Her Portrait In Black [Adriana P. Gregoletto]

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

Her Portrait In Black [Adriana P. Gregoletto]

Mensaje por Jack Thomas el Miér Feb 01, 2012 7:16 am

Aquel sábado, y para no variar en Londres, había amanecido con el cielo cubierto de nubes grises que presagiaban, si no tormenta, al menos sí lluvia, la típica llovizna que calaba a quienes no estuvieran acostumbrados a ella y se dejaran afectar por ella. Aquel sábado había amanecido con el sonido de los sempiternos coches en las transitadas carreteras y calles de la ciudad a todo volumen, como queriendo despertar a las personas honradas de sus sueños más que merecidos, y también había amanecido con los mismos infieles pululando por las calles, yendo a abastecer sus negocios impíos de veneno puro que nunca me verían ingiriendo de manera directa, pese a que indirectamente no pudiera librarme de ellos por el sencillo hecho de que existían, como una plaga semejante a la de las langostas o cualquiera de las que habían sido enviadas a Egipto. Aquel sábado había, por tanto, amanecido como cualquier otro sábado que se preciara, con un par de diferencias sin embargo que lo hacían diferente a un día normal de una semana normal: la primera, que había amanecido conmigo en Londres, y no en Irak; la segunda, que ya tenía planes para aquel día quisiera o no, pero dado que eran cosas de familia y tenía que hacerlo... en fin, lo haría, porque yo nunca abandonaba la llamada del deber, fuera éste cual fuera y adquiriera la forma que adquiriese.

Me levanté de la cama, tras una rápida oración entre dientes, con un movimiento rápido, fruto de demasiado tiempo en tensión en el frente, donde tenía que olvidar muchas veces que estaba descansando para pasar a la acción en tiempo récord, y apenas hube abandonado la calidez de las sábanas que me habían estado cubriendo hasta aquel momento, además de vestido sólo con la ropa interior, fui a la cocina para calentarme algo de leche que, por fin, había comprado y para comer algo, porque pese a que cuando estaba en casa no solía desayunar aquel día iba a necesitar todas las energías de las que pudiera hacer acopio, y para ello era imprescindible aquello, así que sin rechistar un momento me lo tomé, acompañado de una pieza de fruta (una manzana, mi preferida): un desayuno, pese a todo, frugal, porque seguía sin ser demasiado amigo de comidas demasiado copiosas a aquellas horas de la mañana que, tras un breve vistazo al reloj de la cocina, pude confirmar como las diez. Tras llenar el estómago, la siguiente parada fue la ducha y vestirme con lo primero que pillé (vaqueros, zapatillas, una camisa y un jersey, además del abrigo) para empezar a dedicarme a hacer lo que tenía planeado para aquel sábado en mi escaso tiempo libre antes de la llamada del deber.

Y, como no podía ser de otra manera, apenas tuve tiempo de nada. Primero fui a ver a mi amigo Michael, que había vuelto apenas unos días después de que lo hiciera, y como no podía ser de otra manera estaba en el restaurante de sus padres con su hermana, ayudándolos a servir las mesas y a preparar la comida. Hicieron una pausa para saludarme, preguntarme por mi familia (con una sonrisa por mi parte que se tornó simplemente educada, en vez de sincera, cuando salió a colación el tema de mi hermana) y después por mí, y como en los viejos tiempos había hecho más de una y más de dos veces, me puse un delantal y me metí tras la barra con ellos para poder mantener la conversación sin que por ello el trajín se viera interrumpido o disminuido, y entre pitos y flautas terminé comiendo allí y pasándome media tarde trabajando de camarero hasta que tuve que despedirme de ellos e irme de nuevo a mi casa, con apenas el tiempo justo porque lo estresante de la jornada sólo acababa de empezar. Volví a meterme a la ducha, sin tomarme mi tiempo sino sólo yendo lo más rápidamente que pude, y cuando salí me enrollé una toalla en la cintura al tiempo que buscaba mi móvil con la mirada, siendo el resultado de dicha búsqueda encontrarlo en la otra punta de mi habitación... cómo no.

Fui a por él y enseguida marqué un número, poniéndomelo al oído y manteniendo una conversación de apenas unas palabras mientras buscaba en el armario el traje que parecía ocultarse de mi vista hasta que lo tuve en las manos: gris, perfectamente planchado y liso, sin una sola arruga, impecable... exactamente como lucía yo cuando, después de un rato, lo llevaba ya puesto con una camisa blanca, una corbata azul marino, los zapatos negros de cordones insolentemente brillantes, como si los hubiera pulido aunque no hubiera sido el caso, igual que con la cruz plateada que llevaba en una cadena al cuello. Me peiné sin especial cuidado la apenas pelusa que, después de acabar de volver de Irak, lucía en la cabeza y busqué un reloj dorado que tenía por allí, con cadena metálica, para metérmelo al bolsillo, poco antes de buscar también un pañuelo que introducir en el bolsillo exterior de la chaqueta, que iba abierta para dejar que se viera el chaleco gris del traje y la camisa. Una vez listo, me miré en el espejo para verificar que daba el tipo de perfecto gentleman británico que se esperaba de mí y busqué el móvil y las llaves del coche, así como una carta escrita en pulcra y cursiva caligrafía, a nombre de Benjamin James Cromwell, que me permitiría tener acceso al lugar donde el evento iba a tener lugar... evento al que, de no ser por la insistencia de mi abuelo alegando que él tenía tareas condales y parlamentarias de las que ocuparse, no habría acudido.

Salí a la calle, cubierto por un abrigo negro que me protegería de la llovizna que en aquel momento no caía, y fui directamente hasta el garaje en busca de mi Bentley, que rugió cuando puse el motor en marcha, arrancándome una sonrisa... Una de las cosas que más había echado de menos de Londres era, sin duda, mi coche, y en cuanto salí del garaje me llevó como la seda hasta Trafalgar Square, donde bajo la atenta mirada de turistas, normalmente de género femenino, aparqué para esperar a que llegara mi “cita”... o algo así. Charlotte iba, por una vez, vestida de manera relativamente recatada, con un vestido negro a juego con su abrigo, también negro, y que destacaban lo pálida que era, además de subida en unos tacones que no le impidieron correr hacia mi coche y sentarse en el asiento del copiloto para que la condujera a nuestro destino... Porque sí, mi abuelo había insistido en que fuéramos los dos juntos a aquello, y como era él yo no podía negarme, así que había cedido y allí estábamos, conduciendo yo y siendo llevada ella en completo silencio, con sólo la música clásica de fondo amenizando el ambiente, que duró hasta que llegamos a un palacete neoclásico al lado de Oxford Street, en uno de cuyos laterales aparqué.

Ella cogió mi brazo y los dos caminamos por la senda empedrada que conducía a la entrada, donde un hombre trajeado con mucha menos elegancia que cualquiera de nosotros nos pidió la carta, que con un movimiento rápido saqué del bolsillo interior de la chaqueta para mostrársela.
– Yo soy Jonathan Thomas, y ella es Charlotte Thomas; venimos en nombre del conde Benjamin James Cromwell, que lamentablemente no ha podido acudir esta noche. – recité, con voz gélida y educada para que nos dejaran pasar y, una vez allí, pudiéramos quitarnos los abrigos y sumergirnos en el ambiente de la subasta de obras de arte a la que nos habíamos visto obligados a acudir. Charlotte cogió una copa de cava y me ofreció otra, a lo que negué con la cabeza antes de que nos dirigiéramos, juntos pero sin que existiera contacto físico entre nosotros, gracias al cielo, a un nutrido grupo de personas que ambos conocíamos por amistad con la familia y entre las que nos sumergimos rápidamente, inmersos en conversaciones sobre las piezas que debían mantenerse en un nivel superficial porque no todos poseían los mismos conocimientos que mi hermana o que yo mismo... una pena.

_________________






ALL in the name of GOD

I still know how to smile:
Oh? Well, I guess it's ok...:
I should've been born 400 years ago:
Now you know my secret, Paola:

Premios:


Jack Thomas

Empleo : Militar
Mensajes : 261
Fecha de inscripción : 01/08/2011

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: Her Portrait In Black [Adriana P. Gregoletto]

Mensaje por Adriana P. Gregoletto el Miér Feb 01, 2012 10:10 am

-Es hora de despertarse, pequeña Corleone...

Apreté los ojos con fuerza, sin querer despertarme. Podía escuchar una respiración junto a mí, no estaba sola en la cama, notaba su calidez cerca y como, hasta entonces, mi cuerpo se había pegado a él en busca de ese calor para poder seguir durmiendo pero ya era inútil. Odiaba madrugar. Todos lo sabían y nadie se atrevía a despertarme por las mañanas, mucho menos después de un día tan ajetreado como el anterior pero... ¿Por qué leches intentaban despertarme? Y aún más importante, ¿Quién era el imbécil que se atrevía a llamarme Corleone? ¡A mí! ¡A Adriana Paola Gregoletto! Era una ofensa y solo recordaba a alguien que utilizara aquel odio que tenía a la familia Corleone por su trato a las mujeres en la mafia... Entre otras muchas cosas como su origen siciliano. Terminé por abrir lentamente los ojos, atravesando con mi mirada al intruso que había en mi cama sin reaccionar visiblemente, solo pidiéndole que se largara en un italiano fluido, como el que él había utilizado conmigo, y con un gruñido intenté girarme y darle la espalda... Antes de fijarme bien en él. - ¿Auditore? - pregunté, sin siquiera poder creerme que fuera él. El chico que había tumbado en la cama a mi lado, con la cabeza apoyada en su mano y sus increíbles ojos claros fijos en mí, sonrió de lado.

-Buenos días, signorina Adriana. Me alegra saber que aún me recuerdas...- Su italiano, con aquel acento tan típico de Florencia, me dejó durante unos segundos fuera de combate aunque enseguida salté sobre él y lo tumbé en la cama, abrazándome cual lapa con piernas y brazos y mordiéndole con fuerza en el cuello. - ¡Maldito crío! ¡A ver cuándo aprendes a no despertarme, Ezio Auditore! - Sabía que Ezio iba a venir a Londres. Era mi acompañante aquella noche en la subasta de obras de arte, su tio Giovanni lo había llamado para que viniera a Londres inmediatamente, él era uno de los soldados más jóvenes que teníamos en la familia aunque Giovanni estaba realmente orgulloso de él, su sobrino era casi un hijo para él e incluso mi padre había confiado en Ezio cuando había sido un crío, porque pensaba que llegaría alto y por ello él mismo lo había entrenado, como a mí misma años antes, en el negocio familiar. La urgencia era que necesitaba un acompañante para la subasta, alguien joven, atractivo y apuesto que, además, fuera un miembro de la familia y pudiera estar dentro conmigo mientras desde fuera Enzo, Giovanni y Marco controlaban el resto y Ezio era perfecto para aquello pero yo no tenía ni idea de que ya había llegado a Londres... Y mucho menos que había crecido tantísimo. Ezio era más joven que yo, como mucho un par de años, y no lo recordaba, para nada, como lo había encontrado en mi cama, vestido con un traje y una camisa con los primeros botones desabrochados y el pelo bien peinado... El Ezio al que yo recordaba solía vestir con botas militares, vaqueros anchos rotos y camisas de cuadros sobre interiores de tirantes blancas mientras que su pelo era una maraña de rizos indomables... Lo único que podía decir que no había cambiado en él eran sus ojos, que seguían siendo tan increíblemente claros como entonces y su piel tostada por el sol... Pero el resto era diferente, él era diferente. No me había planteado, hasta entonces, acostarme con Ezio porque desde siempre lo había visto como un crío que se suponía que debía cuidar de mí y al que acabaría cuidando yo después de todo pero, en aquel momento, Ezio me parecía de lo más atractivo... Y algo así no se podía desperdiciar.

Ezio se reía y, en unos segundos, acabó sobre mí, cogiendo mis muñecas y subiéndolas por encima de mi cabeza, haciéndome alzar una ceja. - No me provoques, Adriana, no quiero acabar castrado... - le di un rodillazo en la entrepierna, logrando que cayera a mi lado en la cama, muerto de dolor mientras yo me levantaba y, aún en ropa interior, iba a mi armario a buscar algo que ponerme. - Eso te pasa por listillo, Ezio, en el fondo no has cambiado nada... ¿Sabrás comportarte esta noche o tendré que llevar a Giovanni de acompañante? - Ezio seguía en la cama, retorciendose de dolor porque no me había cortado nada y le había dado con bastante fuerza y mientras él seguía así yo empezaba a cambiarme rápidamente y, una vez vestida, salí de mi cuarto, con él siguiéndome finalmente y ahí comenzó mi día... Un día realmente extraño, por cierto, pero de lo más normal en la vida de la hija de un capo de la mafia.

Aquel día no tenía que hacer demasiado más que prepararlo todo para la subasta de obras de arte que no era más que una tapadera en el sucio negocio del tráfico de armas (que era realmente lo nuestro) y, en menor medida, para el de las drogas (en el que mi hermano se había empeñado en meternos) en los cuales había bastante gente metida no solo camellos de poca monta y, en aquella fiesta en particular, pensábamos cerrar un trato para deshacernos de buena parte del excedente de armas que había enviado mi hermano desde la última vez porque al parecer era un tio importante el que las quería... Aunque no pregunté para qué, no me importaba en absoluto y yo con que pagaran era feliz. Además, aquella fiesta vendría realmente bien para conseguir más contactos en las altas élites y poder, de una maldita vez, deshacernos de la chusma, los yonkis y los camellos de poca monta con los que por culpa del imbécil de mi hermano teníamos que lidiar... Porque si mi padre estuviera allí no dejaría que nada de eso pasara, más bien al contrario. “Rodeate de ganadores y serás un ganador, rodeate de perdedores y estarás perdido.” Eso era lo que mi padre decía y lo que mi hermano se pasaba por el forro cada vez que podía, alardeando de su rebeldía y de lo jodidamente estúpido que era a veces... Pero sin mi padre yo tenía que callar, asentir y sonreír... Y no podía hacer nada más que aquello hasta que... Hasta que mi padre volviera... Aunque cada vez tenía menos esperanza en ello.

Me duché, me arreglé el pelo, me maquillé y me vestí. Tardé bastante poco para lo que era normal en mí pero Enzo, Marco y Giovanni me hicieron cambiarme de vestido unas tres veces por ser demasiado provocativos para el sitio al que iba a ir y, al final, terminé con un vestido negro cogido al cuello y con bastante escote, aunque disimulado, y la espalda al aire casi por completo, dejando a la luz mi tatuaje mientras, por el contrario, mis piernas quedaban ocultas casi por completo dejando únicamente a la vista unos taconazos negros de tiras y mis uñas de los pies pintadas de un color berenjena oscuro, a juego con las de las manos. Así, con los labios de un rojo pasión apagado, el pelo liso que casi tapaba el tatuaje, anillos en las manos y collares y el rosario negro de mi padre al cuello estaba lista para la acción. Ezio llevaba un traje negro con camisa blanca y corbata y el resto de mis chicos también iban trajeados aunque sin corbata porque lo del traje era algo así como su uniforme de trabajo así que ya ni me sorprendía. Ezio y yo fuimos en un porsche negro deportivo que conducía yo (peligro asegurado) y no tardamos demasiado en llegar al sitio gracias al mejor invento sobre la faz de la tierra: El GPS. Durante el trayecto y aprovechando que estábamos solos Ezio no se cortó en soltar pullitas y demostrar lo italiano que se había vuelto, aún más si era posible, haciéndome sonreír de lado y responder a todo lo que me decía, dejándolo mal y haciendo que se callara unos instantes para, después, seguir a la carga y así hasta que tras aparcar llegamos a la puerta de aquel enorme sitio y el portero nos preguntó. Saqué una especie de invitación escrita a mano y me presenté. - Soy Adriana Gregoletto y este es mi acompañante, Ezio Auditore. - el gorila no preguntó nada más porque, al parecer, estábamos en la lista y nos dejó pasar sin dudar así que Ezio y yo entramos en aquella enorme sala llena de gente.

-¿Y ahora qué? - preguntó, mirando a su alrededor con el ceño fruncido. Aquella debía ser una de las primeras veces que Ezio entraba a un lugar así con gente tan... estirada, sí, esa era la palabra. - Ahora a esperar a que nos encuentren, amore, bebe, relajate y disfruta. - y sin más me perdí entre la multitud, perdiéndolo de vista y haciendo precisamente lo que se suponía que tenía que hacer en aquella fiesta: Escuchar conversaciones ajenas, buscar nuevos posibles buenos contactos y socializar... Y lo último, siendo italiana, se me daba excesivamente bien. Y haciendo alarde de italianidad, con una buena copa de champagne en la mano, comencé a entablar conversación con viejas estiradas sobre obras de arte que conocía mejor que ellas por haber sido creadas en mi tierra o, simplemente, porque mi padre era un loco del arte y la música clásica y con él habíamos tenido una educación rica en cultura y cosas útiles en momentos como aquellos... Y así, pasé de hablar con la mujer del jefe de una empresa de telecomunicaciones, a hablar con un par de políticos británicos a hablar con... No sabía a quien exactamente me iban a presentar porque cuando lo vi llegar me quedé realmente sorprendida... Pero allí estaba él. El maldito soldadito... Jack Thomas.

Lo estudié de arriba a abajo, lo devoré con la mirada discretamente y, a su vez, fruncí el ceño al verlo acompañado de una mujer realmente pálida y con unos ojos extremadamente claros... Era guapa, sí, pero había algo que fallaba y no precisamente que estuviera con Jack... O quizá sí, el caso es que me disculpé con aquellos señores y, terminandome la copa por el camino y dejándola en una bandeja con copas vacías que pasaba por mi lado me acerqué a él. - No esperaba encontrarte aquí, soldadito. - comenté, una vez me acerqué a él, dándole dos besos en las mejillas para saludarlo, una costumbre excesivamente mediterránea que aún no había conseguido quitarme. - Y mucho menos tan bien acompañado... Y yo que pensaba que tú no eras de esos... - negué con la cabeza, la chica se estaba alejando cuando yo me había acercado pero, en aquel momento y después de que nuestras miradas se encontraran unos momentos, se marchó de la habitación haciendo que sonriera de lado. - Seguro que no es tan buena como lo soy yo... En todo. - me encogí de hombros y, por el rabillo del ojo observé como Ezio iba a acercarse a nosotros, pero le hice un gesto con la mano y se quedó donde estaba, vigilando todo lo que hacia. - Y... ¿Qué te trae por aquí? Al parecer hay que ser muy importante para estar invitado a este grandisimo evento... O eso he oído. - sonreí de lado, cogiendo otra de las copas e champagne que volaban en las bandejas de los camareros y llevándomela a los labios, sin dejar de mirar a Jack ni un segundo... Aquella noche acababa de dar un giro de 90 grados y de ser puramente una fiesta de trabajo acababa de convertirse en algo mucho más interesante y que, si se parecía al menos un poco a la última vez, prometía... ¡Y mucho!

_________________






Ficha | | Relaciones
*PREMIOS.&.STUFF*:





Adriana P. Gregoletto

Edad : 23
Empleo : Mafiosa
Mensajes : 335
Fecha de inscripción : 20/07/2011

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: Her Portrait In Black [Adriana P. Gregoletto]

Mensaje por Jack Thomas el Jue Feb 02, 2012 9:04 am

Los cuadros pasaban delante de los ojos de Charlotte y de mí, ilustrados más con palabras que con fotografías o pruebas verídicas de su existencia, con una velocidad pasmosa; sus características eran recitadas en voz alta como quien hablaba de las cualidades de un coche, si era a marchas o automático, gasolina o diesel, cuántos caballos tenía y esa clase de cosas, y sólo de vez en cuando mi hermana y yo soltábamos algún comentario al respecto, más por educación y por no interrumpir que porque no supiéramos de lo que hablábamos. A pesar de mi aspecto y de mi personalidad, sabía de arte a un nivel bastante más profundo que la media, y mi queridísima hermana, la humanista frustrada, podía decir como probablemente única cualidad buena que poseía que en su carrera daban arte, así que incluso entre nosotros intercambiábamos algún comentario, que ella solía acompañar con champán (e iba a obviar el comentario sobre su tendencia al abuso del alcohol porque no había lugar), sobre técnicas, estilos y curiosidades de aquellos cuadros, algunos copias como ella entre dientes me confirmó y otros, por el contrario, auténticos y de valor incalculable aunque probablemente quienes terminaran comprándolos no tuvieran demasiada idea si no eran acompañados de expertos, como la mayoría se encontraba al tratarse sus parejas de gente que parecía... en fin, parecían ovejas descarriadas del camino del Señor, ergo bohemios artistas que parecían más de lo que valían. Si cuando yo decía lo que decía de los humanistas era por algo, que pruebas tenía a patadas de que aquello era como yo lo denunciaba...

Y, rápidamente, dejamos de estar hablando con un capitán de la marina mercante británica extremadamente bien posicionado para saludar a compañeros del Parlamento de nuestro abuelo, que mostraron un notable interés en conocernos a ambos más que por nosotros mismos por el enlace con nuestro abuelo, la razón precisamente de que estuviéramos allí. Así, estuvimos asistiendo a un tercer grado que contestamos con la mayor sinceridad posible (en mi caso, porque mi hermana nunca había asimilado el octavo mandamiento... ni el primero, el segundo ni ninguno, en realidad, y les decía la verdad conveniente que querían oír, no la real que en mi caso sí era la que escuchaban) mientras duró, con preguntas ocasionales respecto a las ocupaciones de mi abuelo que contesté como buenamente pude, sobre todo teniendo en cuenta que me había pillado bastante por sorpresa que decidiera que fuéramos Charlotte y yo en vez de él... aunque no debería haberlo hecho tanto, en realidad, si tenía en cuenta su deseo de que fuera yo quien heredara el título condal y esa clase de cosas.

En cualquier caso, nuestros compañeros de conversación cambiaban con la misma velocidad que el champán de las copas de mi hermana iba desapareciendo, mucha, y llegó un punto en el que ni siquiera supe quién era la mujer a la que estaba sonriendo y el hombre con quien intercambiaba opiniones sobre la pintura impresionista y el carácter expresivo que tenían aquellas pinceladas en apariencia tan aleatorias pero que vistas desde el ángulo correcto conseguían el ejemplo que buscaban, mas no por ello dejé de mostrarme cordial, más de lo que solía ser con desconocidos, de hecho, y de mostrarme lo suficientemente abierto como para que, al final, cuando mi hermana empezaba a cansarse visiblemente de aquello (con el consecuente aumento de la mala leche que empezaba a acumular en mi interior por verla incapaz, a la inútil de ella, de mostrarse al nivel que en nuestra posición social se nos requería, especialmente en un lugar como aquel), pareciera que lo aceptaba con condescendencia y empatía, cualidades ambas de las que en realidad carecía... aunque no por completo, sólo en aquella situación y hacia ella en particular de todas las personas del mundo que podían acompañarme en esa fiesta.

Los cambios llegaron hasta tal punto que enseguida nos dijeron aquellos tertulianos que iban a presentarnos a alguien, momento que aprovechó mi hermana para alegar que iba a ir a echar un ojo a las obras de arte (eufemismo para referirse a llenar su copa de champán o directamente ir a por un par más) y sentar una excusa que todos aceptamos para que se fuera a donde quisiera... Y justo en aquel momento, en el que los dos nos quedamos solos y Charlotte se había girado para irse, alguien llamó mi atención, alguien que se plantó delante de mí y que me forzó a hacer gala de mi inexpresividad natural para disimular que, en condiciones normales, habría fruncido el ceño de buena gana al verla, ya que cuando me había acostado con ella (alego enajenación post-tortura y muchos meses sin auténtico sexo, aparte de las violaciones, en Irak) pensaba que nunca volveríamos a coincidir... Aunque aquello sólo demostraba, una vez más, que los caminos del Señor son misteriosos y nunca debería dar nada por supuesto porque, rompiendo todos mis esquemas, allí estaba ella: con un vestido negro que dejaba más a la imaginación que su ropa de la última vez, maquillada de manera más sutil y siendo incapaz de disimular aquella italianidad suya que tanto se reflejaba en su acento y en su comportamiento, porque enseguida se acercó a darme dos besos con una familiaridad que... en fin, probablemente nunca terminaría de comprender del todo.

