuanto cogió el cuchillo y se acercó de nuevo al pobre torturado que lo miró con horror… Horror que aumentó en cuanto este sacó del bolsillo de sus pantalones una jeringuilla, cuyo contenido no dudó en inyectarle en el cuello directamente mientras daba una clase magistral a su amigo (y a mí, todo había que decirlo) sobre los efectos del chute de adrenalina que acababa de meterle en el cuerpo y diciéndole, todo egocéntrico él, que lo había superado en cuanto a torturas y, la verdad, lo estaba demostrando. Lo siguiente que hizo, tras apenas unos segundos de total y completa calma, fue rajarle las mejillas con el cuchillo, haciendo algo que yo conocía a la perfección y que solía ser la firma de muchas de mis torturas… Continuó haciéndole cortes y heridas por todas partes, ensañándose con él antes de clavarle el cuchillo en el brazo, hundiendo la hoja de este bastante y sacándola después y rematando la increíble faena con fuertes patadas en las piernas que vinieron acompañadas de un par de “cracks” que dejaron más que claro que acababa de rompérselas… Al igual que lo hizo también el brutal grito que soltó después y que ni siquiera pudo evitarse, haciendo que los cortes de sus mejillas se abrieran aún más y que en su rostro quedara una macabra sonrisa grabada, probablemente, para siempre.

Por mucho que pudiera parecerlo, aquello no había acabado y con el mechero quemó su pelo, desde la nuca, haciendo que el fuego se propagara y que los aullidos de dolor y agonía aumentaran mientras Jack, tranquilamente, calentaba la hoja del cuchillo en las llamas de la cabeza de quien debía haberlo cabreado mucho para acabar como lo iba a hacer… Torturado hasta la muerte de la peor manera posible. Y el final de la tortura, sin embargo, me sorprendió muchísimo. Jack grabó a fuego una cruz con el cuchillo en el pecho de aquel tipo, susurrando algo que no llegué a escuchar antes de que, con un rápido y certero corte, le abriera el una herida en el cuello enorme de la que no tardó en salir la sangre y que lo mató… Haciendo también el signo de la cruz en su propio pecho con las manos antes de, sin previo aviso, girarse hacia mí y encararme, caminando hasta mí, dándome el mechero pero sin frenarse, obligándome a retroceder con la mirada fija en sus ojos, que habían dejado de ser gélidos para arder y dejar claro que escondían mucho más de lo que había visto, que me hacían temblar y a la vez suspirar, que me calentaban… Mi espalda chocó contra la pared devolviéndome a la realidad y haciéndome apartar la mirada de sus ojos unos segundos, viéndome acorralada por sus brazos a ambos lados de mi cuerpo y su propio cuerpo cerca, MUY cerca del mío… Y seguía mirándome de aquella manera que no hacía más que provocarme para que no me cortara y para que me lanzara a su cuello y lo devorara… Y sus labios, sí, esos labios que ya había probado y que me moría por probar una vez más… Y las que fueran. Aunque en aquel momento otra pregunta se me pasó por la cabeza rápidamente, haciéndome tragar saliva. ¿Y si se había quedado con ganas de más? ¿Sería capaz Jack de torturarme a mí también? ¿Me mataría, llegado el caso? Su voz me hizo olvidarme de todo lo que pensaba, sabía que me había gustado, sí, era cierto… Como también que ya me imaginaba que en otras circunstancias sería aún mejor (o peor, según quien lo mirara) torturando… Pero no me esperaba su pregunta. ¿Acaso le importaba por qué estaba yo allí? Probablemente no, pero aun así había preguntado… Y me era prácticamente imposible pensar con claridad con su cuerpo casi sobre el mío y eso era un hecho.

No pude evitarlo y colé mis manos por debajo de la camiseta interior, arañando su torso con fuerza, mordiéndome el labio inferior y comiéndomelo con la mirada, pegando mi cuerpo al suyo algo más aunque aún medio apoyada en la pared. – Morbo, curiosidad, ganas de ver qué hacías para divertirte… – comencé, entre susurros, arrastrando las palabras y sin poder evitar que mi acento estuviera más presente que de normal, dejándome llevar por el calentón que tenía y que no hacía más que crecer y crecer. Llevé mis labios a su cuello y lo acaricié con ellos antes de morderlo con fuerza, sin cortarme lo más mínimo, mientras mis manos aun acariciaban y arañaban su torso… Seguí las líneas de su mandíbula con mis labios hasta llegar a su oreja, cuyo lóbulo mordisqueé antes de sonreír. – Ah… Y ganas de ti… – susurré antes de guiar mis manos por su cuerpo y, sin esperar invitación ni nada por el estilo, colarlas por dentro de sus pantalones, atravesando también la capa de ropa interior, empezando a acariciarlo lentamente con mis labios en su cuello, mordiéndolo con muchísima fuerza y haciéndole chupetones, mi especialidad…
Spoiler:
Empecé a masturbarlo, en apenas unos segundos, a un ritmo rapidísimo, contrastando muchísimo con el que había empezado a hacerlo, calentándome yo misma al hacerlo, dándome ganas de ir más lejos, de dejarme de tonterías y… ¿Por qué no? Eso era exactamente lo que iba a hacer. Le comí la boca con brutalidad, mordiendo su lengua por el camino y jugueteando con ella, metiéndole la mía más o menos hasta la tráquea mientras aumentaba el ritmo más y más… Buscando desesperarlo. Me aparté de sus labios, mordiéndolos y estirando de ellos antes de mirarlo con picardía, mordiéndome el labio inferior antes de bajar por su cuerpo, acariciándolo con los labios y mordiéndolo aún por encima de la ropa hasta que llegué a su entrepierna. Sonreí y me relamí y sin perder mucho más tiempo le bajé los pantalones y los boxers… Volviendo a relamerme antes de volver a coger su miembro con ambas manos, masturbándolo rápidamente, lamiéndolo lentamente… Y metiéndomelo finalmente en la boca, empezando a ejercer mi don de lenguas de la mejor manera posible, jugueteando con mi lengua en su miembro, todo a un ritmo rapidísimo, ayudándome con una de mis manos mientras con la otra arañaba sus muslos con fuerza… Había tenido ganas de hacer eso desde que lo había visto aquella mañana y por fin estaba disfrutándolo al máximo, haciendo que él también lo disfrutara, subiendo el ritmo rápidamente y, de repente, bajándolo, haciendo que los contrastes fueran brutales… Esperaba que le gustara aquello… Porque a mí me iba a encantar… Y lo iba a disfrutar bastante también, eso seguro!

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Re: Closer [Jack Thomas] {+18}

Mensaje por Jack Thomas el Jue Sep 29, 2011 12:30 am

De su respuesta dependería su vida, porque a aquellas alturas estaba total y completamente a mi merced, a merced de la decisión que Dios pusiera en mi mente sobre si liquidarla o no y a merced de que la mano ejecutora de la obra divina actuara de una manera o de otra... todo por sus palabras. ¿Por qué eran tan importantes? Porque en aquella clase de situaciones, cuando no quedaba otro remedio que optar por la sinceridad porque se estaba atrapado y pese a que las palabras carecieran en un primer momento de importancia, en realidad la tenían. Por mi experiencia como torturador, enormemente amplia como ella había tenido oportunidad de ver en apenas un reflejo mínimo de mi auténtica capacidad, sabía de sobra que cuando las personas mejor se muestran es cuando están acorraladas al borde de un precipicio o cuando ya están cayendo por él, esperando sólo el golpe que normalmente venía dado por mí, aunque a veces viniera dado por sus propios cuerpos, que a veces simplemente no podían resistir el castigo divino al que se habían visto sometido. Esa era la importancia de sus palabras, que estaba esperando con menos paciencia y frialdad de las habituales por algo que siempre me pasaba después de torturar o asesinar a alguien, normalmente infieles aunque hubiera habido excepciones: la falta de control que me desataba.

