One Wild Night {Jack Thomas}

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One Wild Night {Jack Thomas}

Mensaje por Adriana P. Gregoletto el Vie Abr 13, 2012 2:02 am

La luna llena iluminaba las oscuras y laberínticas calles de Londres. No me importaba pasearme por los barrios bajos y las zonas más marginales donde la mayoría de las farolas estaban fundidas o rotas, al contrario, disfrutaba de la oscuridad y de que la única fuente de luz en la calle fuera la luna... además de los ocasionales coches o los carteles de los bares y discotecas que estaban a rebosar a aquellas horas pese a que no era demasiado tarde. Me gustaba caminar por aquella zona con un cigarro humeante en mis labios, era como estar entre iguales con la única diferencia de que yo era mejor que todos ellos, que ignoraban ese hecho y se creían que eran incluso mejores que yo... Pobres ilusos. Pero, en el fondo, yo también había empezado en la calle, como la mayoría de ellos, aunque siempre tenía a mi padre ahí para, aunque yo no fuera del todo consciente de ello, protegerme... Aunque en aquellos momentos estaba sola ante el peligro y aquella sensación no podía ser mejor. Les había dado la noche libre a Marco, Enzo y Giovanni y Ezio se había marchado hacía días por lo que no tenía nada mejor que aquello. Iba de caza. Desde que el maldito soldadito me había dejado en la puerta de mi casa con un palmo de narices, haciéndome la cobra como un experto cuando iba a besar sus labios y dándome únicamente dos besos en las mejillas... Sí, desde ese momento y de lo que había supuesto para mí (un irremediable deseo de tener a aquel imbécil solo para mí o lo que es lo mismo un capricho demasiado obvio como para, además, reconocerlo) necesitaba pasar un buen rato con algún hombre o me volvería loca. Me había encaprichado de Jack y lo sabía perfectamente pero no lo llamé, no lo busqué y maté el tiempo con Ezio hasta que tuvo que volver a Italia... Y después de eso me aburría y me moría de ganas por encontrar una buena diversión. Caminaba sin un rumbo demasiado fijo y ya llevaba un buen rato en la calle, hacía algo de frío, como siempre en aquella ciudad, y a veces algo de viento que se ocupaba de revolverme el pelo y y hacerme soltar bufidos. Había hecho bien, por una vez, en no ponerme un vestido ya que aquellos botines de altísimos tacones, los pitillo ceñidísimos y la enorme camiseta que llevaba encima, con una calavera que sujetaba una navaja en sus mandíbulas, y dejaba más bien poco o nada a la imaginación (todo eso sin contar joyas y accesorios varios) me protegían mucho más del frío de lo que cualquiera de mis vestidos podría hacerlo porque, sinceramente, me encantaban los vestidos muy cortos y descarados... Aunque los tenía de todo tipo. Tampoco iba demasiado maquilla pero sí lo suficiente para la zona en la que poco a poco me iba adentrando, más céntrica y menos oscura y solitaria, sin putas ni camellos en cada esquina, sin yonkis ni ladrones (al menos no tantos)... Digamos que algo más normal. Seguía caminando y, en cuanto se me terminó el cigarro, me giré y busqué el bar más cercano como si aquello fuera la señal que necesitaba para dejar de ir de un lado para otro y, por fin, comenzar la caza. Me encaminé hacia ese primer bar que había visto sin siquiera fijarme en su nombre o en cómo era ya que, en apariencia, era bastante normal e incluso algo soso. Crucé las puertas y miré a mi alrededor, quedándome allí clavada al encontrarme en la barra una escena que nunca antes me habría podido imaginar... Sobre todo teniendo en cuenta mi propia experiencia.

Ahí estaba él, bebiendo agua y sonriendo mientras aquella desconocida le hablaba de... ¡lo que fuera! Hice una mueca y continué observando la escena. Era Jack Thomas, el maldito soldadito, y estaba con una mujer, ¡ligando! En un primer momento aluciné por presenciar aquello pero, en seguida, me molesté muchísimo y me enfadé, la miré de arriba a abajo con mi mirada más crítica y no entendí qué era lo que tenía aquella inglesita de especial. Yo era muchísimo más guapa, eso no se podía ni dudar, pero sobre todo conmigo no tenía que mostrar esa sonrisa que, si te fijabas lo suficiente, era más falsa que la mayor parte del cuerpo de la zorra con la que estaba hablando. Solté un bufido y puse los ojos en blanco. No podía creerme que después de hacerme lo que me había hecho en la puerta de mi casa ahora me lo encontrara así y, encima, ¡con una mujer más fea que yo! Estaba tan molesta que ni siquiera pensé con claridad en nada, más bien, directamente miré a mi alrededor y busqué al (segundo) hombre más guapo del lugar pero, al fijarme en aquellos rasgos, no pude evitar sonreír de lado. ¿Si Jack podía irse por ahí con cualquier furcia que encontrara en el primer bar al que entrara por qué yo no podía hacer lo mismo? Y pensando en aquello, mientras estudiaba a aquel chico de piel oscura y ojos negros, intensos y penetrantes, me decidí. Además, el hecho de que probablemente aquello molestara a Jack conociendo su odio hacia los “sucios infieles” como él los llamaba me motivó aún más a ir directa a por aquel chico. Sin cortarme lo más mínimo y en cuanto los ojos de aquel chico de rasgos árabes se fijaron en mí fui directa hacia él y lo cogí del cuello de la camiseta que llevaba antes de acercarme a él lo suficiente como para que lo que le susurré al oído solo lo escucháramos él y yo. - ¿Te apetece pasar un buen rato conmigo, amore? - y dije aquella última palabra adrede, odiaba usarla a la ligera como cualquier estúpida quinceañera enchochada y sólo la utilizaba cuando estaba realmente cabreada o molesta por algo o con alguien y, la verdad, aquel era uno de esos casos... Y no había podido evitarlo. No hizo falta mucho más para que el árabe aceptara, simplemente me miró de arriba a abajo y casi pude notar como me desnudaba con la mirada antes de volver a mirarme a los ojos y asentir con una media sonrisa que, depende de como la interpretaras, podría significar un millón de cosas diferentes y, por desgracia, ni siquiera yo supe interpretarla bien, de haberlo hecho me habría ahorrado un follón bien grande, sin duda.

Así, nos fuimos directos a la salida del bar, intenté no fijarme demasiado en Jack, que hiciera lo que él quisiera y con quien quisiera, pero no pude evitar lanzar una última mirada en su dirección que, por desgracia, se cruzó directamente con la suya, una mirada en la que parecía estar preguntándome qué coño hacía y me limité a encogerme de hombros y a guiñarle un ojo antes de salir de allí y buscar un lugar más “íntimo” para poder pasar un buen rato, a fin de cuentas, lo que estaba buscando aquella noche. Nada más salir, el árabe me comió la boca allí en medio, y yo le devolví el beso, jugando con su lengua y dejándome guiar por las calles de Londres, más centrada en él y en sus besos, que de mis labios comenzaron a bajar por mi cuello, que en el rumbo que estábamos tomando que, en un principio, me parecía totalmente aleatorio ya que, más bien, tenía otras cosas muchísimo más interesantes en las que centrarme... Volvimos a los bajos fondos de la ciudad y, en un momento dado, cuando me estaba comiendo el cuello, noté como habíamos dejado de estar solos. Escuché risas graves y socarronas y me aparté de él bruscamente, encontrándome rodeada de hombres, todos ellos con rasgos árabes, e miradas afiladas y sonrisas poco tranquilizadoras. Eran bastantes. Demasiados como para poder enfrentarme a todos yo sola y, en aquel momento, me di cuenta de lo que acababa de hacer. Me había metido de lleno en la boca del lobo yo solita, aquello era una maldita trampa y yo había caído en ella como una estúpida chiquilla...¡Incluso había pensado que me iba a llevar a su casa o alguna cosa así! Me maldije entre dientes en italiano, a mí y a mi propia estupidez, además del maldito Jack porque, de un modo o de otro, aquello era culpa suya.

-Espero que no te importe que se unan unos amigos...
Comentó el chico con el que hasta entonces me había estado liando con una amplísima sonrisa mientras, entre todos, me rodeaban y me acorralaban contra la pared. Aquel tío, de repente, me repugnaba, y el resto de sus amigos tes también. Solté un bufido, quitándome así el pelo de la cara mientras los miraba a todos, pensando con toda la frialdad que podía en aquellos momentos qué podía hacer. Eran demasiados, sí, pero aún así tenía que intentarlo... No podía rendirme... Y no iba a serles nada fácil. Por suerte, llevaba mi navaja encima, y sin dudarlo demasiado la saqué y me lancé al ataque, lanzando puñaladas e intentando avanzar entre ellos, huir, porque era lo único que podía hacer en aquel momento... Pero no lo conseguí. Tras provocar varios cortes y heridas sangrantes que, llegado el cas, podrían incluso causarles la muerte si no se actuaba rápido y bien, parecía que iba a conseguirlo y podría escapar de allí pero uno de ellos me golpeó con muchísima fuerza en la cabeza, haciéndome perder el equilibrio y medio marearme, dándoles un valioso tiempo que aprovecharon para golpearme el brazo y hacer que se me cayera el arma al suelo y ahí aprovecharon para golpearme en la boca del estómago, dejándome sin respiración durante unos valiosísimos segundos que aprovecharon para volver a retenerme inmovilizarme contra la pared y, justo después, comenzaron a volar los puñetazos. - ¡Pero será puta! – escupió uno de los que había herido y que en aquel momento me estaba sujetando con fuerza. - ¡Dadle bien fuerte! ¡Esta no sabe lo que le espera! – Ante sus palabras, el resto soltó una sonora carcajada y recibí nuevos golpes que sirvieron para enfadarme más y más, intentaba soltarme, me revolvía, pero era inútil... Y ellos lo sabían tan bien como yo. - ¡Sí! ¡La muy puta va a recibir por todos lados y lo peor es que le va a encantar! – dijo otro, no vi exactamente cual ya que la vista estaba comenzando a nublarse y notaba la adrenalina... Aquel subidón, aquella sensación y como todo comenzaba a moverse. El ritmo frenético de mi corazón me sorprendía incluso a mí mientras, por todos los medios habidos y por haber, intentaba escaparme. Nuevas carcajadas y nuevos golpes. Yo sentia como poco a poco iba dejando de ser consciente de todo lo que me rodeaba. Forcejeé, luché, intenté escapar, pero no había manera y aquello era cada vez peor... No por ellos, sino por mí. Sabía qué iba a pasar y traté de evitarlo por todos los medios, era lo último que quería, lo último que necesitaba pese a que podría significar (y muy probablemente significaría) mi salvación... Sí, quizá fue aquello lo que me salvó pero lo odiaba y, en aquel momento y por desgracia para aquellos sucios infieles, pasó... Perdí la conciencia. Y el control.

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Re: One Wild Night {Jack Thomas}

Mensaje por Jack Thomas el Vie Abr 13, 2012 3:27 am

Llevaba ya el tiempo suficiente de vuelta en Londres como para poder decir que había vuelto a la rutina, y en contra de la opinión de la mayoría a mí me gustaba estar así. Esa monotonía me proporcionaba estabilidad, un ritmo que siempre seguía y que casi nunca rompía y que me permitía tener la certeza de qué hacer al momento siguiente, una certeza que nunca podía tener estando en el frente al ser mi trabajo uno de todo menos rutinario en ciertos momentos. Además, tener unas pautas de vida que se repetían día a día me permitía casi ignorar el paso del tiempo, que sólo agentes externos me lo recordaban, y uno de esos agentes fue la necesidad, llegado un día cualquiera, de volver a los viejos hábitos de matar infieles porque se me estaban empezando a subir a las barbas con su estúpida presencia en mi ciudad, mi territorio... aquello no tenía que pasar, y fue lo que me hizo decidirme para abandonar la tranquilidad de las visitas a casa de mi abuelo y a la base militar y dedicarme a mi segunda tarea preferida: la caza de infieles. Aquel día en particular, me levanté de la cama más pronto de lo normal para poder estudiar unos papeles que me habían pasado compañeros míos del ejército, sobre todo de la sección de inteligencia, sobre una pequeña banda de infieles que causaba estragos por los barrios bajos, donde los vicios reinaban. No es que no me pareciera bien que alguien eliminara aquella clase de cosas de la sociedad, no; es que no me parecía bien que fueran seres aún más viciosos y que cambiarían unos por otros aún peores si se les daba la oportunidad quienes lo hicieran. Por eso mismo, y únicamente vestido con los boxers, además de con un tazón de cereales en la mano, me planté de espaldas a la cama, frente a una mesa, para revisar los documentos confidenciales que habían terminado en mi poder gracias a mis contactos.

Con la cuchara en la boca fui pasando los papeles uno a uno hasta que llegué al que me interesaba, el de los contactos más cercanos de aquella banda, uno de los cuales era una mujer con apariencia de ser británica hasta la médula (y, por eso mismo, una traidora a su patria, tan culpable como los infieles), y dejé el bol con leche en la mesa para subrayar un par de cosas que me interesaban, sobre todo los lugares que solía frecuentar para ir a la caza de víctimas. Abel aprovechó ese momento para subirse a la mesa y, después de maullar, empezar a beber de mi tazón, por lo que consideré que era ya hora de irme a la ducha y dejar de revisar expedientes que, en realidad, ya me habían dado todo el jugo que podían darme. Acaricié al gato detrás de las orejas, y después me alejé de allí para llevar la cuchara al fregadero y preparar la ropa que me tocaba aquel día, en el que en principio no iba a salir de casa hasta que fuera de noche. Así, estuve haciendo inventario de las armas que tenía, con y sin permiso porque no podía permitirme ir a la caza de infieles con un revólver a mi nombre, aparte de porque sería malgastar balas y le daría una muerte muy rápida porque lo enlazarían conmigo, y sólo cuando estuve satisfecho y todas las armas listas para usarlas cogí un par de navajas, muy eficaces.

Sin que me hubiera dado cuenta era ya más de media tarde, y yo ni siquiera había comido, así que aproveché para hacerlo y para quitarle el bol vacío a Abel, que no protestó simplemente porque estaba muy ocupado durmiendo bajo un radiador. En cuanto lo hice, el reloj marcaba ya las siete y media de la tarde, una hora perfecta para empezar a prepararme, así que fui directo a la ducha porque ya iba siendo hora. Estuve un buen rato bajo el chorro de agua caliente, simplemente relajándome y preparándome mentalmente para lo que haría a cada uno de los miembros componentes de aquella estupidez de banda a la que me enfrentaría, y cuando salí me enrollé una toalla alrededor de la cintura, atuendo con el que salí a buscar la ropa en el armario con la que me vestiría. Ya había anochecido, y parecía que la noche se presentaba bastante fresca, como correspondía a Londres en prácticamente cualquier época del año, por lo que opté por una simple camisa de cuadros rojos sobre una camiseta de manga corta gris, unos pantalones negros y unas botas de cordones negras. En cuanto estuve vestido, me pasé una mano por el pelo para apartármelo de la cara, porque me había crecido mucho en todo lo que llevaba ya en Londres y aún no me acostumbraba, pese a que me gustara... El pelo relativamente largo, en mí, era un símbolo de estar en casa, no al frente donde lo llevaba casi al rape, y por eso mismo simplemente me lo peiné hacia arriba, sin plantearme lo más mínimo cortármelo.

Una vez estuve listo, metí las llaves, la cartera y el móvil en un bolsillo de mi abrigo negro y sin mirar por dónde iba, dado que aquello era ya casi automático para mí, me dirigí al bar donde sabía que la encontraría... Y bingo. Rubia como casi nadie en aquel local y de rasgos vulgares entre los que destacaban únicamente un par de ojos azules y brillantes, clavó la mirada en mí al verme avanzar hacia la barra y me bastó simplemente una sonrisa ampliamente falsa para que cayera y viniera a donde yo la quería: la barra, junto a mí, para así fingir cual bellaco y tenerla a mis pies.
– Jessica. – se presentí, a lo que yo respondí con un simple ”Jack” antes de pedir mi vaso de agua, bajo su atónita mirada, que no parecía creer que estando en un bar como aquel no bebiera. Yo me limité a sonreír de nuevo, encogerme de hombros y decirle que no tenía ganas antes de que ella misma empezara a llevar la dirección de la conversación, en una zona bastante apartada del bar que nos permitía tener relativa intimidad, la suficiente al menos para que nadie nos molestara mientras yo me esforzaba en ser todo lo que no era con alguien como ella: cordial, amable, interesado en lo que me contaba, sonriente, e incluso capaz de mantener una conversación sobre cosas que ni me iban ni me veían.

En un momento dado, y por estar mirando de reojo sin que mi acompañante se diera cuenta a mi objetivo verdadero de aquella noche, de quien estaba empezando a averiguar unas cuantas cosas, me di cuenta de que había entrado alguien a quien conocía demasiado bien a aquel bar, alguien que enseguida alteró todos mis planes al irse con mi verdadero objetivo. ¿Qué demonios acabas de hacer, italiana?, parecía decirle mi mirada cuando la clavé en ella, pero no pareció pillarlo, o al menos no pareció importarle, dado que se lo llevó fuera a hacer lo que yo sabía muy bien que acabaría haciendo: mancillarse con semejante engendro de la naturaleza al que se llamaba persona si no se sabía de lo que era capaz. Me forcé a mantener la atención puesta en Jessica, frente a mí, y en desviar la conversación sobre nuestros gustos a una en la que yo recordaba algo importante, lo suficiente para tener una buena excusa.
– Siento muchísimo tener que dejarte, Jess, en medio de una conversación tan interesante, pero me ha surgido algo... – murmuré, con tristeza y fatalidad tan bien fingidas que ella incluso me dio un beso en la mejilla.
– No te preocupes, Jack, que tus asuntos estén solucionados es lo más importante. – respondió ella, con una sinceridad que casi me hizo reír, aunque me controlé para mantener la fachada.

Abandoné entonces el bar y me aseguré de que no me seguía nadie para buscar el camino que habían seguido la italiana y su asqueroso acompañante, dado que mi deber seguía siendo lo primero y ella no había dejado de ser mi aliada por mucho que insistiera en hacer tonterías como aquella. Su rastro era tan fácil de seguir que me resultó incluso insultante, y cuando yo ya estaba preparado para encontrarme con una escena de sexo animal (nunca mejor dicho si el implicado es un infiel...) lo que me encontré me dejó, literalmente, con la boca abierta: Paola era quien parecía un animal, y lo que había a su alrededor... Impresionaba, incluso a mí que estaba acostumbrado a provocar carnicerías peores que aquellas. Los restos de los infieles estaban desperdigados por el suelo, en charcos de sangre que se fusionaban unos con otros hasta formar auténticas alfombras; no quedaba, de ellos, nada que pudiera reconocerlos, y a juzgar por el número de manos que vi por allá, sin incluir la que Paola estaba arrancando en aquel momento de un cadáver ya partido en trozos, era la banda al completo. No sabía si agradecérselo o simplemente preguntar por qué lo había hecho, pero en cuanto vi lo que empezó a hacer dejé de pensar en nada que no fuera flipar.
– Entiendo que te ensañes, yo mismo lo hago a veces, pero ¿no crees que los mordiscos para arrancar una mano son algo excesivos habiendo navajas...? Además, esto está hecho un bebedero de patos, ¿no crees que es llamar demasiado la atención, Paola...? – pregunté, con el ceño fruncido y la sensación de que algo iba mal, sensación que confirmé un momento después, cuando ella se giró hacia mí.

Su rostro... su rostro no mostraba la expresión a la que me había acostumbrado, sino una animal potenciada por la sangre alrededor de su boca y la mirada demente clavada en mí, la misma que había visto hacía tantos años en las caras de los infieles que se habían dedicado a torturarme. La luz de la luna empalidecía su piel de tal manera que las manchas de sangre se confundían con sus heridas, visibles a través de su ropa agujereada; su cuerpo, menudo y delgado, parecía temblar por el esfuerzo de controlar una fuerza que hasta entonces me había resultado desconocida en ella, y Paola entera generaba un aura de peligro nada desdeñable, porque en cuanto soltó el cadáver y clavó su mirada en mí supe que había dejado de ser ella para empezar a ser un animal salvaje, cuya próxima presa era yo... Efectivamente. Se lanzó hacia mí antes de que me diera tiempo a esquivarla y me estampó contra la pared, intentando morderme como el animal rabioso en el que parecía haberse convertido de un momento a otro. Yo la esquivaba como podía, con poca habilidad porque me estaba inmovilizando con más fuerza que si kilos de acero hubieran hecho la misma función, e incluso llegó a clavarme los dientes en las manos un par de veces, las suficientes para que me hartara de preguntarme en qué clase de criatura demoníaca se había convertido y de intentar razonar con ella para simplemente pensar en noquearla.

Ella volvió a lanzarse sobre mí, esta vez a golpes y arañazos que esquivaba como podía, sin demasiado éxito a juzgar por la sangre que noté en el cuello, y entonces ella aprovechó, quizá alentada por el olor de mi herida, para lanzarme golpes que me habrían tirado al suelo de sentir el dolor. Por suerte para mí, no podía, así que la esquivé hasta que se enfureció y me permitió establecer contacto visual directo. Fue apenas un segundo lo que tardé en inmovilizarla, en que sus manos subieran hasta su cuello y empezaran a apretar, pero me pareció una eternidad lo que transcurrió hasta que quedó inconsciente y pude respirar tranquilo. ¿Qué narices acababa de pasar...? No tenía, no obstante, tiempo para pensar, así que saqué un par de fotos del lugar con el móvil y la deposité sobre el capó de un coche cercano, con mi abrigo y mi camisa cubriendo su cuerpo semidesnudo mientras yo me encargaba de limpiar el estropicio que había montado. En unos pocos minutos no quedó prueba alguna de nuestra presencia allí, y aproveché para cogerla en brazos y, sorprendiéndome por lo ligera que era, llevármela al único lugar seguro que se me ocurría en caso de tener que defenderme de un potencial ataque suyo: mi casa. Así, caminé rápidamente por callejuelas secundarias hasta que llegué, y una vez estuve allí la deposité en uno de los sofás, medio tapada aún con la camisa que mantuve sobre ella, mientras yo me miraba, en el baño, la herida del cuello, nada demasiado importante... salvo unos arañazos que parecían de pantera, no de mujer.

