

Conectarse

Últimos temas


¿Quién está en línea?
En total hay 5 usuarios en línea: 2 Registrados, 0 Ocultos y 3 Invitados :: 1 Motor de búsquedaJessie Jones, Rashid Ibn-La'Ahad
La mayor cantidad de usuarios en línea fue 18 el Lun Ago 01, 2011 4:26 am.



Rol-Misfits by Rol-Misfits is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.
Creado a partir de la obra en rol-misfits.espana-foro.com.
Permissions beyond the scope of this license may be available at http://rol-misfits.espana-foro.com/.
Spellbound {Rashid}
Rol-Misfits :: Ciudad :: Centro comercial :: Cine
Página 1 de 1. • Compartir •
Spellbound {Rashid}
El sol se colaba por las persianas de mi habitación, iluminando mágicamente, como si estuvieran recubiertos por polvo de hadas de una visita nocturna de Campanilla, los objetos que la poblaban. Las paredes malva casi brillaban con luz propia, la purpurina de algunos de los posters que las adornaban resplandecían, y las sombras de los peluches, suaves y blanditos, parecían aumentar en el silencio de la habitación, que precedió a que sonara el despertador con un pitido ensordecedor y molesto que me esforcé en terminar con un golpe suave de mi mano sobre la máquina. Mucho mejor. Casi inmediatamente después me volví a meter entre las sábanas, con frío, al mismo tiempo que de fondo pudo escucharse, al tiempo que los maullidos de Leonardo, el vals de la bella durmiente como melodía proveniente del despacho de mi padre, y aquella música despertó, pese al suelo, la primera sonrisa de la mañana, que auguraba que sería un buen día, como siempre. Pese a mi reticencia y al frío, me levanté de la cama y abrí la ventana aún con el pijama rosa puesto, y frotándome los ojos me dirigí a la cocina para desayunar, aunque más bien me dejé caer en una silla mientras mi madre me daba un beso en la frente y me preguntaba, en búlgaro, si había tenido dulces sueños, a lo que respondí con un asentimiento enérgico y la sonrisa sempiterna de mis labios aumentada. Había soñado con bosques infinitos, cascadas llenas de luz y hadas; había soñado con arcoiris iluminando el cielo medio despejado y con el sol refulgiendo en las copas de los árboles, entre los que paseaban unicornios resplandecientes; había soñado con un paisaje que quería pintar cuando pudiera, ¿cómo no iban a ser dulces mis sueños? Bebí a sorbos el zumo que estaba delante de mí y que mi madre había preparado antes de irse al trabajo de profesora que había encontrado en un colegio de la zona, y en cuanto terminé de desayunar me dirigí a la ducha, casi dando saltos más que caminando por mi buen humor habitual.
El chorro de agua caliente me despejó y, a la vez, volvió a conducirme al mundo de mis sueños, un mundo tranquilo, bello e idílico en el que no pasaba nunca nada malo y todos eran felices, tal y como debía ser, y tras un rato en el que mi expresión se tornó soñadora y ausente a la vez salí de allí, dándome cuenta de que, como solía, iba a llegar tarde a la universidad. Por mucho que madrugara, y de verdad que lo hacía, nunca podía evitar mis necesarios minutos de evasión que solían retrasarme y que me obligaban a, como hice en aquel momento, secarme a toda prisa y vestirme con lo primero que encontré: una camiseta de tirantes blanca por debajo de un jersey gris de Campanilla, con unos pantalones negros por debajo y las primeras botas altas que pude coger por mi cuarto. Apenas me peiné, y las ondas de mi pelo estaban casi fuera de control, pero como no podía importarme menos obvié el detalle y rebusqué en mi habitación, al tiempo que hacía la cama, los libros que necesitaba aquel día. Una vez estuvo todo listo cogí una manzana de la cocina, me despedí de mis padres, que me desearon un buen día, y salí corriendo en dirección a la universidad, a la que sólo llegué por los pelos.
Un escueto saludo dirigido a mis compañeros, que como solían estaban a lo suyo, fue todo lo que pude decir antes de que el profesor hiciera acto de presencia en la clase y empezara a sumergirnos en el mundo de la historia del arte. Mi mente divagó entre pinturas, esculturas y colores mágicos que lo cubrían todo, al tiempo que se colaban por entre mis sueños figuras de fantasía sacadas de los relatos más maravillosos que había escuchado, y sólo cuando la clase terminó me di cuenta de que no había dejado de sonreír de manera evadida durante toda la duración de la lección. Algunos de mis compañeros cuchicheaban mientras yo recogía mis cosas, sobre todo el cuaderno con, al margen, dibujos más o menos realistas del paisaje que había protagonizado mi sueño, pero ninguno se acercó a mí entonces o cuando, después de levantarme, me despedí de ellos y me puse los auriculares que conectaban con la música, siempre optimista, de mi reproductor. Como siempre, era un buen día, que continuó con mi vuelta a la biblioteca para pasar los apuntes de aquel día a limpio, sin dibujos (por desgracia, aunque los guardé para que me sirvieran de bocetos para un nuevo cuadro), durante la que me comí la manzana, más almuerzo que una comida propiamente, y que finalizó cuando, volviendo ya a casa, me detuve frente a la puerta del cine con los ojos brillantes. ¿Estrenaban El Rey León en 3D? ¡Tenía que verla! Y ni corta ni perezosa llamé a mi madre para informarla de mis planes, que acabaron conmigo sentada en el cine, rodeada tanto de niños como de adultos que los acompañaban y con un paquete enorme de palomitas en las manos mientras, por dentro, no podía contener los nervios que me recorrían por la perspectiva de ver aquella película, una de mis preferidas de todos los tiempos.
El chorro de agua caliente me despejó y, a la vez, volvió a conducirme al mundo de mis sueños, un mundo tranquilo, bello e idílico en el que no pasaba nunca nada malo y todos eran felices, tal y como debía ser, y tras un rato en el que mi expresión se tornó soñadora y ausente a la vez salí de allí, dándome cuenta de que, como solía, iba a llegar tarde a la universidad. Por mucho que madrugara, y de verdad que lo hacía, nunca podía evitar mis necesarios minutos de evasión que solían retrasarme y que me obligaban a, como hice en aquel momento, secarme a toda prisa y vestirme con lo primero que encontré: una camiseta de tirantes blanca por debajo de un jersey gris de Campanilla, con unos pantalones negros por debajo y las primeras botas altas que pude coger por mi cuarto. Apenas me peiné, y las ondas de mi pelo estaban casi fuera de control, pero como no podía importarme menos obvié el detalle y rebusqué en mi habitación, al tiempo que hacía la cama, los libros que necesitaba aquel día. Una vez estuvo todo listo cogí una manzana de la cocina, me despedí de mis padres, que me desearon un buen día, y salí corriendo en dirección a la universidad, a la que sólo llegué por los pelos.
Un escueto saludo dirigido a mis compañeros, que como solían estaban a lo suyo, fue todo lo que pude decir antes de que el profesor hiciera acto de presencia en la clase y empezara a sumergirnos en el mundo de la historia del arte. Mi mente divagó entre pinturas, esculturas y colores mágicos que lo cubrían todo, al tiempo que se colaban por entre mis sueños figuras de fantasía sacadas de los relatos más maravillosos que había escuchado, y sólo cuando la clase terminó me di cuenta de que no había dejado de sonreír de manera evadida durante toda la duración de la lección. Algunos de mis compañeros cuchicheaban mientras yo recogía mis cosas, sobre todo el cuaderno con, al margen, dibujos más o menos realistas del paisaje que había protagonizado mi sueño, pero ninguno se acercó a mí entonces o cuando, después de levantarme, me despedí de ellos y me puse los auriculares que conectaban con la música, siempre optimista, de mi reproductor. Como siempre, era un buen día, que continuó con mi vuelta a la biblioteca para pasar los apuntes de aquel día a limpio, sin dibujos (por desgracia, aunque los guardé para que me sirvieran de bocetos para un nuevo cuadro), durante la que me comí la manzana, más almuerzo que una comida propiamente, y que finalizó cuando, volviendo ya a casa, me detuve frente a la puerta del cine con los ojos brillantes. ¿Estrenaban El Rey León en 3D? ¡Tenía que verla! Y ni corta ni perezosa llamé a mi madre para informarla de mis planes, que acabaron conmigo sentada en el cine, rodeada tanto de niños como de adultos que los acompañaban y con un paquete enorme de palomitas en las manos mientras, por dentro, no podía contener los nervios que me recorrían por la perspectiva de ver aquella película, una de mis preferidas de todos los tiempos.

Alexandria L. Petrova- Empleo: Estudiante de Bellas Artes
Mensajes: 39
Fecha de inscripción: 13/01/2012
Re: Spellbound {Rashid}
Acababa de salir de la universidad. Últimamente me pasaba el día allí y, la verdad, no era algo que me hiciera especial ilusión. Mis años como estudiante los había dejado atrás hacía mucho y sin aquella irresponsabilidad que la juventud otorgaba no me sentía tan a gusto en aquel lugar porque ni siquiera me sentía entre iguales... Estaba rodeado, mirara a donde mirara, de niños ricos occidentales cuyos papás y mamás les pagarían lo que hiciera falta con el mismo dinero que ganaban gracias a guerras como la que había azotado mi país; y esos mismos niños pijos me miraban con desprecio y de manera altiva, como si se creyeran mejores que yo... Pero no lo eran y su actitud no hacía más que evidenciar ese hecho...
Caminaba por la calle sin el menor tipo de prisa, era media tarde y yo comía una manzana mientras paseaba por aquella ciudad, tan fría y extraña... Había salido bastante tarde de la universidad porque me habían permitido utilizar los laboratorios y así podía adelantar algunos análisis de morfológicos y fisicoquimicos que tenía que hacer sobre algunas muestras que había conseguido coger de varios yacimientos antes de abandonar Irak. Mayuk me había aconsejado terminar las investigaciones sobre los yacimientos destruidos por mi cuenta y escribir una especie de libro con los resultados y de más información y yo nunca lo había escuchado hasta que realmente tuve la oportunidad de continuar esas mismas investigaciones... Quizá cuando obtuviera todos los resultados comenzaría a redactar algún borrador... Estaba tan inmerso en mis pensamientos que el sonido de mi teléfono móvil me hizo sobre saltarme y que la manzana, que en aquel momento tenía en la boca, se cayera y acabara en el hueco de una alcantarilla. Aquello no fue todo y es que me costó lo mío sacar el móvil de dentro de la bandolera que llevaba con todos mis papeles y de más aunque por fin conseguí contestar al teléfono.