Yo normalmente siempre estaba atado, perfectamente controlado por aquello que más me dominaba siempre por cuestiones de mi propia personalidad, y ese algo que me dominaba era mi frialdad natural que me impedía responder a aquellas tentaciones que podían ponérseme en el camino. Mi frialdad, no obstante, se veía a veces afectada cuando, tras torturar, la muerte ejercía en mí un efecto parecido al de una hoguera puesta frente a un trozo de hielo: lo descongelaba, lo deshacía, lo transformaba... lo alteraba. Así me sucedía a mí y normalmente aquel efecto de descontrol venía en forma de una increíble violencia que me forzaba a encerrarme en alguna sala con un saco de boxeo para empezar a darle puñetazos con mucha fuerza que me herían los nudillos, sin que me doliera, y que me descargaban, dejándome listo de nuevo para convertirme en el enviado de Dios en la Tierra y esa clase de tareas que me tocaba ejercer por Su decisión.

Aquella era una de las veces, la primera en realidad o quizá de las primeras a falta de recordar otra que lo negara, que mi falta de control no tenía demasiado que ver con la violencia, o al menos no en primer lugar en cuestión de importancia. Ella no lo sabía, no podía saberlo todavía, pero parte de lo que me había hecho ponerla contra la pared había sido aquel impulso que lejos de darme sólo ansias homicidas también me metía en el cuerpo otra clase de deseos, deseos que normalmente me negaría por no ser propios de un cristiano pero que en momentos como aquel pensaba satisfacer ya que ella, delante de mí, llevaba teniéndome ganas desde que me había conocido, hacía apenas un rato que por lo demás parecía más largo de lo que en realidad había sido, como mucho unas horas. Sus palabras, por otra parte, acompañaron a aquellos gestos suyos y la retrataron de una manera perfecta, tanto a ella como sus intenciones, pues como había calculado por la experiencia que me lo había dejado más que claro, diría la verdad... o me la enseñaría de alguna manera, y ¿qué mejor un hecho, que vale más que mil palabras? Al parecer nada, y me lo demostró con creces acompañando a esas mismas palabras que había dicho, en un acento italiano mucho más marcado que hasta entonces, con sus manos arañándome por debajo de la camiseta y ella comiéndome el cuello, cosa que sólo le perdoné, la parte de los chupetones al menos, porque pronto tuve cosas más entretenidas en las que pensar, como lo eran sus manos por debajo de mi ropa interior y empezando a acariciarme.

Spoiler:
Como si quisiera desesperarme precisamente a mí, que tenía (nunca mejor dicho) paciencia de santo, empezó a masturbarme rápida, muy rápidamente y continuó comiéndome la boca, sin encontrar resistencia por mi parte ni tampoco ayuda de ningún tipo, o al menos hasta que se separó y bajó por mi cuerpo, ya bastante caliente pese a que yo no lo demostrara, y empezara tras un rato más masturbándome a comérmelo todo. Hacía bastante, desde que había violado a la última zorra infiel en Irak, que no me acostaba con nadie, y la diferencia iba a ser notable no sólo porque Adriana no se resistiría (que también), sino además porque lo iba a hacer encantada y me pillaba de la clase de humor, raro en mí, por la que me moría de ganas, aunque demostrarlo no estuviera en mis planes de futuro más cercano.

Al notar que me arañaba la pierna, aunque no fue por el dolor sino más bien porque una de sus manos dejaba de masturbarme y eso sí que lo notaba porque no eran esos nervios los que habían quedado dañados, la aparté instintivamente y cuando ella subió la cabeza para mirarme, quizá como preguntándome por qué lo había hecho, esbocé una media sonrisa y negué con la cabeza, encogiéndome de hombros antes de, rápidamente, cogerla del pelo y empezar a marcarle el ritmo con el que le iría mucho mejor, tanto a ella como a mí, porque aquel don de lenguas que tenía (la experiencia...) no podía malgastarse yendo tan lentamente como lo había estado yendo y aquello era un maldito hecho. Por suerte pronto lo compensó siguiendo el ritmo que le marcaba y conmigo apartando las piernas cada vez que volvía a intentar arañarme, sin emitir un solo gemido y sólo dejándole ver que hacía efecto a través del calor de mi cuerpo, de mi erección y al final de un simple jadeo que fue el preludio del clímax, terminando por mi parte en sus labios y ella tragándoselo todo como una buena chica que los dos sabíamos que no era antes de que, con fuerza, la hiciera ponerse de pie y provocara que su espalda chocara con la pared, con mi mano en su cuello para evitar que se moviera.

Podía pensar que la amenazaba, aunque no lo estaba haciendo; no más, al menos, que lo que la amenazaba con las consecuencias que podría tener para ella una sola palabra mal dicha, y quizá para que le quedara claro fui a su escote, que le bajé (sí, aún más porque sí, aún se podía, un misterio tan grande como las verdades de la fe) para dejar a la vista sus pechos cubiertos por el sujetador y que pronto dejaron de estarlo, más bien en el momento en el que le quité y prácticamente arranqué el sujetador y empecé a recorrérselos con los dientes, marcándolos y mordiéndolos mientras, con la otra mano, la que no estaba utilizando para sujetar su cuello, bajaba por su cuerpo apartando la posible ropa que estorbara, que se tradujo en también quitarle la interior y lanzarla por ahí sin fijarme demasiado en lo que llevaba y en subirle el vestido corto que llevaba hasta que estuvo totalmente a mi disposición y pude llevar la mano libre a su entrepierna para empezar a masturbarla sin un atisbo de delicadeza, como todo lo que le había hecho hasta el momento y lo que seguiría haciéndole.

El ritmo de mi mano fue rápido de entrada, y a medida que lo aceleraba apretaba sin demasiada fuerza la mano en su cuello, a la vez que mordía sus pechos y los marcaba, además de su escote, y en un momento dado, que vino cuando ella menos se lo esperaba, separé la mano de su entrepierna y con la de su cuello hice que se chocara contra la pared, con la cara mirándola de frente y conmigo detrás, volviendo a masturbarla y mordiendo sus hombros y su cuello, apenas un momento antes de penetrarla en aquella posición, en la que ella casi se vio forzada a apoyar una mano en la pared por lo brusco de mis movimientos y en la que ella aprovechó para llevar su otra mano a mi nuca y girarme la cabeza, con la suya también girada, para comerme la boca, cosa que le concedí, pese a todo, a la vez que una de mis manos acariciaba su clítoris, cosa rara en mí pero que ella se había ganado por haberme caído bien y la otra la mantenía contra la pared, con el ritmo creciendo tanto en velocidad como en brusquedad... como todo lo que le hacía y que, por su cuerpo, le encantaba. Igual que yo.

