

Conectarse

Últimos temas


¿Quién está en línea?
En total hay 5 usuarios en línea: 4 Registrados, 0 Ocultos y 1 Invitado Jessie Jones, Michael Vanderhoven, Neil Harrison, Rashid Ibn-La'Ahad
La mayor cantidad de usuarios en línea fue 18 el Lun Ago 01, 2011 4:26 am.



Rol-Misfits by Rol-Misfits is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.
Creado a partir de la obra en rol-misfits.espana-foro.com.
Permissions beyond the scope of this license may be available at http://rol-misfits.espana-foro.com/.
Closer [Jack Thomas] {+18}
Rol-Misfits :: Afueras :: estación
Página 2 de 2. • Compartir •
Página 2 de 2. •
1, 2
Re: Closer [Jack Thomas] {+18}
Sinceramente, dudaba bastante que llevara ropa interior puesta. No era la clase de hombre que se fijaba en el escote de una mujer lo suficiente para saberlo en base a eso, básicamente porque tenía cosas mejores que hacer que fijarme en un canalillo que una camiseta dejaba evidentemente a propósito a la luz, pero en cualquier caso conocía muy bien a las de su calaña porque, una vez estudiabas el comportamiento de una, todas estaban cortadas por el mismo y aburrido patrón. Estaban más salidas que el pico de una plancha, y siempre que podían buscaban la oportunidad de ofender a Dios y romper lo más normal y razonable: llegar vírgenes al matrimonio que era lo que se suponía que tenía que suceder... con alguna excepción, como lo era yo. Por el regalo que Él me había hecho en aquella tormenta, además de los dones que desde mi infancia había poseído pese a haberlos desarrollado sólo en el frente de batalla, mis obligaciones eran mayores que las del resto de personas, sí, pero también lo eran más mis privilegios... y si Dios enviaba ansias a mi cuerpo lo hacía para que las pudiera satisfacer en pos de un mejor servicio a la divinidad, convirtiéndome así en una excepción que era la única, porque no contemplaba como tales a las zorras que vendían su cuerpo sin recibir ni un solo céntimo por ello, sino por amor al arte... Patético.
En la italiana, sin embargo, tenía que hacer la vista gorda respecto a aquello por una mera cuestión táctica: no podía permitirme tener a la mafia como enemiga. El ejército me respaldaría de hacerlo, evidentemente, pero teniendo en cuenta que tres de cada cuatro soldados eran unos cafres y que sólo los mejores, como yo, nos librábamos de aquella generalización que escondía una gran verdad, la capacidad efectiva de posicionarse como enemigo de un cuerpo como lo era la familia no era extremadamente amplia, por lo que la única opción que me quedaba era prevenir, ya que es mucho mejor que curar cuando es demasiado tarde para lamentar esto último, y si eso pasaba por hacer la vista gorda respecto a mi nueva “amiga” (aliada, más bien...) bienvenido fuera: cosas peores había hecho por mantener la vida en el frente de batalla y aquella situación, de llegar al extremo, no sería tan diferente de lo que había sido entonces.
El orgullo que llenó su expresión en cuanto mencioné a su padre fue digno de alabanza, porque iba en consonancia con el mandamiento aquel de “Honrarás a tu padre y a tu madre” que, en cierto modo, compensaba que se saltara el de “No cometerás actos impuros”, “No matarás” y muchos otros más... que ignoraba como tan obvio resultaba. Su orgullo por él era tal que la admiración que mostraba en sus palabras resultaba evidente, tanto como que su padre era tan buen mafioso que hasta en el ejército lo teníamos fichado, y yo mismo era consciente de que había desaparecido pero esperaba, en cierto modo, que ella supiera dónde estaba... aunque no lo hiciera, ya que así lo revelaron sus palabras negando implícitamente esa realidad al decirse subordinada forzada de su hermano... dato interesante, por cierto.
Lo siguiente de lo que me habló, cambiando de tema con menos sutileza que Judas traicionando a Jesucristo en la Última Cena, fue de sus niñeras de tamaño XXL o armario ropero: Enzo, Marco y un tercero que se llamaba Giovanni y que, al parecer, eran menos sutiles que ella intentando llevarme a la cama, palabras textuales... con muchísima razón, en ambas cosas porque las había vivido en mis propias carnes (sí, esa que como si fuera un trozo del cuerpo de Dios se moría por probar... o quizá aún más). Añadió que llevaba en Londres alrededor de un año pero que en ese tiempo le había dado tiempo a conocer la ciudad y a buscarse gente que le sirviera (como yo, según dijo) y lo último que dijo fue que sí, llevaba ropa interior de Dolce y Gabanna, como se empeñó en mostrarme pese a que no tuviera el menor interés en verlo y me fiara de su palabra como lo hacía... cualquier cosa con tal de no romper el contacto visual, porque no me apetecía hacerlo.
No pudo aguantar demasiado tiempo sin acercarse a mí y volvió a hacerlo, sugiriéndome que ya que había espantado a su escolta personal la acompañara yo a casa para que a nadie de la familia se le ocurriera tomar medidas contra mí por si le pasaba algo a ella (y, aunque lo dijo de broma, sabía que lo harían de verdad...) y añadiendo proposiciones indecentes que no me interesaban, que combinó con sus manos acariciando mi pecho por encima de la camiseta interior de tirantes y con ella mordiéndome el labio inferior... típico, y si pensaba que lo mismo que utilizaba con todo hombre funcionaría conmigo estaba aún más equivocada que aquellos pobres ilusos que pensaban que Dios no existía... Estúpidos.
– Tu padre es famoso no sólo por la policía, te lo puedo asegurar, y no creo que sea esto lo que quieras escuchar para que te libres del control de tu hermano, pero nadie en todo el mundillo sabe nada de su paradero... Una lástima, en realidad, porque seguro que es alguien con quien merecería la pena tener algún trato provechoso. Su fama lo precede... – dije, encogiéndome de hombros y sacudiéndolos lo suficiente para que ella dejara de invadir mi espacio vital y se separara un poco de mí, lo suficiente para que medio girara el cuerpo sin darle una hostia importante y pudiera coger la bolsa de viaje, que enseguida puse sobre mi regazo.
– Sí, te acompaño... No me conviene enemistarme con tu familia, italiana, sobre todo teniendo en cuenta que sois muy perseverantes cuando se trata de vendetta, algo en lo que sois demasiado expertos. Te aseguro que vas a llegar viva a tu casa. – añadí, con tono serio y solemne antes de moverme en el asiento para levantarme de aquella mesa, dejando un billete sobre ella para pagar ambas consumiciones y comenzando a caminar en dirección a la salida en cuanto ella abandonó la mesa y, cuando salimos de allí, me eché la bolsa al hombro y comencé a seguirla en la dirección que ella indicaba ya que, a fin de cuentas, era quien sabía donde estaba su casa... como la gran mayoría de la población masculina de Londres, seguramente.
Durante el trayecto, no demasiado largo porque vivía relativamente cerca de la estación, hablamos de algunas cosas sin demasiada importancia, sobre todo relativas a sus gorilas, a ella y en menor medida a su hermano, cuyo nombre, Pietro, descubrí prácticamente de casualidad antes de que ella se diera cuenta y cambiara de tema, demasiado tarde para lo que mis habilidades de torturador que acababa sacando siempre la verdad dominaban. Al final, llegamos a un portal y ella abrió la puerta, girándose después hacia mí como invitándome a subir y ganándose, por mi parte, una media sonrisa divertida, con mi vista clavada en la suya.
– Ya has llegado sana y a salvo, Paola, mi tarea aquí ha terminado. Tengo cosas de las que ocuparme, así que ya nos veremos por ahí... – dije, despidiéndome de ella antes de que ella lo hiciera a su manera y se me lanzara (otra vez), comiéndome la boca y en cuanto nos separamos y me giré tocándome el culo porque, a fin de cuentas, cualquier oportunidad que tuviera para hacerlo iba a aprovecharla y aquella no sería una excepción a la regla en cuanto a un comportamiento que, prácticamente, había heredado de sus propios padres y de lo que la cultura en la que había crecido le había grabado a fuego en la cabeza, hasta tal punto que lo asimilaba como suyo.
La casa de la italiana no quedaba demasiado lejos de la mía, y ese fue el camino que recorrí con la bolsa en la mano y que fue súbitamente cortado por una Emily que tenía toda la pinta de haber estado siguiéndome desde que había salido de la estación.
– Jack, ¿qué se supone que estabas haciendo con esa? Tenía unas pintas de fulana que no podía con ellas, y seguro que quería corromperte... Cuánto mejor haber estado con quien sabes que te ha echado mucho de menos... – me dijo, en cuanto logró frenar mi marcha al lado de mi casa y logrando que mi expresión de sorpresa enmarcara una cara que era de puro hielo, la que le estaba dedicando.
– Era una vieja amiga, Emily, y con quien esté o deje de estar queda entre el creador y yo... No tengo que hacerte partícipe de nada de lo que haga. – le espeté, dejándola clavada en el sitio a tiempo de volver a mi piso y poder sentarme a comer algo de lo que tenía por allí, que gracias a mi previsión era lo suficiente para permitirme aguantar toda la tarde pero no lo suficiente para aguantar toda una semana allí, así que tarde o temprano tendría que hacer la compra... mejor tarde.
En cuanto fue la hora, recogí a la zorra de mi hermana del centro comunitario y la llevé a casa de mis padres, donde estuvimos los 4 un rato antes de la cena en sí y donde ella aprovechó para irse en cuanto pudo, logrando que yo sintiera la ira de siempre ante sus desplantes recorrerme y que en cuanto mis padres me lo indicaran pudiera irme... aunque no a perseguir a mi hermana para darle su merecido, no a eso porque en aquel momento algo atrajo mi atención muchísimo más que una simple zorra. ¿Qué era ese algo? Fácil, la salida de uno de los supuestos lugares de culto que los infieles habían alzado en batalla directa contra Dios y de donde salió uno a quien yo conocía demasiado bien porque había luchado en el frente conmigo... ocultando al parecer que era un infiel y provocando que, con una sonrisa maquiavélica por mi parte, se iniciara la función.
Sonrisas falsas, muecas agradables y alcohol que llevaba él en vena favorecieron la comunicación y que confiara en mí lo suficiente, como tantas veces había hecho cuando le había salvado su estúpido y vulgar cuello, aquel que merecía que lo apretaran hasta la muerte, para que no sospechara nada malo de mí aparte de que quería reencontrarme con un viejo colega cuando lo conduje a un almacén abandonado, uno en una de cuyas sillas lo até para su enorme sorpresa porque no creía que nunca un compañero militar podría hacerle eso después de tantas experiencias juntos en el frente y, sobre todo, después de salvarnos la vida mutuamente unas cuantas veces... aunque, más bien, se la había salvado yo a él de la misma manera que salvaría su alma del pecado antes de que se entregara a adoradores de falsos ídolos de una vez por todas.
– Vas a morir, sucio infiel. – predije, con alegría en la voz y una sonrisa en los labios que vino antes de darle un puñetazo en la cara con el que sus huesos crujieron y su tabique nasal se rompió, dejando sangre en mis manos que me esforcé en limpiar en la ropa de aquel infiel ya que no quería manchar mi uniforme, que ni siquiera me había dado tiempo a quitarme. Después de aquel puñetazo vinieron más, bastantes más, que lo dejaron con los ojos morados y con la sangre corriéndole por el rostro, además de con su ropa manchada de la sangre que yo me había limpiado en ella. Con un preciso movimiento, cuando él me miraba aún incrédulo, saqué un cuchillo que ocultaba siempre en los pantalones, y empecé a hurgar en cada una de las uñas de sus manos, arrancándole gritos de agonía que terminaba por acallar con más golpes y que culminaban conmigo extrayéndole todas las uñas, con sus manos sangrantes y yo con muchas ganas de seguir.
– ¿Crees que esto es todo? Aún te espera muchísimo más por arrodillarte ante un falso ídolo... – añadí, jugando con el cuchillo entre los dedos antes de dedicarle otra sonrisa macabra y de que comenzara con los tajos, superficiales pero dolorosos y muy cercanos a sus arterias principales... Que comenzara el auto de fe.
En la italiana, sin embargo, tenía que hacer la vista gorda respecto a aquello por una mera cuestión táctica: no podía permitirme tener a la mafia como enemiga. El ejército me respaldaría de hacerlo, evidentemente, pero teniendo en cuenta que tres de cada cuatro soldados eran unos cafres y que sólo los mejores, como yo, nos librábamos de aquella generalización que escondía una gran verdad, la capacidad efectiva de posicionarse como enemigo de un cuerpo como lo era la familia no era extremadamente amplia, por lo que la única opción que me quedaba era prevenir, ya que es mucho mejor que curar cuando es demasiado tarde para lamentar esto último, y si eso pasaba por hacer la vista gorda respecto a mi nueva “amiga” (aliada, más bien...) bienvenido fuera: cosas peores había hecho por mantener la vida en el frente de batalla y aquella situación, de llegar al extremo, no sería tan diferente de lo que había sido entonces.
El orgullo que llenó su expresión en cuanto mencioné a su padre fue digno de alabanza, porque iba en consonancia con el mandamiento aquel de “Honrarás a tu padre y a tu madre” que, en cierto modo, compensaba que se saltara el de “No cometerás actos impuros”, “No matarás” y muchos otros más... que ignoraba como tan obvio resultaba. Su orgullo por él era tal que la admiración que mostraba en sus palabras resultaba evidente, tanto como que su padre era tan buen mafioso que hasta en el ejército lo teníamos fichado, y yo mismo era consciente de que había desaparecido pero esperaba, en cierto modo, que ella supiera dónde estaba... aunque no lo hiciera, ya que así lo revelaron sus palabras negando implícitamente esa realidad al decirse subordinada forzada de su hermano... dato interesante, por cierto.
Lo siguiente de lo que me habló, cambiando de tema con menos sutileza que Judas traicionando a Jesucristo en la Última Cena, fue de sus niñeras de tamaño XXL o armario ropero: Enzo, Marco y un tercero que se llamaba Giovanni y que, al parecer, eran menos sutiles que ella intentando llevarme a la cama, palabras textuales... con muchísima razón, en ambas cosas porque las había vivido en mis propias carnes (sí, esa que como si fuera un trozo del cuerpo de Dios se moría por probar... o quizá aún más). Añadió que llevaba en Londres alrededor de un año pero que en ese tiempo le había dado tiempo a conocer la ciudad y a buscarse gente que le sirviera (como yo, según dijo) y lo último que dijo fue que sí, llevaba ropa interior de Dolce y Gabanna, como se empeñó en mostrarme pese a que no tuviera el menor interés en verlo y me fiara de su palabra como lo hacía... cualquier cosa con tal de no romper el contacto visual, porque no me apetecía hacerlo.
No pudo aguantar demasiado tiempo sin acercarse a mí y volvió a hacerlo, sugiriéndome que ya que había espantado a su escolta personal la acompañara yo a casa para que a nadie de la familia se le ocurriera tomar medidas contra mí por si le pasaba algo a ella (y, aunque lo dijo de broma, sabía que lo harían de verdad...) y añadiendo proposiciones indecentes que no me interesaban, que combinó con sus manos acariciando mi pecho por encima de la camiseta interior de tirantes y con ella mordiéndome el labio inferior... típico, y si pensaba que lo mismo que utilizaba con todo hombre funcionaría conmigo estaba aún más equivocada que aquellos pobres ilusos que pensaban que Dios no existía... Estúpidos.
– Tu padre es famoso no sólo por la policía, te lo puedo asegurar, y no creo que sea esto lo que quieras escuchar para que te libres del control de tu hermano, pero nadie en todo el mundillo sabe nada de su paradero... Una lástima, en realidad, porque seguro que es alguien con quien merecería la pena tener algún trato provechoso. Su fama lo precede... – dije, encogiéndome de hombros y sacudiéndolos lo suficiente para que ella dejara de invadir mi espacio vital y se separara un poco de mí, lo suficiente para que medio girara el cuerpo sin darle una hostia importante y pudiera coger la bolsa de viaje, que enseguida puse sobre mi regazo.
– Sí, te acompaño... No me conviene enemistarme con tu familia, italiana, sobre todo teniendo en cuenta que sois muy perseverantes cuando se trata de vendetta, algo en lo que sois demasiado expertos. Te aseguro que vas a llegar viva a tu casa. – añadí, con tono serio y solemne antes de moverme en el asiento para levantarme de aquella mesa, dejando un billete sobre ella para pagar ambas consumiciones y comenzando a caminar en dirección a la salida en cuanto ella abandonó la mesa y, cuando salimos de allí, me eché la bolsa al hombro y comencé a seguirla en la dirección que ella indicaba ya que, a fin de cuentas, era quien sabía donde estaba su casa... como la gran mayoría de la población masculina de Londres, seguramente.
Durante el trayecto, no demasiado largo porque vivía relativamente cerca de la estación, hablamos de algunas cosas sin demasiada importancia, sobre todo relativas a sus gorilas, a ella y en menor medida a su hermano, cuyo nombre, Pietro, descubrí prácticamente de casualidad antes de que ella se diera cuenta y cambiara de tema, demasiado tarde para lo que mis habilidades de torturador que acababa sacando siempre la verdad dominaban. Al final, llegamos a un portal y ella abrió la puerta, girándose después hacia mí como invitándome a subir y ganándose, por mi parte, una media sonrisa divertida, con mi vista clavada en la suya.
– Ya has llegado sana y a salvo, Paola, mi tarea aquí ha terminado. Tengo cosas de las que ocuparme, así que ya nos veremos por ahí... – dije, despidiéndome de ella antes de que ella lo hiciera a su manera y se me lanzara (otra vez), comiéndome la boca y en cuanto nos separamos y me giré tocándome el culo porque, a fin de cuentas, cualquier oportunidad que tuviera para hacerlo iba a aprovecharla y aquella no sería una excepción a la regla en cuanto a un comportamiento que, prácticamente, había heredado de sus propios padres y de lo que la cultura en la que había crecido le había grabado a fuego en la cabeza, hasta tal punto que lo asimilaba como suyo.
La casa de la italiana no quedaba demasiado lejos de la mía, y ese fue el camino que recorrí con la bolsa en la mano y que fue súbitamente cortado por una Emily que tenía toda la pinta de haber estado siguiéndome desde que había salido de la estación.
– Jack, ¿qué se supone que estabas haciendo con esa? Tenía unas pintas de fulana que no podía con ellas, y seguro que quería corromperte... Cuánto mejor haber estado con quien sabes que te ha echado mucho de menos... – me dijo, en cuanto logró frenar mi marcha al lado de mi casa y logrando que mi expresión de sorpresa enmarcara una cara que era de puro hielo, la que le estaba dedicando.
– Era una vieja amiga, Emily, y con quien esté o deje de estar queda entre el creador y yo... No tengo que hacerte partícipe de nada de lo que haga. – le espeté, dejándola clavada en el sitio a tiempo de volver a mi piso y poder sentarme a comer algo de lo que tenía por allí, que gracias a mi previsión era lo suficiente para permitirme aguantar toda la tarde pero no lo suficiente para aguantar toda una semana allí, así que tarde o temprano tendría que hacer la compra... mejor tarde.
En cuanto fue la hora, recogí a la zorra de mi hermana del centro comunitario y la llevé a casa de mis padres, donde estuvimos los 4 un rato antes de la cena en sí y donde ella aprovechó para irse en cuanto pudo, logrando que yo sintiera la ira de siempre ante sus desplantes recorrerme y que en cuanto mis padres me lo indicaran pudiera irme... aunque no a perseguir a mi hermana para darle su merecido, no a eso porque en aquel momento algo atrajo mi atención muchísimo más que una simple zorra. ¿Qué era ese algo? Fácil, la salida de uno de los supuestos lugares de culto que los infieles habían alzado en batalla directa contra Dios y de donde salió uno a quien yo conocía demasiado bien porque había luchado en el frente conmigo... ocultando al parecer que era un infiel y provocando que, con una sonrisa maquiavélica por mi parte, se iniciara la función.
Sonrisas falsas, muecas agradables y alcohol que llevaba él en vena favorecieron la comunicación y que confiara en mí lo suficiente, como tantas veces había hecho cuando le había salvado su estúpido y vulgar cuello, aquel que merecía que lo apretaran hasta la muerte, para que no sospechara nada malo de mí aparte de que quería reencontrarme con un viejo colega cuando lo conduje a un almacén abandonado, uno en una de cuyas sillas lo até para su enorme sorpresa porque no creía que nunca un compañero militar podría hacerle eso después de tantas experiencias juntos en el frente y, sobre todo, después de salvarnos la vida mutuamente unas cuantas veces... aunque, más bien, se la había salvado yo a él de la misma manera que salvaría su alma del pecado antes de que se entregara a adoradores de falsos ídolos de una vez por todas.
– Vas a morir, sucio infiel. – predije, con alegría en la voz y una sonrisa en los labios que vino antes de darle un puñetazo en la cara con el que sus huesos crujieron y su tabique nasal se rompió, dejando sangre en mis manos que me esforcé en limpiar en la ropa de aquel infiel ya que no quería manchar mi uniforme, que ni siquiera me había dado tiempo a quitarme. Después de aquel puñetazo vinieron más, bastantes más, que lo dejaron con los ojos morados y con la sangre corriéndole por el rostro, además de con su ropa manchada de la sangre que yo me había limpiado en ella. Con un preciso movimiento, cuando él me miraba aún incrédulo, saqué un cuchillo que ocultaba siempre en los pantalones, y empecé a hurgar en cada una de las uñas de sus manos, arrancándole gritos de agonía que terminaba por acallar con más golpes y que culminaban conmigo extrayéndole todas las uñas, con sus manos sangrantes y yo con muchas ganas de seguir.
– ¿Crees que esto es todo? Aún te espera muchísimo más por arrodillarte ante un falso ídolo... – añadí, jugando con el cuchillo entre los dedos antes de dedicarle otra sonrisa macabra y de que comenzara con los tajos, superficiales pero dolorosos y muy cercanos a sus arterias principales... Que comenzara el auto de fe.