Obvié su comentario referido a Charlotte y a mí aunque, por dentro, no pude evitar las arcadas que me provocaba la sola idea que acababa de mencionar y dejé que hiciera gala de uno de sus pecados favoritos, la soberbia, al suponer erróneamente un pecado aún mayor que nunca cumpliría ni había cumplido... Sólo pensarlo me revolvía el estómago, así que no llegué a decir nada, sino que sólo mantuve la mirada clavada en ella, concretamente en sus ojos, que con aquel maquillaje (o quizá fuera la luz, a saber, porque pese a mi amplia experiencia con novias seguía siendo incapaz de conocer sus trucos para conseguir aquellas cosas... ni tampoco me interesaba) parecían tremendamente verdes, hasta el momento en el que terminó de hablar y me dejó el turno para que fuera yo quien contestara a sus preguntas.
– Lo mismo que a ti, Paola, puede haberte traído aquí: cosas de familia... Aunque yo tampoco me esperaba verte por aquí. – repliqué, críptico y a la vez más sincero de lo que habría cabido esperar en mí dadas las circunstancias con ella, pese a lo que no solté un y ni en ninguna otra parte que quiso escapárseme pero que reprimí a tiempo de no liarla demasiado.

Una voz interrumpió nuestro contacto visual: la de un magnate de los recursos mineros británicos, especialmente el carbón galés, y que nos informaba de que la puja iba a comenzar, así que en cuanto se fue giré la cabeza de nuevo hacia la italiana y siempre correcto, como buen caballero británico, alargué un brazo, ofreciéndoselo para que se agarrara a él y me acompañara hacia donde estaba teniendo lugar el evento en cuestión. En silencio, la conduje hasta allí, donde nos aposentamos en una fila intermedia de la pequeña sala, no demasiado llena y en la que mi hermana estaba apenas un par de filas por delante de nosotros, acompañada de alguien que, por el tono de piel, no podía ser británico de pura cepa como lo era yo... A saber. En cualquier caso, al ver que la italiana volvía a mirar hacia donde se encontraba la (por desgracia) carne de mi carne negué con la cabeza y medio sonreí, divertido por la situación en la que nos encontrábamos y en la que a no ser que estuviera mirando al acompañante de mi hermana (que todo podía ser, conociéndola como había empezado a hacerlo), cosa que no creía factible dada la expresión extraña de su cara, la miraba a ella... quizá viéndola como, Dios me perdone por el casi ataque de risa, mi pareja.

– No te tenía por una aficionada por el arte, italiana, por mucho que cerca de tres cuartas partes de lo que se vaya a subastar aquí venga precisamente de artistas de tu patria... Todos nos llevamos sorpresas, al parecer. – comenté, con tono aparentemente inofensivo y de confidencia mientras la puja comenzaba y yo estaba mirando no al frente, sino al rostro de la italiana, que también me estaba mirando y lo hizo casi con sorpresa cuando en un momento aparentemente aleatorio, tras unos momentos de pujas y de los dos manteniéndonos la mirada como en una especie de competición, levanté la mano primero y me giré después, pujando efectivamente y ganándome la sorpresa de todos los que había a mi alrededor, sin incluir a mi hermana porque probablemente se imaginara que iba a hacer algo así (o quizá era que estaba demasiado ocupada con su acompañante, que tenía pintas de ser muy mediterráneo ahora que me fijaba...), y sin que nadie me sobrepujara, ganando aquel bodegón de Caravaggio que era original y tremendamente valioso precisamente por ese detalle, además de por el hecho de que era una obra muy desconocida del autor, que a mi abuelo le encantaba... Por algo la había conseguido para él y no para nadie más.

– Adjudicado al señor Thomas, en nombre del señor Cromwell. – anunciaron, a lo que yo asentí y me dispuse a contemplar la siguiente puja con una italiana al lado que, de no ser porque disimulaba más o menos bien, probablemente la sorpresa le habría hecho llevar la mandíbula hasta el suelo y hacer un agujero aproximadamente del tamaño de Escocia.
– No pensarías que iba a quedarme de brazos cruzados en una subasta de arte y calentar la silla en vez de hacer algo de utilidad, ¿no? Algo de Caravaggio será un buen regalo para el señor Cromwell. – comenté, utilizando a propósito el apellido tan común en Inglaterra de mi abuelo y en tono que de nuevo parecía más sacado de una confidencia que de una conversación normal, aunque partiendo de la base de que nuestra relación, fuera la que fuera (después de considerarme su aliado pero haber cedido y haberme acostado con ella a ver quién era el guapo que sin ayuda divina se ponía a descubrir la incógnita de lo que éramos...), no podía encajarse dentro del grupo destinado a la normalidad tampoco era demasiado extraño nada de lo que hiciéramos, aquello incluido.
– Por cierto... No te recomiendo pujar por ningún cuadro que no sea italiano, porque la mayoría son copias y los únicos que se libran son tus compatriotas. Supongo que ya lo sabrías dado que eres tan consciente de que esto es una tapadera para algo más como lo soy yo, pero como consejo nunca está de más... – añadí, con inocencia en la voz y aire de haber soltado la sugerencia como un pensamiento cualquiera en su oreja en vez de cómo algo de lo que tenía certeza, tanta como que ella era mafiosa... y probablemente tuviera algo que ver.

_________________






ALL in the name of GOD

I still know how to smile:
Oh? Well, I guess it's ok...:
I should've been born 400 years ago:
Now you know my secret, Paola:

Premios:


Jack Thomas

Empleo : Militar
Mensajes : 261
Fecha de inscripción : 01/08/2011

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: Her Portrait In Black [Adriana P. Gregoletto]

Mensaje por Adriana P. Gregoletto el Sáb Feb 04, 2012 8:05 am

Normalmente no habría tomado ni una copa de champagne en una fiesta como aquella y, en aquel momento, ya llevaba dos y tenía pinta de que el número aumentaría considerablemente conforme avanzara la velada pero no podía evitarlo, además, por suerte, tenía bastante resistencia al alcohol, cosas de ser italiana y beber como la que más desde siempre... Había algo con lo que había crecido, algo que tenía asimilado y que no podía negar ni cuestionar, la familia iba siempre por encima de todo, y cosas como aquella fiesta eran cuestiones familiares de las cuales tenía que encargarme con una profesionalidad que, muchas veces, incluso yo misma dudaba que pudiera llegar a tener porque a las pruebas me remitía pero, al menos, lo hacía lo mejor que podía y siempre salía bien todo... Pero no había contado con que aquel maldito soldado de ojos azules acudiera allí. Él era una distracción, lo tenía clarisimo y aún así no había podido evitar acercarme a él, hablarle y, en cierto modo, flirtear con él. Los objetivos de la familia en aquella fiesta estaban claros y podían esperar, él no. Sus ojos seguían fijos en los míos, que se desviaron una vez más a su cuerpo, a estudiarlo, a recordarlo con el uniforme militar y a compararlo con aquel traje que llevaba, haciendo que volviera a subir la mirada y me mordiera el labio casi imperceptiblemente. ¿Qué él tampoco esperaba verme allí? ¿Y quién, que me conociera lo más mínimo, sí? Era sabido por todos que odiaba aquel tipo de actos, subastas de obras de arte, cócteles formales de magnates importantes de empresas multimillonarias... Aquellos sitios no eran para mí por mucho que, en cierto modo, me hubiera criado en un ambiente parecido... Yo no era así, yo no era como ellos y pensaba escaparme de allí en cuanto el trabajo estuviera hecho aunque, ¿por qué no una escapadita rápida con Jack? No me dio tiempo siquiera a proponerselo porque enseguida apareció un señor mayor trajeado y anunció que la subasta iba a comenzar, recordándome lo que tenía que hacer, que cuanto antes acabara antes podría fugarme con Jack... o con quien fuera aunque en aquel momento el que alargó el brazo para que lo cogiera y lo siguiera fue él... Y sin duda era mi primera y mejor opción.

Lo seguí en silencio, mientras me guiaba por aquel lugar, sentándonos juntos en la sala donde iba a tener lugar la subasta más o menos a la mitad y apenas me hizo falta echar un vistazo para ver que Ezio estaba algo delante de nosotros, con la chica con la que había aparecido Jack. Fruncí el ceño sin tener ni idea de por qué aquella estúpida dejaba de lado a Jack para irse con Ezio. Vale, que Ezio tenía ese toque tan mediterráneo y cálido del que Jack carecía pero era un crío comparado con Jack por mucho que hubiera crecido o por muy bueno que estuviera o... lo que fuera, simplemente, no lo entendía. Jack llamó mi atención de nuevo, comentando algo sobre que no pensaba que fuera una aficionada al arte, haciéndome mirarlo con una ceja alzada, con la incredulidad reflejada en mi rostro y es que, como bien había dicho él, la mayoría de piezas de la subasta pertenecían a artistas de mi país, a grandes italianos que habían realizado obras de arte y, precisamente por ello entre otras mil cosas, era una gran aficionada al arte... Aunque mi padre también tenía mucho que ver en ello. Jack me miraba y yo a él, no estaba prestando atención a la subasta porque sabía que en escuchar el nombre de aquel cuadro, que era la señal, Ezio y yo teníamos que salir de allí pitando y aún faltaba bastante pero, entonces, antes de que pudiera defenderme ante lo que Jack había dicho, como insultándome al decir que parecía una inculta o algo así, él levantó la mano, pujando por un cuadro, sorprendiéndome porque, al parecer, había encontrado a uno de los pocos hombres que podían hacer más de dos cosas a la vez como, en este caso, mirarme, pensar en lo buena que estaba o en lo mucho que le apetecía repetir lo de la otra noche (eso lo supuse yo, obviamente, porque era precisamente lo que yo estaba pensando) y, además, prestar atención a la subasta y pujar por un cuadro... Además, un bodegón de un compatriota mío, mi querido Caravaggio. No sobrepujaron y enseguida le adjudicaron el cuadro en nombre de... ¿Cromwell? Aquel apellido me resultaba tremendamente familiar y no conseguía recordar por qué por lo que me limité a apartar la mirada de la puja para volver a centrarla en Jack quien explicó que no había ido allí para nada y que pensaba hacer algo de utilidad como aquello, que sería un buen regalo para el señor Cromwell... Y de nuevo aquel apellido... Podía ser muy típico en Inglaterra, como Benedetto o Di Marco lo eran en Italia así que no le di mayor importancia.

Jack volvió a hablar, esta vez, susurrándome al oído sus palabras y haciéndome sonreír de lado y, al momento siguiente, mirándolo con inocencia. ¿En serio pensaba que yo tenía algo que ver? Culpable, me había pillado. Pero no pensaba confirmar aquello, simplemente, acerqué mis labios a su oreja, acariciándola con ellos. - No tenía ni idea, Jacky... Eres todo un caballero avisándome. - sonreí y mordí discretamente el lóbulo de su oreja y antes de poder hacer o decir algo más mi móvil comenzó a sonar y, por una vez, no eran los Misfits gritando sino una pieza de violín que yo misma había compuesto. Enseguida le quité el sonido y leí rápidamente el mensaje en italiano, frunciendo el ceño y respondiendo enseguida. Nicola Mancini estaba en la subasta. Aquello complicaba las cosas, los Mancini eran una de las familias más importantes de Italia y de los primeros que tras saber de mi estancia en Londres habían decidido expandir sus horizontes y, por ello, hacernos la competencia por toda Gran Bretaña. Nicola era el hijo mayor, tendría un par de años más que yo pero no era más que un cachorro mimado, los Mancini no sabían cuidar a sus hijos ni educarlos para ser soldados desde pequeños por eso estaban tan acomodados y cometían tantos fallos... Pero no podíamos permitirnos una intrusión así... Pero yo no podía marcharme de allí, Ezio tendría que encargarse. - ¿Me disculpas un momento? - dije antes de levantarme y acercarme a mi queridísimo amigo y, sobre todo, guarda espaldas que hacía de pena su trabajo siempre que había mujeres cerca. - Nicola Mancini está aquí. ¿Te ocupas tú de él o entretienes tú a los viejos un rato? - susurré a su oído, en italiano, mientras miraba y estudiaba a aquella chica. - Mancini es todo tuyo, he oído que tenéis algo pendiente... - Ezio sonrió de lado y se encogió de hombros antes de volver a lo suyo y comentarle algo a la chica sobre el cuadro que estaba a punto de ser subastado, una copia barata de un cuadro de Jan Van Eyck. - Auditore, Vanitas... Espero que tu cerebro de mosquito te de al menos para recordar por el cuadro que tienes que pujar... - me despedí de la chica con una mirad y a él le di una palmada en el hombro mientras soltaba un “por supuesto, signorina” antes de que volviera junto a Jack, aunque ni siquiera me senté a su lado, tenía cosas importantes que hacer. - Me temo que he de abandonarte de nuevo, soldadito... Tengo un asunto que atender. - me encogí de hombros y eché una fugaz mirada a Ezio y a la acompañante de Jack. - Y más te vale echarle un vistazo a tu cita... Parece que quiera dejarte plantado por la mía...

Y sin más abandoné la sala, yendo directa a una especie de terraza en la que encontré a Nicola fumando, mirando un enorme jardín mientras se pasaba una mano por el pelo. No me vio llegar y en cuanto estuve lo suficientemente cerca le quité el cigarro de los labios y lo apagué antes de tirar la colilla por ahí. Él me miró, entre sorprendido y satisfecho y enseguida se acercó a mí, cogiéndome la cara y casi obligándome a besarle. Podía haberme apartado pero le concedí el capricho de probar una última vez algo que jamás tendría: a la mujer perfecta, y enseguida me separé de él. - ¿Qué estás haciendo aquí, Nico? Creía que tú y tu familia no sabíais lo que era la buena educación ni el saber estar... - sonreí con inocencia esperando su respuesta... Que no tardó demasiado en llegar en forma de bofetada, que resonó y me cruzó la cara, haciéndome reír. - ¿En serio? Pegas como mi abuela... Y resulta que está muerta así que hazte a la idea... Ah, y besas igual de mal que siempre, me alegra haberte dado calabazas en su día, no sirves ni para un calentón, amore... - y ahí lo enfadé más, logrando que me cogiera por el cuello y me pusiera contra la pared, apretando y apretando mientras yo me reía de escuchar sus estúpidos intentos de parecer digno mediante palabras cuando sus acciones decían, más bien, todo lo contrario. Que si era una puta, que si no sabía lo que era el honor o la familia, que no merecía encabezar mi familia de la manera que lo hacia... Lo de siempre, todas aquellas gilipolleces que, al igual que él, el resto de su familia y de las demás familias pensaban porque no podían concebir que una mujer fuera un soldado activo de la mafia, eran demasiado conservadores y anticuados y, precisamente por ello, nosotros eramos mejores... Aunque en seguida volvió al tema de aquel intento de compromiso que había habido entre nuestras familias y como yo, después de tirármelo, había hecho que mi padre lo rompiera ganándose la enemistad de los Mancini... Pero es que una tenía gusto y un gran orgullo y no iba a condenarme a pasar la vida con ese cuando estaba claro que yo merecía algo mejor, MUCHO mejor y mi padre estaba de acuerdo. Nicola era muy irascible y seguía apretando mi cuello con fuerza, le di una patada en la entrepierna con todas mis fuerzas e hice que se doblara por la mitad del dolor, dándole una patada y tirándolo al suelo antes de ponerle una rodilla en la espalda y sacar la pistola que siempre llevaba encima, apuntándole a la sien. - Ahora, ¿Te vas a largar de una vez y vas a dejar que los profesionales hagamos nuestro trabajo o voy a tener que meterte una bala en la sesera? - sus insultos entre dientes en italiano me hicieron poner los ojos en blanco y le di un golpe en la cabeza contra el suelo, y luego otro y luego otro, haciéndole sangre. - Bueno, ¿Qué? ¿Me vas a hacer caso? - Mancini estaba demasiado atontado como para responder y lo levanté como pude, ayudándolo a caminar hasta echarlo de la casa, donde Enzo, Marco y Giovanni se encargarían de él... Una vez libre del problema de Mancini volví a aquella especie de terraza, me guardé la pistola en su sitio y me quedé un rato más, empanada y relajándome, notaba como me hervía la sangre en las venas y el pulso me iba a mil por hora, tenía que relajarme, no podía permitir que aquello volviera a pasar y mucho menos delante de tanta gente, con tantos testigos... Era demasiado peligroso y lo mejor que podía hacer era aquello, respirar un poco de aire fresco, calmarme con el frío de la noche y, después, volver a entrar como si nada hubiera pasado... Sí, ese era un buen plan... Un plan excelente... ¡Obvio! ¡Era mi plan!

_________________






Ficha | | Relaciones
*PREMIOS.&.STUFF*:





Adriana P. Gregoletto

Edad : 23
Empleo : Mafiosa
Mensajes : 335
Fecha de inscripción : 20/07/2011

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: Her Portrait In Black [Adriana P. Gregoletto]

Mensaje por Jack Thomas el Sáb Feb 04, 2012 10:06 am

No ponía en duda del todo que le gustara el arte. Habiendo nacido en una patria cuya mayor virtud era precisamente la de haber sido la cuna de artistas de tanto renombre como los renacentistas (Miguel Ángel, sin ir más lejos, aunque en cuanto a cuestiones de representación religiosa no estuviéramos totalmente de acuerdo, al fresco de “El Juicio Final” de la Capilla Sextina como desafío directo a lo católico me remito) y siendo, además, alguien inteligente como me había demostrado alguna vez que lo era pese a que las pasiones nublaran su juicio en más de una ocasión, algo así era inevitable, pero sabía que aquella no era la única razón por la que Adriana Paola Gregoletto se encontraba en una subasta como aquella, y saber que más de un cuadro era falso, pura apariencia, me lo confirmaba. Dado que probablemente ella no me dijera nada porque aún no confiaba demasiado en mí (no la culpaba, de todas maneras, siendo algo mutuo como lo era y pese a que la considerara algo así como una aliada) tenía que guiarme por lo que el sentido común que Dios me había dado me decía: cosas de mafiosos. Aquello era, en realidad, una tapadera para algo más, algo que probablemente no me haría más feliz conocer, así que no pensaba inmiscuirme dado que yo estaba allí no para hacer negocios o para trapichear de manera dudosamente legal o directamente ilegal, sino para representar a mi abuelo y conseguir algún cuadro con el que decorar su mansión ya que, palabras literales, un cuadro nuevo para el comedor no estaría nada mal.

Siguiendo exactamente el patrón de actuación que yo había previsto, me llamó caballero al avisarla, con una cercanía que le permitió morderme el lóbulo de tal manera que nadie se dio cuenta, antes de que su móvil sonara con una música clásica que bien parecía sacada del mío o de alguna composición que tuviera por casa, y que fue el preludio de que se fuera hacia donde su cita (o guardaespaldas, conociéndola, aunque más bien la niñera era ella en vez de al revés...) estaba con a quien la sociedad me llamaba a llamar hermana pese a que fuera una ofensa para la familia por todos sus innumerables pecados y le avisara antes de, efectivamente, irse, no sin volver a mencionar el peor pecado que podía ocurrírsele y que nunca, jamás, en la vida (lo juraría por Dios de no saber que pronunciar su nombre en vano era faltar a un mandamiento) cometería... Nunca caería tan bajo. La subasta siguió, conmigo observando las falsificaciones que las personas que no tenían criterio compraban como si fueran las obras maestras y el acompañante indudablemente mediterráneo de mi hermana susurrándole cosas hasta que llegó un momento en el que comenzó la subasta de un cuadro de la serie Vanitas, y por el que la cita de Paola incluso pujó, llamando inmediatamente mi atención.

Dejé de estar cómodamente sentado en la silla para enderezar la espalda y prestar atención a lo que estaba teniendo lugar: una especie de duelo entre numerosos asistentes a la subasta y la cita de Paola, algo que sólo por dedicarse ella a lo que se dedicaba olía a mafias a varios kilómetros, al menos si estabas prestando la suficiente atención, tal y como era mi caso. La subasta finalizó con aquella obra, que fue adjudicada al italiano que estaba con Charlotte, y lo siguiente que vino fue un discurso de los organizadores agradeciéndonos nuestra participación y la atención de todos aquellos que habíamos adquirido algún cuadro. Nos pusimos en pie al tiempo que los demás iban abandonando la sala, y un gesto con la cabeza hacia Charlotte impidió que se alejara de allí, forzándola a acudir a donde confirmamos los datos de la mansión de mi abuelo para el envío de la obra. A nuestro alrededor, el resto de compradores hacían lo propio y por el rabillo del ojo comprobé que los que habían participado en la puja del cuadro acerca de la vanidad, tan sumamente barroco, se iban alejando de manera que sólo mi experiencia vigilando movimientos de sucios infieles en su territorio podía permitirme apreciar en su total significado y magnitud, confirmando la impresión de que allí iba a tener lugar algo de la mafia en lo que no me iba a inmiscuir... No estaba por la labor.

Me acerqué a Charlotte y no necesité ni ofrecerle el brazo para que ella me mirara y asintiera, alejándonos ambos de allí e intercambiando comentarios sobre el cuadro (”al abuelo siempre le ha encantado Caravaggio, es una muy buena elección”, ”ya sabes lo importante que es para él el arte, acertar es imprescindible...”...) a medida que seguíamos la corriente que se alejaba de la sala no en dirección a la salida, que a diferencia de antes permanecía cerrada, algo que sólo notabas si, como yo, siempre buscabas toda posible salida de cualquier lugar y anotabas su situación mentalmente, manías de soldado que me habían salvado la vida en más de una ocasión, sino en dirección a uno de los salones interiores, decorado al estilo rococó... y con una sorpresa que hasta entonces no habíamos imaginado, probablemente, ninguno de los presentes: un cambio de escenario. Charlotte cogió una copa de champán mientras yo contemplaba la enorme superficie cubierta de parquet y libre de sillas, con una pequeña orquesta en el centro que enseguida me hizo sonreír y con la gente a nuestro alrededor en pequeños grupos, contemplando quizá los techos pintados con frescos originales, las paredes decoradas con escayola y mármol, quizá auténtico, o las puertas blancas con pintura dorada que separaban las diversas habitaciones de aquella enorme mansión.

Un nuevo discurso de los anfitriones, agradeciendo nuestra presencia allí y recomendándonos disfrutar de la fiesta tras el intenso intercambio cultural de hacía unos momentos, fue lo que vino antes de que las primeras notas de un vals de Strauss adaptado a la cantidad de músicos presente en la sala se sobrepusiera al ruido de las conversaciones, que no pudieron evitar verse subyugadas por la belleza de la música, que aumentó mi sonrisa aún más, por raro que pudiera parecerlo.
– Vamos, anda. – me dijo Charlotte, logrando que frunciera el ceño un momento, extrañado porque no me esperaba la proposición de bailar precisamente de mi hermana pequeña, con la que cuanto menos contacto tuviera (a no ser que fuera para destaparla frente a mi familia) mejor. No obstante acepté, asintiendo y cogiéndola de la mano para conducirla a la pista ante la incrédula mirada de todos los que nos rodeaban porque nadie se había atrevido a dar el primer paso hasta aquel momento.

Con cierta soltura, propia de las muchas veces que habíamos hecho aquello mismo, ella llevó una de sus manos a mi hombro y la otra la enlazó con la mía, cuya compañera se dirigió enseguida a la parte baja de su espalda para acercarla a mí, aunque manteniendo la distancia respetable que probablemente quitaría de la cabeza a cualquiera todo pensamiento que se saliera de lo que era verdaderamente nuestro gesto: un baile entre hermanos. Los músicos, enardecidos por el gesto que habíamos tenido Charlotte y yo, comenzaron con el vals del emperador y los dos necesitamos apenas una mirada, resquicio de la complicidad que habíamos llegado a tener antes de que ella se corrompiera y yo viera la luz tras meses atrapado en la más absoluta oscuridad, para comenzar a bailar aquel vals en perfecta armonía, coordinando los movimientos del otro con una frialdad y eficacia envidiable porque apenas nos mirábamos... O, cuando lo hacíamos, era manteniendo las distancias tras el gélido muro que habíamos construido entre nosotros como trinchera para evitar, por mi parte, que me salpicara con sus perversiones.

La música enseguida nos llevó en aquel baile que, probablemente, era lo único que hacía aceptable la falta de distancia entre nosotros y enseguida la gente que había estado fuera volvió a entrar en la sala al tiempo que mi hermana y yo estábamos en pleno vals, ajenos a los murmullos que se escuchaban entre nosotros y que sólo se detuvieron cuando alguna pareja más (además parejas de verdad, no familiares) se animó a acompañarnos hasta que la música terminó y, con ella, el contacto físico entre nosotros, con una inclinación de cabeza de agradecimiento por mi parte hacia ella por haber tenido un detalle que, no obstante, no bastaría para eliminar años de ofensas constantes al Creador... ya que era demasiado pecadora para que la redención le llegara tan fácilmente y como venida del cielo.