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Re: One Wild Night {Jack Thomas}

Mensaje por Adriana P. Gregoletto el Vie Abr 13, 2012 6:20 am

Sangre. Solo podía pensar en eso. Era como si escuchara los latidos de los corazones de aquellos malditos infieles, latiendo desbocados en sus pechos, y quería hacerlos parar, tenían que parar... ¡Necesitaba destrozarlos! Apestaban a miedo y me rodeaban, mirándome con una expresión muy distinta a la que habían tenido hacía unos segundos, aunque era normal, ahora dos de sus compañeros yacían muertos junto a mí, sin brazos y con sendos arañazos en sus cuellos de los que, pese a que ya estaban muertos, no dejaba de manar la sangre a borbotones. Ya no parecían tan valientes... No, ahora temblaban. Un sonido más animal que humano salió de mis labios, una mezcla entre gruñido y bufido que los hizo retroceder aún más pero no tardaron demasiado en armarse de valor de nuevo y con simples cuchillitos que parecían más de juguete que otra cosa se lanzaron sobre mí, a atacarme, a matarme... ¡Já! Era yo quien iba a acabar con ellos, iba a destrozarlos, a arrancarles todos los miembros del cuerpo, a separar la carne de los huesos... Y no podrían hacer nada por evitarlo. Todo pasó muy rápido. Puñaladas, golpes, mordiscos, arañazos, sangre, gritos, alaridos, gruñidos... Muertes. No tardé en estar rodeada de cadáveres que comencé a despedazar con mis propias manos, incluso mis dientes a base de fuertes mordiscos, que servían para separar piel, tejidos, musculos... todo hasta llegar a los huesos. Ninguno de ellos tenía rostro, al menos reconocible, ya que con mis uñas prácticamente se lo había destrozado, casi arrancándoles el alma, convirtiéndolos en simples amasijos de piel, músculo y huesos. Y así continué hasta que alguien se coló en aquella escena, en aquel lugar lleno de sangre, muerte y destrucción. El estúpido habló. Hizo que me girara, que apartara la atención de aquel cuerpo sin vida que era mi diversión para hacer que me centrara en él... Él. Una nueva presa. Él también merecía la muerte. Como todos, él iba a pagar... Lo iba a destrozar. Me aparté del cadáver, dejándolo tirado en el suelo junto a los demás y lo miré segundos antes de lanzarme al ataque. Golpes, arañazos, mordiscos. Con él era más difícil, se defendía más. El muy imbécil seguía hablando, como si las palabras consiguieran pararme, como si así fuera a librarse de una muerte segura... Quería arrancarle de un mordisco la carne tierna del cuello y partir su cuerpo en dos. Por fin, victoria. Su cuello sangraba y comencé a golpearlo. Golpe tras golpe, golpe tras golpe debería debilitarse, debería caer al suelo y aullar de dolor, como los demás... Pero no. Él seguía de pie pese a que lo estaba destrozando. De nuevo, más golpes, más arañazos y más mordiscos. Todo fallaba y yo me frustraba, el olor de su sangre no ayudaba... ¡Quería despedazarlo como al resto! Lo miré furiosa y él seguía con la mirada fría y tranquila. ¿Por qué no temblaba como el resto? ¿Por qué no apestaba a miedo? ¿Por qué él era diferente? Eso solo me daba aún más ganas de terminar con él, de matarlo y de esparcir sus vísceras por todo el lugar. Pero no me dio tiempo a pensar en nada más. Algo pasó. No podía moverme. Mi cuerpo no me obedecía. ¿Estaba recuperando la conciencia? No, no podía ser. ¿Entonces...? Entonces lo que pasó fue que llevé mis propias manos a mi cuello y, mientras lo atravesaba con la mirada, apretaba y apretaba, inentando afixiarme, intentando... ¿Matarme? Fuera lo que fuera mi visión se iba nublando pero yo seguía mirándolo... Había sido él. Y pagaría por aquello. Lo mataría.

· · · · ·


Tenía un extraño sabor metálico en la boca que me recordaba demasiado a la sangre. Eso fue lo que hizo que, de una manera o de otra, volviera en mí. Estaba con los ojos cerrados y los apreté con mucha más fuerza. No quería despertar, no quería ver qué había pasado, lo que había hecho... Cómo había acabado todo aquello. Prefería volver a dormirme y que fuera lo que Dios quisiera... Pero no sería tan fácil. Me dolía todo el cuerpo, como si hubiera corrido una maratón y hubiera levantado un peso mayor al mío propio y sabía que me costaría moverme, mucho. Decidí tomarme unos minutos, como siempre que me ocurría aquello, para intentar recordar lo que había pasado y qué había hecho aunque, una vez más, fue inútil. No conseguía recordar qué hacía aunque al despertar aunque estaba bien claro que, básicamente, me convertía en una especie de animal listo para arañar, morder, despedazar, destrozar... Matar. Era horrible no recordar a quien matas, cómo lo haces o, aún más importante, por qué. Si había algo realmente importante para la familia era el asesinato. No se podía matar porque sí, había que tener una razón importante, cada muerte tenía que tener un fin y matar por matar... No, aquello no estaba bien y sabía que, de saberlo, quizá incluso mi propio padre me despreciara. Aquel pensamiento me hizo sacudir la cabeza, aún tenía los ojos cerrados y pensaba quedarme unos minutos más así hasta que escuché unos ruidos que me sobresaltaron. Si escuchaba ruidos significaba que había alguien cerca y nadie podía ver lo que había hecho, tenía que deshacerme de las pruebas, de los cadáveres ¡y tenía que ser rápido! No había caído en que estaba tumbada en una superficie demasiado mullida y cómoda como para seguir en la calle, o en que ya no tenía frío sino que hacía una temperatura bastante agradable... No pensé en nada de eso y, por ello, al abrir los ojos e incorporarme, rápidamente me llevé una gran sorpresa. ¿Dónde se suponía que estaba? ¿Qué leches había pasado? Me dolía la cabeza (por decir una parte del cuerpo de todas las que me dolían en aquel momento) y me llevé una mano a los ojos, frotándomelos, cansada... Y entonces vi la sangre en mis manos. Me miré, horrorizada y, bajo una camisa de hombre que tenía encima a modo de manta improvisada, tenía toda la ropa destrozada, heridas que aún sanraban un poco y el cuerpo lleno de magulladuras... Eso por no hablar de la sangre. Había sangre por todas partes. Me pasé la mano por la cara y al mirarla, vi que había más sangre. ¿Qué demonios había hecho? Suspiré y cogí la camisa, intentando averiguar si concía a su dueño y la olí. Me tranquilicé algo más al reconocer ese olor, conocía al dueño de la camisa pero no sabía exactamente de quién se trataba pese a que, en aquel momento, estaba mucho más calmada. Seguí oliendo la camisa, como si me fuera la vida en ello, y entonces volví a escuchar unos ruidos procedentes de algún lugar de aquella casa en la que estaba y en la que no había estado nunca, eso seguro.

Decidí levantarme y seguir aquellos ruidos para descubrir de quién era aquella casa o, al menos, donde y con quien estaba así que me levanté, con muchísimas dificultades, y comencé a caminar casi sin poder aguantarme, apoyándome en las paredes, observando aquella casa, estudiandola, intentando recordarla... Pero era inútil, nunca había estado allí. Finalmente, llegué a un baño y allí lo vi. No podía creer lo que veía. Había imaginado a cualquiera, a alguno de mis chicos o... En realidad no sabía a quien me esperaba, pero no a él. Jack estaba curandose unas heridas horribles que tenía en el cuello y, en realidad, casi por todas partes. Me apoyé en el marco de la puerta sin que se diera cuenta aún de mi presencia, aún llevaba su camisa en mis manos y volví a olerla, reconociendo, esta vez, su olor a la perfección. Me mordí el labio inferior y continué mirándolo en silencio... ¿Qué se suponía que tenía que decirle? ¿Acaso habría visto algo? ¿Tenía que preguntarle qué había pasado? Suspiré, intentando no hacer demasiado ruido y finalmente, ladeando la cabeza me armé de valor. - Eso... No tiene muy buena pinta... - comenté, con un tono de voz bastante bajo para lo normal en mí, aunque la verdad era que estaba agotada. - ¿Quieres que...? ¿Te ayudo...? - y sin esperar ninguna respuesta por su parte me acerqué, sin tener en cuenta que mi ropa estaba destrozada y prácticamente pudiera ver más cosas casi que estando desnuda pero, teniendo en cuenta que ya lo había visto todo, no había razones para mostrarse pudorosa o vergonzosa. En cuanto llegué a su altura, no pude evitar mirar de reojo el espejo pero, al verme de aquella manera, incluso me aparté un poco con los ojos muy abiertos al ver cómo estaba. Perdí el equilibrio y me apoyé en Jack. - Dios... - murmuré, sin poder apartar mi mirada del espejo. Tenía sangre por todas partes, mi boca y mi cuello especialmente y la imagen que daba era horrible, además, parecía cansada, estaba pálida, y las heridas que tenía por todas partes, además de ciertos moratones, no ayudaban a darme un aspecto sano, más bien, todo lo contrario. - Creo que... - no podía apartar la mirada del espejo, suspiré, cerré los ojos y miré a Jack, las gasas y vendas que cubrían su cuerpo, fruncí el ceño. - Debería darme una ducha. - No me atreví a preguntarlo, no podía hacerlo. Tenía demasiado miedo de la respuesta, no quería que me odiara o enfrentarme a la verdad. Si era capaz de hacerle aquello a Jack, siendo mi aliado, no quería ni pensar lo que podría hacerle a mi familia, a mis amigos... Bajé la mirada y me mordí el labio inferior, esperando que él hiciera o dijera algo para salvarme de aquel momento tan incómodo. Otra de las cosas que odiaba de que me pasara aquello, de perder el control, era que después estaba débil, me sentía indefensa... Era como si no fuera realmente yo misma hasta que no pasaban unas horas, hasta que no dormía un poco... Hasta que no lo olvidaba. Y era mucho más difícil enfrentarse a todo eso sabiendo que probablemente Jack lo había visto todo, que lo sabía... Y, lo peor de todo, que lo había sufrido en su propia piel... Aunque al menos había sobrevivido, era el primero, y me alegraba mucho... No podía hacerse una idea de cuanto.

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Re: One Wild Night {Jack Thomas}

Mensaje por Jack Thomas el Vie Abr 13, 2012 7:46 am

Dejarla inconsciente era, a priori, lo único que se me había ocurrido para que dejara de lanzárseme como un animal salvaje ante una presa moribunda que quiere utilizar de comida, pero en aquel momento, a la vista de mis heridas, no me parecía tan buena idea. Estaba por un lado la duda de si al despertar volvería a ser la Paola que creía conocer o si, por el contrario, seguiría siendo un monstruo sediento de sangre; estaba, por otro lado, la cuestión de que se encontraba en mi casa, un territorio demasiado personal por eso de pertenecerme y del que, por mucho que tuviera armas dispersas por la casa con las que poder abatirla llegado el caso, podía aprovecharse para que le supusiera una ventaja contra mí. No podía ignorar tampoco el hecho de que estaba herido: al arañazo que tenía en mi cuello me remitía. Rojo como la grana, con la sangre escapándose por los surcos que en mi piel blancuzca habían causado sus uñas, lo sentía palpitar al ritmo pausado de mi corazón, la única muestra del dolor que se suponía que tenía que sentir pero que ya no me atacaría más... al menos eso creía. Lo que bien podría suponer una ventaja era, también, un inconveniente porque no sabía cuáles eran mis heridas ni tampoco su gravedad a no ser que fuera por indicios indirectos, como la sangre cayendo por ellas o quizá algún chispazo de dolor muy débil y ocasional que bien podía ser un placebo provocado por mi deseo de eliminar todo rastro de aquellos meses. Eso me dejaba aún más indefenso contra ella, pese a que mi entrenamiento y que estuviera en forma supusieran una clara ventaja a la hora de enfrentarme con el monstruo en el que la había visto convertida.

Ponderar los pros y los contras no iba, no obstante, a mejorar la situación. En mi casa al menos tenía la ventaja de poder curarme en esos minutos preciosos en los que, al estar inconsciente, sabía que no haría nada, y pensaba disfrutarlos al máximo, así que me afané en limpiar la herida de mi cuello, agradeciendo mi lesión respecto al dolor en eso porque, de lo contrario, el agua oxigenada en cantidades industriales que me eché me habría matado. Una vez estuvo limpia, y mientras dejaba que el líquido hiciera efecto, me levanté la camiseta para buscar en mi pecho alguna herida más, encontrándome sobre todo con moratones en formación y algún mordisco no demasiado profundo pero que, pese a todo, también limpié... Ya se sabe, más vale prevenir que curar. Una vez estuvieron listas todas las heridas, busqué el botiquín por el baño para sacar de él vendas y gasas con las que cubrir las heridas, con lo que parte de mi piel se volvió aún más blanca por efecto de la tela que me cubría todos los restos de haberme encontrado a mi aliada... así. Justo cuando me quedaba la herida del cuello sin cubrir, además de los moratones que lucía por los brazos, la reina de Roma hizo acto de presencia y remarcó un hecho bastante obvio: que mis heridas no tenían buena pinta.

Escucharla hablar, después de haber escuchado únicamente de su boca ruidos más animales que humanos, era una buena señal de que volvía a la normalidad. Además, que hubiera preferido acercarse aunque lo hiciera lentamente en vez de lanzarse a por mí era otro buen indicio que significaba que volvía a ser, al menos, humana y comedida, porque lo que hizo de apoyarse en mi cuerpo significaba que estaba bastante enajenada, ya que mostrarse tan débil delante de mí no era su estilo, por lo que la conocía. De todas maneras, verse tal y como estaba de demacrada, que a decir verdad era bastante, bastó para que pareciera aún más débil y cansada y como confirmación de que, al menos por ese momento, no iba a atacarme. Agradecí mentalmente a Dios que se le hubiera pasado aquello que se había apoderado de la cordura de mi aliada y decidí tomar las riendas de la situación dado que ella no parecía demasiado capaz de hacer eso mismo.
– Una ducha como mínimo, y si me preguntas a mí también deberías cambiarte de ropa, la tuya está hecha trizas. De todas maneras me vendrá bien que te quites los restos de sangre de la piel para ver si tienes heridas y la gravedad de las que tienes, aunque ahora me preocupa más tu garganta... – comenté, girándome hacia ella y cogiéndola de la barbilla para que alzara la cara y pudiera verle el cuello, que pese a estar algo amoratado no iba a suponer ningún riesgo demasiado especial para su salud, o al menos no sería peor que cualquiera de las heridas que ya lucía.
– No tiene mala pinta, y que puedas hablar es una buena señal, así que tienes vía libre para usar la ducha. Te dejo aquí algo de ropa mía que puedas ponerte y recuerda avisarme cuando salgas para que te eche un ojo a las heridas. – añadí, con más suavidad de la que habría sido normal en mí y obviando, al menos por aquel momento, el tema de lo que había sucedido entre ambos.

Salí del baño con el botiquín en la mano, porque tenía que meter alguna otra cosa de la cocina en él, y en cuanto lo hice me dirigí a mi habitación para buscar algo de ropa de la que me quedaba más ajustada. Aunque no encontré nada, cogí una sudadera gris del ejército que tenía por allá y unos pantalones vaqueros algo estrechos que supuse que le servirían, y lo llevé al cuarto de baño, del que salía el vapor que reflejaba el inevitable uso de la ducha por parte de mi acompañante. En cuanto salí, volví a la cocina para acabar de vendarme la herida del cuello, la más aparatosa de todas, y tragarme una pastilla contra la posible infección, y como ella aún no había salido decidí que los dos nos merecíamos algo de beber, así que puse en el fuego algo de chocolate para que se fundiera mientras tanto, ya que nos vendría bien, sobre todo a ella. Sólo entonces escuché su voz desde el baño, llamándome, y acudí con el botiquín de nuevo en la mano para encontrármela herida y con aspecto de haber corrido un par de maratones como mínimo, pero por fin sin tanta sangre encima, lo cual reducía la potencial gravedad de su situación. Le dejé que se pusiera los pantalones pero, sólo con ellos y el sujetador, le indiqué la taza del váter para que se sentara sobre ella y me permitiera echarle un ojo a sus heridas. A simple vista no parecían demasiado graves: sólo moratones, cortes de navaja pero ninguna puñalada y contusiones, así que medio sonreí, desviando la mirada del estado de su torso hacia sus ojos.
– No te preocupes, italiana, no es grave. – dije, antes de ponerme a limpiar sus heridas y a vendarlas en tiempo récord. En cuanto terminé, me lavé las manos y ella aprovechó para ponerse mi sudadera, que le quedaba de vestido.

Salí del baño y ella me siguió, aunque mi destino inicial fue la cocina, donde vacié el chocolate caliente en un par de tazas (una de Bristol, más publicitaria que otra cosa, y la otra con la Union Jack) que me llevé en mi vuelta al salón. Por suerte, mi camisa se había llevado la peor parte y el sofá no estaba manchado de sangre de infieles, así que le indiqué que volviera a sentarse segundos antes de dejar las tazas humeantes frente a nosotros, para que no estorbaran. En cuanto me senté iba a hablar, pero un maullido me hizo detenerme en seco para hacerle un hueco a Abel, mi siamés, que miraba con los ojos entornados a Paola, como examinándola... aunque milagrosamente, sobre todo conociendo lo agresivo que era, se limitó a olisquearla y a ignorar su presencia para sentar sus reales posaderas en el sofá que ocupada yo. Típico de él...
– Ah, este es Abel. Tienes suerte de que parezca que le caes bien, porque de lo contrario te habría utilizado como rascador... A mí me lo ha hecho unas cuantas veces, ya. Tiene malas pulgas, pero es buena compañía. – indiqué, señalando al susodicho gato con la cabeza cuando terminé. Me ahorré acariciarle la cabeza, porque nunca se sabía de qué humor estaba mi mascota y era bien capaz de demostrarle a la italiana que yo tenía razón al decirle que tenía mala hostia, y suficiente tenía con las heridas que ya lucía por mi piel como para sumar arañazos gatunos al mosaico que lucía, de nuevo con apariencia más animal que humana, porque al verme nadie habría dicho que había sido mi acompañante la culpable de dejarme como estaba.

Cogí la taza de chocolate con la publicidad de mi ciudad en las manos para calentarlas, en un momento en el que el silencio parecía haberse abalanzado sobre nosotros como un manto opresor que reforzaba lo raro de la situación, ya que ella siempre era la parlanchina, mientras que yo era el que no hablaba demasiado... Al parecer aquella noche tocaría que fuera al contrario, en vez de como solía ser.
– Te sentará bien. Te hará entrar en calor, y el azúcar quizá te devuelva parte de la energía que estoy seguro que has perdido antes... – le dije, señalando su taza con la mía propia antes de retomar el tema sobre el que quería preguntarle. – Paola, ¿qué ha sido lo de antes...? Porque se me ha escapado el momento en el que has dejado de ser tú para convertirte en un animal rabioso que sólo quería matar y matar. Quizá influya que intentaba tender una trampa al sucio infiel al que te has llevado tú a través de uno de sus contactos, y que me hayas eliminado el trabajo al matarlos tú misma es incluso de agradecer, pero aún así... No sé, era demasiado sucio para ser tú... lo que me recuerda que no tienes que preocuparte, la escena está impoluta y los cadáveres no los encontrarán, me he encargado personalmente. Cosas de ser tu aliado, ¿no? – finalicé, echando la espalda hacia atrás en el sofá y con la mirada, de nuevo, fija en la de ella, esperando una respuesta que no sabía si llegaría dada su negativa de antes a tocar el tema. Quizá prefería callar, pero si era por mí le recomendaba exactamente lo contrario, dado que si hablaba y me convencía de que no estaba poseída por el demonio o actuando en contra de Sus designios incluso podría ayudarla... de nuevo, porque eso es lo que hacen los aliados.

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Re: One Wild Night {Jack Thomas}

Mensaje por Adriana P. Gregoletto el Sáb Abr 14, 2012 9:08 am

Aún seguía dándole vueltas a todo lo que había pasado, fuera lo que fuera, intentando recordar al menos lo que había pasado antes de perder el conocimiento. Aquello sí que era capaz de recordarlo a la perfección y, aunque quería saber qué les había pasado a aquellos malditos infieles, no me atreví a preguntarlo... Como tampoco me atreví a preguntarle por sus heridas que tenía más que claro que le había hecho yo. Una nueva mirada de reojo al espejo me hizo darme cuenta de que no sólo me sentía débil y cansada, sino que además lo parecía, estaba totalmente demacrada y de no ser por Jack... Aquello estaría siendo muchísimo peor y no me apetecía nada ponerme a pensar en ello. En seguida apoyó mi idea de la ducha y se preocupó por mis heridas, todas las que debía tener por el cuerpo y que sentía cada vez que respiraba, dándome pinchazos de dolor por todo el cuerpo. No me esperaba que cogiera mi barbilla y me mirara el cuello, aparté la mirada de sus ojos y me miré en el espejo, buscando la razón por la que notaba aquella molestia en la garganta y la preocupación de Jack y al verlo amoratado fruncí el ceño... ¿Pero qué coño había pasado? Por suerte y, según el ojo experto de Jack, no era grave por lo que me dio vía libre para usar la ducha y me dijo que me iba a dejar algo de ropa, recordándome que lo avisara al salir para que pudiera examinar mis heridas para ver si había alguna aparatosa o grave que hubiera que curar para que no acabara mal. Asentí y observé cómo salía del baño antes de suspirar y simplemente entornar la puerta del baño, encendiendo el agua caliente mientras, poco a poco y con muchísimas dificultades, iba quitándome la ropa. Me dolía todo el cuerpo y era extraño porque no siempre que me pasaba aquello lo hacía al despertar pero aquel día me encontraba mal, incluso estaba algo mareada, pero decir que había descubierto partes de mi cuerpo que jamás había pensado que pudieran dolerme tanto era quedarme corta para cómo estaba en aquel momento. Terminé, de milagro, dentro de la ducha, bajo el chorro de agua caliente que me relajaba, me calmaba y me tranquilizaba... Como si estar en aquella casa, con Jack casi ileso y alejada de cualquier carnicería que pudiera haber provocado no lo hubiera hecho ya lo suficiente. Dejé que el agua cayera por todo mi cuerpo, que limpiara toda la sangre que tenía hasta en el pelo. Una vez lista salí de la ducha y cogí una toalla, enrollándome en ella y secándome, viendo que había allí, además de mi ropa destrozada, unos pantalones y una sudadera y, tras secarme y ponerme la ropa interior me acerqué a la puerta y me asomé. - ¿J..Jack? - – llamé, algo titubeante, tanto, que dudé que lo hubiera escuchado y suspiré antes de volver a intentarlo, esta vez un poco más alto, más segura. - ¿Jack? – escuché unos ruidos y me aparté de la puerta para dejarlo entrar, con el botiquín en la mano.