Jack Thomas- Edad: 19
Empleo: Militar
Mensajes: 124
Fecha de inscripción: 01/08/2011
Re: Closer [Jack Thomas] {+18}
Jack Thomas… Aquel soldadito era realmente un hueso duro de roer y no había manera de que cayera pero no por ello yo iba a dejar de intentarlo… ¿Qué clase de italiana sería de hacerlo, por favor? Una de las peores, sin duda, y como quería honrar a mi patria y, de paso, llevarme como recompensa un polvazo con un hombre como él… tan jodidamente sexy y atractivo… Pensaba seguir insistiendo, probablemente, hasta que terminara aceptando o me mandara a un lugar no demasiado bonito ni agradable (¿Francia, quizá?). Total, a lo mejor se lo pensaba y decidía que le apetecía tener el mejor polvo de su vida aquel día y, ¿Quién era yo para negárselo? Estaba a su total y completa disposición para hacer que su cuerpo ardiera, que dejara de parecer una jodida estatua de mármol (de la época helenística, más o menos, porque esos músculos…), que gimiera de placer… Y que yo también me muriera un poco mientras tanto. No podía negar que aquel chico me ponía, los había visto (y probado) mucho mejores pero ninguno de ellos me había rechazado, ninguno había parecido un jodido cadáver cuando me había puesto encima y todos se habían lanzado a mi cuello sin dudarlo en apenas segundos… Sí, aquello empezaba a ser personal y me lo quería tirar, punto. Lo haría costara lo que costara y jodiera a quien jodiera porque no había nadie en el mundo capaz de resistirse a los encantos de Adriana Paola Gregoletto y eso ya era jauja, que no podía ser, joder, llevábamos demasiado de conversación y muy poco de conocernos realmente “a fondo”. Decir que era el chico con el que más había hablado desde que había llegado a Londres probablemente era decir toda la verdad pero, al menos, la conversación había sido agradable… Por mucho que yo fuera menos de hablar que de actuar que eso sí que era lo mío, la acción… Por eso precisamente había vuelto a las andadas y acariciaba su fuerte pecho por encima de aquella camiseta interior de tirantes con la que iba provocando por el mundo y también por eso estaba, de nuevo, casi encima de él, esperando su respuesta sobre lo de acompañarme a casa… Y lo que surgiera después… O durante.
Sin embargo, fue de mi padre de lo primero que me habló, volviendo a sorprenderme y haciéndome sentirme orgullosa de ser quien era al escuchar sus palabras diciendo que mi padre era famoso y no solo para la policía aunque nadie en el “mundillo” sabía dónde estaba, lo que era una lástima porque, dijo, que era alguien con quien valía la pena tener algún trato ya que su fama lo precedía… Y ahí no pude evitar sonreír de lado, orgullosa, y asentir a la vez que él se encogía de hombros y los sacudía, logrando apartarme de nuevo de él (MUY de mala gana, por cierto) que no tardó encoger de nuevo su bolsa de viaje y ponerla sobre su regazo, aceptando mi petición de acompañarme a mi casa por “miedo” a las represalias y a nuestras archiconocidas vendettas en las que, como bien había dicho el soldadito, éramos realmente expertos y terminó por asegurarme, con tono serio, que iba a llegar viva a casa antes de levantarse de allí, dejando un billete sobre la mesa para pagar ambas consumiciones, haciéndome sonreír de lado, divertida, mientras lo miraba aún en mi asiento porque aquel chico era todo un lujo, la verdad, además de estar como un queso, me invitaba a cerveza… Si todos los hombres fueran así…Uffff… Me levanté rápidamente y salimos de allí, conmigo delante, guiándolo por las calles de Londres en dirección a mi casa. Sin más, comenzamos a hablar, comentando lo inútiles que podían llegar a ser a veces mis queridas niñeras y contándole cosas aleatorias y sin importancia de mí o de las tareas o misiones que de vez en cuando mi hermano me mandaba… Hermano cuyo nombre dije una de esas veces, tratando de cambiar de tema rápidamente y con mi archiconocidísima sutileza, aunque él ya se hubiera enterado de todo... Porque, como siempre, ya estaba hablando más de la cuenta. La verdad, había algo en él que me hacía plantearme seriamente si era buena idea aquello, hablarle de mi familia y de mí, contarle cosas que no le contaría a ningún desconocido por muy bueno que estuviera… Pero por otra parte sabía que él no utilizaría nada de eso en mi contra o, al menos, quería creerlo… Y no sabía cómo, siendo yo tan desconfiada, parecía que de repente empezaba a confiar como por arte de magia en aquel desconocido… No tardamos demasiado en llegar a mi casa y me apresuré a abrir el portal, dejando hueco para que pasara y prácticamente invitándolo y dejándole claro que quería que subiera conmigo… Pero él estaba quieto allí, mirándome a los ojos con una media sonrisa divertida antes de decirme que ya había llegado sana y salva y que su tarea había terminado, despidiéndose al decir que ya nos veríamos por ahí… Y haciendo que mi parte más caprichosa y con más mal perder hiciera acto de presencia y no tardara ni dos segundos en lanzarme a sus labios, comiéndole la boca con intensidad una vez más hasta que nos separamos y él se giró… Y no pude evitar tocarle el culo porque iba provocando… ¡Y una no es de piedra! Me quedé apoyada en la puerta unos segundos, negando con la cabeza mientras él se marchaba y suspirando antes de subir a mi casa, abriendo la puerta, quitándome los botines y tirándolos por ahí sin mucho esfuerzo, dejándome caer sobre mis sofás y encendiendo el reproductor de música, dándole al aleatorio y relajándome un rato con las mezclas más raras de la historia de la música: Desde Vivaldi hasta Sepultura pasando por los Beatles e incluso por Trivium además de mil géneros más de música, alternando como solo un aleatorio sabe entre canciones lentas y rápidas… y al final terminé por dormirme, agotada después de todo…
Me desperté casi al anochecer, la mejor hora del mundo, y me preparé algo de comer bastante consistente y con fundamento ya que aquella noche, para no variar demasiado, tocaba fiesta e iba a beber mucho alcohol. Tras mi tentempié y limpiarlo todo rápidamente, tocaba una ducha rápida (aunque el término “ducha rápida” puede ser lo más relativo del mundo porque mis duchas NUNCA eran rápidas) y empezar a arreglarme con música de fondo, cantando, saltando, bailando y gritando y animándome de paso para la gran noche que me esperaba. El modelito era sencillo pero siempre funcionaba: un vestido palabra de honor corto, que no llegaba a más de medio muslo, y realmente ceñido, de color negro y con pequeñas calaveras blancas adornándolo y un cinturón ancho y blanco bajo mis pechos como único complemento, realzando mis curvas. En los pies unos tacones negros y blancos con el logo de los Misfits y alguna pulsera y collar… Aunque al ver el rosario que mi padre me había regalado hacía años y que un amigo mío al que se lo había dado me había devuelto hacía poco, lo cogí sin pensar y me lo puse al cuello, cogiendo un bolso y maquillándome algo antes de salir rápidamente de casa. Aquella noche fui al centro y empecé a beber y a bailar pronto, llegando incluso a irme al baño de alguno de los locales en los que entraba con tíos para comernos mutuamente y literalmente, empezando la noche con muy bien pie y divirtiéndome como solo yo sabía hacerlo. Volviendo de una de esas escapadas al baño con un chico que seguía pegado a mi oreja, comiéndomela y diciéndome de irme a su casa a pasarlo bien, fue cuando, para mi sorpresa, encontré al soldadito de aquella mañana con otro tío (que no estaba nada mal, por cierto) hablando y sonriendo, invitándole a copas y siendo todo amabilidad. Aquello me chocó tanto que ignoré al tío que intentaba calentarme otra vez y llevarme a la cama, yendo directamente a la barra, lejos de ellos y observándolos. Había descartado la idea de que fuera gay, sí, pero en aquel momento veía factible hasta que los cerdos volaran por lo que yo los espiaba con todo el sigilo del mundo y sin demasiadas copas aun en el cuerpo (por suerte), tratando de averiguar de qué iba aquello… Y al parecer, el chico era tan solo un compañero del ejército y nada más y se estaban contando batallitas. Enternecedor. Sin embargo, continué espiándolos y los seguí cuando salieron de allí con sigilo, el sigilo propio de alguien que ha hecho eso unas mil veces, por si después de aquello podía conseguir al fin mi primer premio y tener al soldadito solo para mí... No me esperaba que Jack condujera a su “amigo” a un almacén abandonado como aquel y, mucho menos, que lo atara a una de las sillas que había por allí, cosa que compartía con aquel pobre diablo que, medio borracho, no dejaba de hablar y hablar y preguntar por qué hacía aquello y, bueno, lo típico. Jack anunció que iba a morir y lo llamó “sucio infiel” antes de romperle la nariz de un puñetazo y limpiarse la sangre en la camiseta del otro. Continuó a base de puñetazos y más puñetazos, realmente fuertes y que lo hacían sangrar y dejaban su cara realmente amoratada aunque, no contento con eso, comenzó a utilizar un método de tortura con él, utilizando un cuchillo y metiéndolo por debajo de sus uñas, antes de arranárselas de golpe. Aquel espectáculo estaba siendo magnífico y me preguntaba cuánto tardaría en morir el pobre infeliz que estaba siendo torturado y, además, cuanto tardaría yo en dejarme ver porque aquello me estaba poniendo a cien, si no a mil y Jack anunciando que aún le esperaba mucho más no hacía más que darme ganas de ayudarlo…
Esta vez fue el turno de una serie de cortes superficiales cerca de las arterias importantes, aprovechando que su presa seguía consciente y que aquello jugaría un papel muy importante psicológicamente… Lo asustaría mucho más. La paciencia nunca ha sido una de sus virtudes y no pude evitar aplaudir desde mi posición, en la oscuridad, lejos de ellos, dejándome ver por fin y acercándome lentamente a los dos. – Brillante. Gran comienzo y buenas amenazas… No mentías al decir que eras un buen torturador… Pero deja a la experta. – comenté, acercándome a él y quitándole el cuchillo de la mano, acercándome a su amiguito e inclinándome hacia él, pasando el cuchillo por su pecho lentamente, hundiendo apenas la punta del cuchillo en su piel una y otra y otra vez, como pequeños picotazos de mosquito que no dejaban de sangrar al estar en sitios estratégicos. – Mira y aprende… - me volví hacia Jack, guiñándole un ojo, antes de rasgar con el cuchillo la camiseta de aquel chico, encontrando algunos tatuajes escondidos en su pecho, ladeando la cabeza al mirarlos con una mueca. – Son horrendos. – entonces procedí a clavar el cuchillo en su piel, rodeando los tatuajes con los cortes antes de proceder a serrar la piel, con cuidado y con paciencia, ignorando los gritos de aquel imbécil y quedándome al final con un trozo de su piel en la mano, cogiéndolo con dos dedos y mirándolo con asco antes de rebuscar en el bolsillo de su pantalón y, con un mechero que había ahí, quemar el trozo de piel y tirarlo por ahí. Como ya no tenía mucho más divertido que hacer sin apenas cosas por allí con las que poder divertirnos con aquel hombre al borde del desmayo, encendí de nuevo el mechero y lo acerqué a la zona donde no tenía piel y estaba en carne viva, quemándolo un poco y separándolo, soplando después en la zona para que los aullidos de dolor fueran aún mayores, repitiendo la acción unas cuantas veces hasta que el grado de la quemadura fue tal que incluso ya no dolía por lo que me giré y miré a Jack, sonriendo de lado.- ¿Quieres acabar? Ya sabes, el gran final… – me mordí el labio inferior acercándome a él, devorándolo con la mirada de arriba abajo una vez más y pegándome a su cuerpo, con los ojos clavados en los de él.- Enséñame de lo que eres capaz, soldadito... - mordí su labio inferior con fuerza, estirando de él mientras le devolvía el cuchillo y le daba el mechero por si quería utilizarlo… Después de todo había miles de cosas realmente interesantes que se podían hacer con fuego… Me aparté un poco y me quedé allí paraba observándolo todo, dejándole hacer y pensando que aquella noche había merecido la pena y, sin duda, iba a ser brutal, literalmente… Porque no había otra forma de definir aquello… Brutal.
Sin embargo, fue de mi padre de lo primero que me habló, volviendo a sorprenderme y haciéndome sentirme orgullosa de ser quien era al escuchar sus palabras diciendo que mi padre era famoso y no solo para la policía aunque nadie en el “mundillo” sabía dónde estaba, lo que era una lástima porque, dijo, que era alguien con quien valía la pena tener algún trato ya que su fama lo precedía… Y ahí no pude evitar sonreír de lado, orgullosa, y asentir a la vez que él se encogía de hombros y los sacudía, logrando apartarme de nuevo de él (MUY de mala gana, por cierto) que no tardó encoger de nuevo su bolsa de viaje y ponerla sobre su regazo, aceptando mi petición de acompañarme a mi casa por “miedo” a las represalias y a nuestras archiconocidas vendettas en las que, como bien había dicho el soldadito, éramos realmente expertos y terminó por asegurarme, con tono serio, que iba a llegar viva a casa antes de levantarse de allí, dejando un billete sobre la mesa para pagar ambas consumiciones, haciéndome sonreír de lado, divertida, mientras lo miraba aún en mi asiento porque aquel chico era todo un lujo, la verdad, además de estar como un queso, me invitaba a cerveza… Si todos los hombres fueran así…Uffff… Me levanté rápidamente y salimos de allí, conmigo delante, guiándolo por las calles de Londres en dirección a mi casa. Sin más, comenzamos a hablar, comentando lo inútiles que podían llegar a ser a veces mis queridas niñeras y contándole cosas aleatorias y sin importancia de mí o de las tareas o misiones que de vez en cuando mi hermano me mandaba… Hermano cuyo nombre dije una de esas veces, tratando de cambiar de tema rápidamente y con mi archiconocidísima sutileza, aunque él ya se hubiera enterado de todo... Porque, como siempre, ya estaba hablando más de la cuenta. La verdad, había algo en él que me hacía plantearme seriamente si era buena idea aquello, hablarle de mi familia y de mí, contarle cosas que no le contaría a ningún desconocido por muy bueno que estuviera… Pero por otra parte sabía que él no utilizaría nada de eso en mi contra o, al menos, quería creerlo… Y no sabía cómo, siendo yo tan desconfiada, parecía que de repente empezaba a confiar como por arte de magia en aquel desconocido… No tardamos demasiado en llegar a mi casa y me apresuré a abrir el portal, dejando hueco para que pasara y prácticamente invitándolo y dejándole claro que quería que subiera conmigo… Pero él estaba quieto allí, mirándome a los ojos con una media sonrisa divertida antes de decirme que ya había llegado sana y salva y que su tarea había terminado, despidiéndose al decir que ya nos veríamos por ahí… Y haciendo que mi parte más caprichosa y con más mal perder hiciera acto de presencia y no tardara ni dos segundos en lanzarme a sus labios, comiéndole la boca con intensidad una vez más hasta que nos separamos y él se giró… Y no pude evitar tocarle el culo porque iba provocando… ¡Y una no es de piedra! Me quedé apoyada en la puerta unos segundos, negando con la cabeza mientras él se marchaba y suspirando antes de subir a mi casa, abriendo la puerta, quitándome los botines y tirándolos por ahí sin mucho esfuerzo, dejándome caer sobre mis sofás y encendiendo el reproductor de música, dándole al aleatorio y relajándome un rato con las mezclas más raras de la historia de la música: Desde Vivaldi hasta Sepultura pasando por los Beatles e incluso por Trivium además de mil géneros más de música, alternando como solo un aleatorio sabe entre canciones lentas y rápidas… y al final terminé por dormirme, agotada después de todo…
Me desperté casi al anochecer, la mejor hora del mundo, y me preparé algo de comer bastante consistente y con fundamento ya que aquella noche, para no variar demasiado, tocaba fiesta e iba a beber mucho alcohol. Tras mi tentempié y limpiarlo todo rápidamente, tocaba una ducha rápida (aunque el término “ducha rápida” puede ser lo más relativo del mundo porque mis duchas NUNCA eran rápidas) y empezar a arreglarme con música de fondo, cantando, saltando, bailando y gritando y animándome de paso para la gran noche que me esperaba. El modelito era sencillo pero siempre funcionaba: un vestido palabra de honor corto, que no llegaba a más de medio muslo, y realmente ceñido, de color negro y con pequeñas calaveras blancas adornándolo y un cinturón ancho y blanco bajo mis pechos como único complemento, realzando mis curvas. En los pies unos tacones negros y blancos con el logo de los Misfits y alguna pulsera y collar… Aunque al ver el rosario que mi padre me había regalado hacía años y que un amigo mío al que se lo había dado me había devuelto hacía poco, lo cogí sin pensar y me lo puse al cuello, cogiendo un bolso y maquillándome algo antes de salir rápidamente de casa. Aquella noche fui al centro y empecé a beber y a bailar pronto, llegando incluso a irme al baño de alguno de los locales en los que entraba con tíos para comernos mutuamente y literalmente, empezando la noche con muy bien pie y divirtiéndome como solo yo sabía hacerlo. Volviendo de una de esas escapadas al baño con un chico que seguía pegado a mi oreja, comiéndomela y diciéndome de irme a su casa a pasarlo bien, fue cuando, para mi sorpresa, encontré al soldadito de aquella mañana con otro tío (que no estaba nada mal, por cierto) hablando y sonriendo, invitándole a copas y siendo todo amabilidad. Aquello me chocó tanto que ignoré al tío que intentaba calentarme otra vez y llevarme a la cama, yendo directamente a la barra, lejos de ellos y observándolos. Había descartado la idea de que fuera gay, sí, pero en aquel momento veía factible hasta que los cerdos volaran por lo que yo los espiaba con todo el sigilo del mundo y sin demasiadas copas aun en el cuerpo (por suerte), tratando de averiguar de qué iba aquello… Y al parecer, el chico era tan solo un compañero del ejército y nada más y se estaban contando batallitas. Enternecedor. Sin embargo, continué espiándolos y los seguí cuando salieron de allí con sigilo, el sigilo propio de alguien que ha hecho eso unas mil veces, por si después de aquello podía conseguir al fin mi primer premio y tener al soldadito solo para mí... No me esperaba que Jack condujera a su “amigo” a un almacén abandonado como aquel y, mucho menos, que lo atara a una de las sillas que había por allí, cosa que compartía con aquel pobre diablo que, medio borracho, no dejaba de hablar y hablar y preguntar por qué hacía aquello y, bueno, lo típico. Jack anunció que iba a morir y lo llamó “sucio infiel” antes de romperle la nariz de un puñetazo y limpiarse la sangre en la camiseta del otro. Continuó a base de puñetazos y más puñetazos, realmente fuertes y que lo hacían sangrar y dejaban su cara realmente amoratada aunque, no contento con eso, comenzó a utilizar un método de tortura con él, utilizando un cuchillo y metiéndolo por debajo de sus uñas, antes de arranárselas de golpe. Aquel espectáculo estaba siendo magnífico y me preguntaba cuánto tardaría en morir el pobre infeliz que estaba siendo torturado y, además, cuanto tardaría yo en dejarme ver porque aquello me estaba poniendo a cien, si no a mil y Jack anunciando que aún le esperaba mucho más no hacía más que darme ganas de ayudarlo…
Esta vez fue el turno de una serie de cortes superficiales cerca de las arterias importantes, aprovechando que su presa seguía consciente y que aquello jugaría un papel muy importante psicológicamente… Lo asustaría mucho más. La paciencia nunca ha sido una de sus virtudes y no pude evitar aplaudir desde mi posición, en la oscuridad, lejos de ellos, dejándome ver por fin y acercándome lentamente a los dos. – Brillante. Gran comienzo y buenas amenazas… No mentías al decir que eras un buen torturador… Pero deja a la experta. – comenté, acercándome a él y quitándole el cuchillo de la mano, acercándome a su amiguito e inclinándome hacia él, pasando el cuchillo por su pecho lentamente, hundiendo apenas la punta del cuchillo en su piel una y otra y otra vez, como pequeños picotazos de mosquito que no dejaban de sangrar al estar en sitios estratégicos. – Mira y aprende… - me volví hacia Jack, guiñándole un ojo, antes de rasgar con el cuchillo la camiseta de aquel chico, encontrando algunos tatuajes escondidos en su pecho, ladeando la cabeza al mirarlos con una mueca. – Son horrendos. – entonces procedí a clavar el cuchillo en su piel, rodeando los tatuajes con los cortes antes de proceder a serrar la piel, con cuidado y con paciencia, ignorando los gritos de aquel imbécil y quedándome al final con un trozo de su piel en la mano, cogiéndolo con dos dedos y mirándolo con asco antes de rebuscar en el bolsillo de su pantalón y, con un mechero que había ahí, quemar el trozo de piel y tirarlo por ahí. Como ya no tenía mucho más divertido que hacer sin apenas cosas por allí con las que poder divertirnos con aquel hombre al borde del desmayo, encendí de nuevo el mechero y lo acerqué a la zona donde no tenía piel y estaba en carne viva, quemándolo un poco y separándolo, soplando después en la zona para que los aullidos de dolor fueran aún mayores, repitiendo la acción unas cuantas veces hasta que el grado de la quemadura fue tal que incluso ya no dolía por lo que me giré y miré a Jack, sonriendo de lado.- ¿Quieres acabar? Ya sabes, el gran final… – me mordí el labio inferior acercándome a él, devorándolo con la mirada de arriba abajo una vez más y pegándome a su cuerpo, con los ojos clavados en los de él.- Enséñame de lo que eres capaz, soldadito... - mordí su labio inferior con fuerza, estirando de él mientras le devolvía el cuchillo y le daba el mechero por si quería utilizarlo… Después de todo había miles de cosas realmente interesantes que se podían hacer con fuego… Me aparté un poco y me quedé allí paraba observándolo todo, dejándole hacer y pensando que aquella noche había merecido la pena y, sin duda, iba a ser brutal, literalmente… Porque no había otra forma de definir aquello… Brutal.