Un cambio en la pieza que tocaban los músicos hizo acudir a más gente; la alegría que pronto poseyó sus instrumentos pareció animar a los presentes para que llenaran el espacio, y mi hermana se encogió de hombros, como diciéndome que no tenía nada mejor que hacer, antes de volver a la posición de baile y emprender aquella nueva danza que nos incluyó a todos y que en un momento dado hizo que cambiáramos de pareja, encontrándose ella con el chico de antes y yo... yo tuve a Adriana Paola Gregoletto entre mis brazos, dándome cuenta de que encajaba en ellos de una manera sorprendentemente adecuada, como si hubiera sido diseñada para ello... o lo que fuera. Obvié esa clase de pensamientos de mi mente y medio sonreí, reforzando el contacto que hacía en la parte baja de su espalda para acercarla como no había acercado a Charlotte en su momento y observándola con cierta diversión porque aún su mirada se desviaba a donde estaba la susodicha carne de mi carne, aunque como toda copia había resultado imperfecta y, encima, pecadora, una combinación pésima si se me preguntaba a mí.
– Por cierto, italiana, espero no saber nunca si ella es mejor o peor que tú... en todo, como tú dices. Tampoco desearía tener que vigilar lo que hace ya que hace años que dejé de hacerlo. – comenté, como quien habla del tiempo, y como ella pareció no entenderlo me acerqué algo más a ella, con la sonrisa algo aumentada.
– Mi cita, como la llamas tú, es mi hermana pequeña, Charlotte. – concluí, aprovechando aquel momento para darle una vuelta a mi nueva pareja como requería el baile y para que asimilara la información.

Una vez volvió a quedar frente a mí, fue cuestión de unos segundos que la acercara a mi cuerpo de nuevo y que continuáramos bailando, dando vueltas por la habitación pero más pendientes de lo que teníamos literalmente entre manos que de la música, que por conocerla en mi caso ya la tenía interiorizada y que no necesitaba para guiarla.
– ¿Ya no tienes asuntos de los que ocuparte, Paola? ¿Ya vas a volver a honrarme con tu presencia y quizá darme una pista acerca de por qué os habéis ido todos los que estabais relacionados con el cuadro de la serie Vanitas a la vez o me vas a hacer imaginarlo todo? – inquirí, acercándome a ella lo suficiente para que mi comentario quedara como una confidencia entre ambos que sólo ella escuchó pero, al mismo tiempo, manteniendo las distancias suficientes para que las apariencias siguieran intactas.

_________________






ALL in the name of GOD

I still know how to smile:
Oh? Well, I guess it's ok...:
I should've been born 400 years ago:
Now you know my secret, Paola:

Premios:


Jack Thomas

Empleo : Militar
Mensajes : 261
Fecha de inscripción : 01/08/2011

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: Her Portrait In Black [Adriana P. Gregoletto]

Mensaje por Adriana P. Gregoletto el Dom Feb 05, 2012 8:06 am

No era la primera vez que sentía aquello, una rabia extraña, casi sobrenatural, dentro de mí. Quería destrozar cosas, todo lo que había a mi alrededor... Necesitaba matar. Respiré hondo varias veces, intentando relajarme y congelando mis pulmones con el frío aire de la noche. Hacía ya bastante tiempo, no recordaba exactamente cuanto, desde que aquello me había pasado por primera vez, desde que había despertado manchada de sangre, rodeada de personas desmembradas, de miembros amputados, incluso tenía sangre en la boca... No sabía por qué pasaba aquello, no sabía lo que hacía y no podía controlarlo... Pero cada vez que me cabreaba, que sentía aquella rabia... Sabía que podía pasar en cualquier momento y trataba de evitarlo como podía... Si había algo que odiaba sobre todas las cosas era no tener el control de la situación, no ser dueña de mis actos, no poder tomar mis propias decisiones... Y cuando aquello pasaba era exactamente así... La sangre bullía en mi interior y volví a respirar hondo, me puse los auriculares y puse toda la música clásica que tenía en el móvil para ayudarme a calmarme, aunque me puso aún más nerviosa. Negué con la cabeza, si aquello pasaba allí en medio... No, no podía pasar. Volví sobre mis pasos hacia la puerta de la entrada, donde Giovanni me esperaba con un par de enormes maletines, los cogí y volví a entrar, yéndome directamente a una habitación algo más apartada. Había escuchado cuando pasaba por allí como anunciaban el cuadro de la serie Vanitas que había elegido como señal así que aquella reunión estaba a punto de comenzar. Puse ambos maletines sobre una mesa enorme y me limité a esperar junto a una ventana a que los asistentes a aquella reunión algo más privada comenzaran a llegar... Para cuando el último de ellos entró yo ya estaba totalmente relajada y calmada y no había señal en mí de aquella rabia que había sentido hacia unos segundos... Ezio cerró la puerta y se quedó delante de ella cuando todos los asistentes a la reunión estuvieron allí: un par de señores mayores dueños de un par de empresas bastante importantes en el país, dos que bien podrían tener la edad de mi padre que estaban metidos en política o en la banca y un quinto de unos veinticinco años de edad del que no sabía mucho más, salvo que estaba ahí por cosa de su padre.

- Buona notte, signori... ¿Estamos todos? - Ezio asintió y entonces me acerqué a ambos maletines, abriéndolos y mostrando varios modelos de pistolas de diferentes calibres, rifles, Aks, todas automáticas y semiautomáticas, con silenciador, con mirilla con un montón de cosas diferentes y, en un rincón del maletín había varias bolsitas una con hachís, otra con marihuana, cocaína, heroína y éxtasis. - Supongo que ya están al corriente del propósito de esta reunión. Este es el material del que disponemos actualmente, estas armas son las de prueba, no están cargadas pero pueden cogerlas y observar la calidad... Con cada arma, una caja de balas gratis, el resto hay que pagarlo y en cuanto a la droga, pueden probarla, aunque no vendemos pequeñas cantidades, solo kilos... No obstante, quizá podamos hacer alguna excepción esta vez... - comenté, entrecerrando los ojos mientras miraba al más joven, retándolo a hablar ya que parecía que se estaba mordiendo la lengua desde que había entrado allí pero, como no dijo nada, me limité a desmontar las armas rápidamente delante de los ojos atónitos de los cinco antes de volver a montarlas con maestría. Esperando que alguno hablara. Al final, en cuanto lo hizo uno, lo hicieron todos y en seguida comenzaron a armar los cinco un escándalo en mitad del cual miré a Ezio y negué con la cabeza. - Señores, calma, calma... – sonreí de lado y uno a uno me pidieron lo que querían, mirándose entre ellos con recelo, como si no se fiaran los unos de los otros y yo sonreí, dándole a cada uno el precio de lo que me pedía y aproximadamente los días que tardaría en llegar “su pedido”. - Perfecto, aquí tienen el número de contacto al que tienen que llamar con cualquier duda. Contactaremos con ustedes para concretar fecha, hora y lugar de la entrega, ahora... ¿Volvemos a la fiesta? – Todos asintieron aunque, antes de dejarnos salir, ofrecieron una copa de champagne a la que Ezio se apuntó y, tras aquellos tratos tan fructíferos, salimos de nuevo a la fiesta en cuanto Ezio se deshizo de los dos maletines, siendo guiados hasta una sala nueva en la cual había una banda de música y estaba teniendo lugar un baile...

Echaba de menos aquel tipo de bailes, no la fiesta en sí en la que tenía que fingir y aparentar demasiado, sino esos bailes... Mi padre y mi hermano eran los mejores bailarines con los que había tenido la oportunidad de bailar algún vals nunca y cuando llegamos a aquella sala me faltó apenas echar un vistazo para encontrar a mi queridísimo soldadito bailando con la morena de ojos claros. Alcé una ceja, estudiándolos durante unos segundos, el porte de él, como estaban cogidos y su complicidad al bailar. Desde fuera, parecían los que más estilo y técnica tenían de toda la pista y yo quería ver cómo era, bailar con él y comprobar si realmente era tan bueno como parecía. Aquella pieza acabó y en cuanto comenzó la siguiente, cogí la mano de Ezio, sonriendo y lo llevé a la pista de baile, cogiendo su mano y apoyando la otra en su hombro mientras él me pegaba bastante a su cuerpo y comenzábamos a bailar, sabiendo a la perfección que, si queríamos, en aquel vals podríamos aprovechar uno de los cambios de ritmo para cambiar de pareja y Ezio y yo, con una complicidad recién adquirida nos pusimos de acuerdo para, en un momento dado, cambiar de pareja y “casualmente” acabar él bailando con la cita de Jack y yo entre sus brazos. Aquellos brazos enormes, fuertes y seguros que me rodeaban y me envolvían dándome una extraña sensación de comodidad que ignoré rápidamente al centrarme más en el baile en sí, en mis movimientos, en cómo bailábamos los dos juntos, en cómo me había pegado a él... Mucho más que lo había hecho con la morena. Aquel pensamiento me hizo sonreír y desviar la mirada durante unos segundos hacia ella y Ezio que parecían estar pasándoselo de lujo juntos bailando... Aunque no tanto como yo porque, sinceramente, Jack bailaba de maravilla, era comparable a mi hermano Pietro y casi podría incluso decir que su forma de bailar me recordaba a la de mi padre pero con un toque distinto, mejor... Por suerte para mí y para el hilo que estaban tomando mis pensamientos, Jack me sacó de ellos haciéndome alzar una ceja por su comentario, que realmente no entendí, hasta que se acercó más a mí y me explicó que su cita era su hermana pequeña, Charlotte. Aquello sí que no me lo esperaba y no pude ocultar mi sorpresa cuando me lo dijo, aunque conseguí hacerlo algo más cuando hizo que diera una vuelta antes de volver a sus brazos.

Así que aquella era la famosa hermana pequeña que se había alejado del camino correcto y a la que parecía no aguantar... Pues ocultaba a la perfección que no podía ni verla, la verdad. Continuamos bailando en silencio, en mi caso, siguiéndole, disfrutando de la música y de tener un compañero de baile que realmente mereciera la pena como Jack, que supiera guiarme tan bien, que incluso me sorprendiera con vueltas y que me dejó realmente sorprendida con su manera de bailar... Y de nuevo Jack me sorprendió aunque, esta vez, con sus palabras, preguntándome si ya no tenía asuntos que atender y pensaba honrarlo con mi presencia, antes de preguntar también por los asuntos que nos traíamos entre manos los relacionados con el cuadro de la serie Vanitas... Aquel chico era muy observador y lo pillaba todo al vuelo, sería interesante tenerlo de nuestro lado, que nos ayudara a veces... Sí, un aliado. Solo yo escuché sus palabras y yo misma fui la que se acercó algo más a él, sin tener en cuenta las apariencias, olvidándome de dónde estaba y con quién, sonriendo de lado. - ¿Por qué no lo imaginas todo? Seguro que es mucho más divertido, ¿no crees? – le susurré al oído, alejándome un poco más de él antes de seguir bailando, en silencio, aprovechando para mirarle divertida aunque, poco antes de que la canción terminara, volví a acercarme a él. - Si realmente te interesa y quieres saberlo ven conmigo... - Y entonces, la música paró, Jack y yo nos saludamos al terminar el baile y le guiñé un ojo. Los músicos siguieron tocando y la gente bailando pero yo salí de allí, yéndome directa a la pequeña terraza en la que había estado antes, escondiéndome junto a la puerta mientras esperaba a Jack, con la esperanza de que la curiosidad fuera la suficiente como para abandonar la fiesta y seguirme... Y lo fue.

Jack salió con el ceño fruncido, buscándome con la mirada antes de que yo estirara de él y lo pusiera contra la pared, comiéndole la boca con ganas, jugueteando con su lengua y mordiéndosela, al igual que los labios antes de separarme de él y mirarlo divertida. - Llevaba con ganas de hacer esto desde que te he visto... - me mordí el labio inferior y me aparté un poco, mirándolo de arriba a abajo una vez más... Joder, es que estaba buenísimo. - Y ahora... ¿Vas a ponerte en plan vecina cotilla? No te pega, soldadito... - sonreí de lado y me encogí de hombros. - La verdad, prefiero saber qué te has imaginado por el camino antes que contarte lo que realmente ha pasado pero probablemente ya lo hayas adivinado tú solito así que... ¿Para qué ocultar que he vendido armas y drogas a un par de ricachones que querían demostrar su poder al resto? No es nada del otro mundo en mi vida... - un mechón de pelo rebelde se puso en mitad de mi cara y soplé, intentando apartarlo, aunque al final tuve que ponerlo detrás de la oreja antes de mirar a nuestro alrededor y sonreír, fuera, se extendía un jardín que parecía bastante grande, perfecto para poder perderse y estar tranquilos... Justo lo que necesitábamos en aquel momento. Volví a mirar a Jack con una idea en la cabeza y un brillo en los ojos, mezcla de picardía y de diversión. - ¿Damos un paseo?

_________________






Ficha | | Relaciones
*PREMIOS.&.STUFF*:





Adriana P. Gregoletto

Edad : 23
Empleo : Mafiosa
Mensajes : 335
Fecha de inscripción : 20/07/2011

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: Her Portrait In Black [Adriana P. Gregoletto]

Mensaje por Jack Thomas el Lun Feb 06, 2012 1:37 am

No sabía ni por lo más remoto lo que éramos Adriana Paola Gregoletto y yo. Visto desde una perspectiva estrictamente fría y racional, y partiendo de la base de que alguien me conociera como sólo Dios o yo mismo lo hacíamos (algo imposible porque era poner en duda mi individualidad y Su divinidad), yo no era alguien demasiado dado a socializar, y mucho menos con gente del ámbito mediterráneo que, encima, tenían las características propias de su zona grabadas a fuego en su interior. Simplemente, con esa clase de gente yo no solía llevarme bien porque éramos demasiado opuestos: yo era tremendamente británico (y estaba tremendamente orgulloso de ello, para qué engañarnos) y ellos tremendamente mediterráneos; yo era muy frío, y ellos eran puro ardor; yo era racional en lo que tocaba serlo y ellos más bien preferían actuar antes de pensar, y así con todo en lo que nos diferenciábamos, siempre de manera radical... Aunque había ciertos puntos en los que yo estaba de acuerdo con ellos, como podía serlo el valor que le daban a la lealtad y a la amistad o, sin ir más lejos, mi religión, que en vez de ser anglicana como era la oficial en el Reino Unido era católica, como más bien correspondía a los países en los que había nacido el fervor contrarreformista. De todas maneras, el balance final resultaba demasiado distinto, demasiado alejado de un punto común en el que pudiéramos movernos con comodidad, y pese a que por mi trabajo hubiera tenido que estar con militares italianos, entre otros, que me habían enseñado bastante de su idioma y que yo complementaba con lecturas y con escuchar ópera, si tenía que elegir prefería centrarme en gente más similar a mí...

Y, sin embargo, allí estaba, aunque en mi defensa tenía que decir que realmente no había tenido elección porque la primera vez que nos habíamos conocido ella se había lanzado sobre mí para, después, acabar acostándonos en una fábrica abandonada después de una purga de un infiel que verdaderamente se lo merecía... bueno, exactamente igual que todos ellos. Quizá había sido Dios quien había querido que el encuentro se produjera y quien lo había propiciado, o quizá había sucedido porque a Dios no le había parecido adecuado que sucediera de otra manera, no lo sé; en cualquier caso, la cuestión era que había sucedido y que pese a que hubiera pensado que nunca íbamos a volver a acostarnos (ni, por la misma regla de tres, a encontrarnos siquiera), allí estábamos: ella entre mis brazos, bailando conmigo un vals que acompañaba unos movimientos que sólo ponía en práctica con gente mucho más fría, la que solía rodearme cuando me encontraba en aquella clase de situaciones, algo que tampoco ocurría demasiado a menudo... por suerte para mi salud mental, porque yo no encajaba del todo allí y se me terminaba notando pese a lo bien que se me diera el camuflaje, mucho por mi trabajo y lo que lo necesitaba.

¿Cómo se suponía que tenía que comportarme con ella? Esa era la pregunta que me venía a la mente en aquel momento en el que bailábamos, por un rato en silencio, y cuya respuesta ignoraba ya que, de lo contrario, no estaría preguntándomelo. ¿Cómo? ¿Tenía que ser pura, gélida y fría cortesía o simplemente comportarme con ella como era yo, aunque controlando que no volviera a pasar nada como la última vez? Porque eso quedaba fuera de toda duda: lo que había sucedido una vez por estar yo enajenado no volvería a hacerlo estando yo normal, como podía decirse que lo estaba en aquel momento, así que esa era la única certeza que poseía en aquella situación... Y la única que podía darme una ligera pista acerca de cómo moverme por esas aguas pantanosas en las que estaba atrapado hasta la cintura sin correr el riesgo de ahogarme. En cualquier caso, mi compañera de baile ignoró las apariencias que yo había tenido muy en cuenta hasta ese momento y se acercó mucho a mí para sugerirme que me imaginara a lo que había ido yo solo ya que era más divertido, pero en cuanto el bailé terminó y ella volvió a acabar con la distancia que por un momento había vuelto a crear entre nuestros cuerpos para decirme que si verdaderamente me interesaba que la siguiera en su camino, tras un saludo mutuo al terminar la música, a través de la sala precisamente para abandonarla.

Si tenía que hacer uso de la lógica de soldado que me había ido construyendo con la experiencia, y si sabía (que, de hecho, lo sabía) que ella era mafiosa, la solución al acertijo quedaba a la vista muy fácilmente: habían utilizado la fiesta para un trato ilegal, probablemente de armas, drogas o quizá información, a saber. Sin embargo, la conocía lo suficiente, tanto a ella como a las mediterráneas en general, como para saber que podía sorprenderme con cualquier cosa que se le ocurriera y que se alejara de toda lógica, así que no podía estar seguro de que fuera aquella la razón por la que se había escabullido de la subasta, y si quería saber más, como realmente sucedía, tenía que seguirla... Así que eso hice, continué el sendero invisible que habían trazado sus pasos en dirección a la salida con el ceño fruncido, tratando de encontrar a alguien que pareció haber desaparecido sin dejar rastro hasta que, cuando alcancé la terraza, la sentí ponerme contra la pared y besarme, exactamente igual que como lo había hecho la última vez...

Y, si aquello me sorprendió, más me sorprendió aún verme a mí mismo devolviéndole el beso, jugando con su lengua como ella lo estaba haciendo con la mía y por un instante lamentando que tuviera que separarse, aunque por suerte para mí volví a la normalidad después de que ella me dijera que tenía ganas de hacer eso mismo desde que me había visto (típico, era italiana y algunas cosas nunca cambian...) y antes de que me confirmara mis suposiciones: una trata de armas y drogas a ricachones con ínfulas, algo normal en la vida de una mafiosa, tal y como ella misma había dicho. Asentí y ella sugirió después dar un paseo, una especie de huida de una fiesta en la que no me sentía encajar perfectamente, además de que estaba mi hermana y cuanta más distancia pusiera entre nosotros, literal y no literalmente, mejor nos iría, por lo que no dude un momento a la hora de volver a asentir y, como antes, ofrecerle mi brazo para bajar por una escalera que poseía aquella especie de terraza en dirección al enorme jardín, insospechado en una casa como aquella, tan cercana a una de las calles más turísticas y visitadas de todo Londres como era Oxford Street.

– Si te sirve de consuelo, lo que me había imaginado no incluía robos de arte a escala globo ni tampoco conspiraciones comunistas para someter a los gobiernos no afines a ellos. – comenté, arrugando la nariz instintivamente al mencionar a los comunistas, cuyos planteamientos... en fin, no podían estar más alejados de cualquier forma de gobierno buena y con una mínima utilidad práctica, así como durabilidad, porque la experiencia había demostrado la victoria del capitalismo frente a gobiernos que mediante un nombre como lo era el comunismo justificaban excesos dictatoriales y totalmente injustos.
– Más bien lo que se me había pasado por la cabeza era la realidad, sobre todo conociendo a los que se han ido con la subasta del cuadro de la serie Vanitas como lo hago. – añadí, encogiéndome de hombros y conduciéndola por los caminos pedregosos que atravesaban como heridas la superficie verde y cortada con exactitud milimétrica, tan puramente británica, hasta que llegamos a una especie de plazoleta redonda en la que una escultura mitológica coronaba una fuente sencilla, con apenas unos chorros de agua rompiendo la quietud del silencio de la noche.

Fue entonces cuando solté aquel contacto que nos había conducido a ambos hasta allí y me crucé de brazos, alejándome un par de pasos de ella para ir en dirección a la fuente, que desprendía un agradable frescor... al menos para mí, porque estaba muy acostumbrado a la humedad británica y el frío apenas suponía molestia para mí pese a que, efectivamente, lo hiciera, tal y como la piel de gallina de ella lo revelaba. No tuve que pensármelo para que el gesto me saliera automático, razón por la que enseguida llevé una de mis manos a los botones de mi chaqueta, desabrochándola hasta que estuvo suelta y con un rápido movimiento me la quité para ponérsela sobre los hombros, cubriendo su piel que estaba más tapada de lo que recordaba en ella a juzgar por la última vez que nos habíamos visto, también la primera. Pareció sorprenderse por aquello, a juzgar por su expresión, pero yo me limité a encogerme de hombros, con ambas manos metidas en los bolsillos y una de ellas acariciando el reloj que guardaba en uno de ellos con el dedo índice.
– Hay muchas cosas que no conoces de mí, Paola, y que probablemente no te peguen en caso de descubrirlas. Es normal, teniendo en cuenta que esta es la segunda vez que nos vemos y que no suelo ir contándole mi vida a nadie en un primer encuentro, pero si me permites un consejo no te recomendaría confiarte o hacerte una imagen de mí que no sea la real, ya que podrías llevarte más de una sorpresa... Yo contigo intento no hacerlo. – comenté, con una media sonrisa en los labios y la mirada clavada en ella, además de sorprendente sinceridad... sobre todo por el hecho de que a aquellas alturas ya tenía claro que, de ella, podía esperarme probablemente cualquier cosa, cosas de ser tan sumamente mediterránea.

Sin que el frío húmedo me afectara lo más mínimo, tanto visiblemente como de una manera no tan visiblemente, me acerqué de nuevo a ella, manteniéndome no obstante a una distancia que podía resultar insuficiente para ella, sobre todo sabiendo que me tenía muchas ganas, pero que para mí ya era bastante cercana al quedar a menos de medio metro nuestros dos cuerpos, frente a frente.
– Por ejemplo, no creo que sospecharas que conozco a la gran mayoría de los presentes en el interior de la fiesta porque han hecho negocios con varios miembros de mi familia. Tampoco creo que sospecharas que el chico joven con el que has hecho negocios para su padre estudió conmigo pero la droga no la quiere precisamente para temas familiares, y mucho menos que muchas de las armas que les has vendido acabarán en manos del ejército británico, concretamente de las tropas que, como la mía, están en misiones en el extranjero. ¿O me equivoco? – inquirí, desvelando secretos que si estabas lo suficientemente informado, como era mi caso, resultaban verdades a voces, especialmente porque la manera de conseguir armas del ejército al que yo pertenecía no era, en algunos casos, demasiado legal... ya que, de lo contrario, no había manera de conseguir armas así de eficaces, la única manera de cumplir con lo que era nuestro deber cumplir.

_________________






ALL in the name of GOD

I still know how to smile:
Oh? Well, I guess it's ok...:
I should've been born 400 years ago:
Now you know my secret, Paola:

Premios:


Jack Thomas

Empleo : Militar
Mensajes : 261
Fecha de inscripción : 01/08/2011

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: Her Portrait In Black [Adriana P. Gregoletto]

Mensaje por Adriana P. Gregoletto el Lun Feb 06, 2012 5:12 am

No me esperaba que Jack fuera a devolverme el beso, más bien, pensaba que me apartaría y me miraría mal antes de soltar alguna perlita típica de toda esa gente estirada que había en la fiesta, algo así como “¿Es que no puedes pensar en otra cosa?” o más bien “Comportate, ya no eres una cría...” o cualquier cosa del estilo... Cosas que mi propio padre, de haber presenciado aquello (Dios no lo quisiera por mi bien y el del soldadito), habría dicho antes de, probablemente, pegarme una bofetada y después ir a por Jack... Quien, en ese supuesto, no acabaría demasiado bien, sí, al final iba a resultar que iba a tener suerte en eso de que mi padre estuviera desaparecido desde hacía meses... La verdad, aquello era lo menos que podría hacer después de mi beso y, sin embargo, me lo había devuelto, había jugueteado con mi lengua y lo había disfrutado casi tanto como yo... Porque de eso sabía bastante, cosas de la experiencia... Aunque había que reconocer que en hombres como él no tenía experiencia, por suerte o por desgracia, Jack rompía todos mis esquemas y apenas acababa de conocerlo... Eso no podía ser y por ello me proponía conocerlo mejor (AÚN mejor, quería decir) antes de... Bueno, lo que fuera... Porque probablemente me fuera de utilidad en más de uno y de dos negocios así que no podía cagarla con él... Cosa difícil teniendo en cuenta mi historial pero, eh, yo hacía lo que podía, no era mi culpa que los que más buenos estaban fueran luego los que más problemas mentales tenían...