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Re: Closer [Jack Thomas] {+18}

Mensaje por Adriana P. Gregoletto el Mar Nov 08, 2011 4:38 am

Spoiler:
Jack estaba buenísimo. Sí, era un hecho visible para cualquiera que tuviera ojos en la cara y que no estuviera ciego pero, en aquel momento, era lo único que podía pensar: En lo jodidamente bueno que estaba y en lo mucho que me ponía... Aunque parecía que no era mutuo o, al menos, él ni siquiera lo demostraba aun cuando yo me estaba empleando al máximo con él, utilizando mi don de lenguas y lamiendo su miembro rápidamente mientras entraba y salía de mi boca una y otra vez... Y lo único en él que realmente me dejaba claro que aquello le estaba gustando era que su miembro estaba cada vez más duro y caliente... Porque él parecía como si ni sintiera ni padeciera... Y aquello me enervaba. Si había algo que desde siempre había conseguido era provocar que los hombres se excitaran cuando yo quisiera y como yo quisiera pero él no había soltado ni un maldito jadeo mientras yo estaba ahí, de rodillas frente a él, demostrándole lo jodidamente cachonda que me había puesto(desde por la mañana, por cierto) y las ganas que tenía de hacerle de todo y nada bueno… O sí. Yo siempre conseguía lo que quería y pensaba hacerlo como que me llamaba Adriana Paola Gregoletto. Otra cosa que también me enervó bastante fue que apartara mi mano, con la que lo arañaba, de su muslo, haciendo que lo mirara, como preguntándole por qué leches me apartaba y ganándome como única respuesta una media sonrisa y que negara con la cabeza antes de que me cogiera por el pelo y sin delicadeza alguna me llevara de nuevo contra su miembro, que no dudé en volver a meterme en la boca (porque lo hacía encantada), siguiendo el ritmo que él me marcaba e incluso acelerándolo aún más, ejerciendo mi magia con él… Logrando que llegara al clímax, finalmente, y que se corriera en mi boca, dándome por satisfecha al escuchar aquel simple jadeo que se le escapó de los labios. Me lo tragué todo, como una buena chica que a veces parecía que era, y continué lamiendo su miembro un poco más hasta que él, aun cogiéndome por el pelo, me levantara y me pusiera contra la pared, con una de sus manos en mi cuello, impidiendo que me moviera.

No tenía miedo, no iba a matarme, podía verlo en sus ojos… Quería más. Tuve que reprimir una media sonrisa triunfal porque por fin había conseguido lo que quería pero no habría importado que lo hubiera hecho porque él no tardó demasiado en bajar mi escote y prácticamente arrancarme el sujetador de un mordisco, empezando a recorrer mis pechos con su boca, mordiéndolos y marcándolos, haciendo que me mordiera el labio inferior para no ponerme a gemir como una loca, consiguiendo simplemente jadear mientras notaba como su otra mano, la que no estaba en mi cuello, bajaba por mi cuerpo y terminaba por quitarme la ropa interior poco antes de empezar a masturbarme rápida y brutalmente, logrando que no pudiera reprimir un gemido que en aquel momento se escapó de mis labios mientras el calor de mi cuerpo no hacía más que crecer cada vez más y más rápido igual que el ritmo con el que me masturbaba mientras empezaba a apretar poco a poco mi cuello algo más, consiguiendo el efecto contrario al de asustarme (que era probablemente lo que quería): excitarme aún más. Entre su mano en mi entrepierna, la otra en mi cuello y sus labios en mis pechos cada vez me resultaba más difícil no ponerme a gemir como una loca y es que a aquellas alturas con cualquier otra persona ya estaría gimiendo sin parar y pidiéndole más… Pero a mí a orgullo no me ganaba nadie y no quería demostrarle de aquella manera que aquello me estaba encantando, justo como había hecho él… Pero no podía evitar jadear y que algún gemido se escapara de vez en cuando de mis labios. Sin previo aviso, Jack dejó de masturbarme y me giró bruscamente, haciendo que quedara de espaldas a él y prácticamente cara a la pared, cosa que dejó de tener importancia cuando volvió a masturbarme desde detrás rápidamente, mordiéndome con fuerza el cuello y los hombros y pegando su cuerpo al mío y dejándome sentir lo caliente que estaba en aquel momento, casi tanto como yo que lo único en lo que podía pensar era en las ganas que tenía de que me la metiera hasta el fondo de una vez por todas… Como al final hizo, arrancándome un brutal gemido de los labios en aquel momento y empezando a embestirme rápidamente y con una fuerza brutal desde detrás, obligándome a apoyarme en la pared con una mano mientras con la otra enseguida busqué su nuca y lo cogí con fuerza, acercándolo a mis labios para devorar su boca con ansias, recorriéndola entera con mi legua y jugueteando con la suya, sin cortarme, además, a la hora de morder su lengua y sus labios, aprovechando para acallarme así los gemidos que con cada una de sus embestidas querían escapárseme… Porque aquello estaba siendo simplemente brutal. Me encantaba, para qué negarlo… Y quería más, mucho más… Porque, para qué negarlo, yo siempre quería más, sobre todo cuando encontraba a alguien como Jack… O al menos parecido.

Jack, además, empezó a masturbarme también a la vez que entraba y salía de mí, volviéndome loca y excitándome, matándome de placer y logrando que al final ni siquiera estar comiéndole la boca como lo hacía, como si me fuera la vida en ello, pudiera evitar que me pusiera a gemir como finalmente lo hice poco antes de que mi cuerpo se moviera contra él, pidiéndole más; más embestidas, más fuerza, mas besos, más mordiscos… más todo. Al final, bajé una de mis manos por mi cuerpo para ayudar a la suya a masturbarme, subiendo el ritmo rápidamente y volviéndolo simplemente brutal, contrastando con el ritmo de sus embestidas, que bajó considerablemente, dejando que lo sintiera perfectamente dentro de mí, que sintiera como ardía y que cuando salía de mi cuerpo… Solo quisiera volver a sentirlo dentro. Siguió así, jugando conmigo un rato más mientras nuestras manos me masturbaban rápidamente y yo me movía contra su cuerpo. Gemí, mordí su mejilla (porque era lo que más a mano tenía), y prácticamente supliqué sin palabras que aumentara el ritmo y, en un momento dado, cuando ya lo había dado por perdido y mi cuerpo empezaba a reaccionar a sus embestidas, cada vez más cerca del clímax, volvió a aumentarlo considerablemente, superando con creces el ritmo que había llevado antes, haciéndome gemir de puro placer, incluso echar la cabeza hacia atrás, apoyándome en él poco antes gritar de puro placer al llegar al clímax, con él aun moviéndose contra mí rápidamente y llegando poco después que yo, de nuevo, jadeando simplemente… Aunque ni siquiera me importó aquella vez… Tenía otras cosas mucho más importantes en las que pensar.