-Me alegra saber que estás vivo, hijo.
La voz de Mayuk Himi, desde Egipto, me hizo sonreír de lado mientras me explicaba, en un perfecto inglés, las nuevas aportaciones al museo del Cairo, sus investigaciones abiertas y sus futuras excavaciones y, como no, quería tenerme en todas. Yo no estaba del mejor humor del mundo, para no variar en mí, por lo que contestaba con monosílabos hasta que él se molestó de verdad y como un padre, se puso serio.
-Rashid, ¿Me estás escuchando? ¡No me vengas con que Londres es muy frío o está lleno de occidentales, esa fase ya la pasamos! Mira a tu alrededor, ¿Qué ves? ¿Sangre, sudor, lágrimas, muerte? ¡Ya no estás en Irak, chico! Ahora, ¡Dime qué ves!
Fruncí el ceño, no me gustaba que me echaran la bronca y mucho menos una como aquella por lo que le hice caso y empecé a mirar a mi alrededor sin siquiera parar de caminar, dictándole todo lo que veía: tiendas, niños saliendo del colegio, gente comprando, cafeterías, un cine, mucha gente... - Au! - Al no mirar por dónde iba terminé chocándome contra alguien y logrando que mi móvil cayera al suelo junto a la persona a la que sin querer había tirado. Sacudí la cabeza y entonces me fijé mejor en ella: Pelo larguísimo y castaño, piel oscura y unos ojos enormes e increíblemente verdes que me miraban. - L-Lo siento. - Casi respondí en árabe y me costó algo pasar al inglés, me había quedado realmente sorprendido y es que... Era preciosa. Ayudé a la chica a levantarse y enseguida recogí mi móvil del suelo. - Tengo que dejarte, te llamo luego. - dije rápido, esta vez en árabe, sin dejar de mirar a la chica. - Perdona, no miraba por dónde iba, ¿Estás bien?
Caminaba por la calle sin el menor tipo de prisa, era media tarde y yo comía una manzana mientras paseaba por aquella ciudad, tan fría y extraña... Había salido bastante tarde de la universidad porque me habían permitido utilizar los laboratorios y así podía adelantar algunos análisis de morfológicos y fisicoquimicos que tenía que hacer sobre algunas muestras que había conseguido coger de varios yacimientos antes de abandonar Irak. Mayuk me había aconsejado terminar las investigaciones sobre los yacimientos destruidos por mi cuenta y escribir una especie de libro con los resultados y de más información y yo nunca lo había escuchado hasta que realmente tuve la oportunidad de continuar esas mismas investigaciones... Quizá cuando obtuviera todos los resultados comenzaría a redactar algún borrador... Estaba tan inmerso en mis pensamientos que el sonido de mi teléfono móvil me hizo sobre saltarme y que la manzana, que en aquel momento tenía en la boca, se cayera y acabara en el hueco de una alcantarilla. Aquello no fue todo y es que me costó lo mío sacar el móvil de dentro de la bandolera que llevaba con todos mis papeles y de más aunque por fin conseguí contestar al teléfono.
-Me alegra saber que estás vivo, hijo.
La voz de Mayuk Himi, desde Egipto, me hizo sonreír de lado mientras me explicaba, en un perfecto inglés, las nuevas aportaciones al museo del Cairo, sus investigaciones abiertas y sus futuras excavaciones y, como no, quería tenerme en todas. Yo no estaba del mejor humor del mundo, para no variar en mí, por lo que contestaba con monosílabos hasta que él se molestó de verdad y como un padre, se puso serio.
-Rashid, ¿Me estás escuchando? ¡No me vengas con que Londres es muy frío o está lleno de occidentales, esa fase ya la pasamos! Mira a tu alrededor, ¿Qué ves? ¿Sangre, sudor, lágrimas, muerte? ¡Ya no estás en Irak, chico! Ahora, ¡Dime qué ves!
Fruncí el ceño, no me gustaba que me echaran la bronca y mucho menos una como aquella por lo que le hice caso y empecé a mirar a mi alrededor sin siquiera parar de caminar, dictándole todo lo que veía: tiendas, niños saliendo del colegio, gente comprando, cafeterías, un cine, mucha gente... - Au! - Al no mirar por dónde iba terminé chocándome contra alguien y logrando que mi móvil cayera al suelo junto a la persona a la que sin querer había tirado. Sacudí la cabeza y entonces me fijé mejor en ella: Pelo larguísimo y castaño, piel oscura y unos ojos enormes e increíblemente verdes que me miraban. - L-Lo siento. - Casi respondí en árabe y me costó algo pasar al inglés, me había quedado realmente sorprendido y es que... Era preciosa. Ayudé a la chica a levantarse y enseguida recogí mi móvil del suelo. - Tengo que dejarte, te llamo luego. - dije rápido, esta vez en árabe, sin dejar de mirar a la chica. - Perdona, no miraba por dónde iba, ¿Estás bien?

Rashid Ibn-La'Ahad- Empleo: Arqueólogo/Mercenario
Mensajes: 33
Fecha de inscripción: 07/12/2011
Re: Spellbound {Rashid}
Desde el momento en el que había empezado la película, casi hice caso omiso de las palomitas que tenía en la mano porque la sabana donde Simba y los demás vivían me atrapó, como si yo fuera Nala o su hermana perdida y rugiera al igual que lo hacía ella, y sabía que no era cosa del 3D sino de que me encantaba la película, cuyos diálogos me sabía tanto en búlgaro como en inglés. Igual que no pude evitar llorar como una magdalena con la muerte de Mufasa, que aún no había superado por completo, tampoco pude evitar apretar unas palomitas que tenía en las manos con cualquier cosa que hacía Scar, todas malas, y era como si hubiera vuelto a ser la niña que había visto por primera vez la película, con la diferencia de que de hecho yo lo vivía mucho más que cualquiera de aquellos niños que la veían por primera vez y no habían crecido con ella. Incluso los padres y adultos que los acompañaban eran más gentiles, ofreciéndome incluso uno que estaba a mi lado un pañuelo de papel en un momento en el que la llorera había sido importante, concretamente cuando el traidor de Scar asesina a su hermano, por lo que mi sonrisa, que comenzó a estar presente, para el final de la película ya era de dimensiones considerables porque entre pitos y flautas (más bien entre traiciones y vueltas al poder de reyes de la sabana) me lo había pasado en grande, aunque algunos niños aún me señalaran cuando las luces se iluminaron y me revelé llena de palomitas, con el pañuelo arrugado en una mano y el cartón vacío en la otra.
Como siempre, en cuanto me di cuenta de que las miradas de toda esa gente estaban clavadas en mí me puse roja como la grana, desde la raíz del pelo hasta la punta de la nariz, y a medida que fueron yéndose yo me fui adecentando, quitando restos de palomitas de mi ropa y de mi pelo hasta que estuve presentable y, con el cartón en la mano, me levanté de mi asiento para tirarlo a la papelera, no como el pañuelo que metí en el pequeño bolso vaquero que llevaba a un lado, casi más anecdótico que realmente útil. Caminé con pasos de bailarina, cortos y rápidos además de casi saltarines, en dirección al baño para lavarme las manos, aún llenas de restos de palomitas y de sal. Con el agua corriendo por ellas como si de un idílico valle se trataran, apenas fui consciente de que había creado una fila de malhumoradas mujeres a las que sonreí con inocencia cuando me aparté y me dirigí a un secamanos antes de salir del baño y dirigirme a una tienda de las que había por allí, a la entrada, con un dependiente joven que se me quedó mirando fijamente enseguida... ¿Tendría algún resto de palomita por los labios? Instintivamente me llevé las manos a los labios y los palpé, con lo que tragó saliva y yo fruncí el ceño, sin saber lo que pasaba.
– ¿D-deseas algo? – me preguntó, tartamudeando casi.
– ¡Sí! ¿Tienes piruletas grandes, de las de colores? – pregunté, a lo que él negó con la cabeza y yo me encogí de hombros sonriente, dirigiéndole un ”no pasa nasa” tras el que me despedí de él y me fui en dirección a la salida del cine.
El móvil vibró enseguida en mi pequeño bolso, revelando un whatsapp de Misha al que contesté en ruso sin ser demasiado consciente de a dónde iba hasta que, de pronto, dejé de estar caminando hacia la salida y me vi en el suelo, con el móvil aún en la mano y dolor en la espalda y el trasero considerables por cómo había caído, además de con un chico a mi lado que me sonaba de algo... ¡Oh, ya estaba! ¡Era clavadito a Aladdin, pero con los ojos claros! Qué cosa más rara, ¿no? Al notar, no obstante, mi mirada clavada en él me la devolvió también e incluso me ayudó a levantarme, con lo que el sonrojo de antes volvió a teñir mi piel mientras volvía a estar en posición vertical y guardaba el móvil en el bolso, con un escueto aviso a Misha de que quizá tardaría algo en contestarle porque era de mala educación estar con el móvil cuando te encontrabas con una persona que acababa de ayudarte a levantarte del suelo al que él mismo te había tirado. Al menos, eso suponía, dado que tampoco se me daban demasiado bien esas cosas.
– ¡Sí, tranquilo! Sólo ha sido una caída de nada, en cuanto el golpe deje de molestar ni la recordaré. – respondí, con una enorme sonrisa que contrastaba con el rubor de mis mejillas todavía presente porque estaba cerca, muy cerca de mí, y cualquier cercanía con un desconocido tenía ese efecto en mi persona.
Me estiré el abrigo que llevaba con un gesto casi automático, igual que también lo fue quitarme de la cara mechones de pelo rebeldes que con el trajín de los últimos segundos se habían ido donde no debían, y el silencio de apenas unos segundos que se había abalanzado sobre nosotros se vio interrumpido por el sonido de pisadas en nuestra dirección, casi zancadas, que trajeron al dependiente de la tienda de antes vestido sin el uniforme y con una piruleta como la que le había pedido en la mano, piruleta que me pasó añadiendo que era un regalo de la casa y guiñándome el ojo, conmigo agradeciéndoselo cuando se iba y volviendo a girarme hacia el chico que se parecía a Aladdin... y cuyo nombre ignoraba, aunque si de verdad se llamaba Aladdin significaba que a lo mejor era el de verdad en el que se había basado la película... ¡Qué guay!