Jack accedió a dar un paseo conmigo y me ofreció de nuevo su brazo, que cogí sin pensármelo dos veces y es que no pensaba desperdiciar la oportunidad de agarrarme a aquel brazo... Me perdían los brazos grandes y fuertes y los de Jack lo eran así que no era nada raro que mientras bajábamos por las escaleras de la terraza y caminábamos por aquel enorme jardín acariciara su bíceps a la vez que él hablaba, haciéndome saber que no se había imaginado precisamente que estuviéramos planeando robos de arte a escala mundial o conspiraciones comunistas para someter a los gobiernos capitalistas... No pude evitar soltar una risita con aquello, mirándolo con una ceja alzada porque no esperaba bromas de aquel estilo por su parte y me encogí de hombros, mordiéndome el labio inferior y pegándome aún más a él, notando el frío aire londinense en mi propia carne, helandome y poniéndome la carne de gallina mientras me decía que realmente lo que se había imaginado era lo que realmente había pasado, sobre todo, al conocer tan bien como lo hacía a los relacionados con la subasta del cuadro de Vanitas. Sonreí y asentí mientras él me guiaba por aquel enorme jardín, como si ya lo conociera aunque la verdad era que la mayoría de los jardines que había en aquel tipo de casas eran parecidos y, como solía en aquellos jardines,terminamos descubriendo que tenía una especie de plaza con una fuente en el centro en la que había una estatua de Minerva, la diosa de la sabiduría, que me hizo sonreír, al pensar en aquella metáfora... La fuente de la sabiduría. Pero en seguida esa sonrisa se borró de mis labios cuando Jack se separó de mí, cruzando los brazos sobre el pecho y acercándose a la fuente que emitía un sonido relajante... Y un frío que mi cuerpo captó al instante, sobre todo al perder la fuente de calor más cercana, que era su cuerpo. Yo misma me abracé un poco, intentando darme calor y combatir el frío como buenamente podía mientras lo miraba, esperando que hiciera o dijera algo más pero él, simplemente, se limitó a contemplar la fuente antes de girarse y mirarme, desabrochándose la chaqueta y, en unos segundos, cubriéndome los hombros con ella.

No pude ocultar mi sorpresa ante aquello, que no le pegaba o, más bien, no me esperaba de él aunque era de agradecer aquel gesto pues su chaqueta cortaba el viento y me daba algo de calor, además, olía a él... Sin embargo seguí mirando con una ceja alzada, como pidiéndole una explicación o algo así... Una manía que tenía como cualquier otra por culpa de mis chicos a los que les exigía que lo explicaran todo una y mil veces si era necesario. Jack se encogió de hombros como única respuesta antes de decirme que había muchas cosas que no sabía de él y que probablemente no me pegarían con su personalidad al descubrirlas pero que era normal porque no era muy dado a ir contando su vida por ahí y por último me aconsejó no confiarme ni hacerme una imagen de él que no fuera real, como él intentaba hacer conmigo. Asentí ante sus palabras, con el ceño fruncido mientras él sonreía de lado, por un momento, dejándome pensando en su sonrisa, en cómo sería realmente... Aunque me bastó que se acercara un poco más a mí para que en seguida recuperara la compostura, volviendo a centrarme en la conversación y en lo realmente importante, no tonterías como las sonrisas, los arco iris y las nubes de azúcar... La verdad era que tenía razón, mi padre solía decirlo siempre “nunca subestimes a la gente, te sorprenderán y eso te perderá...” sabía que mi hermano y yo eramos demasiado cerrados en ese aspecto, que nos encantaba meter a la gente en diferentes categorías y que teníamos la manía de pensar que conocíamos a las personas a la perfección y sabíamos de lo que eran capaces... Y esa era una de las pocas cosas en las que Pietro y yo nos parecíamos, algo que nos había traído la ruina más de una vez... Por eso directamente no solíamos fiarnos de nadie.

Jack se acercó a mí, sí, aunque realmente no era tanto ya que se quedó algo así como a medio metro de distancia o más de mí, mirándome a los ojos y dejándome con ganas de más, mucho más que un simple beso que no había servido para más que para recordarme lo bien que nos habíamos pasado la noche que nos habíamos conocido y... Ufff, calentarme al instante. Pero Jack no pensaba lo mismo y en seguida volvió a un tema aburrido a más no poder: los asistentes de la fiesta a los cuales conocía por haber hecho negocios con su familia. Si su familia era de aquel círculo no me sorprendía demasiado lo de los negocios o posibles tratos entre ellos pero sí que me sorprendió algo más que supiera que aquel chico joven que había estado en la reunión, con el que había estudiado, no quería las drogas precisamente por temas familiares o que las armas que acababa de vender iban a terminar en manos del ejercito británico... Aquello realmente era una información bastante buena que no conocía y que me hizo alzar una ceja, sonriendo de lado. Normalmente me daba absolutamente igual para qué querían las armas o las drogas o en qué iban a utilizarlas pero la información de Jack me había dado una idea que podría colocar a la familia en una buena posición nuevamente, haciendo tratos con gente importante, más que los que había en aquella fiesta... Y ganando muchísimo dinero. - No tenía ni idea, soldadito... - di un paso hacia delante y me acerqué un poco más a él. - La verdad, no suele importarme para qué o cómo usen lo que les vendo pero esta vez tu información me ha dado una muy buena idea... Aunque necesitaría tu ayuda. – me encogí de hombros y me acerqué a él, mordisqueando el lóbulo de su oreja y sonriendo. - ¿Me ayudarías, soldadito? – estaba de puntillas, Jack era bastante alto para mí aun llevando tacones y poco a poco fui bajando, aprovechando para acariciar su cuello con la nariz y los labios antes de quedar por fin de pie frente a él, sonriendo de lado, divertida.

Me encantaba tontear, era uno de mis hobbies favoritos y se me daba de maravilla... ¿Para qué negarlo? Me encantaba pero antes de que Jack pudiera hacer o decir nada escuchamos como alguien aplaudía y puse los ojos en blanco cuando Nicola Mancini, con un ojo morado y un corte en el labio apareció, mirándonos a Jack y a mí mientras soltaba un “bellisimo” antes de acercarse a nosotros y mirarnos, ladeando la cabeza. - Ciao, Adriana... ¿Acaso no piensas presentarme a tu nuevo juguete? - se encogió de hombros y se quedó mirando a Jack con una mano en la barbilla, estudiándolo con el ceño fruncido. - Oye, pijito, yo que tú me alejaría de la reina de las zorras cuanto antes, cuando consiga lo que quiere, vamos, follarte como la perra en celo que es, pasará de tu cara y probablemente hará que te maten así que... No digas que no te he avisado. - solté un bufido y negué con la cabeza, mirando a Jack de reojo. - Vuelve dentro, soldadito, no tardo nada... - y Mancini volvió a soltar una carcajada, cruzando los brazos sobre el pecho y negando con la cabeza. - Callate, Nicola, ¿Es que tú nunca te rindes? Como mi padre se entere de esto estás muerto. - Mancini se acercó a nosotros y me cogió con fuerza de la barbilla, haciéndome apretar la mandíbula. - ¿Tu padre? ¿Ese que lleva meses desaparecido? Creo que no me da miedo porque para hacerme algo tendría que salir de su maldito agujero de rata... - le escupí en la cara, enfadada y molesta por sus palabras y él me empujó con fuerza, casi tirándome a la fuente aunque, por suerte, Jack estaba ahí para sujetarme mientras yo atravesaba con la mirada al imbécil de Mancini. Estaba más que claro que aquello que estaba haciendo el imbécil descerebrado de Mancini podría desencadenar en una guerra entre familias que no traería nada bueno y que no podíamos permitirnos, no aún, y sin mi padre pero no podía soportar una ofensa como aquella hacia mi padre y hacia mi familia por lo que, probablemente, acabaría partiendole la cara y siendo bastante más dura que lo que había sido hasta entonces porque, sin duda, Mancini se lo merecía... Y era mejor que Jack volviera dentro porque no pensaba contenerme y no quería mancharlo de sangre... Cosa que pasaría como el maldito imbécil de Nicola se pusiera muy chungo.... Porque a chunga a mí nadie me ganaba!

_________________






Ficha | | Relaciones
*PREMIOS.&.STUFF*:





Adriana P. Gregoletto

Edad : 23
Empleo : Mafiosa
Mensajes : 335
Fecha de inscripción : 20/07/2011

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: Her Portrait In Black [Adriana P. Gregoletto]

Mensaje por Jack Thomas el Mar Feb 07, 2012 10:03 am

La mayoría de las armas que las tropas asignadas a misiones internacionales, como la mía, utilizaban no tenían un origen legal. La jurisdicción de los países, pese a que por ser el ejército tuviéramos cierta potestad para ignorarla por estar por encima en nuestro objetivo de conseguir la seguridad, seguía poniendo demasiadas trabas para conseguir nuestro equipamiento de una manera totalmente registrable en archivos y que no incumpliera ninguna ley, así que sobre todo los cuerpos de élite, que no podían permitirse tonterías como aquellas frenando sus importantes misiones, recurrían a mafias, ya fuera la rusa, la italiana o el simple mercado negro de cada país, que en muchos casos mataría por vender las armas que, irónicamente, servirían para matarlos. En cuestión de gustos, no obstante, yo prefería obtener aquellas herramientas de fuentes más fiables que un país tercermundista en guerra, y ¿qué mejor manera que un país tan corrupto en ciertos aspectos como lo era Italia, y sobre todo la mafia italiana? No era la primera vez que escuchaba a superiores hablar de la necesidad de conseguir nuevo material, y sabía que podía meterme en un lío si no tanteaba las personas adecuadas para aquello, pero también sabía que si encontraba a los auténticos líderes, los que no dudaban a la hora de darlo todo por proteger a nuestra nación de los enemigos herejes, sabrían ver el gesto que había tenido de forjar una alianza con la mafia a través de mi nueva aliada... y lo que fuera, aparte de eso.

Tener la posibilidad de acceder a un arsenal como el que ella prometía por su trabajo era una idea que me llamaba muchísimo, otra de las muchas ventajas que ser un aliado de la mafia, en vez de un enemigo, podía acarrear, así que no necesitaba que me convenciera demasiado para saber en mi fuero interno que acabaría aceptando la idea, aunque Dios supiera que no sin pactar condiciones previamente, como es normal en toda transacción profesional. De todas maneras, estaba en la manera de Dios de crearla ser tan sumamente mediterránea y tan amante del contacto físico del que normalmente yo huía, y pedir que no se pusiera convincente era casi tan absurdo como pedirle a un infiel que resultara de confianza... vamos, algo que no se daba nunca a no ser que fuera Su voluntad que así fuera, y por eso mismo ella lo hizo, primero mordisqueándome la oreja y después dirigiéndose a mi cuello para acariciarlo con la nariz y con los labios hasta que finalmente quedó frente a mí, dándome la palabra y la oportunidad de contestar, oportunidad que se vio arruinada cuando un tercero en discordia entró en escena.

Su acento era casi tan fuerte como el de mi acompañante, pese a que ya estuviera acostumbrándome al de Paola a fuerza de estar con ella y no lo notara tanto por no estar, tampoco, en una voz tan chirriante y desagradable como la indudablemente masculina que enseguida hizo acto de presencia, con unas ínfulas y unos aires dignos de Nerón y que... en fin, sólo podían ser de un compatriota suyo. Sabía de sobra lo egocéntricos que se ponían muchos italianos, pero aún así no había conocido a demasiados mafiosos, por lo que era aún susceptible de sorprenderme cuando se sobrepasaban los límites a los que estaba acostumbrado... y él lo hizo. Con cada palabra destilaba una arrogancia desmedida, tanta que sólo le faltaba, herejía donde las hubiera y que no pensaba tolerar a absolutamente nadie, coronarse como el nuevo Creador, y eso que sólo se dedicó a atacar gratuitamente a Paola y ya que estaba a mí, llamándome pijito y juguete... como si eso fuera poco. Además, no dudó en atacar al padre de Paola, a uno de los mafiosos más célebres, y con razón, del mundo y por lo que ella no aguantó más, ya que aquella clase de cosas encendían la mecha prendida en gasolina de antemano de su autocontrol, cosas de italianos que ni eran capaces de aguantar una mínima ofensa porque su orgullo era desmedido, hasta límites que aquel tal Nicola sobrepasaba con creces.

Aguanté a Paola para que su escupitajo no fuera a más, porque se le veían las intenciones de seguir atacándole por la mirada que tenía en la cara, capaz de derretir un bloque de hielo del tamaño de Groenlandia en cuestión de segundos, y mientras se amenazaban con la mirada mutuamente yo permanecía tranquilo, sereno, como si nada de aquello fuera conmigo y como si no me hubiera ofendido su comentario hacia mí ya que no era el juguete de nadie... Era el elegido de Dios, que no era lo mismo, y no permitiría que un simple mafiosillo de tres al cuarto me atacara precisamente a mí porque aquello no era tanto personal sino divino: una afrenta directa a Él y a Su juicio. Apoyé la barbilla en el hombro de Paola, acercándola a mi cuerpo para que se tranquilizara y abandonara toda la tensión que había estado acumulando y que hasta yo podía palpar, y giré la cara en dirección a la suya, ignorando deliberadamente a Nicola.
– Francamente, Paola, sería un auténtico desperdicio de una noche como esta volver dentro, ¿no crees? – pregunté, con una media sonrisa en los labios que debió de irritar a Nicola, aunque quizá fuera por mi falta de atención hacia sus bravatas, ya que enseguida se puso a gritar como un energúmeno.
– Pero ¿de qué coño te crees que vas, pijo de mierda? Encima de que te doy un consejo que puede salvar tu triste vida y evitar que una zorra como esa la utilice a su antojo tú osas ignorarme, ¡a mí! ¡Soy Nicola Mancini, me merezco un respeto! Y como se te ocurra seguir ignorándome lo lamentarás, ¿me has oído! – bramó, haciendo que yo ladeara la cabeza y, con expresión indolente, lo mirara...

Hasta que mi expresión cambió, sin que lo hiciera la relajación de mi cuerpo, y Nicola Mancini empezó a sentir que su garganta se presionaba en su interior, haciendo fuerza y robándole el habla unos segundos hasta que pudo respirar de nuevo... el momento en el que más pareció un pez, con la cara entre roja y morada y boqueando por respirar.
– Perdona, ¿decías? Estaba demasiado ocupado intentando evitar que te dieran tu merecido y que una dama se manchara las manos... – inquirí, con malicia más que evidente que provocó que me mirara con odio y los ojos casi saliéndose de sus órbitas.
– ¿Qué has hecho, gilipollas? ¿Eres consciente de a quien estás hablando, eh? ¡Como mi familia se entere te convertirás en carne picada, en sucia escoria inglesa! Y nadie lamentará tu pérdida porque no vales nada, encima te alías con perdedores como los Gregoletto, ¿y aún crees que vales para algo? ¡Eres patético! Confiar en una mujer... – escupió, antes de que mi paciencia de santo se terminara con tanto ataque hacia mí y decidiera ponerme serio del todo.

Me separé de Paola y, con las manos en los bolsillos, caminé hacia él, que retrocedió como el cobarde que era ante la mínima afrenta física que ni siquiera tendría lugar porque no pensaba mancharme las manos con él, y torcí los labios en una expresión peligrosa, que hizo juego con el hielo puro que fue mi tono de voz.
– Esa no es posición para dirigirte a mí, mafioso de tres al cuarto. – comenté, mirándolo con una mirada capaz de matarlo, de haber tenido el poder, y logrando que su orgullo le hiciera avanzar en mi dirección... cayendo en mi trampa, porque hice que su cuerpo se tropezara con una de las piedras del suelo y cayera de rodillas, rasgándose la ropa y clavándose guijarros en la piel hasta quedar en la posición que le correspondía, arrodillado ante mí, y que se complementó con sus manos yendo hacia delante y clavando las palmas en el suelo, con nuevos guijarros abriendo heridas en su piel aunque él, a aquellas alturas, sólo sentía una presión externa sobre su cuerpo que le impedía cualquier movimiento que no decidiera yo, el que los estaba controlando de aquella manera que había adquirido en la extraña tormenta de Londres de hacía ya bastante tiempo, aunque ya estando aquí en vez de en Irak destinado, como habría sido lo normal.

– ¿Qué hemos dicho de la posición adecuada...? – pregunté, de manera retórica aunque él no se lo tomó exactamente así sino que empezó a balbucear respuestas que habrían sido ingeniosas quizá en otro universo, si es que cabía en la voluntad de Dios haberlo creado, pero que se vieron interrumpidas por un mordisco en la lengua que se dio a sí mismo, sin intercesión mía de ningún tipo.
– Lo peor es que es en serio, ¿no? Crees de verdad que esa es la actitud para hablar a tus mayores... ¿Nadie te ha enseñado respeto, Nicola Mancini, ni a mantenerte en la posición que te corresponde? Mírate... Das pena auténtica. A mí no me dirijas la palabra si ni siquiera eres capaz de hacerlo sin contaminar el aire, y a ella muchísimo menos porque a diferencia de ti hace honor a lo que es. – sentencié, eliminando todo resto de mi poder en él y permitiendo, en un alarde de generosidad inusitado, que se levantara al tiempo que yo, que ya me había girado, comenzaba a caminar de espaldas a él, en dirección hacia Paola y con expresión de estar tramando algo, una que se vio satisfecha cuando ejerciendo de la persona más previsible que pudiera encontrarme nunca corrió detrás de mí, como aprovechando que no lo veía para derribarme, aunque con tan mala suerte que yo contaba con sus movimientos y me aparté, con lo que él cayó de bruces al suelo y yo simplemente puse los ojos en blanco, murmurando un ”aficionado...” antes de que aparecieran las tres niñeras de Paola que yo conocía y se llevaran a quien acabábamos, en realidad acababa, de dejar por los suelos, mirándonos a ambos con expresión difícil de descrifrar.

Yo me encogí de hombros, respondiendo un ”prego” al grazie que murmuraron y volviendo a acercarme a la italiana para quitarle mi chaqueta, en sus hombros todavía hasta que me la puse, sacando por primera vez las manos en los bolsillos desde lo de Mancini y finalmente ofreciéndole mi brazo para que lo cogiera, como antes.
– Creo que es hora de irnos de aquí, italiana. – comenté, antes de comenzar a caminar a través del jardín en dirección a la casa para, en apenas unos minutos, volver a estar allí de nuevo, donde nos separamos tras leernos las intenciones de ir a avisar a nuestros respectivos acompañantes, que hablaban juntos en un rincón y sólo se separaron cuando fuimos a verlos. Charlotte parecía reacia a hablarme, aunque cuando le dije que se quedara allí un rato más aunque con la condición de no abandonar la fiesta después de que la cerraran, porque daría mala impresión, pareció animarse lo suficiente para desearme una feliz noche. Adriana tardó algo más con el chico mediterráneo, pero en cuanto estuvo lista fuimos a por nuestra ropa de abrigo y la conduje hasta mi coche, que por un momento pareció admirar, despertando un ramalazo de orgullo británico por algo tan personal como lo era mi Bentley Mulsanne, un sueño desde que era apenas un crío.

Nos metimos en el coche y enseguida arranqué el motor, encogiéndome de hombros y murmurando un ”ya lo verás” a su pregunta acerca de nuestro destino de aquella noche, tras la que vino una conversación bastante animada, sobre todo por su parte, y que nos entretuvo en nuestro trayecto por calles relativamente amplias hasta que llegamos a una de aspecto elegante, cerca del Parlamento y del Big Ben, y en la que se podía respirar un ambiente rico, sí, y lujoso, también, pero sobre todo íntimo y que nos permitiría hablar mejor de lo que fuera, por lo que aparqué enseguida en un garaje semioculto en una de las casas y bajamos ambos del coche, conmigo por delante, una vez cerré, para guiarla por la calle hacia la puerta de un restaurante que, en cuanto abrimos, se reveló como un sitio con música en directo, una atmósfera tranquila y sosegada a la que enseguida la hice pasar. Con un gesto hacia el camarero, al que conocía, nos condujo hasta una mesa alejada del resto, de madera pintada de negro al igual que las demás y contrastando con las paredes de color beige, decoradas con cuadros de paisajes británicos que, en su mayoría, reconocía. Nos sentamos, al final, y sirvieron una copa de vino para ella, dejando la mía simplemente con agua, hasta que nos dieron los menús, que no necesitaba ni ojear para saber lo que quería pedir de allí.
– En esa fiesta hasta las paredes tenían oídos... Prefiero que sea en mi terreno donde hablemos de negocios, Paola. – dejé caer, sonriendo de manera sincera por primera vez en toda la noche aunque apenas unos segundos antes de estudiarla con la mirada, preguntándome a mí mismo si de haberme dicho que acabaría allí con una casi total desconocida lo habría creído... Y la respuesta era no.

_________________






ALL in the name of GOD

I still know how to smile:
Oh? Well, I guess it's ok...:
I should've been born 400 years ago:
Now you know my secret, Paola:

Premios:


Jack Thomas

Empleo : Militar
Mensajes : 261
Fecha de inscripción : 01/08/2011

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: Her Portrait In Black [Adriana P. Gregoletto]

Mensaje por Adriana P. Gregoletto el Mar Feb 14, 2012 4:29 am

Los Mancini eran escoria y eso lo sabían todas las familias. Pertenecían a una familia de calabreses venidos a menos que se habían mudado a Nápoles y donde, a partir de una pequeña 'ndrina, habían decidido formar una nueva familia, esta vez, como miembros de La Camorra napolitana. La `Ndrangheta iba detrás de ellos al igual que la mayor parte de las familias de La Camorra y eran problemáticos, egocéntricos y estúpidos... Todos menos Don Lorenzo Mancini, el padre de Nicola, que era el que realmente había hecho que su familia sirviera para algo más que para vender droga en Italia. Mi padre había logrado hacía ya muchos años una especie de tregua entre todas las familias en Nápoles y otras ciudades que estaban bajo nuestro control como Roma... Pero aquella tregua hacía tiempo que había sido pisoteada y olvidada. Cualquiera de las familias esperaba el más mínimo detalle o insulto para comenzar una nueva guerra y la sed de sangre y vendetta por viejas rivalidades, en teoría, olvidadas no iba a desaparecer así como así de los corazones de mafiosos sin escrúpulos como eran todos aquellos que pertenecían a la mayor organización de la región de Campania y más allá... Y los Mancini no iban a ser menos.

Sabía que Lorenzo tenía grandes planes, que había intentado robarle a mi padre la mayor parte de territorio que controlábamos cuando lo mio con Nicola no había funcionado y su poder había aumentado desde que mi padre y yo habíamos tenido que huir... Pero que Nicola estuviera allí, tocándome las narices como cada vez que nos encontrábamos no podía significar nada bueno y probablemente su padre lo que quería era desencadenar una rivalidad aun mayor entre nuestras familias para así tener excusa para declararnos la guerra... Aquel maldito viejo zorro lo tenía todo planeado y sabia exactamente como iba a reaccionar... Pero no había contado con que no fuera a estar sola, no había contado con que el soldadito estuviera allí conmigo, aguantándome para que no destrozara a Mancini (más, quiero decir) y no les diera más razones para que aquello trascendiera... Pero Jack tampoco pudo evitar que Nicola y yo nos atravesáramos con la mirada y tuvo suerte... mucha suerte porque pese a aquel cabreo pude mantener medianamente la cabeza fría y cuando Jack apoyó la barbilla en mi cuello, pegándome a su cuerpo e ignorando a Mancini, diciéndome que sería un desperdicio volver dentro con una noche como aquella no pude evitar sonreír de lado, mirandolo a él e ignorando también a Nicola ya que era lo mejor que podía hacer para no terminar rompiéndole el cuello... Porque me veía capaz y él se merecía mucho más que una muerte tan rápida.