No tenía demasiadas heridas en las piernas más que algunos moratones y pude ponerme los pantalones, que me estaban enormes, antes de sentarme por allí, con Jack observándome... Pero sobre todo, observando mis heridas. Seguía su mirada de reojo, intentando ver dónde tenía heridas y descubriendo por qué me dolían determinadas zonas de mi cuerpo pero no dije nada, simplemente, dejé que siguiera estudiando mi cuerpo, mis heridas y su gravedad, sin, por primera vez en mi vida, saber qué más decir. Él rompió el silencio, aliviándome con sus palabras al decirme que no tenía nada grave y medio sonreí antes de que él comenzara a limpiar, curar y vendar las heridas que tenía por mi cuerpo. Fue realmente rápido, no me hizo demasiado daño y acabó en seguida, lavándose las manos justo después mientras yo me ponía aquella enorme sudadera gris del ejército que me quedaba casi tan grande o más que los pantalones y que podría llevar perfectamente sin ellos ya que me quedaba de vestido. Justo después, él salió del baño y, como si fuera un perrito fiel a su amo, lo seguí por aquella casa que desconocía hasta la cocina, donde vi como servía un par de tazas de chocolate caliente y, desde allí, nos dirigimos al salón en el que había despertado y me hizo un gesto para que me sentara mientras él dejaba ambas tazas frente a nosotros y yo, descalza, subía los pies al sofá, abrazándome las rodillas y mirándolo. Un maullido distrajo mi atención y me giré, encontrándome con un gato siamés de enormes ojos azules que me olisqueaba y que, sin más, se fue al sofá en el que se había sentado Jack y se tumbó tranquilamente. Jack hizo las presentaciones y medio sonreí, aquello me confirmaba que estábamos en su casa y, además, me hacía sorprenderme porque no me había esperado que le gustaran los animales... Aunque si Abel era como él lo había descrito, algo me decía que le pegaba bastante. Continué mirando al gato mientras Jack cogía una de las tazas y se quedaba mirándome lo suficiente como para que me viera venir que iba a decirme algo aunque, en aquel momento, no sabía si me iba a gustar lo que iba a escuchar o no... Pero ya me esperaba cualquier cosa aquella noche.

Habló del chocolate. Señaló la otra taza, con la bandera del reino unido en ella, con la suya y me dijo lo bien que me vendría algo de azúcar para recuperar la energía que había perdido. Me encogí de hombros y asentí, dándole la razón, pero antes de que pudiera hacer un movimiento para alcanzar la taza, Jack volvió a hablar y, esta vez, no habló de dulces, duchas o ropa... Hablo de lo que había visto. Me preguntó qué había pasado, me describió como un animal rabioso que solo quería matar y, conforme hablaba, me iba encogiendo más y más en el sofá. Al parecer, el árabe con el que me había ido estaba (¿o había estado?) en el punto de mira de Jack, iba a ir a por él y, según él, agradecía que le hubiera quitado algo de trabajo al matarlos (sí, definitivamente, había estado...) pero que lo que había visto era demasiado sucio como para ser propio de mí. A aquellas alturas faltaba realmente poco para que el sofá me engullera por completo y, la verdad, habría sido de agradecer y más aún porque mi mente empezó a ir a toda prisa. Si los había matado, había cadáveres; si había cadáveres, había escena del crimen; si había escena del crimen, tenía que ir cagando leches a limpiarla y a deshacerme de las pruebas porque lo último que quería y que me apetecía en aquel momento era pasar unas vacaciones en cualquier cárcel de mujeres (y sí, ahora le llamaban mujer a cualquier cosa porque lo que había en esos sitios... En fin... Mejor ni pensar en ello) o teniendo a la policía detrás de mí, utilizándome para hacer salir a mi padre... Si es que seguía vivo. Como si me hubiera leído el pensamiento, Jack me quitó un enorme peso de encima al decirme que se había encargado personalmente de limpiar todo aquello y de deshacerse de unos cadáveres que nunca encontrarían... Y todo por ser mi aliado. En aquel momento quise dar saltos de alegría, bailar una conga y felicitarme porque, por una vez en mi vida, había hecho algo bien con un hombre (dejando a un lado el sexo, claro): aliarme con él. Y no se me ocurría, en aquel momento, un aliado mejor que Jack. Se acomodó en el sofá justo después de hablar y se quedó mirándome a los ojos mientras yo, sin saber muy bien qué decir, cogí la taza de chocolate y soplé un poco, dándole un pequeño sorbo, lo único que tenía intención de beber ya que se me habían quitado las ganas completamente, antes de volver a dejarla.

¿Qué se suponía que tenía que decirle? ¿Tenía que contarle la verdad o mentirle para que estuviera más tranquilo? ¿Era de fiar, podía confiar realmente en él y en que me ayudara y estuviera ahí como en mi vida solo ha estado mi familia? No sabía qué era lo que tenía que hacer, pensé en qué haría mi madre en aquel momento pero ella jamás habría tenido un problema como aquel y, de haberlo tenido, se lo habría contado a mi padre pero... Suspiré. La verdad, necesitaba contárselo a alguien, que alguien más lo supiera, que... no sé, tener a alguien a quien llamar cuando no pudiera sacarme las castañas del fuego yo solita después de que perdiera el control... Lo que fuera. - No sé de qué me estás hablando... - dije, en voz no muy alta, y logrando que, por la cara que puso Jack, en seguida pensara que le estaba mintiendo o que lo tomaba por gilipollas. - No, en serio, no puedo recordar nada... - bajé la mirada y me encogí de hombros, mordiéndome el labio inferior. - Recuerdo al infiel, luego a los otros... Los golpes, las amenazas... Pero de repente no recuerdo nada. Está todo negro. Hay como un borrón y después de eso he despertado aquí... Te lo juro, Jack, no sé qué ha pasado o por qué, pero... - solté un bufido. Era más difícil de lo que pensaba. No podía contarle aquello por las buenas si parecía que ni siquiera me estaba creyendo. Lo mejor sería dejarlo ahí y cambiar de tema, intentar alejar la conversación de mí y, en cuanto hubiera recuperado las fuerzas, marcharme a casa a descansar, que era lo que realmente necesitaba después de lo que fuera que les hubiera hecho a aquellos perros. - Querían violarme... – me encogí de hombros y lo miré a los ojos directamente. - Si están muertos, supongo que es porque lo merecían, no? – y con aquello aún parecía más culpable que al principio pero no sabía cómo arreglarlo y Jack seguía mirándome, como esperando a que siguiera hablando, como si supiera que había más, esperando a que siguiera... Pero no podía hacerlo.

Me moví en el sofá y me acerqué al de él, llevando la mano cerca de su gato que en seguida se puso alerta y soltó un arañazo al aire que logré esquivar antes de que se pusiera a olerme de nuevo pero, como no parecía importarle nada mi presencia, volvió a lo suyo y se hizo un ovillo, momento que aproveché para acariciarle detrás de las orejas, haciéndole ronronear y volviendo a mirar a Jack, que cada vez parecía más exasperado. Suspiré y, cogiendo con cuidado al gato y ganándome algunos arañazos lo dejé sobre mi regazo donde no dudó en tumbarse mientras yo lo acariciaba y él ronroneaba. - Lo único que quiero es que no vuelva a pasarme nunca más, es como una maldición y lo odio... No he hecho nada malo como para merecer esto y, de no ser por el temporal, ni siquiera habría estado en Londres durante aquella maldita tormenta y ahora nada de esto estaría pasando...! - terminé algo más alto, diciendo aquello más para mí que para él antes de volver a bajar la mirada y centrarme en su gato, que se había puesto algo tenso cuando había subido la voz pero no tardó demasiado en volver a ronronear gracias a mis caricias y medio sonreí, intentando dejar de pensar en todo aquello. - ¿No podemos dejarlo estar? Estamos bien, estás vivo... Es lo que importa. ¿No? - y con aquella pregunta en el aire y con una mirada suplicante en mis ojos intenté que cambiara de tema aunque algo me decía que no iba a ser tan fácil y que aquella conversación no había hecho más que empezar... Por desgracia, parecía que no me iba a gustar tanto como la primera o la última. En el fondo, yo tenía razón, aquello era una pérdida de tiempo y lo único que importaba era que no lo había matado (cosa que no me habría perdonado) y que yo no me iba a morir así que no entendía por qué había que darle tantas vueltas al asunto... Pero, por su mirada, Jack no pensaba así... Y aquella iba a ser una noche muy larga, quizá demasiado.

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Re: One Wild Night {Jack Thomas}

Mensaje por Jack Thomas el Miér Abr 18, 2012 7:51 am

Por el momento me encontraba en una situación bastante complicada con ella, dado que confluían dos intereses contrapuestos que tiraban de mí en dos direcciones opuestas con una fuerza semejante: por un lado, ayudarla dado que era mi aliada y yo mismo había visto cómo se había librado de la escoria infiel con la que había ido, pese a todo; por otro, destruirla por ser un monstruo como el que yo había visto. Creía que haber estado en el frente durante tanto tiempo, especialmente habiendo residido en Irak y habiendo sido capturado en una ocasión durante meses, me había curado de espanto y había hecho que ya nada pudiera sorprenderme, pero me había equivocado por no prever que, efectivamente, aún poseía la capacidad de sentir sorpresa intacta, no como la del dolor ya que no había sufrido la misma suerte. Ella había sido capaz de hacerme no sorprenderme sino lo siguiente, y por eso mismo había roto mis esquemas y no sabía qué pensar sobre ella... ¿Y si era alguien demoníaco que merecía ser destruido? ¿Cómo iba a hacerlo, porque mi deber estaba lo primero de todo, sin despertar la ira de la mafia por el camino? ¿Y si ella no era digna de ser mi aliada? Eso me dejaba en una posición complicada, porque si prometía algo lo cumplía: era un hombre de palabra, ya que por algo me costaba dar esa palabra. Además, su caso en particular me resultaba más complicado porque no había recibido nunca un libro de ”Como tratar con tu aliada mafiosa” y mucho menos con un capítulo que especificara el comportamiento más adecuado en caso de haber visto lo que yo había visto y en caso de pensar que estaba poseída por el demonio...

Por eso mismo había ido directo al grano en vez de darle más tiempo de duelo del que normalmente le habría dado (al menos si no hubiera visto lo que había hecho) dadas las circunstancias y cómo estaba, eso sobre todo. Si había conocido a Adriana Paola Gregoletto las veces que nos habíamos encontrado podía decir sin riesgo a equivocarme que ella no era débil, ni tampoco solía dudar a la hora de decir nada como sí lo estaba haciendo en aquel momento, y eso me descolocaba, reforzando a la vez mi teoría de que estaba enajenada, quizá por obra del Diablo. Sin embargo, decidí pensar antes de actuar y de tomar una decisión que pudiera perjudicarme, dado que había demasiado en juego para limitarme a hacer cosas a lo bruto, así que esperé con bastante paciencia a que hablara... y ahí fue cuando me descolocó del todo. ¿Cómo es que no sabía de lo que le estaba hablando? Mi cara al escucharla debió de ser todo un poema porque enseguida empezó a explicarse, diciéndome que no recordaba nada y haciendo saltar todas mis alarmas hasta algo que apenas tuvo importancia en su discurso, pero que a mí sí me pareció que la tuvo: la tormenta. Aquello había sido una obra clara de Dios para elegir a quienes creía dignos, yo entre ellos, y ella se había visto afectada...

Casi ni escuché el resto de sus palabras porque suficiente tenía con asimilar que precisamente ella tenía un poder que, más que eso, parecía una maldición, pero mi falta de atención no fue impedimento para que asintiera cuando dijo que se lo merecían y para notar que, ganándose algún arañazo por el camino, había cogido a Abel para subirlo en su regazo, donde ronroneaba... Parecía mentira, aquel gato no solía ponerse así conmigo a no ser que quisiera cariño, lo cual no ocurría casi nunca, mientras que a ella le había faltado tiempo para engatusarlo y conquistarlo, lo que me faltaba por ver. En cualquier caso, no podía dejarlo estar y quizá mi naturaleza de ser su aliado, reforzada tras darme cuenta de que no era una amenaza en sí misma, era lo que me impelía a hacerlo, pero tenía que decir algo, tenía que decirle que había sido yo quien la había salvado de sí misma (o al menos de su alter ego bestial) y que la había alejado de mí antes de hacerme nada, y por eso mismo respiré hondo, pensándomelo mucho... Nadie sabía nada acerca de mi poder a excepción, claro, del Creador y de mí mismo, que era quien lo había estado utilizando desde que lo había recibido, y ella sería la primera, pero quizá serviría para sellar aún más nuestra alianza, además de que no tenía nada que perder ya que, aunque lo supiera, no sabría evitar que lo usara... Me quedaba ese as en la manga, razón suficiente para que terminara de decidirme de una vez.

Bebí un poco de chocolate, con apariencia e interior tan tranquilos como habían permanecido hasta aquel momento, y sólo cuando dejé la taza sobre la mesa y volví a apoyar la espalda contra el respaldo del sofá la miré de nuevo a los ojos, esbozando incluso una media sonrisa que borré en cuanto me sumergí en los recuerdos.
– Yo acababa de volver de Irak. Estaba de permiso, el último que recibí antes de este, y era bastante más corto, así que aprovechando que estaba en Londres hice todo lo que pude antes de irme: visitar a mi familia, ir al teatro y a la ópera con ellos incluso... Aunque también tocó todo lo relativo a mi otra vida, la militar, por lo que fui a casa de la familia de uno de mis compañeros recientemente fallecidos en el frente a darles el pésame, ya que habíamos sido bastante cercanos. – comencé, obviando que por su mirada no entendía que estuviera dándome un paseo por los recuerdos de hacía algunos meses y concentrándome en lo que seguía, que hasta entonces había sido secreto para cualquiera ajeno a mí o a Él...
– Cuando salí el cielo estaba encapotado, más de lo que suele ser normal aquí. Auguraba tormenta, no simple llovizna, pero pensé que podía llegar a casa a tiempo para resguardarme, y por eso simplemente me di prisa, no me guarecí. Supongo que eso fue lo que hizo que uno de los trozos de hielo me diera y me echara hacia atrás como si me hubiera alcanzado la onda expansiva de una granada, pero en cualquier caso aunque el dolor no vino, como suele: sólo lo hizo una sensación extraña que medio ignoré... Hasta que me di cuenta de que podía manejar los cuerpos de las personas a mi antojo. – finalicé, mirándola con una ceja alzada.

Aquello era lo que nos unía, lo que nos hacía unos aliados potencialmente más fuertes que otra posible alianza que se me hubiera presentado, y quizá esa había sido la razón por la que lo había compartido con ella, antes que con nadie. La razón, no obstante, de que mi brazo estuviera sobre sus hombros y la hubiera acercado a mí la desconocía, aunque quizá porque mi experiencia reconfortando a familiares de soldados muertos en la guerra me había enseñado que, estando alguien visiblemente frágil, a veces era bueno algo de contacto físico, aunque no fuera mi especialidad ni lo que más me gustara.
– Si estabas aquí durante la tormenta y te afectó es cosa de Dios, Paola, así que no es producente que lo rechaces tan de plano... Sus caminos son misteriosos, como sabes, pero si ha servido para que te defendieras de lo que esos sucios infieles querían hacerte no veo por qué no utilizarlo, si gracias a Él lo tienes. Además, mi plan con ellos era parecido, aunque lo habría ejecutado de manera algo distinta, así que no te lo tomes como una maldición sino simplemente como algo nuevo de ti que te permite seguir siendo tú misma de una manera algo diferente... Eso sí, la próxima vez que te pase delante de mí probablemente tu alter ego acabará odiándome, no creo que se haya tomado muy bien que para salvar el pellejo te dejara inconsciente... – dije, acariciándole el hombro con los dedos y, en cierto modo, mostrando el apoyo que como aliado tenía que mostrar y que, en aquel caso, además era sincero... Por increíble que pudiera parecer, ya que incluso había pensado en que quizá habría sido necesario ajusticiarla, pero de haberlo hecho quizá lo habría lamentado, no lo sabía. Si algo conseguía Adriana Paola Gregoletto era descolocarme, hacerme ignorar cómo se suponía que tenía que reaccionar y dejarme vía libre para improvisar... Y eso hice.

El gato parecía apaciguado por ella, por estar en su regazo y por las caricias que no dejaba de regalarle, a juzgar por sus ronroneos, así que aproveché para acariciarlo detrás de las orejas, con lo que no se quejó ni intentó arañarme... Supuse que, pese a todo, tendría uno de esos días (meras excepciones) en los que no decía que no a que alguien lo cuidara y lo tocara, así que ni siquiera me extrañé, al menos no hasta que recordé que le había dicho a Paola que era bastante hostil conmigo y con el mundo, en general (su rascador podía dar buena cuenta de esa agresividad suya, si no se me creía...).
– Probablemente te estés preguntando cómo es que tengo a Abel, sobre todo teniendo en cuenta que paso bastante tiempo fuera de casa... Yo no llegué a comprarlo o a ir a un refugio de animales a adoptarlo, ¿sabes? Un amigo mío del ejército, mi mejor amigo en realidad, encontró a Abel y a su hermano en la calle, eran los únicos que quedaban de la camada. Aún no sé cómo, pero logró convencerme para que me quedara al gato normalmente agresivo y él se quedó con el pacífico, Theo, que es el que tiene en casa. Visto con perspectiva, Abel y yo somos buenos compañeros, sobre todo porque cuando me voy siempre encuentra donde quedarse y no suele dar demasiados problemas al margen de algún arañazo ocasional. – comenté, encogiéndome de hombros y dejando de acariciarle el hombro para, simplemente, centrarme en otra pregunta que llevaba con algo de tiempo en la cabeza... concretamente desde que me lo había contado todo (al menos todo lo que recordaba) acerca de su... su lo que sea que le hubiera pasado antes y que había hecho que me atacara.

– Por cierto, estoy asumiendo que vas a guardar mi secreto de igual manera que yo voy a guardar el tuyo, espero estar haciendo bien... Y tengo una pregunta, antes de que nos vayamos del tema: ¿qué se supone que ibas a hacer con el sucio infiel ese...? Porque vale que seamos aliados y que te respete, pero aún así era un infiel, espero que no sea lo obvio... – le dije, mirándola con, de nuevo, una ceja alzada y esperando que su respuesta no fuera tirárselo porque no quería dejar de respetarla tan pronto ni quería, tampoco, acabar con la impresión de que su gusto era tan sumamente malo como me lo parecería de confirmarse aquella pregunta, cuya respuesta esperaba que fuera la que yo me imaginaba... o, mejor, la que yo me imaginaba que no fuera, lo contrario a sí, un no rotundo o, al menos parcial. De lo contrario, sería muy incómodo mantener una alianza con ella, ya que si ni mirarla igual podía no quería ni imaginarme el enorme esfuerzo que me supondría salvarle el cuello... otra vez.

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Re: One Wild Night {Jack Thomas}

Mensaje por Adriana P. Gregoletto el Jue Abr 19, 2012 2:32 am

Estaba encogida en el sofá, acariciando al gato que ronroneaba sobre mi regazo y esperando que Jack hablara. Sabía que no iba a dejar el tema pero yo aún tenía esperanzas, siempre es lo último que se pierde, después de todo, por lo que seguí acariciando a Abel prácticamente sin mirar a su dueño. Suficiente tenía con estar como estaba como para, además, dejar que me viera aún más débil... Sí, estaba enajenada y era completamente normal y comprensible mi reacción tras pasar lo que siempre pasaba cuando todo se volvía negro y no recordaba nada pero de ahí a que me gustara que la gente lo viera... Había un trecho muy grande. Además, Jack no era cualquiera, era mi aliado, quizá, en un futuro si es que aquello seguía así, mi amigo... Y por miles de razones que en aquel momento se me estaban ocurriendo no podía verme así, por lo que ni siquiera le miré a los ojos cuando, tras beber un poco de su taza, buscó mis ojos... Aunque sí que lo hice cuando medio sonrió, pese a que aquella media sonrisa durara apenas unos segundos hasta que comenzó a hablar. No entendí muy bien por qué me estaba contando aquello, no pude evitar ladear la cabeza y fruncir el ceño aunque, en el fondo, estaba aliviada de que hubiera dejado el tema. Que me contara lo que quisiera siempre y cuando supusiera no volver a hablar de lo que había pasado... fuera lo que fuera. Decidí dejar de pensar en todo aquello y centrarme en lo que me contaba, en su permiso, en su manera de disfrutarlo y en como también hubo lugar para el deber... No pude evitar hacer una mueca cuando habló de aquel compañero que había muerto en el frente y de cómo había ido a ver a su familia para darles el pésame, recordando en un segundo la de amigos que habían muerto en tiroteos, misiones o incluso accidentes... Pero entonces su relato cambió y algo de lo que dijo hizo que me encogiera más en aquel sofá, en su sudadera, como si intentara desaparecer... La tormenta. Lo que describió, la especie de onda expansiva, el salir despedido, el golpe contra el suelo... Lo recordaba demasiado bien, tanto como si hubiera sido la mañana anterior, aunque lo que vino después ya no lo recordaba... Apenas unos minutos más tarde me pasó aquello por primera vez y, desde entonces, no había parado. Su relato era tan parecido a lo que yo misma había vivido que incluso me dio miedo pero lo que era diferente fue el final: Jack también tenía un “poder”, y era bien distinto al mío, él podía controlar a la gente. Lo miraba con el ceño fruncido, de no haber descrito aquella situación me habría reído en su cara, no lo habría creído... Pero sabía lo que era, yo misma lo había sentido... ¿Qué se suponía que estaba pasándome? ¿Dónde leches se había quedado la cordura? ¡Aquello era de locos! No lo entendía. En aquel momento, no entendía nada y volví a bajar la mirada hacia el gato, perdiendo durante unos segundos la noción del espacio-tiempo, intentando mimetizarme con la habitación, como si no estuviera allí... Pero Jack, rodeando mis hombros con un brazo me sacó de aquella especie de burbuja en la que había decidido meterme mientras miraba y acariciaba a su gato. Jack me había acercado a él y no pude evitar apoyarme en su cuerpo, en él, casi pegándome por puro instinto y comprobando, para mi sorpresa, que era bastante cómodo.... Y de no ser porque volvió a hablarme incluso me habría dormido apoyada en él.