– Por cierto, soy Alexandria Lena. Mucho gusto. – comenté, presentándome como solía por mi nombre completo y sin ser capaz de dejar de sentirme cohibida, en un primer momento, por aquel chico que tanto se parecía a mi amor platónico.
Como siempre, en cuanto me di cuenta de que las miradas de toda esa gente estaban clavadas en mí me puse roja como la grana, desde la raíz del pelo hasta la punta de la nariz, y a medida que fueron yéndose yo me fui adecentando, quitando restos de palomitas de mi ropa y de mi pelo hasta que estuve presentable y, con el cartón en la mano, me levanté de mi asiento para tirarlo a la papelera, no como el pañuelo que metí en el pequeño bolso vaquero que llevaba a un lado, casi más anecdótico que realmente útil. Caminé con pasos de bailarina, cortos y rápidos además de casi saltarines, en dirección al baño para lavarme las manos, aún llenas de restos de palomitas y de sal. Con el agua corriendo por ellas como si de un idílico valle se trataran, apenas fui consciente de que había creado una fila de malhumoradas mujeres a las que sonreí con inocencia cuando me aparté y me dirigí a un secamanos antes de salir del baño y dirigirme a una tienda de las que había por allí, a la entrada, con un dependiente joven que se me quedó mirando fijamente enseguida... ¿Tendría algún resto de palomita por los labios? Instintivamente me llevé las manos a los labios y los palpé, con lo que tragó saliva y yo fruncí el ceño, sin saber lo que pasaba.
– ¿D-deseas algo? – me preguntó, tartamudeando casi.
– ¡Sí! ¿Tienes piruletas grandes, de las de colores? – pregunté, a lo que él negó con la cabeza y yo me encogí de hombros sonriente, dirigiéndole un ”no pasa nasa” tras el que me despedí de él y me fui en dirección a la salida del cine.
El móvil vibró enseguida en mi pequeño bolso, revelando un whatsapp de Misha al que contesté en ruso sin ser demasiado consciente de a dónde iba hasta que, de pronto, dejé de estar caminando hacia la salida y me vi en el suelo, con el móvil aún en la mano y dolor en la espalda y el trasero considerables por cómo había caído, además de con un chico a mi lado que me sonaba de algo... ¡Oh, ya estaba! ¡Era clavadito a Aladdin, pero con los ojos claros! Qué cosa más rara, ¿no? Al notar, no obstante, mi mirada clavada en él me la devolvió también e incluso me ayudó a levantarme, con lo que el sonrojo de antes volvió a teñir mi piel mientras volvía a estar en posición vertical y guardaba el móvil en el bolso, con un escueto aviso a Misha de que quizá tardaría algo en contestarle porque era de mala educación estar con el móvil cuando te encontrabas con una persona que acababa de ayudarte a levantarte del suelo al que él mismo te había tirado. Al menos, eso suponía, dado que tampoco se me daban demasiado bien esas cosas.
– ¡Sí, tranquilo! Sólo ha sido una caída de nada, en cuanto el golpe deje de molestar ni la recordaré. – respondí, con una enorme sonrisa que contrastaba con el rubor de mis mejillas todavía presente porque estaba cerca, muy cerca de mí, y cualquier cercanía con un desconocido tenía ese efecto en mi persona.
Me estiré el abrigo que llevaba con un gesto casi automático, igual que también lo fue quitarme de la cara mechones de pelo rebeldes que con el trajín de los últimos segundos se habían ido donde no debían, y el silencio de apenas unos segundos que se había abalanzado sobre nosotros se vio interrumpido por el sonido de pisadas en nuestra dirección, casi zancadas, que trajeron al dependiente de la tienda de antes vestido sin el uniforme y con una piruleta como la que le había pedido en la mano, piruleta que me pasó añadiendo que era un regalo de la casa y guiñándome el ojo, conmigo agradeciéndoselo cuando se iba y volviendo a girarme hacia el chico que se parecía a Aladdin... y cuyo nombre ignoraba, aunque si de verdad se llamaba Aladdin significaba que a lo mejor era el de verdad en el que se había basado la película... ¡Qué guay!
– Por cierto, soy Alexandria Lena. Mucho gusto. – comenté, presentándome como solía por mi nombre completo y sin ser capaz de dejar de sentirme cohibida, en un primer momento, por aquel chico que tanto se parecía a mi amor platónico.

Alexandria L. Petrova- Empleo: Estudiante de Bellas Artes
Mensajes: 39
Fecha de inscripción: 13/01/2012
Re: Spellbound {Rashid}
No podía dejar de mirarla. Yo no era el típico que devoraba a toda mujer con los ojos y solo pensaba en llevárselas a todas a la cama nada más conocerlas, entre otras cosas, porque no solían ser de mi agrado la mayoría de las mujeres con las que me encontraba pero aquella chica era diferente. No era oriental, eso estaba claro, pero sin duda tampoco era inglesa y su acento, al hablarme, me lo confirmó... Y esa era otra cosa, aquella voz dulce y cálida, por no hablar de su sonrisa que, de no ser porque yo no solía sonreír demasiado, se me habría contagiado nada más verla. Seguía observándola con los ojos entrecerrados, estudiándola, intentando descubrir quién era o por qué no podía dejar de mirarla, por qué era tan hermosa a mis ojos... Pero no logré responder ninguna de esas preguntas con mi examen minucioso que, sin embargo, hice con disimulo o, al menos, con todo el que pude reunir que, tras encontrarme con una mujer así, me temo que no era demasiado... Aunque al menos ella no me miraba y yo podía hacerlo tranquilamente, observar como se estiraba el abrigo y se apartaba mechones de pelo rebeldes de la cara antes de volver a mirarme a los ojos.
Aquella mirada no duró demasiado y es que, en seguida, un chico joven apareció junto a nosotros, regalándole una enorme piruleta de colores, diciendo algo así como que era un regalo de la casa o algo así y haciéndome alzar una ceja por lo estúpida que era su manera de intentar ligar aunque, para mi sorpresa, la chica ni siquiera se había dado cuenta o, al menos, no parecía estar molesta pues se lo agradeció al chico mientras este se marchaba... Y no se me había escapado la mirada que me había echado. ¿Quizá quería comprobar si era demasiada competencia para él? ¿Si tenía posibilidades contra mí? Solo podría tener alguna posibilidad de haber estado luchando en la guerra aunque fuera un año y, por su aspecto, parecía demasiado joven como para siquiera haber estado con una mujer... Lo seguí con la mirada mientras se marchaba y volví a mirar a aquellos enormes ojos verdes que estaban fijos en mí y, entonces, ella se presentó. - Alexandria... - murmuré, ladeando la cabeza y alzando una ceja. - ¿Es normal que intenten flirtear contigo de manera tan evidente? - pregunté, encogiéndome de hombros y pasándome una mano por el pelo de manera inconsciente. - Por cierto, soy Rashid, encantado.
Aquella chica, ni siquiera la conocía y ya estaba intrigado. No dejaba de estudiar sus gestos, sus palabras, intentaba descubrir de dónde era aquel peculiar acento que tenía cuando hablaba, no era árabe como el mío, que era mas tosco, era... diferente. Parecía nerviosa mientras yo seguía mirándola en silencio, sabía que eso solía intimidar a la gente y no solía dárseme demasiado bien lo de socializar pero, por una vez, hice caso a Mayuk y cogí aire. - Ya sé que no me conoces y que esto te puede parecer casi tan raro como el chico de antes regalándote la piruleta pero... ¿Te apetece ir a algún sitio conmigo? No sé... ¿A tomar un café o... un helado? - fruncí el ceño y me encogí de hombros, esperando su respuesta. Probablemente dijera que no, estaba claro, ¿Quién en su sano juicio se va por ahí con un extraño al que acaba de conocer y más aún cuando ese extraño es irakí? Ningún occidental lo haría y, por desgracia, Alexandria, pese a tener un nombre digno de ella por su belleza, era occidental y sabía que muy probablemente aquello se quedará allí... Una pena.
Aquella mirada no duró demasiado y es que, en seguida, un chico joven apareció junto a nosotros, regalándole una enorme piruleta de colores, diciendo algo así como que era un regalo de la casa o algo así y haciéndome alzar una ceja por lo estúpida que era su manera de intentar ligar aunque, para mi sorpresa, la chica ni siquiera se había dado cuenta o, al menos, no parecía estar molesta pues se lo agradeció al chico mientras este se marchaba... Y no se me había escapado la mirada que me había echado. ¿Quizá quería comprobar si era demasiada competencia para él? ¿Si tenía posibilidades contra mí? Solo podría tener alguna posibilidad de haber estado luchando en la guerra aunque fuera un año y, por su aspecto, parecía demasiado joven como para siquiera haber estado con una mujer... Lo seguí con la mirada mientras se marchaba y volví a mirar a aquellos enormes ojos verdes que estaban fijos en mí y, entonces, ella se presentó. - Alexandria... - murmuré, ladeando la cabeza y alzando una ceja. - ¿Es normal que intenten flirtear contigo de manera tan evidente? - pregunté, encogiéndome de hombros y pasándome una mano por el pelo de manera inconsciente. - Por cierto, soy Rashid, encantado.
Aquella chica, ni siquiera la conocía y ya estaba intrigado. No dejaba de estudiar sus gestos, sus palabras, intentaba descubrir de dónde era aquel peculiar acento que tenía cuando hablaba, no era árabe como el mío, que era mas tosco, era... diferente. Parecía nerviosa mientras yo seguía mirándola en silencio, sabía que eso solía intimidar a la gente y no solía dárseme demasiado bien lo de socializar pero, por una vez, hice caso a Mayuk y cogí aire. - Ya sé que no me conoces y que esto te puede parecer casi tan raro como el chico de antes regalándote la piruleta pero... ¿Te apetece ir a algún sitio conmigo? No sé... ¿A tomar un café o... un helado? - fruncí el ceño y me encogí de hombros, esperando su respuesta. Probablemente dijera que no, estaba claro, ¿Quién en su sano juicio se va por ahí con un extraño al que acaba de conocer y más aún cuando ese extraño es irakí? Ningún occidental lo haría y, por desgracia, Alexandria, pese a tener un nombre digno de ella por su belleza, era occidental y sabía que muy probablemente aquello se quedará allí... Una pena.