Aquello fue lo mejor que podríamos haber hecho y es que Mancini en seguida se puso rojo de ira, un niño mimado egocéntrico como él no buscaba más que la atención de todos y que Jack lo ignorara lo cabreó muchísimo logrando así que amenazara a Jack y nos insultara a ambos, a él llamándolo pijo de mierda y a mí zorra... Insulto al que estaba más que acostumbrada y que viniendo de alguien como él ni siquiera me molestaba. Jack lo miró sin más y antes de que Mancini pudiera volver a sus insultos, amenazas y tonterías varias pasó algo extraño que me hizo mirarlos a ambos, era como si Nicola no pudiera respirar, como si algo o alguien le hubiera quitado el aliento y había llegado a adquirir un color rojizo al principio y azulado o morado después por falta de aire hasta que consiguió volver a respirar mientras Jack volvía a provocarlo, fingiendo que no lo había escuchado porque estaba ocupado evitando que le patearan el culo y que yo me manchara las manos... Aunque en realidad se refirió a mí llamándome dama e hizo que alzara una ceja, algo sorprendida por aquello que no mucha gente decía de mí... Por no decir directamente que los únicos que recordaba que hubieran dicho algo parecido habían sido mi padre y sus consiglieri. Aquello enfadó más a Mancini que, como yo, sabía que Jack había hecho algo aunque no sabía exactamente qué y enseguida volvió a ponerse a gritar a dejar a la vista su enorme ego y su orgullo del tamaño de Calabria... Aunque he de reconocer que lo de llamar a mi familia perdedores hizo que en apenas unos segundos volviera a tensarme, cabreada, al igual que su comentario sobre que Jack era estúpido por confiar en una mujer... El estúpido era él, el maldito niñato que no sabía ni lo que era una mujer de verdad y que estaba resentido porque después de habérmelo tirado no había querido repetir... ¡Ni ganas!

Por desgracia, Jack se separó de mí haciéndome sentir de nuevo el frío de la noche pese a que aún llevaba su chaqueta sobre los hombros pero eso no podía compararse al calor de su cuerpo que apenas segundos después de que me soltara ya estaba echando de menos... Aunque obvié aquel pensamiento para volver a centrarme en aquellos dos, esperando que Jack no hiciera ninguna locura porque, de hacerlo, me vería obligada a protegerlo y, así, de empezar de una manera u otra la guerra que los Mancini querían pero después de todo Jack era un potencial aliado y a los aliados se los ayuda y se los protege y eso era exactamente lo que pensaba hacer si pasaba cualquier cosa y con Nicola de por medio todo podía ser. Jack se acercó a él con las manos en los bolsillos y Mancini no dudó en retroceder como un cobarde, demostrando así por qué era la vergüenza de su padre, hasta que Jack lo volvió a incitar, esta vez, llamándolo mafioso de tres al cuarto y logrando que el orgullo actuara por el propio Nicola y comenzara a caminar en su dirección con la mala suerte de tropezar y caer de rodillas al suelo frente a Jack... Aunque después de ver lo que había visto no tenía demasiado claro si aquello había sido pura suerte o algo más... Y el nuevo comentario de Jack me hizo volver a dudar de la casualidad, haciéndome alzar una ceja, intrigada, mientras seguía observándolos en silencio aunque en aquel momento todo estaba perdido para Mancini quien, con menos dignidad de la que imaginaba, comenzó a intentar hablar o formar palabras, con su marcado acento calabrés, aunque sin llegar a decir nada con sentido antes de morderse la lengua él mismo logrando que tuviera que taparme la boca para aguantarme la risa porque no se podía ser más patético de lo que estaba siendo él en aquel momento.

El soldadito aún no había terminado con Mancini, dejando en evidencia sus dudosos modales y remarcando un hecho obvio: que daba pena, y todo eso para terminar diciéndole que no contaminara nuestro aire mientras se giraba, mirándome con una cara que dejaba claro que ahí había gato encerrado justo al tiempo que Nicola se levantaba y corría detrás de él con intención de placarlo o algo así pero Jack se apartó y con ello Mancini cayó al suelo de nuevo. No me dio tiempo a decir o hacer nada y es que Marco, Giovanni y Enzo aparecieron allí, ganándose una mirada molesta por mi parte y dándole las gracias a Jack por ayudarme con aquel energúmeno. - Lo quiero fuera de mi vista y sin sorpresas, como vuelva a aparecer... - les dije en italiano y sin terminar la amenaza porque los tres habían asentido y se habían llevado a Mancini de allí al tiempo que Jack se había acercado de nuevo a mí y me había quitado su chaqueta de los hombros y poniéndosela, haciéndome alzar una ceja y helándome de frío... Aunque no hice ni dije nada que pudiera dejar claro que estaba congelada. Jack volvió a ofrecerme su brazo y no dudé en cogerme y mirarlo, asintiendo con una media sonrisa en los labios en cuanto habló de marcharnos porque no se me ocurría nada mejor, en aquel momento, que salir de aquel lugar con él una vez terminado el trabajo... Porque cuando ya estaba todo arreglado con los compradores podía relajarme y hacer exactamente lo que me viniera en gana e irme con Jack era la mejor opción que se me podía ocurrir... Sobre todo en vista de que mi guardaespaldas más joven estaba demasiado ocupado con su hermanita.

Volvimos dentro y nos separamos para ir donde Ezio hablaba con la hermana de Jack y ahí cogí a mi queridísimo guardaespaldas y me lo llevé a parte mientras Jack hablaba con su hermana. - ¿Y bien, Auditore? ¿Has dejado algo para esta noche con la morena? – Ezio se rió y negó con la cabeza mientras echaba un vistazo hacia donde estaban Jack y su hermana, encogiéndose después de hombros. - No puedo, signorina, recuerda que tengo que guardar tu espalda... Tu padre me mataría como te pasara algo.... ¿Y tú con el inglés? Se le ve bastante... ¿Soso? - puso cara de niño bueno para evitar una bronca pero yo me reí sin poder evitarlo, ignorando la melancolía que me había producido que mencionara a mi padre o lo que le haría... Como si supiera donde estaba. - Puede parecer soso pero en la cama es una fiera... Y esta noche me voy a ir con él así que te doy el resto de la noche libre con la condición de que aproveches y pases un buen rato con Charlotte... ¿Hay trato? – Ezio asintió, volviendo a mirar a Jack y a su hermana con una mirada divertida en los ojos, en parte por lo que le había dicho de Jack y en parte por lo que podría estar pensando hacer con su hermana. - Ah, y tu tío, Enzo y Marco vendrán después y probablemente te pregunten por mí, diles que estoy con el soldado y que si los necesito los llamaré, que no se preocupen y que se vayan a ver algún partido del Milan o lo que sea... Hoy noche libre para todos. ¡Y no se te ocurra mancharme el coche! – Justo después saqué las llaves del porsche y, moviéndolas antes delante de él se las di, haciendo que él se mordiera el labio inferior y, como agradecimiento, me diera un beso en la mejilla. - Perfecto, signorina, yo se lo diré... Pasa buena noche y trata de no dejar seco al soldado! – me guiñó un ojo y yo simplemente me encogí de hombros con una mirada llena de culpabilidad que no pude ni siquiera disimular y con un “se hará lo que se pueda” me despedí de él con la mano antes de volver de nuevo junto a Jack, que ya había terminado de hablar con su hermana y me esperaba.

Tras recoger nuestra ropa de abrigo, que por mi parte no era más que una especie de echarpe de un color berenjena oscuro, salimos de allí y Jack me guió hasta su coche que, antes de llegar, reconocí como un Bentley. Esos coches eran inconfundibles y británicos a más no poder aunque aquel era precioso, eso había que reconocerlo, cuando nos acercamos más al coche pude observarlo y estudiarlo de cerca, acariciando el capó del coche hasta llegar a la puerta del copiloto y me subía al tiempo que Jack, que no tardó demasiado en arrancar.- ¿Y bien? ¿A dónde piensas llevarme, soldadito? – Como única respuesta Jack se encogió de hombros y me dijo que ya lo vería, ganándose que lo mirara mal antes de que, sin más, comenzáramos a hablar para amenizar el trayecto hacia... donde fuera. Yo iba mirando por la ventana mientras hablábamos, situándome, antes de que Jack aparcara en un garaje cercano a una calle bastante grande, en una zona bastante rica cerca del Parlamento y del BigBen y ahí fue donde empecé a preguntarme realmente si Jack me estaría llevando a su casa... Porque la verdad era que aquella zona le pegaba bastante. Al final, bajamos del coche y Jack me condujo por las calles hasta la puerta de un restaurante... Y mi gozo en un pozo porque no iba a conocer su casa... Aún. Jack me abrió la puerta, todo un caballero británico él, y me hizo pasar a aquel restaurante. Tenía pinta de lujoso, música en directo y un ambiente íntimo, me encantaba aquel sitio solo con poner un pie en él. Me recordaba a los restaurantes a los que mi padre solía llevarnos, era muy de su estilo, a él le encantaría.

Jack le hizo un gesto al camarero y este en seguida nos guió por el local hasta una mesa algo más apartada mientras yo observaba la decoración del lugar y reconocía la mayoría de los paisajes que aparecían reflejados en las paredes, todos británicos, hasta que ambos nos sentamos. Nos ofrecieron vino y yo acepté gustosa, Jack por su parte se decidió por agua mientras nos daban los menús y volvían a dejarnos solos. Yo estaba mirando lo que me apetecía tomar justo cuando Jack habló, haciéndome alzar una ceja mientras lo miraba, sorprendiéndome al ver su sonrisa que vino y se marchó como una estrella fugaz y que, sin duda, me dejó con ganas de más... Tardé unos segundos en reaccionar después de aquello pero sonreí de lado cogiendo mi copa y dándole un pequeño trago, asintiendo. - Sí, mucho mejor... Porque hay algo que quiero proponerte y que no sé cómo te vas a tomar siendo tú un soldado como eres... Ya sabes, con escrúpulos, inteligente, honesto, decente... - entrecerré los ojos mientras hablaba y me callé, ya iban demasiados halagos para lo que solía ser normal en mí, quizá el champagne de la fiesta y el vino que apenas había probado empezaban a hacer efecto en mí. No me dio mucho más tiempo a decir nada ya que el camarero volvió a nuestra mesa para tomar nota y Jack no tuvo ni que mirar el menú para decirle lo que quería mientras yo, por mi parte, volvía a mirar el menú una y mil veces sin decidirme por nada en particular. No es que comiera demasiado y nunca solía tener hambre, mi comida favorita era la italiana pero había aprendido a no pedirla fuera de Italia para no llevarme una decepción así que descartando mi comida favorita no sabía qué pedir por lo que, con una mueca, miré al camarero y me recogí el pelo detrás de la oreja de manera instintiva, aun sin saber qué pedir. - Esto... Para mí... - Volví a mirar la carta por vez... Ni lo sabía y me encogí de hombros. - Sí, lomo de salmón al cava con arroz. - el camarero apuntó lo que le había pedido y preguntó si queríamos algo más, negamos con la cabeza y recogió las cartas antes de marcharse de nuevo. - ¿Por dónde íbamos...? - pregunté, más para mí que para él. - Ah, sí! Nuestros negocios... Tú y yo podemos formar un gran equipo, soldadito, sin intermediarios... Solo la familia, tú, yo... y el ejército británico. Creo que sabes por dónde van los tiros. - sonreí de lado y volví a beber un poco más de mi copa que, en cuanto estuvo a la mitad, fue rellenada en seguida por un camarero que pasaba por allí y que me guiñó un ojo, lo ignoré y continué. - No voy a andarme con rodeos, si mis armas van a terminar de una manera o de otra en el ejército prefiero ser yo quien las venda directamente y tú eres la persona perfecta para ponerme en contacto con los altos mandos del ejercito, Jack. Además, si juegas bien tus cartas eso podría incluso favorecer tu carrera militar en cierta manera... Y tú y yo seríamos oficialmente aliados, con todo lo que eso conlleva. - me callé, una vez hube terminado de hablar y de soltarle todo aquello de golpe y sin rodeos y me quedé estudiándolo, recordando el incidente con Mancini y ladeando la cabeza con el ceño fruncido, sin poder evitar preguntar. - Por cierto... ¿Qué le has hecho antes a Mancini? Y no me digas que no sabes de lo que te hablo porque voy a insistir hasta que me respondas algo convincente y que me guste. – y sin más, mordiéndome el labio inferior cogí mi copa y me la terminé bajo su atenta mirada, consiguiendo que, como había pensado, el camarero de antes apareciera de nuevo y rellenara una vez más mi copa, ganándose una sonrisa por mi parte y un “Grazie” que casi ronroneé, con lo que el camarero se sonrojó antes de volver a desaparecer de nuestra vista mientras yo volvía a mirar a Jack esperando una respuesta, intrigada y con ganas de saber si quería formar parte de mi plan... Porque sin Jack no tenía plan, básicamente, y esperaba que él no tuviera aquello tan claro como yo... O que, al menos, quisiera ayudarme... Por la familia.

_________________






Ficha | | Relaciones
*PREMIOS.&.STUFF*:





Adriana P. Gregoletto

Edad : 23
Empleo : Mafiosa
Mensajes : 335
Fecha de inscripción : 20/07/2011

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: Her Portrait In Black [Adriana P. Gregoletto]

Mensaje por Jack Thomas el Sáb Feb 18, 2012 8:39 am

No tenía ni la más remota idea de lo que hacía allí con ella, pensándolo fríamente. Nuestro primer encuentro, en principio, no había pasado de algo fruto de la casualidad, donde ella se había esforzado por llevarme a la cama inútilmente, pero quizá había sido algo más que simple casualidad lo que había provocado que me encontrara por la noche y que hubiéramos terminado como lo habíamos hecho, quizá había sido cosa de Dios no querer que aquello se quedara en un simple polvo (bueno, en varios) de una noche sino que tuviéramos que volver a coincidir, y como el hecho de que habíamos vuelto a vernos estaba ahí, fuera parte del plan divino o simple casualidad, iba a utilizarlo para reforzar una alianza que, se mirara por donde se mirase, era buena idea. Podía no parecerlo, si se tenía en cuenta que trabajar codo con codo con la mafia nunca es seguro, pero mi trabajo en condiciones normales tampoco lo era, y una alianza de aquel tipo, aparte de que me eliminaba un potencial enemigo que era tremendamente peligroso en ciertos aspectos, me podía dar beneficios en cuanto a armas, el tema por el que el acuerdo había vuelto a salir a la luz y nos encontrábamos allí... y aquel no era un asunto que pudiera discutirse en público, en una fiesta ajena que no era sino una tapadera para negocios ilegales de la mafia pese a que tuviera de verdad la parte de la venta de arte, así que había preferido llevarla a mi territorio, donde nadie ajeno nos escucharía y podríamos discutir con tranquilidad. Aquella era la única razón que explicaba, pese a que no fuera mi estilo tomarme tantas confianzas desde el principio con nadie, que nos encontráramos juntos allí, frente a frente y a punto de hablar de cosas más serias que ella intentando volver a llevarme a la cama, algo que al menos aquella noche no sucedería porque no estaba de humor ni tenía ganas de que pasara.

Con la mirada a medio camino entre ella y el menú, uno algo menos típicamente británico de lo que a mí solía gustarme pero aún así bastante bueno como me decía la experiencia, terminé por clavarla en ella, casi incrédulo, cuando me empezó a halagar, no sabía si gratuitamente, si porque lo pensaba de verdad o si porque quería ganárseme para asegurarse de tenerme como aliado, pero en cualquier caso no tardamos demasiado en dejar de mirarnos, ella con expresión difícil de desentrañar y yo con curiosidad e incredulidad que me impedían fijarme en un menú que ya conocía de sobra... Y que no necesité revisar antes de que viniera el camarero, en apenas un momento, para tomar nota de nuestras consumiciones, la de ella más insegura que la mía, carne.
– Para mí rosbif con salsa de mostaza y con patatas. – pedí, con aire seguro porque ya sabía lo que era y a tiempo de un importante contraste con Paola, que no tenía ni idea de lo que pedir y se decidió, casi aleatoriamente, por algo de pescado al cava y con arroz, un plato que no me disgustaba pese a que tampoco fuera de mis preferidos. Con nuestra consumición ya ordenada, el camarero se fue y ella enseguida atacó su copa de vino, el acompañamiento mejor para comenzar con sus argumentos para convencerme de algo que íbamos a hacer... y sin poder evitar, a medio camino, ligar con el camarero.

Puse los ojos en blanco, sin poder evitarlo, por aquel derroche de italianidad constante al que me estaba viendo bombardeado por su parte porque no podía evitarlo, era una cultura que llevaba por la vida demasiado como bandera, y que en cierto modo me repelía porque yo era opuesto y porque si llegaba a ligar con alguien, que lo hacía y lo había hecho, prefería ser más... no sutil, más bien elegante, ya que ir de manera tan directa, por mucho que los hechos revelaran que funcionaba (a las pruebas del camarero muerto por ella y un simple grazie ronroneado me remitía) no era mi estilo, y me resultaba demasiado simple y fácil, algo que no solía ir conmigo. En cualquier caso, nuestro tema de conversación no eran sus maneras de confraternizar con el género contrario sino uno mucho más serio: la posibilidad de que yo actuara como intermediario entre la mafia italiana y el ejército británico para una trata de armas que tendría que permanecer en el más estricto secreto si no quería que se me cayera el pelo por parte de gente con falsa moral que no toleraba mi manera de pensar... Daba vergüenza que sucios comunistas fueran mis superiores, pero así funcionaba todo.
– Cuantos menos intermediarios haya, menos riesgo correré sobre todo yo, aunque si nos descubren ciertos superiores míos no seré el único al que se le caiga el pelo... No entiendo la manía de algunos de ellos por actuar siempre de manera limpia cuando somos soldados, no se nos aplican las mismas normas que a los demás. – comencé a decir, apoyando la palma de la mano izquierda sobre la mesa al lado del tenedor y con la otra, la derecha, buscando de nuevo la copa para beber otro trago de agua.

Se podía pensar que estaba fuera de lugar beber agua en un sitio como aquel, y algunos de los camareros que no me conocían, los menos, tenían clavadas en mí miradas de cierta incredulidad, pero aparte de mi natural rechazo hacia el alcohol por ser un destructor de neuronas e hígado, partes del cuerpo que Dios nos había entregado, prefería estar sobrio si iba a hablar de temas con consecuencias tan funestas para ambos como podía ser aquel, en caso de que me pillaran, algo que no sucedería porque estaba demasiado habituado a hacer cosas a espaldas de mis superiores en pos de lo que era mejor para la Patria y peor para los sucios infieles que nos atacaban en Irak. No había, por tanto, que preocuparse, pero tampoco había que ignorar los potenciales riesgos que seguíamos corriendo... Tenía que elegir muy bien a quién informaba sobre aquel movimiento de todos los que se encargaban de conseguir las armas, y también tenía que ponderar quién de todos los que se me estaban pasando por la cabeza era más de fiar.
– Por mi parte sobra decir que acepto el trato, pero sí te voy a pedir cierta paciencia ignorando que, por tu cultura, eso no es lo tuyo, y todo por una simple razón: no quiero apresurarme. Tengo que tantear el terreno antes de lanzarme de lleno a la piscina y arriesgarme, porque aunque esto pueda beneficiarme en mi carrera también puede hundirme y hacerme obligar a desertar antes de que me echen, y no estoy dispuesto a tirar mi vocación por la borda, como comprenderás. – añadí, encogiéndome de hombros al plantear los riesgos, así en frío, y deteniéndome en cuanto uno de los camareros, inmune a los encantos mediterráneos de mi acompañante, nos trajo lo que habíamos pedido, dos platos humeantes que puso frente a nosotros.

Una vez se hubo alejado lo suficiente para que estuviera seguro de que no podía escucharnos, y una vez estuvo la copa de vino de ella llena del todo otra vez, volví a clavar mi mirada en la suya, hielo contra puro ardor mediterráneo... como toda ella.
– Por otro lado, estoy de acuerdo contigo en que lo mejor será que seas tú la encargada de hacerlo, sobre todo por el hecho de que es contigo con quien he establecido esta alianza, e inmiscuir a alguien más a quien no conozco tanto como estoy empezando a conocerte a ti sería arriesgado... Como también comprenderás, no voy ofreciendo mi confianza a todo el mundo así como así, y menos en un tema tan delicado como lo es este. – continué, dándole carta blanca para que fuera ella el cerebro mafioso de la operación y la representante del lado que contactaría conmigo y que me tenía a mí como cabeza pensante tras él, el inversor que se arriesgaba por el bien de misiones como la mía... Para que luego, llegado el caso, alguien quisiera acusarme de negocios ilegales cuando yo sólo estaba buscando lo mejor para la misión y para poder erradicar la amenaza infiel en un territorio como en el que estaba destinado.
– Creo que lo mejor será que me des tu número de móvil para poder irte avisando a medida que me ponga en contacto con los superiores que más dispuestos van a estar a cubrirme, ayudarme y favorecer en lo posible el intercambio de mercancía, ¿no crees? Así te podré ir informando de cómo va nuestro pequeño negocio, aunque como poco yo te pongo de plazo unas dos o tres semanas para evitar riesgos innecesarios. – pedí, extendiendo la mano libre para que ella pusiera su móvil sobre ella y yo pudiera apuntarle mi número.

En apenas unos segundos el intercambio se produjo, afianzando aún más el lazo que en un principio nunca había pensado que pudiera producirse pero que sin embargo ahí estaba, desafiante, y en cierto modo agradable... Porque, de todas las personas con las que había podido encontrarme, ella no estaba tan mal y podía decirse que incluso me divertía, en cierto modo, ya fuera con sus palabras, su actitud o sus prontos, que derrochaban un carisma que sólo podía ser italiano... y en fin. Le devolví el móvil enseguida e inmediatamente después probé el rosbif, en su punto, con la salsa y un poco de patata asada que acompañaba al plato, movimiento tras el que dejé el tenedor sobre el mismo plato en el que me lo habían servido y me limpié los labios con la servilleta.
– Y respecto a lo de Mancini, puedes insistir hasta quedarte sin voz porque mi respuesta va a seguir siendo la misma: yo no le he hecho nada. Ha sido una casualidad que se haya atragantado con su propia saliva, la única explicación razonable para que su cara se haya teñido de morado; ha sido una torpeza que se tropezara con los guijarros del suelo y quedara frente a mí, aunque si así me ha mostrado el respeto que me debía por lo menos ha sido una torpeza útil... ¿Cómo he podido tener yo algo que ver, si ni siquiera lo he tocado? Dios estaba de mi lado y quería que se mostrara como debía, Paola, no hay mayor explicación que esa. – repliqué, retomando la pregunta que me había hecho ella hacía un rato y que deliberadamente había dejado sin contestar porque había decidido aplicarme a temas mucho más interesantes, como nuestro trato que, con las palabras que habíamos intercambiado hasta aquel momento, estaba cobrando cada vez más fuerza y que finalmente se vería reflejado en las armas que nos acabarían entregando.

Un momento de silencio, poco habitual para lo que era ella de parlanchina y más factible por lo poco dado que solía ser yo a hablar, vino después de mi respuesta, probablemente insatisfactoria para ella pese a que fuera más o menos cierta, ya que había sido el deseo de Dios que yo adquiriera mi habilidad de titiritero con la tormenta y sólo había utilizado una de las herramientas que Él me había dado. Aproveché la quietud para beber un nuevo trago de agua y pinchar algo más de rosbif, que enseguida me llevé a la boca para paladearlo, masticarlo y tragarlo, disfrutando de mi elección tanto de aquel plato en particular como del restaurante en general.
– Tengo curiosidad, por cierto... ¿Lo de llamarte zorra lo hacía Mancini porque le has hecho algo, porque tiene esa imagen de ti o simplemente porque era el primer insulto fácil que le ha venido a la cabeza? Porque yo no sabré de esto demasiado, pero no creo que lo vuestro sea simple competencia, ¿no? – inquirí, mirándola de nuevo a los ojos y con las ganas de saber la respuesta brillando en ellos, dándoles un aire de vida del que normalmente carecían y que combinaba perfectamente con la media sonrisa más o menos sincera que tenía grabada en los labios.