Adriana P. Gregoletto- Edad: 18
Empleo: Mafiosa
Mensajes: 243
Fecha de inscripción: 19/07/2011
Re: Closer [Jack Thomas] {+18}
El nombre de aquel soldado, antiguo militar destinado conmigo en Irak hacía ya bastante tiempo, era uno perfectamente inglés: Richard Stevenson. Lo había conocido en una misión en la que él me había aconsejado no saltar por detrás de las filas enemigas, y su consejo me había salvado el cuello al encontrarse en esas mismas filas una mina que destrozó la vida de uno de mis compañeros delante de mis ojos. A carnicerías como aquellas ya estaba acostumbrado entonces, por lo que eso no me afectó, pero sí que lo hizo en cierto modo que me salvara cuando no me conocía de nada, aludiendo a la camaradería entre compañeros que muchos de los que convivían con nosotros habían perdido, sin importarles si los demás iban hacia su muerte o si por el contrario cometían acciones que podían dejarlos tullidos. No habíamos coincidido demasiado: apenas un par de misiones juntos antes de que perdiéramos el contacto del todo, pero para mí siempre había sido alguien a quien le había debido la vida cuando, apenas siendo un crío recién entrado en el ejército, podía haber muerto a manos de sucias manos infieles manipulando tecnología que no comprendían y que no merecían ni tocar porque la contaminaban.
Nunca había mencionado que era musulmán, aunque tenía que haberlo sospechado. ¿Cómo, si no, habría sabido que había una mina colocada en esa parte del territorio enemigo? ¿Cómo, si no, habría mostrado que siempre poseía conocimientos tácticos del terreno enemigo con una precisión que sólo uno de ellos podría tener si Richard ni siquiera estaba especializado en la topografía de las bases enemigas sino que era un soldado raso? Porque estaba aliado con ellos, como un infiel más, y por eso mismo, además de por elegir una vida desviada de la auténtica obra del Señor todopoderoso, del auténtico y del único que podía garantizar la salvación eterna, merecía morir, pero no rápidamente, no, sino lenta y dolorosamente. Así comprendería lo que habían sufrido los inocentes soldados que morían por defender la cultura verdadera frente a la ingrata y falsa destructora de la mía, y así comprendería que no debía haber desobedecido a Dios porque sus auténticos y fieles servidores, como lo era yo, no perdonábamos... Sólo estaba en manos de Él hacerlo, y yo era un enviado en la Tierra para limpiarla de basura que no merecía llenar el purgatorio, sino directamente el infierno. A fin de cuentas, para eso había nacido ya con poderes psíquicos y para eso me había regalado habilidades Dios a través de aquella tormenta.
Por eso estaba con el cuchillo cortando zonas cercanas a sus arterias principales, porque la tortura psicológica que estaba ejerciendo era tan importante como la física y aquello dejaba aún más claro que mis palabras y mis actos, los que él conocía porque me había visto torturar más de una vez y más de dos, que iba a acabar con él y que era sólo cuestión de tiempo. Quien tenía el dominio de la situación era yo porque, a fin de cuentas, no era yo quien estaba atado a una silla y siendo herido por un cuchillo en manos de alguien que portaba la fe auténtica por bandera, ¿verdad? No, y por eso mismo aquel paso era totalmente necesario para que se diera cuenta de su error pese a que el alcohol nublara su mente como lo estaba haciendo y apenas pudiera distinguirme a mí de un sucio infiel... aunque el único infiel que había en la sala era él y el único traidor a su patria y a su Dios era él, nadie más que él. En la sala, no obstante, no estábamos los dos solos como hasta entonces había supuesto y sólo cuando comenzó a aplaudir, estando yo centrado en mi trabajo de hacerle cortes por el cuerpo, y cuando comenzó a hablar aludiendo mis obvias dotes de torturados profesional pero sacando el enorme ego que tenía dentro y que aún no sabía cómo no la había atragantado me di cuenta de que la maldita italiana de marras me había seguido.
No iba a comentar sus dotes de torturadora porque no la conocía en ese aspecto, de hecho apenas la conocía, pero si estaba dispuesta a mostrarme cómo se las gastaba alguien de la mafia yo estaba dispuesto, por mi parte, a atender a lo que hacía y calificar en base a eso el riesgo real que aquella integrante de la mafia a la que había conocido hacía un rato significaba, y también si me merecía la pena eliminarla como testigo de aquella tortura o si, por el contrario, me convenía mantenerla como una extraña suerte de aliada que me podía venir hasta bien... eso se vería, y por eso mismo no dije nada, sino que dejé que cogiera el cuchillo e incluso me aparté un par de pasos de donde Richard yacía, en la silla y con la italiana encima para, con los brazos cruzados sobre el pecho, estar pendiente del espectáculo que probablemente sería interesante de ver... y así fue.
Comenzó clavándole el cuchillo en el pecho sin demasiada profundidad ni haciendo cortes, sino más bien con incisiones que parecían picotazos de un insecto que se estaba ensañando con él aunque no lo suficiente porque eso no lo mataría, y los dos, los tres si me apuras, lo sabíamos extremadamente bien llegado el caso y pese a la borrachera del objeto torturado que tenía Paola entre manos. A los picotazos siguió utilizar el cuchillo para rasgar la camisa que llevaba y dejar a la vista unos tatuajes que eran, como bien dijo ella, horribles, y que merecían exactamente lo que ella hizo: ser sustraídos de él. Con el cuchillo le arrancó un trozo de piel y con un mechero del propio Richard lo quemó, quemando después la zona de carne donde antes había estado su piel y haciéndole una carnicería importante antes de separarse de él y acercarse a mí, pasándome el cuchillo y el mechero y dándome un permiso que no necesitaba para acabar con aquel sucio infiel que no hacía nada por acercarse a la fe verdadera y que por eso mismo merecía morir... y lo haría, en poco tiempo además.
Ignorando por el momento su acercamiento, tan típico de ella por otra parte porque aprovechaba cualquier excusa que estaba en su mano para acercarse a mí, como bien me había demostrado, jugueteé con el cuchillo entre mis dedos delante de Richard, que estaba cerca del desmayo pero que aún así pudo mirarme con horror... que aumentó cuando saqué del bolsillo una jeringuilla llena de un líquido que él sabía muy bien cual era y que le inyecté en una de las venas del cuello, de las más abultadas por la presión que estaba haciendo y por el propio miedo que lo recorría.
– Sabes lo que es, Richard, y ahora sientes lo mismo que tantos han sentido antes que tú cuando el émbolo cae y la adrenalina llena tus venas. La sientes, ¿verdad? La fuerza, la imposibilidad de caer desmayado, esa sensación corriendo por tus venas y contra la que no puedes luchar porque estás atado... Y esto es sólo el principio, ya lo sabes. Siempre dijiste que habías encontrado en mí a un buen alumno en cuanto a esta tarea, pero ahora verás que hace años que el maestro ha sido superado por el alumno. – le dije, con una amplia sonrisa en el rostro y con el cuchillo en la mano, por fin quieto y como reflejando la quietud que siempre viene antes de la brutal tormenta... algo parecido a lo que le sucedería a él.
Antes de que le diera tiempo a reaccionar, rajé ambas mejillas con saña, como en la calle se llamaba la “sonrisa del payaso” entre las mafias y sin importarme que llegara al interior de su boca en algunos estadios de los cortes que le había hecho porque, a fin de cuentas, no cerraría los ojos hasta que no muriera y aún tenía un par de minutos, tiempo más que de sobra para poder hacerle un sinnúmero de heridas y cortes que le dolerían tanto que el dolor de la quemadura, ya pasado, le parecería un maldito regalo de su falso ídolo... uno engañoso y que no significaba nada en absoluto, ni el ídolo ni el regalo. Así, enseguida volví a deslizar el cuchillo por su brazo, clavándolo hasta media hoja en su bíceps y rasgando músculo hasta que el cuchillo dio con el hueso y lo saqué para que la hoja no se mellara, que lo mismo lo hacía. Cómo se notaba que seguramente aquel cuchillo era hecho en China, porque ya ni siquiera hacían cuchillos como los de antes...
Para preservar aquel arma, enseguida le di un par de patadas en ambas piernas que fueron suficientes para romperle las tibias y los peronés, impidiendo que pudiera moverse y también impidiendo que se acallara los aullidos de dolor más tiempo, aullidos que abrieron sus heridas de las mejillas y que las hicieron aún más grandes de lo que ya eran, pero eso aún no era todo. Acerqué el mechero a su nuca, a la zona donde empezaba a crecerle el pelo por detrás, y enseguida, pese al sudor, empezó este a arder, quemando consigo la capa de piel más superficial que conformaba el cuero cabelludo y torturándolo aún más, acercándolo a la muerte a pasos agigantados. Acerqué el cuchillo a las llamas de su cabeza y calenté la hoja hasta que estuvo al rojo vivo, momento en el que la dejé caer en su pecho, grabando una cruz en él como la que debería haber hecho con los dedos bendecidos en vez de arrodillarse en dirección a la Meca para rezar a quien nunca lo escucharía. En cuanto la cruz estuvo hecha y el olor a quemado de su piel inundó el aire, separé el cuchillo de él y lo miré a los ojos, con frialdad absoluta.
– Adiós, Richard Stevenson. Diría que ha sido un placer, pero sólo lo será para Satanás al recibirte entre sus brazos como el infiel pecador que eres. – musité, sólo para que él lo escuchara, antes de que mi cuchillo fuera directo a cercenar su arteria más palpitante, la que estaba en su cuello y que enseguida comenzó a regar su cuerpo, mi cuchillo y no a mí porque me aparté, pero si no también a mi cuerpo, quitando la vida de aquel infiel a medida que cada gota se escapaba hasta que cayó muerto, finalmente, en la silla, con el cuchillo aún en el cuello y conmigo mirándolo con frialdad antes de hacer, de manera breve y apenas perceptible, la señal de la cruz en mi pecho, porque al fin y al cabo era por Él por quien había llevado a cabo aquel acto de justicia divina... Y aquello era parte de mi rutina.
No me había olvidado de la italiana que presenciaba la escena desde atrás, en aquella fábrica abandonada en la que reinaba la oscuridad por doquier, y con el mechero en la mano me giré sobre mis talones para encararla y me fui acercando con paso rápido hacia ella, dejándoselo en la mano y con la mirada clavada en la suya, seria por mi parte pero algo menos carente de sentimiento que como solía porque detrás de ella había algo, algo que salía a veces cuando torturaba y que era cierta libertad en cuanto a mis impulsos y mis necesidades, producida por el hecho de dejarme llevar... No lo hacía a menudo, todo había que decirlo, pero cuando lo hacía me volvía imprevisible y así empezaba a estar en aquel momento, imprevisible para ella, que no se esperó que empezara a caminar en dirección recta pese a estar ella en mi trayectoria y que se vio obligada a retroceder pasos y pasos en dirección a la pared hasta que, al final, quedó con la espalda apoyada en ella y con mis brazos a ambos lados de su cuerpo, también en contacto con la pared y conmigo cerca de ella, estudiándola e impidiéndole cualquier atisbo de movimiento o de huida con mi propio cuerpo casi encima del suyo.
– No voy a preguntarlo: sé que te ha gustado el espectáculo, y esto es apenas una milésima parte de lo que puedo llegar a hacer si se me da el instrumental adecuado, pero a falta de eso siempre es bueno un cuchillo, fuego y algo de imaginación... Y ahora dime, ¿por qué me has seguido hasta aquí? ¿Morbo, curiosidad, o alguna otra razón que no haya mencionado hasta ahora? – pregunté, mirándola sin cesar a los ojos y cerca, muy cerca de ella, tanto mis brazos de su perfil como mi propio cuerpo del suyo... tan cerca que la sentía respirar, y que escucharía su respuesta muy fácilmente.
Nunca había mencionado que era musulmán, aunque tenía que haberlo sospechado. ¿Cómo, si no, habría sabido que había una mina colocada en esa parte del territorio enemigo? ¿Cómo, si no, habría mostrado que siempre poseía conocimientos tácticos del terreno enemigo con una precisión que sólo uno de ellos podría tener si Richard ni siquiera estaba especializado en la topografía de las bases enemigas sino que era un soldado raso? Porque estaba aliado con ellos, como un infiel más, y por eso mismo, además de por elegir una vida desviada de la auténtica obra del Señor todopoderoso, del auténtico y del único que podía garantizar la salvación eterna, merecía morir, pero no rápidamente, no, sino lenta y dolorosamente. Así comprendería lo que habían sufrido los inocentes soldados que morían por defender la cultura verdadera frente a la ingrata y falsa destructora de la mía, y así comprendería que no debía haber desobedecido a Dios porque sus auténticos y fieles servidores, como lo era yo, no perdonábamos... Sólo estaba en manos de Él hacerlo, y yo era un enviado en la Tierra para limpiarla de basura que no merecía llenar el purgatorio, sino directamente el infierno. A fin de cuentas, para eso había nacido ya con poderes psíquicos y para eso me había regalado habilidades Dios a través de aquella tormenta.
Por eso estaba con el cuchillo cortando zonas cercanas a sus arterias principales, porque la tortura psicológica que estaba ejerciendo era tan importante como la física y aquello dejaba aún más claro que mis palabras y mis actos, los que él conocía porque me había visto torturar más de una vez y más de dos, que iba a acabar con él y que era sólo cuestión de tiempo. Quien tenía el dominio de la situación era yo porque, a fin de cuentas, no era yo quien estaba atado a una silla y siendo herido por un cuchillo en manos de alguien que portaba la fe auténtica por bandera, ¿verdad? No, y por eso mismo aquel paso era totalmente necesario para que se diera cuenta de su error pese a que el alcohol nublara su mente como lo estaba haciendo y apenas pudiera distinguirme a mí de un sucio infiel... aunque el único infiel que había en la sala era él y el único traidor a su patria y a su Dios era él, nadie más que él. En la sala, no obstante, no estábamos los dos solos como hasta entonces había supuesto y sólo cuando comenzó a aplaudir, estando yo centrado en mi trabajo de hacerle cortes por el cuerpo, y cuando comenzó a hablar aludiendo mis obvias dotes de torturados profesional pero sacando el enorme ego que tenía dentro y que aún no sabía cómo no la había atragantado me di cuenta de que la maldita italiana de marras me había seguido.
No iba a comentar sus dotes de torturadora porque no la conocía en ese aspecto, de hecho apenas la conocía, pero si estaba dispuesta a mostrarme cómo se las gastaba alguien de la mafia yo estaba dispuesto, por mi parte, a atender a lo que hacía y calificar en base a eso el riesgo real que aquella integrante de la mafia a la que había conocido hacía un rato significaba, y también si me merecía la pena eliminarla como testigo de aquella tortura o si, por el contrario, me convenía mantenerla como una extraña suerte de aliada que me podía venir hasta bien... eso se vería, y por eso mismo no dije nada, sino que dejé que cogiera el cuchillo e incluso me aparté un par de pasos de donde Richard yacía, en la silla y con la italiana encima para, con los brazos cruzados sobre el pecho, estar pendiente del espectáculo que probablemente sería interesante de ver... y así fue.
Comenzó clavándole el cuchillo en el pecho sin demasiada profundidad ni haciendo cortes, sino más bien con incisiones que parecían picotazos de un insecto que se estaba ensañando con él aunque no lo suficiente porque eso no lo mataría, y los dos, los tres si me apuras, lo sabíamos extremadamente bien llegado el caso y pese a la borrachera del objeto torturado que tenía Paola entre manos. A los picotazos siguió utilizar el cuchillo para rasgar la camisa que llevaba y dejar a la vista unos tatuajes que eran, como bien dijo ella, horribles, y que merecían exactamente lo que ella hizo: ser sustraídos de él. Con el cuchillo le arrancó un trozo de piel y con un mechero del propio Richard lo quemó, quemando después la zona de carne donde antes había estado su piel y haciéndole una carnicería importante antes de separarse de él y acercarse a mí, pasándome el cuchillo y el mechero y dándome un permiso que no necesitaba para acabar con aquel sucio infiel que no hacía nada por acercarse a la fe verdadera y que por eso mismo merecía morir... y lo haría, en poco tiempo además.
Ignorando por el momento su acercamiento, tan típico de ella por otra parte porque aprovechaba cualquier excusa que estaba en su mano para acercarse a mí, como bien me había demostrado, jugueteé con el cuchillo entre mis dedos delante de Richard, que estaba cerca del desmayo pero que aún así pudo mirarme con horror... que aumentó cuando saqué del bolsillo una jeringuilla llena de un líquido que él sabía muy bien cual era y que le inyecté en una de las venas del cuello, de las más abultadas por la presión que estaba haciendo y por el propio miedo que lo recorría.
– Sabes lo que es, Richard, y ahora sientes lo mismo que tantos han sentido antes que tú cuando el émbolo cae y la adrenalina llena tus venas. La sientes, ¿verdad? La fuerza, la imposibilidad de caer desmayado, esa sensación corriendo por tus venas y contra la que no puedes luchar porque estás atado... Y esto es sólo el principio, ya lo sabes. Siempre dijiste que habías encontrado en mí a un buen alumno en cuanto a esta tarea, pero ahora verás que hace años que el maestro ha sido superado por el alumno. – le dije, con una amplia sonrisa en el rostro y con el cuchillo en la mano, por fin quieto y como reflejando la quietud que siempre viene antes de la brutal tormenta... algo parecido a lo que le sucedería a él.
Antes de que le diera tiempo a reaccionar, rajé ambas mejillas con saña, como en la calle se llamaba la “sonrisa del payaso” entre las mafias y sin importarme que llegara al interior de su boca en algunos estadios de los cortes que le había hecho porque, a fin de cuentas, no cerraría los ojos hasta que no muriera y aún tenía un par de minutos, tiempo más que de sobra para poder hacerle un sinnúmero de heridas y cortes que le dolerían tanto que el dolor de la quemadura, ya pasado, le parecería un maldito regalo de su falso ídolo... uno engañoso y que no significaba nada en absoluto, ni el ídolo ni el regalo. Así, enseguida volví a deslizar el cuchillo por su brazo, clavándolo hasta media hoja en su bíceps y rasgando músculo hasta que el cuchillo dio con el hueso y lo saqué para que la hoja no se mellara, que lo mismo lo hacía. Cómo se notaba que seguramente aquel cuchillo era hecho en China, porque ya ni siquiera hacían cuchillos como los de antes...
Para preservar aquel arma, enseguida le di un par de patadas en ambas piernas que fueron suficientes para romperle las tibias y los peronés, impidiendo que pudiera moverse y también impidiendo que se acallara los aullidos de dolor más tiempo, aullidos que abrieron sus heridas de las mejillas y que las hicieron aún más grandes de lo que ya eran, pero eso aún no era todo. Acerqué el mechero a su nuca, a la zona donde empezaba a crecerle el pelo por detrás, y enseguida, pese al sudor, empezó este a arder, quemando consigo la capa de piel más superficial que conformaba el cuero cabelludo y torturándolo aún más, acercándolo a la muerte a pasos agigantados. Acerqué el cuchillo a las llamas de su cabeza y calenté la hoja hasta que estuvo al rojo vivo, momento en el que la dejé caer en su pecho, grabando una cruz en él como la que debería haber hecho con los dedos bendecidos en vez de arrodillarse en dirección a la Meca para rezar a quien nunca lo escucharía. En cuanto la cruz estuvo hecha y el olor a quemado de su piel inundó el aire, separé el cuchillo de él y lo miré a los ojos, con frialdad absoluta.
– Adiós, Richard Stevenson. Diría que ha sido un placer, pero sólo lo será para Satanás al recibirte entre sus brazos como el infiel pecador que eres. – musité, sólo para que él lo escuchara, antes de que mi cuchillo fuera directo a cercenar su arteria más palpitante, la que estaba en su cuello y que enseguida comenzó a regar su cuerpo, mi cuchillo y no a mí porque me aparté, pero si no también a mi cuerpo, quitando la vida de aquel infiel a medida que cada gota se escapaba hasta que cayó muerto, finalmente, en la silla, con el cuchillo aún en el cuello y conmigo mirándolo con frialdad antes de hacer, de manera breve y apenas perceptible, la señal de la cruz en mi pecho, porque al fin y al cabo era por Él por quien había llevado a cabo aquel acto de justicia divina... Y aquello era parte de mi rutina.
No me había olvidado de la italiana que presenciaba la escena desde atrás, en aquella fábrica abandonada en la que reinaba la oscuridad por doquier, y con el mechero en la mano me giré sobre mis talones para encararla y me fui acercando con paso rápido hacia ella, dejándoselo en la mano y con la mirada clavada en la suya, seria por mi parte pero algo menos carente de sentimiento que como solía porque detrás de ella había algo, algo que salía a veces cuando torturaba y que era cierta libertad en cuanto a mis impulsos y mis necesidades, producida por el hecho de dejarme llevar... No lo hacía a menudo, todo había que decirlo, pero cuando lo hacía me volvía imprevisible y así empezaba a estar en aquel momento, imprevisible para ella, que no se esperó que empezara a caminar en dirección recta pese a estar ella en mi trayectoria y que se vio obligada a retroceder pasos y pasos en dirección a la pared hasta que, al final, quedó con la espalda apoyada en ella y con mis brazos a ambos lados de su cuerpo, también en contacto con la pared y conmigo cerca de ella, estudiándola e impidiéndole cualquier atisbo de movimiento o de huida con mi propio cuerpo casi encima del suyo.
– No voy a preguntarlo: sé que te ha gustado el espectáculo, y esto es apenas una milésima parte de lo que puedo llegar a hacer si se me da el instrumental adecuado, pero a falta de eso siempre es bueno un cuchillo, fuego y algo de imaginación... Y ahora dime, ¿por qué me has seguido hasta aquí? ¿Morbo, curiosidad, o alguna otra razón que no haya mencionado hasta ahora? – pregunté, mirándola sin cesar a los ojos y cerca, muy cerca de ella, tanto mis brazos de su perfil como mi propio cuerpo del suyo... tan cerca que la sentía respirar, y que escucharía su respuesta muy fácilmente.