Rashid Ibn-La'Ahad- Empleo: Arqueólogo/Mercenario
Mensajes: 33
Fecha de inscripción: 07/12/2011
Re: Spellbound {Rashid}
Sentía las mejillas arder, como si se me hubiera acercado demasiado la llama de Lumiere de La Bella y La Bestia y las consecuencias fueran el enrojecimiento de mi piel a la altura de mi cara y el calor que siempre venía con el rubor que me causaba mirar a aquel chico. Desde siempre me había costado mucho socializar, no porque no pensara que la gente no iba a ser buena conmigo, ¡todo lo contrario!, sino más bien porque me provocaba mucha vergüenza acercarme a gente que no conocía, quizá porque normalmente no había salido bien todo intento que había llevado a cabo de hacer amigos en el colegio e instituto hasta la llegada de Misha, y aquella vez no era una excepción... Especialmente por el hecho de que aquel chico, que después de preguntarme algo sobre el dependiente que me había regalado la piruleta, se presentó como Rashid, librándose de que en mi ignorancia lo llamara por el nombre de su, quizá, primo perdido, Aladdin, se pareciera tantísimo a él. ¿Sería igual de noble pese a su ocupación como ladrón? ¿Querría ayudar a algún niño que no tuviera ningún recurso de darse la situación? ¡Quién sabía! En mi mente las similitudes con Aladdin crecían a cada momento que lo miraba a aquellos ojos que precisamente lo diferenciaban de él: azules, en vez de negros como el ónix como eran los que a mí tanto me gustaban. Tampoco es que aguantara mucho mirándolo a los ojos y no bajando la mirada, terriblemente ruborizada, o simplemente apartándola de la suya, constantemente clavada en mí de una manera diferente a la que yo estaba acostumbrada a recibir: más curiosa que crítica; más... no sé, más diferente que como solían mirarme mis compañeros, especialmente.
Si mi rubor a aquellas alturas ya era considerable, la llama de Lumiere en mis mejillas aumentó cuando él me propuso ir a tomar un café o un helado, pero pese a todo una sonrisa volvió a dibujárseme en los labios inmediatamente después de asimilar sus palabras, pese a no haber entendido lo primero... ¿Sería una de esas palabras de lenguaje coloquial inglés que nunca terminaba de entender? Probablemente, pero en cualquier caso no comenté nada al respecto sino que asentí, aún con la piruleta en la mano.
– Claro, ¡me encantaría! Hay una heladería aquí cerca que tiene los mejores helados que he probado en todo Londres, si quieres... podemos ir allí. – respondí, sonrojándome al final antes de que él asintiera y yo empezara a dirigir aquella marcha improvisada como el director de orquesta de Fantasía, sólo que los músicos éramos únicamente Rashid y yo, sin nadie más de por medio... la principal razón, probablemente, de que siguiera sonrojada hasta la raíz del pelo.
– El chico de antes era el dependiente de la tienda de chucherías de dentro del cine, pero a mí lo que me ha sorprendido es que haya aparecido con una piruleta cuando había dicho que no le quedaban... – dije, pensativa, ante su pregunta de antes y justo cuando llegamos a la enorme heladería a la que me había referido.
Estaba decorada de una manera que la hacía parecer una heladería perdida en un callejón veneciano, con dibujos en las paredes que, en mi humilde opinión, eran bastante buenos de los monumentos y canales de la ciudad y con una decoración rústica y algo antigua tras la que las montañas de helado sobresalían de una manera que los hacía parecer aún más apetitosos de lo que eran. Sin poder evitarlo, y antes siquiera de coger una mesa, me pedí un helado con varias bolas: yogur, frutas del bosque y limón, tras lo que Rashid pidió el suyo y una vez hubimos pagado nuestras consumiciones nos sentamos en una de las mesas que había por allí, que daban la impresión de ser, por su construcción en madera, partes de las góndolas que poblaban Venecia... Esa era una de las muchas razones, además de la calidad de los helados, por las que me gustaba ir a aquella heladería: su ambiente, pues era coqueta y llena de un aire veneciano que personalmente me inspiraba mucho cada vez que tenía que hacer algún proyecto para clase o para mí misma sin que hubiera LSD de por medio.
– Que aproveche. – murmuré, antes de hundir la cuchara en el helado, concretamente en la bola de yogur, y probar un poco con la satisfacción de que, sin duda, estaba delicioso... como solía.
Cogí una servilleta de la mesa y me limpié de los labios una gota de helado que se me había quedado, movimiento distraído tras el que dejé la cuchara en la copa que tenía frente a mí y, sonriente, volví a centrarme en Rashid, que estaba demostrando ser un hombre de pocas palabras comparado con la curiosidad que tenía yo de saber más de él, sobre todo por saber si era tan parecido a Aladdin interiormente como físicamente lo parecía.
– Tengo una pregunta... Bueno, tengo varias, pero sobre todo una: ¿qué es flirtear? Creo que nunca había utilizado o escuchado esa palabra antes... – pregunté, mirándolo a los ojos con la duda reflejada en los míos y sin haber podido evitar que fuera precisamente aquella la primera pregunta que le había hecho... Lo que me alegraba era, sobre todo, la perspectiva de que a él parecía haberle caído lo suficientemente bien para que hubiéramos ido a tomar un helado juntos, y eso significaba que podría satisfacer mi curiosidad y preguntarle más cosas aparte de eso, así que ¿qué más podía pedir?
Si mi rubor a aquellas alturas ya era considerable, la llama de Lumiere en mis mejillas aumentó cuando él me propuso ir a tomar un café o un helado, pero pese a todo una sonrisa volvió a dibujárseme en los labios inmediatamente después de asimilar sus palabras, pese a no haber entendido lo primero... ¿Sería una de esas palabras de lenguaje coloquial inglés que nunca terminaba de entender? Probablemente, pero en cualquier caso no comenté nada al respecto sino que asentí, aún con la piruleta en la mano.
– Claro, ¡me encantaría! Hay una heladería aquí cerca que tiene los mejores helados que he probado en todo Londres, si quieres... podemos ir allí. – respondí, sonrojándome al final antes de que él asintiera y yo empezara a dirigir aquella marcha improvisada como el director de orquesta de Fantasía, sólo que los músicos éramos únicamente Rashid y yo, sin nadie más de por medio... la principal razón, probablemente, de que siguiera sonrojada hasta la raíz del pelo.
– El chico de antes era el dependiente de la tienda de chucherías de dentro del cine, pero a mí lo que me ha sorprendido es que haya aparecido con una piruleta cuando había dicho que no le quedaban... – dije, pensativa, ante su pregunta de antes y justo cuando llegamos a la enorme heladería a la que me había referido.
Estaba decorada de una manera que la hacía parecer una heladería perdida en un callejón veneciano, con dibujos en las paredes que, en mi humilde opinión, eran bastante buenos de los monumentos y canales de la ciudad y con una decoración rústica y algo antigua tras la que las montañas de helado sobresalían de una manera que los hacía parecer aún más apetitosos de lo que eran. Sin poder evitarlo, y antes siquiera de coger una mesa, me pedí un helado con varias bolas: yogur, frutas del bosque y limón, tras lo que Rashid pidió el suyo y una vez hubimos pagado nuestras consumiciones nos sentamos en una de las mesas que había por allí, que daban la impresión de ser, por su construcción en madera, partes de las góndolas que poblaban Venecia... Esa era una de las muchas razones, además de la calidad de los helados, por las que me gustaba ir a aquella heladería: su ambiente, pues era coqueta y llena de un aire veneciano que personalmente me inspiraba mucho cada vez que tenía que hacer algún proyecto para clase o para mí misma sin que hubiera LSD de por medio.
– Que aproveche. – murmuré, antes de hundir la cuchara en el helado, concretamente en la bola de yogur, y probar un poco con la satisfacción de que, sin duda, estaba delicioso... como solía.
Cogí una servilleta de la mesa y me limpié de los labios una gota de helado que se me había quedado, movimiento distraído tras el que dejé la cuchara en la copa que tenía frente a mí y, sonriente, volví a centrarme en Rashid, que estaba demostrando ser un hombre de pocas palabras comparado con la curiosidad que tenía yo de saber más de él, sobre todo por saber si era tan parecido a Aladdin interiormente como físicamente lo parecía.
– Tengo una pregunta... Bueno, tengo varias, pero sobre todo una: ¿qué es flirtear? Creo que nunca había utilizado o escuchado esa palabra antes... – pregunté, mirándolo a los ojos con la duda reflejada en los míos y sin haber podido evitar que fuera precisamente aquella la primera pregunta que le había hecho... Lo que me alegraba era, sobre todo, la perspectiva de que a él parecía haberle caído lo suficientemente bien para que hubiéramos ido a tomar un helado juntos, y eso significaba que podría satisfacer mi curiosidad y preguntarle más cosas aparte de eso, así que ¿qué más podía pedir?

Alexandria L. Petrova- Empleo: Estudiante de Bellas Artes
Mensajes: 39
Fecha de inscripción: 13/01/2012
Re: Spellbound {Rashid}
Era extraño, mucho, aquella chica ni siquiera podía sostenerme la mirada y estaba sonrojada a más no poder... No entendía por qué. ¿Había hecho o dicho algo malo? Siempre me pasaba lo mismo en momentos así, no sabía exactamente si era culpa mía o si venían así de fábrica pero, al aceptar mi invitación de ir a tomar algo supuse que no habría sido nada y me encogí de hombros en respuesta a su sonrisa, esa que parecía no borrarse de sus labios... Cosa que tampoco entendía demasiado bien. Vale, también tenía que reconocer que a las mujeres en general no solía entenderlas y no se me daban bien para nada más allá de pasar un buen rato pero es que además ella no era como las demás y eso no era más que una dificultad añadida... Se notaba que me gustaban los retos porque si no, no lo entendía... Aquella chica, Alexandria, tras decirme que conocía una de las mejores heladerías de Londres comenzó a guiarme hacia ella comentando algo sobre el chico que le había dado la piruleta que me hizo alzar una ceja. Al parecer era el dependiente de la tienda de chucherías del cine y le había dicho que no les quedaban piruletas pero luego había aparecido con una... Negué con la cabeza pensando, una vez más, que los occidentales no tenían ni idea de cómo cortejar a una mujer y que deberían aprender más de ellos pero no dije nada... Porque ella no parecía entender del todo que había significado aquello o qué pretendía aquel chico con su gesto... Parecía demasiado... ¿Inocente?