_________________






ALL in the name of GOD

I still know how to smile:
Oh? Well, I guess it's ok...:
I should've been born 400 years ago:
Now you know my secret, Paola:

Premios:


Jack Thomas

Empleo : Militar
Mensajes : 261
Fecha de inscripción : 01/08/2011

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: Her Portrait In Black [Adriana P. Gregoletto]

Mensaje por Adriana P. Gregoletto el Miér Feb 29, 2012 11:57 pm

Tenía que reconocer que aquel sitio era tranquilo pero, sobre todo, elegante. Con aquel ambiente me volvía a sentir como en casa, sin tener que disimular los lujos, o que me encantaban aquellas cosas para que nadie sospechara de una mujer joven italiana y con pasta... Precisamente por ello no vivía en uno de los mejores barrios de la ciudad, en una de esas casas con dos pisos tan monas que había por Londres y de las que me había enamorado, si no en un piso soso aburrido que, al menos, era lo suficientemente grande como para montar una y mil fiestas allí... Cosa que iba a empezar a plantearme seriamente porque ya iba necesitándolo. Aunque eso no quitaba que, igualmente, hubiera hecho que mi padre comprara una de esas casas para mí, que permanecía vacía y amueblada, lista para que la ocupara cuando quisiera y en la que alguna vez pasaba la noche alguno de mis guardaespaldas para no levantar sospechas... Porque aquella casa era mía y pensaba vivir en ella cuando las cosas fueran mejor y no tuviera que estar escondida como una maldita gata callejera... Porque lo odiaba. Otra cosa buena de aquel sitio eran los camareros, algunos muy guapos, mayores y jóvenes, realmente educados y de esos que daban ganas de comerse a mordiscos... Aunque aquella noche no, porque teniendo a Jack para mí solita no iba a ser tan estúpida como para irme con otro sabiendo lo que él podía ofrecerme... Que era mucho... Muchísimo.

Intenté apartar de mi cabeza los recuerdos de la noche que lo había conocido y lo logré gracias a él, que enseguida habló de negocios, cosa que me hizo ponerme más seria y, por un momento, obviar que hubiera ignorado mi pregunta sobre Mancini mientras escuchaba atentamente lo que decía... y tenía toda la razón. Cuantos menos intermediarios mejor, si podía ser, solo quería que estuviera él y directamente el ejercito, fuera quien fuera quien quisiera hacer negocios con nosotros y ya no solo porque mi nuevo aliado corriera peligro si no porque aquello nos ponía en peligro a todos y es que, como muy bien había dicho, el ejército estaba lleno de estúpidos que no entenderían aquellos negocios y que harían lo que pudieran para terminar con nosotros... Y con quien nos ayudara. Jack hizo una pausa que aprovechó para beber agua de su copa, como cuando lo había conocido, mientras yo por mi parte volvía a llevarme el vino a los labios y a disfrutar de su sabor... Hacía mucho que no probaba un vino tan bueno y me estaba malacostumbrando a otro tipo de alcohol que no pegaría demasiado bien en un ambiente como aquel y que probablemente a Jack le hiciera mucha menos gracia que tomara... Por mucho que en aquel momento matara por una copa de Jägerbomb... Aunque si me hacían elegir probablemente me quedaría con un polvazo con Jack, eso seguro... Y mucho más en aquel momento en el que dijo que aceptaba el trato, haciendo que en mis labios se formara una media sonrisa, porque aquello lo convertía oficialmente en mi aliado. No me importaba esperar, por mucho que a él le pareciera imposible aquello, mientras él me demostrara que estaba trabajando en ello y que realmente quería aque aquello se llevara a cabo porque conocía y entendía los riesgos y si algo había aprendido de él en el poco tiempo que lo conocía era que su vocación y su fe eran dos de las cosas más importantes para él y que guiaban la mayoría de sus acciones por lo que no pretendía hacer que lo echaran del ejército por mi culpa y luego me odiara por el resto de su vida porque, sinceramente, un enemigo como Jack podría hacer mucho daño a la familia... Y eso, solo habiendo visto cómo había torturado a un “infiel”... Seguro que de saber más sobre él aquello me quedaría aún más claro.

Asentí ante sus palabras, conforme con lo que acababa de decir justo cuando un camarero llegó con nuestra cena aunque, por desgracia, con este camarero no hubieron sonrisitas ni miraditas así que, simplemente, me limité a mirar el plato que tenía delante y a morderme el labio inferior viendo que la ración era enorme y que, por mucha hambre que tuviera, me iba a costar lo mío terminármelo. Hubo una especie de silencio entre que nos dejaron los platos sobre la mesa y me rellenaron la copa de vino hasta que Jack volvió a hablar, probablemente, intentando asegurarse de que nadie podía escucharnos y haciéndome medio sonreír de nuevo porque aquello era muy típico en mi familia. Sus ojos se fijaron en los míos y le sostuve la mirada encantada mientras él me halagaba en cierta manera a mí al decirme que era mejor que fuera yo la encargada de llevar a cabo aquello porque, después de todo, era mi aliado y no el de cualquier otro (y me sonaba extrañamente bien de sus labios aquello) y que no le parecía bien meter a alguien a quien no conocía como empezaba a conocerme a mí ya que no ofrecía su confianza así como así y mucho menos en temas tan delicados y arriesgados. Murmuré un “Grazie” que no tengo muy claro que escuchara antes de beber un poco más de mi vino y empezar a atacar mi plato antes de que se enfriara, mezclando el arroz y el pescado y llevándome aquel suculento bocado a la boca, muriéndome al descubrir lo delicioso que estaba. Y así, sin más, Jack me pidió también mi número para “irme avisando” de como iba evolucionando aquel trato haciéndome alzar una ceja porque aún no me habían pedido mi número de teléfono con una excusa parecida pero me encogí de hombros, asintiendo ante esas dos o tres semanas de plazo antes de empezar en serio con el trato y busqué mi móvil unos segundos, poniéndoselo sobre la mano y aprovechando para acariciarlo mientras lo miraba a los ojos, gesto que ignoró, como tantas otras cosas mientras él anotaba su número en mi móvil y yo hacía lo propio en el suyo. Nos devolvimos los móviles y él aprovechó para probar, por fin, su plato mientras yo seguía comiendo del mío, pensando que ya habíamos zanjado el tema y que no tendríamos mucho más sobre lo que hablar por lo que mi cabeza maquinaba y pensaba preguntas para no estar toda la cena en silencio hasta que él volvió a hablar.

Me sorprendió que retomara el tema de Mancini que yo creía ya olvidado pero me sorprendió aún más que negara algo tan evidente como que él había tenido algo que ver. Tenía ojos, sabía lo que había visto y aquello no podía ser fruto de la casualidad, como decía Jack, porque ni Mancini era tan tonto como para aquello ni era posible que se atragantara con su saliva y luego se tropezara de manera tan estúpida y, mucho menos, que no pudiera levantarse del suelo... Jack tenía razón, por otra parte, no lo había tocado. No sabía cómo lo había hecho, pero sabía que algo había hecho aunque él parecía convencido de que no había sido así y de que Dios lo había ayudado por lo que, mirándolo a los ojos, asentí, sin estar nada convencida y llevándome de nuevo la copa de vino a los labios, intentando evitar una discusión con mi aliado más reciente porque no me apetecía acabar de los pelos con él y mucho menos en aquel sitio. Después de su respuesta se volvió a callar y yo me quedé pensando, intentando descubrir cómo lo había hecho o qué había hecho, buscando el truco o la trampa y, finalmente, sin obtener respuesta alguna porque aquello no podía ser, todo lo que se me ocurría sonaba a disparate. Mientras pensaba, con el ceño fruncido, comía tranquilamente y bebía, pensando que aquellos malditos camareros querían emborracharme porque si no no entendía su afición por rellenarme la copa una y mil veces con cada trago que daba y, mientras yo miraba en dirección al último camarero que había rellenado mi copa, Jack volvió a hablar, haciéndome alzar una ceja al escuchar que tenía curiosidad... Sí, como esa que mató al gato.

Aunque su pregunta fue más o menos inofensiva y, para no variar aquella noche, se refería a Mancini... y a mí. Si tenía de mí una imagen de zorra o si lo había dicho por decir y que parecía que lo nuestro fuera más que simple competencia. Jack me miraba a los ojos y medio sonreía, logrando que el cabreo que me producía aquel tema no fuera tanto como en un principio podía haber sido porque odiaba a los Mancini, a Don Lorenzo, a Nicola y a todos ellos y aún más odiaba que mi padre hubiera querido sellar la paz entre nuestras familias conmigo... - Es una muy larga historia, soldadito, pero creo que tenemos tiempo y como tú no es que seas el alma de la fiesta te la contaré para que no te aburras y te marches y me abandones rodeada de camareros que no dejan de lanzarme miraditas y sonrisitas... - comenté, encogiéndome de hombros y llevándome la copa de vino a los labios, mordiendo el cristal mientras lo miraba y volviendo a dejarla en la mesa. - Empezando por el principio, hay cinco familias importantes en mi Nápoles natal pero hace tiempo una sexta, los Mancini, se mudó desde calabria a la ciudad para ser parte de La Camorra y con ello hubieron peleas y problemas que desembocaron en guerras entre familias y en la pobre ciudad napolitana sufriendo por aquellas tonterías... - hice una mueca de asco. El mismo que me producían los Mancini, los culpables de que cualquiera de las ciudades que consideraba MIS ciudades, se vieran envueltas en semejantes locuras. - Mi padre se hartó y organizó a las familias, nuestros segundos, los Biazzi, estaban con nosotros y no nos costó mucho convencer a los Rosetti, a los Bellini y a los Lombardo de que depusieran las armas... Pero los Mancini seguían empeñados en la guerra y en conseguir todas Nápoles así que mi padre habló con Don Lorenzo y llegaron a un acuerdo. – y en aquel momento tuve que hacer una pausa obligada para beber porque aquella parte de la historia no era, precisamente, de mi agrado, ni mucho menos mi favorita. - Mi padre me prometió con Nicola y las familias firmaron una tregua todas juntas, y yo probé a ver si Nicola merecía estar con una Gregoletto... Pero no me llegaba ni a la suela del zapato así que aquello no iba a ser y no fue. Mi hermano aún seguía por allí y entre él, Carlo y yo convencimos a mi padre de que aquello era una estupidez y que no pensaba ser una Mancini y, al final... Aquí estoy. Las cinco familias tienen un pacto y los Mancini van a parte y ahora quieren ampliar sus fronteras, ya no solo a Roma, que también es nuestra, sino a Londres... Solo porque yo estoy aquí. Se creen que me dan miedo o algo porque mi padre esté desaparecido... – aproveché una nueva pausa para volver a comer un poco y ver si adelantaba porque aún me quedaba más de medio plato y con el tenedor en los labios me encogí de hombros. - Y esa, querido soldadito, es la historia... En versión resumida y para todos los públicos, claro, no creo que te interese saber lo malo que era Nicola en la cama o cosas así... - sonreí divertida y bebí un poco de mi copa, por una vez, rechazando que la llenaran a tiempo porque ya me notaba bastante alegre y no era plan de que Jack tuviera que subirme en brazos a mi casa (¿o sí...?) y sonriendo al camarero con educación antes de volver a mirar a Jack a los ojos.

-¿Y tú qué? ¿Tienes alguna historia para no dormir, Jack? Como por ejemplo la de qué hacías en la fiesta de esta noche o... ¿Qué es de tu querida amiguita Emily? ¿Se puso muy celosa? No sé por qué aguantas a una persona así, eres bastante independiente, se te nota, y una chica como Emily... En fin... Digamos que es celosa, territorial y paranoica y que no te pega nada por mucho que no tengáis nada, porque en su cabeza de desquiciada a lo mejor no pasa lo mismo... Pero si necesitas ayuda con ella o quieres que desaparezca por alguna extraña razón no dudes en llamarme, mis chicos y yo somos unos profesionales... - comenté, con una sonrisa en los labios y medio en broma... Solo medio porque yo era capaz de eso y de mucho más pero no sabía hasta qué punto aquella pesada le importaba a Jack. Y por alguna extraña razón aquel pensamiento me hizo bajar la mirada y centrarme de nuevo en mi plato, en mi comida y en mi bebida para dejar de pensar en lo que fuera que se me hubiera pasado por la cabeza aunque no pude evitar subir la mirada un segundo y encontrarme con la suya. - Está delicioso, por cierto... Me gusta mucho este sitio. Se parece mucho a los restaurantes a los que nos solía llevar mi padre. Le encantaba la música clásica, sobre todo en directo, y los sitios así lo apasionaban... No sé cómo podía estar con mi madre con lo diferentes que eran... - negué con la cabeza, con una sonrisa estúpida en mis labios, recordando tiempos pasados y mejores, cenas o comidas en las que los cuatros estábamos juntos como la familia que eramos y no cada uno en una parte del mundo y mi madre muerta... Desde aquello todo se había ido a la mierda y lo sabía tan bien como podía saberlo mi hermano o mi padre pero ya nada de eso importaba, era el pasado, y el pasado había que dejarlo atrás, no olvidarlo, pero tampoco vivir en él. Había que vivir en el presente, mi madre me lo decía siempre, y el mío estaba con Jack, cenando en aquel sitio y, sorprendemente, pasándomelo realmente bien sin tener que recurrir a usar mis armas de mujer ni a intentar llevármelo a la cama... Porque, en el fondo, sabía que lo haría porque me moría de ganas y seguro que, después de la última vez, Jack también... Me moría por repetir aquello y la perspectiva de que al final de la noche pudiera volver a pasar me hizo volver a mirarlo, de una manera distinta, y con una media sonrisa llena de picardía en los labios pensando en lo jodidamente bueno que estaba... Y en que aquella noche la suerte estaba de mi lado!

_________________






Ficha | | Relaciones
*PREMIOS.&.STUFF*:





Adriana P. Gregoletto

Edad : 23
Empleo : Mafiosa
Mensajes : 335
Fecha de inscripción : 20/07/2011

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: Her Portrait In Black [Adriana P. Gregoletto]

Mensaje por Jack Thomas el Miér Mar 07, 2012 6:26 am

Pensándolo fríamente, apenas sabía nada de Adriana Paola Gregoletto. Sí, conocía su nombre completo; sí, conocía su implicación en la mafia aunque resultara obvia con semejante apellido para alguien que estuviera medianamente puesto en el tema; y sí, conocía bastante bien cómo era en la cama (para ser fiel a la verdad, esa que había sucedido una vez y no volvería a suceder, en la fábrica abandonada), pero a partir de ahí todo lo que sabía, prácticamente, eran suposiciones propias a través de su carácter, de lo que me había mostrado de sí misma y de su actitud ya no sólo conmigo, sino con todos los demás, sin ir más lejos los camareros. Si iba a establecer una alianza con ella, como ya lo había hecho hacía ya un rato de manera más o menos oficial y que alcanzaría el nivel adecuado de certeza en cuanto me pusiera en contacto con mis conocidos militares, tenía que saber algo más de ella, y quien dice algo más dice mucho más, ya que a fin de cuentas lo que estaba en juego era mi propia integridad, basada en mi confianza en ella, y si no la conocía nunca podría llegar a confiar en ella... Aunque Dios supiera tan bien como yo que, de todas maneras, y por mucho que pudiera llegar a conocerla, no se me daba demasiado bien lo de confiar en la gente y probablemente me costaría, aunque me adaptaría a lo que fuera si era por un bien mayor, como lo era seguir la justicia divina y continuar con aquella guerra en la que estaba inserto de cuerpo y alma y que suponía mi trabajo, ahora también mi tiempo libre si eso significaba, como parecía que lo hacía, que tenía que averiguar de ella todo lo que pudiera... con un fin meramente profesional, nada más.

Ignoré, por tanto, que me llamara algo distinto al alma de la fiesta aunque yo mismo fuera consciente de que no lo era, dado que ni siquiera me gustaban las fiestas como norma general, y enseguida me centré en ella y su historia, en la que empezó a destriparme el funcionamiento de las familias napolitanas hasta que llegó al quid de la cuestión: el papel de Nicola... Que nada menos era el de su casi-esposo para asegurarse una unión con las familias. Honestamente no me sorprendía, sabía que aquellos ardides eran muy propios de la familia y ya estaba acostumbrado pese a que en mi fuero interno mi opinión no fuera totalmente favorable en aquel respecto, así que ni siquiera me esforcé en fingir una expresión de sorpresa que no era nada favorable a la situación y sólo me limité a mantener la sincera, la de interés, que se vio sustituida por una ligeramente divertida cuando, a la mínima de cambio, ella dio la vuelta a la tortilla y enseguida quiso saber más cosas sobre mí... para no variar.

Desde el primer momento en el que nos habíamos visto (bueno, ella me había visto a mí, ya que así había conseguido conocerme al lanzarse a comerme la boca justo después de bajar del tren que me había conducido a casa) había demostrado un interés casi enfermizo, sólo comprensible por el hecho de que era italiana y, por ende, curiosa hasta un punto que rozaba el afán por el cotilleo, por mí, y esa era una de las cosas de ella sobre las que sí tenía certeza, tanto por el hecho de que no iba a cambiar, al menos no si Dios no lo quería, como por el otro hecho importante: que no dejaba de mostrármelo. En condiciones normales, como sí que había sido nuestro primer encuentro, yo no contaba de mí más que lo justo y necesario por motivos estrictamente lógicos: ¿por qué confiar en un desconocido cuando las circunstancias no lo ameritan y cuando puede utilizar esa información sobre mí? Ya había caído en las manos de enemigos una vez, hacía ya tantos años y pese a que no fueran enemigos únicamente míos sino de la cristiandad al completo, y los años, además de la experiencia, me habían vuelto aún más introvertido de lo que ya era; aún así... Aún así tenía que haber un pero, tenía que haber algo que hiciera aquella situación particular y extraña, como ya lo estaba siendo hasta aquel momento y como Dios, de nuevo, quería que fuera y tenía que haber algo que justificara que me estuviera planteando en serio responder a sus preguntas, y ese algo era nuestro principio de acuerdo mutuo... Más o menos.

Aquella suerte de alianza que habíamos establecido no podía construirse sobre nada; tenía que tener unas ciertas bases de confianza, al margen de nuestra mayor o menor profesionalidad (dato que, por lo que había visto de ella, de nuevo era bastante significativo ya que parecía ser buena en lo que hacía, igual que yo, gracias únicamente a Dios y a lo que había insuflado en mí) a la hora de fortalecerla y solidificarla, y el paso de conocernos mejor era básico, ya que de nuevo, siendo lógico, ¿cómo podía aliarme con una total desconocida? Ni el hecho de que me beneficiara ser amigo de la mafia explicaba aquello, y la situación prácticamente me había arrastrado hasta el punto de que no me quedaban más opciones que responder a sus preguntas, ceder y empezar a conocernos mejor... Aunque se necesitaba tiempo para conocer a una persona, para eliminar en ti todo atisbo de duda que puedas tener sobre ella y una potencial traición y para poder decir que confías en ella plenamente, mas no por ello estaba en posición de renunciar a contestar pese a que mi fuero interno se rebelara... Con razón, ya que odiaba hablar de mí mismo a no ser que fuera estrictamente necesario.
– Supongo que es inevitable tener historias para no dormir: esas son las vueltas que da la vida, inesperadas para cualquiera que la vive excepto para el Creador... Pero ya que preguntas, voy a centrarme en lo que me has dicho: mis motivos para haber acudido a la subasta y Emily, y empezaré por lo más sencillo, la fiesta. – comencé, jugando con el tenedor entre mis dedos sobre los trozos de carne que quedaban por mi plato, organizados casi de manera pulcra, y mirándola a los ojos hasta que bajé la mirada a la cena.

Pinché uno de ellos, me lo llevé a la boca con deliberada lentitud y lo mastiqué, tragando después y acompañando al trago con algo de agua de mi copa, todo aquello con una paciencia tal que ella parecía estar a punto de empezar a impacientarse... y yo a punto de sonreír ampliamente porque lo distintos que éramos, yo tan frío y ella tan ardiente, probablemente nunca dejara de sorprenderme del todo, pero a fin de cuentas había sido Su deseo que ella fuera así y los caminos del Señor son misteriosos... al igual que su manera de hacer a las personas más o menos rectas en su camino.
– Aunque primero te recomiendo paciencia, ya que suficiente es, como podrás empezar a descubrir en cuanto investigues algo sobre mí como sé que probablemente acabes haciendo, ya que es lo mejor cuando te alías con alguien, que acceda a contarte algo como para que encima te impacientes... No es como si tuviéramos prisa de algún tipo, ¿no? ¿O es que acaso tienes algún sitio distinto al que ir? – añadí, encogiéndome de hombros y llevándome a la boca otro pequeño trozo de carne tras el que dejé el tenedor sobre el plato, tranquilo.
– Si quieres que te cuente la versión extendida estaríamos demasiado tiempo hablando sobre mi familia y no es ni la mitad de espinosa que la tuya, me temo, con lo que quizá te resulte aburrida si lo que quieres es una historia para no dormir. En cualquier caso, la carta con la invitación para la subasta estaba dirigida a mi abuelo, alguien que tiene bastantes ocupaciones... digamos políticas y que siempre se las apaña para estar atento a todo el mundo cultural de la ciudad, y como él no ha podido ir, además de que quiere que siga su ejemplo y me integre en un mundo en el que me he criado, me ha dicho que vaya por él, así que he avisado a mi hermana y allí estábamos... El cuadro ha sido una demostración de que he cumplido con sus deseos, si quieres verlo así, aunque es cierto que le encanta Caravaggio. – comenté, encogiéndome finalmente de hombros como si la cosa no fuera totalmente conmigo y mirándola a los ojos, como solía, sin un atisbo de la antigua risa en la mirada aunque tampoco serio, más bien neutral... Porque así era como estaba, salvando el quizá buen humor con el que me estaba comportando aquella noche.

– En cuanto a Emily... Creo que los dos estaremos de acuerdo en que Dios ha creado al hombre con ciertas necesidades que, para poder cumplir con su función, tiene que satisfacer, y alguien como ella viene bien para esa clase de momentos... No me entiendas mal, no es como si fuera a casarme con ella o me interesara, simplemente ha estado ahí y pese a que le haya dejado claro más de una y de dos veces que la cosa no pasaría de ahí, sigue insistiendo... No tengo claro si es porque está desquiciada, porque le gustan las causas perdidas o porque, simplemente, no tiene absolutamente nada que perder, pero es una criatura del Señor, Paola, y no se ha inmiscuido en nada de lo que no le interesa, divino o humano, así que no tendrás por qué ocuparte de ella, simplemente déjala vivir... Es lo que hago yo. – expliqué, con expresión absolutamente seria y, por ende, absolutamente sincera que acabó relajándose al final hasta volver a una distendida, como el tono de la conversación a la que, en aquel punto, habíamos llegado. No estaba seguro de que fuera a entender mi posición, mucho menos cuando yo mismo era un ferviente defensor del sexo durante el matrimonio y no antes, pero mi propia naturaleza de brazo armado de Dios me concedía ciertos privilegios, no exentos de los correspondientes deberes, que me encargaba de satisfacer para poder considerar que estaba a punto para mi misión superior.
– De todas maneras, no estoy tampoco de acuerdo con lo que te he dicho respecto a mí mismo, ya que de haber tenido la oportunidad me habría librado de recurrir a ella de una manera tan sencilla como no habiendo probado una mujer hasta el matrimonio, aunque no pudo ser y, por deseo del Creador, las cosas han salido así... Eso me recuerda, por cierto, que no estoy demasiado de acuerdo tampoco con la idea de tu familia sobre el matrimonio. Para mí debería ser algo en serio dado que es ante los ojos de Dios y no una mera transacción de negocios, aunque respeto vuestra postura... A fin de cuentas, sois mis aliados, ¿no? Para algo tiene que contar. – añadí, volviendo a pinchar la carne y preguntándome, por un momento, cómo nos las habíamos apañado para llegar a aquel punto de la conversación.

¿Dónde había quedado lo de simplemente hablar de armas, de militares y de tratos con mafiosos? Aquellos campos eran mucho más sencillos, para mí, que cualquier cosa que tuviera que ver con mí mismo, con mi propia psique y con cualquier cosa que supusiera abrirme a un extraño; prefería mil veces los negocios y los temas laborales porque, ahí, era un auténtico experto y nadie podría llegar a timarme o a intentar metérmela doblada, y además me sentía mucho más fluido en aquella clase de temas... como mi cambio de tono y asunto conversación reveló enseguida, tan pronto como pude hacerlo.
– Y tengo que admitir que me encuentro bastante cercano a la posición de tu padre... Los sitios así son mis predilectos, y la música clásica es prácticamente todo lo que escucho y lo que me perece digno de llamarse música, aunque creo que tú no opines exactamente lo mismo... ¿No? También tengo la sensación de que tus historias para no dormir son bastante más abundantes y entretenidas que las mías, así que adelante, soy todo oídos... – finalicé, mordiendo un nuevo trozo de carne al que acompañé con otro trago de agua para, a aquellas alturas, mirarla y escuchar lo que fuera que tuviera que decirme sobre ella ya que, a fin de cuentas, si yo decía algo ella también tenía que hacerlo, era lo justo para satisfacer mi curiosidad cada vez mayor no tanto por nuestra naturaleza de aliados sino más bien por ella misma, que se salía de la mayoría de mis categorías mentales y me despistaba... Algo peligroso.