En cuanto salió de mí, y sin darle tiempo a hacer nada más, me giré rápidamente y le comí la boca aprovechando para, de un salto, rodear su cintura con las piernas. Bajé por su cuello, lo mordí y lo marqué a base de chupetones y lo recorrí con mi lengua hasta llegar a su reja, donde gemí mientras me movía contra él lentamente, provocando algo de fricción entre nuestros cuerpos, ya calientes de por sí, que solo conseguía calentarnos más. Además, mis uñas arañaban su espalda con fuerza y volví una vez más a sus labios, mordiéndolos y estirando de ellos, logrando con todo lo que hacía que finalmente reaccionara y volviera a pegar mi espalda contra la pared, para estar algo apoyada, mientras él mordía mi cuello con saña y sin cortarse con la fuerza o a la hora de hacerme heridas e incluso sangre. Siguió bajando por mi escote y llegó a mis pechos una vez más… Lo dejé hacer, simplemente, porque me encantaba todo lo que me hacía y me excitaba muchísimo, volviéndome loca y haciendo que dejara de pensar en absolutamente cualquier cosa que no fuera él, su cuerpo, su calor… Mordió uno de mis pezones con demasiada fuerza y me hizo gemir, mezcla de dolor y de placer, y sin previo aviso, volvió a penetrarme hasta el fondo una vez más y, entonces, empezó a moverse rápidamente contra mí de nuevo, volviendo a empezar una vez más aunque esta vez ni siquiera me preocupaba en acallar o no mis gemidos… Simplemente arañaba su espalda con fuerza, mordía su cuello y devoraba sus labios, disfrutando de aquello, disfrutando de él… Y con ganas de que aquella noche no acabara nunca… Porque perfectamente podría pasarme la vida así, sin parar… Una y otra vez… y si era con él… Me estaba demostrando que mejor que mejor… Porque una tiene buen gusto a la hora de fijarse en los hombres y eso es un hecho… Por eso siempre elegía a los mejores, y Jack era uno de ellos, eso estaba más que claro.

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Re: Closer [Jack Thomas] {+18}

Mensaje por Jack Thomas el Sáb Nov 12, 2011 12:13 am

Spoiler:
Los caminos del Señor son misteriosos. Aquella era una realidad que había aprendido a base de fe y de pruebas que se me habían aparecido en mi propia vida desde que había sido un crío hasta el momento presente, y la situación en la que me encontraba con la italiana podía reflejar a la perfección aquel dicho porque, de lo contrario, ¿quién, de todos los que me conocían, especialmente mis compañeros, habría previsto que íbamos a terminar así siendo yo parte de la ecuación implicada? Salvando la blasfemia que pudiera significar, aunque ni por un momento habían sido esas mis intenciones, atreverme a comparar a simples soldados rasos sin una pizca de valor para nadie con la omnisciencia divina, no era algo que ni siquiera yo mismo, a un nivel mucho más elevado que ellos, pudiera haber previsto, y eso que me conocía a la perfección, al menos en aquel respecto y siempre por debajo de cómo me conocía el Creador. Tenía una reputación totalmente merecida por mis acciones y mi comportamiento hacia el género femenino, al menos en lo que a mis conocidos respectaba: fría, ajena y, sobre todo, distante, y así era como me comportaba salvo excepciones, parte de cuyo grupo había empezado a formar parte la italiana porque, y a las pruebas me remitía, no me estaba comportando de manera excesivamente distante con ella en aquel momento aunque aquella frialdad ocasional mía no pudiera quitármela de encima e hiciera de las suyas, igual que el resto de cosas de mi personalidad que, en momentos como aquel, eran las que tomaban el control, aún más que yo.

Así, mis ansias controladoras hacia mis inferiores se contagiaban al momento excepcional, por eso de que no volvería a repetirse, en el que estábamos los dos sumidos en aquella fábrica con el cadáver de un infiel a apenas unos pasos, descomponiéndose y alejándose, a medida que su piel se iba corrompiendo, del camino del Creador para encontrarse con el de Lucifer, el antaño favorito de Dios. Sólo que, hecha la justicia divina, poco me importaba lo que fuera de su cuerpo si no era para asegurarme de que nada pudiera inculparme y enlazarme directamente con su muerte al no estar en el frente, situación en la que las medidas de seguridad se difuminaban y no era necesario ser tan precavido como pensaba serlo en cuanto terminara lo que tenía entre manos... literalmente, porque precisamente en aquel momento además de estar metiéndole de todo menos miedo o fe la estaba masturbando, algo también excepcional en sí mismo pero que por haberse portado bien se había ganado, sin que sirviera de precedente.

Ella, como se le notaba a la legua, no podía aguantar demasiado tiempo sin ponerse a gemir por lo mucho que le estaba gustando todo aquello que yo le hacía (normal, con esa actitud era tan transparente que hasta se hacía previsible...) e incluso aunque estuviera besándome, o más bien practicando canibalismo con mi boca por la fuerza con la que lo hacía y yo, por mi parte, se lo devolvía, no podía evitar que se le escaparan los gemidos y los jadeos, que precedieron a su cuerpo moviéndose contra el mío para pedir más... Mal, caprichosa, mal. Su avaricia era tal que bajó una de sus manos por su cuerpo para acompañar a la mía y aumentar el ritmo de la masturbación, consiguiendo el efecto contrario en mis embestidas: reducirlo hasta que cada una, brutal por cierto, conseguía hacer que lo sintiera todo y que se acostumbrara a tenerme dentro de ella aunque, a la vez, se muriera de ganas por sentir más que sólo aquel pequeño castigo por su avaricia y demostración, a un tiempo, de quién tenía verdaderamente el control allí: yo. Sólo cuando ya no pudo más y llegó a morderme, ella a mí y no yo a ella como tenía que haber sido, me apiadé de ella haciendo acopio de fe cristiana y caridad y aumenté el ritmo hasta hacerlo aún más rápido que como lo había sido en un principio, con ella terminando con un brutal gemido y habiéndose apoyado en mi hombro, su cabeza al menos, y yo terminando algo después que ella con un simple jadeo, absolutamente nada más, porque a diferencia de ella sí que conocía el significado de discreción y de autocontrol, aunque eso último pudiera brillar en ocasiones por su ausencia.

Apenas me dio tiempo a reaccionar una vez hubimos terminado. Tuve el margen de salir de ella y de respirar hondo un par de veces antes de que ella me comiera la boca de nuevo, puro canibalismo carnal, y utilizara ese mismo instante para subirse a mi cuerpo de un salto y enredar sus piernas en mi cintura, bajando por su cuello y... ¿marcándolo? ¿Quién se creía que era para marcarme a mí? Después tendría que ir a buscar a algún curandero tocado por la mano de Dios al igual que yo lo estaba para que eliminara todas aquellas marcas que estaba creando en mí de manera artificial y por las que tendría que pagar, aunque conociéndola como empezaba a hacerlo hasta disfrutaría de aquel pago... sin que, por una vez, pudiera reprochárselo ya que, a fin de cuentas, sólo había que vernos para darse cuenta de lo calientes que estábamos, tanto que resultaba incluso extraño en mí que cualquier cosa que me hiciera sólo fuera a aumentar aún más ese calor antinatural que recorría mi cuerpo y al que no estaba acostumbrado, no tanto como ella al menos porque era sencillamente imposible.

Sus uñas comenzaron a pasearse y a clavarse por mi espalda, y cuando comenzó a morderme los labios fue cuando reaccioné y la puse de nuevo contra la pared, con la espalda apoyada en ella en aquel caso para no sobreexplotar mis músculos cansados por el tiempo en el frente y que no me fallaran, arruinando algo que, si había comenzado, al menos terminaría, de manera satisfactoria (literalmente) para los dos, sin entrar en juicios sobre para quién lo sería más porque no tendrían razón de ser. Mordí su cuello, devolviéndole la jugada con aún más fuerza y sin control alguno para evitar hacerle heridas que le estaba depositando aquí y allí en la piel, sin cortarme un momento a la hora de apretar con tanta fuerza que la sangre manaba de ella y me llenaba la boca, un sabor metálico nada desagradable al que renuncié en cuanto abandoné la parada de su cuello para dirigirme a la de sus pechos, en los que repetí la operación de morder su piel y marcarla, en parte como venganza y en parte también porque quería hacerlo, volverla loca y que no se olvidara de mí para que aprovechara que aquella sería la única vez que pasaría algo semejante... Algo como lo que sucedió después de un mordisco particularmente fuerte en uno de sus pezones, que fue que volví a penetrarla con fuerza, sin que se lo esperara y de manera brusca, hasta el fondo, exactamente como se moría por que lo hiciera.