No pude comentar nada al respecto porque ya habíamos llegado a la heladería de la que había hablado, decorada como si se tratara de una heladería perdida entre los canales venecianos, con paisajes dibujados sobre las paredes de aquella ciudad, no pude evitar observarlo todo con cierto brillo en los ojos, la decoración era rústica y antigua pero aquello era increíble. Nunca había estado en Venecia, ni en Italia en realidad ni tampoco en Grecia y eran dos de los lugares que tenía que visitar antes de morir pasara lo que pasara y, realmente, aquel sitio me encantó pero no lo demostré de ninguna manera mientras observaba el lugar con una ceja alzada viendo las montañas de helado que parecían salirse de sus sitios. Alexandria fue la primera en pedir, un gran helado de tres bolas y yo simplemente, tras ver los sabores me decidí por uno de fresa y mango. En cuanto pagamos nos sentamos en una de las mesas-góndola que había por allí y después de que ella dijera un que aproveche empezamos a comer, hasta el momento, en silencio como habíamos estado la mayor parte del trayecto. Mientras comía un poco de helado, mezclando ambos sabores, la observaba, observé aquella gota de helado que caía por sus labios y que se limpió en seguida, llegó a pasárseme por la cabeza que yo mismo podría habérsela quitado y tuve que sacudir la cabeza y bajar la mirada a mi helado para conseguir que aquellos pensamientos me abandonaran... Porque no era el momento ni el lugar.
Alexandría llamó mi atención, haciéndome subir la mirada con una ceja alzada cuando dijo que quería hacerme una pregunta. Esperaba cualquier cosa relacionada con mi nacionalidad pese a que ella tampoco fuera británica (su acento tan exótico y desconocido para mí lo demostraba) o sobre... lo que fuera... Definitivamente, no me esperaba que me preguntara, precisamente, por el significado de la palabra flirtear. No podía creer que no supiera su significado aunque si no era de allí y tampoco tenía un dominio perfecto del idioma (aunque lo parecía, la verdad) lo entendía... Me encogí de hombros y me llevé un poco de helado a la boca. - Flirtear es cuando alguien te alaga de una manera determinada o te regala cosas con el objetivo de gustarte... Es más como intentar... No sé, que te vayas con ellos y que luego pase lo que ellos quieran. - dejé el helado en la mesa y la miré a los ojos, ladeando la cabeza. - Seguro que muchos lo hacen a menudo y tú... ¿No te das cuenta? - pregunté, extrañado y con el ceño fruncido, cruzando los brazos sobre el pecho, observándola... ¿Cuántos años tendría? Aparentaba los veinte pero se comportaba como si tuviera dieciséis y ¿de dónde sería? Era demasiado morena para ser británica o de los países del norte de europa, demasiado fríos para mi gusto, y sus ojos y su acento no eran típicos de allí... Eran diferentes... Me gustaban. - Si vamos a empezar con la ronda de preguntas creo que me toca a mí. ¿De dónde eres, Alexandria? No consigo descifrar de dónde viene tu acento, tu piel o tus ojos... Podría decirte con solo un vistazo la procedencia de una momia pero tú eres un misterio, pequeña. - lo de pequeña me salió automático y no pude evitarlo y, como yo no era de los que se arrepentían de lo que hacían o decían, simplemente sonreí de lado y negué con la cabeza. La verdad, era estúpido si lo pensabas, se me daban mejor los muertos que los vivos y no solía ser capaz de mantener una conversación durante más de cinco minutos con mucha gente y, sin embargo, ahí estaba yo con aquella chica, tomando un helado y hablando tranquilamente... Aquel día había que marcarlo en rojo en el calendario. - Ah, otra pregunta más antes de que se acabe mi turno... ¿Cuantos años tienes? - ladeé la cabeza, esperando sus respuestas, dispuesto a escuchar lo que fuera a decirme... Porque también era un hecho que se me daba mucho mejor escuchar que hablar... Y eso era algo que no podía evitar.
No pude comentar nada al respecto porque ya habíamos llegado a la heladería de la que había hablado, decorada como si se tratara de una heladería perdida entre los canales venecianos, con paisajes dibujados sobre las paredes de aquella ciudad, no pude evitar observarlo todo con cierto brillo en los ojos, la decoración era rústica y antigua pero aquello era increíble. Nunca había estado en Venecia, ni en Italia en realidad ni tampoco en Grecia y eran dos de los lugares que tenía que visitar antes de morir pasara lo que pasara y, realmente, aquel sitio me encantó pero no lo demostré de ninguna manera mientras observaba el lugar con una ceja alzada viendo las montañas de helado que parecían salirse de sus sitios. Alexandria fue la primera en pedir, un gran helado de tres bolas y yo simplemente, tras ver los sabores me decidí por uno de fresa y mango. En cuanto pagamos nos sentamos en una de las mesas-góndola que había por allí y después de que ella dijera un que aproveche empezamos a comer, hasta el momento, en silencio como habíamos estado la mayor parte del trayecto. Mientras comía un poco de helado, mezclando ambos sabores, la observaba, observé aquella gota de helado que caía por sus labios y que se limpió en seguida, llegó a pasárseme por la cabeza que yo mismo podría habérsela quitado y tuve que sacudir la cabeza y bajar la mirada a mi helado para conseguir que aquellos pensamientos me abandonaran... Porque no era el momento ni el lugar.
Alexandría llamó mi atención, haciéndome subir la mirada con una ceja alzada cuando dijo que quería hacerme una pregunta. Esperaba cualquier cosa relacionada con mi nacionalidad pese a que ella tampoco fuera británica (su acento tan exótico y desconocido para mí lo demostraba) o sobre... lo que fuera... Definitivamente, no me esperaba que me preguntara, precisamente, por el significado de la palabra flirtear. No podía creer que no supiera su significado aunque si no era de allí y tampoco tenía un dominio perfecto del idioma (aunque lo parecía, la verdad) lo entendía... Me encogí de hombros y me llevé un poco de helado a la boca. - Flirtear es cuando alguien te alaga de una manera determinada o te regala cosas con el objetivo de gustarte... Es más como intentar... No sé, que te vayas con ellos y que luego pase lo que ellos quieran. - dejé el helado en la mesa y la miré a los ojos, ladeando la cabeza. - Seguro que muchos lo hacen a menudo y tú... ¿No te das cuenta? - pregunté, extrañado y con el ceño fruncido, cruzando los brazos sobre el pecho, observándola... ¿Cuántos años tendría? Aparentaba los veinte pero se comportaba como si tuviera dieciséis y ¿de dónde sería? Era demasiado morena para ser británica o de los países del norte de europa, demasiado fríos para mi gusto, y sus ojos y su acento no eran típicos de allí... Eran diferentes... Me gustaban. - Si vamos a empezar con la ronda de preguntas creo que me toca a mí. ¿De dónde eres, Alexandria? No consigo descifrar de dónde viene tu acento, tu piel o tus ojos... Podría decirte con solo un vistazo la procedencia de una momia pero tú eres un misterio, pequeña. - lo de pequeña me salió automático y no pude evitarlo y, como yo no era de los que se arrepentían de lo que hacían o decían, simplemente sonreí de lado y negué con la cabeza. La verdad, era estúpido si lo pensabas, se me daban mejor los muertos que los vivos y no solía ser capaz de mantener una conversación durante más de cinco minutos con mucha gente y, sin embargo, ahí estaba yo con aquella chica, tomando un helado y hablando tranquilamente... Aquel día había que marcarlo en rojo en el calendario. - Ah, otra pregunta más antes de que se acabe mi turno... ¿Cuantos años tienes? - ladeé la cabeza, esperando sus respuestas, dispuesto a escuchar lo que fuera a decirme... Porque también era un hecho que se me daba mucho mejor escuchar que hablar... Y eso era algo que no podía evitar.

Rashid Ibn-La'Ahad- Empleo: Arqueólogo/Mercenario
Mensajes: 33
Fecha de inscripción: 07/12/2011
Re: Spellbound {Rashid}
Lo que se había apoderado de mí de manera tan grande en apenas un momento era la curiosidad más pura y absoluta, que me hacía querer preguntarle acerca de todo detalle que se me pasaba por la cabeza. ¿Eres el primo de Aladdin, o sólo un familiar lejano? ¿De dónde vendría, si Agrabah aún no lo había localizado en el mapa aunque estaba segura de que existía, si no con aquel nombre, en medio del desierto? ¿A qué se dedicaba, ya que no tenía pinta de ser un ladrón como lo era mi imagen mental de un amor platónico por el que suspiraba constantemente? Esas y mil cuestiones eran las que me moría por plantearle, pero no era de buena educación atosigar a los demás con preguntas: mis padres bien me lo repetían constantemente, cuando nada más conocer a un extraño enseguida quería saberlo todo sobre esa persona, así que por eso me había convencido a mí misma para decirle las preguntas de una en una, sin atosigarle, ya que a fin de cuentas acababa de conocerlo... ¡Y no quería que se fuera tan rápido! El genio, de haber estado allí, me habría aconsejado también tranquilidad acompañada de algún espectáculo musical de luces y sombras en el que se movería como él era, demostrando que no hay un genio tan genial, así que si la mayoría de referentes que tenía estaban de acuerdo, es que lo que estaba haciendo estaba bien, por lo que esperé a que me respondiera a aquella pregunta con esa palabra, flirtear, que tan rara me sonaba.
Su respuesta llegó, y me dijo que era cuando alguien halagaba a otro alguien para conseguir gustarle o que se fuera con el primer alguien para hacer lo que ese segundo alguien quisiera... ¿Como cuando Misha intentaba convencerme para ver películas de terror? ¿Estaba flirteando conmigo? Eso daba sentido a lo que Rashid había dicho de que lo hacían conmigo a menudo, pero no estaba totalmente segura... Tendría que preguntarle la próxima vez que lo viera, aunque para eso habría que esperar hasta que pudiera irse de Moscú y venir a Londres conmigo... Echaba de menos esos momentos con mi mejor amigo, la verdad. En cualquier caso, enseguida Rashid se quedó mirándome, con lo que me sentí inmediatamente incómoda a más no poder, sonrojándome como siempre que estaba en aquella clase de situación, y por eso mismo no pude pensar la siguiente pregunta y él tomó el relevo, siendo quien quiso saber de dónde era (¡y llamándome pequeña! Sobra decir que mi rubor aumentó hasta puntos preocupantes, ¿no?) y también mi edad, aunque hasta entonces había estado convencida de que físicamente aparentaba la edad que tenía... Aunque a lo mejor él no era bueno determinándola, a saber.