_________________






ALL in the name of GOD

I still know how to smile:
Oh? Well, I guess it's ok...:
I should've been born 400 years ago:
Now you know my secret, Paola:

Premios:


Jack Thomas

Empleo : Militar
Mensajes : 261
Fecha de inscripción : 01/08/2011

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: Her Portrait In Black [Adriana P. Gregoletto]

Mensaje por Adriana P. Gregoletto el Mar Mar 13, 2012 7:21 am

No conocía demasiado bien a Jack en particular y, la verdad, tenía que reconocer que no se parecía a ninguno de los chicos que pudiera haber conocido a lo largo de mi vida por lo que no sabía exactamente qué esperarme de él. En cierto modo, tenía algo que me recordaba a Carlo, quizá aquel aire de solemnidad y prepotencia, algo de ego y aquella forma de ser tan... fría. Aunque sabía que Carlo solo era frío conmigo y con sus víctimas lo que no me dejaba tampoco demasiado tranquila al respecto... Pero Jack se veía que era así con todo el mundo y que no era precisamente de los que fueran contando su vida por ahí por lo que realmente dudaba que fuera a contestar a mis preguntas con algo más que simples palabras cortantes o dándome largas... Pero no perdía nada por intentar descubrir más sobre él ya que, de una manera o de otra, descubriría todo lo que quisiera sobre él, su familia, su vida... Lo que fuera. Pero prefería que me lo dijera el mismo porque no da mucha confianza eso de que la persona con la que te acabas de aliar empieza a seguirte e investigarte... Pero sería lo que haría si me veía obligada a ello y lo tenía clarisimo. Así funcionaban las cosas en mi mundo.... Y mientras él se pensaba si contestar o no yo iba picoteando y comiendo de mi plato tranquilamente, terminándome poco a poco la comida para mi propia sorpresa y que no solía ser lo habitual en mí... Aunque aquella conversación me distraía y hacía que comiera más por gula que por hambre... Y con ese ya llevaba cuatro de siete en pecados reconocidos.

Para mi sorpresa, Jack accedió a contestar al menos a mis dos preguntas concretas, las referentes a la subasta y a la pesada de Emily y no pude evitar encogerme de hombros pues sabía que era mejor eso que nada aunque alcé una ceja cuando habló sobre la paciencia... Esa de la que yo carecía por completo y que tanto odiaba que mencionaran. Odiaba esperar y eso era un hecho pero intentaría no impacientarme demasiado... Aunque sabía que probablemente no lo conseguiría pero la intención era lo que contaba, ¿verdad? Jack no se fue mucho por las ramas ni entró en demasiados detalles, diciendo simplemente que la invitación para la subasta había sido para su abuelo, al parecer, un hombre importante que quería que su nieto siguiera su ejemplo. Aquello era bastante normal teniendo en cuenta que Jack pertenecía a una familia bien como había podido comprobar así que tampoco le di muchas más vueltas y me centré, más bien, en lo que dijo sobre la tal Emily... ¿Acababa de reconocer que la usaba únicamente para satisfacer sus necesidades? Sí, aunque me pareciera increíble eso era exactamente lo que el soldadito, Jack Thomas, acababa de soltar por sus apetecibles labios y conseguí contener la expresión de sorpresa de milagro y también el comentario de que yo le dejaba satisfacer sus necesidades conmigo cuando quisiera, sobre todo, porque terminó diciéndome que no me ocupara de ella y que simplemente la dejara vivir como hacía él... Hice una mueca, sin estar demasiado de acuerdo y bajé la mirada de nuevo a mi plato sin ganas de discutir... Porque la verdad era que aquella pesada no me daba buena espina y no solía equivocarme con respecto a la gente... Pero era su problema, no el mío y ya había dejado claro que no quería que hiciera nada de nada al respecto. Pero no contento con dejarme alucinada con ello aun fue más lejos y dijo que por él preferiría no tener que recurrir a Emily de no haber probado una mujer antes del matrimonio... Dejándome alucinada porque sí, vale que Jack fuera muy religioso y que Dios por aquí, Dios por allá pero... ¿En serio preferiría no haberlo probado? ¿Haberse aguantado hasta el casarse? Ahí yo ya estaba buscando la cámara oculta porque aquello no podía ser cierto, ¿Cómo un hombre podía estar renegando del sexo? Aquello ya era lo último aunque tenía que darle la razón con lo que dijo de que no estaba de acuerdo con la idea que tenía mi familia del matrimonio... Mis padres habían luchado por poder casarse juntos y después yo tenía que aceptar una boda con un inútil que ni me llegaba a la suela del zapato... Sin duda, no era justo, pero él dejó el tema y yo prefería no volver a retomarlo tampoco.

No toqué mi plato mientras Jack respondía, dándome cuenta que, de nuevo, había perdido el apetito como era más normal en mí. Por otra parte, ya estaba pensando más preguntas para él cuando se me adelantó comentando que estaba de acuerdo con mi padre en lo que se refería a sitios como aquel... Y llegamos al tema de la música y a mi turno de palabra para contarle lo que fuera... Y en aquel momento podría ser, efectivamente, cualquier cosa, lo primero que se me pasara por la cabeza. - La verdad es que estás bastante equivocado si piensas que no me gusta la música clásica. Puede que mi madre siempre estuviera poniéndome rock y punk pero mi padre era mucho más tradicional y, a parte de escuchar música, quería que la entendiera y que la sintiera... Así que me hizo aprender a tocar varios instrumentos. Escucho todo tipo de música y prefiero algo más fuerte, sí, eso no te lo niego... Pero hay momentos y momentos y no le digo que no a un buen vals de vez en cuando... – me encogí de hombros y me llevé la copa de vino una vez más a los labios, alejando un poco el plato de mí porque ya no podía más... Y casi me lo había terminado, todo un record en mí. - Ah, y antes de que malgastes una de tus preguntas en ello... Todo la guitarra, el piano y el violin. – tras aquello sabía que venía lo interesante. Jack quería saber más sobre mí, estaba claro, la cuestión era que no sabía exactamente qué podía contarle que no supiera o no se imaginara así que simplemente improvisé... A veces era lo mejor. - En cuanto a esa historia para no dormir que te mueres por oír... ¿Sabes? Mi padre es muy como tú. Él tampoco es de los que creen en el sexo fuera del matrimonio y cuando se enteró de que yo ya no era virgen... Bueno, torturó al chico en cuestión durante días. El chico resultaba ser uno de los nuestros, uno de mis “guardaespaldas”, de nuestros mejores asesinos. Después de la tortura se volvió incluso mejor aunque la pega es que desde entonces me odia... - sonreí con inocencia tras contarle algo que no tenía mucha más trascendencia. Simplemente, algo que había pasado pero que no podría revelar de mí nada que no quisiera que él supiera como habría supuesto contarle algo sobre mi infancia, mi entrenamiento desde pequeña o mi familia... Ya le había contado suficiente y aquello con Carlo era insignificante en comparación con otras cosas que podría contarle. - Por cierto... Yo tenía catorce años.

Los camareros, al ver que yo no volvía a tocar mi plato si no que solo atacaba mi copa de vino y hablaba se acercaron amablemente a nosotros y nos preguntaron si podían retirar los platos y si era todo de nuestro agrado y si queríamos algo más, yo negué con la cabeza, esperando pacientemente a que Jack acabara con su plato mientras volvían a rellenar mi copa... La verdad, no tenía hambre y por mí, no comería postre... Pero si el postre era él todo cambiaba. Alguno de los camareros con los que había estado flirteando intentaron que volviera a regalarles alguna sonrisa pero estaba demasiado centrada en Jack y, cuando volvieron a dejarnos solos y me llevé la copa una vez más a los labios sonreí. - Antes has hablado como si tu no quisieras haber probado a una mujer... ¿Es que te obligaron o te violaron o algo? - comenté, bromeando con una media sonrisa picara en mis labios. - Y si no quieres echar mano de la sosa pesada de Emily siempre puedes llamarme a mí, seguro que te lo pasarás mejor... Ya no solo por mi experiencia, si no porque además de cosas que ninguna otra puede darte... Conmigo no te faltará la conversación. - entrecerré los ojos, mordiéndome el labio inferior. Aquello eran proposiciones indecentes en toda regla, sí, pero no podía negar que aquel chico me encantaba y me volvía loca y... Joder, después de probarlo sabía lo que me perdía... Y no quería. - De todas maneras... ¿Es que eres de los que esperan encontrar el amor de su vida, casarse, tener hijos y ser felices y comer perdices? - no pude evitar alzar una ceja conforme iba diciendo aquello porque me sonaba a cuento chino hasta a mí y a Jack no le pegaba nada de eso aunque, después de todo, tampoco lo conocía tanto como para saberlo a ciencia cierta. - No sé, así a primera vista no te veo casado y con hijos... Aunque supongo que una parte de mí prefiere que sigas soltero para poder aprovecharme de ello. - sonreí de lado con inocencia fingida y me encogí de hombros. - Así que... ¿Cuales son tus planes para el futuro? Cercano y lejano... Y ya que estoy preguntando... ¿Algún cotilleo interesante por el frente digno de mención? – me encogí de hombros, bebiendo un poco más de mi copa y mirándolo a los ojos directamente, esperando su respuesta... Mejor dicho, sus respuestas, porque cuando empezaba a hablar no había quien me callara y mucho menos después de todas las copas de vino que llevaba ya entre pecho y espalda... Y todo gracias a los camareros... Sí, esos tan amables que querían ligar conmigo... O que yo ligara con ellos, más bien. Pero, sin duda, preferiría a Jack una y mil veces antes que a ninguno de ellos, no solo por el hecho de que estaba buenisimo, que eso era obvio, sino porque, además... Me moría por volver a repetir con él... Y quizá lo conseguiría aquella noche... Después de la conversación.

_________________






Ficha | | Relaciones
*PREMIOS.&.STUFF*:





Adriana P. Gregoletto

Edad : 23
Empleo : Mafiosa
Mensajes : 335
Fecha de inscripción : 20/07/2011

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: Her Portrait In Black [Adriana P. Gregoletto]

Mensaje por Jack Thomas el Sáb Mar 17, 2012 4:42 am

Lo poco que la conocía no era inconveniente para saber que tendría historias para no dormir durante varios años, no tanto por el hecho de que empezaba a darme cuenta de que era italiana hasta la médula, con todo lo que aquello conllevaba, sino porque también era mafiosa, y aquel gremio siempre solía caracterizarse por historias de esas, cuanto más espinosas mejor... Aunque, como soldado, tampoco me quedaba corto. De todas maneras, lo que el mundo conocía como historias espinosas para mí era únicamente cumplir con mi deber de ciudadano británico orgulloso de ello y de miembro del ejército de ese país al que consideraba mi patria, así que no tenía demasiado que contar que no fuera limitarme a describir todo lo que hacía en el frente, como lo era matar infieles, patrullar por la base, torturar infieles, violar y matar mujeres infieles, destrozar la amenaza que suponían para la seguridad de donde me encontraba y todo eso que no podía llegar a oídos de ciertos superiores tiquis, ignorantes de que la única manera eliminar la rabia es matar al perro, consideración demasiado generosa para las bestias que eran los infieles, que no servían ni para decorar el maldito paisaje del desierto en el que se escondían como alimañas. Esa era la clase de cosas que muchos de mis superiores no tenían por qué saber, mientras que otros de ellos conocían e, incluso, aceptaban porque sabían que yo era el soldado más entregado de los que componían mi escuadrón, y esa era la clase de cosas que no sabía, por el momento, si podía contarle a la italiana con la que estaba cenando porque aunque le hubiera dado el beneficio de la duda a la hora de empezar a confiar en ella, una cosa era una alianza y otra contarle ciertas cosas de mí de las que, si bien no me avergonzaba, tampoco quería exhibir como bandera ante una (casi) total desconocida.

De todas maneras, su percepción de nuestra relación (más compleja que cualquier otra relación de cualquier tipo que hubiera podido tener en mi vida) parecía ser algo menos estricta que la mía ya que no dudaba en contarme cosas que no creía que fueran de dominio público, por mucho que no callara y que la viera capaz de gritarlo a los cuatro vientos... Y así justificaba en mi cabeza que estuviera contándome cosas como cuándo perdió la virginidad (a los catorce, algo que sólo era compensado por el hecho de que era mediterránea y... en fin, allí funcionan de manera distinta, tanto que hay que darles de comer aparte) al lado de otras más banales como su música favorita, que resultó ser la “fuerte” que yo tanto odiaba porque la consideraba un producto demoníaco y no algo hecho por una criatura del Señor... Y a los gritos, lo estridente, lo ruidoso, lo irrespetuoso y lo vulgar de toda aquella “música” me remitía, aunque de todas maneras tendría que hacer la vista gorda con ella por el sencillo hecho de que éramos aliados y no podía permitirme sufrir las consecuencias de pasar por alto esa nueva situación...

Su curiosidad italiana me sacó de los pensamientos en los que había estado en aquel momento, uno en el que ponderaba los pros y los contras de pasar por alto nuestra alianza (y resultando ganadores los contras, me temía...), y enseguida volvió a la carga con preguntas y comentarios que, una vez más, demostraban lo poco que sabía de mí al no verme cara de querer formar una familia cuando eso era lo que yo tenía en mente para mi futuro, siempre y cuando encontrara alguna mujer adecuada tanto a los ojos de Dios como de los míos, algo cada día más difícil en aquel mundo de desviados en el que me tocaba vivir, sin ir más lejos con especimenes como mi hermana que... en fin, era también para darle de comer aparte, aunque sólo lo sería hasta que la pillara con las manos en la masa y pudiera castigarla por todas y cada una de las ofensas que había plantado en la cara del Creador a base de golpes bien merecidos hacia ella... No, si en el fondo hasta tendría que agradecérmelo, ya que a fin de cuentas ¿quién mejor que la familia para devolverla al camino correcto, a ese del que nunca tendría que haberse separado para llevar a cabo sus perversiones? El problema con Adriana era que en ella se daban factores ambivalentes: por un lado, hasta aquel momento no me había dado ningún indicio para pensar que era una sucia infiel o, igual de malo, una ignorante no creyente; por otro, se encontraban en ella cosas que me bastaban para odiar a una persona, como sobre todo lo concerniente a su italianidad, la misma que probablemente había conseguido que, en primera instancia, sintiera la curiosidad suficiente para dejar que se acercara y me condujera a un punto en el que no podía sino ignorar sus excesos por esa suerte de naturaleza de aliados que, a veces, me parecía incluso contraproducente pese a las muchas ventajas que podía traernos a ambos, empezando por el trato y siguiendo por la certeza de que, al menos, a la mafia no la tendría como una de mis ya numerosos enemigos, un auténtico plus dado que eran conocidos por la crudeza con la que trataban a ese selecto club y permanecía estar ajeno a él.

– Qué precoz, Paola... Y me alegra que al menos tu padre te haya inculcado el gusto por la música clásica, es algo que hoy en día no se realiza demasiado a menudo y supone una enorme carencia cultural de la que encima muchos se avergüenzan. – comenté, encogiéndome de hombros y guardándome para mí mismo la (mala) opinión que merecían los que, aún habiendo podido disfrutar de ese privilegio de escuchar música de verdad desde una edad temprana, desaprovechaban ese regalo y preferían escuchar cualquier ofensa a los ojos del Creador...
– Cuando yo era pequeño era de lo que más se escuchaba en mi casa, pero sobre todo podía disfrutar de ella cuando iba con mi abuelo, al campo, y siempre tenía algo de Mozart o de Beethoven puesto como hilo musical de fondo, eso cuando la música no era en directo por algún amigo suyo o por que me había llevado a algún concierto, algo que le encantaba hacer entonces e incluso ahora, pese a que no tenga tanto tiempo libre como antes ni, tampoco, el suficiente para ir a subastas de arte él mismo. – añadí, dándole ciertos datos de mí mismo que en condiciones normales me habría callado pero que, por las circunstancias en las que nos encontrábamos casi le debía ya que no consideraría, muy probablemente, justo, decirme cosas de ella misma sin que yo hiciera lo propio... por mucho que me disgustara hacerlo.

Volví a pinchar la comida, de la que apenas quedaba en mi plato un par de montones que siempre acababa de una manera u otra haciendo, y me la llevé a la boca antes de limpiarme con la servilleta y beber un trago de agua, cogiendo quizá fuerza para seguir respondiendo a preguntas que, de otra manera, habría ignorado, ya que no era asunto de nadie más que mío y del Creador en todo caso...
– No, no me violó ni tampoco me obligó, simplemente las circunstancias estaban de tal manera que ocurrió como lo hizo... – dije, pretendiendo en primer lugar dejar la cosa ahí pero, por su mirada, siguiendo, ya que probablemente no aceptaría simplemente eso como respuesta y querría más... que, por desgracia, iba a tener que darle, en aquel momento tras poner los ojos en blanco. – ...y no de otra manera. No sé, yo tendría unos dieciocho años, quizá diecisiete, fue antes de irme al frente seguro, y ella era mi primera novia. Un día me dijo que iba a irse de Bristol, que era donde yo estaba viviendo en aquel momento, y supongo que cuando estaba despidiéndose de mí una cosa llevó a la otra y sucedió, aunque tampoco me sienta especialmente orgulloso de ello y, entonces, no volviera a acostarme con ninguna mujer en años. – finalicé, separándome algo de la mesa para examinar su mirada que, como esperaba, era extrañada... Probablemente no cupiera en su mentalidad tampoco (y menos después de lo que había visto y probado de mí pese a que aquello fuera enajenación mental pura y dura) que no me hubiera acostado con ninguna mujer durante un período más largo que un par de semanas, pero así había sido, y así habría continuado de no haberse revelado, aquello, como una necesidad que sólo podía satisfacer para cumplir mejor con mi deber.

– Mis planes para el futuro son seguir como hasta ahora: en el ejército, y cuando esté aquí disfrutando de mi ciudad y de mi país. Si tengo que formar una familia será sólo si Él lo quiere, aunque probablemente sea lo que busque para mí, y si la adecuada aparece me casaré y tendré hijos, sí, aunque eso suponga que a ti se te acabe el chollo de tener un aliado soltero. – repliqué, dando por supuesto que cuando me casara, si lo hacía, no volvería a ir con ella como si estando soltero fuera a volver a hacerlo... No era lo que se me estaba pasando por la cabeza en aquel momento por mucho que a ella sí, aunque no iba a volver sobre mis palabras cuando, personalmente, tenía claro que al menos aquella noche no iba a suceder nada... no tenía la necesidad, no tenía tampoco la libido tan disparada como la tenía ella (de hecho, mi autocontrol solía ser excelente a fuerza de tanto tiempo ejercitándolo en el frente salvo ciertas tomas de contacto con la población “femenina” local) y no veía que fuera necesario confraternizar de aquella manera con mi aliada, simplemente.
– Y no, por el frente no suele pasar nada demasiado entretenido o digno de mención en la categoría de cotilleos. Como mucho puede que te interese que hace un par de meses a uno de tus compatriotas se le cayó el pelo porque se pasó con un preso y dejó que lo descubrieran... Aunque eso no es de lo que se suele contar a la opinión pública, así que dudo que lo sepas... De todas maneras, parece mentira que no supiera que si quiere utilizar métodos para que los presos hablen hay que hacerlo sin eliminar al susodicho en el proceso, porque entonces pierde todo valor que hubiera podido tener, aunque en caso de los infieles suele ser nulo. Estoy seguro de que en eso la familia es experta... – finalicé, dejando en el aire aquella cuestión.

En apenas un momento, me terminé lo que quedaba en mi plato y los camareros vinieron para recogerlo, además de para ofrecerme la carta de postres, que rechacé con un gesto de cabeza que la dejó con la mirada clavada en la de Paola, de nuevo.
– Te seré sincero: si no buscamos diversión al margen de lo que ciertos superiores, especialmente los que estarían en contra de pactar con la mafia para conseguir armas como si las multinacionales de las armas fueran una opción respetable, consideran correcto, los meses en el frente se harían eternos. Si a eso le sumas lo que viste la última vez y de lo que estoy seguro que has sacado las conclusiones correctas, comprenderás qué clase de reputación tengo entre ciertos sectores de la base... Eso, en sí mismo, supone una historia para no dormir, sobre todo teniendo en cuenta que hago lo que es mi deber hacer. – le dije, en tono de confidencia casi para que los camareros no lo escucharan porque cuanta menos gente estuviera al tanto de ciertas cosas mejor, tanto para ellos como para mí mismo, pero especialmente para ellos.
– Ahora dime, ¿cuáles son tus planes para el corto y el largo plazo? ¿Pareja...? No te ofendas, pero no te veo como alguien que haya tenido nunca una relación seria... eres demasiado italiana. Y otra pregunta, pura curiosidad, ¿qué te hace pensar que no tengo opciones para suplir a Emily? No es como si no tuviera contactos... igual que vosotros. ¿Traficáis con drogas y armas o también hacéis más cosas? ¿Cuáles son los planes, a grandes rasgos, que tenéis aquí? Prefiero que me lo cuente alguien de dentro antes que tener que informarme por mí mismo sobre mis aliados... – pregunté, con curiosidad genuina y finalizando mi turno de hablar para que empezara a hacerlo ella... aunque, conociéndola, probablemente no callara, cosas de ser italiana hasta el tuétano.

_________________






ALL in the name of GOD

I still know how to smile:
Oh? Well, I guess it's ok...:
I should've been born 400 years ago:
Now you know my secret, Paola:

Premios:


Jack Thomas

Empleo : Militar
Mensajes : 261
Fecha de inscripción : 01/08/2011

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: Her Portrait In Black [Adriana P. Gregoletto]

Mensaje por Adriana P. Gregoletto el Miér Abr 11, 2012 2:25 am

No me había planteado nunca el hecho de que pudiera estar divirtiéndome en una situación como en la que nos encontrábamos Jack y yo, simplemente charlando, conociéndonos y contándonos cosas sobre nosotros mismos que, por mi parte, solo conocían los miembros más allegados de mi familia o, al menos, los más antiguos. No, ni en un millón de años podría haber pensado que me lo podría pasar bien simplemente hablando con un chico como Jack, en un restaurante impecable y lujosísimo y sin demasiadas alusiones sexuales o dobles sentidos ocultos en las palabras... Al menos por su parte, que yo no podía evitar hacerlo, era así de italiana y no iba a cambiar ahora después de todo... Y, ¿para qué mentirnos? Así era incluso más divertido, sobre todo, viendo las caras que Jack ponía cada vez que yo decía algo así o como me ignoraba cada vez que me insinuaba o que le dejaba claro que por mí repetiría lo de la noche del día que nos habíamos conocido cuando quisiera y donde quisiera... Dejando a un lado aquello, hablábamos de música, de trabajo, de la familia (de la mía sobre todo) y de tonterías sin importancia como podía haber sido lo de Carlo pero se estaba bien. Sabía que a Jack le gustaría el hecho de que mi padre nos hiciera escuchar música clásica y que supiera valorarla, aprovechó para incluir en la conversación algún recuerdo de cuando era niño e iba a casa de su abuelo y siempre había algo de Mozart o Beethoven puesto y sonreí de lado, asintiendo mientras él hablaba y, sin poder evitarlo, mis manos comenzaron a apretar unas teclas imaginarias de piano, interpretando una de mis canciones favoritas de Beethoven mientras él hablaba, como una banda sonora para sus palabras.