Jack Thomas- Edad: 19
Empleo: Militar
Mensajes: 124
Fecha de inscripción: 01/08/2011
Re: Closer [Jack Thomas] {+18}
Sinceramente, no me lo esperaba. No me esperaba que, al seguir a Jack en una noche en la que parecía ir de fiesta con un viejo amigo, acabara viendo como el soldadito torturaba a un tío que parecía confiar en él por la cara de sorpresa de este. Su trabajo, todo había que decirlo, era profesional, limpio y efectivo tanto por su carga psicológica como por la física y yo de torturas sabía mucho… Porque había presenciado cientos y había llegado a participar en otras tantas aunque nunca había sufrido una por suerte para mí ya que sabía de lo que la gente era capaz… Y no me apetecía saber lo que se sentía cuando quemaban tu piel, cuando te llenaban de cortes o cuando incluso te impedían respirar o te privaban de la luz durante horas, si no días… Había torturas horribles, yo había visto y practicado muchas… Pero por el momento era virgen en cuanto a sufrirlas en mis propias carnes y aquello seguiría siendo así por muy raro que sonara eso de que yo fuera virgen en algo… Me apetecía ver cómo el soldadito remataba la faena por lo que no tuve inconveniente en apartarme en cuanto cogió el cuchillo y se acercó de nuevo al pobre torturado que lo miró con horror… Horror que aumentó en cuanto este sacó del bolsillo de sus pantalones una jeringuilla, cuyo contenido no dudó en inyectarle en el cuello directamente mientras daba una clase magistral a su amigo (y a mí, todo había que decirlo) sobre los efectos del chute de adrenalina que acababa de meterle en el cuerpo y diciéndole, todo egocéntrico él, que lo había superado en cuanto a torturas y, la verdad, lo estaba demostrando. Lo siguiente que hizo, tras apenas unos segundos de total y completa calma, fue rajarle las mejillas con el cuchillo, haciendo algo que yo conocía a la perfección y que solía ser la firma de muchas de mis torturas… Continuó haciéndole cortes y heridas por todas partes, ensañándose con él antes de clavarle el cuchillo en el brazo, hundiendo la hoja de este bastante y sacándola después y rematando la increíble faena con fuertes patadas en las piernas que vinieron acompañadas de un par de “cracks” que dejaron más que claro que acababa de rompérselas… Al igual que lo hizo también el brutal grito que soltó después y que ni siquiera pudo evitarse, haciendo que los cortes de sus mejillas se abrieran aún más y que en su rostro quedara una macabra sonrisa grabada, probablemente, para siempre.
Por mucho que pudiera parecerlo, aquello no había acabado y con el mechero quemó su pelo, desde la nuca, haciendo que el fuego se propagara y que los aullidos de dolor y agonía aumentaran mientras Jack, tranquilamente, calentaba la hoja del cuchillo en las llamas de la cabeza de quien debía haberlo cabreado mucho para acabar como lo iba a hacer… Torturado hasta la muerte de la peor manera posible. Y el final de la tortura, sin embargo, me sorprendió muchísimo. Jack grabó a fuego una cruz con el cuchillo en el pecho de aquel tipo, susurrando algo que no llegué a escuchar antes de que, con un rápido y certero corte, le abriera el una herida en el cuello enorme de la que no tardó en salir la sangre y que lo mató… Haciendo también el signo de la cruz en su propio pecho con las manos antes de, sin previo aviso, girarse hacia mí y encararme, caminando hasta mí, dándome el mechero pero sin frenarse, obligándome a retroceder con la mirada fija en sus ojos, que habían dejado de ser gélidos para arder y dejar claro que escondían mucho más de lo que había visto, que me hacían temblar y a la vez suspirar, que me calentaban… Mi espalda chocó contra la pared devolviéndome a la realidad y haciéndome apartar la mirada de sus ojos unos segundos, viéndome acorralada por sus brazos a ambos lados de mi cuerpo y su propio cuerpo cerca, MUY cerca del mío… Y seguía mirándome de aquella manera que no hacía más que provocarme para que no me cortara y para que me lanzara a su cuello y lo devorara… Y sus labios, sí, esos labios que ya había probado y que me moría por probar una vez más… Y las que fueran. Aunque en aquel momento otra pregunta se me pasó por la cabeza rápidamente, haciéndome tragar saliva. ¿Y si se había quedado con ganas de más? ¿Sería capaz Jack de torturarme a mí también? ¿Me mataría, llegado el caso? Su voz me hizo olvidarme de todo lo que pensaba, sabía que me había gustado, sí, era cierto… Como también que ya me imaginaba que en otras circunstancias sería aún mejor (o peor, según quien lo mirara) torturando… Pero no me esperaba su pregunta. ¿Acaso le importaba por qué estaba yo allí? Probablemente no, pero aun así había preguntado… Y me era prácticamente imposible pensar con claridad con su cuerpo casi sobre el mío y eso era un hecho.
No pude evitarlo y colé mis manos por debajo de la camiseta interior, arañando su torso con fuerza, mordiéndome el labio inferior y comiéndomelo con la mirada, pegando mi cuerpo al suyo algo más aunque aún medio apoyada en la pared. – Morbo, curiosidad, ganas de ver qué hacías para divertirte… – comencé, entre susurros, arrastrando las palabras y sin poder evitar que mi acento estuviera más presente que de normal, dejándome llevar por el calentón que tenía y que no hacía más que crecer y crecer. Llevé mis labios a su cuello y lo acaricié con ellos antes de morderlo con fuerza, sin cortarme lo más mínimo, mientras mis manos aun acariciaban y arañaban su torso… Seguí las líneas de su mandíbula con mis labios hasta llegar a su oreja, cuyo lóbulo mordisqueé antes de sonreír. – Ah… Y ganas de ti… – susurré antes de guiar mis manos por su cuerpo y, sin esperar invitación ni nada por el estilo, colarlas por dentro de sus pantalones, atravesando también la capa de ropa interior, empezando a acariciarlo lentamente con mis labios en su cuello, mordiéndolo con muchísima fuerza y haciéndole chupetones, mi especialidad…
Por mucho que pudiera parecerlo, aquello no había acabado y con el mechero quemó su pelo, desde la nuca, haciendo que el fuego se propagara y que los aullidos de dolor y agonía aumentaran mientras Jack, tranquilamente, calentaba la hoja del cuchillo en las llamas de la cabeza de quien debía haberlo cabreado mucho para acabar como lo iba a hacer… Torturado hasta la muerte de la peor manera posible. Y el final de la tortura, sin embargo, me sorprendió muchísimo. Jack grabó a fuego una cruz con el cuchillo en el pecho de aquel tipo, susurrando algo que no llegué a escuchar antes de que, con un rápido y certero corte, le abriera el una herida en el cuello enorme de la que no tardó en salir la sangre y que lo mató… Haciendo también el signo de la cruz en su propio pecho con las manos antes de, sin previo aviso, girarse hacia mí y encararme, caminando hasta mí, dándome el mechero pero sin frenarse, obligándome a retroceder con la mirada fija en sus ojos, que habían dejado de ser gélidos para arder y dejar claro que escondían mucho más de lo que había visto, que me hacían temblar y a la vez suspirar, que me calentaban… Mi espalda chocó contra la pared devolviéndome a la realidad y haciéndome apartar la mirada de sus ojos unos segundos, viéndome acorralada por sus brazos a ambos lados de mi cuerpo y su propio cuerpo cerca, MUY cerca del mío… Y seguía mirándome de aquella manera que no hacía más que provocarme para que no me cortara y para que me lanzara a su cuello y lo devorara… Y sus labios, sí, esos labios que ya había probado y que me moría por probar una vez más… Y las que fueran. Aunque en aquel momento otra pregunta se me pasó por la cabeza rápidamente, haciéndome tragar saliva. ¿Y si se había quedado con ganas de más? ¿Sería capaz Jack de torturarme a mí también? ¿Me mataría, llegado el caso? Su voz me hizo olvidarme de todo lo que pensaba, sabía que me había gustado, sí, era cierto… Como también que ya me imaginaba que en otras circunstancias sería aún mejor (o peor, según quien lo mirara) torturando… Pero no me esperaba su pregunta. ¿Acaso le importaba por qué estaba yo allí? Probablemente no, pero aun así había preguntado… Y me era prácticamente imposible pensar con claridad con su cuerpo casi sobre el mío y eso era un hecho.
No pude evitarlo y colé mis manos por debajo de la camiseta interior, arañando su torso con fuerza, mordiéndome el labio inferior y comiéndomelo con la mirada, pegando mi cuerpo al suyo algo más aunque aún medio apoyada en la pared. – Morbo, curiosidad, ganas de ver qué hacías para divertirte… – comencé, entre susurros, arrastrando las palabras y sin poder evitar que mi acento estuviera más presente que de normal, dejándome llevar por el calentón que tenía y que no hacía más que crecer y crecer. Llevé mis labios a su cuello y lo acaricié con ellos antes de morderlo con fuerza, sin cortarme lo más mínimo, mientras mis manos aun acariciaban y arañaban su torso… Seguí las líneas de su mandíbula con mis labios hasta llegar a su oreja, cuyo lóbulo mordisqueé antes de sonreír. – Ah… Y ganas de ti… – susurré antes de guiar mis manos por su cuerpo y, sin esperar invitación ni nada por el estilo, colarlas por dentro de sus pantalones, atravesando también la capa de ropa interior, empezando a acariciarlo lentamente con mis labios en su cuello, mordiéndolo con muchísima fuerza y haciéndole chupetones, mi especialidad…
- Spoiler:
- Empecé a masturbarlo, en apenas unos segundos, a un ritmo rapidísimo, contrastando muchísimo con el que había empezado a hacerlo, calentándome yo misma al hacerlo, dándome ganas de ir más lejos, de dejarme de tonterías y… ¿Por qué no? Eso era exactamente lo que iba a hacer. Le comí la boca con brutalidad, mordiendo su lengua por el camino y jugueteando con ella, metiéndole la mía más o menos hasta la tráquea mientras aumentaba el ritmo más y más… Buscando desesperarlo. Me aparté de sus labios, mordiéndolos y estirando de ellos antes de mirarlo con picardía, mordiéndome el labio inferior antes de bajar por su cuerpo, acariciándolo con los labios y mordiéndolo aún por encima de la ropa hasta que llegué a su entrepierna. Sonreí y me relamí y sin perder mucho más tiempo le bajé los pantalones y los boxers… Volviendo a relamerme antes de volver a coger su miembro con ambas manos, masturbándolo rápidamente, lamiéndolo lentamente… Y metiéndomelo finalmente en la boca, empezando a ejercer mi don de lenguas de la mejor manera posible, jugueteando con mi lengua en su miembro, todo a un ritmo rapidísimo, ayudándome con una de mis manos mientras con la otra arañaba sus muslos con fuerza… Había tenido ganas de hacer eso desde que lo había visto aquella mañana y por fin estaba disfrutándolo al máximo, haciendo que él también lo disfrutara, subiendo el ritmo rápidamente y, de repente, bajándolo, haciendo que los contrastes fueran brutales… Esperaba que le gustara aquello… Porque a mí me iba a encantar… Y lo iba a disfrutar bastante también, eso seguro!