Jack pensaba que aquello, lo de la tormenta, había sido obra de Dios y no tenía que rechazarlo, que era bueno, que tenía que aceptarlo, que no era una maldición y que me había salvado de aquellos sucios infieles... Y solo estaba de acuerdo con él en parte... Porque estaba claro que él no sabía lo que era despertar rodeada de miembros amputados de personas, trozos de huesos, músculo, piel y carne por todas partes, vísceras desparramadas y sangre... Muchísima sangre. No, él no tenía ni idea. Inconscientemente me aparté de nuevo de él, con el ceño fruncido mientras me explicaba que, probablemente, mi “otra yo” lo odiara porque no debía haberse tomado muy bien que la dejara inconsciente para salvarse... Aunque yo pensaba que era lo mejor que podía haber hecho. Asentí, mientras notaba como acariciaba mi hombro, haciendo que un escalofrío recorriera todo mi cuerpo antes de acariciar al gato, que ronroneó aún más al notar nuevas caricias, probablemente si yo hubiera podido, en aquel momento, también habría ronroneado porque no se estaba ni tan mal con Jack allí, como fuente de apoyo y, sobre todo, de calor. Y, por una vez, cuando habló, no lo hizo de aquel maldito tema que parecía no querer dejar nunca... Sino de su gato. Me contó que un amigo suyo, también militar (y seguramente guapo y sexy, como solían serlo los militares), había conseguido que se quedara con Abel, el más hostil de los gatitos, mientras él se quedaba al otro. A Jack parecía gustarle aquel animal y, además, se hacían compañía mutuamente aunque los os fueran bastante independientes, uno por su naturaleza felina y el otro, sobre todo, por sus ocupaciones en el frente. De pronto, Jack dejó de acariciarme el hombro y bajé la mirada, ahogando un suspiro al saber lo que venía ahora... Otra de aquellas preguntas. Parecía que no fuera capaz de dejar de hablar del tema más de cinco minutos seguidos y lo odiaba pero, para mi sorpresa, su pregunta no fue exactamente sobre lo que me pasaba... Sino sobre algo que había ocurrido antes. Lo miré y entonces recordé a la rubia, a aquella zorra que iba de guapa y especial por la vida con la que había estado hablando, ella que creía que lo tenía en el bote por hacerlo reír... No perdía nada con responder sinceramente a aquella pregunta pero quizá pensara que me había puesto celosa cuando no podía haber nada más alejado de la realidad, me mordí el labio inferior y me encogí de hombros. - ¿Sinceramente? Lo hice para molestarte. - hice una pequeña pausa, para que digiriera mis palabras y continué. - Después de cómo me dejaste en la puerta de mi casa la después de la cena la noche de la fiesta lo último que esperaba era verte con una zorra como con la que estabas. Y no sé, me molestó, vi al infiel y pensé en devolvértela... Fin de la historia.

Di el asunto por zanjado y volví a mirar al gato que, sin más, se levantó, me lanzó un arañazo y se marchó, haciéndome fruncir el ceño y suspirar. El arañazo sangraba un poco y me llevé la mano a la boca para que dejara de sangrar mientras Jack seguía a mi lado y yo, de nuevo, estaba más pegada a él que antes, aunque ni siquiera sabía cuándo me había acercado a él o cómo... Pero tenía una idea bastante aproximada del por qué. Lo miré de reojo. Supuse que Jack habría visto lo que había pasado con esos árabes y se había acercado a mí, que se había arriesgado a acabar como ellos y, además, me había ayudado. Lo mínimo que podía hacer era agradecérselo. No iba a preguntarle por qué, no era cortés... Mi padre siempre decía que cuando alguien te ayudara, cuando sin ningún motivo aparente alguien estaba ahí o hacía algo por ti... Nunca tenías que preguntar el por qué, ya que si lo hacías, quizá, la próxima vez ellos también se lo preguntaran y no volverían a hacer nada por ti... Si querías descubrir el por qué, tenías que hacerlo tú solo, por tus medios... Y eso pensaba hacer. - Creo que el día en que me pareció buena idea aliarme contigo me tocó la lotería... – comenté, casi de pasada, como si aquello no tuviera la menor importancia. - … con la tontería ya me has ayudado con Mancini y con esto. Si eso es que quieres algo a cambio solo tienes que pedirlo, soldadito... – medio sonreí, intentando mostrarme más yo, intentando volver a estar como siempre, con ese humor, haciendo mis típicas bromas... Pero ni por esas lo conseguí. Esta vez lo miré a los ojos y me acerqué a él, lo cogí por la nuca y lo acerqué a mí, lo besé. Fue un beso intenso pero rápido, mi lengua jugueteó con la suya un momento, sabía a chocolate y a él, era una mezcla deliciosa... Aunque casi lo prefería sin chocolate. Me gustaba su sabor.... aunque antes de que Jack pudiera reaccionar o devolverme el beso, yo ya me había separado de él. Si había algo que odiaba, sobre todo en momentos como aquel en el que estaba enajenada perdida, era que no me devolvieran los besos... Y no me apetecía arriesgarme. - Grazie, Jack... Grazie mille. – medio sonreí y volví a quedarme en el sofá, a su lado. Mirando las dos tazas de chocolate caliente, la mía aún prácticamente llena, la suya no tanto. No tenía ni idea de qué más podía decirle y estaba agotada física y psicológicamente por lo que tampoco es que estuviera extremadamente elocuente. - Ah, por cierto, supongo que tendrás cosas que hacer o lo que sea así que cuando quieras que me vaya solo dilo... - me encogí de hombros. - Me iría ya pero estoy demasiado cansada y entre el sofá y tú, que sois bastante cómodos... pues aprovecho para descansar un poco más antes de irme, además, tengo que darles tiempo a mis chicos a que se emborrachen y se les pase la borrachera... Y eso tarda. Mucho. Así que tengo tiempo... – me entró algo más de apetito después de toda la conversación y volví a coger la taza de chocolate, le di otro pequeño trago y la dejé junto a la otra, disfrutando del sabor del chocolate y de lo calentito que estaba. - Aunque si no tienes nada que hacer siempre puedes enseñarme tu casa... Por matar el tiempo, claro. - dejé caer, mostrando que ni en momentos como aquel la curiosidad faltaba en mí... Y es que si había algo que me caracterizaba, además de mi simpatía, lo guapa que era y el cuerpazo que tenía... Era que no podía aguantarme la curiosidad y que, muchas veces, me había llevado a sitios bastante peligrosos y escabrosos... Pero yo era incapaz de aprender la lección... ¿Para qué? Si la curiosidad mataba a los gatos, ¿qué podía hacerme a mí? Es más, ¿qué podía hacerme a mí cuando tenía a mi lado a un aliado como Jack? Pensamientos como aquel me hacían medio sonreír y lograban tranquilizarme, eso seguro... Pero nada ni nadie podría terminar nunca con mi curiosidad, y eso era un hecho tan claro como que era italiana... Y orgullosa de serlo!

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Re: One Wild Night {Jack Thomas}

Mensaje por Jack Thomas el Dom Abr 22, 2012 3:54 am

Pese a todo, aún estaba empeñado en seguir respetándola, no tanto por ella misma sino por el bien de nuestra alianza... Aunque mentiría si eliminara totalmente la parte que tenía que ver directamente con ella en ese afán mío por seguir pensando bien de ella cuando, normalmente, a la primera de cambio ya pensaba lo peor sobre las personas. Quizá no con todo el mundo – ni con casi nadie, en realidad – me había resultado tan poderosa y beneficiosa una alianza, pero también era cierto que nunca antes me había llevado tan bien con alguien que no sólo empezaba a conocerme (y no sólo lo que querían ver de mí), sino también era tan diferente a lo que era yo... Adriana Paola Gregoletto era una excepción, empezaba a serlo por lo que estaba viendo en nuestra extraña relación, y aquello resultaba, cuando menos, extraño, ya que yo no era alguien que concediera ese carácter excepcional a nadie... Pero, ¿quién sabe? Si ella y yo nos llevábamos bien sería cosa de Dios, que así lo había querido, y yo no soy nadie para juzgar Sus designios, así que de cualquier manera no hacía ni tan mal planteando la posibilidad de que quizá, por una vez, ella había actuado no traicionando uno de mis más que justos ideales sino por alguna otra razón que se me escapaba... Y, efectivamente, lo que tenía la razón era aquella segunda opción, la de que todo había sido por algo distinto a traicionar mis ideales y que se resumía en... ¿molestarme? Escuché sus palabras, intentando buscar en ellas la razón exacta de su comportamiento, y me pareció ver algo que me hizo fruncir el ceño, extrañado, pero sobre lo que no insistí porque enseguida cambió de tema.

Me agradeció haberla ayudado con el tema de Mancini y, también, con el de los sucios infieles a los que nos habíamos enfrentado de una manera u otra antes, y me recordó que, en función de nuestra alianza, si yo necesitaba algo podía pedírselo. Tomé buena nota mental de aquello, porque probablemente en algún momento de nuestra complicada relación tendría que hacer uso de los privilegios que me regalaba mi posición, pero no dije nada, de nuevo, ya que estaba asimilando todo lo que nos había llevado hasta aquel momento y aquel lugar... Y ella aprovechó mi falta de atención para besarme, pillándome por sorpresa e impidiéndome devolverle aquel beso que fue el preludio de un agradecimiento directo, en italiano. Ella impidió de nuevo que respondiera al decirme que cuando quisiera echarla podía hacerlo, aunque había que tener en cuenta que sus chicos estarían autodestruyéndose (qué diga, de borrachera... bah, sinónimos) y que probablemente estarían así toda la noche... Típico de los italianos, de ella también por mucho que me cayera bien y tendiera a olvidar esa clase de cosas.

– Prego, italiana, y a decir verdad no, no tengo nada que hacer esta noche, ya que al margen de mi plan de ir a por los sucios infieles no tenía nada más pensado... Pensaba que iba a tardar más, así que no había visto la necesidad de ser más precavido y pensar en algo más que hacer, así que puedo enseñarte la casa si es lo que quieres. – comenté, terminándome justo después el chocolate e incorporándome hasta quedar en pie, frente a ella. No iba a echarla, no sería justo para ella, estando tan... frágil, por decirlo de alguna manera, tirarla como si fuera un perro a una cuneta, y además no perdía nada por tenerla en casa mientras que sí que ganaba, como poco su compañía, que aunque estuviera algo alterada respecto a lo que normalmente era ella también me podía disfrutar, en cierta manera. Por eso mismo estiré la mano en su dirección para que la cogiera y se incorporara conmigo. Cogí mi taza con la mano que no estaba sobre su espalda, y la conduje hasta la cocina, la sobria y fría cocina que también hacía las veces de comedor, como la simple mesa de madera con un par de banquetas revelaba a la perfección. Dejé la taza en la fregadera y le eché un poco de agua del grifo para que, al fregarla, me costara menos que se fuera todo el chocolate que aún tenía pegado a los bordes de porcelana, y entonces volví con Paola, que se había quedado en el umbral, mirando los pocos detalles de la estancia.
– La cocina, obviamente. El baño ya lo conoces, así que si no te importa me lo saltaré. El siguiente destino es mi habitación. – comenté, conduciéndola efectivamente hacia la habitación más personal, probablemente, de todas las de mi hogar ya que era en la que más tiempo solía pasar cuando estaba aquí.

La habitación era amplia, y estaba pintada con un color blanco que fomentaba la luz y el tamaño de la habitación aún más. Una gran ventana de cristal cubierta por cortinas permitía el paso de los rayos de luna, que daban un color grisáceo a los muebles de madera (la cómoda, la misma cama, el armario) reinantes en la habitación. La lámpara apagada colgaba del techo y proyectaba sombras curiosas en las paredes, desnudas a excepción de una bandera británica que tenía colgada y de fotos mías, algunas en Irak con el uniforme, otras con amigos y otras con la familia, una de ellas incluso con mi abuelo. Abel había decidido que le apetecía estar bajo uno de los radiadores que había en mi habitación, así que desde allí se escuchaban sus ronroneos bajos y satisfechos, que nos invitaban a pasar y que me provocó hacer lo propio con ella hasta dirigirnos hacia las fotos de la pared. Señalé una de ellas, en la que estaba en la base con mi mejor amigo y los dos uniformados, recién llegados casi a ese país que tantísimo odiaba...
– Él es quien me consiguió a Abel. Su nombre es Michael Gray, por si te lo estabas preguntando. – expliqué, apartando la mirada de aquella fotografía para centrarla en otra distinta, en la que yo mismo salía en una pose mucho más seria y vestía incluso traje al lado de mi abuelo, tan diplomático como siempre.
– Este es el famoso abuelo al que le conseguí el cuadro de Caravaggio en la subasta. – le dije, medio sonriendo antes de separarme de la pared porque a los demás que aparecían en las imágenes ya tendría tiempo de conocerlos... A mi hermana, por ejemplo, ya la había conocido la última vez que nos habíamos visto, y a mis padres de momento prefería que no los conociera, simplemente.

Di por finalizada la visita a mi habitación enseguida, y la fui conduciendo por el resto de salas que quedaban y que no había visto: la habitación de invitados con su correspondiente baño y el salón, por denominarlo de alguna manera, donde tenía un gran piano de cola que no solía utilizar pero que nunca tenía polvo, a excepción de cuando estaba en el frente. Su ubicación era el centro de una estancia también bastante amplia, con las paredes cubiertas del suelo al techo por estanterías salvo por una ventana y salvo por la puerta que daba acceso al lugar, y era bastante luminosa cuando no era de noche. Lo que más destacaba de ella era el enorme piano negro, cuidado hasta el último detalle y sin una mota de polvo o suciedad, además de con partituras sobre él, como si lo hubiera estado tocando hacía apenas un par de días cuando no era así, ya que hacía bastante tiempo de la última vez que lo había hecho... meses, creo.
– Mis padres insistieron en que aprendiera a tocar un instrumento musical cuando era un crío, como parte de mi educación, y yo escogí el piano. Era el que mejor se me daba de todos ellos, recuerdo que con la guitarra era negado y que nunca pude llegar a tocar el violín como mi hermana, en cambio, sí que hace. – empecé, con la mirada deslizándose por la suave superficie pulida del piano y expresión algo melancólica en el rostro, aunque la aparté enseguida. – Así que cuando encontré el piano y descubrí que no se me daba mal y que con esfuerzo podría tocar las piezas de todos los compositores que incluso entonces me gustaban no lo dudé y empecé con él. Tuve que terminar cuando me alisté en el ejército y me destinaron a Irak, pero desde que me mudé aquí supe que quería seguir teniendo un piano cerca para desentumecer los dedos y para recordar lo que había aprendido, así que esa es la razón de ser de su presencia aquí. – finalicé, encogiéndome de hombros y con la mirada clavada en ella, ya que había apartado hacía un rato los ojos del piano de cola.

En aquel momento, a juzgar por su mirada, ella no se esperaba que yo tuviera un piano en casa o, quizá, lo que no se esperaba es que supiera tocarlo, pero a la vez que esa duda extraña que tenía grabada también estaba algo que sólo supe identificar como gusto, por lo que veía probablemente, y eso me hizo pensar que ella tocaba el piano, al menos eso me había contado, por lo que era comprensible que le gustara ver el piano de cola allí donde estaba, la localización perfecta si se me preguntaba a mí al respecto.
– Y creo que ahora mismo esto es todo lo que hay en mi casa, al menos en esta. La de Bristol es parecida, aunque más grande porque vivíamos allí los cuatro, pero quizá un día te lleve a verla, según se tercien las cosas. Supongo que ahora no es buen momento para pedirte que toques algo, así que me lo ahorraré y en lugar de eso te preguntaré si quieres cenar algo o si quieres hacer algo, dado que al parecer tenemos toda la noche libre ambos. – sugerí, alzando una ceja y esperando su respuesta, que tarde o temprano llegaría ya que probablemente a ella no le apetecería aburrirse y hacer algo, manteniéndonos ocupados, era la mejor manera de pasar el rato, que contra todo pronóstico me estaba entreteniendo... Raro. Muy, muy raro.

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Re: One Wild Night {Jack Thomas}

Mensaje por Adriana P. Gregoletto el Dom Abr 22, 2012 7:12 am

Realmente esperaba que Jack no me preguntara nada demasiado personal porque, en aquel momento, me estaba dando cuenta de que hablaba de más, de que no me importaba decirle cosas que podrían hacer que incluso se formara una idea equivocada de mí... Simplemente, no estaba en mi mejor momento, no era yo misma y aquello me pasaba factura, como él estaba comprobando. La verdad, no me gustaba aquello, no tener las cosas planeadas, no saber qué decir, cómo o qué es lo que vas a hacer después, no tener ganas de moverte del sofá, encontrarte pensando que Jack es cómodo o que podrías quedarte dormida apoyada en él... Eran cosas que normalmente ni me planteaba, que no pensaría ni en un millón de años y que mucho menos reconocería ante nadie, ni siquiera ante mi misma... Pero en ese momento podría hacerlo. Y no me gustaba. Quizá lo mejor sería si Jack me echara de su casa y pudiera volver a la mía, meterme en la cama bajo las sábanas y no salir hasta dos días después, hasta volver a ser yo misma... Me recordaba demasiado a cómo había estado cuando mi madre había enfermado y había muerto y, simplemente, lo odiaba... Por desgracia para mí, Jack no parecía tener intención de echarme, lo que me confirmaron sus palabras. Accedió a enseñarme su casa y en seguida se acabó su taza de chocolate, pese a que yo la mía prácticamente ni la había tocado, y se levantó, ofreciéndome su mano para ayudarme y, justo después, guiándome por su casa hasta lo que parecía ser la cocina. Mientras él entraba en ella y dejaba su taza en el fregadero yo me quedé en el marco de la puerta, apoyada y observando la estancia. Era la típica cocina aunque tenía una mesa en el centro, de madera, con un par de banquetas que dejaba claro que también hacía la función de comedor.

Era un sitio frío, sin demasiados adornos ni muebles más que lo necesario y cuando Jack volvió a mi lado me dijo, por si aún me quedaba alguna duda, que aquella era la cocina y que como el baño ya lo había visto, el siguiente destino era su habitación... Y en cualquier otro momento, aquello me habría sonado como una proposición, o me habría dado ideas para tirarlo encima de su cama y hacerlo morir de placer pero, en aquel preciso momento, lo único que hice fue asentir y seguir por su casa, que permanecía a oscuras prácticamente, con la luz de la luna que se filtraba por las ventanas como casi única luz. Una vez llegamos a su habitación alcé una ceja. Era grande, bastante, y las paredes eran blancas y estaban libres, casi en su totalidad, de adornos como podían serlo cuadros o hasta un simple reloj con la única excepción de una enorme bandera británica y algunas fotos que tenía por allí. Los muebles eran de madera y estaba perfectamente arreglada y ordenada, todo lo contrario que solía estarlo la mía. No pude evitar sonreír al escuchar los ronroneos de su gato, que se había tumbado bajo un radiador y dormía tranquilamente. Jack me hizo pasar y me guió hasta las fotos de la pared, que observé con interés. En algunas vestía de uniforme, probablemente estarían hechas en Irak, y en otras iba con ropa normal aunque también había algunas en las que salía más arreglado... Casi siempre acompañado de alguien. Amigos, familia, quizá novias... Aquello era personal, bastante, y por una vez me sentí orgullosa de mí misma al no haber dejado que mi cuerpo actuara por impulsos e instintos y no haberlo tirado sobre su enorme cama, que tenía pinta de ser muy cómoda, cosa que apunté mentalmente... Ni siquiera yo misma habría dejado que un extraño viera aquellas cosas pero, después de todo, Jack era mi aliado y quizá, probablemente, con él habría hecho alguna excepción pues él sabía más de mí que muchas personas que me conocían desde hacía mucho más tiempo... Y eso era todo un logro. Jack señaló una de las fotos, en la que salía con otro chico, ambos vestidos de uniforme, el otro chico era moreno, sonreía, y estaba bastante bien... Incluso comparado con Jack, cosa realmente difícil. Me informó de que era él quien le había conseguido a Abel y me lo presentó como Michael Gray, nombre que apunté mentalmente al instante, asintiendo sin decir nada más. De esa foto, pasó a otra en la que llevaba traje y estaba bastante serio (lo normal, siendo Jack), acompañado de un señor mayor con una expresión señorial que, a su vez, me resultaba simpática. Era su abuelo, al que le había conseguido el cuadro de Caravaggio. Medio sonreí, mirando la foto antes de que él se alejara de la pared y lo seguí fuera de su habitación, hasta el momento, la que más me había gustado de la casa.

Después, el recorrido nos condujo a la habitación de invitados y a su baño y, por último, llegamos a una habitación que me sorprendió. Era amplia y luminosa aunque, de nuevo, la única luz era la que entraba por la ventana. Todas las paredes estaban llenas de estanterías que iban del suelo al techo, con libros por todas partes y, en el centro, un piano de cola negro, precioso. Sobre el piano había varias partituras, me mordí el labio inferior, ¿Qué habría estado tocando Jack? No tenía ni idea pero en aquel momento me apetecía descubrirlo, además de tocar. Jack me habló, lo escuchaba de fondo, al igual que su historia, como sus padres querían que tocara un instrumento, lo malo que era con la guitarra y el violín y lo que le gustaba el piano pese a que había tenido que dejarlo cuando se había alistado y lo habían mandado a Irak... Yo seguía mirando el piano, embobada, como si de alguna manera me hubiera hechizado y solo quisiera sentarme ante él y tocar, al parecer, la visita acababa allí y dejó caer que quizá algún día me llevaría a su casa de Bristol, más grande que aquella... Dio por sentado que no me apetecería tocar y me preguntó si quería cenar o hacer alguna cosa para matar el tiempo ya que estábamos libres los dos. Por fin, conseguí apartar la mirada del piano y la clavé en los ojos de Jack, negando con la cabeza y medio sonriendo como única respuesta antes de entrar en la habitación y, con muchísimo cuidado, levantar la tapa, acariciando la superficie de las teclas antes de sentarme y, sin siquiera mirar las partituras que tenía por allí, comenzar a tocar, improvisando y dejando que la música fluyera y llenara la habitación hasta que, con varios mechones de pelo en la cara, dejé de tocar y lo miré. - Me encanta. - dije, casi sin palabras, sonriendo. - Si alguna vez quieres secuestrarme, enciérrame aquí y no tendrás ni que preocuparte por que oponga resistencia! - medio bromeé, habiendo recuperado un poco de mí misma gracias a la música. Volví a bajar la tapa del piano y me levanté, observé de pasada las partituras y sonreí antes de volver con Jack. No era el momento de tocar, lo sabía por las canciones que se me había ocurrido que podría tocar y que, ni de lejos, eran las mejores o las más adecuadas... Quizá, solo las que más sentimientos tenían.