En cuanto Jack terminó de hablar, por suerte para mí, bajó la mirada hacia su plato y pinchó algo más de comida mientras mis manos volvían a quedarse quietas, más porque me obligué a parar que por otra cosa y volví a ponerme a jugar con la comida que quedaba en mi plato, pensando en lo que siempre me decía mi padre cuando íbamos a comer o cenar fuera, eso de que era un desperdicio llevarme a restaurantes buenos y caros porque siempre acababa dejándome medio plato. Seguí mirando a Jack mientras él se preparaba para responder a las mil y una preguntas (bueno, vale, no tantas pero sí había un montón) que le había hecho mientras yo esperaba pacientemente, cosa extremadamente rara en mí, aunque quizá lo hacía porque sabía que iba a responder... Porque de no hacerlo la que daría por zanjada la conversación sería yo y... bueno, estaba segura de que no le gustaría verme enfadada, casi tanto como a mí no me apetecía enfadarme con él más que estando sin ropa y pudiendo resolver nuestras diferencias de la mejor manera que se me ocurría en aquel momento. Me mordí el labio inferior, pensando ya en la mejor manera de quitarle aquel traje a mordiscos pero en seguida habló, devolviéndome a la realidad y respondiendo a una se mis preguntas, esa con respecto a su virginidad... De la que, tras una mirada más insistente, termino dándome más detalles de los que en un principio me había dado que no habían sido demasiados... Él tenía diecisiete y su primera novia se mudaba y en la despedida pasó las cosas que suelen pasar en esos casos y tuve que morderme la lengua para no soltar ninguna barbaridad acerca de la tía que lo había catado por primera vez porque había que reconocerle el mérito de conseguir llevárselo a la cama... Con diecisiete años y siendo tan.... Jack. Me daban ganas de aplaudirla, además, seguro que entonces no habría sido tan bueno como lo era en aquel momento y ese pensamiento logró borrar cualquier atisbo de... lo que fuera que se me hubiera pasado por la cabeza. La verdad, lo que más sorprendida me dejó fue aquello que dijo que, después, pasó años sin volver a acostarse con una mujer y, la verdad, mi cara debió de ser todo un poema. ¿Cómo leches era posible eso? Después de probar lo que era realmente el sexo yo no había pasado más de tres o cuatro semanas seguidas sin practicarlo y me parecía extraño y, sobre todo, sorprendente... Pero si él tenía tanto aguante, lo felicitaba, a mí no me gustaba aguantarme y mucho menos después de saber lo que me perdía... Aunque con él se me estaba dando bastante bien, la verdad.

Ya estaba otra vez pensando en llevármelo a la cama (o a donde fuera, el sitio daba igual) cuando él habló sobre sus planes para el futuro, todos ellos, influenciados por lo que Dios quisiera y, si Dios era bueno y misericordioso, no me la jugaría tanto como para que se casara y tuviera hijos y no pudiera volver a disfrutar de él... Porque eso sí que sería una putada de las gordas. Por una vez, había fallado en cuanto a mi análisis sobre alguien pero, tenía que reconocer que con Jack ya iban demasiados fallos porque era alguien diferente, que rompía todos mis esquemas y que, por ello, me resultaba mucho más interesante que la mayoría... Y es que despertaba bastante mi curiosidad, casi tanto como mi deseo. Eso de que no fuera como todos y cada uno de los tíos que había conocido en mi vida y a los que ya me había tirado le daba un punto extra a su favor porque, en un primer momento, ya hacía que no fuera un gilipollas integral aunque bien podría llegar a serlo por otras razones muy distintas aunque prefería esperar a ver cómo se presentaban los acontecimientos que, en aquel momento, pasaban por seguir escuchándolo mientras seguía jugando con mi plato y, e vez en cuando, llevándome mi copa de vino a los labios. Le tocó el turno al tema del ejército, del que en realidad tampoco me dio demasiados datos, como de todo lo que me había hablado pero supuse que era normal y que no era de los típicos que le contaban su vida a cualquiera a las primeras de cambio así que me limité a encogerme de hombros y sonreír con inocencia fingida cuando insinuó que a mi familia era experta en el arte de torturar... Y no podía tener más razón, que se lo dijeran a mi “queridísimo” Carlo...

Jack terminó de hablar y en seguida los camareros se acercaron a nuestra mesa para retirar los platos, preguntando si íbamos a tomar postre y obteniendo como única respuesta que Jack negara con la cabeza mientras yo lo miraba, mordiéndome el labio... Sí, yo quería postre, pero si el postre iba a ser él mucho mejor, eso estaba claro. No dije nada y simplemente le sostuve la mirada cuando dijo las típicas palabras que, las dijera quien las dijera, eran para prepararse porque venía una gorda. Ese “Te seré sincero” me hizo alzar una ceja, esperándome cualquier cosa de él y, mientras hablaba, con la media sonrisa en mis labios cada vez más amplia. Me encantaba aquel chico. No tenía escrúpulos, le daba igual torturar y matar por lo que él creía que era justo, lo que era bueno... En cierto modo no era tan diferente a nosotros y, además, se lo pasaba bien haciéndolo, se divertía... De no estar en el ejército y de haber nacido en Italia sería uno de los nuestros, estaba segurísima. Estaba tan ocupada pensando en todas las posibles opciones, recordando la tortura que habíamos llevado a cabo juntos, en que había sido divertido y todo eso cuando él aprovechó para atacarme con preguntas que no me esperaba pero me hicieron alzar una ceja, divertida. - Y luego la cotilla y curiosa soy yo... - murmuré, más para mí misma que para él, pensando en aquel archiconocidísimo dicho “La curiosidad mató al gato”. Por suerte para Jack, yo tenía más de gata que él y, si era un buen aliado, impediría que la curiosidad... O quien fuera, acabara conmigo. - Para empezar, tienes razón, nunca en mi vida he tenido una relación sería con nadie, no es que yo no quiera, es que no ha surgido y... ¿Para qué mentirnos? Se está demasiado bien siendo soltera y sin tener que serle fiel a nadie... Me conozco, como tú dices, soy demasiado italiana y lo de la fidelidad lo llevaría mal... Por lo que prefiero no jugármela, además, ya tendré tiempo de aburrirme de una relación cuando tenga que casarme, ¿no? Ahora prefiero disfrutar del momento pero... ¿Quien sabe? A lo mejor algún día encuentro a un chico que me haga plantearme seriamente eso de estar solo con una persona... Seguro que mi padre sería la persona más feliz del mundo si eso pasara algún día! – comenté, sin poder evitar reírme al final porque aquello era algo si no imposible, si poco probable y por la cara que había puesto seguro que Jack pensaba lo mismo que yo.

Después pensé en el resto de las preguntas y sonreí de lado, sabiendo exactamente qué contestar en respuesta de cada una aunque, me hice un poco de rogar antes de continuar hablando. - En cuanto a mis planes a corto y largo plazo son los mismos que tiene la familia. Tampoco es que tenga nada mejor que hacer que cumplir con mi deber, como tú dices. Tu deber es ser un buen soldado, proteger a tu patria y acabar con esa plaga de estúpidos infieles que plagan el planeta y que no deberían ni lamer el suelo que pisamos... El mío es procurar el bien de la familia, intentar que crezca, que siga siendo fuerte, que pueda vengarse... A parte de eso, quizá, mis planes sean irme a algún concierto, algunas fiestas, salir por ahí, quizá vacaciones de vez en cuando... No sé, tampoco lo tengo todo demasiado planeado, de eso ya se ocupa mi familia, yo intento en la medida de lo que puedo improvisar todo lo que puedo y hacer lo que quiero cuando quiero... Siempre que no perjudique a la familia, claro... – me encogí de hombros tras haberle hablado más de mí que a muchas personas que conocía desde hacía más tiempo por alguna extraña razón y continué con aquellos temas de la familia, que tanto me encantaba poder tratar con alguien. Que se notara que estaba orgullosa de quién era y de lo que era. - En cuanto a nuestros negocios... Drogas, armas y juego sobre todo, mi padre desde siempre ha odiado el tráfico de personas, ya sabes, todos esos temas que otras mafias llevan mucho, la prostitución y todo eso... Aunque mi hermano, en América, si que lo hace... Pero también hacemos otras cosas en menor medida, si es necesario, incluso traficamos con obras de arte o cualquier cosa que nos de beneficios. También hay secuestros, torturas, ajustes de cuentas... No sé, Jack, es la mafia, ¿Qué puedes esperar? De todo. En cuanto a los planes en Londres... Bueno, ya tenemos Nápoles, Roma con parte del Vaticano, parte de Milán y la zona de Norteamérica... Londres está también lleno de mafias y ya que tengo que quedarme aquí quiera o no, los planes son intentar hacernos también con la ciudad... No me malinterpretes, no quiero llenar las calles de depravaciones y vicios... Será exactamente igual que como es ahora, simplemente, prefiero ser yo la que se lleve las ganancias antes que cualquier asqueroso yonki que en uno de sus chutes ha tenido una buena idea, la ha llevado a cabo y le ha salido bien... Es tu ciudad, no vengo a echar a nadie de aquí a no ser que lo merezcan... - me encogí de hombros, intentando que aquellas palabras no se volvieran en mi contra después de que Jack había aceptado una alianza. Sabía que era delicado el tema y dificil decirle aquello pero, si quería que empezáramos a confiar el uno en el otro, cosa que era la clave de toda alianza, tenía que decírselo. - Como bien has dicho, es mejor que lo sepas por mí que por cualquier otro...

Bajé la mirada y me mordí el labio inferior, había reservado aquella pregunta especialmente para el final porque tenía algo pensado. En cuanto subí la mirada de nuevo me encontré con la suya, interrogante y sonreí de lado. - Sobre lo de Emily... Se perfectamente que puedes tener a quien quieras a tus pies, la pregunta es quién es la mejor... Y si no sabes la respuesta quizá tenga que volver a demostrártelo para que vuelva a quedarte claro. - mientras miraba directamente a sus ojos, comencé a acariciar su pierna con uno de mis pies, por debajo de la mesa muy sutilmente... Tanto que no parecía ni yo, que normalmente no me habría cortado en hacer otras cosas mucho más descaradas... Pero no estaba mal jugar. - Y créeme, no me importaría nada volver a repetirlo... Las veces que hiciera falta. - me mordí el labio inferior y alejé mi pie de él antes de que pudiera apartarlo y miré mi copa vacía con una mueca. - ¿Te apetece continuar la conversación en otra parte? Si no vamos a tomar postre creo que podríamos irnos a algún sitio... Aunque tú mandas, eres el que mejor conoce la ciudad... Aunque si no, siempre podemos ir a mi casa... – mientras él se lo pensaba yo seguía mirándolo y maquinando en mi cabeza, con nuevas preguntas para él y cientos de respuestas que me encantaría conocer. Ladeé la cabeza, entrecerrando los ojos como si así pudiera descubrir en qué estaba pensando. - Y yo que tú me daba prisa, ya se me están ocurriendo más preguntas y como no decidas pronto voy a volver a bombardearte hasta que te canses de mí y me mandes a un sitio muy feo y poco agradable... Y sí, exactamente lo que estás pensando, a un sucio desierto plagado de infieles! - sonreí de lado y esperé pacientemente a que respondiera, con ganas de llevármelo a mi casa o de ir con él a donde fuera... Porque aún había mucha noche por delante y, quisiera admitirlo o no, no se estaba ni tan mal sin sexo... De momento. Después de todo, ya me lo había imaginado varias veces sin ropa y haciéndome todo lo que ya me había hecho y una infinidad de cosas nuevas que me encantaría probar con él... Y si él tenía ganas de repetir no iba a ser yo quien le dijera que no, faltaría más!

_________________






Ficha | | Relaciones
*PREMIOS.&.STUFF*:





Adriana P. Gregoletto

Edad : 23
Empleo : Mafiosa
Mensajes : 335
Fecha de inscripción : 20/07/2011

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: Her Portrait In Black [Adriana P. Gregoletto]

Mensaje por Jack Thomas el Jue Abr 12, 2012 8:54 am

Cuanto más preguntara sobre ella, menos tendría que decir sobre mí mismo y más sabría de aquella suerte de aliada que había conseguido de una manera, cuando menos, curiosa, ya que ni siquiera había ido buscándola por ahí sino que ella había aparecido de manera casi mágica... Divina, quizá. Para alguien que en su total ignorancia no concebía el mundo de la manera que era, con Su intervención para aquella clase de cosas, habría podido ser cosa del destino, de la suerte, del karma o de lo que fuera, pero yo veía claro que había habido intercesión divina para que sucediera. ¿Su fin? Eso, sin embargo, era algo que se me escapaba, en parte porque los caminos del Señor son misteriosos y en parte porque ni siquiera yo era lo suficiente para atreverme a juzgarlo o a increparlo por Sus decisiones, pero si ella había aparecido en mi vida había sido con algún propósito, y si ese propósito había terminado con nosotros siendo aliados lo aprovecharía, aceptaría e incluso disfrutaría... a mi estilo, claro, y ese estilo era averiguar cuanto más mejor de ella que, pese a todo, seguía siendo un importante claroscuro para mí. Sólo sabía lo que había averiguado hasta el momento, que no era demasiado, y lo que su cultura y la experiencia me decían de ella, pero ¿qué más? ¿En qué se salía Adriana Paola del molde? ¿Qué podía hacerla más peligrosa o más fiable en aquella alianza nuestra? El punto más fuerte de una cadena es su eslabón más débil, y yo conocía mis virtudes y mis numerosos defectos a la perfección, pero los suyos permanecían siendo un misterio completo... Y eso no me gustaba, dado que de tener que entrar en conflicto directo con alguien, algo normal siendo mafiosa, estaría en una clara desventaja.

Ella, no obstante, parecía bastante dispuesta a contestar mis preguntas, cosa que en mi fuero interno hasta agradecí, y que comenzara confirmando algo que se veía como que no había tenido nunca una relación seria me hizo medio sonreír. Yo no era un experto en relaciones (a cómo habían terminado todas las que había tenido me remitía), pero sí que solía, siempre que me interesaba una mujer, tender hacia las relaciones largas y hacia ver si era la adecuada para formar una familia, y solía reconocer las personas que tenían esa misma intención, por lo que pese a su matización final, lo de encontrar a alguien que pudiera hacer que se lo planteara, no lo veía demasiado factible... por el momento, y dado mi grado de conocimiento de ella. Algo interesante parecía lo de su padre, que a juzgar por sus comentarios parecía ser alguien que intentaba meterla en cintura y que me caería bastante bien, por lo que tomé nota mental de eso y seguí atento a la respuesta de Paola que, italiana como ella sola, estaba empezando a ser larga y detallada... aunque no me importaba demasiado que lo fuera, la verdad. Me dijo que sus planes eran los de su familia y me hizo alzar una ceja, divertido, cuando compartió mi impresión acerca de los sucios infieles, dado que con comentarios que se le escapaban como aquellos empezaba a caerme bien de verdad, no por el bien de nuestra alianza, y suponía que eso era bueno dado que así la protegería mejor... ¿No?

Lo siguiente que hizo en su respuesta fue contarme a grandes rasgos los planes de la mafia, explicándome más o menos la situación en la que se encontraba y dejando claro que, pese a ser la Mafia, había ciertos vicios tan deleznables que no los tocaba aunque su hermano sí lo hiciera, y volví a tomar nota mental de ello porque, según lo que me había dejado entrever, su hermano merecía que le dieran de comer aparte... como la mía. A lo mejor incluso su hermano era una amenaza para ella y para su posición, a la que yo ya me había unido pese a los riesgos que corría, y prefería que una posible traición por su parte no me pillara por sorpresa puesto que si era por confiar en algún mafioso prefería que fuera en ella, por conocerla y eso... También me gustó el detalle de querer respetar mi ciudad, algo que me hizo asentir porque a fin de cuentas en mi territorio quería la mayor limpieza posible en cuanto a bandas y mafias pese a nuestra alianza, así que contar con aquel detalle era una muestra de que o bien era una manipuladora de cuidado que había tenido en cuenta hasta el último detalle para convencerme o bien era sincera y actuaba de buena fe... Y de momento, aunque prefería pensar que era la segunda, en mi mente había una mezcla de ambos motivos para justificar sus palabras y su comportamiento.

Después de lo último, una mezcla entre halagarme y hacerme una proposición indecente (verbal) que se complementó con otra proposición indecente (no verbal, o lo que es lo mismo: hacer piecitos debajo de la mesa), no pude por menos que sonreír, sobre todo ante una alusión que había hecho por lo poco que me conocía y que, honestamente, tenía su gracia... Pese a haber tenido que esconder en mi expresión jovial que en mi cabeza había tenido que cerrar una compuerta blindada para mantener los recuerdos de mi infierno personal alejados de la conversación. Eso ella no podía saberlo, porque ni siquiera había trascendido a un círculo demasiado amplio del mundo castrense al que yo pertenecía, así que prefería callármelo para mí y que siguiera siendo un secreto muy bien guardado porque, además, era una muestra de debilidad que no estaba dispuesto a volver a tolerarme, no después de que Dios me hubiera dado de nuevo la oportunidad de salir de allí vivo, mutilado pero gloriosamente vivo y decidido... como lo estaba ahora.
– Te lo haré saber cuando encuentre a la mejor de entre todas esas mujeres a las que puedo tener a mis pies, no te preocupes lo más mínimo. – le dije, medio sonriendo de nuevo antes de volver a la última pregunta que me había hecho después de eso, la de irnos a alguna parte, y pensar un momento en ella.
– Sí, tu casa suena bien. – añadí, antes de hacer un gesto con la mano a un camarero para llamarlo a nuestra mesa y pedirle la cuenta.

Sabía que iban a tardar al menos unos cinco minutos en traerla dado que el restaurante estaba bastante lleno, y por eso mismo pude aprovechar, mientras ella empezaba a guardar sus cosas, para sacar la cartera y rebuscar en ella algunos billetes, dado que prefería ser precavido a tener que esperar y después hacer eso mismo enfrente de algún camarero al que no le importaba lo más mínimo el contenido de mi cartera.
– Eres mi aliada, Paola, no lo olvides. Muy mal tienen que ir las cosas para que te mande a semejante infierno, porque te puedo asegurar que si lo hago sería literalmente y con un billete sólo de ida. Espero que nunca lleguemos a ese punto dado que he decidido confiar en ti, y créeme cuando te digo que eso no es algo que yo haga muy a menudo, así que si te mando a alguna parte mejor que sea a la mierda, ¿no crees? – comenté, medio en broma y medio en serio, mientras la miraba a los ojos y hacía tiempo hasta que un camarero, que sorprendentemente no tardó demasiado, viniera con la cuenta. Ella intentó cogerla pero yo fui más rápido, quizá porque al no haber bebido tenía los sentidos más despiertos, y en cuanto miré la cantidad llevé la mano a la cartera para sacar los billetes que había preparado antes. Paola protestó e intentó coger la cuenta para pagar su parte, pero negué con la cabeza.
– Pago yo, insisto. ¿Qué caballero hace que la carga de la cena pese sobre su acompañante...? – pregunté, antes de volver a negar con la cabeza y darle la cuenta con el dinero al camarero en cuestión, además de un ”quédate con el cambio” que supondría su propina de aquella noche.

Una vez saldadas las cuentas, cogí el abrigo y me levanté de la silla, poniéndomelo antes de caminar hacia donde estaba ella y, de nuevo haciendo gala de la educación clásica que entre mis padres y mi abuelo me habían inculcado, tomando su mano para ayudarla a levantarse e incluso para que se pusiera el abrigo. Nos fuimos de allí inmediatamente después, conmigo haciendo una inclinación de cabeza hacia los camareros para felicitarlos por su trabajo, que como siempre había sido impecable, y abrí las puertas del local para que el aire nocturno nos diera de lleno en nuestro camino hacia mi coche, en el que nos montamos como siguiente destino.
– Entonces... ¿tu casa? Creo que recuerdo el camino, pero si ves que me desvío mucho indícamelo, a no ser que prefieras un paseo nocturno por Londres... – dejé caer, como una sugerencia que de ella dependía aceptar o rechazar ya que a mí, una vez me ponía, poco me importaba recorrer las a esa hora descongestionadas calles de Londres o atajar por ellas cuanto pudiera e ir directamente a casa de ella, cuyo camino empezaba a recordar con más claridad. Ella rechazó mi propuesta y yo simplemente me encogí de hombros, encendiendo el motor que, con un rugido relativamente suave para la máxima potencia que podía alcanzar, comenzó su camino serpenteante a través de las calles de Londres.

No puse música, dado que no me gustaba conducir con música si esta no era clásica, como la que yo solía escuchar, y en lugar de eso la conversación sustituyó al previsible silencio, una conversación en la que hablábamos simplemente por hablar, de cualquier cosa que se nos ocurriera, cualquier pregunta, por simple que fuera, que tuviéramos curiosidad por contestar. Así me enteré de que le gustaba el color granate, así como el morado y el berenjena; de que tenía un par de tatuajes además de los que ya le había visto cuando me había acostado con ella, y alguna cosa así a cambio de saber que me había metido en el ejército con diecisiete para dieciocho, en cuanto terminé la educación obligatoria, y que probablemente conociera a mi primo si es que escuchaba aquello a lo que se solía llamar música que hacía, dado que estaba en una banda de esas. Llegamos con la conversación de fondo enseguida, y aparqué por un ataque increíble de casualidad enfrente de su portal, dado que se había ido el coche que había estado allí hasta ese momento, y sólo entonces salimos del coche y la llevé hasta donde vivía, acompañándola hasta la puerta como era costumbre en mí siempre que me encontraba en una situación parecida con una mujer... o, al menos, un poco similar, dado que nunca había tenido una aliada como ella y esas cosas no eran algo que acostumbrara a hacer.
– Aunque parezca increíble por lo raro que ha sido todo esta noche, desde encontrarnos en una galería de arte hasta que conozcas a mi hermana, pasando por la cena y todo eso, no ha estado mal... De hecho me lo he pasado hasta bien. – comenté, con las manos dentro de los bolsillos de la chaqueta que llevaba y la mirada clavada en ella.

Paola aprovechó aquel momento para, con voz felina y casi ronroneante, decirme que dado que había dado el día libre a sus mafiosos-niñera y como la noche no había terminado su casa estaba libre por si quería subir, y después de la indirecta más directa de todas las que me había lanzado aquella noche, que además habían sido muchas, se acercó a mí con claras intenciones de besarme, aunque no llegó a hacerlo. La esquivé de tal manera que ni siquiera pareció que lo había hecho, puesto que desvié su beso para que terminara en mi mejilla e incluso yo, imitando por un momento la costumbre mediterránea, le rocé ambas mejillas con los labios como una suerte de dos besos que ni siquiera me gustaba, dado que me parecía demasiado contacto si acababas de conocer a la persona, aunque ese no fuera mi caso. Ella pareció no entender lo que yo había hecho, y con expresión beatífica sonreí ampliamente, por primera vez de manera totalmente sincera en lo que llevaba de noche, lo cual era todo un acontecimiento.
– Pasa una buena noche, Paola. Ya nos veremos por ahí, y si me necesitas en mis funciones de aliado recuerda que tienes mi número metido en el móvil, y que estoy a una llamada de distancia. – finalicé, como una despedida que quizá ella no se esperaba y antes de girarme en dirección a mi coche, donde terminé sentado, aquella vez con música dado que no la tenía a ella para amenizarme con conversación.

Esperé pacientemente hasta que estuvo arriba, en su piso, y sólo entonces arranqué el motor para, a través del camino más directo, llegar a mi casa, en cuyo parking aparqué el coche para poder subir. Abel me saludó con un maullido que significaba que había vuelto de alguna de sus aventuras nocturnas, y dejé lo que llevaba encima de la mesilla de al lado de mi cama para poder quitarme el traje que llevaba y doblarlo, además de echar a lavar las partes correspondientes. Una vez listo, me metí en la cama y apagué la luz, con la certeza de que aquella noche, pese a haber empezado de una manera más bien previsible y de haberse desviado por un camino que no hubiera podido esperar nunca, había ganado a una poderosa aliada, alguien que aunque no totalmente compartía mi odio hacia quienes no merecían llamarse hijos de Dios... Y aquello hacía que mereciera la pena incluso arriesgarme en confiar en ella pese al peligro que suponía acabar escaldado. ¿Quién sabía? Al final había más de Adriana Paola Gregoletto de lo que se veía a simple vista, y mentiría si dijera que no me gustaba... al menos un poco, aunque no fuera a ponerme a gritar eso a los cuatro vientos, y con esos pensamientos en la cabeza terminé por quedarme profundamente dormido.

_________________






ALL in the name of GOD

I still know how to smile:
Oh? Well, I guess it's ok...:
I should've been born 400 years ago:
Now you know my secret, Paola:

Premios:


Jack Thomas

Empleo : Militar
Mensajes : 261
Fecha de inscripción : 01/08/2011

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: Her Portrait In Black [Adriana P. Gregoletto]

Mensaje por Contenido patrocinado Hoy a las 3:17 am


Contenido patrocinado


Volver arriba Ir abajo

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba


 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.