Adriana P. Gregoletto- Edad: 18
Empleo: Mafiosa
Mensajes: 243
Fecha de inscripción: 19/07/2011
Re: Closer [Jack Thomas] {+18}
De su respuesta dependería su vida, porque a aquellas alturas estaba total y completamente a mi merced, a merced de la decisión que Dios pusiera en mi mente sobre si liquidarla o no y a merced de que la mano ejecutora de la obra divina actuara de una manera o de otra... todo por sus palabras. ¿Por qué eran tan importantes? Porque en aquella clase de situaciones, cuando no quedaba otro remedio que optar por la sinceridad porque se estaba atrapado y pese a que las palabras carecieran en un primer momento de importancia, en realidad la tenían. Por mi experiencia como torturador, enormemente amplia como ella había tenido oportunidad de ver en apenas un reflejo mínimo de mi auténtica capacidad, sabía de sobra que cuando las personas mejor se muestran es cuando están acorraladas al borde de un precipicio o cuando ya están cayendo por él, esperando sólo el golpe que normalmente venía dado por mí, aunque a veces viniera dado por sus propios cuerpos, que a veces simplemente no podían resistir el castigo divino al que se habían visto sometido. Esa era la importancia de sus palabras, que estaba esperando con menos paciencia y frialdad de las habituales por algo que siempre me pasaba después de torturar o asesinar a alguien, normalmente infieles aunque hubiera habido excepciones: la falta de control que me desataba.
Yo normalmente siempre estaba atado, perfectamente controlado por aquello que más me dominaba siempre por cuestiones de mi propia personalidad, y ese algo que me dominaba era mi frialdad natural que me impedía responder a aquellas tentaciones que podían ponérseme en el camino. Mi frialdad, no obstante, se veía a veces afectada cuando, tras torturar, la muerte ejercía en mí un efecto parecido al de una hoguera puesta frente a un trozo de hielo: lo descongelaba, lo deshacía, lo transformaba... lo alteraba. Así me sucedía a mí y normalmente aquel efecto de descontrol venía en forma de una increíble violencia que me forzaba a encerrarme en alguna sala con un saco de boxeo para empezar a darle puñetazos con mucha fuerza que me herían los nudillos, sin que me doliera, y que me descargaban, dejándome listo de nuevo para convertirme en el enviado de Dios en la Tierra y esa clase de tareas que me tocaba ejercer por Su decisión.
Aquella era una de las veces, la primera en realidad o quizá de las primeras a falta de recordar otra que lo negara, que mi falta de control no tenía demasiado que ver con la violencia, o al menos no en primer lugar en cuestión de importancia. Ella no lo sabía, no podía saberlo todavía, pero parte de lo que me había hecho ponerla contra la pared había sido aquel impulso que lejos de darme sólo ansias homicidas también me metía en el cuerpo otra clase de deseos, deseos que normalmente me negaría por no ser propios de un cristiano pero que en momentos como aquel pensaba satisfacer ya que ella, delante de mí, llevaba teniéndome ganas desde que me había conocido, hacía apenas un rato que por lo demás parecía más largo de lo que en realidad había sido, como mucho unas horas. Sus palabras, por otra parte, acompañaron a aquellos gestos suyos y la retrataron de una manera perfecta, tanto a ella como sus intenciones, pues como había calculado por la experiencia que me lo había dejado más que claro, diría la verdad... o me la enseñaría de alguna manera, y ¿qué mejor un hecho, que vale más que mil palabras? Al parecer nada, y me lo demostró con creces acompañando a esas mismas palabras que había dicho, en un acento italiano mucho más marcado que hasta entonces, con sus manos arañándome por debajo de la camiseta y ella comiéndome el cuello, cosa que sólo le perdoné, la parte de los chupetones al menos, porque pronto tuve cosas más entretenidas en las que pensar, como lo eran sus manos por debajo de mi ropa interior y empezando a acariciarme.
Yo normalmente siempre estaba atado, perfectamente controlado por aquello que más me dominaba siempre por cuestiones de mi propia personalidad, y ese algo que me dominaba era mi frialdad natural que me impedía responder a aquellas tentaciones que podían ponérseme en el camino. Mi frialdad, no obstante, se veía a veces afectada cuando, tras torturar, la muerte ejercía en mí un efecto parecido al de una hoguera puesta frente a un trozo de hielo: lo descongelaba, lo deshacía, lo transformaba... lo alteraba. Así me sucedía a mí y normalmente aquel efecto de descontrol venía en forma de una increíble violencia que me forzaba a encerrarme en alguna sala con un saco de boxeo para empezar a darle puñetazos con mucha fuerza que me herían los nudillos, sin que me doliera, y que me descargaban, dejándome listo de nuevo para convertirme en el enviado de Dios en la Tierra y esa clase de tareas que me tocaba ejercer por Su decisión.
Aquella era una de las veces, la primera en realidad o quizá de las primeras a falta de recordar otra que lo negara, que mi falta de control no tenía demasiado que ver con la violencia, o al menos no en primer lugar en cuestión de importancia. Ella no lo sabía, no podía saberlo todavía, pero parte de lo que me había hecho ponerla contra la pared había sido aquel impulso que lejos de darme sólo ansias homicidas también me metía en el cuerpo otra clase de deseos, deseos que normalmente me negaría por no ser propios de un cristiano pero que en momentos como aquel pensaba satisfacer ya que ella, delante de mí, llevaba teniéndome ganas desde que me había conocido, hacía apenas un rato que por lo demás parecía más largo de lo que en realidad había sido, como mucho unas horas. Sus palabras, por otra parte, acompañaron a aquellos gestos suyos y la retrataron de una manera perfecta, tanto a ella como sus intenciones, pues como había calculado por la experiencia que me lo había dejado más que claro, diría la verdad... o me la enseñaría de alguna manera, y ¿qué mejor un hecho, que vale más que mil palabras? Al parecer nada, y me lo demostró con creces acompañando a esas mismas palabras que había dicho, en un acento italiano mucho más marcado que hasta entonces, con sus manos arañándome por debajo de la camiseta y ella comiéndome el cuello, cosa que sólo le perdoné, la parte de los chupetones al menos, porque pronto tuve cosas más entretenidas en las que pensar, como lo eran sus manos por debajo de mi ropa interior y empezando a acariciarme.
- Spoiler:
- Como si quisiera desesperarme precisamente a mí, que tenía (nunca mejor dicho) paciencia de santo, empezó a masturbarme rápida, muy rápidamente y continuó comiéndome la boca, sin encontrar resistencia por mi parte ni tampoco ayuda de ningún tipo, o al menos hasta que se separó y bajó por mi cuerpo, ya bastante caliente pese a que yo no lo demostrara, y empezara tras un rato más masturbándome a comérmelo todo. Hacía bastante, desde que había violado a la última zorra infiel en Irak, que no me acostaba con nadie, y la diferencia iba a ser notable no sólo porque Adriana no se resistiría (que también), sino además porque lo iba a hacer encantada y me pillaba de la clase de humor, raro en mí, por la que me moría de ganas, aunque demostrarlo no estuviera en mis planes de futuro más cercano.
Al notar que me arañaba la pierna, aunque no fue por el dolor sino más bien porque una de sus manos dejaba de masturbarme y eso sí que lo notaba porque no eran esos nervios los que habían quedado dañados, la aparté instintivamente y cuando ella subió la cabeza para mirarme, quizá como preguntándome por qué lo había hecho, esbocé una media sonrisa y negué con la cabeza, encogiéndome de hombros antes de, rápidamente, cogerla del pelo y empezar a marcarle el ritmo con el que le iría mucho mejor, tanto a ella como a mí, porque aquel don de lenguas que tenía (la experiencia...) no podía malgastarse yendo tan lentamente como lo había estado yendo y aquello era un maldito hecho. Por suerte pronto lo compensó siguiendo el ritmo que le marcaba y conmigo apartando las piernas cada vez que volvía a intentar arañarme, sin emitir un solo gemido y sólo dejándole ver que hacía efecto a través del calor de mi cuerpo, de mi erección y al final de un simple jadeo que fue el preludio del clímax, terminando por mi parte en sus labios y ella tragándoselo todo como una buena chica que los dos sabíamos que no era antes de que, con fuerza, la hiciera ponerse de pie y provocara que su espalda chocara con la pared, con mi mano en su cuello para evitar que se moviera.
Podía pensar que la amenazaba, aunque no lo estaba haciendo; no más, al menos, que lo que la amenazaba con las consecuencias que podría tener para ella una sola palabra mal dicha, y quizá para que le quedara claro fui a su escote, que le bajé (sí, aún más porque sí, aún se podía, un misterio tan grande como las verdades de la fe) para dejar a la vista sus pechos cubiertos por el sujetador y que pronto dejaron de estarlo, más bien en el momento en el que le quité y prácticamente arranqué el sujetador y empecé a recorrérselos con los dientes, marcándolos y mordiéndolos mientras, con la otra mano, la que no estaba utilizando para sujetar su cuello, bajaba por su cuerpo apartando la posible ropa que estorbara, que se tradujo en también quitarle la interior y lanzarla por ahí sin fijarme demasiado en lo que llevaba y en subirle el vestido corto que llevaba hasta que estuvo totalmente a mi disposición y pude llevar la mano libre a su entrepierna para empezar a masturbarla sin un atisbo de delicadeza, como todo lo que le había hecho hasta el momento y lo que seguiría haciéndole.
El ritmo de mi mano fue rápido de entrada, y a medida que lo aceleraba apretaba sin demasiada fuerza la mano en su cuello, a la vez que mordía sus pechos y los marcaba, además de su escote, y en un momento dado, que vino cuando ella menos se lo esperaba, separé la mano de su entrepierna y con la de su cuello hice que se chocara contra la pared, con la cara mirándola de frente y conmigo detrás, volviendo a masturbarla y mordiendo sus hombros y su cuello, apenas un momento antes de penetrarla en aquella posición, en la que ella casi se vio forzada a apoyar una mano en la pared por lo brusco de mis movimientos y en la que ella aprovechó para llevar su otra mano a mi nuca y girarme la cabeza, con la suya también girada, para comerme la boca, cosa que le concedí, pese a todo, a la vez que una de mis manos acariciaba su clítoris, cosa rara en mí pero que ella se había ganado por haberme caído bien y la otra la mantenía contra la pared, con el ritmo creciendo tanto en velocidad como en brusquedad... como todo lo que le hacía y que, por su cuerpo, le encantaba. Igual que yo.

