Rashid Ibn-La'Ahad

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Rashid Ibn-La'Ahad

Mensaje por Rashid Ibn-La'Ahad el Jue Dic 08, 2011 4:36 am



# Nombre: Rashid
# Apellido: Ibn-La'Ahad
# Edad: 26 años
# Avatar:Nir Lavi
# Procedencia: Bagdad, Irak
# Trabajo u Ocupación: Arqueólogo/Mercenario
# Sexualidad: Heterosexual estricto.
# Grupo: Ciudadanos
# Poder:Geokinesis (Habilidad de controlar y manipular materiales geológicos como rocas, arena, suelos... También puede provocar, con esta, terremotos e incluso tormentas de arena y derivados)

•Información Descriptiva•

# Descripción Física: Es el típico chico irakí: tez morena, pelo negro azabache, rizos... Aunque hay algo que lo diferencia de cualquier otro chico irakí: sus ojos. Sus ojos son claros. Azules, prácticamente trasparentes y destacan mucho en su cara, dándole un toque algo más occidental, junto a su nariz, menos aguileña que la de la mayoría. Es alto, de espaldas anchas, fuerte y atlético. Entrenado por el ejército Irakí, mantiene las costumbres de cuidar su cuerpo para así estar preparado para cualquier cosa. Suele llevar algo de barba, normalmente la típica de tres días que se recorta con frecuencia. Todo su cuerpo está lleno de cicatrices a causa de la guerra: cicatrices de disparos, de metralla, de quemaduras, de cortes...
# Descripción Psicológica: Rashid es una persona de pocas palabras, podría considerarse bastante frío pese a su procedencia pero en realidad solo habla cuando es necesario y cuando lo que tiene que decir es importante. No le interesa conocer a gente nueva más que para tomarlos como sujetos de estudio, para comprobar si merecen morir por ser unos sucios occidentales que desprecian todo lo que sea diferente y de fuera o comprobar si, por el contrario, merecen una oportunidad... Una única y solitaria oportunidad que, de desaprovechar, será fatal para ellos. No hace falta añadir, dicho esto, que es calculador como el que más y algo quisquilloso con que todo salga como él quiere aunque, en realidad, pese a que siempre quiera tenerlo todo controlado, también puede llegar a ser espontaneo en ciertas cosas, en determinados momentos o incluso con ciertas personas. Es una persona solitaria que no necesita nada ni nadie más. Pese a no ser demasiado religioso, las costumbres de su cultura y de la religión en la que se ha criado lo hace algo más hostil con respecto a las mujeres pues, para empezar, piensa que todas aquellas que enseñan más de la cuenta son unas rameras y, a las que no sean de su agrado, las ignorará y solo les prestará atención si demuestran un mínimo de inteligencia o que son dignas y merecedoras de su tiempo. Aún así le encantan los excesos y las mujeres. No bebe alcohol porque, una vez más, su religión se lo prohíbe aunque sí que, desde que vivía en Bagdad consume hashish esporádicamente, normalmente en cachimba y mezclado con tabaco. Es serio y correcto, bien educado y con buenos modales, sabe comportarse delante de la gente y le pone especialmente nervioso la gente que no. Tiene a ser irónico y sarcástico cuando habla y no duda en demostrarle a la gente lo que piensa de ella. Nunca suele hablar de su vida privada y es muy reservado con sus cosas.

•Información Histórica•

# Familia:
Niyaz (~Madre~Muerta)
Omid(~Padre~Muerto)
Amir(Hermano mayor~Desaparecido)

# Historia:

¿Quieres que te cuente mi historia? Probablemente te aburriré pero allá va...