Me recogí el pelo detrás de la oreja antes de hablar. - Yo no tengo mucha hambre pero si tú quieres comer algo no tengo problema... Podría prepararte algo italiano, si te apetece. - me encogí de hombros. - Si no... Podríamos ver una película o... No sé. ¿Qué se supone que haces una noche libre con tu aliado después de haber matado a no se cuantos infieles y no recordar nada? – fruncí el ceño e hice una mueca. La verdad, no tenía ni idea de la respuesta para esa pregunta pero sí que tenía claro que lo que me apetecía era estar en algún sitio como su casa, tranquilo y en el que poder apalancarse sin problemas, sin frío y sin que nadie pueda aparecer para joderlo todo... Como solía pasar muy a menudo, demasiado para lo que a mí me gustaba. - De todas maneras, el tour por tu casa no ha estado mal, si algún día te dignaras a subir a la mía te haría uno pero parece que pienses que muerdo o algo... - lo miré con inocencia, como si no hubiera roto un plato en mi vida y al ver su mirada puse los ojos en blanco y bufé. - Vale, bien, tampoco es culpa mía que estés bueno y quiera llevarte a la cama porque eres increíble, eso es solo culpa tuya! Así que si no quieres que me lance a tu cuello en cuanto recupere todas mis facultades deja de ser tan encantador y de estar tan bueno! - lo miré mal, como si estuviera picada y, sin más, salí de aquella habitación, tratando de recordar donde estaba cada cosa en su casa hasta volver a los sofás y dejarme caer en uno de ellos, abrazándome a un cojín y mirándolo en cuanto volvió a aparecer allí. - ¿Y bien? ¿Cuál es el plan? – pregunté, mirándolo con expectación, esperando su respuesta y aún abrazando el cojín porque, como no lo tuviera muy claro, acabaría durmiéndome allí mismo y esperaba que no le importara mucho porque, la verdad, lo necesitaba... Estaba agotadísima y, aún así, Jack conseguía que por un momento lo olvidara. Sí, la verdad era que, pese a que no siempre ocurría, esta vez había elegido muy bien a mi aliado... Quizá en un principio por las razones equivocadas, pero poco a poco veía cuales eran las razones que, precisamente, me harían mantener aquella alianza y tratar de conservarla durante mucho tiempo. Y es que Jack era todo un caballero británico... Y, de vez en cuando, algo así era de agradecer... Después de todo, ¿A quien no le gusta que la traten bien?

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Re: One Wild Night {Jack Thomas}

Mensaje por Jack Thomas el Miér Abr 25, 2012 2:05 am

No pensaba que fuera a tocar. En realidad, había dado por supuesto que no iba a hacerlo, que pasaría de aquella habitación y que nos iríamos enseguida a cualquier otra parte de la casa, al salón de vuelta a los sofás a ver una película o a la cocina a cenar algo, así que me sorprendió sobremanera ver que me había equivocado... aunque no debería. ¿Por qué había dado por supuesto que no iba a querer tocar? Quizá porque me había convencido de que la imagen que tenía de ella, aquella tan cierta en algunas cosas como lo falsa que era en otras, mezclada con la imagen que estaba recibiendo de la italiana enajenada me decía que estaba demasiado cansada para tocar, pero a la vista quedó enseguida que me equivocaba porque, sin decirme nada, se acercó al piano que reposaba en el centro mismo de la habitación para tocar. No hizo caso a las partituras de Mozart que tenía esparcidas por allí, en un orden perfecto pese a la idea de desorden que podía conducir la simple observación; no hizo caso a mi cara de sorpresa, provocada por verla romper mis moldes mentales que, de hecho, no sabía ni que existían, y tampoco hizo caso a la propia melodía que salía de la acción de sus dedos sobre las teclas, pues aquello sonaba a improvisación... A una buena, fundada y sobre todo impredecible, igual que ella, música que poco a poco iba tomando forma, arrancándome de mis pensamientos y de mis prejuicios para simplemente escuchar lo que ella tenía entre manos, que para mí duró demasiado poco, una de las cosas que tenía que me encantara la música, incluso aquella que ella, tan diferente a mí, había tocado en un momento en el que ni siquiera se lo había pensado, sino que sólo había dejado que surgiera todo.

Sólo cuando me devolvió a la realidad a través del silencio que se hizo entre nosotros, casi sagrado, me di cuenta de que había estado mirando sus dedos de manera casi embobada, pero enseguida volví a la realidad, sobre todo cuando me dijo que le encantaba y que si tenía que secuestrarla (Dios no lo quisiera, siendo mi aliada, aunque nunca se sabía) podía hacerlo allí... tomaba nota, ya que nunca podría decir nunca y quizá la información me fuera valiosa en un futuro. Ya se sabe, los caminos del Señor son misteriosos, y más cuando implican a cierta italiana para mí impredecible, especialmente estando enajenada y después de haber visto en ella lo que antes había presenciado, que me ahorraba comentar porque no tenía palabras para hacerlo. Aún necesitaba algo de tiempo para asimilar la idea, tanto lo que había hecho como las consecuencias, cómo la había dejado, pero al parecer ella tenía tiempo y ganas de darme ese mismo regalo a mí porque enseguida cambió de tema, respondiendo a mi pregunta de antes sobre si tenía hambre y añadiendo que podía prepararme algo italiano.

La idea no me sonó ni tan mal, especialmente cuando yo apenas había cenado y ella empezaba a sonar más como la Paola que yo había conocido y a la que estaba acostumbrado por las bromas que me dijo, entre las que mezcló halagos que, al mismo tiempo, me recordaban lo que había pasado mucho mejor que sus bromas.
– Créeme cuando te digo que si supiera lo que hacer en este momento escribiría un libro que pudiera servirnos para otra ocasión, pero me temo que no es el caso... Lo de preparar algo, no obstante, suena bien, así que si me acompañas... – le dije, alargando mi mano para que la cogiera y se valiera de ella para levantarse de aquel sofá al que enseguida había ido, como muestra aún más obvia de que estaba agotada después de lo que había pasado. En cuanto estuvo en pie, la conduje de nuevo a la cocina y empezamos a sacar cosas que tenía por allí para preparar algo de pasta con tomate y carne, una cena en mejores condiciones que el chocolate y lo que había picado antes de salir. Llené un plato con lo que habíamos preparado entre los dos pero cogí dos tenedores para obligarla a cenar algo, dijera lo que dijera, y una vez listo y cargado pude dirigirme hacia el salón, donde ella, como si nada de tiempo hubiera transcurrido desde que habíamos preparado la pasta, se había vuelto a sentar abrazada a un cojín.

Aquella vez me senté yo a su lado, en vez de permanecer de pie como sí que había hecho antes, y pinché unos pocos macarrones para llevármelos a la boca mientras, con la otra mano, rebuscaba el mando encima de la mesa para poder encender la tele, aunque sería más bien ruido de fondo porque me conocía y no solía aguantar aquel cacharro tan estúpido más de cinco minutos... nunca ponían nada mínimamente interesante o que no sirviera para comer la cabeza o recordarnos que seguíamos en conflicto bélico con naciones casi nada desarrolladas que se creían demasiado.
– Esto está de muerte, Paola. – reconocí, medio sonriendo al mirarla y volviendo a bajar la vista hacia el plato, aquella vez con una clara intención de sugerirle que lo probara porque yo no me lo iba a comer todo ni de coña.
– Suelo preferir la comida de aquí, no voy a negártelo nunca, porque una vez pasas del típico fish and chips encuentras cosas bastante buenas, como lo que cenamos la última vez, pero aún así... Debes de ser muy buena cocinera, si has conseguido que me guste algo tan sencillo como esto. – añadí, mirándola a los ojos antes de coger un nuevo trozo de comida del plato y saborearlo.

Había sido sincero, aunque no brutalmente, al decirle aquello, dado que yo era el primero que pensaba que como en casa en ningún sitio y que una vez descubrías las cosas buenas que tenía la cocina típica británica ninguna te parecía lo suficientemente buena. De hecho, me había tocado probar muchas veces comidas de otros sitios y no solían gustarme demasiado por el hecho de no ser como lo que yo comía en casa, ya fuera porque lo preparaba yo o porque lo había probado en un restaurante, y era una auténtica excepción que algo de fuera me gustara, pero aquella noche en sí misma estaba siendo una excepción, tanto por cómo había empezado todo (y por lo que había descubierto de ella) por cómo estaba yendo, así que supuse que sería cosa Suya y por eso mismo ni siquiera me preocupé, dado que si era Su voluntad era lo que tenía que pasar y podía disfrutarlo sin miedo a absolutamente nada. De todas maneras, eso no me impidió buscar su mirada y alzar una ceja para que comiera, ya que no parecía por la labor a juzgar por su quietud y por su falta de iniciativa, y quizá eso bastó para convencerla, pero enseguida se llevó el tenedor a la boca y comió algo, no lo suficiente para convencerme o para que fuera una cena en condiciones pero menos era nada.
– Ah, casi se me olvida... Si te secuestro aquí será únicamente con la condición de que utilices el piano para tocar, porque a juzgar por lo de antes quiero escuchar más, a ver de lo que eres capaz. – comenté, medio sonriendo de nuevo antes de apoyar la espalda en el respaldo del sofá, no tan cansado aún como ella.

Durante un momento, la televisión fue la encargada de poner sonido de fondo a nosotros dos, que parecíamos habernos quedado sin nada que decir, pero fue únicamente durante un rato de duración muy corta, pues ella cogió el mando y empezó a hacer zapping hasta que llegó a un canal de música donde alguien a quien yo conocía bastante bien estaba haciendo una entrevista. Enseguida puse los ojos en blanco, preguntándome por qué demonios teníamos que compartir sangre y lazos familiares y dándome cuenta de que ya sabía a quién había salido Charlotte, porque el acento galés de mi primo era considerable en aquella entrevista en la que más que nunca parecía un sucio satánico. Ella debió de darse cuenta de mi expresión a juzgar por la suya propia, ya que parecía preguntarme por qué había puesto la cara que aún mantenía, y simplemente señalé a la televisión con la cabeza, donde mi primo evidentemente borracho (y eso que era difícil saberlo teniendo en cuenta cómo era él sobrio...) estaba respondiendo a las preguntas de una periodista que de música sabía lo mismo que un infiel de la auténtica fe: nada. En cualquier caso, no pareció entenderlo, y tuve que contestar directamente a su duda.
– Ese al que pareces conocer... bueno, digamos que yo lo conozco, me he criado a medias con él y mi hermana es su vivo reflejo, aunque nunca entenderé por qué lo llaman Moose cuando su nombre es Michael Thomas, pero en fin... Me hace un favor, en realidad, porque así casi nadie sabe que es mi primo por parte de padre salvo tú ahora, aunque ha hecho tantas cosas que no entenderé ni respetaré... – repliqué a su pregunta no planteada, entrando en detalles que normalmente y de no ser ella mi aliada (y, ¿quién sabía? También mi potencial amiga) nadie conocería pero que me pareció que, por una vez, tampoco iba a pasar nada por compartirlos, ya que a fin de cuentas si podía mantenerla relativamente alejada de malas influencias como lo eran mi primo y sus... amigos, por llamarlos de alguna manera, en menos líos me haría meterme por esa suerte de alianza que habíamos llevado a cabo.

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Re: One Wild Night {Jack Thomas}

Mensaje por Adriana P. Gregoletto el Mar Mayo 01, 2012 1:16 am

Aunque no quisiera reconocerlo, el cansancio estaba haciendo mella en mí. Ya no solo me comportaba como lo hacía por lo que había pasado en la calle con aquellos malnacidos sino porque estaba agotada y necesitaba descansar. Es algo normal, muchas personas se ponen ariscas cuando están cansadas, a mí misma me pasaba de vez en cuando pero, en aquel momento, estaba más bien lo opuesto a arisca y tampoco era algo que me motivara en exceso aunque no pensara demasiado en ello. Sin embargo, allí estaba yo, medio hundida en el sofá, abrazada a uno de los cojines y mirando a Jack, esperando que me dijera qué íbamos a hacer a continuación porque, si me preguntaba a mí, aquel sofá no parecía nada incómodo para echar una cabezadita... Al final la idea que más le gustó fue la de cocinar algo de cena por lo que, en cuanto me la ofreció, cogí su mano y me levanté del sofá, siguiéndolo de nuevo a la cocina donde empezamos a preparar una riquísima pasta con tomate y carne. La verdad, los ingredientes que tenía allí no eran los mejores pero no me podía quejar, había hecho cosas mucho peores así que con su ayuda le preparé la pasta. Tenía que reconocer que, en cuanto a la comida (y a mil cosas más) era algo pija y desde que estaba viviendo en Londres siempre les pedía a mis chicos que me consiguieran ingredientes importados directamente desde Italia, desde pasta hasta naranjas sanguinas, por lo que todas mis comidas tenían un toque especial, muy italiano. Jack, obviamente, no iba a tener nada de eso pero igualmente no salió ni tan mal y, en cuanto estuvo lista la pasta, volví directa al sofá mientras él la servía y se reunía conmigo de nuevo, empezando a pinchar la pasta de su plato.

Yo volvía a estar abrazada a un cojín, aún cansada pese a que cocinar me gustara y me relajara y Jack estaba a mi lado, encendiendo la televisión con una mano mientras con la otra seguía pinchando macarrones y diciéndome lo bueno que estaba, ofreciéndome con un gesto que lo probara... Gesto que ignoré porque no tenía demasiada hambre ni ganas de moverme... Se estaba demasiado bien en aquel sofá. Siguió un poco más con los halagos y yo, como única respuesta, me encogí de hombros y medio sonreí, sin malicia por una vez, simplemente agradeciendo el cumplido aunque él de nuevo volvió a la carga para intentar que probara la pasta y yo, por una vez, me di por vencida y me incorporé un poco, pinchando algunos macarrones con el tenedor y llevándomelos a la boca para tenerlo contento y que no insistiera más... Aunque tenía toda la razón del mundo al decir que aquello estaba buenísimo porque sí, lo estaba. Al parecer, Jack había tomado nota de mi invitación a secuestrarme aunque me dijo que, de hacerlo, solo lo haría con la condición de que tocara el piano porque le había gustado lo que había oído y quería ver de lo que era capaz... Asentí, intentando, tomándole la palabra aunque no me gustara tocar ni cantar para otros por lo que ello significaba pero pensé que quizá algún día, si se lo ganaba, lo haría... Y de nuevo nos quedamos en silencio.

Él había apoyado la espalda en el sofá y, como parecía que nos habíamos quedado sin nada que decirnos, cogí el mando a distancia y empecé a cambiar de canal para buscar alguna película interesante que pudiera entretenernos hasta que fuera hora de marcharme a casa... Aunque terminé dejando un canal de música donde estaban entrevistando a un grupo de música que conocía y que me gustaba bastante, incluso los había visto en directo y había acabado en su backstage pero eso no era plan de decírselo a Jack y mucho menos en aquel momento por la cara que puso... ¿Es que los conocía? No tenía pinta de que le gustaran demasiado, más bien todo lo contrari, y él hizo un gesto con la cabeza hacia la televisión que me dejó igual ¿Qué se suponía que significaba aquello? Sí, ya sabía o había supuesto que su cara era por los que estaban dando la entrevista, en aquel momento, el batería en particular... Pero, ¿por qué? Y cuando me dijo que eran familia, que se habían criado juntos... y que era su primo la mandíbula casi se me desencaja de lo muchísimo que abrí la boca. Volví a mirar a la televisión y luego a Jack y luego otra vez a la pantalla. Moose era también pálido, de ojos azules (no tan bonitos como los de Jack, todo había que decirlo), y su pelo era algo más castaño pero... Sí, en esencia... Se parecían entre ellos y a todos los malditos habitantes de Inglaterra. - ¿En serio? – pregunté, aún alucinada aunque no esperé a que respondiera. - Sí, los conozco, he estado en conciertos suyos y después he salido alguna noche con ellos de fiesta y he estado en su backstage y....Bueno, eso... - me encogí de hombros, aún alucinada por la noticia. Volví a mirar a la pantalla, donde la entrevista se terminaba y empezaban a emitir su nuevo videoclip, de mi canción favorita de su último cd, en el que salían primero entrando a un club de striptease y, conforme pasaba, cada uno de ellos se iba liando con una chica...Aunque la más guapa era la de Matt, el cantante... Era un video casi porno pero estaba realmente bien hecho, luego las chicas bailaban al rededor de ellos y era una pasada, la verdad, y pegaba muchísimo con la canción, que cantaba en voz muy baja, en aquel momento... Pero a Jack no pareció gustarle tanto como a mí. - ¿En serio no te gusta el grupo? Tocan realmente bien y son simpáticos... Para unos que realmente no adoran al demonio... – medio sonreí pero no dije nada más.

En cuanto la canción terminó cambié de canal y continué haciendo zapping un poco más hasta que llegué a una película que acababa de empezar. Era en blanco y negro, antigua, y todo me sonaba bastante, alcé una ceja y me incliné hacia delante mirando la pantalla y estudiándola hasta que salieron las letras. - ¡El gran dictador! - dije, emocionada. Me encantaba aquella película era una crítica brutal y con mi padre habiendo pertenecido a un movimiento pro fascista en Italia de los que salían después los futuros camisas negras no era muy normal que me gustara tanto pero incluso a mi padre le gustaba. Había visto aquella película algo así como mil veces y nunca me cansaba y, en aquel momento, no se me ocurría nada mejor para desconectar así que miré a Jack con cara de cachorrillo. - ¿Te apetece verla? – No parecía demasiado convencido y miraba la pantalla con reticencia por lo que intenté convencerlo y, aunque no sé muy bien como, lo conseguí. Así que le di algo de volumen a la televisión, me hundí en el sofá, acomodándome y abrazando más el cojín y me quedé mirando la película, riéndome y comentando alguna cosa con él, sin darme cuenta realmente de que cada vez estaba más cerca de él, cada vez estaba más cansada, aguantaba los bostezos como podía y cada vez me pesaban más los párpados... Y, al final, no sé muy bien cuándo o cómo pero terminé durmiéndome en aquel sofá, aún abrazando el cojín.

El sol fue lo que me despertó. Parecía que había dormido durante veinte horas seguidas, estaba realmente descansada, tenía una fuente de calor cercana y estaba a gusto pese a no estar en una cama sino en un sofá... Pero allí había algo que no encajaba. Me estiré un poco, aún con los ojos cerrados y ronroneé y, entonces, me di cuenta y me quedé quieta, abrí los ojos de golpe y lo vi. Jack estaba dormido, en el sofá, tan serio como siempre aunque con una expresión diferente, menos dura más... humana. Y yo estaba apoyada completamente en él, con mi cabeza en su hombro y mi cuerpo casi encima del suyo, no se estaba mal, eso era lo peor. Me aparté de él un poco y me recogí el pelo detrás de la oreja, mordiéndome el labio antes de darle un beso en la mejilla, más bien, en la comisura de los labios. Él abrió los ojos y me miró directamente, como si no hubiera estado realmente dormido, como si esperara a que yo despertara aunque no me achanté sino que medio sonreí. - Buongiorno, Jack. – dejé el cojín que aún estaba abrazando a un lado y me estiré un poco en el sofá. - Dios, he dormido de maravilla... Otra razón más para dejar que me secuestres: tus sofás son muy cómodos... Aunque no sé si ha sido precisamente los sofás o tú... - le di unos toquecitos en el pectoral, tan musculado como el resto de su cuerpo. - Sí, eres cómodo. – sonreí y le di un mordisco en la mejilla, aquella mañana estaba de buen humor y, por fin, había vuelto a ser yo misma, ya no había rastro de la enajenación del día anterior, de las preocupaciones, de los miedos o del cansancio. Jack entendió aquel mordisco porque tenía hambre y me propuso desayunar algo, asentí y en seguida me levanté, yéndome a la cocina y buscando algo de café... Sin encontrarlo.

Al final me limité a desayunar un tazón de leche con cereales para coger fuerzas mientras miraba mi móvil y le preguntaba a Jack por el final de la película y si le había gustado. Aunque no tuve tiempo de mucho más cuando mi hermano me llamó por teléfono y me levanté de golpe, teminando de desayunar rápidamente al colgar y dejando las cosas en el fregadero. - Tengo que irme ya, me han tomado por la chica delos recados y tengo bastantes cosas que hacer hoy... – Me acerqué a Jack y con una media sonrisa le mordí de nuevo la mejilla. - Nos vemos pronto, Jack...- ya me estaba yendo de la cocina pero, en el último segundo, me paré en la puerta, me giré y fui corriendo hacia Jack, lo abracé con fuerza y después le di un beso en los labios, un pico aunque algo más largo de lo normal, mordiéndole el labio inferior al separarme y medio sonriendo. - Grazie, Jack... Grazie mille... Por todo. – me mordí el labio inferior y me giré de nuevo, esta vez, yéndome de verdad. - ¡Espero verte pronto, soldadito! ¡Te debo una, no lo olvides! [/color] – y salí de allí, corriendo hacia mi casa aún llevando la ropa que Jack me había dejado, necesitada de un buen café y una buena ducha, teniendo que ir a amenazar y dar palizas porque a mi hermano se la habían jugado.... Pfff, como lo odiaba. En aquellos momentos, detestaba a Pietro, por su culpa estaba casi corriendo por la calle, sin saber muy bien exactamente qué hora era, intentando llegar a mi casa para que me diera tiempo a arreglarme y hacer todo lo que él me había mandado, como si fuera su criada, su maldita sierva y no su hermana... Y pensar que en aquel momento podía estar con Jack, desayunando aún, hablando, quizá dándonos una ducha y... Lo que surgiera. Y es que, después de todo, aquella noche no me lo había pasado nada mal, y todo gracias a él... Le debía una muy grande y nunca olvidaría lo que Jack había hecho por mí aquella noche.