– Nací en Sofía, Bulgaria, y he estado viviendo allí hasta hace un par de años, cuando empecé la universidad... Ahora tengo veinte años. – contesté, encogiéndome de hombros sin mirarle a los ojos porque estaba bastante cohibida, aún, y por eso mismo volviendo a llevar la cuchara al helado para coger bastante cantidad del de yogur y llevármela a los labios, pensando en mis preguntas que, ahora que yo había respondido, podía hacer y me bullían en la cabeza, ansiando ser respondidas. Tragué el helado y me dejé la cuchara en la boca, con el mango en la mano y jugueteando con él mientras descartaba unas y seleccionaba otras en apenas segundos, aunque al final, al levantar la vista para volver a encontrarme con sus ojos, tan azules que me descolocaban, no pude evitar olvidar todas las que había pensado para, simplemente, improvisar con otras nuevas que, pese a todo, también quería saber, como todo lo que le rodeaba y que era como un puzzle deshecho que tenía que armar... ¡y me encantaba!
– ¿Tú de dónde eres? Diría que de algún país de oriente pero no estoy segura, tus ojos me descolocan, son tan... azules. – comencé, frunciendo el ceño instintivamente antes de sonreír por mi observación, tan sumamente obvia como decir que el agua sabe a agua o que el helado de yogur sabe precisamente a eso, a helado de yogur, y no a helado de manzana. – Aunque tu acento dice que sí, lo reconocería en cualquier parte porque me encanta cómo suena, es tan parecido al de Aladdin... – añadí, adquiriendo al instante expresión soñadora por mencionar la película y al personaje, dos de los elementos más característicos de mi infancia y de los preferidos en mi vida de aquel momento. Él no pareció entender a juzgar por la cara que puso en un primer momento, aunque no le de importancia porque probablemente no fuera eso sino que estaría pensando en sus cosas, por lo que volví a poner los pies en la tierra y me mordí el labio inferior, pensando más preguntas ya que él me había hecho más de una y yo también quería saber cosas...
– Y ¿cuántos años tienes? Pareces mayor que yo, y eso que has dicho de las momias... ¿Trabajas con momias o con antigüedades, quizá en un museo o algo así? ¿A qué te dedicas si no es a eso? ¿Es una profesión en la que tengas que examinar la procedencia de cosas diferentes o sólo de momias, como un egiptólogo? ¿Y...? – pregunté, sintiendo que una pregunta me llevaba a la otra hasta que finalmente me di cuenta de que las palabras, con mi acento, se me amontonaban en los labios y no podría responder a todas mis cuestiones si no las decía más tranquilamente y de una en una... ¡Tonta Alexandria! Me ruboricé lo que no lo había hecho en ese margen de preguntas y me llevé la mano instintivamente al pelo, enredando un mechón alrededor de uno de mis dedos y girándolo como si quisiera rizarlo, aunque era más bien por los nervios...
– L-lo siento, a veces... A veces me emociono y... bueno, ya sabes, aturrullo a la gente... – musité, con voz entrecortada y algo baja por la vergüenza que me daba aquella disculpa improvisada y sin mirarle a los ojos, sino sólo mirando mi helado y jugando con la cuchara sobre las bolas, en proceso de empezar a derretirse.
Su respuesta llegó, y me dijo que era cuando alguien halagaba a otro alguien para conseguir gustarle o que se fuera con el primer alguien para hacer lo que ese segundo alguien quisiera... ¿Como cuando Misha intentaba convencerme para ver películas de terror? ¿Estaba flirteando conmigo? Eso daba sentido a lo que Rashid había dicho de que lo hacían conmigo a menudo, pero no estaba totalmente segura... Tendría que preguntarle la próxima vez que lo viera, aunque para eso habría que esperar hasta que pudiera irse de Moscú y venir a Londres conmigo... Echaba de menos esos momentos con mi mejor amigo, la verdad. En cualquier caso, enseguida Rashid se quedó mirándome, con lo que me sentí inmediatamente incómoda a más no poder, sonrojándome como siempre que estaba en aquella clase de situación, y por eso mismo no pude pensar la siguiente pregunta y él tomó el relevo, siendo quien quiso saber de dónde era (¡y llamándome pequeña! Sobra decir que mi rubor aumentó hasta puntos preocupantes, ¿no?) y también mi edad, aunque hasta entonces había estado convencida de que físicamente aparentaba la edad que tenía... Aunque a lo mejor él no era bueno determinándola, a saber.
– Nací en Sofía, Bulgaria, y he estado viviendo allí hasta hace un par de años, cuando empecé la universidad... Ahora tengo veinte años. – contesté, encogiéndome de hombros sin mirarle a los ojos porque estaba bastante cohibida, aún, y por eso mismo volviendo a llevar la cuchara al helado para coger bastante cantidad del de yogur y llevármela a los labios, pensando en mis preguntas que, ahora que yo había respondido, podía hacer y me bullían en la cabeza, ansiando ser respondidas. Tragué el helado y me dejé la cuchara en la boca, con el mango en la mano y jugueteando con él mientras descartaba unas y seleccionaba otras en apenas segundos, aunque al final, al levantar la vista para volver a encontrarme con sus ojos, tan azules que me descolocaban, no pude evitar olvidar todas las que había pensado para, simplemente, improvisar con otras nuevas que, pese a todo, también quería saber, como todo lo que le rodeaba y que era como un puzzle deshecho que tenía que armar... ¡y me encantaba!
– ¿Tú de dónde eres? Diría que de algún país de oriente pero no estoy segura, tus ojos me descolocan, son tan... azules. – comencé, frunciendo el ceño instintivamente antes de sonreír por mi observación, tan sumamente obvia como decir que el agua sabe a agua o que el helado de yogur sabe precisamente a eso, a helado de yogur, y no a helado de manzana. – Aunque tu acento dice que sí, lo reconocería en cualquier parte porque me encanta cómo suena, es tan parecido al de Aladdin... – añadí, adquiriendo al instante expresión soñadora por mencionar la película y al personaje, dos de los elementos más característicos de mi infancia y de los preferidos en mi vida de aquel momento. Él no pareció entender a juzgar por la cara que puso en un primer momento, aunque no le de importancia porque probablemente no fuera eso sino que estaría pensando en sus cosas, por lo que volví a poner los pies en la tierra y me mordí el labio inferior, pensando más preguntas ya que él me había hecho más de una y yo también quería saber cosas...
– Y ¿cuántos años tienes? Pareces mayor que yo, y eso que has dicho de las momias... ¿Trabajas con momias o con antigüedades, quizá en un museo o algo así? ¿A qué te dedicas si no es a eso? ¿Es una profesión en la que tengas que examinar la procedencia de cosas diferentes o sólo de momias, como un egiptólogo? ¿Y...? – pregunté, sintiendo que una pregunta me llevaba a la otra hasta que finalmente me di cuenta de que las palabras, con mi acento, se me amontonaban en los labios y no podría responder a todas mis cuestiones si no las decía más tranquilamente y de una en una... ¡Tonta Alexandria! Me ruboricé lo que no lo había hecho en ese margen de preguntas y me llevé la mano instintivamente al pelo, enredando un mechón alrededor de uno de mis dedos y girándolo como si quisiera rizarlo, aunque era más bien por los nervios...
– L-lo siento, a veces... A veces me emociono y... bueno, ya sabes, aturrullo a la gente... – musité, con voz entrecortada y algo baja por la vergüenza que me daba aquella disculpa improvisada y sin mirarle a los ojos, sino sólo mirando mi helado y jugando con la cuchara sobre las bolas, en proceso de empezar a derretirse.

Alexandria L. Petrova- Empleo: Estudiante de Bellas Artes
Mensajes: 39
Fecha de inscripción: 13/01/2012
Re: Spellbound {Rashid}
Había que reconocer que el helado de aquel sitio estaba delicioso, realmente sabía a fresa y a mango y juntos, ambos sabores, se presentaban dulces y apetecibles en los labios y me daban ganas de seguir comiendo helado hasta hartarme... Y, por una vez, no se me ocurría compañía mejor que aquella chica que no dejaba de sonrojarse con cada dos palabras o miradas que le echaba porque era bastante entretenida y, en cierto modo, divertida... Además de guapa, pero eso era otro tema. Normalmente prefería estar solo, eso sin duda, pero no todos los días encontrabas a una chica tan inocente como ella, que parecía fiarse de quien fuera y no tener maldad... Sí, eso de ser un lobo solitario estaba bastante sobrevalorado a veces y yo ya estaba más que acostumbrado a valerme por mí mismo y a hacerlo todo solito pero, de vez en cuando, no estaba de más algo de compañía, especialmente como la suya... Una charla tranquila y amigable y sin segundas intenciones ocultas porque, pese a que me parecía una de las mujeres más guapas que había visto nunca, algo me decía que con ella no llegaría muy lejos... Al menos aquel día.
Su respuesta me hizo ladear la cabeza y entrecerrar los ojos, estudiándola y comparando sus rasgos con los típicos rasgos de cualquier habitante de Sofia, Bulgaria... En vano, porque nunca había estado allí ni sabía como era la gente de aquel lugar. Conocía su situación en el mapa, al este de Europa, bastante cerca de Turquía por el este y Grecia por el suroeste. La verdad, tenía que empezar a plantearme un viaje urgente al Bulgaria si todas las mujeres de allí eran como ella... Morenas, de ojos verdes, con cuerpos de infarto, tan hermosas que quitaban el aliento... Después reveló su edad haciéndome fruncir aún más el ceño ya que seis años no eran una diferencia muy grande de edad entre dos personas pero parecía como si entre ella y yo hubiera un abismo pese a que ella apenas tenía veinte años y yo veintiséis... Y en momentos así me daba cuenta de cómo la guerra era capaz de cambiar tantísimo a una persona. Traté de recordar cómo había sido con su edad pero decidí dejarlo... Mis fiestas en la universidad habían sido épicas pero siempre a escondidas y, por un momento, me pregunté si aquella chica tenía el mismo espíritu de juerguista que yo había tenido en mi época... Alexandria no tardó demasiado en empezar con las preguntas, la primera de ellas sobre mi procedencia, haciéndome apartar la mirada de ella y bajarla a mi helado cuando habló de mis ojos, adivinando también a la perfección que por mi acento era de Oriente y comparándome con un tal Aladdin del que no había oído hablar y que me hizo alzar una ceja... Gesto que ella ignoró deliberadamente y, mordiéndose el labio, aprovechó para bombardearme a preguntas, hilándolas como una maestra y haciéndome fruncir el ceño conforme hablaba porque eran demasiadas y se me acumulaban: mi edad, mi trabajo, si examinaba momias, si era un egiptólogo... Hablaba rápido y emocionada y no quería pararla por lo que la miraba mientras comía helado, casi terminándomelo, mientras ella misma se detenía y volvía a sonrojarse, cogiéndose un mechón de pelo y empezando a darle vueltas con los dedos, dándome ganas de hacer eso mismo... Porque su pelo parecía suave y sedoso.