Jack Thomas- Edad: 19
Empleo: Militar
Mensajes: 124
Fecha de inscripción: 01/08/2011
Re: Closer [Jack Thomas] {+18}
- Spoiler:
- Jack estaba buenísimo. Sí, era un hecho visible para cualquiera que tuviera ojos en la cara y que no estuviera ciego pero, en aquel momento, era lo único que podía pensar: En lo jodidamente bueno que estaba y en lo mucho que me ponía... Aunque parecía que no era mutuo o, al menos, él ni siquiera lo demostraba aun cuando yo me estaba empleando al máximo con él, utilizando mi don de lenguas y lamiendo su miembro rápidamente mientras entraba y salía de mi boca una y otra vez... Y lo único en él que realmente me dejaba claro que aquello le estaba gustando era que su miembro estaba cada vez más duro y caliente... Porque él parecía como si ni sintiera ni padeciera... Y aquello me enervaba. Si había algo que desde siempre había conseguido era provocar que los hombres se excitaran cuando yo quisiera y como yo quisiera pero él no había soltado ni un maldito jadeo mientras yo estaba ahí, de rodillas frente a él, demostrándole lo jodidamente cachonda que me había puesto(desde por la mañana, por cierto) y las ganas que tenía de hacerle de todo y nada bueno… O sí. Yo siempre conseguía lo que quería y pensaba hacerlo como que me llamaba Adriana Paola Gregoletto. Otra cosa que también me enervó bastante fue que apartara mi mano, con la que lo arañaba, de su muslo, haciendo que lo mirara, como preguntándole por qué leches me apartaba y ganándome como única respuesta una media sonrisa y que negara con la cabeza antes de que me cogiera por el pelo y sin delicadeza alguna me llevara de nuevo contra su miembro, que no dudé en volver a meterme en la boca (porque lo hacía encantada), siguiendo el ritmo que él me marcaba e incluso acelerándolo aún más, ejerciendo mi magia con él… Logrando que llegara al clímax, finalmente, y que se corriera en mi boca, dándome por satisfecha al escuchar aquel simple jadeo que se le escapó de los labios. Me lo tragué todo, como una buena chica que a veces parecía que era, y continué lamiendo su miembro un poco más hasta que él, aun cogiéndome por el pelo, me levantara y me pusiera contra la pared, con una de sus manos en mi cuello, impidiendo que me moviera.
No tenía miedo, no iba a matarme, podía verlo en sus ojos… Quería más. Tuve que reprimir una media sonrisa triunfal porque por fin había conseguido lo que quería pero no habría importado que lo hubiera hecho porque él no tardó demasiado en bajar mi escote y prácticamente arrancarme el sujetador de un mordisco, empezando a recorrer mis pechos con su boca, mordiéndolos y marcándolos, haciendo que me mordiera el labio inferior para no ponerme a gemir como una loca, consiguiendo simplemente jadear mientras notaba como su otra mano, la que no estaba en mi cuello, bajaba por mi cuerpo y terminaba por quitarme la ropa interior poco antes de empezar a masturbarme rápida y brutalmente, logrando que no pudiera reprimir un gemido que en aquel momento se escapó de mis labios mientras el calor de mi cuerpo no hacía más que crecer cada vez más y más rápido igual que el ritmo con el que me masturbaba mientras empezaba a apretar poco a poco mi cuello algo más, consiguiendo el efecto contrario al de asustarme (que era probablemente lo que quería): excitarme aún más. Entre su mano en mi entrepierna, la otra en mi cuello y sus labios en mis pechos cada vez me resultaba más difícil no ponerme a gemir como una loca y es que a aquellas alturas con cualquier otra persona ya estaría gimiendo sin parar y pidiéndole más… Pero a mí a orgullo no me ganaba nadie y no quería demostrarle de aquella manera que aquello me estaba encantando, justo como había hecho él… Pero no podía evitar jadear y que algún gemido se escapara de vez en cuando de mis labios. Sin previo aviso, Jack dejó de masturbarme y me giró bruscamente, haciendo que quedara de espaldas a él y prácticamente cara a la pared, cosa que dejó de tener importancia cuando volvió a masturbarme desde detrás rápidamente, mordiéndome con fuerza el cuello y los hombros y pegando su cuerpo al mío y dejándome sentir lo caliente que estaba en aquel momento, casi tanto como yo que lo único en lo que podía pensar era en las ganas que tenía de que me la metiera hasta el fondo de una vez por todas… Como al final hizo, arrancándome un brutal gemido de los labios en aquel momento y empezando a embestirme rápidamente y con una fuerza brutal desde detrás, obligándome a apoyarme en la pared con una mano mientras con la otra enseguida busqué su nuca y lo cogí con fuerza, acercándolo a mis labios para devorar su boca con ansias, recorriéndola entera con mi legua y jugueteando con la suya, sin cortarme, además, a la hora de morder su lengua y sus labios, aprovechando para acallarme así los gemidos que con cada una de sus embestidas querían escapárseme… Porque aquello estaba siendo simplemente brutal. Me encantaba, para qué negarlo… Y quería más, mucho más… Porque, para qué negarlo, yo siempre quería más, sobre todo cuando encontraba a alguien como Jack… O al menos parecido.
Jack, además, empezó a masturbarme también a la vez que entraba y salía de mí, volviéndome loca y excitándome, matándome de placer y logrando que al final ni siquiera estar comiéndole la boca como lo hacía, como si me fuera la vida en ello, pudiera evitar que me pusiera a gemir como finalmente lo hice poco antes de que mi cuerpo se moviera contra él, pidiéndole más; más embestidas, más fuerza, mas besos, más mordiscos… más todo. Al final, bajé una de mis manos por mi cuerpo para ayudar a la suya a masturbarme, subiendo el ritmo rápidamente y volviéndolo simplemente brutal, contrastando con el ritmo de sus embestidas, que bajó considerablemente, dejando que lo sintiera perfectamente dentro de mí, que sintiera como ardía y que cuando salía de mi cuerpo… Solo quisiera volver a sentirlo dentro. Siguió así, jugando conmigo un rato más mientras nuestras manos me masturbaban rápidamente y yo me movía contra su cuerpo. Gemí, mordí su mejilla (porque era lo que más a mano tenía), y prácticamente supliqué sin palabras que aumentara el ritmo y, en un momento dado, cuando ya lo había dado por perdido y mi cuerpo empezaba a reaccionar a sus embestidas, cada vez más cerca del clímax, volvió a aumentarlo considerablemente, superando con creces el ritmo que había llevado antes, haciéndome gemir de puro placer, incluso echar la cabeza hacia atrás, apoyándome en él poco antes gritar de puro placer al llegar al clímax, con él aun moviéndose contra mí rápidamente y llegando poco después que yo, de nuevo, jadeando simplemente… Aunque ni siquiera me importó aquella vez… Tenía otras cosas mucho más importantes en las que pensar.
En cuanto salió de mí, y sin darle tiempo a hacer nada más, me giré rápidamente y le comí la boca aprovechando para, de un salto, rodear su cintura con las piernas. Bajé por su cuello, lo mordí y lo marqué a base de chupetones y lo recorrí con mi lengua hasta llegar a su reja, donde gemí mientras me movía contra él lentamente, provocando algo de fricción entre nuestros cuerpos, ya calientes de por sí, que solo conseguía calentarnos más. Además, mis uñas arañaban su espalda con fuerza y volví una vez más a sus labios, mordiéndolos y estirando de ellos, logrando con todo lo que hacía que finalmente reaccionara y volviera a pegar mi espalda contra la pared, para estar algo apoyada, mientras él mordía mi cuello con saña y sin cortarse con la fuerza o a la hora de hacerme heridas e incluso sangre. Siguió bajando por mi escote y llegó a mis pechos una vez más… Lo dejé hacer, simplemente, porque me encantaba todo lo que me hacía y me excitaba muchísimo, volviéndome loca y haciendo que dejara de pensar en absolutamente cualquier cosa que no fuera él, su cuerpo, su calor… Mordió uno de mis pezones con demasiada fuerza y me hizo gemir, mezcla de dolor y de placer, y sin previo aviso, volvió a penetrarme hasta el fondo una vez más y, entonces, empezó a moverse rápidamente contra mí de nuevo, volviendo a empezar una vez más aunque esta vez ni siquiera me preocupaba en acallar o no mis gemidos… Simplemente arañaba su espalda con fuerza, mordía su cuello y devoraba sus labios, disfrutando de aquello, disfrutando de él… Y con ganas de que aquella noche no acabara nunca… Porque perfectamente podría pasarme la vida así, sin parar… Una y otra vez… y si era con él… Me estaba demostrando que mejor que mejor… Porque una tiene buen gusto a la hora de fijarse en los hombres y eso es un hecho… Por eso siempre elegía a los mejores, y Jack era uno de ellos, eso estaba más que claro.

Adriana P. Gregoletto- Edad: 18
Empleo: Mafiosa
Mensajes: 243
Fecha de inscripción: 19/07/2011
Re: Closer [Jack Thomas] {+18}
- Spoiler:
- Los caminos del Señor son misteriosos. Aquella era una realidad que había aprendido a base de fe y de pruebas que se me habían aparecido en mi propia vida desde que había sido un crío hasta el momento presente, y la situación en la que me encontraba con la italiana podía reflejar a la perfección aquel dicho porque, de lo contrario, ¿quién, de todos los que me conocían, especialmente mis compañeros, habría previsto que íbamos a terminar así siendo yo parte de la ecuación implicada? Salvando la blasfemia que pudiera significar, aunque ni por un momento habían sido esas mis intenciones, atreverme a comparar a simples soldados rasos sin una pizca de valor para nadie con la omnisciencia divina, no era algo que ni siquiera yo mismo, a un nivel mucho más elevado que ellos, pudiera haber previsto, y eso que me conocía a la perfección, al menos en aquel respecto y siempre por debajo de cómo me conocía el Creador. Tenía una reputación totalmente merecida por mis acciones y mi comportamiento hacia el género femenino, al menos en lo que a mis conocidos respectaba: fría, ajena y, sobre todo, distante, y así era como me comportaba salvo excepciones, parte de cuyo grupo había empezado a formar parte la italiana porque, y a las pruebas me remitía, no me estaba comportando de manera excesivamente distante con ella en aquel momento aunque aquella frialdad ocasional mía no pudiera quitármela de encima e hiciera de las suyas, igual que el resto de cosas de mi personalidad que, en momentos como aquel, eran las que tomaban el control, aún más que yo.
Así, mis ansias controladoras hacia mis inferiores se contagiaban al momento excepcional, por eso de que no volvería a repetirse, en el que estábamos los dos sumidos en aquella fábrica con el cadáver de un infiel a apenas unos pasos, descomponiéndose y alejándose, a medida que su piel se iba corrompiendo, del camino del Creador para encontrarse con el de Lucifer, el antaño favorito de Dios. Sólo que, hecha la justicia divina, poco me importaba lo que fuera de su cuerpo si no era para asegurarme de que nada pudiera inculparme y enlazarme directamente con su muerte al no estar en el frente, situación en la que las medidas de seguridad se difuminaban y no era necesario ser tan precavido como pensaba serlo en cuanto terminara lo que tenía entre manos... literalmente, porque precisamente en aquel momento además de estar metiéndole de todo menos miedo o fe la estaba masturbando, algo también excepcional en sí mismo pero que por haberse portado bien se había ganado, sin que sirviera de precedente.
Ella, como se le notaba a la legua, no podía aguantar demasiado tiempo sin ponerse a gemir por lo mucho que le estaba gustando todo aquello que yo le hacía (normal, con esa actitud era tan transparente que hasta se hacía previsible...) e incluso aunque estuviera besándome, o más bien practicando canibalismo con mi boca por la fuerza con la que lo hacía y yo, por mi parte, se lo devolvía, no podía evitar que se le escaparan los gemidos y los jadeos, que precedieron a su cuerpo moviéndose contra el mío para pedir más... Mal, caprichosa, mal. Su avaricia era tal que bajó una de sus manos por su cuerpo para acompañar a la mía y aumentar el ritmo de la masturbación, consiguiendo el efecto contrario en mis embestidas: reducirlo hasta que cada una, brutal por cierto, conseguía hacer que lo sintiera todo y que se acostumbrara a tenerme dentro de ella aunque, a la vez, se muriera de ganas por sentir más que sólo aquel pequeño castigo por su avaricia y demostración, a un tiempo, de quién tenía verdaderamente el control allí: yo. Sólo cuando ya no pudo más y llegó a morderme, ella a mí y no yo a ella como tenía que haber sido, me apiadé de ella haciendo acopio de fe cristiana y caridad y aumenté el ritmo hasta hacerlo aún más rápido que como lo había sido en un principio, con ella terminando con un brutal gemido y habiéndose apoyado en mi hombro, su cabeza al menos, y yo terminando algo después que ella con un simple jadeo, absolutamente nada más, porque a diferencia de ella sí que conocía el significado de discreción y de autocontrol, aunque eso último pudiera brillar en ocasiones por su ausencia.
Apenas me dio tiempo a reaccionar una vez hubimos terminado. Tuve el margen de salir de ella y de respirar hondo un par de veces antes de que ella me comiera la boca de nuevo, puro canibalismo carnal, y utilizara ese mismo instante para subirse a mi cuerpo de un salto y enredar sus piernas en mi cintura, bajando por su cuello y... ¿marcándolo? ¿Quién se creía que era para marcarme a mí? Después tendría que ir a buscar a algún curandero tocado por la mano de Dios al igual que yo lo estaba para que eliminara todas aquellas marcas que estaba creando en mí de manera artificial y por las que tendría que pagar, aunque conociéndola como empezaba a hacerlo hasta disfrutaría de aquel pago... sin que, por una vez, pudiera reprochárselo ya que, a fin de cuentas, sólo había que vernos para darse cuenta de lo calientes que estábamos, tanto que resultaba incluso extraño en mí que cualquier cosa que me hiciera sólo fuera a aumentar aún más ese calor antinatural que recorría mi cuerpo y al que no estaba acostumbrado, no tanto como ella al menos porque era sencillamente imposible.
Sus uñas comenzaron a pasearse y a clavarse por mi espalda, y cuando comenzó a morderme los labios fue cuando reaccioné y la puse de nuevo contra la pared, con la espalda apoyada en ella en aquel caso para no sobreexplotar mis músculos cansados por el tiempo en el frente y que no me fallaran, arruinando algo que, si había comenzado, al menos terminaría, de manera satisfactoria (literalmente) para los dos, sin entrar en juicios sobre para quién lo sería más porque no tendrían razón de ser. Mordí su cuello, devolviéndole la jugada con aún más fuerza y sin control alguno para evitar hacerle heridas que le estaba depositando aquí y allí en la piel, sin cortarme un momento a la hora de apretar con tanta fuerza que la sangre manaba de ella y me llenaba la boca, un sabor metálico nada desagradable al que renuncié en cuanto abandoné la parada de su cuello para dirigirme a la de sus pechos, en los que repetí la operación de morder su piel y marcarla, en parte como venganza y en parte también porque quería hacerlo, volverla loca y que no se olvidara de mí para que aprovechara que aquella sería la única vez que pasaría algo semejante... Algo como lo que sucedió después de un mordisco particularmente fuerte en uno de sus pezones, que fue que volví a penetrarla con fuerza, sin que se lo esperara y de manera brusca, hasta el fondo, exactamente como se moría por que lo hiciera.
El ritmo fue rápido ya desde el principio, sin cambios que lo alteraran excepto en pos de aumentarlo y de convertirlo en algo aún más demencial que lo que ya lo era, y mis dientes acompañaron a mi boca en su recorrido por su cuerpo, marcándolo de nuevo, incansable para que así aprendiera de una vez la lección y ella no pudiera hacer lo mismo conmigo ya que siempre me las apañaba para atrapar su boca cuando le veía las intenciones de volver a marcar mi cuello, de nuevo reclamando un control que sabía que era mío fueran cuales fuesen sus pretensiones de tenerlo. ¿No era mucho más fácil dejarme hacer y hacerla gemir hasta el punto que acabaría dejándome sordo, por estar acercándola al cielo lo más posible teniendo en cuenta que aquel era un cielo carnal y nada comparable al que alcanzaría cuando muriera, si es que Dios era capaz de perdonar sus actos y su actitud tan descontrolada en la vida? Pues ya está, así que seguí a lo mío, intensificando el ritmo con el que me movía contra ella y compensando lo que ella se movía, también, contra mi cuerpo para pedirme más precisamente dándole ese más que me parecía estar gritando con su voz, sus jadeos y los gemidos que se me clavaban en el oído, dejándome aún más claro que su calor casi ardiente lo que le estaba encantando todo aquello que en mi caso era por pura necesidad física mientras que, en el suyo, era más bien por puro capricho, lujuria incluso... Y con la avaricia, ya iban dos de siete.
Aquella vez yo llegué al clímax antes que ella, aunque poco tardó en seguirme y en aprovechar mi momento de pausa desde que saliera de ella para atacar mi cuello indiscriminadamente, beneficiándose de la falta de defensas alrededor de él e incluso de mi momentánea benevolencia al no apartarla de ahí hasta que me cansé de las marcas. En cuanto lo hice, la cogí de la nuca, separándola de mi cuello como a una sanguijuela de la piel en pleno proceso de succión (una comparación tremendamente acertada, por cierto...), y rápidamente aproveché para guiar sus movimientos tanto con aquella mano como con la otra, que estaba más o menos a la altura de sus caderas, y conducirla al suelo, dejándola caer sin delicadeza pero con la suficiente habilidad para que no se rompiera nada que nos impidiera seguir con lo que teníamos entre manos y conmigo aposentándome enseguida entre sus piernas, bajando la mano de su nuca por su cuerpo a su entrepierna, sin cortarme a la hora de acariciar todo aquello que tuviera por el camino, y con la otra mano abriéndola aún más de piernas y, después, subiendo su barbilla para tener más superficie en su cuello que recorrer y morder, sin intenciones de marcarla, al menos no descaradamente por mucho que acabara haciéndolo a través de los mordiscos. Aquellos preliminares duraron el tiempo que me costó cansarme, apenas nada antes de apartar mis dedos de su entrada y sustituirlos por mi miembro embistiéndola hasta el fondo ya de entrada y dejando que me sintiera a la perfección antes de continuar con aquel ritmo lento y bestia que me había dado por utilizar con ella.