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Re: One Wild Night {Jack Thomas}

Mensaje por Jack Thomas el Jue Mayo 03, 2012 8:54 am

La situación en la que nos encontrábamos Paola y yo era, cuando menos, delicada. Por un lado estaba el hecho de que tenía que saber más cosas de ella por el bien de la alianza, para poder (por mucho que no fuera para nada mi estilo y por mucho que no se me diera nada bien hacerlo) confiar en ella y que aquello tuviera una mínima oportunidad de salir delante de una manera más o menos decente; por otro, estaba el hecho de que ella suponía, en sí misma, una excepción a muchas cosas en las que creía firme y ciegamente, y me estaba viendo obligado a hacer la vista gorda por el bien mayor. Aquella dualidad la veía muy bien, sobre todo, cuando me veía en la situación que estaba teniendo lugar en aquel momento, con mi primo el desviado en la televisión diciendo cosas de las suyas (y haciendo que me preguntara, de paso, si era verdad que compartíamos algún lazo familiar porque me lo estaba preguntando en serio visto lo visto...) y ella admitiendo que lo conocía y que hasta había estado en su backstage... Yo no era tan iluso como para no saber lo que significaba eso, y de hecho era hasta de esperar teniendo en cuenta cómo eran los dos susodichos, pero no pude evitar por un momento sentir desagrado ante la idea... porque ella era mi aliada y era otra cosa que tendría que ignorar deliberadamente para no poner en riesgo la alianza, no por nada más. En cualquier caso, enseguida fui sacado de mis pensamientos para sentir aún más vergüenza ajena por compartir apellido con él en cuanto vi el nuevo vídeo, que parecía directamente sacado de una película pornográfica sólo que algo adaptado para que pudiera ser emitido por la televisión en horario más o menos aceptable para cualquiera.

Poco después terminó el suplicio, y pude respirar tranquilo por no verme contaminado con aquella clase de... llamémoslo música por no buscar otra palabra más realista y malsonante; tan tranquilo y aliviado quedé, de hecho, que incluso ignoré lo que dijo de que no eran satánicos ya que eso era muy discutible y me limité a mirar la pantalla sobre la que ella estaba haciendo zapping en busca de algo que ver y que terminó siendo una película antigua, en blanco y negro, que para más inri no me gustaba demasiado: El Gran Dictador. Sí, tenía algún punto gracioso, tenía que admitirlo, pero había que partir de la base de que era una crítica hacia un sistema de gobierno que había tenido bastante de acertado pese a la coyuntura en la que se había movido y eso le quitaba toda posible validez que pudiera tener, así que no me gustaba. Estuve a punto de decírselo, pero en ese momento Paola me preguntó si quería verla y, al parecer, mi cara de reticencia no fue suficiente porque ella seguía en sus trece y hasta logró convencerme... aún no sé cómo, y lo más probable es que ella tampoco lo supiera si es que se lo preguntaba.

El suplicio no me duró demasiado, no obstante, pues ella terminó quedándose dormida en aquella posición que había adquirido al abrazar un cojín a mi lado, y poco a poco el sueño fue venciéndome incluso a mí (probablemente por tenerla como fuente de calor, porque era tarde y porque había utilizado mis poderes, lo cual solía agotarme), de tal manera que apagué la televisión y cerré los ojos. No sé el tiempo que dormí profundamente, ni tampoco el que pasé en estado de duermevela, pero sí sé que llegó un momento en el que la luz era tan fuerte que incluso con los párpados cerrados la podía sentir, y por si eso no bastaba para despertarme la fuente de calor se alejó... Sólo para volver a acercarse y darme un beso en la comisura de los labios que me hizo abrir finalmente los ojos para encontrarme con la italiana de par de mañana, que además de saludarme me piropeó, demostrándome que había vuelto a la normalidad, o al menos al estado posterior a la enajenación que había acusado tras convertirse en lo que había visto que se había convertido antes. Lo siguiente que hizo, su mordisco, me pilló lo suficientemente espabilado para darme cuenta de que era una clara indirecta de que tenía hambre, por lo que le propuse desayunar y, al aceptar, ese fue nuestro siguiente destino. En la cocina, ella se puso a buscar café pero dado que no tenía por mi negativa habitual a beber cosas estimulantes o que pudieran alterarme tuvo que conformarse con un bol de leche con cereales, cuya ingesta alternó con preguntas sobre la película que habíamos visto (bueno, empezado a ver) anoche y que no había terminado al final.

No pude contestarle nada aparte de simples monosílabos porque enseguida sonó su móvil, reclamándola y haciendo que se despidiera de mí para irse a ejercer, según dijo, de chica de los recados. Una vez volví a quedarme solo en casa, con la única presencia de Abel allí, desayuné algo que encontré en la cocina y me fui a la ducha para despejarme y quitarme parte del típico entumecimiento muscular de cuando estás recién levantado. Una vez salí, bastante rápidamente porque una ducha más larga habría resultado contraproducente si mi auténtica intención era la de despertarme un poco más que una conversación con Adriana Paola Gregoletto, y me vestí con ropa sencilla antes de mirar el móvil y ver un mensaje de hacía apenas un par de minutos, que por su parte me hizo medio sonreír porque había algunas cosas que nunca cambiaban, y una de ellas era la afición de mi mejor amigo por madrugar pese a que acabara, como quien dice, de volver a Londres de su período en el frente, algo más largo que el mío. Me había dicho de ir juntos a la base para hacer alguna cosa de papeleo, por lo que enseguida me dirigí al armario donde guardaba la ropa y saqué lo primero que pillé para, rápidamente, dirigirme a Trafalgar, que por suerte estaba a un tiro de piedra de donde yo vivía.

Así, pronto salí de casa y me dirigí, a través de las calles ya muy transitadas pese a ser tan pronto como lo era, a la plaza donde habíamos quedado y, en cuanto llegué, él, puntual como siempre, ya estaba allí. Nos reunimos y, tras intercambiar un saludo amistoso en forma de apretón de manos, nos encaminamos hacia la base militar.
– Y ¿qué tal te va todo, Thomas? ¿Te está tratando bien la ciudad? Con lo que necesitabas el permiso después de estos últimos meses espero que sí... – me dijo, a lo que simplemente me encogí de hombros, restándole importancia.
– No puedo quejarme, la verdad. Como bien dices necesitaba el descanso, así que me está viniendo bien... Necesitaba el clima de esta ciudad, porque de estar un solo día más bajo el sol de desierto juro que habría acabado con el cerebro licuado, como los autóctonos. – repliqué, momentos antes de iniciar una conversación con él que poco tenía que ver con Irak, los infieles y sus estupideces varias por las cuales nosotros, que sólo defendíamos a nuestra patria de la amenaza de los que querían conquistarla bajo su sucio y penoso yugo, moríamos, y temas de esos.

En un momento dado, cuando estábamos a punto de coger el coche para irnos de allí, a él le sonó el móvil con un número que yo conocía a la perfección porque era el de su hermana, y en aquel momento su cara de circunstancias fue lo que hizo que sin que él me dijera absolutamente nada al respecto adivinara qué pasaba y la razón de la llamada.
– No me lo digas: tienes que ayudar en el restaurante y quieres que te coja los papeles de la base ya que tú no puedes ir, ¿no? – le dije, a lo que él asintió y yo simplemente medio sonreí, negando con la cabeza. – La familia es lo primero, Mich, así que ve y no te preocupes por los papeles, haré que te los envíen a casa. Dale recuerdos a Elisabeth de mi parte, ¿quieres? – finalicé, por lo que él me lo agradeció con creces, prometiendo que me llamaría en cuanto estuviera libre, y después se fue. Yo, por mi parte, continué con el camino que había iniciado hasta la base militar y finalmente llegué, cumpliendo mi parte del trato con mi mejor amigo al asegurarme de que sus papeles llegarían a su casa a salvo vía correo urgente. Una vez hecho eso iba a irme, pero algo llamó mi atención, algo que uno de mis superiores me dejó caer sobre una misión que podía liderar contra un grupo de satánicos organizados que, al parecer, utilizaban restos humanos en sus conciertos. No pude evitar aceptar, y aprovechando que estaba allí me preparé con todo lo necesario (uniforme, armas y soldados a mi cargo) para estar listo e ir... y eso hice.

Era ya por la noche cuando llegué al local mugriento donde estaba teniendo lugar el concierto, y acompañado por un miembro de la policía experto en huesos nos plantamos cerca de la entrada, separados sólo del escenario y del esqueleto por los asistentes.
– Nos ha llegado la pista de que podría ser humano. ¿Usted qué opina? – le pregunté, señalando el esqueleto con la cabeza.
– Necesito acercarme más. – me respondió, y yo hice un gesto a mis hombres para que se adentraran en la multitud de adolescentes echados a perder y me permitieran acercarme hasta el escenario. Una vez allí, enfoqué con la linterna que llevaba el esqueleto crucificado y con las costillas abiertas que había ahí y la miré, con una ceja alzada mientras esperaba su veredicto.
– Definitivamente humano. – sentenció, ante los oídos de todos los presentes allí, y volví a hacer un gesto para que lo bajaran de allí, momento que aprovechó el guitarrista (si a destrozar el instrumento se puede llamar tocarlo y si, en esas circunstancias, el susodicho es guitarrista y no asesino musical) para atacarme con la susodicha... o intentarlo, porque enseguida la esquivé y aproveché la baja forma física del muchacho en cuestión para tumbarlo en cuestión de segundos, destrozar la guitarra y asegurarme de que no volvía a atacarme al mandar a unos cuantos a que los detuvieran a todos por rebelarse contra la autoridad, no sólo la mía sino también la policial de algunos miembros del cuerpo que también habían acudido a la sospechosa llamada.

Entre todos limpiamos el escenario de restos humanos, ya fueran huesos o cualquier otra cosa, y finalmente nos despedimos de la policía para organizarnos y escribir el borrador del informe que presentaríamos ante la base. Aquella tarea recayó en mí, y como tenía experiencia más que holgada en esa tarea lo tuve listo enseguida, por lo que pudimos disolvernos y pude, por mi parte, bajarme del escenario improvisado que había por allí montado para alejarme de allí y, muy probablemente, descansar, ya que entre pitos y flautas había sido un día largo... Y cuando eso era en lo que estaba pensando, una cara conocida se cruzó en mi camino y me hizo alzar una ceja, sorprendido del todo.
– No esperaba verte aquí, Paola. – le dije, sosteniendo su mirada y esperando que me respondiera a, por ejemplo, qué había estado haciendo rodeada de satánicos y por qué se suponía que tenía que seguir confiando en ella.

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Re: One Wild Night {Jack Thomas}

Mensaje por Adriana P. Gregoletto el Mar Mayo 08, 2012 2:23 am

Lo primero que hice nada más llegar a casa fue darme una merecidísima ducha para espabilarme y despertarme un poco. Todos mis chicos estaban durmiendo cuando había entrado en la casa, algunos tirados sobre sofás, otros en el mismo suelo y, en menor medida, en camas, podía escucharlos roncar desde mi habitación pero era tan pronto que si los despertaba eran capaces de ponerse en huelga y aquel día teníamos cosas que hacer y no era plan. Así, fui a mi armario y cogí algo de ropa limpia, sin mirar realmente qué, antes de encerrarme en el baño de mi habitación, inspirando el aroma de la sudadera que aún llevaba puesta y sintiendo un escalofrío... Olía demasiado bien y aquello no podía ser. Después de eso me apetecía mucho menos quitarme la ropa de Jack pero terminé por hacerlo justo antes de meterme bajo el chorro de agua caliente... Aunque quizá debería haberme duchado con agua fía, sobre todo, cuando empecé a enjabonarme mientras pensaba en Jack... En sus ojos, en sus labios, en su cuerpo... Al final, la ducha se alargó más de lo que debería y cuando salí alguien estaba llamando a la puerta del baño así que me puse una toalla al rededor del cuerpo y abrí la puerta antes de ponerme a secarme el pelo con otra. Marco entró sin que tuviera que decirle nada, frotándose los ojos y aguantándose algún bostezo, mientras me preguntaba qué hacía despierta tan pronto, yo simplemente me encogí de hombros y, a grandes rasgos, le expliqué lo que mi “queridísimo” hermano Pietro me había mandado hacer aquel día: Convertirme en una simple mandada, cobrar a los deudores y comprobar que nuestra mercancía se vendía como debía y donde debía... Aunque mi hermano y yo teníamos una visión muy diferente del negocio, eso seguro. Marco asintió y volvió a perderse por la casa mientras yo me secaba rápidamente y me vestía, alisándome el pelo y maquillándome un poco, dándoles así algo de tiempo a mis chicos para que se espabilaran y desayunaran algo...

Al final, terminé preparando la comida mientras todos ellos se despertaban, se duchaban y se arreglaban. Aquello no siempre era así, más bien, solía ser al contrario pero de vez en cuando les daba la noche libre y ellos aprovechaban y se iban de fiesta, teniendo al día siguiente, como consecuencia un puñado de mafiosos resacosos, ariscos y medio adormilados. Yo no tenía nada mejor que hacer y los entendía demasiado bien por lo que me metí en la cocina y preparé lasaña de carne y verduras para todos y, una vez estuvieron todos listos, nos pusimos a comer. Los más jóvenes bromeaban sobre sus conquistas de la noche anterior mientras que Giovanni, Enzo y Marco hablaban de cosas más serias... o algo así. Yo estaba en todas las conversaciones y en ninguna a la vez y no sé exactamente cómo pero alguien acabó hablando de mí y del soldadito rubio de ojos azules de los últimos días y al final llegó la pregunta que había estado evitando desde que habían sacado el tema: Dónde y con quién había pasado la noche. De repente todas las miradas estaban fijas en mí y, con total naturalidad, puse los ojos en blanco antes de, en unos segundos, recordar la noche y, sobre todo, lo bien que se había portado Jack conmigo, lo cómodo que era... Y las ganas de él que tenía. Pero, obviamente, a ellos no les dije nada de aquello. ¿Cómo podía explicarles lo que había pasado esa noche? Lo veía complicado pero, más aún, que me creyeran por lo que ni siquiera me esforcé en intentarlo. - Pues... No recuerdo bastante bien lo que hicedurante la mayor parte de la noche pero me he despertado en casa de Jack así que no creo que la noche fuera tan mal... -les guiñé un ojo y ellos sacaron sus propias conclusiones, todos excepto Gio, Enzo y Marco que se miraron entre ellos como si supieran que en mis palabras había algo que no encajara... Pero por suerte para mí, no dijeron nada.

Después de comer les tocó a ellos ordenar y limpiar la cocina mientras algunos de los chicos y yo comprobábamos, limpiábamos y cargábamos las armas. Una vez estuvo todo listo hicimos varios grupos y nos repartimos el trabajo y, por tandas, salimos de casa para dirigirnos cada uno a nuestro destino. En total, no tenía más de quince chicos bajo mis órdenes por culpa de Pietro, que se había quedado con el resto, y descontando a Marco, Enzo y Giovanni que eran mis guardaespaldas desde que tenía uso de razón el resto tenía entre dieciocho y veinticuatro años y nunca habían participado en misiones de gran magnitud ni estaban perfectamente entrenados... Pero eran leales y valientes como los que más y, otra cosa importante, confiaba en ellos ya que, después de todo, eran mi familia. En aquella ocasión yo contaba con tres de los más jóvenes, Fabrizio de dieciocho, Reno de diecinueve y Alex, que tenía la misma edad que yo.

Primero fuimos a la zona más marginal de la ciudad, en la que teníamos que encontrar a uno de los traficantes con los que hacíamos negocios y que nos debía bastante dinero desde hacía un tiempo. No nos costó demasiado encontrarlo mientras intentaba violar a una prostituta (o eso parecía por la zona y las pintas), mis chicos solo necesitaron una señal para apartar a aquel tipo de la chica, que salió corriendo y sin mirar atrás, antes de empezar a darle una brutal paliza, dejándolo en el suelo, hecho una maraña de huesos rotos, hematomas y sangre aunque así conseguimos que nos diera todo el dinero que llevaba encima y la droga que le quedaba, saldando sus cuentas con la familia... O casi. -Si eres inteligente, cosa que no tengo demasiado clara, te olvidarás de nosotros. - le espeté, asqueada y de mal humor, ese mal humor que me ponían los hombres como él. - No volveremos a hacer negocios contigo y como volvamos a verte acabarás en el fondo del Támesis con unos bonitos zapatos de cemento, ya sabes, estás avisado... – Y sin más me giré, dejando que los tres se desahogaran un poco más con aquel ser tan repugnante. No tardaron mucho en reunirse conmigo y, juntos, fuimos a nuestro último destino de la noche: Un concierto de Death Metal. Allí teníamos que vender la droga que le habíamos quitado al tipo que habíamos apalizado y recoger un poco más de dinero de algunos camellos que teníamos bajo nuestro cargo y, como también tenía la suerte de conocer a los tipos que tocaban, podría disfrutar un poco de la música y, ¿por qué no? Pasar un buen rato aquella noche.

Junto al local donde teníamos que entrar había un callejón e hice que dos de mis chicos se adelantaran mientras yo me miraba de arriba a abajo, comprobaba que iba vestida más o menos adecuadamente para el sitio al que íbamos a entrar: botines con tachuelas y tacones de infarto, vaqueros oscuros y rotos y una camiseta de tirantes ancha y negra con la que se me veía parte del sujetador que llevaba la calavera de los camisas negras en blanco y rojo además de mi chaqueta de cuero, las uñas color berenjena y pulseras, collares y pendientes perfectos para la ocasión, me puse algo más de sombra negra en los ojos y volví a pintarme los labios antes de entrar en el local e ir a directa a la barra a pedirme un Jägerbomb. Algunos camellos que me vieron y me reconocieron me saludaron, al igual que otros tantos chicos que quisieron invitarme a una copa que rechacé amablemente, incluso el enorme guitarrista me hizo proposiciones indecentes con su lengua desde el escenario mientras el grupo tocaba y no pude evitar soltar una risita. Mis chicos, mientras tanto, controlaban que todo fuera bien y, la verdad, no podía ir mejor. Terminaron de recoger el dinero y darles la droga a los camellos para que fueran ellos quienes la colocaran y así estar limpios en caso de que hubiera alguna redada y, cuando todo estuvo correcto mis chicos, cada uno en una parte del local, me hicieron un gesto para avisarme de que el trabajo estaba hecho y podíamos irnos cuando quisiéramos... Pero yo quería estar un poco más allí, la música no estaba ni tan mal y el escenario que llevaba el grupo era estrafalario, con un enorme esqueleto crucificado detrás del batería, con las costillas abiertas como en una antigua tortura medieval, el esqueleto estaba demasiado logrado y parecía muy real pero no le di mayor importancia... Al menos hasta que un grupo de tíos vestidos de uniforme irrumpieron en el local e hicieron que la música se parara, subiéndose al escenario mientras un chico altísimo y con un culo increíble se quedaba al lado de una chica que estudiaba el esqueleto. En ese momento, el guitarrista intentó atacar con su propia guitarra al soldado que estaba junto a la chica, que acababa de decir que aquel esqueleto era humano, y él esquivó el golpe y lo tiró al suelo antes de ordenarles a sus chicos que los detuvieran a todos... Y ahí fue cuando lo reconocí.

Tendría que haberme dado cuenta de que aquel culo ya lo había visto, de que esa espalda tan ancha y fuerte ya se las había visto con mis uñas y que aquella frialdad en sus ojos y en su voz solo podía significar que era él... Pero aquel era el último sitio en el que esperaba encontrarme a Jack. Mi mandíbula debía de llegar al suelo y mis chicos, desde la distancia, me preguntaban qué hacer a lo que, con gestos, les dije que esperaran un poco. Una vez recogieron los restos y se los llevaron, al igual que a los detenidos, algunos policías y soldaditos (Jack entre ellos) se quedaron por allí un poco más y, con la calma del momento, Fabrizio se acercó a mí. - ¿Ese no es tu soldadito? ¿Nos ha traicionado? Sabes que solo tienes que decirlo y me desharé de él... - Fabrizio estaba serio y atravesaba con la mirada a Jack, no pude evitar reirme y darle un beso en la mejilla antes de negar con la cabeza, tranquilizándolo. - Está bien, Fabrizio, no viene a por nosotros... - le dije, divertida, mientras él gruñía y murmuraba en italiano un “yo no estaría tan seguro”, alejándose de nuevo de mí y dándome algo de tiempo para terminarme me copa y acercarme a Jack, que por la cara que puso no se esperaba encontrarme en aquel lugar, como me confirmó con sus palabras aunque, al parecer, necesitaba que le explicara qué estaba haciendo allí para que se tranquilizara y no me detuviera a mí también. Su mirada estaba fija en mí era casi tan dura como su voz y fría como el hielo pero yo no me achanté y le dedique una media sonrisa. - Hola a ti también, soldadito... Yo tampoco esperaba verte a ti en un lugar como este pero veo que, al igual que yo, solo estás trabajando... - señalé con la cabeza en dirección hacia donde estaban mis tres chicos, que no nos quitaban los ojos de encima y fingieron apartar la mirada cuando Jack y yo los miramos.

Mis chicos no se fiaban de Jack y tuve que poner los ojos en blanco y suspirar antes de hacerles un gesto para que se fueran, y era una orden, lo sabían por mi mirada. Ellos, de muy mala gana comenzaron a caminar mientras maldecían en italiano y nos lanzaban miradas llenas de desconfianza... Pensaban que si me pasaba algo estaban muertos y, en cierto modo, era verdad... Pero sabía que Jack no me haría nada, o al menos, lo esperaba... Aunque después de la noche pasada había pasado a confiar algo más en él, cosa que en mí no era demasiado fácil, pero se lo había ganado. - Te sigue quedando tan bien como siempre el uniforme... - me mordí el labio inferior y me acerqué un poco más a él, pellizcándole el culo mientras lo miraba con picardía. - Y veo que, como yo, también has terminado pronto de trabajar hoy... ¿Te apetece tomar algo conmigo esta noche, soldadito? – sonreí ampliamente y esperé su respuesta, que terminó por ser una negativa, alegando que estaba cansado y tenía ganas de volver a casa por lo que hice una mueca y me encogí de hombros. - Pues al menos deja que te acompañe a casa... ¡Y no acepto un no por respuesta! – sin más, lo cogí del brazo y empecé a caminar junto a él, aguantándome la risa como pude al ver las caras que ponían sus soldados al verme cogida de su brazo y llevándomelo de allí, los saludé, molestando un poco a Jack a posta y, finalmente, salimos de aquel sitio. - Casi te parten la guitarra en la cabeza... - comenté mientras caminábamos, él, como no, en silencio. - No sabía que eras tan rápido, un segundo más y ahora estaría curándote... Y así podría devolverte el favor. – me encogí de hombros y lo miré, ladeando la cabeza y con una ceja alzada, decidí que si no quería morir era mejor soltarle al brazo y, simplemente, caminar a su lado así que eso hice y continué hablando, ya que él no parecía muy dispuesto a hacerlo. - ¿Sabes? Mis chicos no se fían de ti, pensaban que hoy nos habías traicionado, que venías a por nosotros... Yo les he dicho que no era así pero son muy jóvenes y no me hacen caso... Si se lo dijera mi padre seguro que ahora estarían besando el suelo que pisas y haciéndote reverencias al pasar! – hice una mueca y me encogí de hombros. - Me temo que no soy tan buena líder como mi padre... Pero al menos lo intento... – lo miré, buscando algún indicio de que me estaba escuchando o de que vivía o algo y al ver como sus ojos me devolvían la mirada medio sonreí, metí las manos en los bolsillos de mi chaqueta y continué caminando, esperando que, esta vez, fuera él quien dijera algo o rompiera el silencio porque como se prolongara más terminaría pensando en la noche anterior y en cosas que no debía... Aunque, ¿quien sabía? Quizá aquella noche tuviera suerte y Jack me dejara subir a su casa y calentarle... la cama o lo que quisiera. Sí, no sonaba ni tan mal y quería agradecerle personalmente y de la mejor manera que sabía lo que había hecho por mí... Y no se me ocurría un momento mejor que aquel!