Mi nombre es Rashid Ibn-La'Ahad, en vuestro idioma mi nombre se traduciría como “valiente” y mi apellido sería algo así como “hijo de nadie”. Nací hace 26 años, casualmente, nueve meses después de que un soldado del ejército de los occidentales violara a mi madre. Todos sabemos que de ahí es de donde saqué mis ojos azules y mis rasgos tan... diferentes, pero mi padre nunca nos repudió ni a mí ni a mi madre. Tenía la suerte de ser hijo de una familia acomodada de Bagdad y por eso pude ir a un buen colegio y a un instituto, cosa que normalmente, muy poca gente lograba, sobre todo acabarlo y además con calificaciones tan altas como las mías. Sabía que en el fondo mi padre me odiaba, me veía como a un maldito infiel pero, por mi madre, trataba de ocultarlo y eso era mucho peor... Y por eso me esforzaba al máximo, estudiaba y trataba de convertirme en el mejor hijo del mundo, para que ellos estuvieran orgullosos de mí... Aunque luego estaba mi hermano. Amir desaprovechó por completo su oportunidad y acabó el instituto como si nada cuando yo apenas acababa de empezar, nada más hacerlo, se metió en el ejército. La guerra en Irak era cada vez peor y más difícil y mi padre estaba cada vez más orgulloso de Amir y de lo que hacía por nuestro país, nuestra gente, nuestra religión... mientras que yo conseguí precisamente lo contrario por más que me esforzaba. Tras el instituto me metí en la universidad, algo impensable para alguien como yo, y no dudé en hacer lo que me gustaba: Arqueología. Eso fue lo que me distanció aún más de mi padre y es que, mi familia, siempre había sido muy religiosa, Alá estaba por encima de todo y de todos pero yo prefería descubrir realmente las cosas por mí mismo, cómo habían sido nuestros antepasados, sus ciudades, sus vidas... Eso y que, como todo buen universitario, me dejé llevar por las fiestas y las mujeres y acabé pareciéndome algo más a mi hermano en ese aspecto, fumando hashish y disfrutando de la compañía de mujeres de tez morena y ojos enormes oscuros, o incluso claros, como los míos con las que pasaba noches enteras...

Bonito e idílico, ¿Verdad? Pues no es más que el principio... Déjame continuar.

Pronto, mis sueños y la magia que había en ellos se acabó y tuve que dejar durante un año la carrera para hacer el servicio militar obligatorio que habían instaurado en Irak, Irán y Afganistan. Me instruyeron en combates cuerpo a cuerpo, en la utilización de armas y, básicamente, en el arte de la guerra... Pero en un lugar en el que había un conflicto armado presente nunca era sólo eso. Me hicieron combatir, me hicieron matar y proteger a mi gente... Y todo por unos imbéciles occidentales y su odio hacia nosotros que, en aquel momento, era mutuo. Así fue como empecé a odiar todo lo que tuviera que ver con ellos, al ver las atrocidades que cometían, como asesinaban sin piedad y buscaban cualquier excusa para atacar. Eran jóvenes, como yo, pero eran diferentes. Yo buscaba sobrevivir, ellos buscaban destruir y asesinar... Nuestras diferencias eran insalvables y, tras aquel año tan horrible, finalmente logré volver a la universidad para disgusto de mi padre y terminé la carrera en la que tanto tiempo había invertido, me gradué con honores y los mejores arqueólogos de la zona me pedían que fuera con ellos ya que conocía muy bien la zona y las mejores técnicas que utilizar en ella, incluso investigadores que venían desde Egipto, Irán o Túnez a excavar en Irak me buscaban... Mi sueño se hizo realidad y por un momento me olvidé de la guerra, de los asesinatos y de las masacres. Llegué incluso a trabajar con investigadores ingleses, alemanes y franceses... Aunque ellos, todo lo que descubrían, lo robaban y se lo llevaban a sus países, al igual que el mérito, el honor y la fama. Eran despreciables. Aunque durante aquel año pasó algo increíble, algo que nadie creería si se lo contara y por eso dudo que alguien más lo entienda. Me había perdido en el desierto durante una tormenta de arena, era de noche y no había luna en el cielo aunque dudaba de ser capaz de verla en caso contrario. Aquello no me asustaba, me escondí tras unas dunas pero, entonces, empezaron a caer rayos cerca de mí y ahí fue cuando eché a correr como si me fuera la vida en ello hasta que uno de esos rayos me dio de lleno y me tiró al suelo. Al día siguiente desperté en mitad de la nada, me dolía todo el cuerpo y... Podía controlar los suelos. No sé cómo me di cuenta, quizá cuando me enfadé y las arenas del desierto terminaron por golpear y casi ahogar a una persona, cuando abrí una grieta en el suelo o cuando, simplemente, moví rocas o provoqué terremotos... Pero desde aquel día podía hacerlo.