El ritmo fue rápido ya desde el principio, sin cambios que lo alteraran excepto en pos de aumentarlo y de convertirlo en algo aún más demencial que lo que ya lo era, y mis dientes acompañaron a mi boca en su recorrido por su cuerpo, marcándolo de nuevo, incansable para que así aprendiera de una vez la lección y ella no pudiera hacer lo mismo conmigo ya que siempre me las apañaba para atrapar su boca cuando le veía las intenciones de volver a marcar mi cuello, de nuevo reclamando un control que sabía que era mío fueran cuales fuesen sus pretensiones de tenerlo. ¿No era mucho más fácil dejarme hacer y hacerla gemir hasta el punto que acabaría dejándome sordo, por estar acercándola al cielo lo más posible teniendo en cuenta que aquel era un cielo carnal y nada comparable al que alcanzaría cuando muriera, si es que Dios era capaz de perdonar sus actos y su actitud tan descontrolada en la vida? Pues ya está, así que seguí a lo mío, intensificando el ritmo con el que me movía contra ella y compensando lo que ella se movía, también, contra mi cuerpo para pedirme más precisamente dándole ese más que me parecía estar gritando con su voz, sus jadeos y los gemidos que se me clavaban en el oído, dejándome aún más claro que su calor casi ardiente lo que le estaba encantando todo aquello que en mi caso era por pura necesidad física mientras que, en el suyo, era más bien por puro capricho, lujuria incluso... Y con la avaricia, ya iban dos de siete.

Aquella vez yo llegué al clímax antes que ella, aunque poco tardó en seguirme y en aprovechar mi momento de pausa desde que saliera de ella para atacar mi cuello indiscriminadamente, beneficiándose de la falta de defensas alrededor de él e incluso de mi momentánea benevolencia al no apartarla de ahí hasta que me cansé de las marcas. En cuanto lo hice, la cogí de la nuca, separándola de mi cuello como a una sanguijuela de la piel en pleno proceso de succión (una comparación tremendamente acertada, por cierto...), y rápidamente aproveché para guiar sus movimientos tanto con aquella mano como con la otra, que estaba más o menos a la altura de sus caderas, y conducirla al suelo, dejándola caer sin delicadeza pero con la suficiente habilidad para que no se rompiera nada que nos impidiera seguir con lo que teníamos entre manos y conmigo aposentándome enseguida entre sus piernas, bajando la mano de su nuca por su cuerpo a su entrepierna, sin cortarme a la hora de acariciar todo aquello que tuviera por el camino, y con la otra mano abriéndola aún más de piernas y, después, subiendo su barbilla para tener más superficie en su cuello que recorrer y morder, sin intenciones de marcarla, al menos no descaradamente por mucho que acabara haciéndolo a través de los mordiscos. Aquellos preliminares duraron el tiempo que me costó cansarme, apenas nada antes de apartar mis dedos de su entrada y sustituirlos por mi miembro embistiéndola hasta el fondo ya de entrada y dejando que me sintiera a la perfección antes de continuar con aquel ritmo lento y bestia que me había dado por utilizar con ella.

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Re: Closer [Jack Thomas] {+18}

Mensaje por Adriana P. Gregoletto el Jue Ene 26, 2012 9:34 pm

Spoiler:
No estaba acostumbrada a aquello, no a la brutalidad, no a la necesidad que de repente tenía de él... No estaba acostumbrada a no tener el control, y eso me enfadaba, mucho. Me hacía ponerme más violenta, no dudar a la hora de arañar o morder su cuerpo con fuerza pese a que a Jack no pareciera importarle, como si realmente le fuera el sado y todo lo que le hacía lo único que lograba era calentarlo más y más y darle vía libre para que siguiera haciendo de todo con mi cuerpo, matándome de placer por el camino y, a la vez, picándome porque aquello no era justo y él lo sabía tan bien como yo.... Y sí, podía pensar en algo más aun teniéndolo dentro de mí, entrando y saliendo de mi cuerpo con un ritmo tan brutal que mis gemidos era lo único que se escuchaba en todo el lugar; teniendo sus labios recorriendo todo mi cuerpo y marcándolo, besándome en cuanto yo intentaba hacer lo mismo... Pero al final tuve que abandonar todos los intentos por conseguir el control, simplemente, el placer que sentía me impidió pensar en nada más mientras arañaba con fuerza su espalda y me movía contra él, gimiendo, jadeando y pidiéndole más y más con todo... No quería que parara, no quería que saliera de mí, no podría soportar que dejara de morder mi cuerpo como lo hacia, quería más de todo aquello y lo necesitaba y el soldadito, por una vez, se apiadó de mí y me dio lo que pedía, aumentando cada vez más y más el ritmo, y con él, mis gemidos y mis arañazos en su espalda, mi cuerpo moviéndose contra el suyo, mi calor... Y entonces Jack llegó al orgasmo, aunque no dejó de moverse contra mí, y yo lo seguí de cerca, de nuevo, con un brutal gemido mientras mi cuerpo se tensaba, disfrutando esos segundos de oro en los que él seguía dentro de mí y mi cuerpo poco a poco se iba relajando... Hasta volver a estar listo para un nuevo asalto.

Jack salió de mí y ni siquiera cogí aire, ni siquiera respiré o intenté recuperar el aliento que empezaba a faltarme, más bien, fui directa a su cuello y empecé a morderlo con fuerza y a llenarlo de chupetones, buscando marcarlo al igual que él había hecho con mi cuerpo y, como no se quejó ni me apartó, continué en su cuello, ya no solo llenándolo de marcas sino también lamiendo lentamente algún que otro hilo de sangre que caía de alguna de sus heridas de los mordiscos, terminando con un nuevo chupetón sobre ellas... Y así seguí hasta que Jack me cogió por el pelo y me apartó de su cuello a mitad de chupetón, haciéndole aún más grande y morado. Entonces él me hizo tumbarme en el suelo, bueno más bien me dejó caer en él, y por una vez me olvidé del polvo, de la suciedad, de los gérmenes e incluso de las ratas y cucarachas que podían plagar aquella asquerosa fábrica abandonada porque, en aquel momento, con él colocándose entre mis piernas y yo, abriéndolas aún más instintivamente para sentirlo mejor no podía pensar en nada más que en él volviendo a penetrarme... Y lo hizo, aunque esta vez con sus dedos. Con su otra mano abrió aun más mis piernas y después me subió la barbilla para tener vía libre y morder con fuerza mi cuello tanto o más como yo había hecho con el suyo. Mi cuerpo volvía arder, aunque más que antes si es que se podía, y obvié una vez más que el maldito soldadito estuviera encima, que tuviera el control y que ni siquiera yo pudiera hacer nada por evitarlo... Y eso solo lo consiguió apartando su mano de mi entrada y penetrándome una vez más hasta el fondo, arrancándome un gemido de los labios, esperando unos segundos dentro de mí antes de comenzar a embestirme lentamente... Entraba, me dejaba sentirlo, salía, me hacía necesitarlo, y volvía a entrar... Aquello me estaba matando, no solo de placer, sino de impaciencia. Me encantaba, sí, pero quería más... Sabía de lo que Jack era capaz, me lo había demostrado y necesitaba que volviera hacerlo, más rápido, más brutal... Mi cuerpo comenzó a moverse contra él mientras arañaba su espalda y clavaba mis uñas en ella con cada embestida, al final, terminé mordiendo y lamiendo su oreja, gimiéndole al oído sin dejar de moverme rápidamente contra él, buscando que aumentara el ritmo... Aunque él no parecía muy dispuesto. - Vamos... Soldadito... - gemí en su oído. - No seas malo... – y volví a clavar mis uñas en su espalda, con tanta fuerza que le hice sangre y entonces lo arañé, dejándole aún más marcas... Pero era como si Jack no lo sintiera.