Ella, gracias a Alá, me sacó de aquellos pensamientos al disculparse, sin mirarme, por atosigarme con todas aquellas preguntas, explicando que a veces se emocionaba y no podía evitarlo. Negué con la cabeza y sonreí de lado, acercándome un poco a ella y, con la mano en su barbilla, haciendo que subiera la cara para mirarme. Era una manía que tenía desde siempre, necesitaba mirar a los ojos y que me miraran y no podía evitar buscar sus ojos a cada segundo que podía y es que, además, eran preciosos... - No importa, pequeña... Pero intenta ir una a una o no te las podré responder todas. - me separé de ella y solté su barbilla ya que parecía aún más incómoda que antes porque sí, se podía y me encogí de hombros, con la cuchara del helado en la boca. - Soy de Bagdad, Irak y tengo veintiséis años. Así que, como puedes comprobar, has acertado, soy de oriente. - mordí la cuchara que tenía en la boca y ladeé la cabeza. - En cuanto a mi trabajo... Soy arqueólogo. Especializado en Historia Antigua por lo que sí, he trabajado con momias y esqueletos y también en museos y, de hecho, últimamente he estado dando charlas en la universidad... Pese a que no soy un hombre de muchas palabras, como ya habrás podido comprobar... – me terminé el helado, demasiado rápido porque no había comido nada aquel día y tenía hambre y simplemente me quedé mirada, con la cabeza ladeada como un perro que estudia algo para intentar entenderlo y los ojos entrecerrados. - Espero haber resulto todas tus dudas, Alexandria, aunque si tienes más dilas, aprovecha que estoy de relativo buen humor y responderé a tus preguntas cosa que no suelo hacer con desconocidos... Aunque antes, una cosa... ¿Quién es Aladdín? Antes has hablado de él o algo así... ¿Es un amigo tuyo? Es un nombre algo más marroquí, por cierto... – fruncí el ceño antes de llamar a un camarero para que me sirviera un café para tener excusa y pasar algo más de tiempo allí con Alexandria porque, no se estaba ni tan mal, la verdad. Y mientras mi café venía y ella pensaba más preguntas a mí se me ocurrió una a última hora. - Por cierto, has dicho que estás en la universidad... ¿Qué estás estudiando? – y con aquello di por zanjado mi turno de preguntas. Lo cierto era que me sorprendía estar respondiendo las suyas pero tenía que reconocer que eran bastante inofensivas y que aquella chica, sin maldad alguna, solo querría saber cosas del chico al que acababa de conocer... Algo lógico por otra parte, así que me limité a olvidarme de que era una chica guapa y empecé a tratarla como a una persona más... Porque si no el que se pondría algo más nervioso sería yo... Y odiaba aquella sensación de no saber cómo actuar que, en aquel momento, se había esfumado y estaba bastante bien... a gusto y cómodo charlando con ella... Sin más.
Su respuesta me hizo ladear la cabeza y entrecerrar los ojos, estudiándola y comparando sus rasgos con los típicos rasgos de cualquier habitante de Sofia, Bulgaria... En vano, porque nunca había estado allí ni sabía como era la gente de aquel lugar. Conocía su situación en el mapa, al este de Europa, bastante cerca de Turquía por el este y Grecia por el suroeste. La verdad, tenía que empezar a plantearme un viaje urgente al Bulgaria si todas las mujeres de allí eran como ella... Morenas, de ojos verdes, con cuerpos de infarto, tan hermosas que quitaban el aliento... Después reveló su edad haciéndome fruncir aún más el ceño ya que seis años no eran una diferencia muy grande de edad entre dos personas pero parecía como si entre ella y yo hubiera un abismo pese a que ella apenas tenía veinte años y yo veintiséis... Y en momentos así me daba cuenta de cómo la guerra era capaz de cambiar tantísimo a una persona. Traté de recordar cómo había sido con su edad pero decidí dejarlo... Mis fiestas en la universidad habían sido épicas pero siempre a escondidas y, por un momento, me pregunté si aquella chica tenía el mismo espíritu de juerguista que yo había tenido en mi época... Alexandria no tardó demasiado en empezar con las preguntas, la primera de ellas sobre mi procedencia, haciéndome apartar la mirada de ella y bajarla a mi helado cuando habló de mis ojos, adivinando también a la perfección que por mi acento era de Oriente y comparándome con un tal Aladdin del que no había oído hablar y que me hizo alzar una ceja... Gesto que ella ignoró deliberadamente y, mordiéndose el labio, aprovechó para bombardearme a preguntas, hilándolas como una maestra y haciéndome fruncir el ceño conforme hablaba porque eran demasiadas y se me acumulaban: mi edad, mi trabajo, si examinaba momias, si era un egiptólogo... Hablaba rápido y emocionada y no quería pararla por lo que la miraba mientras comía helado, casi terminándomelo, mientras ella misma se detenía y volvía a sonrojarse, cogiéndose un mechón de pelo y empezando a darle vueltas con los dedos, dándome ganas de hacer eso mismo... Porque su pelo parecía suave y sedoso.
Ella, gracias a Alá, me sacó de aquellos pensamientos al disculparse, sin mirarme, por atosigarme con todas aquellas preguntas, explicando que a veces se emocionaba y no podía evitarlo. Negué con la cabeza y sonreí de lado, acercándome un poco a ella y, con la mano en su barbilla, haciendo que subiera la cara para mirarme. Era una manía que tenía desde siempre, necesitaba mirar a los ojos y que me miraran y no podía evitar buscar sus ojos a cada segundo que podía y es que, además, eran preciosos... - No importa, pequeña... Pero intenta ir una a una o no te las podré responder todas. - me separé de ella y solté su barbilla ya que parecía aún más incómoda que antes porque sí, se podía y me encogí de hombros, con la cuchara del helado en la boca. - Soy de Bagdad, Irak y tengo veintiséis años. Así que, como puedes comprobar, has acertado, soy de oriente. - mordí la cuchara que tenía en la boca y ladeé la cabeza. - En cuanto a mi trabajo... Soy arqueólogo. Especializado en Historia Antigua por lo que sí, he trabajado con momias y esqueletos y también en museos y, de hecho, últimamente he estado dando charlas en la universidad... Pese a que no soy un hombre de muchas palabras, como ya habrás podido comprobar... – me terminé el helado, demasiado rápido porque no había comido nada aquel día y tenía hambre y simplemente me quedé mirada, con la cabeza ladeada como un perro que estudia algo para intentar entenderlo y los ojos entrecerrados. - Espero haber resulto todas tus dudas, Alexandria, aunque si tienes más dilas, aprovecha que estoy de relativo buen humor y responderé a tus preguntas cosa que no suelo hacer con desconocidos... Aunque antes, una cosa... ¿Quién es Aladdín? Antes has hablado de él o algo así... ¿Es un amigo tuyo? Es un nombre algo más marroquí, por cierto... – fruncí el ceño antes de llamar a un camarero para que me sirviera un café para tener excusa y pasar algo más de tiempo allí con Alexandria porque, no se estaba ni tan mal, la verdad. Y mientras mi café venía y ella pensaba más preguntas a mí se me ocurrió una a última hora. - Por cierto, has dicho que estás en la universidad... ¿Qué estás estudiando? – y con aquello di por zanjado mi turno de preguntas. Lo cierto era que me sorprendía estar respondiendo las suyas pero tenía que reconocer que eran bastante inofensivas y que aquella chica, sin maldad alguna, solo querría saber cosas del chico al que acababa de conocer... Algo lógico por otra parte, así que me limité a olvidarme de que era una chica guapa y empecé a tratarla como a una persona más... Porque si no el que se pondría algo más nervioso sería yo... Y odiaba aquella sensación de no saber cómo actuar que, en aquel momento, se había esfumado y estaba bastante bien... a gusto y cómodo charlando con ella... Sin más.

Rashid Ibn-La'Ahad- Empleo: Arqueólogo/Mercenario
Mensajes: 33
Fecha de inscripción: 07/12/2011
Re: Spellbound {Rashid}
No era la primera vez que me encontraba en aquella situación, al menos no exactamente. Siempre que conocía a una nueva persona, fuera cual fuera el contexto en el que aquel encuentro sucediera, yo siempre quería conocer todo de ella, como si mi mente fuera una esponja (oh, ¿como Bob? ¿Amarilla y todo? ¿O sería más parecida a las que le hacen los coros a Sebastián en “Bajo el Mar”? Eso sí que es una muy buena pregunta...) que quisiera absorber todo conocimiento que quedara frente a ella, y así era yo... Hasta la gente que tan bien me conocía, empezando por mis padres y siguiendo por Misha, muchas veces tenían que recordarme que tanta pregunta los incomodaba y que tenía que parar para respetar que tal vez la gente no quisiera responder a tanto, cosa que aunque entendiera no podía evitar frustrarme, ya que yo siempre quería saber más... Y en momentos como aquel me encontraba exactamente en la misma circunstancia que solía ser habitual en mí sólo que con un añadido extra: él era un desconocido y me daba vergüenza mirarlo tan fijamente a aquellos ojos tan sumamente claros y bonitos que parecían desnudarme el alma delante de ellos. Solía cohibirme mucho cuando me encontraba con personas como él, y con personas en general a quienes ni siquiera conocía, y muchas veces incluso echaba en falta las orejas de Tambor, de Bambi, para taparme la cara con ellas y refugiarme detrás de las suaves orejitas que tiene para aguardar, ahí, la respuesta a mis numerosas preguntas...