Y no, no estoy loco, es cierto... Tan cierto como que la Tierra gira al rededor del Sol pero será mejor que lo olvides... Si quieres seguir viviendo.

Después de aquello, fue como si mi suerte comenzara a cambiar y pasé de ser un simple ayudante en las investigaciones a dirigirlas. La arqueología, más que mi trabajo, era mi vida. Había viajado, había conocido gente y lugares nuevos y había hecho grandes hallazgos. Las ruinas de las ciudades que descubríamos, las tumbas o los indicios de guerras antiguas daban prestigio al lugar y a sus habitantes pero nadie nunca escuchaba nada sobre ello... Ese prestigio se veía acallado por los ecos de la guerra. Una mañana, todo mi equipo estaba durmiendo en sus tiendas, lejos del yacimiento, y yo estaba sentado en unas rocas, restos de paredes de un palacio quizá, repasando notas y escribiendo algo así como el diario de la excavación, dispuesto a observar el amanecer cuando, de repente, escuché un sonido que me hizo ponerme alerta, había sido una especie de silbido que había puesto todos mis sentidos en guardia y, poco después, el primer proyectil cayó a escasos metros de mí, destrozando las rocas que habíamos encontrado. Me quedé petrificado y no supe que hacer. Todo mi trabajo, destruido. Enseguida, más silbidos y más proyectiles: Nos estaban bombardeando. No quería salir de allí, no quería abandonar el trabajo en el que había invertido tantísimo tiempo pero, de nuevo, otro proyectil cayó cerca de mí y en aquel momento era vivir o morir, no había una tercera alternativa, y tuve que salir corriendo de allí, avisándoles a todos que ya estaban medio despiertos y diciéndoles que se subieran en los coches y se largaran. Fui el último en irme, el que se quedó a ver cómo habían dejado aquel lugar, pasto de las llamas, destruido, destrozado... Aquellos malditos occidentales tendrían que pagar por ello.

Ah, la venganza... Solía cegarme por ella y creer todo lo que me decían. Gran error.