Al final volvió a embestirme con brutalidad haciéndome soltar un brutal gemido y es que mi cuerpo no podía más, quería más y a la vez estaba sintiendo un placer brutal... Y entonces el soldadito aumentó el ritmo. Mi cuerpo reaccionó rápidamente moviéndose contra él al mismo ritmo, aunque no dejaba de aumentarlo más y más, y yo gemía, lo arañaba y besaba sus labios para intentar acallarme, en vano, mordiendo y jugando con su lengua y al separarme mordiendo sus labios y bajando a su cuello cada vez que tenia oportunidad y él no me lo impedía y así, con aquel ritmo tan jodidamente increíble y mi espalda arqueándose mientras yo no dejaba de gemir, volví a llegar al orgasmo, uno brutal que hizo que me moviera rápidamente contra él sin parar hasta que él terminó y comencé a bajar el ritmo con el que me movía contra él lentamente, pero él salió de golpe de mí. Jadeé y con fuerza apoyé las manos en su pecho, empujándolo y logrando tumbarlo a él en el suelo, poniéndome a horcajadas sobre su cuerpo y empezando a moverme lentamente contra él. Ya había dejado que Jack tomara el control, ya estaba contento, ahora me tocaba a mí, ahora era yo la que tenía que hacerlo gemir y la que iba a demostrarle que a veces es mejor que dejes tu orgullo para saber lo que es sentir placer de verdad... Lo besé con rabia y bajé por su cuello volviendo a marcarlo pero a penas estuve unos segundos antes de seguir bajando, arañando todo su torso con fuerza mientras lo mordía y lo lamía, dejando un chupetón aquí y otro allá, de esos enormes que tardan días en irse mientras yo seguía moviéndome contra su cuerpo, provocando aquella fricción tan insoportable que me hacía replantearme seriamente eso de mandar a la mierda los preliminares y montarlo de una maldita vez... Pero, por una vez y sin que sirviera de precedente, pensaba ser paciente para inquietarlo, ponerlo nervioso y hacer que no pudiera más.

Así, comencé a masturbarlo lentamente y por la posición, prácticamente me masturbaba yo misma con su miembro, por lo que aún me movía más contra él, cada vez más caliente, aumentando el ritmo y jadeando sin poder evitarlo, mordiéndome el labio inferior con fuerza porque no iba a conseguir ser muy paciente por mucho que me lo hubiera propuesto y, cuando estaba a punto de mandarlo todo a la mierda y empezar a montarlo como me moría de ganas por hacer, Jack volvió a cambiar las tornas y me tumbó a mí en el suelo con él encima, con la única diferencia de que, esta vez, me tenía cogida por las muñecas y apenas podía moverme. Forcejeé con él, intenté soltarme pero no lo conseguí, a cambio, mordí su labio inferior con fuerza, haciéndole sangre y atrayéndolo hacia mí para poder comerle la boca con brutalidad y, mientras lo hacía, él volvió a penetrarme aunque, esta vez, empezando con un ritmo realmente demencial que me hizo moverme contra él sin parar y atacar cualquier parte de su cuerpo que tuviera a mano. Sus labios, su cuello, su pecho... Lo que fuera con tal de acallar los gemidos, de soportar el placer y de tener más y más de él... Con aquel ritmo y después de polvo tras polvo tras polvo sin parar no pudimos aguantar mucho más, al menos, mi cuerpo que comenzó a moverse contra él casi como si tuviera convulsiones haciendo así que me la metiera hasta el fondo y mis gemidos fueran gritos de placer mientras él no hacía más que aumentar el ritmo y así, llevarme al orgasmo poco antes que él. Y ahí fue cuando soltó mis muñecas y yo pude, por fin, arañar su espalda como me moría por hacer, intentando, por una vez, recuperar el aliento mientras lo besaba con ganas... Aunque teniendo en cuenta que sus besos siempre me dejaban sin aliento no tenía claro si era una muy buena idea.

En cuanto me separé de sus labios, me moví e hice que prácticamente se sentara en el suelo conmigo encima y lamí su cuello y su pecho, mordiéndolo con fuerza, sin olvidarme de provocar aquella fricción por culpa de la que podría pasarme la vida entera así, sin parar, una y otra vez... y mientras mus uñas volvían a arañar su pecho y yo jugueteaba con su lengua y la mordía escuchamos unas sirenas de policía a lo lejos, que, como si fueran el corte de rollo más grande de la historia, me hicieron meterle la lengua hasta la campanilla y recorrer su boca con mi lengua, mordiendo la suya con fuerza y sin querer separarme de sus labios porque sabía lo que venía ahora... Y la verdad era que yo quería seguir, quería más de él, quería volver a tirármelo una y otra y otra y otra vez hasta que muriera de agotamiento... Y, por desgracia, no tenía demasiado claro que Jack pensara lo mismo y eso no hacía más que, por una parte, molestarme y por otra darme más motivos para no querer separarme de él... Porque aquello tenía que repetirse... ¡Y tanto que tenía que repetirse! ¡Había sido increíble! Y, lo peor de todo, yo aún estaba cachonda perdida....

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Re: Closer [Jack Thomas] {+18}

Mensaje por Jack Thomas el Mar Ene 31, 2012 3:05 am

Spoiler:
La delicadeza nunca había sido mi fuerte. Ni siquiera antes de irme al frente y resultar consecuentemente endurecido por él, hasta tal punto que ya no sólo en mis gestos sino también en mis propios pensamientos había perdido todo punto de cuidado y, francamente, me importara más bien poco que la gente sufriera en su proceso de conocer el juicio divino o, más bien, el mío, que era quien hacía de intermediario de aquel Dios que nos juzgaba y dominaba a todos; ni siquiera entonces, por tanto, había sido especialmente cuidadoso con la intensidad que le imprimía a lo que hacía, y si después de todo lo que había vivido en mi cruzada, aplicada al siglo XXI en vez de a tiempos medievales, contra los infieles que trataban de imponer mediante la fuerza una fe que no era la correcta y adecuada para alcanzar la salvación, me hubiera vuelto cuidadoso habría empezado a preocuparme porque la tendencia general del soldado medio, que compartía pese a las diferencias puntuales que Dios había incluido en mí, era la contraria... Endurecernos, deshumanizarnos ante los ojos de los demás pero no ante los ojos de Él, para quien yo hacía la mayoría de las cosas que hacía, volvernos más animales que humanos y actuar con una crueldad injusta, al menos para quienes no sabían nada de lo que hacían los infieles... de lo que nos hacían los infieles, en realidad, porque aquellos que dábamos nuestra vida por proteger nuestra patria éramos los objetivos preferidos de infieles dementes cuyo único objetivo era matarse y llevarse por delante a todo ser que pudieran para alcanzar un cielo impío lleno de mujeres... Pura lujuria.