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Re: One Wild Night {Jack Thomas}

Mensaje por Jack Thomas el Jue Mayo 31, 2012 5:24 am

A cualquiera que me dijera que el metal y el rock en general no era música de satánicos, podía llevarlo a un “concierto” (y realmente era ofender a la palabra concierto definir aquel espectáculo lamentable que había tenido lugar allí como tal) como aquel y enseñarle todos los motivos por los que lo era, aunque realmente dudaba de que tuviera tanto tiempo para abarcar todos y cada uno de los detalles que lo hacían satánico. ¿Por dónde empezaba? ¿Por la simbología pintada en las paredes? ¿Por las letras que habían estado gritando como si hubieran estado en medio de una misa negra? ¿Por las pintas que llevaban sobre el escenario, como si quisieran imitar a los demonios a los que tanto admiraban? ¿Por el maldito esqueleto humano que había en la pared? Ya no dependía de nosotros investigar el origen de aquel atrezzo tan sumamente realista en el ámbito de un “concierto” como aquel, pero me jugaba el cuello a que probablemente alguno de ellos había matado al pobre desgraciado que quedaba, al menos en parte, por allí... se les veía en la cara, y eso era algo que me repugnaba casi tanto como el simple hecho de estar rodeado de satánicos y de fans de lo satánico, porque aquella era gentuza (ni gente) que no tenía ningún respeto por la vida, el mayor regalo que Dios nos había dado, y no sólo eso, sino que adoraban a la muerte ni siquiera para reunirse con Él, sino para engrosar las filas del Infierno... Verdaderamente lamentable, se mirara por donde se mirase, y que alguien pudiera disfrutar de algo como eso hacía que yo inmediatamente me sintiera asqueado por tener alguna relación del tipo que fuera con esa persona a la que le gustaba exhibir que carecía no sólo de sentido del gusto, sino también de sentido de la decencia, por cosas como aquellas, tan sumamente desagradables.

Aquella era una de las principales razones por las que había preguntado a Paola lo que le había preguntado, ya que teniendo en cuenta que éramos aliados y que a aquellas alturas esa unión me parecía algo bastante complicado de deshacer, sobre todo porque era algo que nos otorgaba beneficios mutuos, tener que aguantar que le fuera algo así me resultaba suficientemente tentador como para ignorar que era mi aliada... Y por eso esperaba su respuesta, por eso la miraba con desprecio, como si me preparara para escuchar que era una satánica más y que carecía totalmente de sentido del gusto, y por eso estaba incluso tenso ya que, de confirmarme lo que sospechaba, probablemente me vería obligado a mandar a la porra lo que habíamos construido en las últimas semanas, y no me apetecía ganarme la enemistad ni de la mafia ni de ella, que en cierto modo me había caído hasta bien, dentro de lo que cabía. Cuando por fin me contestó y me negó que estuviera allí por placer, sino que era por negocios, incluso pude relajar la postura de mi cuerpo y los pensamientos que había acumulado hasta aquel momento y dirigir la mirada, guiado por ella, hacia donde estaban unos que tenían cara de mediterráneos... y que, por la situación, serían mafiosos de los suyos, algo que confirmé cuando ella, con una orden no verbal, los echó de allí para dejarnos intimidad... o algo así.

Paola aprovechó aquel momento para, en un alarde de italianidad que casi me hizo poner los ojos en blanco, decirme que me quedaba bien el uniforme y pellizcarme el culo, aunque me vino bien no haber puesto los ojos en blanco porque me habría perdido su proposición de ir a tomar algo por ahí con ella, que rechacé educadamente.
– Gracias por la oferta, pero me temo que ha sido un día largo y preferiría irme a casa a descansar, que además es tarde. – repliqué, aunque ella como de costumbre no esperaba recibir un no por respuesta y me dijo que al menos me acompañaba a casa, cosa que hizo en cuanto me agarró del brazo y delante de todos mis compañeros, a los que saludó incluso, me llevó de allí. La ventaja era que por lo menos me iba de aquel antro de mala muerte y me encaminaba hacia mi casa para dejarme caer en la cama y dormir; la desventaja, que probablemente por lo que había hecho me ganaría un tercer grado por parte de mis compañeros que no estaba dispuesto a tolerar porque en mi vida privada cuanto menos supieran mejor, especialmente porque no podía poner en peligro la identidad de simple civil de Paola delante de ellos al significar eso romper nuestra alianza... ¿Es que era el único de los dos que pensaba antes de actuar? Al parecer sí, aunque ella enseguida me quitó esos pensamientos de la mente al empezar, como solía, a parlotear de una y mil cosas, sobre todo acerca de mí.

– Es mi trabajo, Paola, y lo de ser rápido es parte de él, ya que de no serlo probablemente a estas alturas estaría muerto en medio del desierto y, así, no podría servir a mi país, que es a lo que me dedico realmente. De todas maneras, lamento comunicarte que el único uso decente de esa guitarra era la de golpear, y que incluso eso habría resultado más digno para ella que destrozarla con ese ruido al que algunos llaman música. – repliqué, encogiéndome de hombros y caminando en la dirección que estaba mi casa, a unas cuantas manzanas de allí... vamos, que el paseo iba a ser largo y que podía amenizarlo entablando conversación con ella, ya que a fin de cuentas no tenía nada que perder, ella me iba a dar coba (y encantada, que si podía cotillear lo haría dado que, de nuevo, era algo que estaba intrínseco dentro de ella y su cultura) y así el camino se haría más corto, algo que no me vendría nada mal en aquel momento.
– No creo que sea totalmente culpa tuya que no te hagan caso. Si no fuéramos aliados, probablemente me habría tocado pasar el recado a la policía para que hicieran una redada anti droga y anti mafia y se os habría caído el pelo a todos, así que sus sospechas podían no ir muy desencaminadas... Además, son jóvenes, como has dicho tú, y son italianos, ¿crees en serio que lo de obedecer órdenes, por mucho que sea del líder de turno, les gusta? Suficiente con que te respeten y con que lo hagan, creo yo, aunque si quieres que no duden deberías hacer algún alarde de poder frente a ellos, de tal manera que les quede claro que son tus subordinados y tú eres su líder y que cualquier otra opción que se aleje de esa no es la correcta y hará que lo lamenten. – finalicé, medio sonriendo porque aquello era algo que yo mismo había puesto en práctica un sinnúmero de veces con los cazurros de los soldados más inferiores a mí, que se habían metido al ejército no por vocación sino porque no valían para otra cosa (y ni tan siquiera valían para soldados, no tenían madera...), y siempre funcionaba... siempre que se hiciera bien, claro, aunque no dudaba de la capacidad de ella para meter miedo, especialmente si se volvía “loca” como la última vez que nos habíamos visto, hacía apenas un día aunque pareciera una eternidad.

– No me importaría conocer a tu padre. – murmuré, en voz baja pese a que fuera un comentario destinado para ambos, aunque únicamente porque estaba pensativo. Ella debió de extrañarse, a juzgar por su cara, de que lo dijera, y yo únicamente me encogí de hombros, como si aquello fuera una obviedad para mí.
– Es decir, alguien que produce semejante efecto en italianos jóvenes y testarudos tiene que ser, cuando menos, admirable, dejando aparte todo lo que he oído sobre él de ti o en los medios y que hace que el mito de su figura aumente hasta niveles considerables, pero creo que tiene que ser alguien a su manera digno de resultar un ejemplo... Obviando, por supuesto, el hecho de que está perseguido por la justicia y esas cosas. – expliqué, mirándola con una media sonrisa y siendo más sincero que lo que, en condiciones normales, sería con una simple aliada, aunque teniendo en cuenta lo que habíamos vivido, no sólo sexualmente, desde que nos habíamos conocido ella era más que una aliada, era casi una amiga... una amiga extraña, que me atraía más de lo que probablemente era normal, pero una amiga a fin de cuentas, ya que de no serlo y de haber sido únicamente dos extraños unidos por beneficio común no la habría ayudado y llevado a mi casa después de su ataque de bestialidad de la otra noche ni, tampoco, estaría dejando que me acompañara a casa ni que me diera conversación, dado que podría haber ido perfectamente solo porque no corría el riesgo de que me pasara nada de nada... Para algo era militar y un elegido de Dios que sabía defenderse solo.

En aquel momento ya habíamos avanzado bastante respecto a nuestra posición inicial dentro del local donde había tenido lugar el “concierto”, y como estaba más centrado en la conversación que en mirar por dónde iba – en parte porque aquello me salía automático al tener interiorizado dónde vivía y el mapa de las principales calles de Londres – no me había dado cuenta de que estábamos por la zona cercana al restaurante de mi mejor amigo, Mich, que en aquel momento estaba al otro lado del cristal de un bar saludando... Y sólo pude reaccionar del todo cuando salió de allí y, tan sonriente como solía, vino hacia nosotros para saludarme.
– ¡Jack! Has terminado pronto, acabo de salir y ni me has dado tiempo a llamarte… Y encima estás bien acompañado. ¿Quién es la señorita? – dijo, paseando la mirada de mí hacia Paola, aunque me adelanté.
– Esta es Adriana Gregoletto, Mich. Él es Michael Gray, mi mejor amigo y compañero en el ejército. – dije yo, como presentación y permitiendo que se saludaran mutuamente y esas cosas que solían hacerse cuando conocías a una persona nueva... y que a no ser que fueras ella no solían incluir tantos besos en las mejillas, al menos en lo que yo consideraba normal como saludo. Mich enseguida reaccionó y nos miró a ambos con su habitual simpatía, que contrastaba tan bien con mi normal falta de ella, y nos hizo un gesto hacia el bar donde había estado.
– ¿Os animáis a tomar algo? Y Jack, no acepto un no como respuesta, sólo será una copa para conocerla mejor y para que te relajes después de la misión y te dejaré irte a casa, lo prometo. – propuso, con una sonrisa que podría parecer de anuncio de pasta de dientes y que me hizo poner los ojos en blanco.
– Qué remedio... – murmuré, y pareció ser el permiso que necesitaron para cogerme del brazo y, en un abrir y cerrar de ojos, hacerme entrar en el bar, donde sabía que probablemente no aguantaría mucho, en parte porque estaba cansado y en parte porque no me apetecía aguantar a la italiana en plena estrategia de ligue con mi mejor amigo, ya que para eso me iba a mi casa, que me iba a entretener más y me resultaría mucho más productivo que estar de voyeur.

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Re: One Wild Night {Jack Thomas}

Mensaje por Adriana P. Gregoletto el Sáb Jun 02, 2012 6:26 am

Si había un lugar en el mundo en el que no esperaba encontrarme a Jack era aquel, porque, después de todo, era un concierto de Metal en el que usaban cruces invertidas, pentagramas y de más parafernalia satánica que probablemente mi queridísimo aliado odiara... Y mucho menos esperaba encontrármelo vestido de uniforme, como el día que nos habíamos conocido y como tantísimo me ponía, y en medio de una misión... Pero el destino o lo que fuera había hecho que pasara precisamente aquello y yo no pensaba desaprovecharlo por lo que me las arreglé para irme con él y, al menos, acompañarlo a su casa que, si no recordaba mal, estaba a cierta distancia del lugar... Cosa normal por otra parte ya que tampoco le pegaba vivir precisamente al lado de un local en el que hicieran conciertos de heavy. Por el camino fuimos hablando, al principio sobre todo yo, de mil cosas... Lo asalté a preguntas y a comentarios hasta que no se me ocurrían más y hasta que, irremediablemente, me puse a pensar en la noche anterior y en todo lo que había pasado, en cómo Jack me había ayudado y, en cierto modo, se había preocupado por mí... Como no demasiada gente que no estuviera obligada a hacerlo lo había hecho... Y me extrañaba. ¿Querría algo, como todos? ¿Por eso se portaba bien conmigo? ¿O quizá para él una alianza significaba mucho más que simples contactos y ayudas en el negocio?

No lo sabía y mucho menos lo entendía pero él gracias al cielo me devolvió a la tierra hablándome (y rompiendo aquel maldito silencio que tanto odiaba) de la necesidad de ser rápido en u trabajo y tener reflejos para poder sobrevivir y servir a la patria antes de pasar a insultar a la música de aquellos chicos a los que habían detenido (que sin maquillaje y ropa normal parecían incluso unos críos) ante lo cual no hice ningún comentario porque yo misma sabía tocar la guitarra (clásica y eléctrica aunque solía preferir la clásica) y había tocado con un montón de amigos canciones como las que el grupo había tocado... O incluso peores. Pero claro, eso no me haría ningún bien decírselo a Jack por lo que, simplemente, lo obvié y me encogí de hombros como única respuesta antes de que él pasara al siguiente tema: La disciplina de mis chicos. Justo después de recordarme que de no haber sido aliados probablemente mis chicos y yo habríamos tenido que salir pitando de allí en cuanto habían entrado porque tendríamos a la policía buscando drogas y posibles camellos o incluso mafias (o lo que para los ingleses eran mafias... aficionados), atribuyó a la juventud y a la italianidad de mis chicos las causas de que no fueran demasiado obedientes y desconfiados, dándome como consejo para “dominarlos” mejor que les demostrara quién mandaba y quién tenia el control...

Medité sobre esto último unos segundos, pensando que tenía razón... Que con mi nombre no servía, muchos habían visto y oído todo lo que había hecho mi padre pero de mí no sabían más que lo que veían, que era la hija de Alessandro y que tenían que cuidarme... Aquello tenía que cambiarlo como fuera, que los más jóvenes y a los que menos conocía confiaran en mí, unirnos como si realmente compartiéramos sangre... Y tenía que pensar bastante en ello por lo que casi ni llegué a escuchar lo que murmuró Jack en aquel momento, aunque más bien, pensé haberlo escuchado mal porque... ¿Para qué leches querría conocer él a mi padre? ¿Tampoco confiaba en mí o en mi palabra? ¿Es que nadie me iba a tomar en serio nunca solo por el hecho de ser mujer? Había demostrado muchísimo más que mi hermano y todo el mundo seguía mirándome con recelo y hablando de mí como si no fuera más que una niña mimada metida en un mundo de hombres en el que no duraría nada... Aquel pensamiento me enfadó y algo en mi cara debió alertar a Jack que enseguida se explicó, al parecer realmente quería conocer a mi padre aunque no por cuestiones de más o menos confianza sino porque entre lo que yo le había contado y lo que había oído, sentía curiosidad (raro en él, tan británico) y pensaba que era alguien digno de admirar... Dejando de lado la parte de que estaba perseguido por la justicia, claro... No pude evitar reírme ante su último comentario... Quitando esa parte, claro, sería un padre normal... Pero no lo era y aún así era mi padre y no lo cambiaría por nada del mundo. - Quizá algún día lo conozcas... Te caerá bien. - me encogí de hombros. - También es bastante religioso, católico, y al contrario de lo que puedas escuchar como ahí es un hombre de honor... Además, ¡es mi padre! ¿Qué quieres que te diga de él? - medio sonreí. - No podría decirte nada malo aunque quisiera, que no es el caso, “honrarás a tu padre y a tu madre”, recuerdas? – alcé una ceja con una media sonrisa en los labios.

Continuamos caminando, yo no le prestaba demasiada atención a los bares, tiendas o a las propias calles ya que tenía algo mucho más interesante en lo que centrarme como lo era mi acompañante pero en aquel momento algo me llamó la atención y al ver como un chico saludaba desde un bar alcé una ceja. Jack no se había dado cuenta, al parecer, porque no hizo ademán de saludar de vuelta al chico sino que siguió caminando, y yo con él, hasta que el chico salió del bar y se acercó a nosotros, dejándome estudiarlo mejor de cerca. Con una sonrisa deslumbrante, el chico de piel algo más morena que Jack lo saludó, lo miré de arriba a abajo, vestía de calle aunque con un estilo muy casual, parecido al de Jack cuando no iba de uniforme, y tenía el pelo castaño, casi negro, bastante corto y unos ojos increíbles, no eran fríos y penetrantes como los de Jack, sino más bien grises y parecían tan alegres como su sonrisa, también era algo más bajo que Jack pero no demasiado y a mí, sin tacones, seguiría pareciéndome otro gigante, tenía la espalda ancha y la cintura estrecha y se veía que su cuerpo estaba trabajado, al menos sus brazos que era lo que más al aire quedaba y lo que me hizo morderme el labio inferior antes de que el chico me mencionara, llamándome señorita y preguntándole a Jack quién era. Iba a responder pero no me dio tiempo, Jack se me adelantó y nos presentó. Por alguna extraña razón se olvidó de mi segundo nombre pero al menos el de su amigo, también soldado como en un principio había imaginado, no lo obvió y una vez nos presentó me acerqué a él y ni corta ni perezosa le di dos besos en las mejillas como era costumbre en mi tierra hacer cuando se conocía a alguien... Aunque al parecer allí de esa costumbre no tenían ni idea porque a Michael le costó reaccionar... Aunque no fueron más que unos segundos lo que tardó en volver a sonreír ampliamente (y tenía una sonrisa preciosa, por cierto) e invitarnos a tomar algo con él en el bar en el que estaba... Para que él y yo nos conociéramos y Jack se relajara un poco. Medio sonreí y asentí, aceptando, mientras Jack también aceptaba a regañadientes y entre su amigo y yo lo metimos en el bar.

Era un bar muy típico, como cualquier otro, pero estaba lleno de gente y en seguida nos fuimos a la barra en la que yo me pedí una Desperados en vista de que Michael se había pedido una cerveza y Jack, para no variar demasiado siendo él, agua. - Así que eres italiana... - comentó Michael mientras nos servían y no puede evitar alzar una ceja, divertida ante tamaña obviedad. - ¡Oh! ¿Cómo lo has sabido? - dije con una exagerada ironía antes de soltar una risita, él también se rió y se encogió de hombros con expresión inocente. - Apuesto a que tú eres tan británico como Jack... Aunque bueno, con ese pelo y ese color de piel... Algo menos puro, eh? - dije, acariciándole un poco el pelo y guiñándole un ojo antes de que nos sirvieran por fin y brindara con él y con Jack, que parecía estar auto marginándose desde que habíamos entrado. Me mordí el labio inferior y lo miré, ladeando la cabeza como preguntándole qué pasaba. Él no pareció entender mi pregunta sin palabras así que suspiré y me encogí de hombros. - ¿De qué parte de Italia eres, signorina? – preguntó Mich antes de que pudiera decir nada, haciendo que lo mirara a él y me encogiera de hombros. - Soy un poquito de todas partes, nací en Roma, viví en Roma y Nápoles, y he vivido o estado de vacaciones en prácticamente todas las ciudades del país así que... – comenté, encogiéndome de hombros y mirando de nuevo a Jack, que seguía en su mundo. - ¿Y vosotros? ¿Hace mucho que os conocéis? ¿Dónde os conocisteis? – con aquello esperaba que Jack respondiera, que se metiera en la conversación pero Mich se adelantó con su increíble sonrisa perpetua y contestó. - Jack y yo nos conocemos desde siempre, nuestros padres viven en Bristol y prácticamente desde pequeños nos llevamos bien... Y en el ejército estamos en dos escuadrones diferentes pero en la misma base aquí y en Irak. – asentí y después de morderme el labio bebí un poco de mi Desperados, estaba riquísima y siempre que podía pedía una bien fresquita... No servía para emborracharse pero sí para acabar con la sed... Y yo estaba sedienta... Aunque no exactamente de aquello.

Justo cuando Jack parecía estar a punto de largarse y dejarnos intimidad a Mich y a mí, alguien gritó su nombre y se abrió paso entre la gente hasta donde nosotros estábamos y le dio un abrazo (demasiado largo para mi gusto, la verdad) y no pude evitar mirarla de arriba a abajo mientras bebía un poco más, preguntándome quién leches sería aquella niñata que no podría tener más de diecisiete o dieciocho años y que se tomaba tantas confianzas con Jack... Que por su media sonrisa parecía conocerla, al igual que Mich. Tenía el pelo largo y ondulado, castaño, y contrastaba con su piel pálida pero bonita, y sus ojos eran verdes más intensos que los de Michael mientras que el resto de su cuerpo... Bueno, a mí me parecía el de una niña, bastante británica y ordinaria, una chica más de las que allí había a patadas y con una expresión sonriente y feliz que me hizo poner los ojos en blanco. Saludó a Jack como si, al igual que Mich, se conocieran de toda la vida y por los comentarios parecía que hacía tiempo que no se veían...

Los dejé hablar de sus cosas mientras ponía cara de póker y seguía bebiendo, a mi rollo, justo antes de que Mich me mirara alzando una ceja. - No tienes por qué preocuparte, Adriana, es solo mi hermana pequeña... – lo miré con el ceño fruncido, sin esperarme aquello... ¿Qué estaba insinuando? ¿Que estaba preocupada por esa niñita? ¿Que estaba siquiera celosa de que se acercara a Jack? ¡Bah! ¡Por mí podía quedárselo si quería! Y si lo quería con lacito que se lo pusiera ella... que yo pasaba. Al parecer Mich captó la mirada que le eché, que no le deseaba nada bueno, y enseguida alzó las manos. - Eh, solo era una broma... - asentí y me encogí de hombros, echándoles una mirada corta y bebiendo de mi Desperados casi vacía. - Por mí como si se lo queda... Todo suyo. - comenté, más para mí que para él, como si realmente quisiera convencerme de aquello. En seguida, volví a mirar a Mich y una media sonrisa radiante apareció en mi rostro. - Bueno, Michael... Hablame de ti. - dije, antes de acercarme más a él, prácticamente pegada y con nuestros cuerpos claramente tocándose mientras me mordía el labio inferior y lo miraba con picardía... Que Jack se fuera con la niñata si quería, yo me iba a quedar con Michael, que era simpático y estaba buenisimo... Y seguro que en la cama era hasta mejor que Jack... Al menos pensaba comprobarlo y quizá aquella misma noche!