Tras el bombardeo, volví a casa, asustado, y busqué a mis padres y a mi hermano por todas partes. Mi casa estaba desierta, o eso pensé por el silencio. Los llamé una y otra vez, cada vez más nervioso, y al final entré en la habitación de mis padres. No debí haber entrado nunca allí. Lo que encontré fueron todas las paredes manchadas de sangre, su sangre, y ambos cuerpos yaciendo en el suelo, con una decena de agujeros de bala cada uno y charcos rodeando sus cuerpos, además, parecía que habían forzado a mi madre... Otra vez. Me colapsé. No podía creer lo que veía. Una cosa era enfrentarse a los cuerpos de gente desconocida, otra muy distinta, a los de tu familia. Caí al suelo. No podía moverme. No entendía por qué a ellos. Por qué en nuestra casa. Por qué... Y entonces una mano se posó en mi hombro y yo me revolví, haciendo que las paredes de la casa temblaran y relajándome al instante, era mi hermano. Amir me sacó de allí y trató de alejarme del centro, donde ambos bandos se disparaban indiscriminadamente y se mataban a decenas. Él seguía vestido con su uniforme y me metió en un edificio, me dijo que no saliera de allí por nada del mundo y me dio un arma, si veía algún sucio occidental, tenía que disparar, cerrarle la boca y asegurarme de que estaba bien muerto. Se marchó, dejándome solo en aquel edificio prácticamente desierto, y lo recorrí sin cuidado, buscando a gente, sin tener ni idea de por qué estaba vacío y preguntándome cómo sabía mi hermano que estaba en casa, que había vuelto. Al final, encontré a una chica, Bahar, creo que se llamaba, ella había ido a clase a la vez que yo, al colegio de chichas, y tenía un bebé en brazos y una niña pequeña cogida de la mano. Me acerqué a ella y ella se me echó a los brazos, asustada y temblando. Tuve que prometerle que me quedaría allí con ella hasta que todo pasara para lograr que se calmara. Ella me contó que estaba con su hermana pequeña y con su hijo, que su marido había salido y no había vuelto, era soldado. Traté de reconfortarla, de decirle que todo iría bien y de que no tenía por qué preocuparse, ni ella, ni la niña, ni el bebé... Pero mis palabras no sirvieron de nada cuando vimos al soldado. Rubio, ojos claros y bien armado, aquel occidental nos apuntó directamente sin dudar, sobre todo, al ver la pistola que yo llevaba en la mano. La lancé hacia él, como si quemara y me levanté, echo una furia al ver como él seguía apuntándonos. Me puse entre el arma y aquellas personas, gente inocente y empecé a gritarle. Le hablé mal, estaba nervioso, los odiaba, pero le hablé en su idioma. Como si eso hubiera decidido si vivíamos o moríamos me dijo que aquello iba a estallar y se largó. Cogí de la mano a la chica y la saqué corriendo de allí y, poco después, estalló. La niña pequeña se había quedado rezagada y no había llegado a salir y frente al edificio se congregaron soldados de los dos bandos y, mientras que los occidentales corrían al interior del edificio para rescatar a las posibles víctimas, los soldados irakíes miraban al cielo y rezaban por las almas de los imbéciles que se habían inmolado y por culpa de los cuales casi morimos. Los insulté mentalmente, detesté a mi propio pueblo y quise gritarles lo imbéciles que eran pero Amir apreció justo a tiempo y tuve que marcharme, Amir me sacó de allí y me llevó lejos. No volví a ver nunca más a ninguna de esas personas.

Nada es lo que parece. Lo he aprendido con el tiempo y nunca sabes en qué bando estás... Solo esperas que el tuyo sea el bueno... Solo esperas estar matando a los malos.

Los años siguientes los pasé siendo entrenado por un puñado de soldados que no dejaban de hablar de lo malos que eran los occidentales, de todo lo que nos habían quitado, del daño que nos habían hecho... Me convirtieron en uno de ellos. Maté, peleé, torturé, disparé... Me dispararon, me torturaron, casi me mataron. Durante ese tiempo también entrené mis poderes, los controlé, maté incluso a algunos de los míos durante las pruebas pero al final conseguí llegar a utilizarlo en el campo de batalla, siendo favorables para mí... Y para los míos. Los combates eran prácticamente a diario y era cada vez más difícil saber cuál era tu bando porque cada uno hacía cosas peores y cada vez había más mercenarios en un bando y en el otro... Al final, luchábamos contra nosotros mismos y nos asesinábamos entre nosotros... Y mi hermano era uno de ellos. Su codicia era tal que aceptaba dinero de los occidentales para hacerles el trabajo sucio, desaparecía con un pequeño grupo algunas noches y pasaba días enteros fuera, después, todos volvían magullados y heridos pero satisfechos. Una de esas noches, Amir desapareció y no volvió. Pasaron meses y yo mismo, para sobrevivir, tuve que convertirme en un indeseable mercenario. Me quedé solo, rodeado de tíos que sospechaban los unos de los otros y que empezaban a matarse entre ellos en mitad de la noche. Sabía que era hora de largarme de allí y, como pude, conseguí el dinero necesario, los papeles y todo lo que pude para lograrlo. Si quería vivir, tenía que dejar aquel lugar, tenía que abandonar mi hogar. Viajé por todo Oriente en busca de amigos y gente que pudiera ayudarme pero nadie parecía querer saber nada de mí, salvo en Egipto, donde logré hablar con un investigador con el que había trabajado hacía años y que siempre había dicho que era como un hijo para él, Mayuk Himi, él fue quien me ayudó a llegar a Londres y, al final, lo conseguí.