Lo mío, sin embargo, era diferente. No podía decirse que no me estuviera dejando llevar, en mayor o menor medida, por la lujuria, puesto que a las pruebas me remitía cuando decía que, efectivamente, estaba cachondo perdido y la italiana a la que prácticamente acababa de conocer era a quien estaba utilizando para saciar esas ansias que durante los meses en Irak que habían ido antes de mi permiso, más largo, esperaba, por la longitud también excesiva del tiempo que había pasado en el frente y que me permitía estar en Londres en aquel momento, había reprimido excepto en los puntuales momentos en los que las infieles prácticamente gritaban que las violáramos... como si, en el fondo, no estuvieran deseando tanto como abrirse de piernas con sus sucios congéneres para parir como conejas crías de rata, que eran el único producto que se podía sacar de una semilla podrida, apartada del camino recto ante los ojos de Dios y tóxica para ella misma y para los demás... De nuevo, conmigo mismo podían ejemplificarse todas mis afirmaciones, por lo que quien dudara de su veracidad... en fin, era un caso, a falta de otra palabra más adecuada.

Tenía cosas más prácticas en las que pensar, no obstante, y a medida que iba centrándome en penetrarla con un ritmo endiabladamente lento, que tenía de delicado lo mismo que yo de infiel (absolutamente nada, por si quedaba la menor duda), ella me demostraba con sus gestos que se moría de ganas de mucho más, ya que incluso, por si sus movimientos contra mi cuerpo y los arañazos en la espalda no fueran suficientes (porque sentirlos, los sentía, que dolieran ya era harina de otro costal), llegó a un punto en el que me gimió al oído, pidiéndome más y llamándome soldadito al casi suplicarme que no fuera malo, como si siguiendo el plan de Dios pudiera serlo de alguna manera... La cuestión fue que me terminó por convencer, sobre todo por el hecho de que yo mismo me moría de ganas de hacerlo más que por la intensidad de sus arañazos, que a juzgar por la sensación viscosa en mi espalda incluso me habían hecho sangrar, y obedecí sus palabras penetrándola con más fuerza e inaugurando así un ritmo sencillamente brutal y que cada vez más iba en aumento, consiguiendo que yo a veces jadeara y que ella no pudiera contenerse los gemidos si no me besaba o si no atacaba mi cuello cuando yo estaba tan distraído y centrado en el placer que sentía que ni siquiera prestaba la suficiente atención para impedírselo. Así, con todo, ella llegó antes que yo al clímax, pero no por ello dejó de moverse, al menos hasta que yo no hube hecho lo propio.

Salí rápidamente de ella, pero apenas me dejó tiempo para recuperar el aliento porque durante los segundos que utilicé para hacer eso mismo ella aprovechó para apoyar las manos en mi pecho e incorporarse, sentándose sobre mí a horcajadas y haciéndome fruncir el ceño un momento por su movimiento, ya que no era lo que yo tenía en mente... A mí me gustaba tener el control; había probado hacerlo al contrario, estando ella encima, y el placer para ambos no tenía nada que ver a lo que era cuando yo dominaba, así que ni aunque empezara bien (besándome casi con mala leche y recorriendo mi cuello a base de chupetones y mordiscos, ya excesivos, en su camino a su auténtico objetivo, mi pecho, donde hizo más o menos lo mismo) y ni aunque continuara bien, moviéndose contra mi cuerpo mientras me marcaba como si fuera una res y ella quien tuviera el hierro al rojo con el sello correspondiente, provocando de paso una fricción que me calentaba más de lo normal en aquellas circunstancias, a mí se me iba de la cabeza la idea que me había venido al principio: tener el control. En esas circunstancias, ni siquiera que empezara a masturbarme lentamente, haciendo gala de una paciencia de la que a aquellas alturas yo sabía que carecía y por mucho que casi estuviera masturbándose ella misma de paso, debilitaba mi idea; más bien al contrario, y por eso mismo en cuanto ella menos se lo esperaba porque parecía estar ocupada pensando en algo distinto (en marcar mi cuerpo, vamos) aproveché para cambiar las tornas y para asegurarme de que no se moviera de una manera muy sencilla: atrapando sus muñecas e inmovilizándola contra el suelo, conmigo encima de su cuerpo.

La diferencia física entre nosotros era muy apreciable aparte del hecho de que fuéramos hombre y mujer: ella era, pese a ser fibrosa, pequeña y tendiendo a delgada; yo, por mi parte, era muy alto y estaba en perfecta forma por mi entrenamiento militar, así que quien ganó en aquella lucha por el control, como no podía ser de otra manera, fui yo, y quien dejó que lo besara con saña para que dejara de intentar resistirse también fui yo momentos antes de penetrarla y, con un ritmo rápido ya de entrada (nunca mejor dicho), empezar a moverme rápidamente contra su cuerpo. Teniendo en cuenta que pese a mi sed acumulada el cansancio también reclamaba otro tanto de acumulación, y que llevábamos ya bastantes polvos, desde luego más de los que normalmente aguantaba con una misma mujer porque, si algo había que reconocerle (y agradecerle a su naturaleza de italiana, con todo lo que aquello implicaba), era que no lo hacía nada mal... Pese a su manía injustificada de marcarme, como llevaba haciendo todo el rato, sus gemidos más parecidos a gritos indicaban que yo mismo la estaba volviendo loca con aquel ritmo casi demencial por el que ella se movía contra mi cuerpo y por el que enseguida llegamos al orgasmo, ella antes que yo y pudiendo arañarme la espalda porque le había permitido tener las muñecas libres... que no se quejara, encima.
Después de besarme con intensidad, aprovechó el momento de tranquilidad para volver a ponerse encima y lamer mi pecho y mi cuello, moviéndose contra mí a la vez que intentaba calentarme y prepararme para otro asalto que, sin embargo, se vio interrumpido por las sirenas de la policía sonando a lo lejos, pero lo suficientemente cerca para que pese a su beso no pudiera evitar sentir que nos habían cortado el rollo a lo bestia y que incluso me separara, negando con la cabeza y con expresión seria... porque no podía permitirme que la policía me descubriera, ya que ellos no lo entenderían, no comprenderían que lo mío era casi un servicio a la comunidad para librarla de la peor basura que pudieran imaginarse: los herejes, y me juzgarían al margen de los tribunales para los que yo estaba hecho, los militares. Tras mi aviso, por tanto, me separé de ella y busqué mi ropa para, con eficacia absoluta, ponérmela rápidamente y estar vestido en cuestión de segundos, por desgracia para ambos enseñando demasiado de las marcas que me había hecho y obligándome a forzar una visita a mi curandera particular, Katherine... un engendro de la naturaleza por sus contactos con infieles de los que la había salvado en más de una ocasión y que, encima, estaba obsesionada conmigo, razón por la que se comprendía en gran parte que se sintiera tan en deuda conmigo que me curaba siempre que iba a verla... típico.