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Re: One Wild Night {Jack Thomas}

Mensaje por Jack Thomas el Dom Jun 17, 2012 12:53 am

No llevaba allí ni cinco minutos y ya me había aprendido casi de memoria la localización de todos los puntos de acceso al bar, las marcas de las botellas de alcohol que había en la barra, la cantidad de gente que había y el tintineo de una de las luces del techo que anunciaba que, probablemente, fuera a fundirse en un futuro no muy lejano; cualquier cosa con tal de no tener que estar pendiente de Mich y de la italiana, que seguramente estarían ligando o eso que tan bien se le daba a mi queridísima aliada por no solamente la herencia italiana (que también), sino porque era ver un hombre y encendía todos los sensores de su cuerpo para intentar llevárselo a la cama... típico. Y tanto, si lo había hecho conmigo un sinnúmero de veces pese a lo poco que nos conocíamos, que realmente no era demasiado para lo cercana que la consideraba como aliada o como lo que fuera, porque aquello que teníamos... en fin, era cuando menos extraño. En cualquier caso, no era solamente el hecho de que me molestara sobremanera que se pusieran a flirtear como si estuvieran solos en el bar lo que me estaba haciendo contar los segundos para irme de allí, sino también el hecho de que me estaba aburriendo mucho, de que estaba cansado después del lamentable espectáculo en el que hacía tan solo un rato había tenido que participar y, sobre todo, que no me apetecía estar de sujetavelas. Jamás me había gustado la posibilidad; desde que mis amigos, escasos si eran de verdad, habían empezado a estar con mujeres se habían guardado esa clase de asuntos para ellos y para momentos en los que yo no estuviera, y que precisamente Mich no estuviera haciendo nada por evitarme estar allí, sin hacer nada salvo perder el tiempo, mientras él se ligaba a mi aliada, era algo que me ponía de un humor aún peor que el hecho de haber tenido que desmantelar lo que casi había sido una misa negra.

Por todo eso estaba harto, seguro de que como aquello se alargara veinte segundos más (y tenía pinta de que iba a ir para largo, así que veinte segundos serían sólo una milésima parte de lo que aquello iba a durar...) acabaría yéndome, y de hecho ya estaba totalmente mentalizado para irme cuando algo, o mejor dicho alguien, me sacó de mis pensamientos al gritar mi nombre en el bar. No es como si Jack no fuera un nombre común en el Reino Unido o como si no hubiera podido referirse a cualquier otro, pero aquello me sacó de la parra personal en la que me había quedado atrapado y me hizo reconocer la voz más rápidamente que en condiciones normales, pudiendo identificarla como la de la mismísima Elisabeth Gray, a la que vi aparecer apenas unos segundos después, abriéndose paso entre el gentío que había entre donde ella había estado y nosotros. Pese a que hacía algo de tiempo que no nos veíamos no había cambiado nada: seguía con el mismo aspecto de niña, más joven de lo que era, que la hacía tan reconocible a mis ojos, unos que la habían visto crecer desde que era una cría pequeña.

Medio sonreí cuando se acercó, y también cuando me abrazó, gesto que le devolví pese a lo raro que era que yo hiciera algo así, pero únicamente lo hacía porque ella era una de mis mejores amigas desde hacía ya bastante bien y porque, en realidad, siempre nos habíamos llevado bastante bien, amén de que era bastante efusiva y esa clase de gestos eran tan propios de ella como, en mí, lo de ser bastante callado, reservado y analítico... gajes del oficio. En cualquier caso, ella seguía pareciendo alegrarse de verme, así que aparté los pensamientos de irme de allí por el momento mientras aprovechaba para saludarme con palabras además de con el abrazo que antes me había dado.
– Dios, Jack, hacía muchísimo que no te veía, por lo que sabía aún estabas por allá porque Mich no me había dicho nada de que habías vuelto... – exclamó, dirigiendo una mirada con los ojos entrecerrados a Mich que era como si le estuviera atacando por no haber dicho nada de que ya había vuelto del Infierno en la Tierra.
– No menciones el nombre de Dios en vano, Liz, recuérdalo... Y supongo que se le habrá olvidado, ya lo conoces, siempre con tantas cosas en la cabeza tarde o temprano tendrá que hacer hueco para las nuevas eliminando las viejas. – comenté, encogiéndome de hombros antes de volver a mirarla. – A decir verdad, llevo aquí ya bastante tiempo, no el suficiente pero sí el justo para adaptarme de nuevo a Londres. Había echado de menos la lluvia... – finalicé, medio sonriendo por la mención a un tiempo que sabía que ella amaba y odiaba a partes iguales.

Dio un trago a lo que llevaba en la mano, que a simple vista me parecía Coca-Cola aunque no podría asegurarlo con la poca luz del local, fomentada por la que estaba a punto de romperse, y entonces fue el turno de ella de encogerse de hombros.
– Bueno, ya sabes que de todas maneras yo siempre ando de aquí para allá, visitando amigos... Cuando no estoy en Escocia estoy en Gales, cuando no en Irlanda, e incluso fuera del país, así que sólo por eso te perdono no haberme llamado para tomar algo y ponernos al día... ¡Pero sólo por eso, Thomas! – me dijo, primero con tono serio y después echándose a reír con esa jovialidad tan de los Gray. – Por cierto, ¿qué tal tu hermana? También hace tiempo que no sé de ella. Es más difícil mantenerse al tanto de la vida de tu familia que tener esperanzas de que en Londres haga sol... – añadió, a lo que simplemente ladeé la cabeza, como si me hubiera preguntado algo de lo que no tenía ni la más remota idea... y en el fondo aquello era cierto, porque mi hermana llevaba una racha últimamente en la que se mostraba demasiado buena para lo que yo sabía que era y, cuando no, tan distante que era obvio que me estaba evitando... En el fondo aquello hasta era una buena estrategia por su parte, tenía que reconocérselo, porque cuanto menos supiera de lo que hacía y cuantas menos pruebas tuviera de lo que ya sabía, más segura podía considerarse.
– Le va como siempre, ya sabes. La universidad, las cosas de familia, las fiestas... Es Charlotte, el día que le pase algo serio probablemente te enterarás...Al igual que medio Londres por la fama que tiene., pensé, aunque eso no llegué a decirlo ni a reflejarlo en mi expresión, tan cordial como antes.

Fue en aquel momento en el que ella, después de dar un nuevo trago a su bebida, prestó atención a lo que yo había evitado (tan felizmente, además) durante lo que llevaba de conversación con Elisabeth, y paseó su mirada de Paola a Mich y después a mí, aunque terminó alzando las cejas como si me preguntara quién era ella y si teníamos algo.
– Casi lo olvido, disculpa mis modales y sobre todo no le digas nada de esto a mi abuelo, si lo ves... – le dije, guiñándole un ojo antes de volver mi atención, estoica ante lo que casi parecía un intento de copulación allí mismo, a Mich y a la italiana, que estaba en pleno alarde de italianidad. – Elisabeth Gray, ella es Adriana Gregoletto, una amiga. – añadí, presentándolas y casi permitiendo que Elisabeth se acercara a Adriana para saludarla ante mi impasible mirada, a la que no le pasó desapercibido el hecho de que a la italiana que tenía por aliada no parecía gustarle demasiado la hermana de Mich, aunque lo que vi en su gesto era tan sutil, tan propio de conocerla más que como la conocía cualquier otro de los presentes, que dudé incluso que cualquier otro lo hubiera notado. En cualquier caso, fue aquella vez Elisabeth la que se acercó y la que le estrechó la mano cordialmente mientras Adriana se daba por saludada y hacía lo propio, permitiendo que me diera cuenta de que con ella no había utilizado lo de los dos besos que con Mich o conmigo, incluso, sí que había utilizado... y a decir verdad me daba absolutamente igual que hiciera lo que quisiera, mientras no se metiera en líos o hiciera nada que pudiera romper nuestra alianza, algo que me preocupaba bastante más que su injustificado odio hacia Elisabeth, que en realidad no había tenido tiempo material para hacerle nada.

– Encantada de conocerte, Adriana. Jack no nos ha presentado demasiadas veces a otras amigas que parezcan tan simpáticas como tú... o a otras amigas, en general. – dijo, incluyendo tanto a sí misma como a Mich, que asintió dándole la razón, en aquel plural colectivo que había utilizado. Además, se le veían las intenciones de sugerir que entre Paola y yo había algo que no había, tanto por la mirada que intercambió con Mich como por el tono y las palabras, demasiado joviales, que había utilizado. Yo me encogí de hombros, simplemente, sin afirmar ni negar nada.
– Hombre, las circunstancias tampoco han sido demasiado favorables para que os presente a nadie, así que... – comenté, como quien habla de que últimamente había mucha gente por Londres o la lluvia que no dejaba de caer fuera. Mich sonrió y le dijo al oído algo a Elisabeth, que soltó una risita que significó que dejaban ya el tema, porque enseguida Mich rompió el silencio incómodo en el que habíamos estado sumidos Paola y yo para decir algo que aliviara la cierta tensión.
– Puedes hacerlo más a menudo, Adriana es muy simpática. – comentó, a lo que yo asentí, dándole la razón aunque pensando, para mí, que si la conociera la mitad de lo que la conocía yo (y eso que aún podría conocerla muchísimo más...) se lo pensaría antes de decir cosas como simpática, especialmente dado cómo la había visto la noche anterior, por ejemplo.

La conversación entre los cuatro siguió, aunque se veía claramente pese a los esfuerzos conciliadores de Elisabeth y, a ratos, Mich, que yo no estaba ya muy por la labor de hablar más y que aquello no llevaba a ninguna parte porque estábamos divididos en dos grupos claramente diferenciados: por un lado, Mich y Paola; por otro, Elisabeth y yo, y dado lo extraño de la situación no creía que fuéramos conciliables... Y eso lo sabíamos, de una manera u otra, todos los presentes. Elisabeth fue quien solucionó la situación cuando se terminó su bebida y miró el reloj, dándose cuenta de que era bastante tarde.
– Creo que yo me voy a ir yendo ya a casa. Ha sido un placer conocerte, Adriana, y también verte a ti, Jack. – dijo, sonriendo ampliamente, a lo que yo le devolví la sonrisa con una de medio lado y me crucé de brazos un momento.
– Te acompaño, no vaya a ser que tu hermano aquí presente me culpe si te pasa algo. Nos vemos, Mich y Adriana. – respondí yo, con lo que Elisabeth sonrió ampliamente y se acercó a mí para darme un beso en la mejilla antes de que me despidiera con la mano de Mich y Paola y me la llevara de allí en dirección a su casa. El camino fue bastante corto, o al menos así nos pareció porque estábamos entretenidos con nuestra conversación, bastante amena, y cuando nos despedimos me hizo prometer que la llamaría para tomar algo y ponernos al día, algo que acepté con elegancia antes de irme a mi propia casa donde, por fin, me deshice del uniforme, me metí a la cama y pude descansar, que ya lo iba necesitando bastante.

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Re: One Wild Night {Jack Thomas}

Mensaje por Adriana P. Gregoletto el Vie Jun 22, 2012 10:29 pm

Mis esfuerzos por ignorar a Jack y a la niñata fueron titánicos y tuve que emplearme al máximo para conseguirlo. Me daba igual lo que hiciera con ella, como si se querían liar allí mismo, lo que me molestaba era que todos actuaran como si ahí no hubiera pasado nada cuando se veía claramente que sí... ¡Vamos! ¡Yo había sido hermana pequeña también y yo me había liado con un centenar de amigos de mi hermano por esa gran ventaja de ser su hermanita! ¿Ahora iba a venir la niñata aquella con cara de santurrona a decirme que ella no, que ella era diferente y que molaba más? ¡Eso no se lo creía ni ella! Pero que le dieran, me importaba una mierda, me importaban una mierda ella y el maldito soldadito aunque empezaba a entender muchas cosas... Ya tenía una idea aproximada de por qué las últimas veces que nos habíamos visto (descontando la noche anterior que, por decirlo de alguna manera, me había salvado de mí misma) ni siquiera me había mirado o intentado llevarme a la cama... Le iban las niñatas. Tenía demasiado carácter para él, seguro, pero no me importaba... ¡Peor para él! ¡Él se lo perdía! Michael me sacó de mis pensamientos enseguida con una de sus sonrisas que prácticamente se me contagió y le devolví. - Llamame Mich, Michael solo me llaman en el ejercito... Y mis padres cuando se ponen serios! - se rió y yo me mordí el labio inferior, asintiendo antes de que él continuara. - Y no sé qué quieres que te cuente, mi vida no es tan diferente de la de Jack, quizá, su familia tiene mucho más dinero que la mía y mis padres tienen una especie de bar-restaurante en el que solemos ayudar Elisabeth y yo... Hasta Jack nos ha echado una mano alguna vez! – dijo, todo sonrisas él y haciendo que desviara la mirada un segundo hacia la hermana de Mich y el nazi que seguían hablando todos sonrisas, dándome ganas de potar arco iris por la imagen que daba... En fin...

Aparté en seguida la mirada de ellos para centrarla en mi Desperados que, de un trago, me terminé y dejé de nuevo sobre la barra, en cuanto Mich vio aquello, llamó al camarero y le pidió otra. - A esta te invito yo, signorina – le respondí con un “Grazie” y dándole un beso en la mejilla, cerca de la comisura de los labios, poco antes de que el camarero pusiera otro botellín ante mí y pudiera llevármelo de nuevo a los labios. - ¿Y qué te trae por Londres, Adriana? ¿Estás de paso o te has mudado? Por cierto tu apellido me suena... ¿Gregoletto? ¿Como el mafioso? – preguntó, a lo que respondí con una sonrisa llena de inocencia y encogiéndome de hombros, tenía una historia bastante estudiada y preparada para contarle a cualquiera que, precisamente, me hiciera esa pregunta aunque con Jack ni siquiera había tenido tiempo de usarla, él había descubierto antes la verdad y negarla habría sido estúpido pero en aquel momento tocaba usarla con su mejor amigo... Solo esperaba que Jack tuviera dos dedos de frente y supiera guardar el secreto. - Sí, me lo dicen mucho! Pero tranquilo, no tengo nada que ver con ese... criminal! – dije con una sonrisa que solo si me conocías bien sabías que era forzada, odiaba decir aquellas cosas de mi padre aunque fuera mentira y tuviera que hacerlo por mi bien. - En Italia hay mucha gente que comparte apellido y no son familia, supongo que aquí también, no creo que todos los Smith sean parientes... - me encogí de hombros. - Y en cuanto a lo que hago aquí... Me he mudado, mi padre es un hombre de negocios que viaja mucho y mi hermano mayor vive en América por lo que en Italia estaba sola así que me apetecía viajar, conocer mundo y encontrar algún trabajo interesante... Y he terminado arreglando motos en un taller! - me reí, bebiendo un poco de Desperados mientras él también sonreía. - Aunque al menos la gente que he conocido aquí es simpática y... agradable. - comenté, acariciándole de manera distraída el brazo mientras me mordía el labio inferior, mirándolo directamente y esperando que pillara aquello o que, al menos, supiera ver las ganas que tenía de él, que eran cada vez más... pero, en ese momento, cuando estaba a punto de piropearle un poco más y, básicamente, comenzar con mis intentos de llevármelo a la cama, Jack se metió en la conversación (o algo así) presentándome a la niñata con la que hasta el momento había estado hablando.

Elisabeth Gray, podría vivir perfectamente sin conocerla y habría preferido ni tener que estrecharle la mano o mejor aún, escuchar su vocecilla de niñata de feliz con la que insinuaba que Jack y yo teníamos algo... ¡Já! Ya le gustaría a él. Medio sonreí, encogiéndome de hombros y dejando que Jack hablara por mí porque estaba claro que yo no tenía demasiadas ganas de hablar con ella y aproveché para llevarme la Desperados a los labios y beber un poco, precisamente, para no tener que decir demasiado... Porque no tenía ganas la verdad. Me limité a mirar a Jack, que en cierto modo me devolvió la mirada mientras Mich le decía algo a su hermana que se rió antes de que, por fin, alguien rompiera aquel maldito silencio incómodo que parecía que iba a acabar con nosotros. Fue Mich quien lo hizo, diciéndole a Jack que podía presentarles a amigas más a menudo y que yo era muy simpática, Jack asintió y yo me mordí el labio inferior, mirándolo mientras pensaba en cómo iba a demostrarle lo simpática que era... En ese momento yo seguí la conversación con Michael y Jack con Elisabeth y, pese a que estuviéramos los cuatro más juntos y en teoría hablando juntos, no era para nada así. Era como si Jack estuviera molesto conmigo por algo y me ignorara en favor de Elisabeth y yo prefería hablar con Michael que con la pesada de su hermana que con esas sonrisitas me ponía de los nervios. Mich y ella a veces intentaban que nos uniéramos los cuatro a una única conversación pero Jack y yo no parecíamos por la labor y al final Elisabeth anunció que se iba a casa, diciendo que había sido un placer conocerme y volver a ver a Jack a lo que yo en seguida pensé que seguro que prefería que el placer de volver a verlo fuera de otra manera y tuve que controlarme mucho para que no se notara en mi cara el asco... Aunque más aún me costó cuando Jack dijo que se iba con ella, poniendo la excusa más tonta de la tierra, que se iba con ella para que si le pasaba algo su hermano no le echara la culpa. La mirada que le eché a Jack en aquel momento fue un cuadro, aún peor cuando ella se le echó al cuello y le besó la mejilla, cosa que me hizo poner los ojos en blanco e ignorarlos porque si no mancharía a los presentes con arco iris... Que asco daban esos dos. Jack se despidió de nosotros con la mano y, por fin, se largó con la niñata tan rápido como ella había llegado.

Me giré y me puse cara a la barra, dándole un largo trago a la Desperados mientras Mich, a mi lado, me miraba sonriente. - Veo que el famosísimo aguante italiano para la bebida es tanto para hombres como para mujeres... – yo lo miré, encogiéndome de hombros con expresión inocente sin decir nada, justo a tiempo para que él pudiera saciar su curiosidad. - Oye Adriana... ¿Puedo preguntarte algo? ¿Jack y tú... tenéis algo? – alzó las cejas para que supiera a qué se estaba refiriendo exactamente y me limité a poner los ojos en blanco y a soltar un bufido. - ¿El soso ese y yo? Creo que no soy su tipo, antes de estar con una mujer como yo se vuelve a Irak, ¡seguro! Soy demasiada mujer para él... – Él alzó una ceja ante mis palabras y yo medio sonreí. - ¿Qué? ¡Me dirás que es mentira! Ya lo has visto, solo íbamos juntos porque nos hemos encontrado y volvíamos a casa, la única que hablaba era yo y él estaba más callado que un muerto... Y si todavía sigues pensando que tenemos algo, dejame quitarte las dudas... - dije justo antes de acercarme del todo a él, coger su cara con las manos y besarlo. Al principio él no se esperó aquello pero después me lo devolvió, haciéndome sonreír en sus labios porque no besaba nada mal. Al final me separé, mordiendo su labio inferior y estirando de él, guiñándole un ojo. - Mensaje recibido... - murmuró mientras yo me terminaba la Desperados y él se terminaba su cerveza. Aquel no era un sitio donde se pudiera bailar ni nada pero ya era bastante tarde y Mich parecía cansado por lo que no insistí en irnos de allí a cualquier otro sitio, continuamos hablando, bromeando y riendo, bebiendo un poco más y acercándonos... Y al final, cuando nos dimos cuenta de la hora que era el bar estaba a punto de cerrar y nos encontramos en la calle.

-Me lo he pasado bien esta noche, deberíamos repetir. ¿Me llamas? - dije, toda sonrisas mientras le apuntaba mi número en la mano con eyeliner y después le dejaba marcados mis labios al lado, con una sonrisa. - Te llamaré, ¿vives muy lejos? Si quieres puedo acompañarte, podría ser peligroso que una chica como tú fuera sola a estas horas de la noche por las calles de Londres... Ya sabes, podrías traerles problemas a atracadores y violadores! - me reí y asentí, dejándole que me acompañara a casa porque, en el fondo, tenía razón y no era muy buena idea que, dada la hora que era, fuera yo sola por la calle con la única protección de mi fiel navaja escondida y poco más. Por el camino continuamos hablando, bromeando y riéndonos, yo tenía frío y me pegué a él y él no dijo nada, ni se quejó y seguimos como si nada hasta que llegamos y una vez en el portal nos detuvimos. - Grazie mille. - murmuré antes de acercarme de nuevo a él y besarlo con calma, disfrutando del beso y alargándolo todo lo que pude. - Si te apetece subir... – me encogí de hombros y me mordí el labio inferior esperando su respuesta que, por desgracia, no fue la que esperaba. - No sabes las ganas que tengo de hacerlo, en serio... Pero esta noche no puedo, mañana tengo que ir a la base pronto, me tienen que hacer un reconocimiento para ir controlándome y ver cuando vuelvo a Irak... Pero si quieres podemos quedar otro día. – y con aquella amplísima sonrisa que tenía era imposible enfadarse o molestarse con él así que asentí y le di un beso en los labios rápido con una sonrisa. - Te tomo la palabra, soldado. Encantada de conocerte, Mich. - y sin más me giré y me dispuse a abrir la puerta. - Buona notte. - dije cuando él ya se había girado para irse. Me dio las buenas noches y se marchó mientras yo subía a casa. Una vez arriba comprobé que todos los chicos estuvieran en las camas, hicimos las cuentas y recuento de ventas y de dinero en un segundo y cuando estuvo todo arreglado me quité el vestido y me metí en mi cama, esa que habían ocupado varios de mis chicos para jugar a la xbox y en la que se habían dormido... Y, como ellos, caí redonda y me dormí profundamente después de una noche que sí, podría haber sido mucho mejor... Pero había sido bastante buena y no podía quejarme... Porque aún me quedaban cientos de noches mejores y peores y había conocido a un chico que realmente valía la pena... No como el estúpido de Jack que prefería a niñatas antes que a mí... ¡Él se lo perdía! Y, de una manera o de otra, no pude evitar pensar en él justo antes de dormirme... Para variar.

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Re: One Wild Night {Jack Thomas}

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