¿Qué? ¿Por qué dejas de atender? Aún no he terminado. Escucha atentamente, ahora viene lo importante...

Ahora vivo en Londres, tengo papeles y soy un ciudadano más... Con la diferencia de que odio al resto de ciudadanos. Nadie aquí sabe lo que es la guerra, todos están a favor o en contra, según el lugar al que vayas, pero nadie sabe lo que es. Son unos hipócritas y me da vergüenza entrar a sus museos. Todo, absolutamente todo, es robado. Hay piezas egipcias, griegas, romanas, incluso persas y babilónicas... ¿Es que ellos no tienen historia? No puedo evitar sentir asco por los occidentales aunque no todos sean escoria. Hay algunos, pocos, como aquel soldado que nos perdonó la vida que no merecen pagar por todo esto, que con su piedad y su buena fe logran salvarse. Estudiantes, jóvenes, niños... ¿Cuándo se corrompe su inocencia? Doy charlas y conferencias en la universidad, me pagan bien y me han ofrecido trabajo de profesor. No he aceptado. Lo único que quiero es que todo cambie. Que ellos devuelvan lo robado, que dejen de matarnos indiscriminadamente, que dejen la maldita guerra... Quiero que paguen por todo el daño que nos han hecho, a mí y a mi pueblo... Y si tengo que ser yo quien los haga pagar, lo haré... Después de todo, he sido entrenado para ello, para matar y para sobrevivir... Y viviré.

•Información Extra

# Apodos o Sobrenombres: Rash, Shid, Profesor, Señor...
# Gustos: La historia, especialmente la historia antigua; el arte, la música en general, la lectura, el cine... Además, le encantan las mujeres de rasgos árabes o, a poder ser, morenas de piel y de pelo y de ojos grandes... Pero para una urgencia le da igual de donde sean y como sean, todo hay que decirlo.
# Disgustos: Los ladrones, los incultos, los occidentales que desprecian su cultura, la gente que lo mira mal o lo odia simplemente por ser de donde es, los militares, la guerra...
# Fobia: Ninguna conocida hasta la fecha.
# Hobbies: Le encanta que le llenen el cuerpo con dibujos de alheña, fumar hachís traído directamente de Afganistán y cachimbas con tabaco normal o de sabores; la velocidad, la arqueología...
# Otros:
*~Habla árabe, inglés, francés y algo de alemán, italiano y griego.
*~Es zurdo y tiene un pequeño tatuaje en la muñeca derecha de las palabras “serenidad, fuerza y coraje” en árabe, hecho en mitad de la guerra con una simple aguja y tinta.


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Re: Rashid Ibn-La'Ahad

Mensaje por Samantha Bale el Jue Dic 08, 2011 4:43 am

Todo está correcto, aunque te falta algo que encontrarás cuando leas las normas generales. Cuando lo hayas editado, postea de nuevo para que pueda aceptarte

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Re: Rashid Ibn-La'Ahad

Mensaje por Rashid Ibn-La'Ahad el Jue Dic 08, 2011 4:47 am

Te me adelantaste! Estaba editando justo cuando posteaste! Ya está todo! ^^

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Re: Rashid Ibn-La'Ahad

Mensaje por Samantha Bale el Jue Dic 08, 2011 4:50 am

Es que escribo a la velocidad del trueno Smile

FICHA ACEPTADA
Bienvenido al foro^^

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Re: Rashid Ibn-La'Ahad

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