– Tengo que limpiar este desastre... ¿Me ayudas? – inquirí, con los brazos cruzados sobre el pecho y observándola mientras se vestía, con más lentitud que yo probablemente por el calentón que aún le duraba y por la que simplemente puse los ojos en blanco y me centré en lo que tenía que hacer: eliminar cualquier prueba rápidamente. Las sirenas de la policía se habían alejado, pero probablemente siguieran por la zona y más valía ser precavido que demasiado confiado, así que con la misma eficiencia de antes, que era a su vez la que aplicaba a todos los aspectos de mi vida, comencé a recoger las armas homicidas que había por allí y a meterlas en bolsas que hubiera por aquel lugar, que más o menos conocía... al menos en cuanto a recursos con los que poder eliminar todo rastro de mi presencia allí, y especialmente de la presencia de Richard Stevenson, un sucio infiel que nunca descansaría en paz por todos los pecados que había cometido al alejarse del camino único. Así, enseguida me deshice de las armas echándolas a una poza que había por allí, y el cadáver que había por allí corrió la misma suerte, con la añadidura de que en cuanto estuvieron ambos juntos dejé caer el ácido que acumulaban en aquella fábrica para que hiciera añicos todo detalle de ellos... Absolutamente todo lo que alguna vez hubiera sido un cuerpo humano y objetos con los que su vida había terminado. Después, me encargué de adecentar el suelo para que no pareciera que se había cometido un asesinato allí, y con la italiana arreglando los últimos detalles de la escena para que, excepto por el leve tufo que se apreciaba allí y que pronto fue sustituido por el del ácido, no quedaran rastros, enseguida estuvo terminado el trabajo del todo.

– No ha estado mal. – comenté, antes de acercarme a ella y cogerla de la barbilla, con la gélida mirada clavada en sus ojos y cierto matiz peligroso en ellos, que se complementaba con la nula delicadeza de mi gesto que, sin embargo, no iba destinado a hacerle daño ni a amenazarla, sino sólo a avisarla, a mantener su atención en lo que iba a decir.
– Pero tienes que prometerme que no contarás nada de lo que ha pasado aquí antes de que nos empezáramos a desnudar, ¿capicci? – pregunté, sin apartar la vista de ella y sin alterar lo más mínimo el frío tono de mi voz o los latidos de mi corazón, tranquilos, sin ninguna prisa.

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Re: Closer [Jack Thomas] {+18}

Mensaje por Adriana P. Gregoletto el Mar Ene 31, 2012 4:39 am

Por todos los malditos dioses romanos habidos... ¿En serio tenía que pasarme aquello a mí? No, si estaba claro que lo de la suerte no era lo mío, seguro que de pequeña había pasado bajo cincuenta escaleras y unos mil gatos negros se me habían cruzado porque si no, no lo entendía... Además, así se justificaba que me pasara el día siendo escoltada por un trío de matones que se creían mis padres más que mis niñeras, que era más bien lo que eran... Pero, ¿De verdad tenían que sonar las malditas sirenas de los coches de policía en aquel momento? ¿No había otro? ¿Otra parte de la ciudad que visitar antes que aquella? Los maldije mezclando italiano e inglés en mi cabeza, acordándome de ellos, de sus familias y de sus muertos mientras me moría de ganas porque Jack los ignorara y siguiera metiéndome de todo menos miedo... Pero aquello no iba a colar. Jack ya se había separado de mí y había negado con la cabeza, como diciéndome que aquello se había terminado ahí y que si me había quedado con el calentón que me jodiera... Aunque, obviamente, yo prefería que lo hiciera él... Pero no, tampoco podía ser todo perfecto y se apartó de mí, levantándose y vistiéndose rápido, dejándome con una mueca en los labios mientras me despedía con los ojos de su increíble cuerpo que me había vuelto tan loca... Y que seguía haciéndolo.

A regañadientes, me levanté y comencé a vestirme, buscando mi ropa por allí y tomándome todo el tiempo del mundo para vestirme con una calma excesivamente mediterránea que dudé que Jack entendiera porque enseguida estaba preguntándome si lo ayudaba a limpiar aquello... Pero eh, yo estaba vistiéndome y a mí el calentón no se me iba tan rápido, si quería que empezara él que era al que se le había ido la pinza y se había puesto a torturar a aquel hombre, yo solo me había unido a la fiesta porque era de lo más divertido... Así, ni siquiera respondí y me limité a seguir vistiéndome mientras él adelantaba trabajo: Recogía cualquier arma que hubiéramos podido utilizar con aquel pobre diablo y las guardaba en una bolsa antes de arrojarla a una especie de pozo, al que fue después el cadáver, junto a ácido en cantidades industriales que terminaría con las pruebas... Increíblemente eficaz... Y muy interesante.

Para aquel entonces yo ya estaba lista de nuevo y lo ayudé a terminar de adecentar aquel sitio, borrando los signos de que allí había pasado cualquier cosa fuera de lo normal, en lo que me centré especialmente porque era bastante experta en aquello y, al final, en muy poco tiempo aquello ya estaba otra vez igual de sucio y asqueroso que lo habíamos encontrado, sí, pero sin signos de que allí se hubiera cometido ningún asesinato como realmente había ocurrido... Y mientras me ponía un mechón de pelo detrás de la oreja, Jack comentó que aquello no había estado mal, haciéndome alzar una ceja y sorprendiéndome al tenerlo frente a mí, cogiéndome de la barbilla y haciendo que lo mirara directamente a los ojos, sosteniéndole la mirada. No, no había estado mal, nada mal y yo quería más pero aquello no pensaba decírselo. No pensaba alimentar su ego aún más después de haber acabado. Pasamos apenas unos segundos en silencio, mi mirada clavada en la suya y sus ojos, fríos como el hielo, fijos en mí. Sabía que ahora vendría un pero y que no le iba a dar por volver a empezar así que estaba esperando que hiciera o dijera algo de una maldita vez...Y finalmente lo hizo.

Sonreí de lado al escuchar aquello, divertida con el tono de su voz, tan frío y tan distante que me hacía gracia, al igual que sus palabras. ¿Es que acaso tenía miedo de que lo pillaran, lo juzgaran y lo metieran en la cárcel? Normal, estaba buenísimo y seguro que más de uno querría coger ese culito suyo... Pero no era tan mala como para aquello y el chico me había caído bien y como follaba aún mejor no pensaba delatarlo, más bien, todo lo contrario... Porque estaba segura de que en un futuro me serviría para mucho... - ¿Sabes con quien estás hablando, verdad? Esto te beneficia a ti casi tan poco como a mí así que puedes estar tranquilo, tu secreto está a salvo conmigo. - me encogí de hombros y moví la cabeza, consiguiendo que me soltara la barbilla. - Además, me lo he pasado bien, soldadito... Deberíamos repetirlo alguna vez, ah, y lo de antes también. - mordí mi labio inferior y me puse de puntillas para volver a besarlo con voracidad, recordandole de alguna manera como habíamos estado hacía escasos minutos. - Debería irme, tengo asuntos “familiares” que atender... Espero volver a verte pronto, Jack Thomas, me ha encantado conocerte... Y sé que a ti también.

Y sin más, le guiñé un ojo y salí de allí, volviendo a la zona más transitada de la ciudad a aquellas horas, alejándome de los barrios bajos y volviendo a encontrarme, casi sin querer, con mis niñeras, dejando que me siguieran mientras me metía en un par de discotecas más, bailando y bebiendo hasta que cerraban y marchándome a otra y, así, hasta que amaneció y regresé a mi casa, agotada y casi sin poder moverme, reviviendo en mi cabeza una y otra vez lo jodidamente bueno en el sexo que era Jack y, así, terminé por dormirme, por fin, a una hora razonable para mí como eran las 8 o las 9 de la mañana y no esperaba despertarme antes de las 5 de la tarde... Porque me merecía descansar después de semejante nochecita... ¡Y tanto! Aunque, en el fondo, me moría de ganas por repetirla... ¡Cuanto antes mejor!

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