Jack Thomas- Edad: 19
Empleo: Militar
Mensajes: 124
Fecha de inscripción: 01/08/2011
Re: Closer [Jack Thomas] {+18}
- Spoiler:
- No estaba acostumbrada a aquello, no a la brutalidad, no a la necesidad que de repente tenía de él... No estaba acostumbrada a no tener el control, y eso me enfadaba, mucho. Me hacía ponerme más violenta, no dudar a la hora de arañar o morder su cuerpo con fuerza pese a que a Jack no pareciera importarle, como si realmente le fuera el sado y todo lo que le hacía lo único que lograba era calentarlo más y más y darle vía libre para que siguiera haciendo de todo con mi cuerpo, matándome de placer por el camino y, a la vez, picándome porque aquello no era justo y él lo sabía tan bien como yo.... Y sí, podía pensar en algo más aun teniéndolo dentro de mí, entrando y saliendo de mi cuerpo con un ritmo tan brutal que mis gemidos era lo único que se escuchaba en todo el lugar; teniendo sus labios recorriendo todo mi cuerpo y marcándolo, besándome en cuanto yo intentaba hacer lo mismo... Pero al final tuve que abandonar todos los intentos por conseguir el control, simplemente, el placer que sentía me impidió pensar en nada más mientras arañaba con fuerza su espalda y me movía contra él, gimiendo, jadeando y pidiéndole más y más con todo... No quería que parara, no quería que saliera de mí, no podría soportar que dejara de morder mi cuerpo como lo hacia, quería más de todo aquello y lo necesitaba y el soldadito, por una vez, se apiadó de mí y me dio lo que pedía, aumentando cada vez más y más el ritmo, y con él, mis gemidos y mis arañazos en su espalda, mi cuerpo moviéndose contra el suyo, mi calor... Y entonces Jack llegó al orgasmo, aunque no dejó de moverse contra mí, y yo lo seguí de cerca, de nuevo, con un brutal gemido mientras mi cuerpo se tensaba, disfrutando esos segundos de oro en los que él seguía dentro de mí y mi cuerpo poco a poco se iba relajando... Hasta volver a estar listo para un nuevo asalto.
Jack salió de mí y ni siquiera cogí aire, ni siquiera respiré o intenté recuperar el aliento que empezaba a faltarme, más bien, fui directa a su cuello y empecé a morderlo con fuerza y a llenarlo de chupetones, buscando marcarlo al igual que él había hecho con mi cuerpo y, como no se quejó ni me apartó, continué en su cuello, ya no solo llenándolo de marcas sino también lamiendo lentamente algún que otro hilo de sangre que caía de alguna de sus heridas de los mordiscos, terminando con un nuevo chupetón sobre ellas... Y así seguí hasta que Jack me cogió por el pelo y me apartó de su cuello a mitad de chupetón, haciéndole aún más grande y morado. Entonces él me hizo tumbarme en el suelo, bueno más bien me dejó caer en él, y por una vez me olvidé del polvo, de la suciedad, de los gérmenes e incluso de las ratas y cucarachas que podían plagar aquella asquerosa fábrica abandonada porque, en aquel momento, con él colocándose entre mis piernas y yo, abriéndolas aún más instintivamente para sentirlo mejor no podía pensar en nada más que en él volviendo a penetrarme... Y lo hizo, aunque esta vez con sus dedos. Con su otra mano abrió aun más mis piernas y después me subió la barbilla para tener vía libre y morder con fuerza mi cuello tanto o más como yo había hecho con el suyo. Mi cuerpo volvía arder, aunque más que antes si es que se podía, y obvié una vez más que el maldito soldadito estuviera encima, que tuviera el control y que ni siquiera yo pudiera hacer nada por evitarlo... Y eso solo lo consiguió apartando su mano de mi entrada y penetrándome una vez más hasta el fondo, arrancándome un gemido de los labios, esperando unos segundos dentro de mí antes de comenzar a embestirme lentamente... Entraba, me dejaba sentirlo, salía, me hacía necesitarlo, y volvía a entrar... Aquello me estaba matando, no solo de placer, sino de impaciencia. Me encantaba, sí, pero quería más... Sabía de lo que Jack era capaz, me lo había demostrado y necesitaba que volviera hacerlo, más rápido, más brutal... Mi cuerpo comenzó a moverse contra él mientras arañaba su espalda y clavaba mis uñas en ella con cada embestida, al final, terminé mordiendo y lamiendo su oreja, gimiéndole al oído sin dejar de moverme rápidamente contra él, buscando que aumentara el ritmo... Aunque él no parecía muy dispuesto. - Vamos... Soldadito... - gemí en su oído. - No seas malo... – y volví a clavar mis uñas en su espalda, con tanta fuerza que le hice sangre y entonces lo arañé, dejándole aún más marcas... Pero era como si Jack no lo sintiera.
Al final volvió a embestirme con brutalidad haciéndome soltar un brutal gemido y es que mi cuerpo no podía más, quería más y a la vez estaba sintiendo un placer brutal... Y entonces el soldadito aumentó el ritmo. Mi cuerpo reaccionó rápidamente moviéndose contra él al mismo ritmo, aunque no dejaba de aumentarlo más y más, y yo gemía, lo arañaba y besaba sus labios para intentar acallarme, en vano, mordiendo y jugando con su lengua y al separarme mordiendo sus labios y bajando a su cuello cada vez que tenia oportunidad y él no me lo impedía y así, con aquel ritmo tan jodidamente increíble y mi espalda arqueándose mientras yo no dejaba de gemir, volví a llegar al orgasmo, uno brutal que hizo que me moviera rápidamente contra él sin parar hasta que él terminó y comencé a bajar el ritmo con el que me movía contra él lentamente, pero él salió de golpe de mí. Jadeé y con fuerza apoyé las manos en su pecho, empujándolo y logrando tumbarlo a él en el suelo, poniéndome a horcajadas sobre su cuerpo y empezando a moverme lentamente contra él. Ya había dejado que Jack tomara el control, ya estaba contento, ahora me tocaba a mí, ahora era yo la que tenía que hacerlo gemir y la que iba a demostrarle que a veces es mejor que dejes tu orgullo para saber lo que es sentir placer de verdad... Lo besé con rabia y bajé por su cuello volviendo a marcarlo pero a penas estuve unos segundos antes de seguir bajando, arañando todo su torso con fuerza mientras lo mordía y lo lamía, dejando un chupetón aquí y otro allá, de esos enormes que tardan días en irse mientras yo seguía moviéndome contra su cuerpo, provocando aquella fricción tan insoportable que me hacía replantearme seriamente eso de mandar a la mierda los preliminares y montarlo de una maldita vez... Pero, por una vez y sin que sirviera de precedente, pensaba ser paciente para inquietarlo, ponerlo nervioso y hacer que no pudiera más.
Así, comencé a masturbarlo lentamente y por la posición, prácticamente me masturbaba yo misma con su miembro, por lo que aún me movía más contra él, cada vez más caliente, aumentando el ritmo y jadeando sin poder evitarlo, mordiéndome el labio inferior con fuerza porque no iba a conseguir ser muy paciente por mucho que me lo hubiera propuesto y, cuando estaba a punto de mandarlo todo a la mierda y empezar a montarlo como me moría de ganas por hacer, Jack volvió a cambiar las tornas y me tumbó a mí en el suelo con él encima, con la única diferencia de que, esta vez, me tenía cogida por las muñecas y apenas podía moverme. Forcejeé con él, intenté soltarme pero no lo conseguí, a cambio, mordí su labio inferior con fuerza, haciéndole sangre y atrayéndolo hacia mí para poder comerle la boca con brutalidad y, mientras lo hacía, él volvió a penetrarme aunque, esta vez, empezando con un ritmo realmente demencial que me hizo moverme contra él sin parar y atacar cualquier parte de su cuerpo que tuviera a mano. Sus labios, su cuello, su pecho... Lo que fuera con tal de acallar los gemidos, de soportar el placer y de tener más y más de él... Con aquel ritmo y después de polvo tras polvo tras polvo sin parar no pudimos aguantar mucho más, al menos, mi cuerpo que comenzó a moverse contra él casi como si tuviera convulsiones haciendo así que me la metiera hasta el fondo y mis gemidos fueran gritos de placer mientras él no hacía más que aumentar el ritmo y así, llevarme al orgasmo poco antes que él. Y ahí fue cuando soltó mis muñecas y yo pude, por fin, arañar su espalda como me moría por hacer, intentando, por una vez, recuperar el aliento mientras lo besaba con ganas... Aunque teniendo en cuenta que sus besos siempre me dejaban sin aliento no tenía claro si era una muy buena idea.
En cuanto me separé de sus labios, me moví e hice que prácticamente se sentara en el suelo conmigo encima y lamí su cuello y su pecho, mordiéndolo con fuerza, sin olvidarme de provocar aquella fricción por culpa de la que podría pasarme la vida entera así, sin parar, una y otra vez... y mientras mus uñas volvían a arañar su pecho y yo jugueteaba con su lengua y la mordía escuchamos unas sirenas de policía a lo lejos, que, como si fueran el corte de rollo más grande de la historia, me hicieron meterle la lengua hasta la campanilla y recorrer su boca con mi lengua, mordiendo la suya con fuerza y sin querer separarme de sus labios porque sabía lo que venía ahora... Y la verdad era que yo quería seguir, quería más de él, quería volver a tirármelo una y otra y otra y otra vez hasta que muriera de agotamiento... Y, por desgracia, no tenía demasiado claro que Jack pensara lo mismo y eso no hacía más que, por una parte, molestarme y por otra darme más motivos para no querer separarme de él... Porque aquello tenía que repetirse... ¡Y tanto que tenía que repetirse! ¡Había sido increíble! Y, lo peor de todo, yo aún estaba cachonda perdida....