Y, casi como si me hubiera leído la mente, sentí enseguida que me cogía por la barbilla, con lo cual mis mejillas casi habían alcanzado el mismo tono rojo del pelo de Ariel, y me decía que fuera más lenta para que pudiera contestar a todas mis preguntas. Enseguida asentí varias veces, con vehemencia, como intentando decirle que haría lo que pudiera y en un intento por disipar aquella incomodidad que, súbitamente, había subido por mi cuerpo hasta su mayor visibilidad: mi rostro. Comenzó diciéndome que era iraquí, concretamente de Bagdad, confirmándome en parte que era compatriota de Aladdin, con lo que mi mente enseguida empezó a alternar entre sus palabras e imágenes del imaginario colectivo del desierto, de lo dorado de sus arenas y de lo exuberante de la decoración en sus palacios... Y, a todo esto, él continuó diciéndome que tenía veintiséis años, con lo que la brecha de edad conmigo no era tan grande como había supuesto al considerarlo a él, quizá de manera algo ideal, mucho mayor y maduro que yo, no físicamente sino más bien por... no sé, por aquel aire que tenía. Añadió que era arqueólogo y que había estado dando charlas en la universidad, antes de comenzar con sus propias preguntas que, por un momento, me hicieron abrir mucho los ojos y dejar la cuchara llena de helado a medio camino entre la copa y mi boca, por la sorpresa... ¿Quién era Aladdin? ¿Era oriental y no conocía aquel cuento? Aquello sí que no me lo esperaba, aunque para algo estaba yo, que lo había visto una innumerable cantidad de veces durante toda mi vida hasta aquel momento.
– Me encanta la arqueología. – comenté, sin poder evitar sentir los ojos brillantes y la sonrisa aún más amplia que antes deslizarse entre mis labios, curvándolos en aquella expresión tan sincera y tan mía, al mismo tiempo.
– Me extraña no haberte visto por la universidad, sobre todo porque mi facultad no está lejos de la de arqueología y... no sé, no es que seas alguien difícil de recordar aunque tengo que admitir que suelo ser bastante olvidadiza y a lo mejor incluso te he visto y me he olvidado, pero no creo... Vamos, no sé... – comenté, más para mí que para él antes de sacudir la cabeza, casi como un perro, para centrarme de nuevo. – Mi facultad es la de arte, y yo estudio Bellas Artes allí, así que supongo que es normal que no hayamos coincidido, ahora que lo pienso... No suelo pasarme mucho por aquel edificio excepto cuando tengo que coger libros de la biblioteca sobre Egipto o Mesopotamia, que es de lo que menos hay en el mío... Y es una lástima, la verdad, me encanta toda esa cultura y las expresiones artísticas... ¿Tus excavaciones han sido por allí o te has centrado más en lo típicamente grecolatino? Es a lo que se le suele dar más importancia, pero yo creo que ellos se lo pierden... ¡Donde estén por ejemplo los zigurats que se quiten las termas de Caracalla! Aunque siguen pareciéndome bonitas... – añadí, emocionándome yo sola a medida que hablaba hasta que no pude evitar soltar una risita algo cortada al darme cuenta de que, de nuevo, estaba hablando demasiado y volvería a liarlo todo... ¡como siempre!
Me tomé unos segundos para ordenar las ideas en mi cabeza, que parecían nadar con la misma velocidad que Marlin alcanzaba en la corriente australiana del este mientras se dirigía a Sydney para buscar a Nemo, y en aquel tiempo di un par de cucharadas más al helado que tenía frente a mí, aún a medias porque si algo me caracterizaba, aparte de que me encantaba todo lo dulce, era que me tomaba mi tiempo al comer.
– Aladdin no es un amigo mío... ¡Aunque ojalá lo fuera! Es el protagonista de una de mis películas favoritas, una de Disney que se llama como el protagonista mismo y que es, en origen, un cuento de origen oriental que habla sobre un ladronzuelo que encuentra una lámpara mágica con un genio que concede tres deseos... – comenté, sonriendo al final y sin poder evitar apoyar la mejilla en la mano, que a su vez estaba, junto al resto de mi brazo, sobre la mesa... Antes de darme cuenta de que era de mala educación, como mi madre se esforzaba en repetirme, y quitarlo rápidamente, de nuevo algo cohibida como, en mí, no podía ser de otra manera.
– ¿Nunca habías escuchado el cuento? Yo lo he podido leer en muchas antologías, pero creo que la versión más conocida es la de la película de Walt Disney sobre el tema, de hace unos... – añadí, poniendo expresión pensativa al llegar a aquel punto y haciendo cuentas con los dedos hasta que me vino la respuesta a la mente. – ...veinte años, como los que tengo yo. Es una de las películas de mi infancia, aunque creo que todas las de Disney lo son, y me encantan por eso... ¿Cuál es tu película favorita? – finalicé, preguntando algo nuevo que hasta entonces no se me había ocurrido pero que, en aquel momento, parecía la ocasión perfecta para preguntar ya que, a fin de cuentas, de eso estábamos hablando.
Y, casi como si me hubiera leído la mente, sentí enseguida que me cogía por la barbilla, con lo cual mis mejillas casi habían alcanzado el mismo tono rojo del pelo de Ariel, y me decía que fuera más lenta para que pudiera contestar a todas mis preguntas. Enseguida asentí varias veces, con vehemencia, como intentando decirle que haría lo que pudiera y en un intento por disipar aquella incomodidad que, súbitamente, había subido por mi cuerpo hasta su mayor visibilidad: mi rostro. Comenzó diciéndome que era iraquí, concretamente de Bagdad, confirmándome en parte que era compatriota de Aladdin, con lo que mi mente enseguida empezó a alternar entre sus palabras e imágenes del imaginario colectivo del desierto, de lo dorado de sus arenas y de lo exuberante de la decoración en sus palacios... Y, a todo esto, él continuó diciéndome que tenía veintiséis años, con lo que la brecha de edad conmigo no era tan grande como había supuesto al considerarlo a él, quizá de manera algo ideal, mucho mayor y maduro que yo, no físicamente sino más bien por... no sé, por aquel aire que tenía. Añadió que era arqueólogo y que había estado dando charlas en la universidad, antes de comenzar con sus propias preguntas que, por un momento, me hicieron abrir mucho los ojos y dejar la cuchara llena de helado a medio camino entre la copa y mi boca, por la sorpresa... ¿Quién era Aladdin? ¿Era oriental y no conocía aquel cuento? Aquello sí que no me lo esperaba, aunque para algo estaba yo, que lo había visto una innumerable cantidad de veces durante toda mi vida hasta aquel momento.
– Me encanta la arqueología. – comenté, sin poder evitar sentir los ojos brillantes y la sonrisa aún más amplia que antes deslizarse entre mis labios, curvándolos en aquella expresión tan sincera y tan mía, al mismo tiempo.
– Me extraña no haberte visto por la universidad, sobre todo porque mi facultad no está lejos de la de arqueología y... no sé, no es que seas alguien difícil de recordar aunque tengo que admitir que suelo ser bastante olvidadiza y a lo mejor incluso te he visto y me he olvidado, pero no creo... Vamos, no sé... – comenté, más para mí que para él antes de sacudir la cabeza, casi como un perro, para centrarme de nuevo. – Mi facultad es la de arte, y yo estudio Bellas Artes allí, así que supongo que es normal que no hayamos coincidido, ahora que lo pienso... No suelo pasarme mucho por aquel edificio excepto cuando tengo que coger libros de la biblioteca sobre Egipto o Mesopotamia, que es de lo que menos hay en el mío... Y es una lástima, la verdad, me encanta toda esa cultura y las expresiones artísticas... ¿Tus excavaciones han sido por allí o te has centrado más en lo típicamente grecolatino? Es a lo que se le suele dar más importancia, pero yo creo que ellos se lo pierden... ¡Donde estén por ejemplo los zigurats que se quiten las termas de Caracalla! Aunque siguen pareciéndome bonitas... – añadí, emocionándome yo sola a medida que hablaba hasta que no pude evitar soltar una risita algo cortada al darme cuenta de que, de nuevo, estaba hablando demasiado y volvería a liarlo todo... ¡como siempre!
Me tomé unos segundos para ordenar las ideas en mi cabeza, que parecían nadar con la misma velocidad que Marlin alcanzaba en la corriente australiana del este mientras se dirigía a Sydney para buscar a Nemo, y en aquel tiempo di un par de cucharadas más al helado que tenía frente a mí, aún a medias porque si algo me caracterizaba, aparte de que me encantaba todo lo dulce, era que me tomaba mi tiempo al comer.
– Aladdin no es un amigo mío... ¡Aunque ojalá lo fuera! Es el protagonista de una de mis películas favoritas, una de Disney que se llama como el protagonista mismo y que es, en origen, un cuento de origen oriental que habla sobre un ladronzuelo que encuentra una lámpara mágica con un genio que concede tres deseos... – comenté, sonriendo al final y sin poder evitar apoyar la mejilla en la mano, que a su vez estaba, junto al resto de mi brazo, sobre la mesa... Antes de darme cuenta de que era de mala educación, como mi madre se esforzaba en repetirme, y quitarlo rápidamente, de nuevo algo cohibida como, en mí, no podía ser de otra manera.
– ¿Nunca habías escuchado el cuento? Yo lo he podido leer en muchas antologías, pero creo que la versión más conocida es la de la película de Walt Disney sobre el tema, de hace unos... – añadí, poniendo expresión pensativa al llegar a aquel punto y haciendo cuentas con los dedos hasta que me vino la respuesta a la mente. – ...veinte años, como los que tengo yo. Es una de las películas de mi infancia, aunque creo que todas las de Disney lo son, y me encantan por eso... ¿Cuál es tu película favorita? – finalicé, preguntando algo nuevo que hasta entonces no se me había ocurrido pero que, en aquel momento, parecía la ocasión perfecta para preguntar ya que, a fin de cuentas, de eso estábamos hablando.

Alexandria L. Petrova- Empleo: Estudiante de Bellas Artes
Mensajes: 39
Fecha de inscripción: 13/01/2012
Rol-Misfits :: Ciudad :: Centro comercial :: Cine
Página 1 de 1.
Permiso de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.





































































» Park investigation (Erin Snyder)
» I'm Gonna Leave You {Relaciones de Archer}
» Charlotte The Harlot!
» Panem's Blood {Afiliación Normal}
» Vamos que nos vamos!
» Dedica una canción
» :: Registro de Avatar ::
» Archer O'Dwyer