Adriana P. Gregoletto- Edad: 18
Empleo: Mafiosa
Mensajes: 243
Fecha de inscripción: 19/07/2011
Re: Closer [Jack Thomas] {+18}
- Spoiler:
- La delicadeza nunca había sido mi fuerte. Ni siquiera antes de irme al frente y resultar consecuentemente endurecido por él, hasta tal punto que ya no sólo en mis gestos sino también en mis propios pensamientos había perdido todo punto de cuidado y, francamente, me importara más bien poco que la gente sufriera en su proceso de conocer el juicio divino o, más bien, el mío, que era quien hacía de intermediario de aquel Dios que nos juzgaba y dominaba a todos; ni siquiera entonces, por tanto, había sido especialmente cuidadoso con la intensidad que le imprimía a lo que hacía, y si después de todo lo que había vivido en mi cruzada, aplicada al siglo XXI en vez de a tiempos medievales, contra los infieles que trataban de imponer mediante la fuerza una fe que no era la correcta y adecuada para alcanzar la salvación, me hubiera vuelto cuidadoso habría empezado a preocuparme porque la tendencia general del soldado medio, que compartía pese a las diferencias puntuales que Dios había incluido en mí, era la contraria... Endurecernos, deshumanizarnos ante los ojos de los demás pero no ante los ojos de Él, para quien yo hacía la mayoría de las cosas que hacía, volvernos más animales que humanos y actuar con una crueldad injusta, al menos para quienes no sabían nada de lo que hacían los infieles... de lo que nos hacían los infieles, en realidad, porque aquellos que dábamos nuestra vida por proteger nuestra patria éramos los objetivos preferidos de infieles dementes cuyo único objetivo era matarse y llevarse por delante a todo ser que pudieran para alcanzar un cielo impío lleno de mujeres... Pura lujuria.
Lo mío, sin embargo, era diferente. No podía decirse que no me estuviera dejando llevar, en mayor o menor medida, por la lujuria, puesto que a las pruebas me remitía cuando decía que, efectivamente, estaba cachondo perdido y la italiana a la que prácticamente acababa de conocer era a quien estaba utilizando para saciar esas ansias que durante los meses en Irak que habían ido antes de mi permiso, más largo, esperaba, por la longitud también excesiva del tiempo que había pasado en el frente y que me permitía estar en Londres en aquel momento, había reprimido excepto en los puntuales momentos en los que las infieles prácticamente gritaban que las violáramos... como si, en el fondo, no estuvieran deseando tanto como abrirse de piernas con sus sucios congéneres para parir como conejas crías de rata, que eran el único producto que se podía sacar de una semilla podrida, apartada del camino recto ante los ojos de Dios y tóxica para ella misma y para los demás... De nuevo, conmigo mismo podían ejemplificarse todas mis afirmaciones, por lo que quien dudara de su veracidad... en fin, era un caso, a falta de otra palabra más adecuada.
Tenía cosas más prácticas en las que pensar, no obstante, y a medida que iba centrándome en penetrarla con un ritmo endiabladamente lento, que tenía de delicado lo mismo que yo de infiel (absolutamente nada, por si quedaba la menor duda), ella me demostraba con sus gestos que se moría de ganas de mucho más, ya que incluso, por si sus movimientos contra mi cuerpo y los arañazos en la espalda no fueran suficientes (porque sentirlos, los sentía, que dolieran ya era harina de otro costal), llegó a un punto en el que me gimió al oído, pidiéndome más y llamándome soldadito al casi suplicarme que no fuera malo, como si siguiendo el plan de Dios pudiera serlo de alguna manera... La cuestión fue que me terminó por convencer, sobre todo por el hecho de que yo mismo me moría de ganas de hacerlo más que por la intensidad de sus arañazos, que a juzgar por la sensación viscosa en mi espalda incluso me habían hecho sangrar, y obedecí sus palabras penetrándola con más fuerza e inaugurando así un ritmo sencillamente brutal y que cada vez más iba en aumento, consiguiendo que yo a veces jadeara y que ella no pudiera contenerse los gemidos si no me besaba o si no atacaba mi cuello cuando yo estaba tan distraído y centrado en el placer que sentía que ni siquiera prestaba la suficiente atención para impedírselo. Así, con todo, ella llegó antes que yo al clímax, pero no por ello dejó de moverse, al menos hasta que yo no hube hecho lo propio.
Salí rápidamente de ella, pero apenas me dejó tiempo para recuperar el aliento porque durante los segundos que utilicé para hacer eso mismo ella aprovechó para apoyar las manos en mi pecho e incorporarse, sentándose sobre mí a horcajadas y haciéndome fruncir el ceño un momento por su movimiento, ya que no era lo que yo tenía en mente... A mí me gustaba tener el control; había probado hacerlo al contrario, estando ella encima, y el placer para ambos no tenía nada que ver a lo que era cuando yo dominaba, así que ni aunque empezara bien (besándome casi con mala leche y recorriendo mi cuello a base de chupetones y mordiscos, ya excesivos, en su camino a su auténtico objetivo, mi pecho, donde hizo más o menos lo mismo) y ni aunque continuara bien, moviéndose contra mi cuerpo mientras me marcaba como si fuera una res y ella quien tuviera el hierro al rojo con el sello correspondiente, provocando de paso una fricción que me calentaba más de lo normal en aquellas circunstancias, a mí se me iba de la cabeza la idea que me había venido al principio: tener el control. En esas circunstancias, ni siquiera que empezara a masturbarme lentamente, haciendo gala de una paciencia de la que a aquellas alturas yo sabía que carecía y por mucho que casi estuviera masturbándose ella misma de paso, debilitaba mi idea; más bien al contrario, y por eso mismo en cuanto ella menos se lo esperaba porque parecía estar ocupada pensando en algo distinto (en marcar mi cuerpo, vamos) aproveché para cambiar las tornas y para asegurarme de que no se moviera de una manera muy sencilla: atrapando sus muñecas e inmovilizándola contra el suelo, conmigo encima de su cuerpo.
La diferencia física entre nosotros era muy apreciable aparte del hecho de que fuéramos hombre y mujer: ella era, pese a ser fibrosa, pequeña y tendiendo a delgada; yo, por mi parte, era muy alto y estaba en perfecta forma por mi entrenamiento militar, así que quien ganó en aquella lucha por el control, como no podía ser de otra manera, fui yo, y quien dejó que lo besara con saña para que dejara de intentar resistirse también fui yo momentos antes de penetrarla y, con un ritmo rápido ya de entrada (nunca mejor dicho), empezar a moverme rápidamente contra su cuerpo. Teniendo en cuenta que pese a mi sed acumulada el cansancio también reclamaba otro tanto de acumulación, y que llevábamos ya bastantes polvos, desde luego más de los que normalmente aguantaba con una misma mujer porque, si algo había que reconocerle (y agradecerle a su naturaleza de italiana, con todo lo que aquello implicaba), era que no lo hacía nada mal... Pese a su manía injustificada de marcarme, como llevaba haciendo todo el rato, sus gemidos más parecidos a gritos indicaban que yo mismo la estaba volviendo loca con aquel ritmo casi demencial por el que ella se movía contra mi cuerpo y por el que enseguida llegamos al orgasmo, ella antes que yo y pudiendo arañarme la espalda porque le había permitido tener las muñecas libres... que no se quejara, encima.
Después de besarme con intensidad, aprovechó el momento de tranquilidad para volver a ponerse encima y lamer mi pecho y mi cuello, moviéndose contra mí a la vez que intentaba calentarme y prepararme para otro asalto que, sin embargo, se vio interrumpido por las sirenas de la policía sonando a lo lejos, pero lo suficientemente cerca para que pese a su beso no pudiera evitar sentir que nos habían cortado el rollo a lo bestia y que incluso me separara, negando con la cabeza y con expresión seria... porque no podía permitirme que la policía me descubriera, ya que ellos no lo entenderían, no comprenderían que lo mío era casi un servicio a la comunidad para librarla de la peor basura que pudieran imaginarse: los herejes, y me juzgarían al margen de los tribunales para los que yo estaba hecho, los militares. Tras mi aviso, por tanto, me separé de ella y busqué mi ropa para, con eficacia absoluta, ponérmela rápidamente y estar vestido en cuestión de segundos, por desgracia para ambos enseñando demasiado de las marcas que me había hecho y obligándome a forzar una visita a mi curandera particular, Katherine... un engendro de la naturaleza por sus contactos con infieles de los que la había salvado en más de una ocasión y que, encima, estaba obsesionada conmigo, razón por la que se comprendía en gran parte que se sintiera tan en deuda conmigo que me curaba siempre que iba a verla... típico.
– Tengo que limpiar este desastre... ¿Me ayudas? – inquirí, con los brazos cruzados sobre el pecho y observándola mientras se vestía, con más lentitud que yo probablemente por el calentón que aún le duraba y por la que simplemente puse los ojos en blanco y me centré en lo que tenía que hacer: eliminar cualquier prueba rápidamente. Las sirenas de la policía se habían alejado, pero probablemente siguieran por la zona y más valía ser precavido que demasiado confiado, así que con la misma eficiencia de antes, que era a su vez la que aplicaba a todos los aspectos de mi vida, comencé a recoger las armas homicidas que había por allí y a meterlas en bolsas que hubiera por aquel lugar, que más o menos conocía... al menos en cuanto a recursos con los que poder eliminar todo rastro de mi presencia allí, y especialmente de la presencia de Richard Stevenson, un sucio infiel que nunca descansaría en paz por todos los pecados que había cometido al alejarse del camino único. Así, enseguida me deshice de las armas echándolas a una poza que había por allí, y el cadáver que había por allí corrió la misma suerte, con la añadidura de que en cuanto estuvieron ambos juntos dejé caer el ácido que acumulaban en aquella fábrica para que hiciera añicos todo detalle de ellos... Absolutamente todo lo que alguna vez hubiera sido un cuerpo humano y objetos con los que su vida había terminado. Después, me encargué de adecentar el suelo para que no pareciera que se había cometido un asesinato allí, y con la italiana arreglando los últimos detalles de la escena para que, excepto por el leve tufo que se apreciaba allí y que pronto fue sustituido por el del ácido, no quedaran rastros, enseguida estuvo terminado el trabajo del todo.
– No ha estado mal. – comenté, antes de acercarme a ella y cogerla de la barbilla, con la gélida mirada clavada en sus ojos y cierto matiz peligroso en ellos, que se complementaba con la nula delicadeza de mi gesto que, sin embargo, no iba destinado a hacerle daño ni a amenazarla, sino sólo a avisarla, a mantener su atención en lo que iba a decir.
– Pero tienes que prometerme que no contarás nada de lo que ha pasado aquí antes de que nos empezáramos a desnudar, ¿capicci? – pregunté, sin apartar la vista de ella y sin alterar lo más mínimo el frío tono de mi voz o los latidos de mi corazón, tranquilos, sin ninguna prisa.
– Tengo que limpiar este desastre... ¿Me ayudas? – inquirí, con los brazos cruzados sobre el pecho y observándola mientras se vestía, con más lentitud que yo probablemente por el calentón que aún le duraba y por la que simplemente puse los ojos en blanco y me centré en lo que tenía que hacer: eliminar cualquier prueba rápidamente. Las sirenas de la policía se habían alejado, pero probablemente siguieran por la zona y más valía ser precavido que demasiado confiado, así que con la misma eficiencia de antes, que era a su vez la que aplicaba a todos los aspectos de mi vida, comencé a recoger las armas homicidas que había por allí y a meterlas en bolsas que hubiera por aquel lugar, que más o menos conocía... al menos en cuanto a recursos con los que poder eliminar todo rastro de mi presencia allí, y especialmente de la presencia de Richard Stevenson, un sucio infiel que nunca descansaría en paz por todos los pecados que había cometido al alejarse del camino único. Así, enseguida me deshice de las armas echándolas a una poza que había por allí, y el cadáver que había por allí corrió la misma suerte, con la añadidura de que en cuanto estuvieron ambos juntos dejé caer el ácido que acumulaban en aquella fábrica para que hiciera añicos todo detalle de ellos... Absolutamente todo lo que alguna vez hubiera sido un cuerpo humano y objetos con los que su vida había terminado. Después, me encargué de adecentar el suelo para que no pareciera que se había cometido un asesinato allí, y con la italiana arreglando los últimos detalles de la escena para que, excepto por el leve tufo que se apreciaba allí y que pronto fue sustituido por el del ácido, no quedaran rastros, enseguida estuvo terminado el trabajo del todo.
– No ha estado mal. – comenté, antes de acercarme a ella y cogerla de la barbilla, con la gélida mirada clavada en sus ojos y cierto matiz peligroso en ellos, que se complementaba con la nula delicadeza de mi gesto que, sin embargo, no iba destinado a hacerle daño ni a amenazarla, sino sólo a avisarla, a mantener su atención en lo que iba a decir.
– Pero tienes que prometerme que no contarás nada de lo que ha pasado aquí antes de que nos empezáramos a desnudar, ¿capicci? – pregunté, sin apartar la vista de ella y sin alterar lo más mínimo el frío tono de mi voz o los latidos de mi corazón, tranquilos, sin ninguna prisa.

Jack Thomas- Edad: 19
Empleo: Militar
Mensajes: 124
Fecha de inscripción: 01/08/2011
Re: Closer [Jack Thomas] {+18}
Por todos los malditos dioses romanos habidos... ¿En serio tenía que pasarme aquello a mí? No, si estaba claro que lo de la suerte no era lo mío, seguro que de pequeña había pasado bajo cincuenta escaleras y unos mil gatos negros se me habían cruzado porque si no, no lo entendía... Además, así se justificaba que me pasara el día siendo escoltada por un trío de matones que se creían mis padres más que mis niñeras, que era más bien lo que eran... Pero, ¿De verdad tenían que sonar las malditas sirenas de los coches de policía en aquel momento? ¿No había otro? ¿Otra parte de la ciudad que visitar antes que aquella? Los maldije mezclando italiano e inglés en mi cabeza, acordándome de ellos, de sus familias y de sus muertos mientras me moría de ganas porque Jack los ignorara y siguiera metiéndome de todo menos miedo... Pero aquello no iba a colar. Jack ya se había separado de mí y había negado con la cabeza, como diciéndome que aquello se había terminado ahí y que si me había quedado con el calentón que me jodiera... Aunque, obviamente, yo prefería que lo hiciera él... Pero no, tampoco podía ser todo perfecto y se apartó de mí, levantándose y vistiéndose rápido, dejándome con una mueca en los labios mientras me despedía con los ojos de su increíble cuerpo que me había vuelto tan loca... Y que seguía haciéndolo.
A regañadientes, me levanté y comencé a vestirme, buscando mi ropa por allí y tomándome todo el tiempo del mundo para vestirme con una calma excesivamente mediterránea que dudé que Jack entendiera porque enseguida estaba preguntándome si lo ayudaba a limpiar aquello... Pero eh, yo estaba vistiéndome y a mí el calentón no se me iba tan rápido, si quería que empezara él que era al que se le había ido la pinza y se había puesto a torturar a aquel hombre, yo solo me había unido a la fiesta porque era de lo más divertido... Así, ni siquiera respondí y me limité a seguir vistiéndome mientras él adelantaba trabajo: Recogía cualquier arma que hubiéramos podido utilizar con aquel pobre diablo y las guardaba en una bolsa antes de arrojarla a una especie de pozo, al que fue después el cadáver, junto a ácido en cantidades industriales que terminaría con las pruebas... Increíblemente eficaz... Y muy interesante.
Para aquel entonces yo ya estaba lista de nuevo y lo ayudé a terminar de adecentar aquel sitio, borrando los signos de que allí había pasado cualquier cosa fuera de lo normal, en lo que me centré especialmente porque era bastante experta en aquello y, al final, en muy poco tiempo aquello ya estaba otra vez igual de sucio y asqueroso que lo habíamos encontrado, sí, pero sin signos de que allí se hubiera cometido ningún asesinato como realmente había ocurrido... Y mientras me ponía un mechón de pelo detrás de la oreja, Jack comentó que aquello no había estado mal, haciéndome alzar una ceja y sorprendiéndome al tenerlo frente a mí, cogiéndome de la barbilla y haciendo que lo mirara directamente a los ojos, sosteniéndole la mirada. No, no había estado mal, nada mal y yo quería más pero aquello no pensaba decírselo. No pensaba alimentar su ego aún más después de haber acabado. Pasamos apenas unos segundos en silencio, mi mirada clavada en la suya y sus ojos, fríos como el hielo, fijos en mí. Sabía que ahora vendría un pero y que no le iba a dar por volver a empezar así que estaba esperando que hiciera o dijera algo de una maldita vez...Y finalmente lo hizo.
Sonreí de lado al escuchar aquello, divertida con el tono de su voz, tan frío y tan distante que me hacía gracia, al igual que sus palabras. ¿Es que acaso tenía miedo de que lo pillaran, lo juzgaran y lo metieran en la cárcel? Normal, estaba buenísimo y seguro que más de uno querría coger ese culito suyo... Pero no era tan mala como para aquello y el chico me había caído bien y como follaba aún mejor no pensaba delatarlo, más bien, todo lo contrario... Porque estaba segura de que en un futuro me serviría para mucho... - ¿Sabes con quien estás hablando, verdad? Esto te beneficia a ti casi tan poco como a mí así que puedes estar tranquilo, tu secreto está a salvo conmigo. - me encogí de hombros y moví la cabeza, consiguiendo que me soltara la barbilla. - Además, me lo he pasado bien, soldadito... Deberíamos repetirlo alguna vez, ah, y lo de antes también. - mordí mi labio inferior y me puse de puntillas para volver a besarlo con voracidad, recordandole de alguna manera como habíamos estado hacía escasos minutos. - Debería irme, tengo asuntos “familiares” que atender... Espero volver a verte pronto, Jack Thomas, me ha encantado conocerte... Y sé que a ti también.
Y sin más, le guiñé un ojo y salí de allí, volviendo a la zona más transitada de la ciudad a aquellas horas, alejándome de los barrios bajos y volviendo a encontrarme, casi sin querer, con mis niñeras, dejando que me siguieran mientras me metía en un par de discotecas más, bailando y bebiendo hasta que cerraban y marchándome a otra y, así, hasta que amaneció y regresé a mi casa, agotada y casi sin poder moverme, reviviendo en mi cabeza una y otra vez lo jodidamente bueno en el sexo que era Jack y, así, terminé por dormirme, por fin, a una hora razonable para mí como eran las 8 o las 9 de la mañana y no esperaba despertarme antes de las 5 de la tarde... Porque me merecía descansar después de semejante nochecita... ¡Y tanto! Aunque, en el fondo, me moría de ganas por repetirla... ¡Cuanto antes mejor!
A regañadientes, me levanté y comencé a vestirme, buscando mi ropa por allí y tomándome todo el tiempo del mundo para vestirme con una calma excesivamente mediterránea que dudé que Jack entendiera porque enseguida estaba preguntándome si lo ayudaba a limpiar aquello... Pero eh, yo estaba vistiéndome y a mí el calentón no se me iba tan rápido, si quería que empezara él que era al que se le había ido la pinza y se había puesto a torturar a aquel hombre, yo solo me había unido a la fiesta porque era de lo más divertido... Así, ni siquiera respondí y me limité a seguir vistiéndome mientras él adelantaba trabajo: Recogía cualquier arma que hubiéramos podido utilizar con aquel pobre diablo y las guardaba en una bolsa antes de arrojarla a una especie de pozo, al que fue después el cadáver, junto a ácido en cantidades industriales que terminaría con las pruebas... Increíblemente eficaz... Y muy interesante.
Para aquel entonces yo ya estaba lista de nuevo y lo ayudé a terminar de adecentar aquel sitio, borrando los signos de que allí había pasado cualquier cosa fuera de lo normal, en lo que me centré especialmente porque era bastante experta en aquello y, al final, en muy poco tiempo aquello ya estaba otra vez igual de sucio y asqueroso que lo habíamos encontrado, sí, pero sin signos de que allí se hubiera cometido ningún asesinato como realmente había ocurrido... Y mientras me ponía un mechón de pelo detrás de la oreja, Jack comentó que aquello no había estado mal, haciéndome alzar una ceja y sorprendiéndome al tenerlo frente a mí, cogiéndome de la barbilla y haciendo que lo mirara directamente a los ojos, sosteniéndole la mirada. No, no había estado mal, nada mal y yo quería más pero aquello no pensaba decírselo. No pensaba alimentar su ego aún más después de haber acabado. Pasamos apenas unos segundos en silencio, mi mirada clavada en la suya y sus ojos, fríos como el hielo, fijos en mí. Sabía que ahora vendría un pero y que no le iba a dar por volver a empezar así que estaba esperando que hiciera o dijera algo de una maldita vez...Y finalmente lo hizo.
Sonreí de lado al escuchar aquello, divertida con el tono de su voz, tan frío y tan distante que me hacía gracia, al igual que sus palabras. ¿Es que acaso tenía miedo de que lo pillaran, lo juzgaran y lo metieran en la cárcel? Normal, estaba buenísimo y seguro que más de uno querría coger ese culito suyo... Pero no era tan mala como para aquello y el chico me había caído bien y como follaba aún mejor no pensaba delatarlo, más bien, todo lo contrario... Porque estaba segura de que en un futuro me serviría para mucho... - ¿Sabes con quien estás hablando, verdad? Esto te beneficia a ti casi tan poco como a mí así que puedes estar tranquilo, tu secreto está a salvo conmigo. - me encogí de hombros y moví la cabeza, consiguiendo que me soltara la barbilla. - Además, me lo he pasado bien, soldadito... Deberíamos repetirlo alguna vez, ah, y lo de antes también. - mordí mi labio inferior y me puse de puntillas para volver a besarlo con voracidad, recordandole de alguna manera como habíamos estado hacía escasos minutos. - Debería irme, tengo asuntos “familiares” que atender... Espero volver a verte pronto, Jack Thomas, me ha encantado conocerte... Y sé que a ti también.
Y sin más, le guiñé un ojo y salí de allí, volviendo a la zona más transitada de la ciudad a aquellas horas, alejándome de los barrios bajos y volviendo a encontrarme, casi sin querer, con mis niñeras, dejando que me siguieran mientras me metía en un par de discotecas más, bailando y bebiendo hasta que cerraban y marchándome a otra y, así, hasta que amaneció y regresé a mi casa, agotada y casi sin poder moverme, reviviendo en mi cabeza una y otra vez lo jodidamente bueno en el sexo que era Jack y, así, terminé por dormirme, por fin, a una hora razonable para mí como eran las 8 o las 9 de la mañana y no esperaba despertarme antes de las 5 de la tarde... Porque me merecía descansar después de semejante nochecita... ¡Y tanto! Aunque, en el fondo, me moría de ganas por repetirla... ¡Cuanto antes mejor!

Adriana P. Gregoletto- Edad: 18
Empleo: Mafiosa
Mensajes: 243
Fecha de inscripción: 19/07/2011
Página 2 de 2. •
1, 2
Rol-Misfits :: Afueras :: estación
Página 2 de 2.
Permiso de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.




































































» Park investigation (Erin Snyder)
» I'm Gonna Leave You {Relaciones de Archer}
» Charlotte The Harlot!
» Panem's Blood {Afiliación Normal}
» Vamos que nos vamos!
» Dedica una canción
» :: Registro de Avatar ::
» Archer O'Dwyer